Peter Pan, de nuevo

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Sigo buscando “islas desconocidas”, que existen, en la clave de Saramago, en un viaje existencial verdaderamente apasionante y leo un perfil de Leopoldo María Panero (Madrid, 1948), en el que se vuelve a recordar la figura de Peter Pan volando junto a Campanilla: «El desvío en la ruta, la visita a la Isla-Que-No-Existe, está previsto en el itinerario. Cruzarán el cielo otros nombres hasta ser llamados, uno tras otro, por la voz de la señora Darling». Hemos vuelto a hablar todos los días de Peter Pan, del síndrome que lleva su nombre y que no está reconocido oficialmente por las clasificaciones mundiales de enfermedades mentales, pero que busca hacerse un sitio en las mismas. La señora Darling dibujada por Panero en Así se fundó Carnaby Street. 1970, está llamando a muchas personas por su nombre, sobre todo a las instaladas en este síndrome, que hace su agosto en épocas de vacas flacas, como la actual. Se habla de la generación “Peter Pan”, en la que están instaladas las personas treintañeras que se conforman con lo que hay en todos los planos posibles: personal, afectivo, laboral, de amistad y de la llamada realización personal, que no se sabe bien qué se quiere decir o simbolizar cuando se utiliza la expresión. Se habla, en general, del síndrome de Peter Pan, intentando explicar la conducta de aquellas personas que no quieren crecer, en cualquier edad, o que esperan hacerlo en un momento que nunca llega ó que esperan tener siempre una Wendy cerca de sus vidas.

¿Qué sucede realmente en la actualidad, en las personas calificadas como Perterpanes de hoy, en un síndrome capitalista, comunista y socialista por definición, da igual, que afecta a todas las clases sociales, aunque no de causalidad idéntica? Realmente, está bastante claro su perfil. Son personas, en su mayoría varones, kidults, adultescentes o Generación X, como los retrataba Josep Garriga en un reportaje reciente (1), que han crecido con todo tipo de bienestar o malestar, en la infancia y en la adolescencia, con objetivos nada claros y que descubren un día que permanecer en su situación los hace menos vulnerables ante la vida, negándose a crecer en cualquier perfil humano, fijándose metas muy triviales, de corto alcance, como determinadas armas, aceptando o destrozando cuanto encuentran a su paso, porque no merece la pena crecer. Son adultos en potencia, aunque hayan alcanzado la treintena de años. Siempre buscan un hombre ó una mujer con rol de madre protectora que los ampare, es decir, cualquier hada Campanilla que les permita localizar un espacio que realmente no existe. Son personas que aportan muy poco a la sociedad, que se conforman con casi nada y que un buen día explotan y/ó destrozan a su alrededor todo lo que se mueve, pero desde su atalaya particular del vuelo, cogiendo la mano de Campanilla, porque no acaban de descubrir que también son protagonistas de la vida en su rol personal e intransferible y que nadie va a venir a sacarte las castañas del fuego. Es decir, que tienen que dejar de volar y asumir responsabilidades de todo tipo.

Las personas que asumen el rol de Peter Pan se caracterizan “por la inmadurez en ciertos aspectos psicológicos, sociales, y por el acompañamiento de problemas sexuales. La personalidad masculina en cuestión es inmadura y narcisista. El sujeto crece, pero la representación internalizada de su yo es el paradigma de su infancia que se mantiene a lo largo del tiempo. De forma más abarcadora, según Kiley, las características de un «Peter-Pan» incluyen algunos rasgos de irresponsabilidad, rebeldía, cólera, narcisismo, dependencia, negación del envejecimiento, manipulación, y la creencia de que está más allá de las leyes de la sociedad y de las normas por ella establecidas. En ocasiones los que padecen este síndrome acaban siendo personajes solitarios. Con escasa capacidad de empatía o de apertura al mundo de los «grandes», al no abrirse sentimentalmente, son vividos como individuos fríos o no predispuestos a darse, lo que vuelve como un “boomerang” a través de la no recepción de entregas o muestras ajenas de cariño. Algunos profesionales avanzando tal vez audazmente en sus diagnósticos los han denominado esquizo-afectivos. También se dice que este padecimiento se da por el no haber vivido una infancia normal, que hayan trabajado desde muy pequeños u otras razones más” (2).

