Noviembre, ¿mes de la calidad?

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He ofendido a Dios y a la humanidad porque mi trabajo no tuvo la calidad que debía haber tenido.

Leonardo da Vinci (1452-1519)

Sevilla, 9/XI/2021

Faltan días en los calendarios para celebrar los más diversos acontecimientos que controla la economía de mercado, en un control laico del santoral católico, muy activo a lo largo de los siglos, donde todos los «santos» tenían trabajo encomendado en «su día» y cada vez que se les tuviera presentes, incluso como abogados de causas imposibles, que ya es decir.. Consumimos más con ocasión de la celebración de trescientos sesenta y cinco días de todo lo que se mueve o celebra en un año en el mundo, en días especiales y en algún caso se acumula el consumo de forma asombrosa como ocurre en el Black Friday de este mes. Por esta razón, me llama la atención que se promocionen meses de lo que sea ante el agotamiento del calendario anual, a lo que siguen y seguirán años, lustros y así sucesivamente hasta llegar a siglos y eras.

En esta vorágine de celebraciones con frenesí propio, hay que agregar en noviembre la del mes de la calidad. Nació la idea en Japón, en el año 1959, con motivo de la celebración del décimo aniversario de la revista «Control Estadístico de Calidad». No se ha promocionado mucho y es raro ver campañas publicitarias en tal sentido. Sería bueno rescatarlo en este país, como signo de que preocupa la aplicación de los grandes principios de la calidad en cualquier terreno humano. España tiene fama de chapucera en muchos órdenes y es un clamor popular que se descuida la calidad en muchos terrenos en los que nos movemos a diario, sobre todo por culpa de la mediocridad que nos invade por tierra, mar y aire.

La calidad debe ser el resultado de una actitud personal o laboral ante cualquier acontecimiento de la vida. Es curioso que en una sociedad donde proliferan los cursos de calidad por doquier, se constata que es una gran ausente en la vida ordinaria. El problema radica en que se ha convertido en un estándar más de promoción, con sello incluido y certificados ostentosos, pero no una actitud que complemente el conocimiento y la aptitud para desarrollarla desde el comienzo del ciclo educativo en la vida escolar y universitaria. La calidad no es un sello, sino una actitud continua en el tiempo que hay que aplicar en todos los órdenes de la vida. Un ejemplo contundente es el relacionado con el turismo en este país. Este año vamos a celebrar el éxito después de la pandemia, pero las estadísticas nos ofrecen datos alarmantes de estándares de calidad que aprecian o no los que nos visitan, vinculados inexorablemente a la falta de criterios de sostenibilidad, falta de profesionalidad y alta precariedad en el empleo.

En el ámbito educativo pasa lo mismo. Las encuestas internacionales ponen a este país en su sitio y no es esplendoroso que digamos por sus resultados en diversas áreas de conocimiento. Si nos referimos a la transparencia pública, igual. En el terreno de la política, mejor no hablar, porque los hechos demuestran que la calidad brilla por su ausencia en el terreno de la ejemplaridad de algunos políticos (todos no son iguales) que derrochan mediocridad a diario que se acaba convirtiendo en un estándar político, obteniendo en todo caso el sello «M» de mediocridad y no «C» de calidad.

Noviembre se convierte en un mes para reflexionar sobre qué tipo de calidad practicamos y usamos a diario. Con un Estado que debería buscarla apasionadamente como actividad diaria y sin necesidad de que lo tuviéramos que recordar en un mes con clases prácticas de mercado, porque no es eso, es simplemente un derecho y deber del Estado y también de la ciudadanía que la sustenta y la sufre a diario. Porque debería darnos miedo la mediocridad galopante que nos rodea.

Quizás haya que recordar hoy o en este mes de la calidad, especialmente, la frase de Leonardo da Vinci que encabeza estas líneas, como reflexión de todos y de cada uno en particular: he ofendido a Dios y a la humanidad porque mi trabajo no tuvo la calidad que debía haber tenido. Sería una forma excelente de comenzar a «celebrar» con dignidad el carpe diem de cada uno, bastándole a cada día su propio afán de calidad, tal y como la entendieron nuestros antepasados al referirse a las «cosas vendibles» y que aún perdura hoy día: «el ser y la bondad de las cosas, el estado actual de ellas, así en el género o especie de su constitución, como en otros requisitos y circunstancias que concurren para ser buenas o no reputadas como tales» (RAE A 1729, pag:67,1).

Publicado por primera vez en Sevilla, el 5 de noviembre de 2017 y modificado hoy en su contexto actual.

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