La tegala de Saramago (y V): La omnipresencia (real) del narrador

EL EVANGELIO SEGUN JESUCRISTO (2)

L´Osservatore Romano (El observador romano), periódico oficial de la Iglesia Católica, tiene dos lemas en la cabecera que no tienen desperdicio: «unicuique suum» (a cada uno lo suyo) y «non praevalebunt» (Las Puertas del Infierno no prevalecerán [contra ella, la Iglesia]). El 20 de junio de 2010, publicó un obituario con motivo de la muerte de un “narrador” (José Saramago), L´onnipotenza (presunta) del narratore, escrito por Claudio Toscani, que dejaba ver a través de los agujeros de su túnica romana, (la agujereada y farisaica de Diógenes de Sínope, por ejemplo), la verdadera finezza de espíritu de la Iglesia, con una actitud inmisericorde ante quien no comparte sus grandes principios dogmáticos: hay que dar a cada uno lo suyo (lo de Saramago, lo que merece…) y que Las Puertas del Infierno no prevalecerán, para que quede claro que nadie se puede erigir en guardián de los infiernos coqueteando con Satanás. Desde que lo leí, en el idioma de base en el que se publicó, italiano, no he dejado de pensar en los símbolos de desprecio a una forma de ser en el mundo, que se desprende del conjunto de palabras hilvanadas en el artículo, no inocente, para condenar de forma explícita la persona y obra de Saramago.

Che fare?, ¿qué hacer?, que diría un marxista-leninista ortodoxo. Desde este cuaderno de inteligencia digital, voy a cerrar esta serie dedicada al autor, como pequeño acto de desagravio, a través del mayor tesoro que tiene el ser humano: la palabra, que es de las pocas realidades existenciales que nos quedan en dialéctica permanente con las mercancías del mercado de la aldea global, matizando determinadas aseveraciones de Toscani, consentidas por la Iglesia oficial, católica, apostólica y romana, que no hay por donde cogerlas.

El artículo necrológico de Toscani comienza así:

De lo que la muerte nunca podrá ser acusada es de haber olvidado en el mundo por tiempo indefinido a algún viejo, solo para que envejezca cada vez más, sin ningún mérito ni razón visibles.

José Saramago, Todos los nombres

El perfil biográfico lo liquida el autor del libelo de repudio con una introducción sarcástica en torno a la frase que hace de entradilla en el artículo, porque la reflexión que hace se centra en demostrar que haber llegado a la edad de 87 años, demuestra que el destino ha sido respetuoso con él, sin que la parca haya hecha de las suyas con su vida, dejándole vivir para morir a esa avanzada edad, dando la lata como comunista que era. ¡Qué habrá pasado por la cabeza de Toscani al elegir esa frase de su obra Todos los nombres! Me parece que la mejor forma de conocer su vida, descrita en trazos muy vulgares en el artículo, es leer atentamente su biografía en el portal oficial de la Fundación Saramago: http://www.josesaramago.org/saramago/, que personalmente he leido muchas veces para comprenderlo de forma objetiva. Una delicia.

En un salto mortal para la conciencia herida de la Iglesia, el autor del libelo situa a José Sousa, Saramago [sic], como escritor de verdad a partir de 1977 (critica que en su bibliografía oficial no aparezca su primera novela Tierra de pecado (1947), año en que escribió Manual de pintura y caligrafía, para comenzar un brutal ataque contra su obra: “en el resto de su vida recuperará el tiempo recorrido [¿perdido?] en decenas y decenas de obras que de forma coherente convergen en torno a unos pocos hilos conductores: «La Historia con mayúscula en filigrana con la del pueblo; una estructura autoritaria totalmente sometida al autor, más que a la voz narradora, no solo omnisciente sino también omnipresente; una técnica de diálogo completamente deudora de la oralidad; un tono de inevitable apocalipsis con un presagio perturbador que pretende celebrar el fracaso de un Creador y su creación». Y, finalmente, “una estratégica modalidad, temática y expresiva al mismo tiempo, empeñada en alcanzar lo que él mismo ha definido como la “profundidad de la superficie”.

