Se hará lo que se pueda

SANCHEZ FERLOSIO

El escritor Sánchez Ferlosio ha cumplido noventa años y en el homenaje que le tributaron el lunes pasado en Madrid le preguntaron si seguiría escribiendo. Con su sorna habitual, respondió que «se hará lo que se pueda», recordando una famosa anécdota de Juan Belmonte y Valle-Inclán en la que el escritor le decía al torero, «no te falta más que morir en la plaza», a lo que él respondía, «se hará lo que se pueda, don Ramón».

Es verdad. Ante un mundo diseñado por el enemigo solo podemos hacer, a veces, lo que se puede, porque vivimos en un desbordamiento perpetuo de intereses espurios, que se produce por los que no nos dejan hacer casi nada. Es algo así como sucede con el cambio climático. Sabemos qué es lo que hay que hacer, nos lo recuerdan los que saben de ello, pero los dueños del mercado universal actúan sin compasión alguna. Nada es inocente, ni siquiera lo que hacemos si nos dejan hacerlo. Eso, Sánchez Ferlosio lo sabe. La realidad pura y dura es que el saber hacer cosas no ocupa lugar, pero en nuestros cerebros cada vez tenemos menos sitio. Y menos tiempo y libertad para hacerlas.

Sevilla, 8/XII/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.jotdown.es/2012/07/sanchez-ferlosio-la-prosa-anfetaminica-de-un-personaje-de-caracter/

Tono morado

PANTONE 2018

Hoy se ha dado a conocer el color del año 2018, el ultra violet (Pantone, 18-3838). Pantone lo ha proclamado como el color que presidirá el mundo a partir del 1 de enero de 2018. La vicepresidenta de la compañía, Laurie Pressman, lo ha justificado para “evocar un estilo de contracultura, el agarre de la originalidad, el ingenio, el pensamiento visionario que nos dirige hacia el futuro”. La justificación de esta elección no tiene desperdicio: “Vivimos en tiempos complejos. Vemos el miedo de ir hacia delante y cómo la gente está reaccionando a ese miedo” y “es de los más complejos porque coge dos sombras que parecen diametralmente opuestas, como el azul y el rojo, y las une para crear algo nuevo”. Tiene el matiz “ultra”, es decir, va más allá del violeta tendiendo más al azul, “lo que habla de la cualidad espiritual de la conciencia”.

Podemos observar que nada es inocente en este gran mercado del mundo. Todo se compra y se vende, todo se justifica, ya sea divino o humano, lo trascendente y lo nimio. Todo se convierte en mercancía por un puñado de dólares o de euros: contracultura, originalidad, ingenio, pensamiento visionario, reacción ante el miedo y la cualidad espiritual de la conciencia.

Me quedo con la lección que aprendí hace muchos años de Juan Ramón Jiménez, a través de un libro que guardo como oro en paño, Por el cristal amarillo, en una edición que conservo de la editorial Aguilar. Era el color preferido del poeta y casi todo lo que escribió y vivió lo inundó de amarillo en lo que él llamaba sabiamente “barrios de la memoria”. La cancela de su casa en la calle Nueva marcó su elección cromática para siempre: “[…] era de hierro y cristales blancos, azules, granas y amarillos. Por las mañanas. ¡qué alegría de colores pasados de sol en el suelo de mármol, en las paredes, en las hojas de las plantas, en mis manos, en mi cara, en mis ojos! […] Yo miraba sucesivamente todo el espectáculo, el sol, la luna, el cielo, las paredes de cal, las flores -jeranios, hortensias, azucenas, campanillas azules-, por todos los cristales, el azul, el grana, el amarillo, el blanco. El que más me atraía era el amarillo. Por el cristal amarillo todo se me aparecía cálido, vibrante, rejio, infinito […]”.

Vuelvo a leer algunas reflexiones de Juan Ramón Jiménez en torno a su color preferido, el de su persona de secreto, muy cerca de lo que veía por el cristal amarillo de su querida cancela de la calle Nueva en Moguer, que conozco bien: “Todo allí acababa bien; era un término como el del beso en el amor, como el de la gloria verdadera e íntima en el arte; después de mirar por el cristal amarillo ya no quería yo más y me quedaba contento”.

Es verdad que todo depende del color con el que se mire la vida. No hay nada más terrible que permanecer ciegos al color, tal y como lo aprendí de Oliver Sacks en un libro suyo, La isla de los ciegos al color, que me aproximó a su investigación de cómo los pacientes aprenden a vivir con su enfermedad, la acromatopsia, hasta alcanzar un mimetismo asombroso con ella, aunque sufren ceguera del color, porque no les permite agregar color a la óptica de sus vidas. Todo se ve siempre de color gris en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks. Creo que comprendí bien el trasfondo de su libro, cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo, en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.

