El Día Mundial del Libro nos recuerda que hay que contar viviendo, con alma

Sevilla, 23/IV/2024

Somos seres entretejidos de relatos, bordados con hilos de voces, de historia, de filosofía y de ciencia, de leyes y leyendas. Por eso, la lectura seguirá cuidándonos si cuidamos de ella. No puede desaparecer lo que nos salva.

Irene Vallejo, en Manifiesto por la lectura.

Hoy se celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, celebración para la que el Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura, ha presentado un cartel conmemorativo, realizado por la ilustradora Luci Gutiérrez (Barcelona, 1977), que fue Premio Nacional de Ilustración 2023 “por su excepcional trayectoria y por ser una de las artistas más sobresalientes en el panorama actual, referente de la ilustración española dentro y fuera de nuestras fronteras”. El cartel ilustra una frase de Luis Mateo Díez, el último autor galardonado con el Premio de Literatura en Lengua Castellana ‘Miguel de Cervantes’ en 2023, que otorga el Ministerio de Cultura, cuyo proceso creativo se puede observar con detalle en la presentación de la autora que figura en el vídeo que encabeza estas palabras. De su extensa obra se ha escogido, para inspirar el diseño, la frase «vivo contando y cuento viviendo, la ficción es una parte imprescindible de la existencia».

En este año, además de llevarse a cabo esta celebración, culmina el Plan de Fomento de la Lectura 2021- 2024, con un lema, Lectura infinita, que tenía como principal objetivo, en su presentación oficial, “incrementar los índices de lectura en nuestro país y contribuir a resituar el hecho lector más allá de un instrumento de ocio, reconociendo la lectura como un vehículo fundamental para la salud, el aprendizaje, la cohesión social y la economía digital”. El documento, de 61 páginas, abordaba en su prólogo qué significa la necesidad de leer, con una frase de José Jiménez Lozano, ganador del Premio Cervantes 2002, en la que se explica en pocas palabras la urgencia de la lectura: “Se puede tener gusto por la lectura o no, pero leer no es una cuestión de gusto o afición, sino una necesidad verdadera y solo necesitamos percatarnos de ella”. Continúa expresando que la lectura “completa la vida de las personas por tratarse de un acto que proporciona un espacio personal para la evasión, la transformación y el enriquecimiento del individuo, aportándole paz mental y abriéndole la puerta a nuevos mundos, personas e ideas con los que poder crear un diálogo íntimo. La lectura agiliza además la actividad cerebral, puesto que requiere de una concentración y atención que estimula la capacidad cognitiva del individuo, creando nuevas conexiones neuronales y contribuyendo a prevenir enfermedades degenerativas. Lo defiende así Irene Vallejo, en su obra Manifiesto por la lectura  (1), que ya he comentado en este cuaderno digital y que tanto aprecio como regalo: “los libros ofrecen un gimnasio asequible y barato para la inteligencia en todas las edades, y tan solo por ese motivo sería aconsejable incluirlos desde la más temprana infancia y mantenerlos a lo largo de la vida” o cuando hace un canto precioso a la lectura: “Somos seres entretejidos de relatos, bordados con hilos de voces, de historia, de filosofía y de ciencia, de leyes y leyendas. Por eso, la lectura seguirá cuidándonos si cuidamos de ella. No puede desaparecer lo que nos salva. Los libros nos recuerdan, serenos y siempre dispuestos a desplegarse ante nuestros ojos, que la salud de las palabras enraíza en las editoriales, en las librerías, en los círculos de lecturas compartidas, en las bibliotecas, en las escuelas. Es allí donde imaginamos el futuro que nos une”.

Llegará la hora de evaluar este ambicioso Plan, que contemplaba 12 desafíos y 11 programas y líneas de actividades de sumo interés público, un examen final de lo acontecido que ya se asumía en su presentación oficial. Asimismo, en el Epílogo, ofrecía diez claves a modo de acróstico del Plan. PACTAS LEESPacto. El fomento de la lectura como un empeño colectivo que contribuya a resituar al hecho lector más allá de un instrumento de ocio; Aproximación a un nuevo concepto de lectura. Elaboración de una nueva narrativa sobre qué es lectura y su impacto en la vida de las personas y en la sociedad; Contamos con lectores en nuestro país. En España sí se lee. Fomentar la lectura en positivo; Toda lectura comienza en la creación. Estatuto del artista; Alianzas múltiples que vinculen a organizaciones y empresas que no estén especializadas en este campo y multipliquen el impacto de la actividad de fomento de la lectura; Sin fronteras en la lectura. Proyección internacional, con especial atención a América Latina; La investigación y el estudio generadores del capital de conocimiento sobre la lectura. Redefinición del Observatorio de la Lectura y el Libro; Especial apuesta por la innovación. Laboratorios ciudadanos; Extender la lectura en el campo. Afrontar el reto del fomento de la lectura en la España vaciada; Sostenibilidad y lectura. Leer para cumplir con 2030.

Siendo muy respetuoso con la frase que ha inspirado el cartel de este año, vivo contando y cuento viviendo, la ficción es una parte imprescindible de la existencia, expresada por Luis Mateo Díez, que hoy recoge el Premio de Literatura en Lengua Castellana ‘Miguel de Cervantes’ de 2023, «por ser uno de los grandes narradores de la lengua castellana, heredero del espíritu cervantino, escritor frente a toda adversidad, creador de mundos y territorios imaginarios”, creo que el acto literario de contar viviendo sólo se puede llevar a cabo cuando se escribe con alma. Esto es así, porque los libros tienen algo especial, porque estremecen el alma. Me lo recuerda siempre la escritora Irene Vallejo (anteriormente citada), en Manifiesto por la lectura, en uno de sus capítulos caligráficos dedicado al estremecimiento de agua, trayendo a colación unas palabras de Federico García Lorca en el contexto de la alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, un discurso leído por la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros en el mes de septiembre de 1931, sobre el que ya he tratado algunos de sus párrafos, en varias ocasiones, en este cuaderno digital: “Nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, el esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado. El libro es sin disputa la obra mayor de la humanidad. Muchas veces, un pueblo está dormido como el agua de un estanque en día sin viento. Ni el más leve temblor turba la ternura blanda del agua. Las ranas duermen en el fondo y los pájaros están inmóviles en las ramas que lo circundan. Pero arrojad de pronto una piedra. Veréis una explosión de círculos concéntricos, de ondas redondas que se dilatan atropellándose unas a las otras y se estrellan contra los bordes. Veréis un estremecimiento total del agua, un bullir de ranas en todas direcciones, una inquietud por todas las orillas y hasta los pájaros que dormían en las ramas umbrosas saltan disparados en bandadas por todo el aire azul. Muchas veces un pueblo duerme como el agua de un estanque un día sin viento, y un libro o unos libros pueden estremecerle e inquietarle y enseñarle nuevos horizontes de superación y concordia” (2).

Lectura infinita, libertad asegurada

(1) Vallejo, Irene, Manifiesto por la lectura, Madrid: Siruela, 2020.

(2) Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros. Discurso leído por la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros (septiembre, 1931) / Federico Garcia Lorca | Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (cervantesvirtual.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

En el mundo digital, tengo que demostrar, frecuentemente, que “soy un ser humano”

Sevilla, 21/IV/2024

Me pasó hace unos días, al intentar contactar con una empresa por internet. Para hacerlo y por razones de “seguridad”, me pidieron lo siguiente: “Verifique que usted es un ser humano”, a lo que tenía que responder marcando una casilla. Lo hice y, efectivamente, ya podía “contactar” con ellos, porque le quedaba “claro” a la máquina que era un ser humano, cosa que me “tranquilizó” ante la duda previa de la máquina inteligente, así como que podía enviarles un mensaje, eso sí, siempre que leyera y aceptara los términos recogidos en la política de privacidad de la empresa en cuestión, acción que tenía que marcar de nuevo. 

