Imaginática 2007: una habitación con vistas

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Ya estamos en la cuenta atrás de un acontecimiento de los que la comunidad universitaria andaluza debe sentirse muy orgullosa: Imaginática 2007, el encuentro bianual que se va a llevar a cabo en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Informática, en Sevilla, durante los días 5 a 9 de marzo, en el que una asociación sin ánimo de lucro nacida en el seno de la Universidad de Sevilla, sirve de punto de unión entre el mundo universitario y el mundo empresarial, desarrollando un gran número de actividades entre las que destacan el Ciclo de Conferencias, la Feria de Stands y el Museo Tecnológico. Su misión es clara: actuar como agente dinamizador de la Sociedad del Conocimiento en Andalucía introduciendo una energía activa y propulsora en el seno de la Universidad de Sevilla que arrastre a alumnos y personal docente e investigador a participar de manera directa en la creación de esta nueva realidad social.

Este año voy a participar junto al grupo de investigación DiNeT, de neurociencia digital, con una intervención en torno a un contenido muy sugerente: la deconstrucción del cerebro digital. Es muy importante enfocar bien la realidad investigadora en torno al cerebro y no dispersar esfuerzos. Por ello, es fundamental aproximarse bien a la realidad del cerebro digital (deconstrucción radical) y diagnosticar qué es lo que sabemos y no sabemos de su funcionamiento para intentar reconstruirlo en funciones susceptibles de digitalización. Y nunca creer que vamos a reproducir de forma íntegra la llamada inteligencia humana.

Por otra parte, el esfuerzo investigador de pequeños grupos de alumnas y alumnos, profesoras, profesores y algún que otro patrocinio de empresas emprendedoras, puede verse recompensado en este tipo de encuentros. Seguro que se podrán explorar yacimientos de investigación cerebral, de ámbito digital, que lleven a dotar funcional y económicamente de recursos a iniciativas legítimas y bien diseñadas para evitar el éxodo de investigadoras e investigadores en potencia que conocen ya las posibilidades ingentes de la ciencia en la búsqueda de comprender bien el funcionamiento del cerebro con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

Vuelvo a mi trabajo de creación en la presentación que voy a llevar a cabo, que la preparo con la misma ilusión de mis años más activos en la Universidad, a la que profeso un profundo respeto, para entregarla a la comunidad emprendedora y para todas y todos aquellos que tengan la actitud de aproximarse al cerebro pensante, imaginático. En definitiva, para compartir su inteligencia creadora y digital.

Sevilla, 28/II/2007, en el día de Andalucía, como pequeña contribución a su progreso.

Cerebro y género: una cuestión de amígdalas

¿Quién nos iba a decir que entre las inteligencias múltiples de cada persona, la emocional tiene el tamaño de una almendra?. Es así. En el cerebro se encuentra una estructura cerebral, del tamaño de una almendra, que se llama “amígdala” (del griego ὰμυγδάλη, almendra), situada exactamente en el lóbulo temporal y forma parte, junto a otras estructuras cerebrales, como el hipotálamo, el septum y el hipocampo, fundamentalmente, de los circuitos responsables de la emoción, de la motivación y del control del sistema autónomo o vegetativo. Todo ello configura el denominado sistema límbico, responsable directo de la codificación del mundo personal e intransferible de los sentimientos y de las emociones. Con el control férreo de la corteza prefrontal, como corteza de asociación situada en el lóbulo frontal. Una parte muy importante de la corteza (servilleta) cerebral, utilizando la descripción del tamaño de la misma hecha por Jeff Hawkins (1).

Desde el punto de vista científico, ya sabemos muchas cosas de la amígdala cerebral. Es una estructura muy pequeña y evolutivamente muy antigua. Dependiendo de su tamaño se puede identificar el carácter de una persona, llegándose a saber que una atrofia de la amígdala llevará a la persona que la sufra a una seria dificultad en el reconocimiento de los peligros, siendo realmente asombrosa la asociación que se puede llegar a dar entre su hipertrofia y la violencia y agresión. Se puede llegar a conocer hoy, a través de técnicas no invasivas de tomografía mediante emisión de positrones (PET), el coeficiente de las emociones en cada lado de la amígdala.