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No me voy a dejar intimidar por el ultra violet del mercado cromático del mundo, porque estoy muy agradecido a disponer de ojos que ayudan a mi cerebro a interpretar el color de la vida, cualquiera que sea. También, porque aprendí algo muy importante que decía Antonio Machado, El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve. Como decía Juan Ramón Jiménez, no quiero algo más del color con el que distingo la belleza de la vida con mis propios ojos, porque con lo que veo… me quedo contento.

Sevilla, 7/XII/2017

Nos queda la Constitución (bis)

Hace un año escribí las palabras que siguen. No cambio ni un punto, ni una coma, de aquel planteamiento, mucho más reforzado si cabe por el momento delicado que estamos atravesando en este país. Aún así, urgen cambios, comenzando por el entramado territorial. Se ha demostrado en días atrás que, afortunadamente, nos queda la Constitución. Y la palabra…, convertida en diálogo permanente.

Sevilla, 6 de diciembre de 2017, Día de la Constitución

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Nos queda la Constitución

Guardo en mi caja de sueños el poema de Blas de Otero dedicado a la palabra. Hoy, lo recuerdo de forma especial en la celebración del Día de la Constitución, que es de las pocas cosas que nos quedan como articulación garantista de la democracia en este país, aunque se haya convertido desgraciadamente en una fiesta más de guardar, sin relevancia alguna para millones de personas. Han pasado treinta y ocho años desde su proclamación y gracias a ella vamos sorteando con más éxitos que fracasos los ataques continuados a su esencia, en un país tan cainita y dual como el nuestro.

A pesar de esta visión optimista, como pesimista bien informado que soy, creo que ha llegado el momento de tocarla, aunque hagamos lo contrario de lo que Juan Ramón Jiménez nos recomendaba hacer con la rosa, tan frágil como ella. Desde hace años, hemos constatado que se ha hecho mayor y que necesita una revisión en artículos esenciales para garantizar la convivencia en un país tan alterado históricamente y que, de vez en cuando, se convierte al menos en dos. Podrían ser más, si no se actúa ya, helándonos el corazón a los que la defendemos con uñas y dientes desde la ética aplicada en momentos tan transcendentales como los que estamos atravesando en la actualidad.

Conocemos de sobra las razones para afrontar este reto y un día como hoy debería ser una plataforma de lanzamiento institucional para abordar esta aventura que se cuenta en tantos foros y a la que tenemos un miedo casi reverencial. Recuerdo en tal sentido un comentario de Aristóteles sobre una experiencia del modelo constitucional, muy atrevido, propuesto por Hipódamo de Mileto (siglo V a.C.), el creador de las calles tal y como las conocemos hoy, algo tan democrático y que entusiasmaba de forma especial a Jane Jacobs: “[…] las recompensas que se conceden a los que hacen algunos descubrimientos útiles para la ciudad, es una ley seductora en la apariencia, pero peligrosa. Será origen de muchas intrigas y quizá causa de revoluciones. Hipódamo toca aquí una cuestión sobre un objeto bien diferente: ¿están o no interesados los Estados en cambiar sus instituciones antiguas en el caso de poderlas reemplazar con otras mejores? Si se decide que tienen interés en no cambiarlas, no podría admitirse sin un maduro examen el proyecto de Hipódamo, porque un ciudadano podría proponer el trastorno de las leyes y de la constitución como un beneficio público”. Es verdad, pero estamos asistiendo a un espectáculo de agotamiento político por las fórmulas encorsetadas en las que transcurren los debates y la forma de abordarlos en el Palacio de la verdad democrática, el Congreso, así como de la propia representación política con el sistema electoral actual, que urge introducir cambios territoriales y de derechos fundamentales, sobre todo y a marchas forzadas, maximis itineribus, volviendo a Aristóteles.

Cambiemos la Constitución entre todos, mediante un referéndum sosegado, sin preguntas trampa, con transparencia total, donde vuelva a tener todo su sentido democrático el interés general, que es su verdadera razón de ser, comparándola con la verdad de la palabra, aunque cada día se convierta ya en un conjunto de signos que cada vez simbolizan menos, algo residual que les queda a algunos si han perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiran, como un anillo, al agua (Blas de Otero). También, porque la Constitución, a través de sus palabras, es lo que les queda a algunos si han sufrido la sed, el hambre, todo lo que era propio y resultó ser nada, incluso si han segado las sombras en silencio; si abren los labios para ver el rostro puro y terrible de nuestra patria hoy, incluso hasta desgarrárselos.