La Tribuna que escribió Paolo Flores D’Arcais en el diario El País, el 22 de junio de 2010, comenta de forma contundente las palabras anteriores y las que siguen en el obituario de infeliz memoria: “En resumen, la grandeza literaria es lo de menos. L’Osservatore Romano resulta patético cuando trata de reevaluar bajo el perfil de la creatividad una obra que hizo de José Saramago el mayor escritor vivo y lo único que consigue es delinear un proceso exactamente al estilo del Santo Oficio. Primera imputación: «respecto a la religión, dado que siempre tuvo la mente enganchada en una banalización desestabilizadora de lo sagrado (…), Saramago no dejó nunca de apoyar un descorazonador simplismo teológico». En italiano, lo primero que evoca siempre la palabra uncinata (enganchada) es la croce uncinata, la cruz gamada, una asonancia hitleriana, un lapsus con el que se perjudican a sí mismos, porque es un adjetivo que más valdría haber evitado en el periódico de un Papa que en su juventud lució la enseña de las Hitlerjugend. Pero cuando se es esclavo furioso del odio teológico ya no se controla lo que se dice”.

Y Toscani ya no se para en barras para atacar con una dureza católica, apostólica y romana a Saramago: populista extremista que se había hecho cargo del porqué del mal en el mundo, acusándole de que no había tenido en cuenta en su obra la “condición humana” a través de la pervertidas estructuras humanas, histórico-políticas y socio-económicas, en vez de saltar al plano metafísico e inculpar de forma demasiado cómoda y sin ninguna consideración a un Dios en el que no había creido jamás, a través de Su omnipotencia, Su omnisciencia y Su omniclarividencia. Es decir, la omnipotencia presunta del narrador.

Además, lo que ya no se puede aguantar desde la teología canónica es su obra declarativa del marxismo más radical, que niega la existencia del Dios romano: El Evangelio según Jesucristo, como “desafío a las memorias del cristianismo del que no se sabe qué salvar si, entre otras cosas, Cristo es hijo de un Padre que, imperturbable, lo manda al sacrificio; que parece entenderse mejor con Satanás que con los hombres; que dirige el universo con potestad y sin misericordia. Y Cristo no sabe nada de Sí mismo hasta que se encuentra a un paso de la Cruz; y que María fué para él una madre ocasional; y que a Lázaro se le deja en la tumba para no destinarlo a una muerte suplementaria. Irreverencias a parte, la esterilidad lógica, antes que teológica, de esos asuntos narrativos, no produce la deconstrucción ontológica buscada, sino que se enrosca en una parcialidad dialéctica tan evidente que es preciso negarle toda credibilidad».

Toscani sigue exponiendo un hilo conductor de Saramago, desde su óptica cristiana: ha llegado tarde a muchos sitios de la vida, lógicamente, y también, como escritor apocalíptico, calificado así a través de obras tan extraordinarias como La ceguera (1995), porque denuncia la noche de la ética en la que estamos instalados, Todos los nombres (1997), obra de un pesimismo absoluto que afecta a una comunidad indiferenciada de muertos y vivos, y El cuento de la isla desconocida (1998), como parábola sobre la igualdad del hombre entre los hombres. En el terreno intelectual, primero con La caverna (2000), en la que a través de Kafka, Huxley y Orwell, despliega una alarma menos desesperada de lo habitual y por añadidura abierta a la esperanza; después, con el El hombre duplicado (2003), donde aquél que se descubre idéntico a un actor de televisión, acaba por perderse en un embrollo real, psíquico y espiritual”.

Y cuando ya se aproximaba al fin, Saramago “nos ha dejado un “testamentario” Ensayo sobre la ceguera (2004), que critica el funcionamiento, si no la funcionalidad, de las democracias actuales, contra las cuales el autor auspicia una abrumadora mayoría de “votos en blanco”, la más ciega expresión política contra un poder que solo así debería quemarse rápido. Después, un “alegre” Don Giovanni o el disoluto absuelto (2005), o sea el retrato de un honor social ofendido, ya que el el gran amante no peligra en el texto por aquello por lo que ha sido siempre famoso. Fértil, sin embargo, la baja creatividad de los años que han precedido a su desaparición: desde la itinerante caravana de El viaje del elefante (2009), pintoresco, humorístico y “peripatético”, al inaceptable Caín (2010), novela-ensayo sobre la injusticia de Dios, parodiante antilectura bíblica, por no citar otros títulos que se podrían destacar, en honor de la verdad, casi siempre por polémica o como pretexto”.

Finaliza Toscani con una proclama de repudio absoluto, sin fisuras, verdaderamente lamentable: “Saramago ha sido un hombre y un intelectual sin ninguna capacidad metafísica, agarrado hasta el final a su pertinaz fe en el materialismo histórico, alias marxismo. Autocolocándose lúcidamente de parte de la cizaña en el evangélico campo de grano, se declaraba insomne por las cruzadas, o por la inquisición, olvidando el recuerdo de los gulags [campos de concentración], de las purgas, de los genocidios, de los samizdat [panfletos de la Rusia soviética] culturales y religiosos».