Sé que estas actuaciones se llevan a cabo para respetar la legislación vigente en relación con la protección de datos personales, algo que defiendo y aplaudo, obviamente, pero la petición primera por parte de una máquina para un simple contacto, es decir, la verificación por mi parte de que “soy un ser humano”, creo que se debería formular de otra forma, porque mi identidad se puede verificar por otros medios, debiéndose explicar también el motivo, la no confusión con una máquina, así como la temida suplantación de identidad.

Hace seis meses me ocurrió algo parecido, en una variación ex machina sobre el mismo tema de fondo. Tuve un incidente con una entrega de un envío de Amazon y para solucionarlo entré en su portal, donde me daban explicaciones estandarizadas y automatizadas sobre lo ocurrido, brindándome finalmente y pasados unos días de larga espera, la oportunidad de elegir un chat, porque de esa forma podía “llegar rápido dónde quería ir” (textualmente). La sorpresa vino a continuación, porque me informaban que “nuestro asistente de mensajería averigua rápidamente con qué necesitas ayuda y lo soluciona inmediatamente o te conecta con un humano para que te ayude”. ¡Aleluya!, me dije, dado que viene siendo una práctica habitual en los servicios de contacto o atención al cliente, que todo esté automatizado, deshumanizado, en una palabra, sin intervención “humana” alguna por la parte contratante, que diría Groucho Marx, con gran desesperación y pérdida de tiempo casi siempre, porque por mucho que avancen los asistentes virtuales, mucho más ahora con la inteligencia artificial, nada es tan necesario como el contacto humano, no digamos cuando el interlocutor que demanda un servicio es una persona mayor o con escasos recursos de aprendizaje digital. ¡Por fin, podía hablar de tú a tú, de humano a humano!

La verdad es que en aquella ocasión me sorprendió el ofrecimiento, al igual que la verificación última narrada al principio, porque fue a través de este “contacto humano”, posiblemente desde la perspectiva de un «extraterrestre» (así me podía sentir y así me siento frecuentemente), la forma en la que pude resolver el problema, que tenía muchos matices difíciles de transmitir y abordar en una interrelación exclusiva persona-máquina. Creo que se ha llegado a una situación difícil de entender por los “humanos”, como denomina Amazon a sus “agentes” de atención al cliente, o como lo sentí en mi última experiencia de “verificación de ser humano” que contaba al principio. El contacto de Amazon terminó con otra realidad que se da en nuestro país, en la mayoría de los servicios de atención al cliente: los “humanos” del otro lado, con los que entablé ese contacto tan deseado y necesario, eran latinoamericanos. Nada fue tan confortable como su despedida: ¡Lindo día!, aunque me dejó muchos interrogantes sobre la ausencia de contratación de estos servicios y las personas correspondientes en este país, tan falto de trabajo cualificado.

En la última experiencia comentada, sólo la cumplimentación de una casilla me abrió las puertas de la humanidad digital, si es que se puede denominar así este nuevo mundo al revés, cuando las tecnologías, casi siempre de doble uso, se utilizan de forma no adecuada. Creo que hay que cuidar el contacto humano en cualquier interrelación digital y una casilla cumplimentada, no creo tampoco que sea la forma de hacerlo, porque hay otras muchas mucho más confortables para las personas. Como he afirmado en diversas ocasiones en este cuaderno digital, nada digital me es ajeno, como casi todo lo que rodea mi vida personal y profesional, que no es inocente. Recuerdo que Cremes, un personaje curioso que protagonizó una obra del dramaturgo Terencio, El enemigo de sí mismo, pronunció una frase al comienzo de la obra, inolvidable, profunda, que no ha perdido su frescura a pesar de los siglos que han transcurrido desde que se escribió en un texto y contexto muy concretos: Hombre soy; nada humano me es ajeno (Homo sum; humani nihil a me alienum puto). Hoy, vuelvo a agregar a esta frase excelente un nuevo adjetivo, digital, que me ha acompañado de forma expresa desde hace ya muchos años, cuando leí una obra iniciática de Nicholas Negroponte, El mundo digital, que significó un giro copernicano en mi vida profesional y que tampoco olvido. Siempre he esperado de las tecnologías de la información y de la comunicación calidad científica suficiente para ayudar a transformar la sociedad actual, que sufre cambios tecnológicos exponenciales desde hace ya muchos años, instalada en la enésima revolución industrial, donde hay muchas preguntas holísticas sin responder, con sustrato legal, ético y social de un calado excepcional. Una de ellas es la sustitución de las personas por máquinas inteligentes, importante en muchos casos, porque no hay que negar los cambios tecnológicos en la industrialización de la vida, obviamente, pero en la relación de las personas con las máquinas habría que ser muy cautos.

El ejemplo recordado de lo que me sucedió con Amazon, mucho más allá de la ironía de fondo con el que lo traté en su momento, al igual que lo que me ha sucedido últimamente al querer entrar sólo en contacto con una empresa del mercado digital, en la que me pedía una “verificación personal de que yo era un ser humano”, muestra una evidencia, porque en el caso de Amazon, como empresa puntera, me consta que tiene todas la tecnologías necesarias de atención al cliente, para dar y regalar, pero junto a ellas dejan una puerta abierta a la “ayuda de un humano”, no como algo antecedente en cualquier transacción sino como consecuente. Ese es el problema. Esa frase “humana” es proverbial y resume el estado de la cuestión. El único problema es que hasta llegar a ese “humano”, sólo se habla (es un decir) de forma desesperante con máquinas y dígitos. Es posible que después de un arduo camino digital, en muchas ocasiones, nos encontremos con él, sintiendo en ese momento lo que le pasó a Diógenes de Sínope, un filósofo que también “buscó siempre un hombre”, prototipo de la escuela cínica, porque él mismo aspiraba a ser todo un hombre y no lo encontraba tampoco tan fácilmente. Será el momento de gritar a los cuatro vientos, ante miles de servicios de atención al cliente que en el mundo son, que “¡buscamos humanos, personas!”, que nos atiendan en el terco día a día digital. En mi caso, comprendí en mi interlocución con “un humano” de Amazon, el significado de la cuarta acepción del adjetivo “humano” en el diccionario de la Lengua Española, en su actualización de 2022: ese “humano” fue una persona “comprensiva y sensible a los infortunios ajenos”. 

Una vez más y en el contexto digital en el que estamos instalados, se comprende bien que al buen entendedor “humano”, con pocas palabras “humanas” basta.

 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

 

Orobroy, el pensamiento profundo de Dorantes

Sevilla, 20/IV/2024

Orobroy, en lenguaje caló, la obra maestra del pianista David Peña Dorantes  (Lebrija, Sevilla 1969), publicada en 1998, con un significado profundo en castellano, pensamiento, forma parte de mi memoria histórica por la relación que hace ya muchos años mantuve con la familia Peña, en Lebrija (Sevilla), una saga familiar gitana vinculada con los Perrate de Utrera, también en la provincia de Sevilla. La llevo en mi persona de secreto, fundamentalmente a Juan “El Lebrijano” y a su hermano Pedro, de los que estuve muy cerca por el fallecimiento repentino de su padre en el Hospital Universitario San Pablo, consolándolos y transmitiéndoles mi afecto. Ahora, Dorantes, hijo de Pedro, me recuerda a diario con ”Orobroy”, su maestría de composición e interpretación con el piano flamenco, en un fragmento incorporado como tono de llamada en un móvil familiar.