Todo ello es verdad, porque nos queda…, la Constitución, esa gran palabra que nos recuerda hoy que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. El pueblo, solo el pueblo.

Sevilla, 6/XII/2016, Día de la Constitución

Andalucía es el Norte de España

cernuda

Sombra hecha de luz,
que templando repele,
es fuego con nieve
el andaluz.

Enigma al trasluz,
pues va entre gente solo,
es amor con odio
el andaluz.

Oh hermano mío, tú.
Dios, que te crea,
será quién comprenda
al andaluz.

Luis Cernuda, El andaluz, en Como quien espera el alba, 1947

Luis Cernuda, el poeta universal nacido en Sevilla, dijo en 1931 en un artículo publicado sobre “José Moreno Villa o los andaluces en España”, que “Andalucía, ya se sabe, es el Norte de España; pero no la busquéis en parte alguna, porque no estará allí. Andalucía es un sueño que varios andaluces llevamos dentro”. Es una metáfora preciosa basada en la actitud transformadora del aquel poeta malagueño, olvidado por muchas personas instaladas en el síndrome del Sur o que sufren el complejo territorial español de nuevo cuño, por mucho que Mario Benedetti se esforzara en resaltar las virtudes de esta localización privilegiada.

Cuando se cumple el 40 aniversario de las movilizaciones de más de un millón y medio de andaluces el 4 de diciembre de 1977, para reivindicar la identidad de Andalucía en el nuevo escenario que se abría en el país después de tantos años de dictadura, he querido recordar esta idea preciosa de Cernuda para acabar de una vez por todas con el complejo del Sur, para salir de las trincheras de la ignominia histórica que pesa como una losa en el ideario de esta tierra. Porque a pesar de lacras como el paro o los abandonos tempranos en educación, Andalucía puede ser el Norte de España en muchos caminos que se hacen hoy al andar. También, como pequeño homenaje a otro malagueño, Manuel José García Caparrós, durante la concentración de aquel 4 de diciembre, militante de Comisiones Obreras, que murió “por un tiro de la policía después de que un manifestante trepase por la fachada del edificio de la Diputación de Málaga para colocar una bandera de Andalucía que el presidente de la Diputación había prohibido”, según contaban los periódicos de la época.

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Andalucía tiene un serio problema con su pasado porque suele olvidar habitualmente lo que es meritorio y digno. Es el caso de Moreno Villa a quien casi nadie lo conoce, como ejemplo de otro andaluz extraordinario que hizo de la poesía un arte para vivir y convivir en este país, más allá de los complejos del Sur. Lo he leído recientemente en un artículo muy interesante de James Valender, publicado por la revista “Residencia de Estudiantes”: “En 1957, en sus Estudios sobre poesía española contemporánea, Luis Cernuda publicó unas duras palabras sobre la suerte que, según él, le esperaba a la obra poética de Moreno Villa: «La pobreza, la ignorancia, la indiferencia de nuestro ambiente literario han hecho que este poeta sincero y tan auténtico no recibiera nunca la atención que por lo menos merece. Y en cuanto a esperar que las generaciones venideras enderecen la injusticia cometida en su caso, sería esperar demasiado; entre nosotros la literatura no tiene, cuando la tiene, sino actualidad». Ha llegado el momento para que tal triste profecía quede por fin desmentida” (1).

Efectivamente, es lo que aprendí de él hace ya muchos años cuando se refería con inmenso dolor al tratamiento que hacían de su obra sus paisanos andaluces, sevillanos por más señas, que nunca aspiraron a ser el Norte de España: Mas el trabajo humano, / Con amor hecho, / merece la atención de los otros (Luis Cernuda, A sus paisanos, en Desolación de la quimera (1956-1962).

Lo dije también este año en otra fecha memorable, el Día (oficial) de Andalucía, porque tenemos la suerte de llevar la luz con el tiempo dentro: “[…] como Juan Ramón Jiménez entendía su pueblo y las personas que vivían en él; que somos nobles porque sabemos perdonar y comprender tanto a los que nos ofenden con el paro y la corrupción que a veces no hay nada que perdonar. También, porque somos un enigma a pesar de la luz interior que el dolor de nuestra historia no olvida, siempre con el tiempo dentro, amor desbordante, pasión en nuestra música que acompaña siempre la alegría y calma el dolor, que compartimos hasta buscar la luz con el tiempo fuera.