Termino reinterpretando las palabras finales de Saramago en su discurso de aceptación del Premio Nobel, el 7 de diciembre de 1998, agradeciéndole que continúe con nosotros en su obra y testimonio personal e intransferible, porque la mano que escribió estas palabras quiso ser el eco de las palabras conjuntas de las personas a las que le ha dolido leer el libelo de Toscani. No tengo, a buen decir, más palabra que la palabra que ellos tienen. “Perdóneseme si les ha parecido poco esto que para mí es todo”.

Sevilla, 27/VIII/2010

La tegala de Saramago (IV): el amor hacia sus cuadernos

O CADERNO 2

Cuenta Saramago en El Cuaderno (1), que recoge los textos escritos para el blog desde septiembre de 2008 a marzo de 2009, que “Cuando en febrero de 1993 nos instalamos en Lanzarote […], mis cuñados María y Javier, que ya vivían allí desde hacía unos años, me regalaron un cuaderno para que sirviera de registro de nuestros días canarios. Me ponían solo una condición: que de vez en cuando los mencionara. Nunca escribí nada en tal cuaderno, pero así, de esta manera y no de por otras vías, nacieron los Cuadernos de Lanzarote, que durante cinco años verían la luz. Y con esta sencilla historia comienza la nueva etapa digital en su obra al incorporarse a la Noosfera, mediante un blog, un cuaderno de bitácora ó de derrota, en lenguaje del mar, hecho por el que le felicité expresamente, recibiendo un acuse recibo muy amable. Me agradó mucho aquella decisión, porque mi cuaderno lleva por subtítulo la palabra que justifica hoy este post: Cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas, en el más puro estilo saramaguiano.

He leído muchos cuadernos de Saramago, en formato atómico y digital. Mi aprecio por la isla de Lanzarote me hacía buscar en cada página escrita en ellos, lugares y menciones específicas a una isla que tanto respeto, por la vida y obra de César Manrique, omnipresente en cada paso que das por sus dunas de lava negra, en acertada expresión que le regaló Rafael Alberti, en una visita que hizo a Manrique en su casa, hoy Museo, de Taro de Tahiche. Sé que se ha publicado el último, por la editorial Caminho, O Caderno 2, que espero leer muy pronto, complementario del que ya he citado, con post que conozco pero que volveré a leerlos con el respeto que imprime saber lo que escribió al respecto: el blog va iluminándole el camino al autor: es esa su virtud.

El cuaderno, en su formato actual atómico, tiene una historia preciosa, protagonizada por su inventor australiano, J. A. Birchalls, cansado de ver las resmas de papel intratable para el uso normal de las personas. Ante esta realidad, sugirió al fabricante de papel británico Wiggins, Teape and Co, la idea de que el papel se cortara en pequeñas hojas, que se pudieran unir por la parte superior con un trozo de cartón engomado. La sugerencia fue considerada escandalosa y rechazada de plano por los directores de esta Compañía, pero a través de los años, Birchall persistió en esta sugerencia y la aceptación por el público fue entusiasta, comenzándose a utilizar este nuevo formato. Las ventas aumentaron y otros fabricantes copiaron la idea. De esta forma, se considera que el año 1902 fue el año en que se inventó el cuaderno en el formato que conocemos todos. Hasta hoy, cuando se demuestra la calidad de los cuadernos digitales…

Desde entonces, las personas hemos tenido una oportunidad de trasladar a ellos los primeros pasos de dibujo, posteriormente escritura y, más adelante, los sentimientos y emociones en sus más variadas manifestaciones. Hoy día, sigo respetando mucho este formato y lo utilizo a diario en mi vida profesional, para tomar notas manuscritas en plena vorágine digital. Aprecio el valor del cuaderno de toda la vida, educado en los famosos “Rubio”, donde se depositan caracteres escritos por una persona, en un momento determinado, con una caligrafía delatora de aprendizajes y vida afectiva que se traduce por rasgos personales e intransferibles. Mi querida maestra de la pequeñez rediviva, Doña Antonia, me enseñó a cuidarlos con pulcritud, sobre todo en uno etiquetado como de “Diario”, en letra redondilla, forrado con papel azul y con una etiqueta enmarcada y con dientes externos, como los de un sello, que recogía en cada hoja rayada la descripción de la localidad y fecha, un dibujo hecho normalmente con plantillas que se llamaban “lapisabio”, troqueladas, del que recuerdo sobre todo el de una pecera multicolor. Allí me esforzaba en demostrar a mi querida maestra de la vida que era capaz de hacer un dictado sin faltas, un dibujo impecable y unos problemas con solución exacta, sabiendo que si todo se hacía así podía figurar en el Cuadro de Honor del mes y tener garantizada la entrada gratuita al Circo Price, los jueves por la tarde, un circo estable maravilloso que había en Madrid, en los años de mi infancia.