Hoy, he recordado también una entrevista en la que Dorantes contaba cómo nació Orobroy: “Pues el recuerdo que tengo es una fiesta que se formó en el salón de la casa de mi tío Juan El Lebrijano. No recuerdo qué se estaba celebrando, sólo que estaba toda la familia. Estaba mi abuela, todos mis tíos por parte de Lebrija, Fernanda y Bernarda que también vinieron de Utrera, y hasta La Turronera. Yo me quedé allí a dormir y recuerdo que me levanté por la mañana y, como mi tío Juan tenía un piano en la casa, me senté y di los primeros acordes de Orobroy esa misma mañana, intentando expresar lo que había sentido. Y ahí empezó. Cuando llegué a Sevilla, terminé de desarrollarla con aquella idea”.

Lo importante de esta composición es su extraordinaria partitura integral, que refuerza con su letra, cuyos autores son Pedro Peña Fernández y su hijo, David Peña Dorantes, para comprender mejor qué quiso transmitirnos Dorantes con esta bella obra, cantada por un coro de niños y niñas, reivindicando una historia dolorosa del pueblo gitano y su forma de devolver al mundo una muestra de su dignidad humana y asunción liberadora del castigo multisecular que ha sufrido y sufre esta etnia:

Bus junelo a purí golí e men arate

Cuando escucho la vieja voz de mi sangre

Sos guillabela duquelando palal gres e berrochí

Que canta y llora recordando pasados siglos de horror

Prejenelo a Undebé sos bué men orchí callí

Siento a Dios que perfuma mi alma

Ta andiar diñelo andoba suetí tujis pre alangarí

Y en el mundo voy sembrando rosas en vez de dolor

En este mundo al revés, sumido en guerras imposibles, me emociona hoy pensar que podemos sembrarlo de rosas en vez de tanto dolor. Y escucho como en bucle permanente el mensaje de las notas de esta preciosa composición, porque Dorantes, cuando la toca, nos arranca lágrimas, algo parecido a lo que Gabriel García Márquez dijo en una ocasión refiriéndose a su tío Juan: cuando Lebrijano canta, se moja el agua

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UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

El horror fotografiado en Gaza, que denuncia silencios cómplices (II)

Mohammed Salem / REUTERS

La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir. / Los civiles tienen miedo a los militares. / Los militares tienen miedo a la falta de armas. / Las armas tienen miedo a la falta de guerra. / Es el tiempo del miedo.

Eduardo Galeano, en El miedo global

Sevilla, 19/IV/2024

El pasado 21 de marzo publiqué por primera vez el artículo que sigue. Hoy vuelvo a hacerlo, al haber obtenido ayer el World Press Photo de 2024, la imagen que reproduje ese día en la cabecera, a título de denuncia reiterada de lo que ha sucedido y sigue sucediendo en Gaza, porque no quiero participar en silencios cómplices, que ayer tuvo una manifestación excelsa, yo diría que impresentable, al vetar EEUU en la ONU su apoyo a la solicitud de Palestina para su reconocimiento, en la citada organización, como miembro de pleno derecho. Una vez más, el mundo y la ONU al revés.

El horror fotografiado en Gaza, que denuncia silencios cómplices

Sevilla, 21/III/2024

Incorporo hoy a mi cuaderno digital una imagen, que acaba de ganar el premio Ortega y Gasset de Periodismo a la mejor fotografía en 2023, otorgado por el diario El País en su 41ª edición, en la que figura una mujer palestina, Inas Abu Maamar, abrazando el cuerpo de su sobrina de 5 años, Saly, muerta tras un ataque israelí, el 17 de octubre de 2023, en el hospital de Nasser, en Gaza.

Contemplando esta imagen, que me conturba y conmueve, he recordado uno de mis principios, Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio, aprendido hace ya muchos años del abate Joseph Antoine Dinouart. en un precioso libro (1), El arte de callar(Principio 1º, necesario para callar). Estamos pre-programados genéticamente para hablar, lo que nos lleva a comprender que callar es un arte y una defensa neuronal, perfectamente organizada en el cerebro, mediante la complementariedad sinfónica de diversas estructuras cerebrales, porque la realidad terca es que tenemos que hacer esfuerzos para callar porque no estamos pre-programados para ello. Hablamos porque recordamos: palabras, gestos, acontecimientos vitales, entre otras razones de vida, como pueden ser las imágenes de esta guerra en Gaza. Callamos, porque inhibimos determinadas palabras, gestos, acontecimientos vitales y todos los aprendizajes acumulados a lo largo de la vida sobre estas estructuras conductuales y éticas. Y los silencios se acaban proyectando también a través de los estereotipos definidos en determinadas enfermedades mentales y sociales, como pueden llegar a ser los silencios cómplices que tanto detesto. 

Vuelvo a leer el libro citado, yendo directamente a la página 53, donde figura el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, ética cerebral del silencio y ruptura del mismo cuando se convierte en silencio cómplice porque, callando, hacemos mucho daño a los demás o dejamos pasar situaciones impresentables e inadmisibles desde la perspectiva de derechos y deberes humanos, como las que estamos viendo y consintiendo todos los días en Gaza, sin mezcla de denuncia alguna por cualquier medio, legitimado en derecho, como puede ser esta fotografía premiada. Cada uno, cada una, con su responsabilidad en alzar la voz de denuncia para acabar con esta escalada de irresponsabilidades públicas en los Gobiernos mundiales, los que en definitiva son los auténticos Señores de la Guerra.


(1) Dinouart, A., El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.), 2003.

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Rosalinda Miller Cid, una poeta que vivió y murió en la calle

Cada vez que alguien escribe un verso / el Juicio Final se aleja un segundo.

Rosalinda Miller Cid

Sevilla, 18/IV/2024

En mi singladura actual, acabo de descubrir una isla desconocida, la vida y obra de una poeta excepcional, Rosalinda Miller Cid (1966-2019), situada en el espectro de las nadies de Galeano, fuera de los circuitos oficiales del mercado, de la industria pura y dura de la vida y, concretamente, del libro, en el que emergen editoras de gran dignidad humana y profesional. Es obligado, por mi parte, reconocer que este hallazgo lo debo a la lectura de un artículo escrito con alta sensibilidad humana en elDiario.es: Rosalinda Miller Cid, la revelación de la poesía española que vivió y murió en la calle, del que recomiendo su atenta lectura.

En este caso, la editora sevillana Libros de la herida, ha publicado Otro día en un jardín extraño. Poesía de una vida sin hogar, un libro que recoge poemas de un cuaderno mágico de Rosalinda Miller y, otros, aportados por personas a las que ella los entregó en algún momento de su vida. El libro es un homenaje póstumo a esta poeta, que vivió y murió en las calles de Sevilla, de la que siempre se ha sabido poco, aunque su deambular por las aceras de esta ciudad, a las que tanto amó la urbanista Jane Jacobs, la hizo muy popular en el barrio de la Macarena, en la que Stefan Zweig, en una visita breve, dijo que “se podía ser feliz”.

No la conocí en mi andar cotidiano por esta ciudad y ese barrio, pero quien desee acercarse a esta mujer que hizo poesía de su azarosa vida, debe leer el prólogo de esta obra, escrito por David Eloy Rodríguez, una persona de las imprescindibles de Brecht, que la editora, de forma generosa, ha puesto a disposición de quien esté interesado en conocer a Rosalinda y la forma en la que se ha elaborado un justo reconocimiento a su persona y obra. También es justo señalar el papel que juega en esta ciudad el laboratorio de escritura creativa para personas sin hogar, que el autor del prólogo programa, coordina e imparte en un espacio facilitado por la asociación Solidaridad para el Desarrollo, al que Rosalinda acudía de forma asidua y con una actitud ejemplar.