Se ha demostrado también que pacientes con la amígdala cerebral lesionada no son capaces de reconocer la expresión de un rostro o si una persona está contenta o triste. Por otro lado, en experimentos con monos a los que se les extirpó esta glándula, se demostró que éstos manifestaban tras la extirpación un comportamiento social alterado, con una pérdida de la comprensión de las reglas de relación de la manada, además de verse afectadas las actitudes maternales y las reacciones afectivas frente a sus iguales. Asimismo, la amígdala cerebral también se relaciona con la capacidad de aprendizaje y con la memoria.

He leído con atención el estudio llevado a cabo por la Unidad de “neuroimaginería cognitiva” del Inserm (el instituto francés de la salud y de investigación médica) y por el hospital Pitié-Salpêtrière de Francia, que ha demostrado que nuestro cerebro es capaz de integrar nociones tan abstractas como las de un campo semántico, las de los significados, incluso antes de que conscientemente podamos leer las palabras que los contienen. Además, el papel jugado por la implantación de electrodos en las amígdalas cerebrales de un grupo de pacientes epilépticos desvelaron actividad cerebral derivada de la significación de una serie de palabras mostradas a gran velocidad, a pesar de que los pacientes no pudieron ni leerlas. La complejidad de nuestros procesos mentales inconscientes es por tanto mucho más rica de lo que se estimaba. El trabajo ha sido dirigido por el neurólogo y doctor en Neurociencias cognitivas, profesor Lionel Naccache y ha sido publicado por la revista Proceedings of the National Academy of Science. El cerebro es capaz de decodificar el significado y el sentido emocional de palabras que se presentan al sujeto de manera subliminal, señalan los resultados de un estudio. De ahí la importancia de los anuncios publicitarios y su falta de inocencia. Obvio. Y qué campo tan interesante se abre para la educación infantil y en casa, en el trabajo y en la Universidad. Los elementos de contexto en los que vivimos nuestra existencia diaria, ¡cuántas palabras e imágenes, cuantos estados afectivos momentáneos (emociones) y duraderos (sentimientos) se pueden estar desarrollando y elaborando en nuestro interior sin que tomemos plena conciencia de ello!. Es lógico que a veces digamos “no sé lo que me está pasando”. Responsable: la amígdala personal e intransferible y su integración en circuitos más complejos.

El binomio miedo-agresión, está asentado en la amígdala. Si el tamaño es mayor en el hombre, por mera determinación anatómica, la correlación es más compleja. Por ello, las salidas de tono virulentas en los hombres tienen una determinación estructural cerebral, más acusada que en las mujeres. Y con una responsabilidad añadida: la corteza prefrontal, esa zona maravillosa de razonamiento neurológico, al intervenir otras muchas entradas de información a esa zona y equilibrar todas las balanzas imaginables de los procesos que se computan en el cerebro, hace que se module la conducta a observar finalmente, creando patrones para la memoria predictiva: si ya me pasó esto en una situación anterior, atención, porque me puede volver a pasar lo que ya sé que va a pasar. Sorprendente. No es el destino biológico preprogramado de hombre y mujer lo que justifica determinadas conductas, sino que los aprendizajes de situaciones que se han repetido en muchas ocasiones de la vida, “modula” una determinada forma de ser en el mundo, desencadenando procesos hormonales y activaciones eléctricas de circuitos neuronales que ya han “aprendido” a desenvolverse así en situaciones similares. Y la amígdala sigue ejecutando siempre su trabajo.

El estrógeno, la progesterona y la testosterona son las principales actrices invitadas en el funcionamiento de la amígdala en el cerebro sexuado. Todo lo que ocurra a nivel hormonal afecta a la amígdala. La razón es obvia: si el estrógeno está equilibrado en su funcionamiento ordinario, complejísimo, la amígdala hará vivir y sentir las emociones conscientes e inconscientes de forma regular, modulando actuaciones preprogramadas. De ahí la importancia de la memoria predictiva (teoría de Jeff Hawkins), de la que ya he hablado en post anteriores. Después, los sentimientos y emociones que se construyen en la amígdala, en compañía del hipocampo y del hipotálamo, se bifurcan en razón del protagonismo que concurra en relación con las hormonas masculina ó femenina: la progesterona y la testosterona. Y en cada ciclo de vida personal, el protagonismo es diferente. Por ello, la inteligencia individual, comienza a escribir en el libro de vida de cada uno en particular, cómo se aborda la resolución de problemas diarios para vivir de forma adecuada. Sin florituras agregadas. Solo se regula la mejor forma de vivir. Es lo que en América se trata de solucionar con Prozac, sabiendo que mi amígdala es sensible de forma particular con todo lo que a mí me pasa y me acaba afectando de forma momentánea (emociones) ó duradera (sentimientos).

