Luar na Galiza / 4. El paisaje habla

SANTA MARINA DOZO
Santa Mariña Dozo – Cambados (Pontevedra) / JA COBEÑA

Rumbo a Galicia. Ya estábamos mentalizados en que nos aproximábamos a Galicia, con una lectura en paralelo, crítica, que conservaba en la mente unas palabras esclarecedoras de Manuel Rivas sobre su tierra querida: “El paisaje habla. Las cicatrices del paisaje, como ya dijo Freud, pueden explicar otros malestares, comenzando por el cultural”. Llevaba una idea en el equipaje mental de que Galicia ha sufrido mucho con decisiones políticas en los últimos treinta años que la han maltratado por tierra, mar y aire en su esencia conservadora, en el buen sentido de la palabra conservadora, es decir, que deseaba mantener viva su cultura y manifestaciones paisajísticas que la caracterizan. Conservarlas.

Lo hemos observado en los días que hemos recorrido Galicia de norte a sur y algo de oeste a este. Nos ha sorprendido, por ejemplo, la convivencia no pacífica de los eucaliptos con el pino autóctono, sabiendo que el eucalipto es el llamado “árbol del Estado”, como decía el sociólogo Mario Gaviria de la realidad eucaliptal de Huelva. Hemos pasado por carreteras donde se abrazaban las ramas de los árboles de un lado a otro y el omnipresente eucalipto desdibujaba imágenes preciosas que las conservamos en nuestra memoria de hipocampo.

Hicimos la entrada triunfal a Galicia por una autovía, espléndida, pero que nos hizo recordar inmediatamente como nos alejaba de la realidad de sus pueblos, tal y como los habíamos conocido en el viaje anterior, hace ya veintidós años. Es el tributo que pagamos para facilitar las comunicaciones, es indudable, pero una de las peculiaridades de esta tierra es el paisaje y el paisanaje. Habíamos salido del territorio abrupto de una parte de Castilla- León y entrábamos en una zona verde inmensa, donde sabemos que el agua es su principal aliado para manifestarse desde todas las perspectivas posibles. Estoy de acuerdo con Manuel Rivas en que, en este avance imparable de la llamada modernidad, es imprescindible trabajar siempre con consenso y, en relación con el viaje que nos ocupa, especialmente sobre la ordenación de los territorios, preservando aquello que mantiene una esencia y presencia cultural de siglos. Decía Rivas que en aquellos años de gobierno de don Manuel Fraga Iribarne, se debió trabajar con este espíritu de consenso para “Decidir lo que es sagrado. Lo que no se toca. Salvar algo.” Pero no fue así y Galicia es víctima ahora de muchas decisiones tomadas hace veinte años y más, que han condicionado su desarrollo.

Llegamos a Cambados, nuestro territorio provisional en Galicia, efímero, un lugar con encanto, que tiene una posición geográfica envidiable para disfrutar de un punto de encuentro para frecuentar zonas emblemáticas de esta Comunidad, que son siempre futuro para sus lugareños, no tanto para nosotros. Es la esencia que debemos respetar en el ciclo actual del llamado “turismo”, porque los que viajamos a estos lugares unos días, tenemos que saber respetar que aquella es su ciudad, su pueblo, y no tenemos derecho alguno a alterarlo con usos y costumbres que rompen muchos siglos de historia. Podemos disfrutar mucho más de aquello que nos rodea en el momento presente si se respeta su forma de expresarlo, vivirlo, hablarlo, sentirlo y compartirlo. Además, en su lengua, tan rica en palabras que simbolizan ideas muy complejas, pero que con una sola palabra traducen sentimientos y emociones que necesitamos otros, los visitantes, expresar con muchas palabras. Un ejemplo lo tenemos en palabras como saudade (nostalgia, añoranza, melancolía, fantasma del bien soñado (Rosalía de Castro), lembranza (recuerdo), enxebre (auténtico, puro, genuino), bolboreta (mariposa) luscofusco (momento del atardecer en el que oculta el sol), luar (resplandor de la luna) y tantas otras que he escuchado con veneración absoluta, casi con aprecio reverencial, que no miedo.

Cambados resume bien muchas historias de Galicia, la dualidad del señorío y de la plebe, las creencias y el pensamiento en otro más allá, la tierra y el mar. Las tres realidades que se convierten en una en esta villa, Fefiñáns, Cambados y San Tomé do Mar, reflejan a todas luces ese proceso necesario de integración y de convivencia durante siglos de la historia de Galicia. El Renacimiento italiano está presente en la plaza de Fefiñáns, donde es fácil transportarse con la imaginación al siglo XVI para contemplar la belleza arquitectónica del Palacio de Figueroa, en forma de pazo, incrustada en ella. Lugares de especial encanto son también el pazo de Ulloa, que al ser propiedad privada solo nos permitieron entrar en la capilla del mismo; la iglesia de San Benito, construida por el interés de un señor, eI Vizconde de Fefiñáns, don Gonzalo de Valladares, el Pazo de Montesacro y la capilla adjunta de la Virgen de la Valvanera, fruto del mestizaje logroñés en aquél Concello y, sobre todo, las ruinas de Santa Marina Dozo, construida sobre restos románicos del siglo XII.

Sobrecoge la entrada en estos restos arquitectónicos, porque avanzas hasta el ábside a través de sepulturas de todo tipo y linaje, a cielo descubierto. Álvaro Cunqueiro lo definió como “el más melancólico camposanto del mundo”. Indescriptibles son las sensaciones al caminar por aquellas ruinas, donde la imaginación vuela a cielos insospechados, permitidos in situ a través de las ruinas que quedan como símbolo para la posteridad. Avanzando por aceras en las que se alternaban casas y viñedos con su uva mágica, albariño, fuimos a visitar San Tomé, el pueblo marinero que se integró posteriormente en la denominación Cambados. Está visiblemente alterado por las construcciones recientes, pero mantiene todavía su sabor. Allí nos acercamos a las ruinas actuales de la torre de San Sadorniño, de la que he sabido que se cuidó en su estructura romana hasta el siglo XVIII, con una actuación precisa por los ataques de los Irmandiños, de los que he conocido su interesante historia de revuelta y gran guerra por algunos retazos históricos que explica Manuel Rivas en mi libro guía de este viaje. Me ha interesado mucho esta mención y estoy leyendo en la actualidad documentos al respecto para comprender mejor la quintaesencia gallega. Una vez más, se repite la dualidad Iglesia-Estado, presente en Cambados a lo largo de los siglos, con el apoyo de reyes y nobles. Y el pueblo marinero, plebeyo, siempre tan cerca, pero tan lejos.

Es verdad: el paisaje habla. El paisanaje…, también.

Sevilla, 29/VIII/2017

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