La sinopsis oficial de esta obra, nos ofrece una oportunidad de compartir su forma de aprehender la vida desde la poesía de una persona perteneciente a una clase de personas que, en su difícil e incomprendido día a día, nos enseñan el auténtico valor de la dignidad humana: “Rosalinda Miller Cid (Sevilla, 1966 – 2019) murió en la calle. Era una persona sin hogar. La poesía era su refugio, su manera de comprender, contar y transformar el mundo. Lo poco que sabemos de su vida (una existencia intensa, agitada y azarosa, repleta de enigmas) lo cuenta en el prólogo de este libro David Eloy Rodríguez, así como la forma en que estos versos llegaron a verse publicados: una historia singular. La impactante voz poética de Rosalinda recoge con sabiduría y precisión, con intensidad y hondura, la experiencia de la más radical intemperie. Los derechos de autor de este libro irán destinados a las personas que sufren marginalidad y exclusión social”.

Todavía, a la hora de enfrentarme hoy a esta página en blanco, sigo dedicando tiempo de mi silencio interior a un poema de este libro, en el que Rosalinda Miller habla de sus “posesiones”, título del mismo, demostrando una vez más que a ella sólo le quedaba la palabra: “El diccionario secreto de las heridas./ Un maquillaje de silencio en una cajita de amargura./ Una foto de la morada ausente./ La carga de un batallón de miradas incesantes./ Las agujas de un reloj que tiene las horas rotas./ El sufrimiento de un largo camino./ La orquesta de la necesidad./ Una almohada sin sueño ni descanso./ El yugo de una vida perdida./ Un equipaje estancado en el abismo./ La desnudez plena en una realidad que no se elige./ Un diario que escribo sola, en húmedos cartones, por la noche./ Un mapa para perderse en el tiempo de la oscuridad”.

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UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Ayer recordé a la orquesta del Titanic

Fotograma de “Titanic”, 1997

Sevilla, 15/IV/2024

Hoy, a las 2:20 horas de la madrugada, se han cumplido ciento doce años del hundimiento del trasatlántico RMS Titanic en el norte del Océano Atlántico, tras chocar contra un iceberg frente a las costas de Terranova, un hecho luctuoso en el que murieron 1.517 personas que iban a bordo, como tripulación y pasajeros. De este acontecimiento que conmovió al mundo, siempre me ha quedado la huella de la famosa orquesta que iba también a bordo, la Wallace Hartley Band, para ofrecer divertimento al pasaje y cómo siguió tocando impertérrita hasta el hundimiento total del buque.

Salvando las distancias y todo lo que haya que salvar, ayer recordé a esta afamada orquesta cuando conocí el ataque iraní con cientos de misiles y drones contra el territorio de Israel, una amenaza de guerra que nos dejaba al borde del precipicio de un conflicto mundial de incalculables daños humanos y materiales. La recordé, porque creo que no hemos tomado conciencia todavía de que este tipo de escaramuzas guerreras las contemplamos como lejanas, a modo de música interpretada por los nuevos músicos de un Titanic imaginario, intentando seguir viviendo como si no pasara nada, a pesar de los avisos continuos de que el mundo se hunde. Y lo que tengo claro, mirando de frente a los nuevos músicos de ese nuevo Titanic imaginario es que todos no vamos en el mismo barco y que no nos da igual lo que está pasando en Gaza, por señalar algo muy concreto. Bastaría una locura de Putin o una respuesta de Israel alocada, para que la gran nave mundial se hundiera con música de fondo siguiendo la estela del Titanic.

Creo que ha llegado el momento de escoger el barco en el que va cada uno por la vida, porque si algo tengo claro es que todos no vamos en el mismo. En el mío, una patera, no cabe músico alguno para entretenerme hasta su hundimiento por la desazón de la vida, fundamentalmente porque su gobierno depende de mi cuaderno de derrota, en lenguaje marino, de mi responsabilidad ética en el cada día de la vida.

En 2016 escribí un artículo bajo el título En el mismo barco, en el que explicaba que en noviembre de ese año se había estrenado un documental, In the same boat (En el mismo barco), que resumía en su título una idea muy brillante del sociólogo Zygmunt Bauman: “ya estamos todos en el mismo barco, pero lo que nos falta son los remos y los motores que puedan llevar este barco en la dirección correcta”. Se refería al ecosistema social de escala mundial en el que navegamos en estos momentos casi hacia ninguna parte: “En tiempo de crisis siempre se ha dicho que no es conveniente hacer mudanzas, pero no estoy de acuerdo con este aserto ignaciano en situaciones tan dramáticas como las que se están experimentando a nivel mundial, con un impacto importante en este país, aunque se quiera ocultar casi a diario. Estamos viviendo en un mundo con una clamorosa ausencia de valores y, sobre todo, de ética, tal y como lo aprendí de un maestro en el pleno sentido de la palabra, el profesor López Aranguren, cuando la definía como el «suelo firme de la existencia o la razón que justifica todos los actos humanos», que tantas veces he abordado en este blog”.

Dije también que ante el contexto actual mundial, con la crisis de la pandemia que sobrevolaba sobre nuestras vidas y que tan rápidamente hemos olvidado, “estas razones nos obligan a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo. Lo contrario es obvio y se ve venir porque navegamos en mares procelosos de corrupción y desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él. Lo que verdaderamente me enerva es contemplar cómo se suelen liquidar estas situaciones tan transcendentales con la consabida frase de que “todos vamos en el mismo barco” y eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, en pateras”.

Me reitero en algo de lo que estoy muy convencido: es probable que a este barco ético y esperanzador no suban nunca quienes no están interesados en que el mundo mejore, porque los poderes fácticos que dirigen y protegen la maquinaria de la guerra en cualquier lugar del mundo, el terrorismo de cualquier cuño, así como los vestidos de negro, deciden desde hace ya mucho tiempo el funcionamiento y los altibajos del ecosistema económico y financiero mundial, desde una torre en Manhattan, a través de portátiles y teléfonos inteligentes. Ellos viajan en barcos privados, en cruceros del mal, que no surcan nunca estos mares, para ellos procelosos, contratando incluso a orquestas que los entretienen hasta el final de sus días. Lo que detesto también es el abandono de la lucha en situaciones difíciles, como las que estamos atravesando ahora, en las que aquellos que estaban a veces con los que deseamos estos cambios urgentes en las políticas mundiales, europeas y nacionales, se arrojan a un mar en el que cada vez hay menos sitio, porque dicen que esto no tiene remedio. Lo paradójico es que cuando se avance en la búsqueda de soluciones surcando mares diferentes que posibiliten otro mundo mejor, falte ya sitio o barco, según se mire, para recoger a los que en tiempos revueltos se tiraron al mar porque nunca quisieron buscar otras alternativas a este mundo que no nos gusta. El resultado es este aforismo personal:

1. A veces, falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco…
2. A veces, falta barco para recoger a todos los que se tiran a ese mar…

Mientras, los músicos del nuevo Titanic imaginario, seguirán tocando para este mundo al revés como si no pasara nada.

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UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Imaginarium, un juguete roto

Sevilla, 14/IV/2024

El pasado 2 de abril cerró definitivamente Imaginarium, una aventura empresarial en torno al mundo imaginario de los juguetes y derivados, después de 32 años de vida empresarial, tras una quiebra que ha sido la crónica de un cierre anunciado durante los últimos diez años, por causas múltiples, llevando al paro a más de cien trabajadores en su última etapa, en una organización que llegó a contar con más de 800 empleados y 420 tiendas repartidas por más de 20 países, alcanzando en el momento de máximo esplendor una facturación anual que sobrepasaba los 100 millones de euros. El símbolo más doloroso es que sus puertas azules, icónicas de la marca, diferenciando a adultos y niños o niñas, han echado también el cierre, casi sin decirnos adiós.