Y una realidad estructural del cerebro, la mielina, tiene una responsabilidad crucial en la conexión obligada, autopista o camino vecinal, entre la amígdala y el centro de control de las emociones: la corteza prefrontal. Me gusta comparar la mielina con el cable de antena del televisor, forrado con una malla de cobre a modo de dendritas y con un plástico que le aisla del mundo exterior y protege la conductividad, ofreciendo todas las garantías de neurotransmisión, de transmisión en definitiva de las señales eléctricas. La corteza cerebral se alimenta de millones de descargas de la amígdala y pide retroalimentación. Y esto se aprende. Es la experiencia del ciclo de vida de hombres y mujeres, desde que somos niñas y niños, experimentamos la adolescencia (cuantos cables sin mielina, sin protección se intercomunican a esta edad, desencadenando explosiones afectivas que ahora sabemos ya por qué ocurren), crecemos en el estereotipo del “amor” solo, homosexual ó heterosexual, y nos hacemos personas mayores donde las garantías del cableado cerebral comienzan a caducar, a deteriorarse e incluso a morir (Alzheimer). Este conocimiento nos lleva a ser muy prudentes con los autojuicios o sobre los que hacemos de los demás. Es “cuestión de química” (¿de amígdala?), siendo esta expresión coloquial una verdad como un templo, porque la conducción química es vital para nuestra amígdala, como explico a continuación.

Por su importancia actual, derivada de investigaciones recientes, es importante resaltar los últimos descubrimientos sobre unas células olvidadas desde los trabajos de Cajal, las células glía y en un papel muy importante: la neurotransmisión de sustancias vitales para el funcionamiento del cerebro, en una tarea muy concreta, en el trayecto que va desde la amígdala a la corteza cerebral y viceversa (a la amígdala le gustan las distancias cortas…), de acuerdo con unas declaraciones recientes de R. Douglas Fields, del Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano, en Bethesda, Maryland, especialista en plasticidad del sistema nervioso: “Aún tenemos mucho que aprender, pero entre los neurocientíficos hay un tremendo interés (en estas células), ya que creen que podrían haber ignorado casi la mitad del cerebro”. Este investigador, junto a Beth Stevens-Graham, ha escrito un artículo de revisión sobre la glía, publicado en la revista Science (2), de sumo interés: “Cada vez más, se hace evidente que la glía contribuye al proceso de información en el cerebro detectando la descarga de las neuronas y comunicándose entre ellas para, a su vez, regular la actividad neuronal”. La nueva conciencia sobre la importancia de las células gliales se ha desarrollado, en parte, debido a nuevos métodos de radiografía por imágenes que permiten a los científicos observar las señales químicas que la glía usa para comunicarse, entre ellas mismas y con las neuronas. La glía y las neuronas operan en formas diferentes. Aunque a menudo se comparan las señales eléctricas de las neuronas con las que tienen lugar en las líneas telefónicas, la glía se comunica por medio de señales químicas, que son mucho más lentas. Entre las numerosas funciones de la glía, dijo Fields, están las de regular la intensidad de las conexiones interneuronales llamadas sinapsis. Pero la glía también puede detectar señales eléctricas de otras partes del cerebro, además de las sinapsis, según el investigador. Estas señales, añadió Fields, “son particularmente importantes para regular el desarrollo glíal en la vida fetal y postnatal temprana”.

Los mensajes también controlan la actividad de la glía que forma la mielina, el “aislante” que protege las fibras nerviosas, mencionó el científico. La comunicación entre las neuronas y las células gliales podría formar parte de las actividades cerebrales que suceden en un período relativamente largo de tiempo, según Fields. “Esto sería importante”, dijo el científico, “en aquellos procesos como el desarrollo del sistema nervioso, la formación de las sinapsis, la migraña, la depresión, el aprendizaje y la memoria”. Esta comunicación podría también estar presente en la forma en que el cerebro responde al daño, a la enfermedad y al dolor crónico, añadió el investigador”.