Hoy me enfrento con una periodicidad relativa a escribir en este cuaderno de inteligencia digital, sin la tutela de Doña Antonia, a la que siempre echo de menos sabiendo que está ahí, con su visión ética del trabajo bien hecho, con un compromiso que suscribí en mi declaración de principios cuando inicié la experiencia el 11 de diciembre de 2005: “Inicio una etapa nueva en la búsqueda diaria de islas desconocidas. Internet es una oportunidad preciosa para localizar lugares que permitan ser sin necesidad de tener. La metáfora usada por Saramago será una realidad cuando ante el fenómeno de la hoja en blanco, teniendo la oportunidad de decir algo, ésto sea diferente y sirva también para los demás. Puerta del Compromiso. Es lo que aprendí hace muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar)”.

Sin lugar a dudas, como homenaje a José Saramago, por su amor a sus cuadernos, al último que escribió, de corte digital, para no defraudar a nadie en ese compromiso: decir en este cuaderno algo, en cada post, en el de hoy, de manera especial, para que así lo pueda juzgar un tribunal muy democrático: el digital, que se conforma de forma celular por cada persona que forma parte de la Noosfera (conjunto de los seres inteligentes con el medio [digital] en que viven) y se comunica en redes sociales con otros y así sucesivamente hasta llegar a establecerse una gran malla pensante que un día, a veces por la casualidad de un buscador, encuentra esta isla desconocida…

Sevilla, 25/VIII/2010

(1) Saramago, José (2009). El Cuaderno. Madrid: Santillana Ediciones Generales.

La tegala de Saramago (III): calle estrecha, y un hilo largo, verde y azul…

LAS PEQUENAS MEMORIAS

Cuenta Saramago en una obra muy importante para conocerle a fondo, Las pequeñas memorias (1), que nació en una calle estrecha, en Azinhaga, si atendemos a la etimología árabe de esta aldea: as-zinaik, siendo en sí mismo una contradicción porque su auténtico significado es “vereda” y una calle no es una vereda. Con su gracejo tan particular, arranca su historia de las tentaciones del niño que fue con estas reflexiones de una casa, de una calle junto a una vereda que a pesar de su traslado a Lisboa a los dos años, marcaría tan profundamente los caminos de su apasionante y dilatada vida.

Cada palabra de sus grandes memorias, para los que le respetamos en lectura continua, es una oportunidad que nos ofrece para hacer algo que nos cuesta en la vida ordinaria: permitir que nos conozcan, algunas veces que nos quieran, otras que nos acompañen para siempre. Pero solo me he querido quedar hoy con una reflexión transcendental suya: casi siempre estamos en los paisajes de los que provenimos, formando parte del decorado de la vida que a cada uno rodea, pero muy pocas veces lo interrogamos o le susurramos al oído expresiones de este tenor, que señala el autor querido: “¡Qué bello paisaje, qué magnífico panorama, qué deslumbrante punto de vista!”, sin deparar que dentro de nosotros mismos llevamos una excelente joya: el espíritu, o lo que he llamado muchas veces alma en este cuaderno, en un post muy querido: El alma de mi cerebro: “Hoy, nos hemos encontrado António [Lobo Antunes], Juan [Cruz] y yo, ¡maravillas de la Noosfera!, en una encrucijada en la que coincidimos a pesar de mi falta de tiempo: cuando falta alma, falta la vida. Da casi todo igual. ¡Qué paradoja!, porque ya no hace falta eso: tiempo. Y me vuelvo a mi hombre de secreto, a reflexionar la frase que regaló Lobo Antunes en el acto indicado [acto de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en la Feria Internacional del Libro, en la ciudad de Guadalajara (México)], transfiriendo una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, por si detrás de todo esto está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque al igual que manifestó en ese acto: “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas…”.