Su despedida en las redes es bastante demostrativa de lo ocurrido: “Queridas familias, mamás, papás, abuelas… Hemos aguantado hasta el último momento, hasta nuestro último aliento, para pulsar el botón y decir adiós. Con el corazón lleno de emociones encontradas y después de muchos años, nos entristece informaros que Imaginarium llega a su fin”. Siento de verdad esta situación, porque siempre he admirado la intrahistoria imaginaria de sus juguetes y porque he sido un cliente asiduo de estas tiendas azules, plagadas de estrellas, donde me asesoraban bien a la hora de comprar el mejor regalo posible para niñas y niños queridos.

Hoy, en plena pesadumbre, he recordado, respetando la denominación del proyecto, Imaginarium, a un poeta, Nicanor Parra, que cantó al hombre imaginario o, quizás, a la niña o niño imaginarios que todos llevamos dentro: Sombras imaginarias / vienen por el camino imaginario / entonando canciones imaginarias / a la muerte del sol imaginario. En una palabra, del sol de Imaginarium.

Juguetes también imaginarios, niñas y niños imaginarios, entre los que estaba Pablo Neruda. Él disfrutaba de sus juguetes preferidos, Mascarones de proa, porque les tenía un cariño especial y muchas veces soñaba con ellos y con sus barcos, imaginando que navegaban en mar abierto a pesar de su espacio reducido a unas botellas imposibles. Es curioso constatar que hay una tradición multisecular de que los juguetes son un asunto, sobre todo, de cumpleaños, Primeras Comuniones, sobre todo de la Navidad, de los Reyes Magos de Oriente, hasta que vinieron los americanos de Berlanga y establecieron la competencia con Papá Noel, como nos lo ha recordado en alguna ocasión Gabriel García Márquez dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos”, a modo de aviso para navegantes extraviados en la navidad actual. Más aún, los juguetes son, si queremos, un asunto de todos los días, de cada carpe diem particular.

En conclusión, el niño que llevo dentro sufre por el cierre de Imaginarium, por los sueños que trunca y por el paro que ocasiona a protagonistas de tantos sueños imaginarios, cada uno en su papel imaginario. Neruda sabía que sus mascarones, los juguetes más grandes de su casa, le acompañaban siempre para seguir contándoles historias increíbles vividas durante sus singladuras azarosas: “El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche”.

Espero seguir jugando con los juguetes imaginarios en el mundo imaginario que diseñó Nicanor Parra, el poeta imaginario. Al menos, para que ante este cierre anunciado, podamos seguir jugando, a veces, a vivir en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario / De los muros que son imaginarios / penden antiguos cuadros imaginarios / irreparables grietas imaginarias / que representan hechos imaginarios / ocurridos en mundos imaginarios / en lugares y tiempos imaginarios.

El ejemplo de Neruda puede ser también un regalo de palabras ante este acontecimiento triste de Imaginarium, que nos hagan reflexionar sobre su sentido y lo que transmitimos a quienes seguiremos regalando juguetes pequeños o grandes, aunque lo importante es seguir siendo niños o niñas, porque si no seguimos jugando perdemos para siempre la niña o el niño que vive en nosotros o que quizá se fue. Es lo que también expresa maravillosamente Pablo Neruda en un poema, Al pie de su niño, que puede ser un auténtico regalo para este momento triste en nuestras almas de niñas y niños dentro: “El pie del niño aún no sabe que es pie, / y quiere ser mariposa o manzana. / Pero luego los vidrios y las piedras, / las calles, las escaleras, / y los caminos de la tierra dura / van enseñando al pie que no puede volar, / que no puede ser fruto redondo en una rama. / El pie del niño entonces / fue derrotado, cayó / en la batalla, / fue prisionero, / condenado a vivir en un zapato […] (Estravagario, 1958).

No olvido hoy lo que aprendí de él hace ya muchos años: «el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta«. Incluso para comprender hoy este triste cierre anunciado.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Hablemos de ejemplaridad universal, que falta hace

Sevilla, 12/IV/2024

Lo aprendí hace ya muchos años de Joan Manuel Serrat, cuando tomé conciencia de que estaba obligatoriamente obligado a entender el mundo al revés, del que reconozco sabía más bien poco: “Harto ya de estar harto, ya me cansé / de preguntar al mundo porqué y porqué, / la rosa de los vientos me ha de ayudar / y desde ahora vais a verme vagabundear, / entre el cielo y el mar / vagabundear”. O ir del timbo al tambo, que decía Gabriel García Márquez en sus “Cuentos peregrinos”, aunque no es la primera vez que me aproximo al mundo filosófico y ético de la ejemplaridad universal, algo imprescindible en nuestro acontecer diario y a todos los niveles imaginables. Abordé esta cuestión en un artículo publicado en 2021 en este cuaderno digital, Ejemplaridad pública, ética y real, en el que hacía referencia a un libro publicado por Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965), Ejemplaridad pública, porque es un escritor y filósofo al que admiro, sabiendo que “la propuesta de perfección” a través de la llamada “ejemplaridad” es un desiderátum de cualquier persona, para sí mismos y a la hora de analizar la de los demás, porque “[…] la perfección no existe en nuestro mundo imperfecto en el modo que existe una cosa o una persona. Su modo de ser es ideal y su residencia habitual está domiciliada en la conciencia de los ciudadanos, desde donde sugiere orientaciones, ilumina la experiencia individual y moviliza el deseo” (palabras escritas por el autor en el décimo aniversario de la publicación de “Ejemplaridad pública” (2009-2019)”.  

En este contexto anímico, acabo de descubrir en mi singladura diaria el último libro publicado por este autor, Universal concreto (1), cuya sinopsis oficial explica sucintamente el gran objetivo personal de su obra: “Este es el libro que su autor siempre quiso escribir, pero hasta ahora no había sido capaz de hacerlo. Sus anteriores obras, inspiradas todas por una misma idea, son una preparación para ésta, que, por primera vez, hace de dicha idea su tema central y único. Universal concreto expone la filosofía de la ejemplaridad de manera integral, directa, breve y unitaria. Para favorecer la claridad del argumento, apenas cita obras ajenas y la relación que mantiene con las propias, sobre las que se sostiene, no es de resumen, compendio o introducción, sino que, por el carácter sistemático e independiente de la presentación, se parece más a una suma filosófica. Este libro contesta a las dos preguntas fundamentales de la filosofía: qué hay en el mundo, qué hacer con lo que hay. Lo primero conforma una ontología, lo segundo una pragmática. La respuesta en ambos casos es el universal concreto, sintagma que remite al ejemplo en cuanto caso concreto cuya regla vale también para otros. Un ejemplo es siempre ejemplo para alguien y por eso invita a pensar una universalidad concreta, no conceptual”.

¿Quién mejor que el autor para explicar el porqué de su obra?, que amablemente pone a disposición de los lectores la editora, como un fragmento imprescindible para acercarse a ella:

Hubiera querido que éste fuera mi primer libro, incluso que fuera mi único libro.

Siempre me he visto como hombre de una sola idea y pasé muchos años de mi juventud dándole vueltas a cómo contarla. Daba por supuesto que una sola idea pedía un solo libro y me desvivía por imaginarme el mío. ¿Cómo sería? Ni siquiera había elegido el género literario: ¿novela, ensayo? Jugaba en mi mente con infinidad de posibilidades por ver si alguna me convencía y me sentaba a redactarla de una vez por todas. Pero ninguna valía, todas fallaban porque dejaban fuera algo importante. La visión original se iba enriqueciendo con intuiciones, facetas y conexiones, pero no se me ocurría cómo decirlo todo. Me sentía cada vez más ansioso y más impotente. La situación de atascamiento se prolongaba hasta que un buen día tomé una decisión.