Esta isla es ya conocida. En el argot de mi educación del discreto encanto de la burguesía, no tendremos perdón de Dios, de cualquier dios, si no la exploramos detenidamente, para buscar espacios de recuperación vital para estas niñas-niños frustrados, que avanzan en soledad personal e intransferible hacia el abismo de la no cooperación social, para ayudarles a vivir, paradójicamente, en un mundo que a veces parece diseñado por el enemigo. Sin necesidad de las Wendy de turno, que también existen en su síndrome tan particular, para que sus respectivas mamás naturales ó artificiales dejen de amarlos tan desesperadamente.

Sevilla, 8/XI/2009

(1) Garriga, Josep (2009, 25 de octubre). La generación “peter pan” está hipotecada, El País, pág. 32.
(2) Extraído del artículo “Síndrome de Peter Pan”, en Wikipedia.

Nuevas sonrisas y nuevas lágrimas

ERICH LESSING-2

Fotografía-postal, de Erich Lessing, entregada ayer, 31 de octubre de 2009, en la Sala de Exposiciones del Teatro de Aracena (Huelva)

En los tiempos que corren, de falta de respeto a la memoria histórica de nuestro país, que arrastra tanto dolor y silencio cómplice, en los días en los que se espera encontrar el cuerpo de García Lorca que no su alma, que ya está afortunadamente con nosotros, hago este pequeño homenaje simbólico a tanto esfuerzo de personas anónimas y de algunas autoridades comprometidas con dicho recuerdo existencial, al traer a nuestras memorias la obra de un fotógrafo experto en memoria histórica, al que se le otorgó en 1956 el premio American Art Editor’s Award, al retratar de forma directa las consecuencias dramáticas de la ocupación y revolución húngara.

He andado muchos caminos y he abierto muchas veredas en la trayectoria personal, como lección aprendida de Antonio Machado, cuando sigo haciendo camino en el andar de cada día. Ayer, en Aracena (Huelva), gracias a un fotógrafo excepcional, Erich Lessing, comprometido con la memoria histórica, y a una exposición suya de una obra escogida, bajo el patrocinio del Centro Andaluz de la Fotografía, relacionada con su actividad fotográfica durante el rodaje de excelentes películas, he recuperado de mi memoria de hipocampo muchos recuerdos de las sonrisas y lágrimas de la vida ordinaria, la que nos hace humanos de necesidad por mucho que multinacionales de la alegría facturada se esfuercen a diario en hacernos ver y entender que la vida es fácil si logramos algunas vez entender su chispa.

De toda la exposición me impactó mucho una fotografía de Julie Andrews, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas”, que reproduzco en la cabecera de este post. Y pensé que Lessing quiso dejar para la posteridad la impronta real de la sonrisa en esa relación madre-hijo, en la lectura de una carta quizás imposible, como homenaje a esta necesidad, dado que en su caso, tuvo que emigrar desde Viena a Palestina a los 16 años, por la ocupación de Hitler, arrancándolo de su familia más cercana. Cuando regresó a Viena, en 1947, su madre ya había fallecido en el campo de concentración de Auschwitz.

En los tiempos actuales, en los que la memoria histórica busca abrirse paso con un esfuerzo a veces sobrehumano, se quiere negar a toda costa un principio ya demostrado científicamente: en el cerebro no es fácil borrar lo que algún día se grabó de forma consciente y con gran carga de sentimientos y emociones. Se sabe por los avances de las neurociencias que a pesar de los esfuerzos terapéuticos y farmacológicos, la memoria se suspende pero no se borra. Desgraciadamente, sí se sabe que se pierde completamente cuando el cerebro enferma, por ejemplo en un síndrome de Alzheimer desolador, entre otros vinculados con la senectud, que tanto hacen sufrir a las personas más cercanas de quienes los padecen.

La fotografía de Lessing me pareció extraordinariamente didáctica. La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia (1) ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y las lágrimas, permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guión que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral.