Mejor que nunca comprendo el sentido de su Protopoema adolescente, dedicado al río de su aldea, el Almonda:

Del ovillo enmarañado de la memoria, de la oscuridad,
de los nudos ciegos, tiro de un hilo que me aparece suelto.
Lo libero poco a poco, con miedo de que se deshaga
entre mis dedos.
Es un hilo largo, verde y azul, con olor a cieno, y tiene la blandura caliente del lodo vivo.
Es un río

Porque la memoria es el mayor tesoro del ser humano, que nos permite tirar, de vez en cuando, de hilos sueltos. Desaparecen personas y cosas, pero siempre podemos vivir de nuevo aquello que nos permitió crecer en la persona de secreto que somos. Nunca podemos bañarnos dos veces en el mismo río, pero la memoria sí nos deja navegar hacia la isla desconocida que somos. Y un día, no muy lejano, hasta es posible que la descubramos. Así lo aprendí leyendo a Saramago: Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual (2).

Sevilla, 21/VIII/2010

(1) Saramago, José (2008). Las pequeñas memorias. Madrid: Punto de Lectura.
(2) Saramago, José (1998). El cuento de la isla desconocida. Madrid: Grupo Santillana de Ediciones.

La tegala de Saramago (II): Emocionentes

III CONCURSO RELATOS-CHAP

«Hace dos meses que José Saramago murió. En su biblioteca privada, en Tías, Lanzarote, este mediodía se ha brindado por su vida y se ha agradecido su ejemplo cívico y su aportación a la belleza del mundo. Gracias, Saramago, una vez más, desde esta tu «Balsa de piedra».

Palabras tomadas del Portal de la Fundación José Saramago, hoy, minutos antes de que se celebre un acto, a las 20.00 horas, «para recordarle y compartir un momento entrañable en el segundo aniversario del día en el que, como tantas veces, voló más lejos que nosotros».

Con el relato que presento hoy, quiero contribuir a seguir buscando islas desconocidas que nos permitan encontrarnos con nosotros mismos cada día, cada minuto, como homenaje de una persona emocionente a Saramago, en su tegala tan particular.

La Viceconsejería de la Consejería de Economía y Hacienda, hoy de Hacienda y Administración Pública, de la Junta de Andalucía, dictó una Resolución el 30 de marzo de 2009, por la que el concurso de relatos breves de la Consejería pasaba a denominarse «Concurso de relatos breves Guadalupe González Fernández». Sin agregar nada personal, para no contaminar aquél texto, se decía que “En los últimos años, se vienen convocando diversos concursos en la Consejería de Economía y Hacienda dirigidos a todo el personal de la misma, con la finalidad de fomentar la participación de los empleados y empleadas públicos en otras actividades extralaborales. Entre otros, se encuentra el concurso de relatos breves, que se creó en 2007. Por otra parte, es deseo de esta Consejería rendir homenaje a la recientemente fallecida Guadalupe González Fernández, Jefa del Servicio de Legislación durante un gran número de años. Consideramos que su labor ha creado escuela, y ha sido ejemplo para todas las personas que con ella hemos trabajado. En reconocimiento a su buen hacer, a su trabajo diario en la elaboración y tramitación de las normas, y a su dedicación y esfuerzo a lo largo de todos estos años, esta Consejería de Economía y Hacienda considera que merece un homenaje especial”.

Pertenezco a esa Consejería y quise sumarme una vez más al reconocimiento personal e intransferible que debía a Guadalupe, con quién tuve la suerte de trabajar codo con codo en determinados proyectos de disposiciones, persona entrañable con la que aprendí el rigor que se necesita en estos menesteres de ordenación administrativa con gran impacto final en la ciudadanía.

Preparé un relato para el III Concurso (todos tenían que comenzar con la frase “Hace ya mucho tiempo…), que se falló en marzo de 2010 (1), con la ilusión de participar en este homenaje anual a Guadalupe, y ganarlo, habiéndome preparado en los sueños de algunas noches cómo iba a dedicárselo a ella, porque pertenezco al Club de los emocionentes. Al final, no fue así porque ya sé que no soy Citius (el más rápido), Altius (el más alto), Fortius (el más fuerte) en la Olimpiada de la vida. Cuando se acabó la competición, pensé que lo podía entregar a la Noosfera, como el testigo de una hipotética carrera de relevos existencial, como regalo que hiciera más universal a Guadalupe, que siempre iba la primera en la carrera de la vida, a quien le expliqué en muchas ocasiones qué significaba la revolución digital. Dicho y hecho…

Emocionentes

Hace ya mucho tiempo, se descubrió en un país de nunca jamás, una palabra sorprendente, porque el rey del cerebro (así lo llamaban los habitantes del lugar) no sabía cómo explicarla: emocionentes. Solo se conocía una muy parecida: inteligentes, pero era cierto que tendría que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvado, caballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino de la memoria. Cabalgando despacio, porque el rey entendió que era posible conocerle bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno.

