Décima contra la guerra

La escuché cantada por Mari Carmen, una alumna del Colegio Público San José Obrero, en Sevilla, durante el acto ISA Lee que tuvo lugar el pasado viernes 31 de mayo, en la Feria del Libro, organizado por la Asociación Iniciativa Sevilla Abierta (ISA), cuya referencia extensa se puede leer con detalle en la página web de la citada Asociación. Desde aquella mañana ha resonado en mi memoria de secreto la voz de esa niña que ponía alma a una décima que ha aprendido de la voz de Jorge Drexler, interpretando La Milonga del Moro Judío:

No hay muerto que no me duela
No hay un bando ganador
No hay nada más que dolor
Y otra vida que se vuela
La guerra es muy mala escuela
No importa el disfraz que viste
Perdonen que no me aliste
Bajo ninguna bandera
Vale más cualquier quimera
Que un trozo de tela triste.

Todos los días asistimos a guerras intestinas en nuestra sociedad más próxima, porque las que decimos “de verdad” siempre las percibimos como que están muy lejos. Las guerras hoy son solo noticias fugaces que figuran en una escaleta en informativos tibios. Cuando las tenemos muy cerca, las de todos los días, incluso las políticas con escasa altura de miras, resuenan estas palabras con la fuerza con la que la cantó Mari Carmen, en la Plaza Nueva de Sevilla. Me quedó claro que la guerra es una mala escuela, que no importa el disfraz que viste. Que, con dignidad, hay que gritar a los cuatro vientos que no nos alistamos bajo ninguna bandera y solo por una razón: vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste.

La voz de Mari Carmen resuena más allá de la Feria del Libro, desde un barrio olvidado muchas veces por la Sevilla de toda la vida. En un mundo tan diverso y diferente como es la realidad de nuestro país, que convive a diario con múltiples culturas aportadas por la emigración y el asilo político, resuenan con más fuerza que nunca otras estrofas de esta milonga: Yo soy un moro judío / Que vive con los cristianos, / No sé qué dios es el mío / Ni cuales son mis hermanos. Me lo enseñó también el cantaor Manuel Gerena, en un libro dedicado con mucho aprecio, “al compañero José Antonio, salud y libertad”, en unas letrillas que todavía recuerdo en su dialéctica del compromiso activo: Yo sólo sé lo que veo / y nunca vi ningún Dios. / Nunca precisé yo el templo. / ¡vaya quien busque perdón! Es verdad porque, a veces, no sabemos cuales son nuestros dioses, ni cuales son nuestros hermanos.

En Sevilla, en los barrios que conforman la Macarena, conviven niños y  niñas de 33 nacionalidades, de diferente raza, color y religión, con sus dioses y su forma de llamar hermanos a quienes siempre están cerca y con independencia de su origen. Esa es la gran lección, porque ellos sí saben quienes son los que los quieren y respetan en su búsqueda de paz permanente. Para ellos y ellas, para mí, más valen sus quimeras, nuestros sueños, que un trozo de tela triste.

Sevilla, 3/VI/2019

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