Estereotipo machista 5: “las mujeres, que leen, son peligrosas”

He localizado un libro de edición muy cuidada, Las mujeres, que leen, son peligrosas (1), que simboliza muy bien la posición andrógina del monopolio de la lectura y, por ende, de las capacidades intelectuales localizadas en el hemisferio cerebral correspondiente. El planteamiento del autor no es inocente y nos hace reflexionar sobre el acontecimiento de la mujer leyendo como si paseáramos a través de las salas de un museo que representara diversas épocas en las que diversos pintores nos ofrecieran el prototipo de la mujer de cada época en torno a una realidad difícil de plasmar sin suscitar comentarios de todo tipo.

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Desde la perspectiva de género, es un estereotipo que me interesa mucho investigar. Conocer a fondo el miedo ancestral del hombre en relación con el grado de conocimiento que la mujer puede llegar a alcanzar y, de esta forma, rebelarse, perder la sumisión, palabra sobre la que se centra esta realidad lectora de la vida. Recuerdo muy bien que en los años en que leía con mucha atención a Jean Delumeau, que publicaba en la Editorial Labor (tristemente desaparecida en 1996), un gran experto en los pueblos ribereños en los que nace la realidad cultural de los seres humanos en relación con los demás y con los dioses, las genealogías cuidaban mucho que nunca aparecieran nombres de mujeres en las mismas, es decir, los linajes se relacionaban siempre con los hombres, “artífices” de la creación de los seres humanos y así se debía transmitir de padres-hombres a hijos varones. La lectura de estos libros sagrados no debía recoger ninguna presencia de mujer generadora de linajes humanos, artífices de la creación de los pueblos seguidores de los dioses o del innombrable, Yahveh. Era el justo castigo a su perversidad, tal y como ya lo planteaba en el post titulado: Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”. Negación pura y dura del papel de la mujeres en la creación de los linajes, hecho que debía hacerse patente en las tradiciones orales de los pueblos. Posteriormente, en las escritas.

Manifestación contundente de esta realidad histórica que tanto pesa en la historia de las religiones hoy es la descripción genealógica de Jesús de Nazareth, donde el evangelista Mateo en el capítulo primero de su relato y desde el versículo 1 al 17, ambos inclusive, solo recoge los nombres de cuatro mujeres, Tamar, Rajab, Rut y Betsabé (perdonándoles la vida), que engendraron de forma irregular para justificar el pecado de los hombres, sobre todo de las mujeres por aquello de la manzana prohibida, resaltando de manera particular y de acuerdo con la tradición más conservadora solo la figura de hombres, patriarcas, que eran los auténticos artífices de los linajes puros. A pesar de todo se les brinda una oportunidad, refrendada de forma magistral por el papel que desde entonces viene a jugar a María, la madre de Jesús. Todo encaja en este puzle divino y humano. A partir de estas realidades se comprende mejor que la mujer solo pudiera aportar a la historia la lectura de la vida, no de los libros, porque de alguna forma tenía que espiar siempre su pecado “primitivo”, condenadas al ostracismo y ninguneo histórico. Fecundidad (pecado) y maternidad (gloria) se abrazaron históricamente para siempre.

Esther Tusquets, en el prólogo del libro, dice como contrapartida al planteamiento anterior, que “desde Sherezade hasta nuestras abuelas y nuestras madres, las mujeres han almacenado historias, han sido geniales narradoras de historias”. Y desde la primera obra pictórica La Anunciación de Simon Martin, hasta la última, en reproducción fotográfica, Marilyn leyendo “Ulises”, el autor va desgranando interpretaciones que aportan mucha frescura sobre la revolución del compromiso de lo que se lee en la vida personal de las mujeres representadas, en una interpretación henchida de libertad como la que se va buscando de forma subliminal. Me ha parecido de un interés especial la manifestación de la escritora francesa Laure Adler sobre el contenido de este libro y resaltado también por Esther Tusquets: “El libro puede llegar a ser más importante que la vida. El libro enseña a las mujeres que la verdadera vida no es aquella que les hacen vivir. La verdadera vida está fuera, en ese espacio imaginario que media entre las palabras que leen y el efecto que éstas producen. Las lectora se identifica totalmente con los personajes de ficción…”.