Nos tratamos como hermanos, cuando a veces no sabemos si somos amigos o seres lejanos, porque lo único que sabemos, en tiempos políticos, es que unos de otros -no inocentes- lejos estamos. Con la esperanza de que el dios que corresponda comprenda qué significa hoy ser andaluz en Andalucía, más allá de los que nos llevan al diccionario de uso del andaluz corriente como una sola palabra, cuando lo que necesitamos es una definición urgente como personas con luz interior, pero con un enigma de fuego y nieve dentro. Como Cernuda soñó un día esperando el alba de su tierra”.

Es verdad, Andalucía es un sueño que varios andaluces llevamos con su luz y su tiempo dentro.

Sevilla (Andalucía), 4/XII/2017, día especial para recuperar memoria histórica de este territorio situado en el Sur de la historia. Nada más, aunque conviene recordar que, para muchos sueños posibles, es el Norte de España.

(1) http://www.residencia.csic.es/bol/num6/valender.htm

Sé lo que entrego, no lo que se recibe

LAS PALABRAS PERMANECEN

Facebook me recuerda de vez en cuando que hace un tiempo escribí tal día como hoy un artículo en este cuaderno digital. La verdad es que se convierte en un examen temporal para valorar si sigo siendo el mismo. He vuelto a leer este artículo escrito el 2 de diciembre de 2014 y suscribo todas y cada una de sus palabras. Soy consciente de que voy a contramano de esta sociedad de mercado y consumo, pero creo que lo importante es ser y no tanto, tener. Por esta razón vuelvo a publicarlo porque mantiene su vigencia existencial. Es verdad que sé lo que entrego siempre en este blog, pero muchas veces no sé lo que se recibe…

Al fin y al cabo, las palabras vuelan y lo que está escrito…, es lo que permanece.

Sevilla, 2/XII/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.pampalabrasamedida.com/lo-escrito-permanece-pero-el-diseno-se-queda-obsoleto/

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Sabemos lo que damos, no lo que se recibe

MARTIN BUBER

“Sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido”
Antonio Porchia

Desde diciembre de 2001 me acompaña esta voz de Porchia, porque me impactó en la creencia personal del arte de regalar. Se acercan días propicios por la Navidad de la mercadotecnia para hacer regalos, por imposición casi siempre de la sociedad de consumo. Alberto Manguel fue el artífice de mi pre-ocupación actual, que todavía persiste, reflexionando sobre la estela del regalo y su epifanía: «Diciembre es una época propicia para regalar y por tanto el momento de descubrir que se necesita habilidad para escoger el obsequio. Es un acto que requiere conocer bien a la persona, interpretar el significado del regalo en su cultura o poseer dotes clarividentes para saber cómo reaccionará el agasajado. Un recorrido paralelo por la historia descubre algunos episodios gratos o claves y otros desafortunados en el momento de brindar un obsequio. Aunque siempre quedan los libros».

Aquél mes fue diferente a los demás, tanto que quise hacer un esfuerzo especial para “justificarlos” (siempre procuro hacerlo), pensando también en la segunda parte del verso: “no sé lo que se recibe”. Es verdad que estamos ante un filo cortante de la existencia, tal y como lo aprendí de Martin Buber, cuando intentaba explicar la relación Yo-Tú. Y es un vacío que siempre existe porque pertenece a la persona de secreto de cada uno que, en determinadas ocasiones, la hacemos de todos. Ahí radica el espacio insondable de generosidad que debe existir cuando se entrega no sólo un regalo, sino por decirlo de una vez por todas, la vida.

Como decía Manguel, la historia nos puede enseñar qué significa un regalo y así lo escribí en 1985: «El rito de la alianza (de las personas con el Dios) simboliza de forma magistral el contenido multisecular del regalo como sello o estela del pacto, del encuentro más grandioso que el hombre ha sabido dejar por escrito, reconociendo la sublimación de una ceremonia extendida entre los primeros pobladores de la tierra. Como prueba tangible de que las palabras que se entrecruzan Dios y los hombres han de permanecer hasta la muerte, se sacrifica un animal y se le divide en dos mitades, obligándose el titular del pacto a pasar por ambas mitades para recordarle que si se incumple cualquiera de las cláusulas pactadas, puede el hombre sufrir las mismas consecuencias que el animal. Junto a esto, existe una ceremonia llamada del «jesed» donde se obliga el hombre agraciado con el pacto a vivirlo permanentemente en cada acto de su vida siendo de esta forma «justo» hasta la muerte, en un estado de vigencia -minuto a minuto- de un compromiso que se simbolizó en un regalo» (1).

