Cuaderno en clave / 6. Cuando un piano y un violín se llaman “sueño”

Estoy recuperando para este cuaderno, en mi memoria de hipocampo, palabras recientes relacionadas con la música y he recordado unas especiales que se complementan ahora con la aproximación al violín, un instrumento maravilloso que me ha enseñado cómo es su soportable levedad de ser. Aprender a tocar el piano y el violín, dos sueños ya muy lejanos en el tiempo de vivir, se han cruzado en un camino que he iniciado recientemente, en una encrucijada que tanto admiro: la que aprendí un día de José Ferrater Mora, cuando me encontré en una muy especial y sólo sabía que no sabía lo importante que era cambiar lo superficial, lo profundo, el modo de pensar, aunque todo cambia en este mundo, cuando lo que tienes que escoger para cambiar se llama Persona, Naturaleza, Sociedad o algún Dios.

Mutatis mutandis o en roman paladino, cual suele cada hombre fablar a su vecino (Berceo), cambiando lo que haya que cambiar, mi violín también es un sueño, que suena con mis manos que siguen trayendo viejas señales, que son las de ahora, no las antes, aquellas manos de juventud. Es un sueño expresar lo que pueda de mí mismo con las de ahora, en el piano y el violín, porque… no me avergüenzan los sentimientos. Lo aprendí también de Benedetti: si los sueños y ensueños/son como ritos/el primero que vuelve/siempre es el mismo. Como me ocurre en estos días, sin volverme otro, a través de mis manos de ahora, no las de antes.

Sevilla, 17/X/2015

Un piano llamado sueño

En las manos te traigo
viejas señales
son mis manos de ahora
no las de antes

doy lo que puedo
y no tengo vergüenza
del sentimiento

Mario Benedetti, Señales

Érase una vez un piano que no sonaba en los últimos trece años. Un día, pasado su silencio sonoro, alguien abrió la tapa del teclado, retiró el paño rojo que cubría las 88 notas y unas manos, que siempre traían viejas señales, manos de ahora no las de antes, comenzaron a pulsarlas de nuevo emitiendo sonidos de partituras especiales.

Aquella situación de silencio era una verdadera sinfonía para un sueño. Lo importante ahora era saber esperar a que un día esas manos den lo que puedan, porque no se avergüenzan del sentimiento, que se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento.

Schumann, Albinoni y Mozart dejaron sus partituras en ese atril de los sueños, con mensajes confidenciales: el amor sabe esperar siempre y la música sabe llevar entre algodones determinados caminos de inteligencia emocional.

Escucharon con atención reverencial una forma diferente de interpretarlas. Aquellas manos tenían que tocar una y mil veces notas complejas, pero todo sería posible si esas manos tenían claro que eran dedos de ahora, preparados para acariciar notas que un día se escribieron como señales para tocar solo en un piano que se llamara sueño.

Sevilla, 13/VII/2015

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