Ya no tenemos quien nos escriba a mano…

Ella [la escritura] sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu.
Platón, Fedro, 274c-277a

Aunque la letra es bella, la escritura manual no pasa por su mejor momento. Un ejemplo significativo: la empresa BIC está en crisis en su división de bolígrafos. Ha lanzado recientemente una campaña en EEUU promocionando la escritura y su video promocional de empresa multinacional es un canto a la escritura manual como se puede comprobar por su mensaje subliminal. Es solo un ejemplo, pero en nuestro imaginario infantil ocupan un lugar especial los bolígrafos BIC, en un tiempo en el que la escritura manual está en franca decadencia, sustituida por los teclados virtuales y físicos que nos ofrecen hoy las tecnologías de la información y comunicación. Pulgares e índices se han adueñado de la escritura actual y vemos a millones de jóvenes sustituyendo los cuadernos, lápices, bolígrafos y plumas estilográficas por dos dedos elementales en las tareas de comunicación.

La revolución del bolígrafo la viví personalmente como revulsivo del lápiz, palilleros y plumillas de mi infancia. Poseer un bolígrafo BIC naranja o BIC cristal, dos escrituras a elegir, como decía el anuncio, era una maravilla que se podía alcanzar a bajo precio. Pero ya dicen muy poco, incluso te sitúan en el pleistoceno de la vida si exhibes esa joya del cristal virtual del anuncio. Los bolígrafos tampoco eran inocentes y detentaban una seña de identidad del estatus que podía alcanzar quien lo compraba de una determinada marca, porque a veces alcanzaban precios imposibles. BIC e INOXCROM eran incompatibles, porque no eran inocentes. El trasfondo de la cuestión no es pacífico porque traduce una crisis galopante de la escritura y de su expresión anímica, tan querida por las personas que la seguimos respetando y valorando en su justo sentido.

La dialéctica lápiz o bolígrafo, acababa siempre con un claro vencedor: la pluma estilográfica. Era un trío del que se preciaba cualquier plumier en recoger en sus departamentos. Estaba vinculado a edades y la adolescencia se decantaba casi siempre por el regalo de la pluma, porque ya era uno mayor. Las diferentes marcas de esa época las tengo asociadas a diferentes etapas de mi vida: CEDRO o ILASA en lápices, ALPINO, en la rama de lápices de colores, PARKER, en las plumas, con la difícil rivalidad de INOXCROM como marca española, del régimen, hasta llegar al ojo de tigre de CROSS o la montaña mágica y blanca de MONTBLANC, como signo de distinción. Todos cumplían idéntica función: escribir manualmente, incluso dibujar, permitiendo categorizar las palabras, frases y oraciones, como quintaesencia de la escritura.

Mi maestra, Dª Antonia, me enseñó caligrafía con palillero azul y plumillas de diferentes calidades y formas. Aprendí a escribir en la pizarra con tiza y borrador, caligrafía inglesa por supuesto, llenando cuadernos de “Diario” con letras artísticas de redondilla y gótica -con tinta negra muy aguada que preparaba el Director de mi Colegio, D. Enrique, en botellas de litro que volcaba en tinteros de porcelana blanca alojados en mi banca- adornadas con grecas imposibles que hacía sobre aquél papel cuadriculado de los cuadernos Rubio. Aquellas maravillosas clases me enseñaron algo importante: escribir lo que copiaba o sentía, transmitiéndolo con el pulso de mi mano, a mantener una forma de expresarme con trazados bellos, que es lo que significaba la caligrafía, palabra que sólo comprendí años más tarde, cuando la cuidaba en las ocasiones especiales que me enseñó Dª Antonia.

Lo he leído recientemente: “El manuscrito tiene una característica evidente, comparado con la máquina de escribir o la pantalla: la individualidad. La letra de una persona es algo exclusivo, como sabe bien el amante que reconoce ya desde el sobre una carta de su amada…” (1). Es lo que probablemente intentó explicarnos García Márquez sobre el realismo mágico de sus palabras manuscritas, aunque él las escribiera con una máquina de escribir clásica que superaba con creces la letra creada por la bola de tungsteno de su bolígrafo BIC de turno. Pero éste probablemente estaba allí, muy pendiente de su mano creadora. Como de la carta comunicando la pensión al coronel Buendía, que tanto esperó, mucho menos importante que lo que nos sucede en el día a día, cuando vamos como él del timbo al tambo de nuestras vidas.

Sevilla, 22/X/2015

(1) Millán, José Antonio (2015, 22 de octubre). El misterio de las palabras. El País.com.

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