Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

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René Magritte, Le fils de l’homme (1964)

Uno de los primeros fracasos del machismo ibérico fue constatar que la mujer podía conducir, aunque no se le permitiera ni el más mínimo fallo. La primera vez que escuché esta expresión fue en 1970, dirigida a mi tía, que con su 600 recién estrenado sufría este tipo de improperios en la Sevilla de toda la vida. La verdad es que daba igual el sitio, porque toda España era una, grande y atada a estos estereotipos celtibéricos que se exhibían con orgullo rancio. Crecíamos con este lenguaje de la calle, moldeado por siglos de patrones sexistas donde aparentemente todo el mundo “sabía las cosas que correspondían a su sexo”. Y que las mujeres condujeran no estaba entre ellas. Afortunadamente, hemos avanzado mucho sobre esta realidad inexorable, pero todavía quedan restos de las conductas reptilianas, del primer cerebro humano, donde los hombres nos podríamos aplicar el cuento a estas alturas del siglo XXI: ¡reptil tenías que ser!.

Y como entre reptiles hemos crecido, todas y todos sabemos la importancia que tuvo la serpiente desde que éramos niñas y niños. Y una vez más, por culpa de una serpiente comimos de la fruta prohibida y desde entonces hemos elaborado una macrohistoria de culpa y rescate que no nos deja vivir en paz. Y hemos grabado a fuego la responsabilidad transcultural de la mujer, del animal hembra en forma de serpiente, que echó a perder la vida tranquila en el paraíso: ¡mujer tenía que ser! El relato de la creación, en Génesis 3,1, deja bien claro el rol que iba a jugar en la historia de la humanidad la famosa serpiente porque “era el más astuto de los animales del campo que Dios había hecho. Y dijo a la mujer: “¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles el jardín?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.” Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiéreis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. Y la mujer comió el fruto de este árbol del medio del jardín y dio también a su marido. Y lo que descubrieron es que estaban desnudos ante la vida sin entender nada: ¡mujer tenía que ser!.

Diez líneas de texto son la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) Estas tres características hicieron de la serpiente el símbolo de la sabiduría, la vida eterna y la inmortalidad, no sólo entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los egipcios, los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la serpiente para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella” (1).

Toda mi generación ha crecido con estas realidades culturales grabadas a fuego, donde la responsabilidad de la mujer era clara: se había dejado tentar por una serpiente porque a partir de ese momento pasaba a ser sabionda, es decir, conocería la causa del bien y del mal, y además fue la que arrastró al hombre para que también “pecara”: ¡mujer tenía que ser! En la corteza cerebral ha pesado mucho esta doctrina durante siglos, a pesar de la elaboración del sistema límbico que ha llevado a mujeres y hombres a manifestar por primera vez, de forma abierta, sus cerebros emocionales, poniendo las cosas en su sitio, incluido paraísos, serpientes y árboles situados en medio de un determinado jardín de la vida que nadie sabe donde está.

Lo que si tengo claro es que cada vez que un hombre asoma la cabeza por la ventanilla de su coche y grita a los cuatro vientos esta frase estereotipada, traduce siglos de vejación de la mujer porque en el subconsciente personal y colectivo, una vez, tan solo una vez, una serpiente convenció a una mujer que podía saberlo todo y ella, paradójicamente, sin encomendarse a Dios ni al diablo, induce al hombre a que también lo haga, condenándose ambos de por vida. Es lo que no me cuadra científicamente, porque de acuerdo con el relato bíblico el único estereotipo que todavía estaría permitido sería el siguiente: ¡seres humanos teníais que ser, para intentar descifrar el mensaje de la vida! A partir de ahora, deberíamos calibrar mejor la importancia de la inteligencia de cada mujer, de cada hombre, para comprender que al igual que la serpiente bíblica, puedo cambiar de forma de ser, me corresponde transmitir vida en todas las manifestaciones posibles y poseo inteligencia en la corteza cerebral para distinguir humildemente entre el bien y el mal a los que estamos, diariamente, obligatoriamente obligados a entenderlos.

Es posible que a partir de ahora, pueda deducir también que el pecado capital de los españoles, por excelencia, el de la envidia, sea una razón nuclear de este estereotipo, porque “Por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo” (Sabiduría, 2,24). Ésta es la primera vez que la serpiente del Paraíso, que en el Génesis representaba a la religión cananea, aparece identificada con el Diablo. Y desde entonces esta idea se popularizó y habitó entre nosotros al grito unánime de: ¡hombres y mujeres teníais que ser! para no comprender la quintaesencia de la vida… Por eso no comprendo por qué seguimos diciendo esta barbaridad a las mujeres cuando todo apunta a que la responsabilidad de ser en el mundo y no hacer las cosas bien es, en principio, compartida.

Sevilla, 26/VII/2007

(1) Álvarez Valdés, A. La enigmática serpiente del paraíso. Recuperado de http://www.iglesia.cl/especiales/mesbiblia2006/articulos/enigmatica.pdf, el 25 de julio de 2007.

2 comentarios en “Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

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