La entrega a la persona o personas que amas, a los demás, es algo más importante que el regalo en sí, aunque la vida también puede serlo. Pero la duda existirá siempre porque la libertad es eso, mantener espacios de silencio, de falta de respuestas, por mucho que se hagan manifestaciones de afecto y acogida. Es decir, sabemos siempre lo que damos, pero no lo que se recibe…

Por eso creo que si reflexionáramos sobre esta duda existencial unos minutos antes de comprar algo para otra persona, el próximo regalo ya no será igual en nuestras vidas, a pesar de que las campañas de navidad y reyes se empeñen en convertir esta oportunidad en pura mercancía. Así lo he entendido siempre: «Sería importante, creo que ante todo lo necesario, rescatar el contenido primigenio del regalo, es decir, comprometerse sólo con aquella persona que se relaciona conmigo en encuentros constructivos para la felicidad diaria, pactándose unos compromisos de vida que se puedan simbolizar en el regalo no cosificado, por ejemplo, en esa llamada a tiempo, compañía no programada o silencio de comprensión que no lleva etiqueta, precio ni papel de celofán con lazo incluido. Se perderían muchos negocios montados a propósito, pero ganaríamos todos en sinceridad y cercanía. Además, solamente lograríamos repetir la historia en un pasaje digno de ser aprendido en la mejor lectura actualizada de la relación de los hombres. La estela del regalo no consistiría en nada más que buscar ese momento de intimidad que todos tenemos y necesitamos para decirnos al oído lo que esperamos del otro. Más o menos lo que le ocurrió al platerillo de Alberti cuando deja estupefacto a su cliente que no puede pagar el collar de María y el anillo para el niño Jesús: «Yo dinero no quiero, besar al niño es lo que quiero…».

Porque José, que no lo podía pagar, conocía muy bien a María y no confundió nunca, como todo necio, valor y precio. Le regalaba todos los días sus silencios, sus dudas, su honradez y… su vida, sin saber a veces qué pensaba ella.

Sevilla, 2/XII/2014

(1) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

NOTA: La imagen de cabecera ha sido recuperada el 2 de diciembre de 2014 de http://akifrases.com/frase/193931

Ganarás la luz

FIL 2017

FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO – GUADALAJARA (MÉXICO), 2017

Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta. La de la espada fratricida y la de la canción vagabunda. Hay dos Españas y una sola canción. Y esta es la canción del poeta vagabundo:

Soldado, tuya es la hacienda, / la casa, / el caballo / y la pistola. / Mía es la voz antigua de la tierra. / Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo… / Más yo te dejo mudo… ¡mudo! / Y ¿cómo vas a recoger el trigo / y a alimentar el fuego / si yo me llevo la canción?

León Felipe, Hay dos Españas, en Ganarás la luz, 1943

España está reconociendo estos días en México la acogida extraordinaria a los españoles del exilio generado por la guerra civil del siglo pasado, con ocasión de la celebración de la Feria Internacional del Libro 2017, tal y como nos lo ha recordado recientemente el periodista y escritor Juan Cruz en su microespacio radiofónico “Al revés y el derecho”, al citar a León Felipe en una expresión programática desde el exilio en su poemario autobiográfico “Ganarás la luz”, como leyenda emblemática, este año, de la citada Feria, en la que la ciudad de Madrid es la invitada de honor en representación de España.

Todos necesitamos ganar la luz. Este país lo necesita como programa de rearme ético en su sentido más primigenio, cuando entendemos la ética como suelo firme que justifica todos los actos humanos basados en valores. Es una referencia que tiene, por otra parte, muchos siglos de antigüedad, porque en el libro del Génesis ya aparece esta acción reservada a Dios: hágase la luz, y la luz se hizo (Gen. 1, 1-4). Así nos lo han trasmitido nuestros antepasados durante siglos de tradición oral y escrita.

He verificado esta cita, como antesala de algo que vino después y que para los creacionistas ha sido transcendental. He abierto el Primer Libro (el Génesis) en su capítulo I, versículo 31, para corroborar con la musicalidad del texto hebreo, en su escritura primigenia, que el relato de la creación dejaba muy claro desde el versículo 1 que lo mejor que había ocurrido en aquellos días mágicos fue la creación del ser humano, porque a diferencia de los cielos, la tierra, el agua y la luz (“hágase la luz”), que sólo eran buenos, en la del hombre y la mujer vio Dios que era muy bueno lo que había hecho. Un adverbio, «meod», que en hebreo significa “muy”, dejó claro para siempre que la existencia de los seres humanos justificaba por sí misma la creación del mundo, el evolucionismo o el punto alfa y omega de la vida. Son sólo creencias de siete días especiales, singulares, en los que había ocurrido algo muy bueno para la existencia humana, para cada uno con su cadaunada de luz humana que, cuando se basa en la ética que permite el reconocimiento de los derechos humanos, siempre gana.

