La librera

Hubo un momento en mi vida, de cuyo año quiero hoy acordarme, en el que soñé con poner una librería. Fue un momento ave fénix que recuerdo siempre con especial cuidado en mi memoria de hipocampo. No lo hice porque surgió otro sueño de compromiso social que me deslumbró y que hoy agradezco también, aunque ya he comentado muchas veces en este blog que me reconcilié con la ilusión de aquél giro copernicano y libresco cuando me reconocí en Guido Orefici, el protagonista de La vida es bella, en las confidencias con su amigo Ferruccio, al comentarle que quería abrir una librería para ser feliz junto a otras dos razones de importancia extrema. Me ayudó a comprender también que la inteligencia es bella, cuando ayuda a resolver problemas del día a día. Guido Orefici o Roberto Benigni, tanto monta-monta tanto, el protagonista, explicaba bien cómo podíamos ser inteligentes al soñar en proyectos: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica permanente del bien y del mal en la vida y, por último, sabiendo distinguir el norte del sur, porque éste también existe. Además, porque cuidaba de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta, hasta el último momento.

Traigo a colación esta reflexión porque ayer vi una película extraordinaria, La librería, dirigida por Isabel Coixet, que me trajo sentimientos y emociones muy gratas y llenas de recuerdos de aquel compromiso no cumplido. La experiencia de Florence, la librera, cumpliendo su sueño de abrir una librería, era luchar permanentemente y con coraje contra el enemigo enmascarado en personas que no soportan comprender que el mundo solo tiene interés cuando va hacia adelante. Mucho menos, si a alguien se le ocurre abordar iniciativas sobre placeres inútiles, como es leer y disfrutar con los libros queridos. Temen en el fondo que al leer se abra la inteligencia para comprender mejor qué significa ser y no tanto tener. En un momento de la película escuché una voz que recordaba algo esencial en la vida: la lectura es un alimento de primera necesidad.

La película me pareció impecable por la interpretación de los artistas invitados, su guion, escenarios, color, fotografía, mensajes explícitos y subliminales y, sobre todo, por sus silencios cuando solo hablaban las miradas y las manos, por ejemplo. Comprendí lo que un día no tuve la osadía de acometer como proyecto vital. Aunque también me di cuenta de que, a veces, hay que renunciar a determinados proyectos cuando los demás los hacen imposibles y embarcarse en la aventura de leer o navegar hacia islas desconocidas. La metáfora de Jose Saramago en su Cuento de la isla desconocida, es útil cuando ante el fenómeno de la hoja o pantalla en blanco, teniendo alguien la oportunidad de decir algo, esto sea diferente y sirva también para los demás. Es la única forma de abrir la Puerta del Compromiso, como nos recuerda el autor. Es lo que aprendí hace muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).

Gracias, Isabel Coixet, por su coraje y por indicarnos cómo se llega a esta isla…, desconocida hasta hoy.

Sevilla, 26/XI/2017

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