Estereotipo machista 3: “si no eres para mí, no eres para nadie”.

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Hace años leí un texto de Max Aub que aparecía como fe de erratas de unos cuentos basados en crímenes ejemplares, y que decía de forma metafórica: Donde dice: La maté porque era mía. Debe decir: La maté porque no era mía. Todo el mundo alrededor de Gardel cantaba y bailaba a los cuatro vientos este eslogan del machismo más recalcitrante por mucho que sesudos estudios ensalcen los diversos amores narrados en las letras de los tangos. La realidad inexorable es que todavía suena actual la muerte de la mujer convertida en propiedad privada como una frase recurrente en los últimos episodios de violencia machista. Así lo leía en el periódico digital 20 minutos.es, del pasado 2 de mayo: “«si no eres para mí, no vas a ser para nadie, así que mejor te mato». Con esta crueldad amenazó de muerte a su mujer en Alicante. Tenía orden de alejamiento, pero volvió a casa la misma semana”. Es una verdad incuestionable esta realidad “patrimonial” de la mujer, con una carga histórica y social de marcado interés para este análisis de estereotipos machistas.

Existe un temor desde los albores de la humanidad a que la mujer deje de ser un elemento patrimonial en la vida de los hombres. Una cita clásica de Catón, dejaba bien claro ya en el año 195 a.C. que existían temores subyacentes en el cerebro humano sobre la igualdad hombre-mujer: “Extemplo simul pares esse coeperint, superiores erunt [tan pronto como hayan empezado a ser iguales, serán superiores]. Pero donde tenemos los documentos y vestigios más sofisticados de estas actitudes larvadas en la historia y en la antigüedad clásica los encontramos en la cultura griega: “La razón hay que buscarla en la consideración de la mujer como un ser inferior. Más ¿de dónde viene esta idea? Como no podía ser de otra manera, tratándose de “ideas”, del pensamiento griego, para el cual la forma de actuar de la mujer no se rige por la razón, sino por las pasiones. Veámoslo en algunos de sus principales autores. Sócrates atribuye la inferioridad femenina a su propia naturaleza y a la falta de educación, siendo deber del marido proporcionársela; en el mismo sentido, Platón abunda en la referida subordinación al varón; Aristóteles, basándose en la pasividad de la mujer en la reproducción, justifica su sometimiento social y jurídico en que el macho es más apto para el mando que la hembra, exceptuando algunos casos contra natura y por consiguiente, es necesario que ésta sea tutelada” (1).

Más de veinte siglos después siguen vigentes en muchas estructuras cerebrales estos aprendizajes. ¿A qué es debido desde el punto de vista científico cerebral?. Según McLean, el cerebro humano integra tres subsistemas constituidos: el cerebro básico o reptiliano, el cerebro emocional que compartimos con los mamíferos (sistema límbico), y el neocórtex (corteza cerebral frontal). El cerebro reptiliano hace honor a su nombre de pila obedeciendo siempre su actuación a pautas básicas de conducta, como las relativas a la alimentación, caza, emparejamiento, competición, imitación, dominancia y agresión. Y por su base estrictamente animal, el problema básico es establecer la demarcación territorial donde entra lógicamente la “señalización” de sus hembras: “Este cerebro responde desde el presente a situaciones que se van planteando. No proporciona gran independencia del medio y no capacita para el aprendizaje complejo. Desde una perspectiva más simbólica supone un tipo de conducta no sujeta a reglas, amoral (como la inducida por la serpiente en el jardín del edén), vivida en el puro presente. Las llamadas conductas viscerales, impulsivas o primitivas en los seres humanos ponen de manifiesto singularmente estos tipos de actividad cognitiva básica. En este contexto, la imitación es muy importante para la supervivencia. El ataque a lo “no igual” se producirá por ser interpretado como peligroso. Por ejemplo, la indumentaria, tanto a nivel macrosocial como microsocial (tribus urbanas), puede inhibir o provocar agresiones” (2).

Es muy importante conocer estas paleoestructuras cerebrales para comprender bien por qué se hacen estas manifestaciones tan rotundas. Si el segundo y tercer cerebro humano no han tenido la oportunidad de desarrollarse adecuadamente en algunos hombres, por múltiples razones (hay que recordar que no existen dos cerebros iguales), la tragedia está servida, porque los meros convencionalismos sociales o religiosos (con todos los sacramentos incluidos) no son capaces de “cambiar” la preconcepción de la “mujer” poseída, adobada por rasgos y patrones culturales de gran calado social (la mujer serpiente del Génesis, como causa de tanto mal) y con una “comprensión” casi demencial, esquizofrénica, por parte de muchos hombres, aunque no lo digan en público por miedo a la etiqueta social machista que hoy no está bien vista.

Recuerdo que el “segundo cerebro” proporciona soporte biológico a la vida afectiva. Está representado neurológicamente por el sistema límbico. En este cuaderno he recogido múltiples referencias a este sistema regulador de sentimientos y emociones: el caballo encorvado (hipocampo), la amígdala, el tálamo, el hipotálamo, el tabique transparente, la pituita, las islas de Reil, y el giro cingulado anterior, entre otras estructuras. Vemos también que al final, un cerebro no controlado por la corteza prefrontal, es un vivero de experiencias de agresividad latente y manifiesta. El “tercer cerebro” permite, entre otras cosas, la capacidad de anticipación regulada por la memoria de predicción, a la que también he dedicado artículos de interés científico para toda persona preocupada por la responsabilidad de sus actos cerebrales y la forma en que se tiene que efectuar la consulta sobre comportamientos anteriores en su particular archivo cerebral, personal e intransferible.

En definitiva, si estos dos cerebros no están “controlados” adecuadamente por la corteza cerebral, la realidad es que el desequilibrio entre el cerebro más básico en las personas, el reptiliano, puede llegar a desbordar al cerebro más complejo, la corteza cerebral, sufriendo vaivenes afectivos y emocionales en el cerebro emocional, en una ceremonia de confusión de los neurotransmisores al trabajar en rutas desordenadas del cerebro por las instrucciones que cursa para el habla y la conducta motora agresiva y sin control superior.

Existen muchas causas analizadas o no para explicar estas conductas derivadas del estereotipo machista objeto de este post. No se deben simplificar los análisis, pero en el esfuerzo por abordar de forma didáctica la génesis de estas conductas antisociales de gran carga peyorativa hacia la mujer, es muy importante profundizar las raíces cerebrales para entender que son muchos siglos de historia estructurada de la soledad y la pareja, y muchos millones de años desde que se produjo el punto alfa de la inteligencia humana que permitía comenzar a respetar a la mujer sin los miedos ancestrales de Catón con los que se iniciaban estas Notas de cuaderno digital: tan pronto como [las mujeres] hayan empezado a ser iguales, serán superiores. Yo diría también, independientes. Y eso, los hombres, tradicionalmente, no lo pueden aguantar, dando la razón a Max Aub en su fe de errata existencial, superando al hilo conductor de Gardel: La maté porque no era mía.

Sevilla, 25/VII/2007

(1) Tello Lázaro, J.C. (2003-2005). Sobre la situación de la mujer en la Antigüedad Clásica. Revista de Aula de Letras. Humanidades y Enseñanza.
(2) Universidad Autónoma de Madrid. Unidad de Psicología Médica. (recuperado el 23 de julio de 2007 de: http://www.uam.es/departamentos/medicina/psiquiatria/psicomed/psicologia/tema14.htm#2%20-%20-%20EL%20SUSTRATO%20FISIOLOGICO%20DE%20LA%20AGRESIVIDAD).

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