Estudios recientes llevados a cabo en la Clínica de Neurocirugía de la Universidad de Bonn, han señalado el papel trascendental de las células glía, neuroglías, en su argot, destacando las funciones que desempeña un tipo de célula glial, el astrocito, desconocidas hasta ahora pero que pueden revolucionar el conocimiento del procesamiento del entendimiento entre neuronas, como árbitro imprescindible. Es una célula muy común en el cerebro y su relación con la sinapsis y con los vasos sanguíneos, pero junto a las funciones clásicas de nutrición y sostén de las neuronas, se han descubierto funciones auxiliares muy diversas: “se ocupan de que las concentraciones iónicas permanezcan constantes en el espacio situado entre las células cerebrales; recogen las sustancias mensajeras –los neurotransmisores- liberadas por las neuronas y bloquean sus efectos; por último proveen de nutrientes a las células nerviosas. Va ganando terreno, además, la idea de que el propio grupo de astrocitos se compone, a su vez, de tipos celulares muy distintos que, en parte, realizan trabajos completamente diferentes. Por si fuera poco, se les empieza a reconocer a los astrocitos, su participación en el procesamiento de la información cerebral, capacidad que se suponía exclusiva de las neuronas” (3).

Tengo la impresión que la próxima vez que nos comamos una almendra, vamos a tener una sensación (¿emoción, sentimiento?) diferente de lo que hacemos. Probablemente, porque la amígdala cerebral de cada una, de cada uno, ha mandado unas señales neurológicas diciendo a la corteza cerebral que ya sabe por qué está sintiendo algo especial. Misión cumplida.

Sevilla, 25/II/2007

(1) Hawkins, J. y Blakeslee, S. (2005). Sobre la inteligencia. Espasa Calpe: Madrid.

(2) Douglas Fields, R. & Stevens-Graham, B. New Insights into Neuron-Glía Communication. Science 18 October 2002: Vol. 298. no. 5593, 556–562.

(3) Krebs, C., Hüttmann, K. y Steinhäuser, Ch. (2005). Células de la glía. Mente y Cerebro, 11, 66-69.

Cerebro y género

Género y vida

El niño del Serengueti

Lo ha cantado Javier Ruibal en Cádiz, cuando todavía sonaban notas de Carnaval: El niño del Serengueti fantaseaba mientras llevaba agua a casa. Y ya no se cantaba a esa hora con la misma sorna. No conozco bien la letra de la canción, pero la intuyo. Ha sido con motivo de un encuentro de gran interés público que se ha celebrado en esta preciosa ciudad, el pasado miércoles, organizado por EL PAÍS en la Diputación de Cádiz alrededor del cambio climático. Intervinieron líderes de opinión y de laboratorio sobre las incongruencias de la “mano del hombre” (con perdón) y hasta se llegó a manifestar, con gran dolor de mi cerebro, que hemos llegado hasta aquí gracias a la inteligencia humana (?). Siempre hablando de culpa y siempre de la culpa de la gente, como diría Jorge Cafrune. Y así lo contaba el redactor de la noticia: “El científico Miguel Delibes de Castro aportó que gran parte de los inconvenientes para hallar soluciones al problema es la falta de una conciencia sobre su existencia. “Hasta que no lo vemos, no lo creemos”, sostuvo. Sin embargo, no coincidió con Negrillo [Juan Negrillo, Director de EMCG 2007, Primer Encuentro sobre energía, municipio y calentamiento global] a la hora de apuntar como una causa la revolución científica. “Es como culpar a nuestra inteligencia. Si nos hubiésemos quedado como monos seguramente no hubiese ocurrido nada de esto”, añadió, “pero tampoco podríamos ahora alcanzar nuestro grado de desarrollo y las posibilidades de investigación” (1).

No sé que le pasa últimamente al cerebro y a la inteligencia, pero están en horas bajas, debido a los “mayores espectáculos del mundo”: Irak, Afganistán, Atocha, África Subsahariana y la misma Tanzania, el país del niño del Serengueti, donde el SIDA hace estragos. Es paradójico el momento actual porque, por un lado, todos los días se publican noticias sobre el maravilloso cerebro y lo que queda por descubrir. De la misma forma, por otro, se les ataca desde todos los frentes posibles. Y la contradicción está servida. Pero en el caso que nos ocupa es que la campaña de sensibilización que ha promovido Al Gore “nos ha dado” el siglo actual, el día de hoy y de mañana, que se dice coloquialmente, porque el cambio climático, del que tanto se habla, no lo sufrimos de forma directa pero es una tabarra que no cesa.

