Estructuras cerebrales y Dios

Existen circunstancias en la vida humana, como la muerte, que obligan a parar el mundo, bajarse de él un momento y hacer preguntas existenciales que, en mi caso, siempre se encierran en tres, a modo de mandamientos de creencia necesaria y que se podría denominar en términos neuroteológicos síndrome de Qohélet, extraordinariamente presentado en el libro del Eclesiastés, 3, 1-22:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? ó en otra variación sobre el mismo tema: ¿Qué saca el hombre de todo su fatigoso afán bajo el sol?
– ¿Quién sabe si el aliento de la vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de la bestia desciende hacia abajo, hacia la tierra?
– ¿Quién guiará al hombre a contemplar lo que ha de suceder después de él?

Estas preguntas demandan respuestas que se elaboran en el cerebro a lo largo de la vida, habiendo ocupado las religiones diversas que existen en el mundo, dominadas por dos monoteístas, cristianismo e islamismo (3.400 millones de personas), un papel estelar en el prontuario de soluciones, orientando a millones de seres humanos hacia una creencia específica alojada en el “alma”: la de la existencia de Dios y sus diversas manifestaciones como solución integral e integrada a la lógica ilógica de la existencia humana resumida en las tres preguntas anteriores. Y curiosamente ya estábamos advertidos por Qohélet: la respuesta no la vamos a saber nunca porque “[Dios] también ha puesto el afán en sus corazones, sin que el hombre llegue [nunca] a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (Eclesiastés 3, 11).

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Aceptando esta realidad incuestionable sobre las creencias, por mera constatación histórica y estadística, se ha producido un acontecimiento científico que deseo profundizar como un capítulo de sumo interés en este cuaderno de inteligencia digital y que se abre a partir de hoy para sucesivas entregas. Se trata de un proyecto que se va a llevar a cabo en la Universidad de Oxford (fiel a su lema desde hace ocho siglos: Dominus illuminatio mea, “El Señor me ilumina”), “para investigar durante tres años “cómo las estructuras de la mente humana determinan la expresión religiosa”, en palabras de uno de los directores del proyecto, el psicólogo evolucionista Justin Barrett, del Centro para la Antropología y la Mente de la Universidad de Oxford y autor del libro ¿Por qué alguien creería en Dios?, para el que acaba de recibir 2,5 millones de euros de la fundación privada John Templeton (1), porque se constata hoy que “A sociólogos, antropólogos o filósofos, que tradicionalmente han estudiado el fenómeno de la religión o la religiosidad, se unen ahora biólogos, paleoantropólogos, psicólogos y neurocientíficos. Incluso hay quienes usan un nuevo término: neuroteología, o neurociencia de la espiritualidad”. Se podría comprender también en este enfoque la teoría del “descubrimiento del gen de Dios [VMAT2]”, discutida hasta la saciedad y preconizada desde 1998 por el genetista Dean Hammer, al descubrir una mutación genética de los transportadores vesiculares de monoaminas tipo 2 VMAT2 en el cerebro y sobre los que hablaremos en los siguientes post. Su fundamento científico radica en la importancia de esta proteína de membrana dado que “los VMAT2 están localizados en las terminales presinápticas de las neuronas dopaminérgicas, serotoninérgicas y noradrenérgicas y son los encargados del transporte de serotonina, dopamina, norepinefrina e histamina” (2). Y todas estas neuronas “predisponen” y “son facilitadoras” del “bien-ser” y “bien-estar” personal, en determinadas estructuras cerebrales y gracias a ellas. ¿Predisponen, por tanto, en un acto personal e intransferible de base química a tener fe y determinadas creencias?.

En el estudio de referencia, codirigido por Barrett, no se intentará resolver la cuestión de si Dios existe realmente, sino que se tratará de demostrar sobre todo si la creencia en Dios ha representado una ventaja para la humanidad desde el punto de vista de la evolución. También se analizará la posibilidad de que la fe se haya desarrollado como producto derivado de determinadas características humanas como, por ejemplo, la sociabilidad, utilizando las bases científicas de las ciencias cognitivas, que combinan una serie de disciplinas como la neurociencia, la biología evolutiva o la lingüística para estudiar el comportamiento humano: “Estamos interesados en averiguar exactamente en qué sentido la creencia en Dios es natural. Pensamos que hay más de eso de lo que la gente cree comúnmente”, porque Barrett estima que se pueden comparar perfectamente los creyentes con los niños pequeños que creen que los adultos saben todo lo que hay que saber, es decir, esa tendencia a creer en la omnisciencia de los otros y aunque se corrige con la experiencia que dan los años, es necesaria para la cooperación y la socialización, y continúa con la fe en Dios: “normalmente continúa en la vida adulta. Es fácil. Es intuitiva y natural”. También se investigará sobre si los conflictos de índole religiosa son producto de la naturaleza humana o si la creencia en la vida después de la muerte es fruto de la selección natural o es algo que se aprende.

Cuando comenzaba a escribir este post he recordado también la investigación llevada a cabo por el neurólogo canadiense Mario Beauregard en 2006, autor del libro The Spiritual Brain (3), en una investigación sobre la actividad cerebral en 15 monjas carmelitas: “Tras una larga preparación, el cerebro de las carmelitas fue analizado por aparatos de resonancia magnética nuclear con imagen, electroencefalografía y tomografía mediante emisión de positrones, que miden el riego sanguíneo y los procesos celulares bioquímicos y psicopatológicos. Nunca se habían utilizado para este tipo de experimentos. El resultado fue que la actividad eléctrica y el oxígeno en la sangre aumentaron en 12 zonas del cerebro —un número superior al que suele requerir cualquier actividad intelectual—, y éste emitió también ondas theta, asociadas con la creatividad, la meditación y la memoria, y también delta, relacionadas con fases profundas del dormir y sueños que se hacen despierto” (4). Aunque “… las hermanas nos recordaron que Dios no puede ser convocado cuando se les antoje, y menos en el laboratorio de una Universidad, por mucho que esté insonorizado y que hayamos reproducido los colores y la luminosidad de sus celdas de clausura”, tal y como señalaba el doctor Beauregard. Más o menos como Qohélet, cuando recordaba la vanidad del afán en nuestros corazones al buscar la felicidad humana en el laboratorio de la vida, desesperadamente. Porque somos inteligentes, resolvemos los problemas cotidianos de la vida y somos capaces de creer en Dios ó en la Naturaleza, ó en las Personas, ó en la Sociedad (El hombre en la encrucijada, José Ferrater Mora), con carácter conjunto ó exclusivo, gracias a neurotransmisores que facilitan la posibilidad de “fabricar”, guardar y recrear las creencias, en determinadas estructuras del cerebro. Sencillamente, porque el cerebro humano está preparado y programado “naturalmente” para que seamos felices, aunque la felicidad se haya convertido en una mercancía y no en un derecho inalienable para los seres humanos.

Sevilla, 25/V/2008

(1) Salomone, M. (2008, 20 de mayo). ¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios? El País, p. 34.
(2) Quincoces, G., Collantes, M. Catalán, R. et allii (2008). Síntesis rápida y simplificada de 11C-(+)-_-dihidrotetrabenazina para su utilización como radioligando PET de los transportadores. Rev Esp Med Nucl. 2008;27(1):13-21
(3) Cembrero, Ignacio (2006, 24 de septiembre). Cuando Dios pone en ebullición el cerebro. El País, Domingo, p. 8.
(4) Beauregard, M. & Paquette, V. (2006). Neural correlates of a mystical experience in Carmelite nuns. Neuroscience Letters 405: 186-190

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