Es lo que aprendí hace ya muchos años del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, a través de su proyecto “Génesis”, cuando explicaba de forma sobrecogedora y admirable por qué lo había iniciado: “¿Para qué? Para emular el ojo de Dios, pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

Y ganaremos la luz. Solo los poetas y las personas dignas, vagabundas en un mundo que no nos gusta como está diseñado, probablemente por el enemigo. Como nos enseñó León Felipe sobre las dos Españas, al que México en estos días feriales le reconoce y agradece tanto.

Sevilla, 29/XI/2017

En el día de las maestras y de los maestros de este país

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Google me ha recordado hoy con su doodle, que se celebra el Día de los Maestros y de las Maestras. Representan una profesión extraordinariamente delicada y dedicada a la educación integral e integrada de los niños y niñas de este país, que tanto lo necesita. Estoy muy agradecido a esta bendita profesión, porque he tenido referentes de magisterio excelso a lo largo de mi vida. Afortunadamente, sigo atento a descubrir maestros y maestras de vida, porque existir…, existen.

En este cuaderno he dedicado varios homenajes a mi maestra de la infancia, Doña Antonia, que siempre fue para mí como una madre protectora en una infancia difícil marcada por la soledad. Era y será mi querida maestra, que siempre iba llenando de afectos y sabiduría infinita (como su paciencia) la sede de la inteligencia de cada niña, de cada niño. También, la mía. Todo, en sus bolsillos, se convertía siempre en caramelos de infinitos colores. Jugábamos juntos, niñas y niños, en el patio trasero, donde en los momentos de aventuras incontroladas, poníamos una escalera de madera apoyada en el muro medianero y nos asomábamos –atemorizados- para escudriñar los rollos de película de la productora que lindaba con el Colegio, tirados en aquel otro patio, de mala manera, a la búsqueda de recortes que nosotros montábamos en las aceras vecinas con títulos de crédito muy particulares, a modo de estrellas del celuloide madrileño.

Otro referente cercano en el tiempo ha sido uno de los maestros de mi hijo, con un nombre excelso por su encantadora sencillez, Pepe. Por esta razón, he recordado las palabras que escribí el día que supe que había fallecido, porque sentí que a partir de aquel día me faltaba tiempo público y privado para agradecerle todo lo que había enseñado a mi hijo Marcos. Hoy, deseo compartir aquellas palabras, porque simbolizaban el respeto reverencial que merece esta profesión. Sencillamente, gracias, Doña Antonia, Pepe, por vuestro ejemplo extraordinario como maestros de vida.

Sevilla, 27/XI/2017
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Pepe, el maestro

Me enteré hace unos días que Pepe, el maestro preferido de mi hijo, ha muerto. ¡Cuántas veces he recordado a Pepe, como a él le gustaba que le llamasen todos, con su cuerpo enjuto, unido a un cigarro interminable y hablando de su compromiso con los niños y niñas, en primer lugar, y con la sociedad en general! La última vez que hablé con él, me contó con la ilusión de un adolescente su interés por volver a dar clase en las zonas más deprimidas de Sevilla. Volver donde había encontrado la razón de ser como maestro, frente a la experiencia del discreto encanto de la burguesía y de la rivalidad manifiesta ante los licenciados y licenciadas del Instituto al que llevó, por primera vez, a sus alumnos de 12 años de la mano, que provenían del colegio público de la zona, entre los que se encontraba mi hijo, animándoles a encontrarse con una realidad social difícil, pero con el encanto de los que saben discernir en cada alumno la persona de secreto que lleva dentro y su necesaria inserción en el barrio de la vida. Aunque la procesión iba por dentro.

Pepe era un modelo a seguir por sus alumnos. Era respetado porque respetaba. Era querido porque quería. Sus alumnos y alumnas sabían distinguir perfectamente a su querido profesor frente a otros que solo cumplían el expediente como empleados públicos. Sin más. Pepe no era como los demás. En su moto de toda la vida dejaba escapar sonidos de arranque hacia el infinito mundo de la ilusión compartida y respetada. Y ellos lo veían y lo tocaban.

Me encantaba escuchar historias de Pepe, contadas por mi hijo y sus compañeros y amigos. De Pepe y Antonio, su inseparable compañero de aventuras docentes. Que si ha dicho que la libertad es importante, que si había pedido que todos se respetaran en sus diferencias sociales, al estudiar en un colegio público con proximidad a zonas deprimidas de la ciudad. Que si era necesario escribir en una revista del Colegio para fomentar la opinión compartida. Que si el cine y las visitas culturales, así como las excursiones, los hacían más responsables. Siempre insistían en que los conocía muy bien. Yo sabía que los hacía también felices y libres.