Sevilla, 1/XI/2009

(1) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. Para comprender bien los efectos de esta enfermedad, recomiendo la lectura de un libro de Oliver Sacks, excelente, que tengo entre mis preferidos: La isla de los ciegos al color, editado por Anagrama en 1999. Ante una realidad tan sugerente, recuperaré la lectura que en su momento me sobrecogió tanto y la proyectaré en este cuaderno que registra ya tantas islas desconocidas: “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

Ombra mai fú

Photo: Decca / Uli Weber, recuperada el 11 de octubre de 2009 de la home page de Cecilia Bartoli

En una etapa personal en la que voy con frecuencia del timbo al tambo, tengo dificultades para escribir en este cuaderno y hoy, cuando me atrevo a escribir en mi brevedad de ser este post, lo hago escuchando de fondo a una persona que admiro desde hace unos años, Cecilia Bartoli, cantando un aria de la ópera de Handel, Jerjes (Serse).

“Ombra mai fù
di vegetabile
cara ed amabile
soave più”

(Jamás ha existido sombra vegetal tan querida y amable)

En aquella ocasión, que puede ser en el fondo y en la forma la de hoy, decía lo siguiente: “Aquí está listo el post de hoy, para ser llevado a tu mesa, cuando voy permanentemente de mi corazón a mis asuntos, del timbo al tambo particular, personal e intransferible. Cerebro y corazón, básicamente el cerebro, para los que nos acercamos con tanto respeto a él, que nos recuerda permanentemente su papel estelar en la vida, porque diversas estructuras cerebrales hacen posible la historia jamás contada, de vivir de forma controlada para no ir del timbo al tambo. A ser posible, a los asuntos importantes para la búsqueda de la felicidad. Y estos días que pasan, pero que en algunas y algunos se quedan, estamos viviendo momentos trascendentales para cada persona, para la sociedad, para la ciudadanía, para las familias, para las amigas y amigos a los que queremos, para las compañeras y compañeros de trabajo, con los que estamos obligatoriamente obligados a vivir, estar y, lo más difícil, ser”.

Cecilia Bartoli, con la edición de un disco extraordinario, Sacrificium, se ha comprometido con una historia muy triste para la sociedad en general, la de los “castrati”, donde la Corte, la Iglesia y las personas más influyentes de la sociedad no tenían escrúpulo alguno en seguir marginando a la mujer a costa de niños napolitanos que vivían una experiencia sangrante desde la perspectiva emocional de cada uno.

Hoy, en homenaje a aquellos cantantes de ópera castrados en sus almas, los recuerdo con la voz de Cecilia, sonando el querido Largo de Handel, el aria Ombra mai fú, con un mensaje para navegantes vitales:

Jamás ha existido sombra vegetal tan querida y amable

Mientras, he buscado la compañía de Cecilia Bartoli para demostrarme los contrapuntos de la vida, donde Farinelli y Cafarelli encantaban la vida de un público fervoroso, aunque en esa ópera, Serse, personaje principal de la misma, es un travestido en sí mismo, buscando sombras materiales donde cobijarse…

Sevilla, 11/X/2009

El equilibrio de Nash

Hacía tiempo que no constataba de forma tan directa el nuevo elogio de la inteligencia genial que para la ciencia y la literatura es, algunas veces, de la locura. El reportaje de Magazine, de 13 de septiembre, sobre el apasionante retorno del Premio Nobel John Forbes Nash a la cordura no conformista, lo deja bien claro: la locura es un sueño del que se puede despertar. La visión de Nash sobre el conocimiento humano no deja resquicio a la desesperanza. Todo el reportaje es un canto al interés de que el mundo solo tiene interés cuando se va hacia adelante en la vida, en cualquier plano y, sobre todo, en el del conocimiento. No sobra una línea del mismo, todas sus palabras se cruzan con perspectivas saludables, en clave de constante pensamiento racional frente a cualquier irracionalidad de viejo o nuevo cuño.

Los consejos de Nash a los jóvenes estudiantes, tras su viaje de ida y vuelta a la estereotipada normalidad, es un canto a la vida racional creativa: la felicidad no depende de resultados académicos, necesitamos el riesgo, hay que asumir los propios fracasos y atreverse a abordar la maravillosa creatividad haciendo cosas que nos diferencian de los demás, pensar por sí mismos. En definitiva, vivir en permanente equilibrio, según el paradigma de Nash, sabiendo que la locura de vivir es una estrategia para ganar todos al despertar de sueños reales.

