Libros al peso

¡Me lo temía!. Acabo de tener una experiencia que solo la concebía en la ficción. En una gran superficie, tal y como se denominan eufemísticamente hoy los palacios del consumo de la alimentación programada por otros (hiper y supermercados), me he encontrado con la noticia del día segundo de rebajas: ¡Libros al peso!. He curioseado la oferta y en el centro de cuatro soportes que contenían libros descatalogados, estaba una mesa con un peso, donde podías servirte los libros ofertados, pesarlos y ponerles etiqueta con el precio exacto. Hoy estaban los libros a 12 y 15 euros el kilo… (supongo que porque estamos en temporada baja).

La verdad es que con este tipo de experiencias ya ha alcanzado el libro “sus más altas cotas de la miseria”, que diría Groucho Marx. Ya es mercancía total, que era de lo que se trataba en parte del gremio de editores, distribuidores y demás miembros de este círculo mercantil. Sus valores intrínsecos de lectura, cuidado de edición, contenido ajustado a la relación calidad-precio, portador de ideas y libertades al generar conocimiento, ha quedado absorbido por los valores inapelables del mercado convirtiéndose en la mercancía perfecta. El siguiente paso y si no al tiempo, será ampliar la oferta por necesidades detectadas. Por ejemplo, nos tendremos que ir acostumbrando a contemplar los siguientes reclamos: ¡cuarta y mitad de poesía, sólo por cinco euros!, ¡medio kilo de historia, por sólo seis euros!, ¡un kilo de ensayo, quince euros!, indudablemente en este caso, por aquello de la dificultad inherente a su extracción, porque no es lo mismo las labores de “pesca mercantil” en las piscifactorías de ideas, que trabajar en el mar abierto de la inteligencia creadora, es decir, García Márquez, José Antonio Marina, Hawkins ó Sánchez Ron…

Y después vendrán las campañas complementarias: junto al lote de poesía, se regalará un spray para quitar el polvo a las estanterías y si lo complementas con historia, te regalarán un plumero abatible “para entrar hasta el último rincón de tu biblioteca”. Supe, por cierto, de una folklórica de este país, muy afamada en el mundo cañí, que confesaba su predilección por la compras de lomos de libros, en color, por metros, con predilección por los de las “Biblias”, para dar un sello de distinción a los recibidores de las casas. Tengo que confesar de nuevo, con Groucho, que “el futuro ya no es lo que era”, aunque hoy me conformo con no confesar las características del fondo de mi biblioteca no vaya a ser que lo conozca un mercenario de los libros y me ofrezca una cantidad tan suculenta que después me encuentre “El arte de amar” de Erich Fromm, que tanto me ayudó a crecer ideológicamente, en la última oferta sobre “libros de autoayuda” en este hipermercado: “¡lo último: arregle su vida por solo un euro!”. Saben por qué sé el precio, porque mi libro de Fromm pesa exactamente cien gramos y hoy la oferta más baja estaba a diez euros el kilo. Me imagino que a los que han tenido la feliz idea de introducir esta línea de venta, no han visto a Fromm por ninguna parte, ni saben quién es. Eso es lo que siento, como triste metáfora de la vida, porque lo que debería ser un derecho de autor y de propiedad intelectual, protegido hasta el final de la vida del libro, se convierte en mercancía pura y dura para liquidar fondos que son una rémora para las editoriales.

Pienso, fríamente, si este tipo de acciones deberían estar reguladas por la ética intelectual y cultural de un país y promover que antes de ser vendidas las ideas al peso, pudieran formar parte de bibliotecas de países y escuelas de nuestros pueblos andaluces, por ejemplo, que no tienen, en algunos casos, casi nada. Idealismo, lo llaman algunas y algunos. Respeto y sensibilidad con la inteligencia de cada uno, lo llamamos otros. Y si pudieran distribuirse en ciclos de comercio justo, mejor. Además, Carrefour no se arruinaría…, si lo pensara dos veces, porque de acuerdo con su eslogan actual “con ellos es posible”.

Sevilla, 2/VII/2006, segundo día de las Rebajas

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