Por eso me ha dolido tanto la ausencia de Pepe. Habiendo sido compañero virtual en este viaje a alguna parte, en la fase en que nuestro hijo se asomaba a la dureza de la vida, subidos los dos a un tren del que saqué billete hace muchos años, creo que desde que era muy pequeño, siento que se bajara en una estación de la vida porque ya no era imprescindible, aunque sí necesario para nosotros. Cuando me despedí aquella mañana, cerca del espacio físico que había compartido con mi hijo, quise reiterarle el agradecimiento por ser una persona buena que seguía ilusionado con ofrecer su trabajo y tiempo libre a los más desheredados de la sociedad. También porque mi hijo había aprendido a ser bueno con él, en clases que no están en los manuales al uso.

Ha muerto un maestro necesario para la vida. No era imprescindible, es más, casi nadie se ha dado cuenta de su ausencia y no le ofrecerán homenajes y panegíricos, porque además no le gustaban. Pero en el día de Andalucía, creo que merece que le declaremos, desde la ética pública, hijo predilecto de una tierra que quizá solo supo agradecerle que fuera “su” maestro, en silencio sonoro, por el esfuerzo y trabajo diario y anónimo con las niñas y niños en un Polígono de San Pablo (Sevilla) que no está en los cielos…

Sevilla, 28/II/2006

La librera

Hubo un momento en mi vida, de cuyo año quiero hoy acordarme, en el que soñé con poner una librería. Fue un momento ave fénix que recuerdo siempre con especial cuidado en mi memoria de hipocampo. No lo hice porque surgió otro sueño de compromiso social que me deslumbró y que hoy agradezco también, aunque ya he comentado muchas veces en este blog que me reconcilié con la ilusión de aquél giro copernicano y libresco cuando me reconocí en Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella, en las confidencias con su amigo Ferruccio, al comentarle que quería abrir una librería para ser feliz junto a otras dos razones de importancia extrema. Me ayudó a comprender también que la inteligencia es bella, cuando ayuda a resolver problemas del día a día. Guido Orefice o Roberto Benigni, tanto monta-monta tanto, el protagonista, explicaba bien cómo podíamos ser inteligentes al soñar en proyectos: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica permanente del bien y del mal en la vida y, por último, sabiendo distinguir el norte del sur, porque éste también existe. Además, porque cuidaba de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta, hasta el último momento.

Traigo a colación esta reflexión porque ayer vi una película extraordinaria, La librería, dirigida por Isabel Coixet, que me trajo sentimientos y emociones muy gratas y llenas de recuerdos de aquel compromiso no cumplido. La experiencia de Florence, la librera, cumpliendo su sueño de abrir una librería, era luchar permanentemente y con coraje contra el enemigo enmascarado en personas que no soportan comprender que el mundo solo tiene interés cuando va hacia adelante. Mucho menos, si a alguien se le ocurre abordar iniciativas sobre placeres inútiles, como es leer y disfrutar con los libros queridos. Temen en el fondo que al leer se abra la inteligencia para comprender mejor qué significa ser y no tanto tener. En un momento de la película escuché una voz que recordaba algo esencial en la vida: la lectura es un alimento de primera necesidad.

La película me pareció impecable por la interpretación de los artistas invitados, su guion, escenarios, color, fotografía, mensajes explícitos y subliminales y, sobre todo, por sus silencios cuando solo hablaban las miradas y las manos, por ejemplo. Comprendí lo que un día no tuve la osadía de acometer como proyecto vital. Aunque también me di cuenta de que, a veces, hay que renunciar a determinados proyectos cuando los demás los hacen imposibles y embarcarse en la aventura de leer o navegar hacia islas desconocidas. La metáfora de Jose Saramago en su Cuento de la isla desconocida, es útil cuando ante el fenómeno de la hoja o pantalla en blanco, teniendo alguien la oportunidad de decir algo, esto sea diferente y sirva también para los demás. Es la única forma de abrir la Puerta del Compromiso, como nos recuerda el autor. Es lo que aprendí hace muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).

Gracias, Isabel Coixet, por su coraje y por indicarnos cómo se llega a esta isla…, desconocida hasta hoy.