Carta enviada a la revista dominical Magazine, el 13 de septiembre de 2009

Sevilla, 4/X/2009

Anónimos de solemnidad

Emigrantes, Shaun Tan

Noticia del sábado 19 de septiembre de 2009: una patera ha naufragado a primera hora de la mañana cerca del islote de Perejil, en aguas jurisdiccionales de Marruecos. Hasta el momento han sido localizados los cadáveres de ocho tripulantes (….) Siete de las ocho víctimas son mujeres y hay alguna embarazada. En la embarcación viajaban unas 40 personas [quizá 60], de las que tan solo once han sido rescatadas con vida: cuatro mujeres y siete hombres. El naufragio de hoy eleva a más de 70 cifra inmigrantes muertos en 2009.

Noticia de 20 de septiembre de 2009: “Creían estar viendo los destellos de un faro. Habían salido sobre las cinco de la mañana para adentrarse en el Estrecho con destino a las costas españolas y poco después estaban perdidos. Uno de los tripulantes de la patera cogió su móvil y llamó al 112. «Dijo que veía las luces de un faro. Y eso hacía suponer que estaban cerca», dice una fuente de la Cruz Roja. «Pero parece que no habían salido de las aguas de Marruecos». El sueño de cada una de las personas que viajaban en aquella embarcación -entre 36 y 40, según han declarado los supervivientes- se fue al traste nada más salir. Seguramente, habían hecho ya lo más duro: atravesar el desierto desde varios puntos de África Occidental durante meses y sobrevivir en Marruecos durante otros tantos. Les quedaban sólo doce kilómetros para llegar a su objetivo, pero la embarcación neumática en la que navegaban volcó en las proximidades del Islote Perejil, en aguas jurisdiccionales marroquíes”.

Noticia del martes 22 de septiembre de 2009: Ayer se cumplió el tercer día de la búsqueda de los inmigrantes desaparecidos el pasado sábado al volcar la embarcación en la que viajaban frente al islote de Perejil. Los resultados siguen siendo negativos.

Noticia de hoy: la tragedia de Perejil ha dejado de ser noticia.

Mientras, como no me quedo tranquilo, vuelvo a leer un post que escribí en 2006 y que me conmueve siempre por su historia de secreto: La parábola de los eritreos. Los nuevos pobres de solemnidad. Anónimos, a palo seco. De vidas en busca de luces de faro, porque todavía sigue vigente aquella pintada que descubrí en una pared de Sevilla en 1977: «A los de vida destrozada, ¿quién los reivindica?»

Sevilla, 23/IX/2009

El orgullo de Apeles (parábola actual)

Sandro Botticelli, La calumnia de Apeles (1495)

Cuentan las buenas lenguas, ¡menos mal en los tiempos que corren!, que Apeles de Cos, era un pintor griego, muy protegido por Alejandro Magno, del que no conocemos obra alguna que podamos valorar, pero que era reconocido en el orbe mundial por su “gracia” especial para reflejar la realidad griega en sus obras. Y cuentan también que una vez pronunció una frase, quizá impertinente, pero que dejaba ver a través de sus pinceles su auténtica persona de secreto: Ne supra crepidam sutor judicaret: el zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias. ¡Valiente atrevimiento el del zapatero! Todo, porque contemplando un día una obra suya, ya había mostrado su insolencia al hacerle un comentario, a priori constructivo, sobre un fallo en el diseño de las sandalias del cuadro. Apeles, todo orgullo, corrigió el fallo. Y cuando pensó que el zapatero ya no hablaría más, ¡zás!, vuelta a empezar. Ya no solo estaba el fallo en las sandalias, dijo el humilde zapatero, sino también en la forma de las piernas pintadas en el cuadro. No sabemos si siguió opinando sobre otras zonas del cuerpo pintado por Apeles, ante su monumental enfado. Solo que le espetó la enigmática frase que después ha derivado en otra más popular: Ne supra crepidam sutor judicaret.