Continuando con la perspectiva de género en la interpretación de la capacidad lectora en la mujer y sus resultados, es obvio que se ha avanzado de forma espectacular en el conocimiento de las inmensas posibilidades del cerebro del hombre y de la mujer en la captación de las representaciones simbólicas que puede ofrecer la lectura, en el enfoque que planteé en el post titulado Cerebro y género: ¿diferentes inteligencias?: “se conoce muy bien la llamada “lateralidad cerebral” a través de los hemisferios que lo conforman, tal y como lo expresaba la doctora Barral en el encuentro que ya cité en el post Cerebro y género: mitos a desmontar: “los hombres tienen más desarrollado el hemisferio izquierdo, es decir, el cerebro racional, y las mujeres el área del lenguaje y el hemisferio derecho, que es el que controla la vida emocional. “De eso se ha extraído que las mujeres son más lábiles e impredecibles, lo que ha tenido consecuencias clínicas, como una mayor prescripción de ansiolíticos a las mujeres”. O por ejemplo la constatación siguiente: “Y una aclaración a la lateralidad de los hemisferios cerebrales: el hecho de que el hemisferio izquierdo esté más desarrollado en los hombres, no significa que sean por sí mismos más inteligentes. ¿Por qué? Sencillamente porque el hemisferio izquierdo siempre es el dominante tanto en la mujer como en el hombre, porque es el responsable de la capacidad lingüística, de la categorización y de la simbolización: es el que otorga todas las posibilidades de agregar valor a la palabra. Y también es el responsable del control de las extremidades usadas en los movimientos habilidosos, con sentido: la mano, el brazo, la pierna. Dar la mano, adquiere así un valor incalculable. Y los grandes descubrimientos que quedan por hacer vienen de un hemisferio también compartido, el derecho, llamado también hemisferio menor, no dominante. Por eso nunca entendí aquella frase de mi infancia madrileña, en el discreto encanto de la burguesía; “los hombres no lloran”. Era imposible entenderlo porque la maduración cognitiva de mi cerebro, a los seis años, estaba muy distante de tener preparado mi “cableado” cerebral para comprender esta forma de ser en el mundo, debido siempre a una forma de entender la cultura. Pero igual mi hermana, que aunque lloraba desconsoladamente y con alguna frecuencia, tampoco lo estaba. Aunque sí estaba permitido para ella y se justificaba con displicencia a quienes nos preocupaba el sentimiento de la vida. Torpeza para muchos, en aquella época, cuando crecíamos en unas condiciones muchas veces lamentable”.

La lectura, en definitiva, libera la mente humana y nos hace más inteligentes para comprender la vida. Y no debe ser un proyecto de frustración o de advertencia de peligro latente y manifiesto en las mujeres: “Para esto sirve la ciencia, para descubrirnos las maravillosas posibilidades que nos ofrece el cerebro, a cada una y a cada uno, a pesar de aquellas limitaciones en nuestra conducta, que siempre permanecen en la memoria histórica para nuestra desgracia. Y esa es otra, porque reconstruir la vida y predecir la conducta actual se hace con mucho esfuerzo de romper barreras creadas por los patrones sociales que tanto nos marcan en la vida. Y vamos viendo a través de estos artículos, de estos post, que ser hombre y mujer no tiene por qué llevarnos por unos derroteros poco asimilados y acordes con nuestra forma de ser. Porque contamos con un activo maravilloso: un cerebro bien diferenciado y con un programa genético que solo tiene un hándicap importante, porque todavía no sabe la ciencia como explicarlo de forma que podamos tomar el control pleno de nuestra existencia. Ahí radica el problema del gobierno por parte de los otros. De cualquier “otro”, porque al buen entendedor, pocas palabras bastan. Sinceramente, porque a diferencia del doctor Mazziotta, no creo que defender esta tarea científica sea ya un “proyecto de frustración”.

