La doble cara del emperador Augusto

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Ayer leí una entrevista extraordinaria de Guillermo Altares a Adrián Goldsworthy, Lecciones de Augusto para un mundo en riesgo. Augusto, emperador del presente, con motivo de la publicación en España de su obra “Augusto. De revolucionario a emperador” (1), porque aborda cuestiones de actualidad política en nuestro país. Es verdad que una imagen vale más que mil palabras y en este caso es así. El busto de Augusto, encontrado en 1910 en Meroe (Sudán), refleja cara de preocupación pese a la juventud que intenta representar el autor del mismo. Los ojos tristes, sobre todo, así como la comisura arqueada de los labios, simbolizan muchas caras de hoy ante lo que está pasando en el ámbito político, donde la democracia sale mal parada siempre: “Cuando [la democracia] se rompe, aparece gente como él”, afirma Goldsworthy.

El emperador Augusto, personaje histórico controvertido ante todo, plantea numerosos interrogantes en su recorrido vital que pueden servirnos de lecciones en la democracia española actual y a nivel mundial: “Cayo Octavio (63 antes de Cristo-14 después de Cristo), bajo el nombre de César Augusto, es una figura ineludible para entender lo que fue Roma y, por tanto, lo que somos nosotros y, a la vez, absolutamente contemporánea, porque su biografía plantea cuestiones cruciales como el naufragio que puede sufrir una democracia cuando sus instituciones dejan de funcionar o la tragedia de tener que elegir entre el caos o la dictadura (libios, iraquíes y sirios tendrían mucho que decir sobre este tema)”.

De la entrevista publicada, he reflexionado sobre algunos extremos clarificadores. El primero cuando Goldworthy afirma que cuando el pueblo está desesperado, desencantado, se puede aceptar cualquier líder que proporcione paz y estabilidad. Es un aviso para caminantes actuales, porque a río revuelto ganancia de pescadores… o salvadores de la patria, entrando como caballo en cacharrería en lo que hasta ahora ha funcionado con más o menos efectividad. La figura de Augusto se movía en la dialéctica tiranía/buen gobierno, siendo un modelo muy peligroso, siendo del color que sea la citada tiranía o dictadura, en términos contemporáneos.

En segundo lugar, las leyendas urbanas engrandecen a personas probablemente pequeñas, porque el populismo es la gran tentación de algunos políticos cuando llegan al poder. No se puede agradar a todo el mundo, pero se pretende y al final surge el león dormido de los gobernantes, de múltiples formas, pero aparece. Las apariencias temporales engañan, como pudo ser en la anécdota recogida por el autor de esta monumental biografía: “cuando [Augusto] ordenó construir el foro, los propietarios de unos terrenos se negaron a vender y él no quiso ni expropiar, ni quitárselos por la fuerza, por eso el foro no es un rectángulo, sino que le falta una esquina. Prefirió que su gran proyecto arquitectónico fuese imperfecto a saltarse su propia ley”. El que quiera entender que entienda.

Además, la dialéctica sempiterna con la religión, cristiana por más señas. El empadronamiento ordenado por Augusto y recogido por el evangelista Lucas, dejaba entrever que el gobierno romano estaba organizado más allá de sus fronteras naturales, aunque no temblaron sus huestes ante la insurrección de un profeta revolucionario llamado Jesús de Nazareth, cuyo “reino” no era el de Augusto. Es importante también esta reflexión sobre el nerviosismo de los emperadores de hoy de nuevo cuño, con trajes nuevos, cuando surgen voces disidentes con visión nueva y a veces profética ante la corrupción desnuda.

En cuarto lugar, su cara misteriosa espléndidamente representada en el busto citado anteriormente, “encarna el misterio y el abismo del poder. Y por eso será siempre nuestro contemporáneo”, tal y como finaliza su entrevista Guillermo Altares. No se nos debe olvidar esta lección de historia, que no será nunca tal y como me la contaron en mi infancia, donde Augusto fue el emperador que quiso acabar de una vez por todas con alternativas a su poder corrupto ante el Senado, a través de un ciudadano de su imperio, no empadronado, llamado Jesús, rey de los judíos, un revolucionario que no quiso ser emperador, que contaba cosas muy interesantes, que formó un gran equipo y que quería atender sobre todo a los más desprotegidos, a los engañados por el poder. Y era una persona corriente, lo que suele poner muy nerviosos a los malos gobernantes: cuando se cansaba, dormía sobre el cabezal del barco, como nos lo contó hace ya muchos años un joven periodista de nombre Marcos.

Sevilla, 9/XI/2014

NOTA: La fotografía es un fragmento de la publicada en la entrevista citada en el post, recuperada de http://cultura.elpais.com/cultura/babelia.html.

(1) Goldsworthy, Adrian (2014). Augusto. De revolucionario a emperador. Madrid: La Esfera de los Libros.

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