Ya estaba en mi treintena cuando de pronto se me pasó por la cabeza escribir no un ensayo, sino cuatro. Entre resignado por renunciar a mi voluntad inicial y entusiasta por ver que por fin el plan funcionaba, me puse manos a la obra. Terminado Imitación y experiencia en torno al cambio de milenio, lo publiqué hace ahora veinte años. En la siguiente década (2003-2013) salieron los otros tres de la Tetralogía: Aquiles en el gineceo, Ejemplaridad pública y Necesario pero imposible.

Con la aparición de la Tetralogía de la Ejemplaridad, ¿había contado finalmente lo que me había tenido en vilo tanto tiempo? Sí y no. Sí, porque la idea inspiraba cada uno de los cuatro títulos y guiaba enteramente su contenido. Pero no, porque la idea era una, la unidad formaba parte esencial de la idea, y por mi incompetencia o inmadurez había tenido que trocearla. El resto de mi bibliografía —Ingenuidad aprendida, Filosofía mundana, La imagen de tu vida, Dignidad, Un hombre de cincuenta años— desarrolló y complementó la Tetralogía sin remediar esa falta.

El libro que siempre quise escribir, en el que, por fin, lo cuento todo, es éste, lector, que has abierto. Quién sabe si mis obras previas no son más que un rodeo o preparación para ésta, en la cual, después de tanto rodar por el mundo de las ideas, expongo la mía de manera directa, breve, unitaria y sistemática, dividida en cuatro partes. Todo lo que se dice en él ya lo he dicho antes de alguna manera, pero nunca hasta ahora había hecho de ese todo el tema único de un ensayo. Los disiecta membra [elementos dispersos] de mi literatura anterior se hallan aquí conjuntados y por vez primera puede contemplarse el cuadro entero de un solo golpe de vista.

¿Por qué antes no pude escribirlo y ahora sí? Tuve la idea en la primera mitad de mi vida, la cuento en la segunda, cuando por edad me siento independiente del joven que fui y puedo ponderar cuanto entonces pensé con un juicio, una objetividad y una perspectiva superiores a las de antes. Por otra parte, los escritos que entretanto he ido publicando me han servido para conceptualizar y verbalizar esa imagen antigua que me rondaba, además de que he seguido meditando sobre ella mientras envejecía y en mil situaciones de la vida —conferencias, colaboraciones en medios, entrevistas, correspondencia privada, reseñas, conversaciones con amigos y lectores— encontré oportunidades para sopesarla, mejorarla y contrastarla.

He querido despojar el texto de notas al pie y de la cita de autores —salvo algunas excepciones literarias— para que la idea desnuda se valga por sí misma y en la lectura prevalezca por encima de todo la unidad y claridad del argumento. Apenas me cito a mí mismo tampoco, porque, aunque este libro se sostiene sobre los anteriores, de los que extrae lo sustancial de su contenido, no los resume, ni compendia, ni introduce. La relación que mantiene con ellos se parece más a una suma filosófica.

Podría entenderse este libro como un discurso de contestación a las dos preguntas fundamentales que se plantea la filosofía sistemática: qué hay en el mundo, qué hacer con lo que hay. En ambos casos, la respuesta que da es la que luce en su título, dos palabras que definen la esencia del ejemplo. Un ejemplo es siempre ejemplo para alguien, un caso concreto que enuncia una regla universal válida para más casos, y es a esta duplicidad a la que llamo universal concreto. Interpreto el sintagma como universalidad sin concepto, en un sentido opuesto, por tanto, al usado en sus obras por Hegel.

Una década después de la Tetralogía, vuelvo a entregar a los lectores un ensayo monográfico. Cualquiera que sea el valor intrínseco que posea, ocupa en mi corazón esa posición privilegiada que se reserva para un viejo amor, que es lo contrario de un amor viejo. Me consideraría muy afortunado si quien lo lea percibe en sus páginas ese enamoramiento intelectual con que ha sido escrito y más si se deja contagiar un poco por deseo tan exagerado.

En el artículo citado de 2021, hacía una referencia expresa al Rey, a la Corona en este país, en un momento de horas muy bajas, de una falta de ejemplaridad alarmante. Ha pasado el tiempo y todo lo allí expuesto se podría aplicar en estos momentos a determinados políticos en la actualidad, con su nombres y apellidos, especialmente a los que no son precisamente ejemplares, porque todos no son iguales, a pesar de los esfuerzos de la derecha de toda la vida y la extrema por salvarse siempre, debido a que ellos son “gente de bien”, frente a la izquierda global catalogada globalmente como “gente de mal”, algo que ya expliqué también en su momento en este cuaderno digital. Lo dije entonces y lo vuelvo a repetir ahora: el pueblo, una vez más, espera siempre actitudes ejemplares de sus gobernantes, aunque las actitudes propias “ejemplares” de quienes los critican sin compasión alguna, sean muchas veces harina de otro costal (que por ahí deberíamos empezar a manejar la cosa).

Porque, ¿qué significa ser ejemplar? Llama la atención que en este país no se introdujo la palabra “ejemplar” hasta el siglo XVIII, como adjetivo, con una sola palabra para definirla: edificativo, según el diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana […], tomo segundo (1767), de Esteban de Terreros y Pando, publicado en Madrid por la Viuda de Ibarra, en 1787. Ser edificativo quiere decir que una persona “conmueve y excita al seguimiento de una virtud”. Es verdad que en el lenguaje ordinario que pudieron recogerla “las autoridades académicas” del siglo XVIII, no lo hicieron en este afamado siglo y sí en un diccionario de la lengua española usual, no de autoridad en el siglo XIX, lo que nos lleva a deducir que no era algo que preocupara de verdad a la población en general, menos a las monarquías y a los poderes absolutos. Aparece por primera vez, como adjetivo, en el diccionario de la lengua castellana editado en Madrid por la Real Academia Española, (5ª edición), por la Imprenta Real (sin comentarios), en 1817. Se definía como “lo que da buen ejemplo y, como tal, es digno de proponerse por dechado para la imitación a otros” (imitazione dignus, ad virtutem provocans), que en principio sonaba muy bien, quizá mejor como máxima de un taco de almanaque de la época.

También sorprende que el lema “ejemplaridad”, adjetivo que recogía “la calidad de ejemplar”,  no apareciera hasta la edición del diccionario de la Real Academia publicado en 1925. Estas disquisiciones sólo pretender contextualizar un hecho claro: los adjetivos “ejemplar” y “ejemplaridad” no pertenecían al lenguaje común de este país y su clamorosa ausencia en el argot académico traducía algo muy claro: estas palabras no se suponían de los reyes y gobernantes, a diferencia del valor de los soldados que eran casi siempre “ejemplares” para los demás. Entre “edificativo” y “lo que da buen ejemplo y, como tal, es digno de proponerse por dechado para la imitación a otros”, anda la cosa de lo ejemplar y la ejemplaridad asociada. Así de sencillo y así de complejo a la vez, aunque de lo que sí estamos convencidos es que lo que ha pasado en la historia en reiteradas ocasiones, con muchas Coronas, Emperadores, Jefes de Estado y Presidentes, hasta nuestros días, es que todo el mundo sabía identificar qué personajes reales o no iban desnudos -de ahí el cuento de Andersen- ante los ojos pasmados de todos los que habían escuchado que el emperador llevaba un traje nuevo en su desfile ético por el mundo (el que quiera entender que entienda), también por este país y a lo largo de los siglos. Los silencios cómplices y los miedos reverenciales hicieron el resto, a lo largo de la historia, porque ya se sabía desde antiguo que “del Rey, abajo, ninguno”.