Creo que el problema de la peligrosidad de la mujer lectora de ficción, de ensayo, de literatura no vinculada con el término “basura” es un mero juego de palabras cargado de intencionalidad teledirigida. Somos conscientes, todas y todos, que estamos hablando de mujeres que utilizan su inteligencia para obtener conocimiento pleno de la realidad circundante y de cómo otras y otros han interpretado la posibilidad de ser diferente y de vivir en un mundo mejor, sin sumisión. Buscando en mis escritos y trabajos realizados en años romanos (2), he encontrado uno que hice sobre la personalidad frustrada de Simone de Beauvoir declarada en su obra “El segundo sexo”, que puede cerrar bien esta hoja del blog, fechada hoy, como un canto ya latente a la potencialidad de ser en el mundo de la mujer inteligente, como capacidad para resolver problemas de la vida ordinaria y recurriendo, por ejemplo, a la lectura en términos de libertad: “Las relaciones madre-hija se abordan también en un clima frustrante: hasta la madre más generosa, en el fondo, no hace más que preparar a su hija para que entre en sociedad, sueña a menudo con vestirla de largo, tiene que hacer de ella “una verdadera mujer”. La frase de Simone “me tomaban por bestia, por cosa”, es muy gráfica para un análisis de sus conflictos y frustraciones a nivel paterno-filial. Lanza de forma velada una tremenda acusación contra la formación sexual que reciben los niños normalmente, reflejada en la historia de Ana, contada por Jung en su libro Los conflictos del alma infantil. Simone toca uno por uno los problemas que se plantean en la convivencia familiar y escolar. El análisis tradicional de la familia es el análisis de su familia. El ámbito de las lecturas de las niñas es también una acusación directa; los cuentos de hadas y los libros de “Mujercitas” son un exponente –según ella- de la infravaloración humana”.

Y finalizaba el trabajo con una reflexión premonitoria: “Es indudable que el análisis de Simone de Beauvoir sobre la infancia, no pasa de ser un análisis monocolor de su infancia, que era también la infancia de la época, década de los años diez y veinte del Siglo XX. Paradójicamente, acepto que muchas reflexiones de ella podrían aplicarse a décadas posteriores, donde la educación sexual (no olvidemos que es u preocupación fundamental en esta obra) ha brillado por su ausencia. Hoy, asistimos a un momento diferente, donde los jóvenes han hecho periclitar el edificio clásico de las inhibiciones y frustraciones sexuales. Bastaría citar el fenómeno registrado en Italia, con la publicación del libro “Porci con le ali”, donde Rocco y Antonia viven una experiencia sexo-política muy similar y donde el vocabulario utilizado para sus expresiones dialécticas, desde el principio y hasta el fin del libro, darían que pensar incluso a Simone. Junto a esta realidad, la formación real hoy es una formación de la calle, de los diferentes clubes, de la filmografía, donde el lenguaje desenfadado manifiesta un epifenómeno muy curioso: la insatisfacción por saturación (…). El problema radicó en que la lectura de “El segundo sexo”, a escondidas, por ser manzana prohibida, facilitó un curso acelerado de formación y de satisfacción de curiosidad, con todos los problemas que podría acarrear a las mujeres lectoras. Hoy, su obra, aporta datos de interés a nivel histórico, pero cualquier manual o revista “avanzada” abre ya los ojos a muchas realidades. Aún así, hay que reconocer la valiente realización de Simone de Beauvoir, su desesperada lucha por encontrar su libertad…”.

N.B.: La portada del libro reproduce una pintura preciosa, Sueños, realizada en 1986 por el pintor florentino Vittorio Matteo Corcos, pudiéndose contemplar en la Galería Nacional de Arte Moderno, en Roma. Según Bellmann, “el tema del cuadro podría ser éste: el verano que se retira ha hecho de una muchacha una mujer dueña de sí misma. La lectura ha contribuido tal vez a este cambio, y la rosa parece haber servido de punto de lectura del libro. La manera enérgica y casi desafiante con que la modelo alza la cabeza muestra en todo caso una cosa: la nostalgia del retorno a la edad de la inocencia no es su problema. El título del cuadro es engañoso: esta lectora no es soñadora”.

Sevilla, 15/VIII/2007

(1) Bellmann, S. (2007). Las mujeres, que leen, son peligrosas. Barcelona: Maeva.
(2) Cobeña, J.A. (1976). La personalidad frustrada de Simone de Beauvoir. Trabajo de doctorado realizado en mayo de 1976, en Roma (sin publicar).

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