Ya sabemos. Cuando se emite un juicio sobre los demás, hay que ser cautos porque Apeles hay en todas partes, zapateros también, y es probable que debamos mirar antes a nuestros pies para que no se descubra la debilidad de nuestro cerebro. Ya comprendo mejor la frase popular: ¡zapatero, a tus zapatos!, porque de piernas, brazos y cabezas mal pintados, en el ámbito político, andamos sobrados todos.

Sevilla, 13/IX/2009

Ética cerebral (I): ¿instinto ó aprendizaje?

René Magritte, La chambre d´ecoute, 1958

Llevo mucho tiempo pensando en escribir un ensayo sobre esta asombrosa pregunta, resumida en un dilema que nos aprisiona en vida: ¿por qué somos buenos ó malos?, o mejor, ¿por qué actuamos bien ó mal?, incluso con extrema violencia, o peor todavía ¿por qué cuando queremos hacer las cosas bien, salen mal, y además nos autoinculpamos o lanzamos las responsabilidades hacia los demás, sin com-pasión [sic] alguna? Los que hemos crecido en entornos nacional-católicos, apostólicos y romanos, lo teníamos fácil, en principio. Esas preguntas, que son terrenales para las Iglesias, solo tienen una respuesta clara y contundente en la católica y la judía: la responsabilidad de actuar mal, cuando lo tuvimos todo a favor, para actuar bien, es de nuestros antepasados, Adán y Eva, que comieron de una manzana prohibida y desde entonces no hacemos otra cosa que sufrir el mal por todas partes. Así de sencillo (?).

La verdad es que hemos crecido desentendiéndonos poco a poco de estos esquemas, sin que Dios, curiosamente, nos recogiera a tiempo…, con escapadas históricas y lógicas hacia otro tipo de razonamientos, como los que Galileo, Darwin, Einstein y tantos otros científicos nos ofrecieron para justificar razones de la razón para comprender mejor nuestra existencia, la ética de nuestro cerebro. Hoy, con la investigación exhaustiva de las estructuras cerebrales, con medios poderosos de laboratorio, nos atrevemos a hacer la pregunta que encabeza este post, con el ardor guerrero de intentar encontrar respuestas coherentes con la inteligencia humana, con absoluto respeto a todas las personas que les sigue viniendo bien creer en la irresponsabilidad maldita de Adán y Eva.

Inicio con este post una serie que tengo estructurada en capítulos que en algún momento constituirán páginas de un ensayo querido. Hoy solo quiero hacer la presentación, apoyado por un científico que ha trabajado en los últimos quince años sobre esta investigación científica, Marc Hauser, sobre el que ya hice alguna presentación en el post Ética del cerebro, texto premonitorio de la investigación que pretendo llevar a cabo. En su libro “La mente moral”, parte de un planteamiento apasionante que será hilo conductor de mi pre-ocupación actual en este campo de investigación psiconeurológica: “hemos desarrollado un instinto moral, una capacidad que surge de manera natural dentro de cada niño, diseñada para generar juicios inmediatos sobre lo que está moralmente bien o mal sobre la base de una gramática inconsciente de la acción. Una parte de esta maquinaria fue diseñada por la mano ciega de la selección darwiniana de años antes de que apareciera nuestra especie; otras partes se añadieron o perfeccionaron a lo largo de nuestra historia evolutiva y son exclusivas de los humanos y de nuestra psicología moral. Estas ideas se basan en lo que nos permite descubrir otro instinto: el lenguaje” (1).

Creo que una obligación humana por excelencia es llegar al conocimiento de por qué tenemos que encontrarnos siempre con el gran dilema dialéctico del bien y del mal, así como de las consecuencias de las decisiones que tomamos a diario en las que siempre está presente y del que difícilmente aprendemos por acción o por omisión. Si alguna vez llegáramos a explicar la causa de la decisión ú omisión ética de nuestro cerebro, por qué se producen algunas respuestas que no nos agradan o que incluso nos hacen fracasar en un momento o para toda la vida, viviendo un desposorio casi místico con la culpa, haríamos mucho más fácil la vida diaria porque al menos sabríamos a qué atenernos. Hoy, nos agarramos como a un clavo ardiendo, a Dios, a la naturaleza, a la sociedad ó a las personas, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal y de por qué actuamos de una forma ú otra.

Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada, tal como se recogió en la famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva, que son “la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) Estas tres características hicieron de la serpiente el símbolo de la sabiduría, la vida eterna y la inmortalidad, no sólo entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los egipcios, los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la serpiente para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella” (2).

El cerebro contiene un instinto básico que nos lleva a actuar bien o mal con patrones construidos hace millones de años. La estructura cerebral reptiliana que todavía permanece en nuestro cerebro guarda un gran misterio de millones años que debemos descubrir. Es probable que de esta forma sufriéramos menos en el difícil día a día de nuestra existencia y comprendiéramos mejor nuestros propios actos sorprendentes y, lógicamente, los de los demás, aprendiendo qué es la com-pasión (el sufrimiento con o junto a los otros). Básicamente en términos de responsabilidad personal y social, sabiendo que “responsabilidad” es la capacidad de dar respuesta individual o colectiva, con conocimiento y libertad como sus dos elementos esenciales, a cualquier situación que se nos presenta en el acontecer diario. Bien o mal, y hasta qué grado de compromiso o consecuencia, es harina de otro costal. Quizá, de un conjunto de estructuras cerebrales en funcionamiento permanente, sin descanso, que todavía no conocemos, bajo el mando del cerebro reptiliano todavía presente en las llamadas respuestas éticas.

Sevilla, 6/IX/2009

(1) Hauser, Marc (2008). La mente moral. Barcelona: Paidós Ibérica, pág. 17.
(2) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

Soñar en Afganistán


Niño afgano. Fotografía recuperada del blog: Marta mira alrededor, el 31 de agosto de 2009

Leyendo el reportaje sobre Afganistán, “Democracia entre susurros” (Magazine del 16 de agosto), podemos constatar que la lucha por la libertad en ese país es muy difícil, casi un sueño, al encontrarse muchas personas con el “corazón negro”, en palabras de comerciantes que se asombran por presenciar las compras imposibles en cualquier calle comercial, donde el miedo hace estragos a diario por bombas. Esta situación tan oscura obedece a la negación permanente de la inteligencia humana, al estar instalados en el gobierno unos señores de la guerra analfabetos que son protegidos, paradójicamente, por algunos gobiernos occidentales, en una visión del mundo al revés que se simboliza en el símbolo de urnas electorales transportadas a lomos de asnos, que todavía son leales.

Por otra parte, he sabido hoy [18 de agosto de 2009, dos días antes de las elecciones generales] que a preguntas de un periodista, un niño afgano en Kabul, aguador profesional, vive con la ilusión de volar muy alto porque quiere ser piloto. El problema radica en que cuando se le pide que concrete el sitio, no sabe responder sobre lugares alternativos a su dura proximidad, porque no conoce otra posibilidad que volver a su casa cada día, volando bajo, con unos cuantos afganis que recauda, quizá, por la sed de expertos en matar sueños.

Carta publicada en la revista dominical Magazine, el 30 de agosto de 2009

El cerebro cotilla

Vivimos una época resplandeciente de cotilleos, chismes y cuentos. Basta repasar las programaciones de los medios de comunicación y, básicamente, de revistas y cadenas de televisión, para concluir que el cotilleo campa a sus anchas. Muchas veces me he preguntado a qué se debe tal éxito social y desde mi pre-ocupación científica principal, es decir, cómo se comportan las estructuras del cerebro en la vida diaria, me he preguntado qué mecanismos se desencadenan en el cerebro de las personas cotillas, de las cotilleras y cotilleros, para que se obtenga tanto beneficio personal, familiar y social.