Ya sabemos por el cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador, que los “tejedores” más próximos son los que menos ayudan a ser uno mismo, por muy perfectos que sean los reyes -al buen entendedor en este país con pocas palabras basta para comprender la extensión de este sustantivo regio a todas las clases políticas y sociales-, porque de todo hay en esa viña del Señor). Hasta que un día cualquiera, en un momento especial, un niño, el del cuento de Andersen citado anteriormente o el de cuatro años que Groucho Marx buscaba apasionadamente para resolverle un gran problema (“¡hasta un niño de cuatro años sería capaz de entender esto!… Rápido, busque a un niño de cuatro años, a mí me parece chino“) o cualquier persona digna, da igual que sea mujer u hombre, nos desmontan todos los esquemas de la rutina diaria y salta la posibilidad de que podamos ser otros, verdaderos ciudadanos ejemplares, porque son los que de verdad denuncian a personas que suelen ir desnudas por el mundo con la obsesión de vivir la perfección apasionadamente, convencidos de que llevan incluso ropa de emperadores, Reyes o Reinas, Jefes o Jefas de Estado, Presidentes o Presidentas, y así sucesivamente ante cualquier rango en las cadenas de mando en el mundo actual al revés, ropa cosida puntada a puntada por modistos o tejedores -supuestamente imparciales- que se refugian en ellos y son incapaces de decir la verdad de lo que está pasando a quienes cosen. Sobre todo, porque son profesionales de la farsa a cualquier precio y de clamorosos silencios cómplices.

En el contexto político en el que nos movemos en la actualidad, hay que empezar como Diógenes a buscar a políticos y personas ejemplares. Ya sabemos que lo “normal” es buscar el Norte De La Ejemplaridad en un mapa ético, que nos lleve a identificar y denunciar la dialéctica “vicios privados, públicas virtudes”, un nicho que cada vez ocupa más gente de todo tipo. Lo demás, consiste en tener cada día más claro que la ejemplaridad ética empieza por uno mismo para poder exigirla a los demás, aunque es verdad que lo que estamos viviendo en la actualidad, en relación con determinados representantes políticos y asociados (el que quiera entender, que entienda o se ubique por tanto), no es edificativo, es decir, no nos “conmueve” ni “excita al seguimiento de una virtud”. Lo que tenemos claro por ahora es que la ejemplaridad pública y ética de quienes nos gobiernan, tiene domiciliada su residencia habitual en la conciencia de los ciudadanos. Eso nos basta.

Vuelvo al último libro de Gomá, Universal concreto, quedándome ahora con una reflexión que emana de un planteamiento muy acertado: nos regimos por las leyes democráticas y por las costumbres, la ética consuetudinaria: “Las costumbres son imitaciones colectivas y, como todas las imitaciones, pueden tener por objeto un modelo o un ejemplo no ejemplar. En este último caso, las costumbres equivalen a un romo mimetismo que no cumple función política alguna y carece de simbolismo. Son de esta naturaleza las que practica la vulgaridad, que idolatra en masa ciertas notoriedades consagradas por los medios de comunicación como si se trataran de divinidades del Olimpo, cuando, en perspectiva filosófica, apenas son más que meros ejemplos sin ejemplaridad, que, en lugar de usar la inmensa influencia que atesoran para universalizar la ratio y favorecer el embellecimiento de la vida privada, entierran la vulgaridad triunfante en el mundo con toneladas de más vulgaridad. Las costumbres que van a tenerse en consideración en lo que sigue son de la otra clase: imitaciones colectivas de un modelo ejemplar, las llamadas buenas costumbres. No todas las costumbres son buenas, solo lo son las buenas costumbres, aquellas que con suavidad y tácito consenso contribuyen al cumplimiento de los fines políticos del Estado. Y son buenas costumbres democráticas las que promueven la socialización masiva y emancipadora del ciudadano, quien a causa de ellas tiene más fácil emprender la reforma pendiente”.

(1) Gomá Lanzón, Javier, Universal concreto, Barcelona: Taurus – Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2023.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Ya sabemos mucho más del símbolo ateniense de la filosofía, la lechuza Tyto Alba

Sevilla, 9/IV/2024

La imagen que preside hoy estas líneas la he recuperado de mi salvapantallas actual, que me recuerda todos los días, a la hora de aproximarme a la pantalla en blanco para escribir de forma especial y con alma, la presencia de un hilo conductor muy importante en mi vida a través de la lechuza (Tyto Alba), el símbolo de la filosofía, entendida como la capacidad de admirarse a diario de las personas y de todas las cosas. En este contexto, se acaba de publicar un libro de sumo interés para los que estamos cerca de aprehender el significante y significado de la sabiduría, que tantas veces he tratado en páginas de este cuaderno digital. Lleva un nombre que hace justicia a su contenido, La sabiduría de los búhos, escrito por Jennifer Ackerman, cuya sinopsis oficial nos prepara para una lectura reconfortante en medio de tanta pesadumbre humana como la que nos rodea en la actualidad: “Una maravillosa síntesis de etología, asombro y pasión por estas silenciosas y misteriosas rapaces nocturnas. ¿Por qué ejercen tanta influencia en la imaginación humana? Tienen fama por su sabiduría, ¿pero son inteligentes? ¿Actúan solo por instinto o son curiosos e ingeniosos? ¿Tienen sentimientos y emociones? ¿Por qué sus ojos miran de la misma manera que los nuestros? Ya sea que aparezcan como antiguos símbolos atenienses de sabiduría, presagios fantasmales de la muerte o los tiernos compañeros de Winnie the Pooh y Harry Potter, estas aves continúan fascinando y perturbado en igual medida. A través de una nueva investigación del comportamiento, Jennifer Ackerman ofrece una visión íntima de la vida de estas criaturas, cuya anatomía es todo un prodigio de la naturaleza. Desde las peculiaridades evolutivas detrás de su penetrante mirada y cabezas giratorias, hasta sus relaciones románticas y estilos de crianza, La sabiduría de los búhos da vida a la increíble historia natural de los búhos. Entrelazando hábilmente ciencia y arte, Ackerman viaja al mundo de este animal tan sugestivo y se pregunta por qué ha fascinado tanto a la humanidad desde el comienzo de los tiempos”.

La editorial facilita la lectura de un fragmento de la obra, el capítulo uno, Cómo entender a los búhos. Desentrañar su misterio, del que se desprende algo muy importante para situar científicamente al símbolo de la filosofía, la lechuza Tyto Alba, perteneciente a la especie Tytonidae: “Impulsar el recuento de especies y modificar el árbol genealógico de los búhos también supone una comprensión más profunda de especies de búhos ya conocidas. Al examinar más detenidamente las estructuras del cuerpo, las vocalizaciones y el ADN, los científicos están encontrando suficientes diferencias entre las poblaciones como para escindir una especie en dos o más especies. Veamos por ejemplo las lechuzas comunes. Siendo el linaje de búhos más antiguo, probablemente aparecieron por primera vez en Australia o África, se expandieron por el Viejo Mundo y ahora viven en casi todos los continentes. Como son parecidas en toda su área de distribución, en su momento fueron clasificadas como una sola especie. Pero los búhos nos enseñan que las apariencias pueden engañar. Unos estudios del ADN han revelado que las Tytonidae, el nombre científico de las lechuzas comunes, son en realidad un rico complejo de al menos tres especies, con un total de unas veintinueve subespecies. Y puede haber otras en lugares remotos que aún no han sido reconocidas. Asimismo, los investigadores han usado recientemente la genética para determinar con exactitud dos nuevas especies de búhos chillones de Brasil que habían sido agrupadas con otras especies sudamericanas: el búho chillón de Alagoas, de la selva tropical atlántica, y el búho chillón de Xingu, de la Amazonia. Los dos búhos están amenazados por la deforestación y se hallan en peligro de extinción”.