Él, bravucón donde los haya, recordaba los ojos de María Celeste, el mascarón de proa preferido de Neruda, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal. Sabía que algo le ocurría al mirar esos ojos saltones y que sucedía algo esencial para la vida de los emocionentes, porque normalmente siempre se escucha al corazón mucho más fuerte que al viento, ya que si esta búsqueda al galope, no tiene corazón, es solo eso, búsqueda.

El rey, tan sabio, sabía que las palabras nuevas (ésta, emocionentes, la había localizado en una larga misiva de carácter regio) no ruborizan, recordando una cita de Cicerón a la que profesaba gran estima: una carta no se ruboriza (Epistola enim non erubescit). El rey del cerebro, en sí mismo, no se ruboriza. ¡Faltaría más! Solo sabía que podía pedir auxilio a los sentimientos cuando la maquinaria perfecta cerebral atisba el sufrimiento humano.

Y descubrió algo maravilloso en su consulta: el era propietario de un caballo encorvado, conocido como hipocampo, que ya se encontraba hace millones de años en los mamíferos primitivos, es decir, ¡estaba en su cerebro! Y lo sustancial: formaba parte del sistema límbico, como estructura fundamental de diferentes tipos de memorias y almacén de las emociones por su proximidad con la amígdala. Vamos por partes, decía ruborizado a pesar de él mismo.

El rey no daba crédito. “¡Soy propietario de un caballo maravilloso y nadie me lo había anunciado!”. Pero he aquí que lleno de curiosidad quiso conocerlo de forma más cercana. Y comenzó a leer y leer, a preguntar en todas partes de aquél mundo de nunca jamás, y supo que si quería conocer y domesticar su caballo encorvado tenía que “abrir su cerebro” para localizarlo. El consejo de sabios fue contundente: no se ve desde fuera. Y comenzaron a explicarle que hace muchos años, unos científicos especializados abrieron uno por curiosidad y se encontraron estructuras donde cabalgaba tranquilamente un caballo como el suyo.

Siguió preguntando, más y más, hasta que una sabia mujer le susurró algo al oído:

– cabalgas porque te emocionas.

De pronto, supo que la información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. Así lo confirmaba aquél grupo de expertos. Y que también puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y que comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes. ¡Qué palabras tan desconocidas!

Aquél rey supo en ese momento que este caballo encorvado es mayor y más activo en las mujeres, es decir, ellas pueden estar en todos los “detalles” de lo que ocurre en determinadas ocasiones; sufre cambios hormonales constantes en una dialéctica entre el estrógeno y la progesterona, activas “amazonas” en la carrera de la vida personal y en pareja.

Se lo diría a la reina: en el primer día del periodo, el hipocampo es activado por el estrógeno reforzando e incrementando en un 25% sus conexiones: se recuerda y aprende más y mejor, es decir, la actividad recordatoria puede ser frenética en la segunda semana del ciclo menstrual. Y él sabía que conocer estas realidades fisiológicas ayuda a los hombres a respetar más a la mujer, entre otras cosas porque sus posibilidades de aprendizaje son una continua lección programada, mes a mes, que hace muy valiosa la experiencia menstrual desde esta óptica contrastada por la ciencia. También le contaron que se había investigado el envejecimiento en esta maravillosa estructura cerebral y que si se mantiene la terapia hormonal en mujeres menopáusicas, su memoria tenderá a envejecer más lentamente, porque las dosis de estrógenos activan la memoria verbal y de largo plazo.

El rey agradeció a los sabios y sabias del lugar, la aproximación que le habían ofrecido sobre el cerebro desnudo. Como era un rey moderno, supo que existía un acto que “susurraba a los caballos” como metáfora de la aprehensión de la vida.

Y comenzó a correr y correr anunciando su “descubrimiento”: él como persona, más que como rey, no solo era inteligente, sino también emocionente, porque sabía a ciencia cierta, que en el cerebro, junto al caballo que acababa de descubrir, se encuentra una estructura cerebral, del tamaño de una almendra, que se llama “amígdala”, situada exactamente en el lóbulo temporal y que forma parte, junto a otras estructuras cerebrales, como el hipotálamo, el septum y el hipocampo, fundamentalmente, de los circuitos responsables de la emoción, de la motivación y del control del sistema autónomo o vegetativo. Y que galopaba directamente al sistema límbico, responsable directo de la codificación del mundo personal e intransferible de los sentimientos y de las emociones. Con el control férreo de la corteza cerebral.