Diccionario de Autoridades. Real Academia Española, 1729 (pág. 645,2)

Mi primera aventura investigadora la he centrado en averiguar cómo se fijó, limpió y dio esplendor a la palabra “cotilla” en la sociedad española, en su modo de hablar, sabiendo que cuando se construyen palabras es porque se introyectan en el lenguaje de una sociedad por aceptación popular. La primera vez que se encuentra la definición oficial de “cotilla” es en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia, de 1729 (pág. 645,2), como diminutivo de la “cota”, es decir, un jubón sin mangas, una especie de armadura que se usaba en principio de cueros y después de mallas de hierro o de alambre gordo [sic], y que después se “suaviza” como una casaca de tela, embutida con barba de ballena y pespunteada, recogiendo en esta primera acepción un poema de la Autoridad de la época:

Éste, pues, por sus pecados,
Quiere a una niña de plata,
De esas de cotilla de oro,
Y de tabí de enaguas.

Es en 1927 la primera vez que se introduce en el Diccionario de la Real Academia (RAE Manual 1927, pág. 593, 1-2) un dibujo de la cotilla. Y hay que esperar hasta 1936 a que se introduzca, por primera vez, una segunda acepción del lema “cotilla” como mujer chismosa y parlanchina (RAE U 1936, 365,1). Asimismo, se introduce también una segunda acepción en el lema “cotillero”, con la siguiente definición: persona amiga de chismes y cuentos (RAE Usual 1937, pág. 365, 1). Creo que las fechas no son inocentes y coinciden con una etapa histórica del país, la II República, que permitía estas libertades, aunque con un severo toque machista, que todo hay que decirlo y que fija definitivamente el Régimen, manteniendo la acepción sin cambio alguno en sucesivas ediciones. En la edición de 1956, es la última vez que se incluye la acepción de “cotilla” como mujer chismosa y parlanchina. Es en la edición de 1970 cuando se introduce por primera vez en masculino y femenino la definición de cotilla (segunda acepción), como persona amiga de chismes y cuentos, que se ha mantenido hasta la última edición de 1992 (22ª). Es en esta edición donde se consagra también el lema “cotilla” como segunda acepción de la palabra “cotillero”, introducida en 1937, como persona amiga de chismes y cuentos.

Esta intrahistoria del vocablo traduce la actividad cerebral de la persona cotilla, como una acción vinculada en principio a mujeres, cotilleras, de por sí chismosas y parlanchinas, pero que posteriormente se reconoce a toda persona que es amiga de chismes y cuentos, sin olvidar que al unirse la palabra “cotilla” al vocablo cotillero, se puede deducir claramente que la actividad de cotilleo se llevaba a cabo, fundamentalmente, en los talleres de los cotilleros, artesanos nada inocentes y siempre rodeados de mujeres a las que hacían los ajustadores de ballenas. Me quedo con la última acepción extendida a toda clase de personas, para intentar dilucidar por qué el cerebro construye este rasgo de personalidad, de tanto éxito en el momento actual. Y los sucesivos diccionarios de la Real Academia son implacables desde el siglo XVIII con los chismes y con las personas chismosas, como identificador de este rasgo tan peculiar: persona que es cuentista, enredadora y que se ocupa en meter cizaña entre amigos y parientes y persona que es pesquisidora de cuanto pasa, y aún de lo que no pasa, inventora, parlera y chismosa (RAE A 1729, 325,1), ésta última definición atribuida a Fray Luis de León, en La Perfecta Casada §.9. Porque el chisme es murmuración o cuento con que alguno intenta descomponer una persona con otra metiendo cizaña, y refiriendo lo que no tiene necesidad de que se sepa. Chisme viene del latín Schisma, por ser este el efecto del chisme, la separación, el cisma, que siempre causa discordias y malas avenencias.