Y Ruibal, con su encanto personal, coge la guitarra en su tierra y con la gracia que el Sur le ha dado, comienza a gritar a los cuatro vientos que mientras el niño del Serengueti admira el entorno tanzano como una maravilla para sus ojos cautivos, va arrojando agua sin la conciencia de estar perdiendo un auténtico tesoro. A diferencia de nosotros, los más inteligentes de la tierra, el primer mundo, que no podemos fantasear más allá de lo que nuestros ojos son capaces de transmitir a un cerebro cautivo y desarmado por la sequía de la inteligencia en muchas de sus manifestaciones posibles. Por cierto, humanas. Y que no es capaz de descubrir ya la realidad del “aire azul” tanzano ó gaditano, fantástica recreación del escritor australiano Alan Mooheread, enamorado del continente africano, escapándosele también el agua entre los dedos…

Sevilla, 23/II/2007

(1) Espinosa, P. (2007, 21 de febrero). Las heridas de la tierra. El País, p. 45.

Quitarse el cerebro de la cabeza

Lo ha dicho hoy Pau Gasol: No quiero pensar en nada, ojalá pudiera quitarme el cerebro de la cabeza. Ha planteado una cuestión de Estado. A las personas que trabajamos en la investigación del cerebro, frases como ésta nos sugieren investigaciones por doquier. Vamos a entrar en el contenido de sus palabras. Cuando Pau expresa con sentimiento por qué está en conflicto con su cabeza es por una razón muy importante. Su cuerpo es capaz de ser dirigido por la corteza cerebral, por patrones de conducta que ha asimilado con técnicas de entrenamiento, con estrategias y tácticas de equipo, sofisticadas, dibujadas en la Vileda de turno. Pero una cosa es jugar con cabeza y otra controlar el cerebro. O poner el cerebro en juego, pagando un alto precio: su cabeza.

Pau juega, salta, recoge rebotes, obstaculiza las torres humanas de la NBA. Encesta en la cancha de la vida. Pero su cerebro necesita descanso, aunque se teme que aún descansando, las grabaciones hechas recientemente sobre su futuro inmediato no le dejen tranquilo. Ha manifestado de forma excelente el potencial del cerebro para lo bueno y para lo que aceptamos de forma común: para “lo malo”. Pero busca un imposible: quitarse de encima lo que le permite curiosamente ser una estrella rutilante, el primer motor móvil que le permite triunfar en el Memphis Grizzlies. Mucho me temo que no va a poder comprar una operación tan sofisticada. Porque aunque parezca mentira, Paul es humano y su cerebro lo necesita incluso para lo que demanda ahora a gritos: estar tranquilo. El mismo cerebro que lo encumbra. El mismo cerebro que lo agota. Y esta realidad, a los humanos, nos cuesta aceptarla porque es una dialéctica endemoniada. Incluso para los que de forma tan frívola les gustaría interpretar por qué una persona toma la decisión de quitarse el cerebro de encima, definitivamente. Quizá, solo para experimentar y no se sabe todavía las razones últimas, que el cerebro es una máquina modulada –difícil de gobernar- por los ribetes de acero que impone la vida personal e intransferible. Para lo que decíamos anteriormente y extraído de la sabiduría popular: para lo bueno, para lo malo y, a veces, para lo imposible.  Comprendo a Gasol: es maravillosamente humano.

Sevilla, 15/II/2007

Valor y precio

Tenía razón Antonio Machado: todo necio confunde valor y precio. Se me ha ido el alma a la lectura de un reportaje publicado hoy en el diario El País, Cosas que el dinero puede comprar, o no (1), que me ha activado áreas cerebrales que estaban dedicadas desde hace días a otros escenarios de progreso, quizá porque estaba influenciado por un ataque de admiración de Woody Allen, en torno a una frase suya que ahora, paradojas de la vida, publicita un Banco: Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida. Y haciendo caso al Dr. Cardoso, un personaje peculiar en la vida de Pereira (Tabucchi), he comenzado a frecuentarlo, como una forma de invertir inteligencia para ser más feliz. Y andando en estas cuitas de Allen, tempus fugit, anuncio del Banco de Madrid (?), futuro, resto de mi vida, blog, compromisos varios, descubro una lectura de las que llamo “necesarias”, al menos para mí, reforzando una creencia clara: en el futuro en el que quiero vivir, el dinero no te lo facilita todo.

