El cartero ya no llama a la puerta

Es verdad. La profesión de cartero está entrando en una crisis irreversible porque cada vez se escriben menos cartas: “Las listas siempre se hacen desde EE UU —la última es de Fortune—, donde el servicio postal camina al borde de la bancarrota. Pero el cambio de paradigma es global. Canadá prescindirá de la entrega de cartas y paquetes en los domicilios a partir de 2019 y en Reino Unido decidió el año pasado privatizar Royal Mail, empresa pública desde hacía 500 años. En España —Correos suele cerrar con beneficios— la situación no es muy distinta, y las cifras hablan de una reducción de un 25% de empleados, envíos (ha pasado de 5.100 millones a 3.099 millones) e ingresos desde 2008. En siete años la firma estatal, un día convertida en símbolo de la eficacia y la transversalidad del Estado, ha prescindido de 16.386 empleados, uno de cada cuatro” (1).

La crisis de la escritura conlleva la desaparición de las cartas, sustituidas hoy por la mensajería rápida, donde podemos decirnos muchas cosas al instante sin esperar que el cartero llame a nuestras puertas. Las tecnologías han ganado esta batalla, pero se lleva por delante un rito de la espera y esperanza que ha llenado nuestras vidas en los últimos siglos. Ya solo queda el señuelo de la carta a los Reyes Magos en clara pugna con Papá Noel.

FORTUNE 14102015
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Los carteros tienen que ir pensando en su reciclaje hacia el entramado de la paquetería en el gran mercado del mundo, mientras que los drones no hagan de las suyas en este menester. La verdad es que desaparece una figura entrañable en el paisaje urbano, de nuestras aceras que tan maravillosamente describió Jane Jacobs, gran activista en la defensa de la ciudad humana: “Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calles y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas” (2).

Recuerdo el canto que hizo Antonio Skármeta a esta profesión en una película preciosa que me impactó mucho, El cartero (1994), en una adaptación muy amable de su novela Ardiente paciencia. Mario Jiménez aporta a la vida su deseo de aprender del maestro lo que le enseña en el terreno de la metáfora, valora el amor con la experiencia de Beatriz y lo que supone poner el nombre de Pablo Neftalí a su hijo, en homenaje a quien le llevaba siempre puntualmente las cartas hasta que se trunca su oficio de entregas por culpa del golpe de estado de Pinochet, cuando rodean la casa del escritor, donde apoyaba su antigua bicicleta. Recurre finalmente a la transmisión oral para contarle a Neruda lo que no le puede entregar en modo texto. Una gran metáfora.

Lo que nunca se podrá sustituir por la alternativa al cartero es el encanto de la espera de mensajes manuscritos llenos de esperanza, cargados de derechos y deberes, entregados por manos humanas como ejemplo del mejor servicio público que debemos proteger, aunque siempre habrá personas que esperarán sin descanso a su cartero de siempre para recibir palabras que nacen del alma, metáforas, que nunca se podrán empaquetar como si fueran una triste mercancía.

Sevilla, 25/10/2015

(1) Verdú, Daniel (2015, 25 de octubre). El cartero se queda sin cartas. El País.com.
(2) Jacobs, Jane (1961). Muerte y vida en las grandes ciudades americanas. Nueva York: Vintage, pág. 50.

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