La dignidad de los funcionarios

Soy uno de los 241.169 empleados públicos (ahora en situación administrativa de servicios especiales), que forman parte del resumen total de anexo de personal, del Presupuesto de la Comunidad Autónoma de Andalucía para 2010. En las últimas semanas hemos asistido a un momento crucial en la vida de los funcionarios en España. Llevo tiempo navegando en una patera muy particular, que cuando llueve se moja como las demás, muy frágil, lejos de los cruceros existenciales en los que siempre me quieren meter con la consabida frase: es que al fin y al cabo, José Antonio, todos vamos en el mismo barco… La percepción ciudadana de la función pública no pasa por sus mejores momentos, porque durante años no ha sabido salir a la calle, hacer teoría crítica de la dignidad de los empleados públicos, abandonando determinadas oficinas siniestras, muy pocas, que tanto lastre dejan en las conciencias de los ciudadanos. Y esta realidad me ha preocupado siempre, me preocupa y me preocupará, eso sí, viajando en una patera ética…

Creo en la dignidad de la función pública, aunque soy consciente de que hay que ganar segundos de credibilidad a diario, porque se pierden con una facilidad inusitada todos los días. Credibilidad que pasa por recuperar ética pública en las pequeñas cosas: puntualidad en los tiempos públicos, sobre todo cuando son de los demás, que están esperando ser atendidos por nosotros, trabajar mucho y bien, de forma impecable, desde dentro, desde la trastienda pública, para mejorar día a día la Administración en el trabajo que nos corresponde, con el denominador común del interés público, sabiendo que nos movemos siempre en un triángulo crítico: tiempo, espacio y dinero, públicos. Credibilidad pública, para quien la trabaja, para quien la recibe. Es una auténtica lástima que solo se produzcan movimientos de denuncia pública de la situación funcionarial cuando nos tocan el bolsillo, no preocupándonos a diario cuando nos tocan el alma a muchos funcionarios por culpa de algunos, internos, externos y mediopensionistas, que tiran por tierra el trabajo digno que defendemos muchas personas que ejercemos funciones públicas desde los numerosos puestos de trabajo que nos permiten ofrecer al ciudadano lo mejor de nuestra Casa Pública, de lo que llevamos dentro de la propia Administración, en la que trabajamos día a día y en el puesto que nos corresponde.

La percepción pública sobre los funcionarios, no es buena en muchas ocasiones, por los estereotipos que nos hacen daño y por la vanidad que acusamos históricamente. Pero no debemos rasgarnos las vestiduras, porque muchas veces se ven las miserias internas a través de los agujeros de nuestras túnicas de modernidad. Más o menos porque podemos encontrar a funcionarios con capacidades para enseñarnos y demostrarnos que una especie de «personas dignas, con trabajo en el mundo público» es posible. Siempre recuerdo a este propósito, una simpática anécdota. Diógenes de Sínope, aquel filósofo que también «buscó un hombre» [hoy, probablemente, un buen funcionario], prototipo de la escuela cínica y que aspiraba a ser todo un hombre, estaba un día en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico. Éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores.

Cuando vuelvo a altamar en los océanos públicos, recuerdo siempre la vanidad que muchas veces ha pesado y pesa sobre nosotros, funcionarios, porque la representación pública es una tarea que exige mantenimiento diario, al alcance de los ciudadanos, como si trabajáramos en edificios de cristal y siempre nos estuvieran observando. No es de extrañar que a través de los agujeros económicos de nuestras nóminas, no seamos capaces de detectar nuestras propias carencias cuando en época de bonanza siempre se nos ha pedido lo mismo en relación con lo que nos demanda la ciudadanía a diario: trabajo digno, puntual y con respeto reverencial a la cosa pública. Hubiera sido un buen momento para salir a la calle, ¡hay muchas formas simbólicas de hacerlo, lógicamente! y gritar a los cuatro vientos que somos muchos funcionarios los que creemos en la función que nos ha asignado la Administración Pública correspondiente y que nos pre-ocupa [así, con guión] diariamente hacer las cosas bien, con convencimiento pleno construido por el conocimiento, las aptitudes y las actitudes públicas y privadas que cada funcionario o funcionaria tiene, para que no se resienta nunca el servicio público, el que preocupa de verdad a las personas a las que nos debemos en nuestro sencillo o complejo quehacer diario.

Sevilla, 16/VI/2010

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