Esta singladura tan especial la justifico hoy porque leí ayer una entrevista publicada en elDiario.es, Jennifer Ackerman, naturalista: “Ojalá fuéramos como los búhos y escucháramos sin hacer tanto ruido”, realizada por Antonio Martínez Ron, que me ha parecido fascinante, sobre todo porque me ha reforzado mi aprecio por esta lechuza tan inteligente, contestando a la primera pregunta del entrevistador: “Advierte usted de que estamos ante una “cuenta atrás para la extinción de los búhos” ¿Cómo sería un mundo sin estas aves? Creo que el mundo sería un lugar mucho más pobre. Realmente le dan magia y misterio al paisaje y a la vez están presentes en las historias de muchísimas culturas. Los búhos tienen un enorme valor simbólico para los humanos, aparecen en nuestro arte y en nuestros objetos, ocupan un lugar tan importante en nuestra imaginación que no puedo pensar en un mundo sin ellos”. Asimismo, la pregunta y respuesta final de la entrevista encierra un mensaje que cobra en la actualidad importancia extrema: “Estar callados y mirar alrededor, ¿es una filosofía de vida con la que nos iría mejor a los humanos? Desde luego. ¡Ojalá fuéramos un poco más como los búhos y escucháramos más sin hacer tanto ruido!”.

Tyto Alba está muy presente en mi vida, sobre todo porque en el silencio, algo tan característico de esta especie, la capacidad de admiración se hace muy presente en nuestro acontecer diario. Tengo que reconocer que la atención es algo que me preocupa dese hace ya muchos años, quizás porque estoy educado en la necesidad de admirarme de las personas y de casi todas las cosas, como tantas veces he explicado en este cuaderno digital. Siempre he sentido curiosidad por todo, en un mundo plagado de cotilleo y cotillas, aunque bautizado últimamente como “el universo del entretenimiento” donde todo cabe y en el que la cultura digna brilla por su ausencia. Siempre he sentido la necesidad de comprender qué es admirarse ante lo que ocurre en nuestras vidas, prestándole mucha atención, por muy intranscendente que sea o supuestamente inútil, algo que solo se consigue a través de la admiración, actitud que simbolizó para Aristóteles el comienzo de la filosofía, entendida como la capacidad que tiene el ser humano de admirarse de todas las cosas, de las personas, de sentir curiosidad diaria de por qué ocurren las cosas, de cómo pasa la vida, tan callando. Mi profesor de filosofía, hace ya muchos años, lo expresaba en un griego impecable, con un sonido especial, gutural y sublime, que convertía en un momento solemne de la clase esta aproximación a la sabiduría en estado puro: jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic: anímese a leerlo conmigo tal cual y pronunciarlo como él). Es uno de los asertos que me acompañan todavía en muchos momentos de mi vida, en los que la curiosidad sigue siendo un motivo para la búsqueda diaria del sentido de ser y estar en el mundo, de admirarme todos los días de él. Tengo que reconocer que tener presente a Tyto Alba en mi imaginario diario, me ha abierto muchos caminos para navegar por los mares procelosos de la vida.

En 2018, el año en que Tyto Alba, la lechuza común, fue declarada ave del año por su peligro de extinción en España, escribí un artículo, 2018 ha sido un año difícil para las damas de la noche en silencio, que cobra hoy una especial importancia en el contexto de la nueva publicación, porque detecto que existe preocupación mundial por la realidad científica de estas aves. Al estar tan íntimamente ligada a la filosofía, las declaré a ambas como “damas de la noche”, con su trabajo atento y en silencio, porque son grandes desconocidas y desarrollan un trabajo extraordinario. Solo necesitan la noche en silencio para cumplir su cometido (el que quiera entender que entienda). Lo necesitamos urgentemente, porque estamos obligatoriamente obligados a filosofar y a crear conciencia crítica de lo que nos pasa, porque de lo que estamos cada vez más seguros es que no sabemos lo que nos pasa. El auténtico problema de los curiosos que nos admiramos de las preguntas que nos hacemos en vida, es que cuando nos aproximamos a ellas y las interiorizamos para aprender de las respuestas que vislumbramos, la vida ordinaria nos las cambia. Es lo que aprendí un día de Mario Benedetti: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Y vuelta a empezar, porque la curiosidad -en expresión genuina del escritor Alberto Manguel – es “el motor de nuestras vidas”, en un mundo que se agota en la mediocridad ruidosa de lo cotidiano.

De ahí la importancia de leer con la atención que merece esta nueva publicación, La sabiduría de los búhos, como aviso para navegantes, descubierta por mi parte como una isla desconocida en el archipiélago mundial de la incapacidad de admiración y atención ante la belleza de la vida que tenemos los seres humanos por el actual y controvertido mundanal ruido, el que Fray Luis de León detestaba de forma especial, enseñándonos a seguir la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido: despiértenme las aves / con su cantar sabroso no aprendido; / no los cuidados graves / de que es siempre seguido / el que al ajeno arbitrio está atenido.

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UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Desgraciadamente, sigue habiendo algo personal

RTVE – Noticias de Gaza

Sevilla, 7/IV/2024

No conocen ni a su padre cuando pierden el control,
ni recuerdan que en el mundo hay niños.
Nos niegan a todos el pan y la sal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Juan Manuel Serrat, Algo personal

Me pasa casi todos los días cuando veo un informativo en televisión o leo noticias en periódicos atómicos o digitales, en los que de forma recurrente están presentes la guerra de Ucrania, cada vez más en el olvido, la invasión sangrienta y sin límites de Gaza por parte de Israel, el camino errante hacia alguna parte de millones de refugiados, las lanchas y cayucos de migrantes que se pierden para siempre en el Mediterráneo o llegan “a la otra orilla” en un estado calamitoso, la violencia vicaria, las mujeres maltratadas, las agresiones sexuales, la corrupción política por doquier, la dura realidad de miles de niños y niñas, también adultos, que viven con amargura su realidad diferente de ser y estar en el mundo con los demás y el paro que golpea a familias completas en nuestro país, llevándolas a cifras estadísticas insoportables de pobreza extrema y exclusión social en este mundo al revés. En este contexto, me acuerdo siempre de una canción preciosa de Serrat, Algo personal, porque entre esos tipos y tipas que propician estas situaciones tan dolorosas y yo, efectivamente, hay algo personal.

Sería mucho más importante y de amplio impacto social que entre esos tipos de personas y los Estados, incluido el nuestro, también nuestra Comunidad, hubiera también algo personal, para que las consecuencias de su existencia pasaran de ser tristes noticias tristes a hechos atendidos con prioridad absoluta sobre otros, porque ya está bien de mirar hacia otro lado calificándose siempre como noticias molestas y recurrentes, porque mientras que no se actúe con contundencia política, ética y práctica, no se eliminarán del imaginario diario de nuestras vidas.

Por eso vuelvo a escuchar a Serrat, porque a esos responsables de estas situaciones “Probablemente en su pueblo se les recordará / como cachorros de buenas personas, / que hurtaban flores para regalar a su mamá / y daban de comer a las palomas. / Probablemente que todo eso debe ser verdad, / aunque es más turbio cómo y de qué manera / llegaron esos individuos a ser lo que son / ni a quién sirven cuando alzan las banderas”. El que quiera entender que entienda, aunque estoy convencido de que desde una perspectiva de ética individual y colectiva, estamos obligatoriamente obligados a entenderlo.

Ahora comprendo, mejor que nunca, que entre esa clase de tipos de personas, mediocres hasta la saciedad, personajes de negro y líderes políticos no democráticos y yo, perfectamente identificados con sus siglas nacionales e internacionales, con sus nombres y apellidos, sigue habiendo algo personal.

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