Veamos por qué, según el estudio publicado por Manuel Baucells, profesor de la escuela de negocios IESE, y Rakesh K. Sarín, de la UCLA Anderson School of Management de la Universidad de California (2): Does more money buy you more happiness?. Malas noticias, para algunos. Parece ser que algo de felicidad se puede comprar con dinero pero no toda la felicidad, porque el estudio citado dice que cuando compramos algo y lo empezamos a disfrutar, de forma inversamente proporcional “decae” la ilusión, más o menos, “porque ya tenemos lo que deseábamos”: el dinero no da la felicidad, pero la puede comprar, la única duda es cuánta cantidad. Y no es tanta como uno espera porque no sabemos administrar el dinero, nos acostumbramos demasiado rápido al nuevo tren de vida y nos comparamos con personas más afortunadas. Y empezamos a ver lo que los demás tienen y así indefinidamente, generando la envidia. Luego parece ser que es más importante desear las cosas que tenerlas. Interesante. El problema radica en que nos programan los deseos. Y me he puesto a comprobarlo en la publicidad de hoy, un sábado de febrero, normal y corriente, en mi periódico habitual, El País, desde la primera a la última página:

– En relación con la salud y la belleza: volverás otra vez a la deliciosa lentitud de las horas.
– En relación con los viajes en el mar: en el centro estás tú.
– Referido a un vehículo de gama alta: hacer algo juntos no significa hacer siempre lo mismo. Exprime, explora, experimenta.
– Windows ha cambiado: que no te coja desprevenido.
– Lleva a tu mesa la clase del mejor club del siglo XX (una cubertería con el logotipo de un equipo de fútbol).
– Toma el control. El hombre que controla todas las situaciones busca potencia y respuesta en su coche.

Solo he destacado una parte de la publicidad directa, sin analizar la subliminal que tanto afecta a nuestra inteligencia. Y las conclusiones del estudio nos llevan a pensar con Machado que no se debe confundir valor y precio, porque cuando volvamos a las prisas diarias, al estrés puro y duro, finalice el crucero, exprimamos, exploremos y experimentemos el nuevo coche, dé a los demás una lección de hombre previsor al comprarme la última versión del software comercial de los últimos días, ponga en mi mesa la cubertería de mi “equipo predilecto” y tome el control de mi vida con el coche (otra vez), me daré cuenta que me ha pasado algo parecido a cuando era niño: cuando los Reyes Magos de Oriente me traían el caballo de cartón, ya no tenía gracia montarme muchas veces en él. Y me iba a la habitación a escribir de nuevo a un rey desconocido que me permitiera ser feliz todos los días, porque tenerlo (el juguete…) me permitía comprobar que ya se me había escapado la ilusión por la montura del equino. Y así desde entonces, buscando por todas partes la forma de disfrutar los placeres basados en bienes básicos y en personas cercanas bajo la forma de familia, compañeras y compañeros de trabajo, amigos, proveedores conocidos y respetados (en clave de valor), frente a lo que me ofrecen los bienes de consumo (puro precio y mercado), por mucho que se empeñe en ello, con perdón, la agencia donde trabaja Risto Mejide.

Sevilla, 10/II/2007

(1) Mars, A. (2006, 10 de febrero). Cosas que el dinero puede comprar o no. El País, p. 64.
(2) Baucells, M., and Rakesh K. Sarin (2007). Does more money buy you more happiness?. Draft of a forthcoming Book Chapter.

Cerebro y género: ¿diferentes inteligencias?

Hay amigos que me dicen que he iniciado una misión imposible. Sin embargo, creo que no es difícil abordar estas aportaciones al debate de género si se parte de unas bases científicas irrefutables al día de hoy, no sé mañana, en relación con el conocimiento de las características cerebrales de las mujeres y de los hombres, con la finalidad confesable de que no se trate igual a los desiguales, es decir, para que no asignemos roles iguales a quienes parten de características genéticas y hormonales diferentes. Fundamentalmente, para que no se desplacen a la ciencia problemas conceptuales y de la realidad cotidiana que solo pertenecen al ámbito estrictamente social y político, en la más amplia acepción de los términos.