Lo que había descubierto sobre la amígdala era fascinante. Supo que es una estructura muy pequeña y evolutivamente muy antigua. Además y dependiendo de su tamaño se puede identificar el carácter de una persona, llegándose a saber que una atrofia de la amígdala llevará a la persona que la sufra a una seria dificultad en el reconocimiento de los peligros, siendo realmente asombrosa la asociación que se puede llegar a dar entre su hipertrofia y la violencia y agresión. También, que se puede llegar a conocer el coeficiente de las emociones en cada lado de la amígdala.

Había leído, además, que el cerebro es capaz de decodificar el significado y el sentido emocional de palabras que se presentan a las personas de su reino, de manera subliminal. De ahí la importancia de los anuncios publicitarios y su falta de inocencia, en aquél mundo del nunca jamás. Obvio. Y qué campo tan interesante se abría en su reino para la educación infantil y en casa, en el trabajo y en la Universidad Regia. Los elementos de contexto en los que vivían las personas de aquél lugar, hacían evidente las emociones de cada día, de su existencia diaria, ¡cuántas palabras e imágenes, cuantos estados afectivos momentáneos (emociones) y duraderos (sentimientos) se pueden estar desarrollando y elaborando en el interior de las personas sin que se tome plena conciencia de ello! Es lógico que a veces las personas más próximas al rey le dijeran: “no sé lo que me está pasando”. Responsable: la amígdala personal e intransferible y su integración en circuitos más complejos.

Conoció que el estrógeno, la progesterona y la testosterona son actores y actrices invitados en el funcionamiento de la amígdala en el cerebro sexuado. Todo lo que ocurra a nivel hormonal afecta a la amígdala. La razón es obvia: si el estrógeno está equilibrado en su funcionamiento ordinario, complejísimo, la amígdala hará vivir y sentir las emociones conscientes e inconscientes de forma regular, modulando actuaciones preprogramadas. Después, los sentimientos y emociones que se construyen en la amígdala, en compañía del hipocampo y del hipotálamo, se bifurcan en razón del protagonismo que concurra en relación con las hormonas masculina ó femenina: la progesterona y la testosterona. Y en cada ciclo de vida personal, el protagonismo es diferente. Por ello, supo el rey, que la inteligencia individual, comienza a escribir en el libro de vida de cada persona en particular, cómo se aborda la resolución de problemas diarios para vivir de forma adecuada. Sin florituras agregadas. Solo se regula la mejor forma de vivir, sabiendo que la amígdala es sensible de forma particular con todo lo que a mí me pasa y me acaba afectando de forma momentánea (emociones) ó duradera (sentimientos).

El rey, con su caballo desbocado, tuvo la impresión que la próxima vez que se comiera una almendra, iba a tener una sensación (¿emoción, sentimiento?) diferente de lo que hacía a diario. Probablemente, porque la amígdala cerebral de cada una, de cada uno, ha mandado unas señales neurológicas diciendo a la corteza cerebral que recuerde algo que ya protegió el caballo encorvado, porque ya sabe por qué está sintiendo algo especial.

El rey ya lo había dicho: somos emocionentes.

Y consideró su misión cumplida, aunque para él, este maravilloso cuento humano, no había hecho nada más que empezar…

Sevilla, 18/VIII/2010

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2010). Emocionentes, en III Concurso de relatos breves “Guadalupe González”. Sevilla: Junta de Andalucía. Consejería de Hacienda y Administración Pública, págs. 85-89.

La tegala de Saramago (I)

EL CUENTO DE LA ISLA DESCONOCIDA

Comienzo hoy una serie dedicada a José Saramago. Estoy en deuda permanente con él, con su pensamiento, con su testimonio ideológico, con su obra. Quien me conoce sabe que estoy muy cerca de él desde hace veinte años, cuando descubrí su literatura de compromiso, fiel al principio neomarxista que me enseñó en Roma, en 1976, el profesor Ambrosio McNichol, en un libro que fue de cabecera durante muchos años, El asalto a la razón: «no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola» (1). Es decir, no hay literatura inocente. Nada, en definitiva, es inocente, pero qué importante es saber elegir a quien está con la razón en una determinada situación social, fundamentalmente con los más débiles, con las minorías silenciosas, impulsando la defensa de derechos fundamentales. Y Saramago, ahí estuvo. Por eso no es inocente, actitud que le reconozco y agradezco.