¿Por qué construye el cerebro chismes y cuentos, como perfecto cotilla? Sin lugar a dudas porque esta actividad produce bienestar y satisfacción en muchas personas, a través de neurotransmisores amables para determinadas estructuras cerebrales. Porque el cerebro, a través del sistema límbico, siempre busca el mejor camino para la satisfacción, porque garantiza el bienestar diario, aunque sea momentáneo, a ráfagas. El cerebro, que aprende perdiendo y ganando, agota el conocimiento de lo que pasa, como “pesquisidor” de cuanto sucede a nuestro alrededor, aunque no seamos conscientes de ello, sea o no verdad. Siempre está grabando por diversas “pistas” e intenta recuperar aquello que causa satisfacción, recuperando lo que ha guardado en el hipocampo. Y en esta actividad frenética interviene el aprendizaje respecto de lo que acontece en cada vida, desde la preconcepción, donde el adiestramiento en este tipo de actividades, fabricar chismes y cuentos, puede ser una actividad perfectamente asumida en entornos familiares, laborales y de amigos. Si además, socialmente hablando, causa reconocimiento e hilaridad, por lo que se dice y se comenta, el bienestar está servido. Multiplicando el bienestar oculto o expreso, por cien, si estos chismes o cuentos se fabrican por periodistas científicos, que es como se denominan hoy determinados cotillas profesionales, como patente de corso de lo que ocurre en los entornos cotillas de papel cuché o de la alta definición. Multiplicando los cachés de chismosos y cuentistas, de las marcas comerciales, de las empresas de publicidad. Con el dinero de todas y todos los cotillas, al comprar y consumir aquellos productos que se introducen en la cadena de anuncios del programa de cotilleo, como descanso en el papel investigador de la vida de los demás, a cualquier precio, porque a mayor audiencia, mayores ingresos, a costa de los pesquisidores de cuanto pasa, y aún de lo que no pasa, inventores, parleros y chismosos.

El pasado 26 de agosto leí un post en el blog de un periodista muy querido, Juan Cruz, que llevaba por título “El gen del cotilleo”. Termino este post con sus palabras, porque resumen muy bien hasta donde puede llegar el cerebro humano, cotilla y cotillero, que no puede con ese gusano de la aparente felicidad: “El cotilleo es como el gusano inservible de las frutas, lo quitas y parece que la fruta ya no está contaminada por la actividad modesta e insistente del gusano. Pero el gusano, en el mundo de la información malsana, es decir, del cotilleo, el rumor y la difamación, que muchas veces están juntos, es como un gusanillo, intriga su cuerpecillo, lo vemos deambular en torno nuestro y no nos decidimos a matarlo; creemos que es, tan solo, una sombra, y termina apoderándose de la fruta. Este contagio del cotilleo está afectando a la conversación cotidiana, daña a la esencia de lo que nos decimos y abre la puerta para aventuras aún más arriesgadas, en las que se pone en peligro la estima de los otros, y, aunque eso no se note en la superficie, nuestra propia autoestima. Ayer hablaba Gaspar Llamazares en el Congreso de «las mentiras de destrucción masiva». Hay mentirijillas que si se ponen juntas, y se animan a través del cotilleo, destruyen masivamente no sólo la conversación sino la reputación de las personas, generan un bicho bochornoso del que se tendría que prevenir la sociedad, y no sólo la sociedad de la cultura, la política o el espectáculo, sino la sociedad entera, que un día va a encontrarse que no halla otro tema de conversación que la que propone el cotilleo como materia informativa. El gen del cotilleo está excitadísimo, no le demos tregua”.

Sevilla, 29/VIII/2009

La historia de Erika

http://obrasocial.lacaixa.es/

Comprendo que detrás de Erika está una entidad financiera, sujeta a todo tipo de opiniones y críticas. Pero tengo que reconocer que junto a la estrategia comercial de la misma, hay que aceptar la realidad de lo que señala: el estrago de la pobreza en España, también en mi “ciudad de las personas”, Sevilla, que también “de los pobres”, y las palabras de Erika, en su pequeña historia con alma, me han hecho reflexionar muchas cosas. Por este motivo, las recojo en este post, sin agregar nada más, porque por sí solas pueden volar para posarse, en el silencio digital, en personas con alma…

Yo no tengo cosas…
Lo único que tengo son los libros y ya está

A ver… sé cocinar, sé limpiar,
sé hacer la compra, poner lavadoras…

No sé… cuidar a mis hermanas,
ayudarlas en los deberes, ducharlas y todo esto.

Me hubiera gustado no ser tan mamá.

Yo prefiero estar en el colegio antes que en mi casa
con problemas, pero claro si no podía irme…

Por eso también faltaba porque tenía que estar al cargo
de mis hermanas mientras mi madre trabajaba y eso.

Habrá que apechugar con lo que haiga [sic].

Me gustaría sacarme una carrera…
de profesora… de matemáticas.

Sevilla, 23/VIII/2009