Sevilla, 26/XI/2017

Luz de gas y maltrato psicológico

En el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en el que se recuerda especialmente la lacra social de la violencia de género contra mujeres y niñas, quiero destacar un fenómeno conocido clínicamente como “hacer luz de gas”, cuyo origen se sitúa en la obra de teatro británica Gas Light, de 1938 (conocida como Angel Street, en Estados Unidos), así como por las adaptaciones que se llevaron al cine en 1940 y 1944. Esta última con el reclamo del papel estelar interpretado por Ingrid Bergman, que había asombrado al mundo con su aparición inolvidable en Casablanca. Trata la obra original de “un hombre que intenta convencer a su mujer de que está loca, manipulando pequeños objetos de su entorno e insistiendo constantemente en que ella está equivocada o que está padeciendo lagunas de memoria cada vez que ella menciona estos cambios. El término alude a las lámparas de gas (gas light) que el marido usa en el ático mientras busca el tesoro escondido. La mujer avista dichas luces, y él le insiste en que no son más que delirios” (1).

DIA INTERNACIONAL CONTRA VIOLENCIA MUJERES
http://www.un.org/es/events/endviolenceday/

Si dura es la realidad de la violencia de género llevada a extremos que estos días hemos conocido dolorosamente con estremecimiento personal y colectivo en este país, aplicar la “luz de gas” con la persona que compartes la vida, de forma abrumadora la del hombre sobre la mujer, estadísticamente hablando, es un camino de no retorno para aplicar el principio de realidad en situaciones de indefensión plena, porque su secreto está en negar lo que realmente está sucediendo en el entorno personal, familiar e incluso laboral de la persona afectada hasta su destrucción total de la persona de todos y la de secreto. Fundamentalmente, repito, sobre mujeres de este país, hasta hacerlas invisibles para todos, sobre todo para los que están más cerca de esta realidad de lo que parece y por sus silencios cómplices.

He leído recientemente un artículo, Luz de gas, el maltrato machista que nadie parece ver, que no deja indiferente a nadie. Recomiendo su atenta lectura porque de forma muy gráfica explica el sentido original y actual del fenómeno denominado “hacer luz de gas”, como una forma sutil de maltrato psicológico que arruina la vida de las mujeres que lo sufren.

La película del gran director George Cukor e interpretada por Ingrid Bergman, tradujo en este país, en 1944, la realidad del maltrato de mujeres en la década de los cuarenta del siglo pasado. La duda que flota en el aire es que Cukor podría volver a realizar otra película, un remake magistral de aquella (en lenguaje cinematográfico), donde cualquier parecido con la realidad no sería hoy, desgraciadamente, pura coincidencia. Porque sigue vivo casi un siglo después de aquella historia contada en el cine y porque todo no era Casablanca en este país.

Sevilla, 25/XI/2017, en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Hacer_luz_de_gas

¡Tócala, Sam!

En todo hay posverdad. El próximo domingo se cumplen setenta y cinco años del estreno mundial de una película de culto, Casablanca, que todavía hoy se sigue estimando, afortunadamente, en su fondo y forma cinematográficos. Siempre ha existido la posverdad, en el cine también, porque Ilsa (Ingrid Bergman) nunca pronunció la frase tal y como lo creemos y manifestamos siempre al recordar la escena del piano, “¡Tócala, otra vez Sam!”, ya que lo que dice realmente al pianista Sam (Dooley Wilson) es que toque una canción (As Time Goes By), «¡Tócala, Sam!», que le trae recuerdos de momentos especiales en París, cuando la escuchó por primera vez interpretada por el propio Sam.

Ha sido una película que nos ha dejado frases para la posteridad y que hoy vuelvo a recordarlas, entre otras de gran calado emocional, como un homenaje sencillo a esta maravillosa película:

  • Rick: “Siempre nos quedará París (No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que viniste a Casablanca, pero lo recuperamos anoche)”
  • Rick: “(Louis), presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad”
  • “¿Y qué harás esta noche? -No hago planes con tanta antelación-”

Vuelvo a escuchar “Mientras pasa el tiempo” en la versión de Louis Amstrong, la canción que ordenan tocar en dos secuencias inolvidables de la película tanto Ilsa como Rick. Sobre todo, una estrofa especial:

Debes recordar esto
un beso es solo un beso, un suspiro es solo un suspiro.
Las cosas fundamentales suceden
mientras pasa el tiempo

Es verdad, porque setenta y cinco años han borrado el mensaje subliminal del imperio americano y su intervencionismo en los grandes conflictos del mundo, como hilo conductor de Casablanca, para dejarnos una frase confundida en el tiempo de la posverdad, que todavía nos sugiere que debemos escucharla, una y mil veces, en su estrofa preferida. Porque se demuestra que existen circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. Porque nunca existe “otra vez”, sino el tiempo que huye y no vuelve jamás, dejándonos solo la estela de los besos y suspiros que en un determinado momento fueron verdaderos.

Sevilla, 24/XI/2017