Hace solo cuatro días que estuve muy cerca de él, en su biblioteca personal en Tías (Lanzarote). La programación de las vacaciones era un reclamo latente, casi una excusa, para devolverle una visita a una persona que tantas veces había visitado mi cerebro, mi conocimiento. Un encuentro de reconocimiento y agradecimiento por tantas cosas aprendidas. Nos atendieron de forma extraordinaria -íbamos los tres inseparables (María José, Marcos y yo)-, recorriendo su biblioteca, bajo la atenta mirada ideológica de José Saramago, reinterpretado en sus intervenciones por una persona entrañable, Javier, que nos explicó detalles que como pasa con los ríos, nunca vuelven a estar en el mismo sitio, pero sí que quedaron grabados para siempre en la razón y en el corazón, en la eterna dialéctica de Pascal.

Su sencilla mesa de trabajo, unos libros con páginas marcadas por Pilar, la manta roja de Ikea reposando en el brazo izquierdo del sillón que tantas veces lo acogió, diccionarios, bolígrafos, mapas, las mesas con correspondencia pendiente de responder, las estanterías llenas de escritura impresa facilitada por Saramago, traducida por Pilar del Río, en ese esfuerzo por entregarnos sus palabras a todas horas, para que todos lo comprendiéramos muy bien, levantándonos de cada suelo particular, en la interpretación de la ética que hizo en su momento López-Aranguren, entendiendo la ética como el suelo firme en que se basan todas nuestras actitudes, la “solería” que vamos poniendo en nuestras personas de secreto a lo largo de la vida. Elefantes, libros, revistas, ediciones maravillosas de uno de mis libros preferidos: El cuento de la isla desconocida, que tantas veces regalo, incluso como ideario para los Jefes de Servicio que comparten responsabilidades públicas conmigo…

También quiero recordar hoy a Mercedes de Pablos, que estaba allí, con quién me reencontré después de un paréntesis de muchos años, aunque la había seguido de cerca en su interesante camino de compromiso. Y a la nieta de Saramago, Ana, con quien cruzamos palabras de agradecimiento y reconocimiento a su abuelo.

¿Por qué la tegala de Saramago? Sencillamente, porque a él le gustaba incardinarse en la tierra que le acogió en 1993, en cualquier tierra que le respetara, y la tegala es un lugar de referencia para la población canaria, un lugar en altura suficiente para que los guanches pudieran comunicarse con señales de humo. Señales que desde Tías, desde la calle donde habitó y habitará por muchos años, La Tegala, Saramago hizo y hace al mundo entero para que nos comprometamos con la esencia de la vida, dejándonos llevar por el niño o la niña, ¿inocentes?, que todos llevamos dentro.

Sevilla, 14/VIII/2010

(1) Lukács, G. (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 4 s.

La Plataforma de e-Administración de la Junta de Andalucía

Empezar una exposición es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial

Adaptado de El arte de empezar y el arte de acabar (Ítalo Calvino, 1923-1985)

EL PODER DE LA PALABRA
Fotograma de la película «El poder de la palabra»

La semana pasada participé en un Seminario de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, en la que desarrollé una ponencia con el título de este post: La Plataforma de e-Administracion de la Junta de Andalucia (no incluyo una diapositiva que utilicé y dedicada a la aplicación de contabilidad analítica en el Proyecto de Acuedo de Nivel de Servicios con la Agencia Tributaria de Andalucía, al no haber sido aprobado todavía el Plan de Financiación del Modelo). Es verdad que nadie se puede bañar dos veces en el mismo río, porque lo que ocurrió allí no se volverá a repetir, pero en el contexto del encuentro, ADMINISTRACIÓN ELECTRÓNICA Y GOBIERNO ABIERTO (OPEN & E-GOVERNMENT), es importante el ejercicio de transparencia y devolver a los ciudadanos los contenidos que le pertenecen. Una observación: intenté decir algo mediante la palabra, eso sí, de una manera especial…

Estoy a la espera de la valoración de los alumnos que participaron en el Curso y asistieron a esta intervención, así como la suya desde hoy, estimado navegante en la Noosfera, porque es importante conocer cómo se evalúa el ejercicio de la función pública, es decir, cómo se puede participar y colaborar en la acción pública mediante pequeños gestos como éste, que se convierten en una nueva realidad de relación de los ciudadanos con la Administración cuando se llevan a cabo con tiempo, dinero y espacio…, públicos.

Desde este momento, gracias.

Sevilla, 1/VIII/2010

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