Elogio de la ética cotidiana

VIRTUDES COTIDIANAS

«En definitiva, ¿dónde empiezan los derechos humanos universales? En pequeños lugares, cerca de casa; en lugares tan próximos y tan pequeños que no aparecen en ningún mapa. […] Si esos derechos no significan nada en estos lugares, tampoco significan nada en ninguna otra parte. Sin una acción ciudadana coordinada para defenderlos en nuestro entorno, nuestra voluntad de progreso en el resto del mundo será en vano»

Eleanor Roosevelt

Estamos viviendo momentos muy difíciles en nuestro país. Hemos iniciado una senda desconcertante como coda de una sinfonía de corrupción que no deberíamos haber tocado nunca y solo nos queda hacer camino juntos al andar de forma diferente, sin mirar atrás, donde la ética de lo cotidiano nos permita ser felices en cada momento de la vida. He leído una entrevista reciente a Michael Ignatieff, publicada en El País Semanal, en la que he conocido su reflexión profunda sobre las virtudes cotidianas, en un libro de reciente edición, Las virtudes cotidianas (1), que recomiendo en momentos cruciales para nuestro país. Tengo un recuerdo especial de este autor a través de una obra demoledora, Fuego y cenizas (2), que no me dejó indiferente, que puede hacernos comprender que el hombre también puede ser un cordero para el hombre, a diferencia del homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre) de Hobbes. Lo he vuelto a leer hasta en varias ocasiones porque me impactaron sus reflexiones acerca de la experiencia política que vivió en su país natal, Canadá, desde 2008 a 2011, liderando la oposición y con una clara opción a gobernar ese país como Primer ministro. Un profesor universitario en Harvard que fue captado para iniciar una carrera política implacable, tal y como nos la narra él en sus reflexiones cargadas sobre todo de sentimientos y emociones, éxitos y fracasos, fuego y cenizas… Un libro para no olvidar, sobre todo en una frase que encierra el gran enigma de la política digna y honesta: “Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad”.

El ensayo reciente de Ignatieff recoge las conclusiones del proyecto Carnegie Centennial, para conmemorar las esperanzas sobre el progreso moral que dieron lugar al donativo de Andrew Carnegie de dos millones de dólares en 1914, para financiar la Unión de las Iglesias por la Paz y para investigar en qué consistiría la globalización moral en el siglo XXI. Los vaticinios de paz duraron muy poco y a los pocos años el mundo se vio envuelto en guerras y fracasos sociales de una magnitud considerable. Ahora, al cumplirse el centenario de aquella acción filantrópica de Carnegie, había que apearse del entorno divino en esta investigación y rodearse de expertos en ética global para saber si era posible un orden ético global laico en el mundo actual.

Ignatieff explica en el prólogo a la edición española de Las virtudes cotidianas, que se deber poner un cierto orden estructural en el caos ético mundial: “En un tiempo de fractura, ¿dónde podemos encontrar orden y estabilidad? Debemos fijarnos en los pequeños detalles, pasar del amplio mundo de la política, los mercados y el sistema internacional al mundo más pequeño y más íntimo de la familia, el barrio y la esquina”. Y piensa que en estas tres realidades universales está situado el espacio común donde se pueden desarrollar cuatro virtudes de lo cotidiano: la tolerancia, la resiliencia, la confianza y el perdón, del que “depende el sistema operativo moral de cada sociedad”.

Un vuelco en toda regla a aquellas aspiraciones de Carnegie en el siglo pasado donde el orden ético mundial pasaba para millones de personas por armonizar las religiones. Visto lo visto, más de cien años después, no sorprende algo que he constatado a lo largo de los siglos: nuestros antepasados creyeron siempre que el ser humano era lo mejor que le había pasado al mundo desde la creación. Hasta Dios había constatado que, frente al resto de creaciones, el hombre y la mujer era lo mejor que había hecho. Darwin lo demostró también siglos después, en las bases del evolucionismo, frente al creacionismo, sin confiar nada a Dios sino solo a la naturaleza, a la evolución de los seres vivos, de las especies. Ahora, en las conclusiones del Carnegie Centennial Project se constata que en el mundo actual lo que sigue dando sentido a la vida es la familia, el barrio y las aceras de Jacobs, con esquinas incluidas, si se tienen en cuenta cuatro virtudes cotidianas: tolerancia, resiliencia, confianza y perdón. Es verdad porque, al final de toda intolerancia, dolor por lo ocurrido o desconfianza ante todo lo que se mueve, perdonar es comprender y a veces se comprende tanto que no hay nada que perdonar.

Estoy convencido que la ética global es la que permite justificar todos los actos humanos, donde quiera que se produzcan. Siempre me ha gustado asimilar la ética a la solería o entarimado de nuestras casas, sobre el que pisamos a diario pero que, en su momento, necesitó una mano maestra para colocar todas las piezas, una a una, que hoy pueden darle brillo y esplendor. Lo mismo ocurre con todos y cada uno de los valores de nuestra vida. Así lo aprendí del profesor López-Aranguren hace ya muchos años, cuando comparaba la ética al suelo firme que justifica todos los actos humanos a lo largo de la vida: es la “raíz de la que brotan todos los actos humanos, o todavía mejor, el suelo firme que justifica dichos actos, en definitiva, una forma de vida”. Y es verdad, porque la ética no debería estar sometida a la moda o al mercado, como una mercancía más, como sucede ahora, porque bien entendida es una actitud permanente ante la vida personal y social, pública y privada, sostenida en el tiempo que corresponda vivir a cada uno, es decir, una forma de vida para cada persona que habita este planeta. Con su familia, en su barrio y paseando por sus aceras más queridas. Su suelo firme, en definitiva.

La ética exige una trazabilidad en la historia de cada persona. Esta es la razón de por qué hay que recuperarla en el tiempo didáctico que sea oportuno, en todos los niveles de la enseñanza pública. No hay otra solución, porque la ética no se improvisa como una mercancía más, ni se puede comprar al peso, es decir, hay que sacarla urgentemente del mercado en el que a veces se instala. Por esta razón he defendido tantas veces en este blog la permanencia de educación para la ciudadanía en la enseñanza pública, porque he entendido que la ética de los valores personales y sociales hay que desarrollarla en ciclos formativos diferentes y progresivos, desde las escuelas infantiles, inclusive, para que aprendamos qué significa y porque la solería de la vida ética cotidiana es contemporánea con el crecimiento de cada persona. La única que le puede hacer feliz.

Sevilla, 26/V/2018

(1) Ignatieff, Michael (2018). Las virtudes cotidianas. El orden moral en un mundo dividido. Madrid: Taurus.

(2) Ignatieff, Michael (2014). Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política. Madrid: Taurus.

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