Hoy voy a analizar con base científica, al menos así lo pretendo, la realidad de la llamada “inteligencia femenina y masculina”. ¿Existen, realmente? Creo que no. Existe una inteligencia concreta de un ser humano, comprensiva de otras muchas formas de ser inteligentes, que ha sido concebido como hembra, como varón, y que obedece a un patrón genético personal e intransferible, con un programa de vida desconocido que lo va a modelar a lo largo de su existencia. Es verdad que existen unas diferencias anatómicas evidentes, indiscutibles. Pero las capacidades derivadas del carné genético todavía no se conocen, es decir, se desconocen las auténticas posibilidades de ser de cada una, de cada uno, como una limitación de base existencial que nos debería hacer reflexionar hacia la sencillez y humildad del “todavía no sabemos porqué ocurren estas cosas” en el cerebro, en la corteza cerebral sobre todo. Y esta realidad nos afecta a todos, por igual. Somos iguales en el desconocimiento del porqué de nuestras comprensiones, de nuestro desarrollo cognitivo, de nuestra consciencia y, sobre todo, de nuestro devenir particular. No nos engañemos, podemos predecir, pero no sabemos con exactitud de reloj suizo qué es lo que va a suceder en nuestros cerebros en el segundo siguiente. Aquí se parte de la principal igualdad de género. Y esta aventura la contrataron nuestros padres. Así, hasta el infinito.

Pero las ciencias adelantan que es una barbaridad. Y hoy se saben muchas cosas sobre la morfología de muchos cerebros de hombres y de mujeres. Se ha elaborado el mejor atlas mundial del cerebro, con sede en el Laboratorio de Neuroimagen (LONI) de la Universidad de California, que “describe la actividad cerebral, localiza el sitio preciso de funciones tales como el habla, la memoria, la emoción y el lenguaje, a la vez que destaca que esos emplazamientos cerebrales dependen de variables como las características del individuo y la población. Es como si a un Atlas de geografía tradicional se le añadiera información sobre los patrones del clima, las temperaturas del océano, datos socioeconómicos y el flujo de habitantes. Los primeros cartógrafos del cerebro dependían de un solo ejemplar para crear un Atlas cerebral que supuestamente representa a todos. Los datos para trazar este Atlas se recopilaron a partir del estudio de siete mil cerebros, incluyendo los de 342 gemelos. Tal y como ha proclamado en bastantes ocasiones el doctor Mazziotta (experto en el tratamiento de estas imágenes) “este es un proyecto de la frustración básicamente. Por muchos años, todos lo que estudiamos la estructura y funciones del cerebro hemos tenido que lidiar con el hecho de que no hay dos cerebros iguales ni en forma o tamaño, como tampoco en función, pero cuán diferentes son y cómo debemos compararlos eran dos cosas que no se sabía” (1). Y algunas conclusiones se pueden aportar ya al conocimiento humano. Esa es la misión de hoy.

Por ejemplo, se conoce muy bien la llamada “lateralidad cerebral” a través de los hemisferios que lo conforman, tal y como lo expresaba la doctora Barral en el encuentro que ya cité en el post Cerebro y género: mitos a desmontar: “los hombres tienen más desarrollado el hemisferio izquierdo, es decir, el cerebro racional, y las mujeres el área del lenguaje y el hemisferio derecho, que es el que controla la vida emocional. “De eso se ha extraído que las mujeres son más lábiles e impredecibles, lo que ha tenido consecuencias clínicas, como una mayor prescripción de ansiolíticos a las mujeres”. Sin comentarios. Llevo estudiando desde hace quince años la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner y sin que tengamos que elevarla a los altares, junto a otro santo de la devoción mundial, Goleman, a través de su afamada y nada inocente “inteligencia emocional”, es indiscutible que han hecho unas aportaciones muy importantes a la comunidad científica, porque las posibilidades de ser inteligentes, a cualquier escala, se han ampliado, sin dejarlas reducidas a determinados patrones americanos, para mayor INRI, donde los cocientes intelectuales se definían solo por una forma de demostrar la inteligencia de cada uno. Pero no se aborda la quintaesencia que posibilita esta forma de ser inteligentes. ¡Cuánto han sufrido mujeres y hombres, niñas y niños en el mundo porque durante su crecimiento no respondían a los patrones educativos y sociales de su entorno: padres, familia, amistades, escuela, Instituto, Universidad, iglesias, creencias, empresas y organizaciones diversas! Y que poco tenía que ver su comportamiento con su corteza cerebral personal e intransferible, solo analizado por el “laboratorio de la vida” en el que cayeran, en el sentido más duro del término, en el que nacieran y se desarrollaran hasta alcanzar algún umbral de libertad personal y de conocimiento, si es que alguna vez lo alcanzaban. ¡Qué falta de rigor y de base científica para juzgar una forma de ser y estar en el mundo!, ¡qué irresponsabilidad individual y colectiva en el tratamiento de género!  Y no hay nada más inteligente que el cerebro individual, donde se ha demostrado en el laboratorio que millones de neuronas hacen un trabajo ordinario, excelente, para ordenar el comportamiento de cada una, de cada uno, en una soledad sonora jamás contada a la que los científicos llaman plasticidad.

Y una aclaración a la lateralidad de los hemisferios cerebrales: el hecho de que el hemisferio izquierdo esté más desarrollado en los hombres, no significa que sean por sí mismos más inteligentes. ¿Por qué? Sencillamente porque el hemisferio izquierdo siempre es el dominante tanto en la mujer como en el hombre, porque es el responsable de la capacidad lingüística, de la categorización y de la simbolización: es el que otorga todas las posibilidades de agregar valor a la palabra. Y también es el responsable del control de las extremidades usadas en los movimientos habilidosos, con sentido: la mano, el brazo, la pierna. Dar la mano, adquiere así un valor incalculable. Y los grandes descubrimientos que quedan por hacer vienen de un hemisferio también compartido, el derecho, llamado también hemisferio menor, no dominante. Por eso nunca entendí aquella frase de mi infancia madrileña, en el discreto encanto de la burguesía; “los hombres no lloran”. Era imposible entenderlo porque la maduración cognitiva de mi cerebro, a los seis años, estaba muy distante de tener preparado mi “cableado” cerebral para comprender esta forma de ser en el mundo, debido siempre a una forma de entender la cultura. Pero igual mi hermana, que aunque lloraba desconsoladamente y con alguna frecuencia, tampoco lo estaba. Aunque sí estaba permitido para ella y se justificaba con displicencia a quienes nos preocupaba el sentimiento de la vida. Torpeza para muchos, en aquella época, cuando crecíamos en unas condiciones muchas veces lamentable.

En el artículo tantas veces citado (2), se aborda esta realidad en la proyección social y política: “Por la misma razón, según Ferrús, no deberían adoptarse decisiones de políticas de igualdad sin una sólida base científica. “Si hay un ámbito tintado de intereses acientíficos, ése es el de las diferencias sexuales en el cerebro y el comportamiento”, sostuvo. “Efectivamente, esas diferencias existen y tienen consecuencias en los comportamientos. Pero si se quiere conseguir que la sociedad sea igualitaria, no se debe tratar igual a quienes son diferentes”. Ferrús indicó que determinados centros educativos de élite de Estados Unidos están considerando seriamente volver a la segregación en determinados aspectos educativos “porque se han dado cuenta de que es la única forma eficaz de que surja el liderazgo entre las mujeres y no se reproduzca el fenómeno de inhibición en presencia del macho. Es un tema abierto, pero habría que reflexionar sobre ello”.

Para esto sirve la ciencia, para descubrirnos las maravillosas posibilidades que nos ofrece el cerebro, a cada una y a cada uno, a pesar de aquellas limitaciones en nuestra conducta, que siempre permanecen en la memoria histórica para nuestra desgracia. Y esa es otra, porque reconstruir la vida y predecir la conducta actual se hace con mucho esfuerzo de romper barreras creadas por los patrones sociales que tanto nos marcan en la vida.  Y vamos viendo a través de estos artículos, de estos post, que ser hombre y mujer no tiene por qué llevarnos por unos derroteros poco asimilados y acordes con nuestra forma de ser. Porque contamos con un activo maravilloso: un cerebro bien diferenciado y con un programa genético que solo tiene un handicap importante, porque todavía no sabe la ciencia como explicarlo de forma que podamos tomar el control pleno de nuestra existencia. Ahí radica el problema del gobierno por parte de los otros. De cualquier “otro”, porque al buen entendedor, pocas palabras bastan. Sinceramente, porque a diferencia del doctor Mazziotta, no creo que defender esta tarea científica sea ya un “proyecto de frustración”.

Sevilla, 3/II/2007

Género y vida

(1) LONI, Laboratory of Neuro Imaging, UCLA. Recuperado el 9 de septiembre de 2006,  de http://www.loni.ucla.edu/media.

(2) Pérez Oliva, M. (2006, 21 de marzo). Cerebro de hombre, cerebro de mujer. El País, p. 48.