Daños de la pandemia: sociedad expulsada y derecho a ingresos

Sevilla, 9/X/2021

El pasado miércoles, 6 de octubre se presentó en Madrid, por parte de Cáritas y la Fundación FOESSA (Fomento de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada), el informe Sociedad expulsada y derecho a ingresos, donde se analiza el alcance de la pandemia en la cohesión social en España, con datos bastante preocupantes que se resumen en una frase: 11 millones de personas se encuentran en situación de exclusión social en España, seis millones de ellas se encuentran ya en exclusión severa, lo que ocasiona un empeoramiento generalizado de los niveles de integración para el conjunto de la población.

En su editorial se señala que “Esta crisis sanitaria ha dejado tras de sí una profunda huella. Más allá del esperable incremento de la exclusión y la pobreza, el resultado más grave se traduce en el ensanchamiento de la exclusión social, sobre todo entre aquellas personas y familias que acumulan más dificultades de integración. Este proceso supone un vertiginoso incremento de la exclusión social más severa en un periodo de poco más de un año y medio. Este considerable aumento del segmento más grave de la exclusión supone que dos millones de personas se han sumado a los cuatro millones que habitaban este espacio social antes de la llegada de la pandemia. Esta tendencia nos advierte de que, aunque durante las crisis se produce un rápido incremento de la exclusión, la posterior llegada de periodos de recuperación y crecimiento económico no suponen un rápido descenso de dichos niveles de exclusión. Por lo que en las últimas décadas se ha constado que la facilidad para caer en la exclusión cuando hay crisis se transforma en dificultad para salir de ella incluso en los periodos de bonanza. Una realidad que nos recuerda la necesidad de repensar el modelo social y relacional, el modelo económico y de redistribución, así como los valores sobre los que asentar nuestra convivencia, de forma que podamos evitar la cronificación de las situaciones de pobreza y exclusión social”.

Creo que en la transformación del país auspiciada por la salida del túnel de la pandemia, hay que fijar prioridades en la atención a los daños colaterales que ha producido durante este año y medio último, atendiendo a los datos escalofriantes del informe citado y con un impacto directo en la cohesión social del país que hay que atender como emergencia política, en el sentido más puro del término y no confiarlo nada más que a las organizaciones no gubernamentales que vienen atendiendo esta situación desde el comienzo de la crisis sanitaria en este país. En tal sentido, el Informe presenta un avance de resultados en los siguientes ámbitos: un balance general en el que la exclusión social se ensancha, especialmente en su manifestación más severa, generando más desigualdad; el empeoramiento generalizado para el conjunto de la población, con un resultado evidente: menos empleo y más pobreza, la constatación de que ante la crisis, la existencia de un sistema de protección amortigua el impacto y la ausencia de este lo amplifica y que la pandemia tensa las relaciones y las lleva al límite; los impactos de la pandemia y factores novedosos de exclusión social, donde la diferencia no es solo contar o no con empleo, sino la calidad de este, agregando el sempiterno problema, con crisis o sin ella, del derecho a la vivienda que no se cumple, retroalimentándose al mismo tiempo la crisis sanitaria y social. En este contexto, los hogares viven con más tensión desde la pandemia, agregándose una constatación evidente y de la que personalmente soy más sensible: la brecha digital, como un nuevo elemento exclusógeno.

El informe trata también de los colectivos más afectados por el “virus” de la crisis social: familias con menores de edad a cargo, que se convierte en una carga si no hay apoyos, los trabajadores más mayores están más que nunca en la cuerda floja, constatándose de forma evidente que la educación protege, pero cada vez menos, produciéndose también otros impactos, como el de la población de origen inmigrante que ahora, más que nunca, viaja en el último vagón del tren social que sale del túnel de la pandemia y sus consecuencias.

También se aborda unas cuestión que aun habiendo sido vivida en 2020 como una solución bastante justa para evitar la exclusión social, se ha evidenciado que la burocracia ha impedido que miles de familias obtengan los beneficios esperados. Me refiero al Ingreso Mínimo Vital (IMV, establecido por el Real decreto 20/2020 de 29 de mayo), que en el Informe ocupa un lugar destacado como alternativa real y que se mantiene en el tiempo como un sistema de garantía de ingresos, por su constitución como prestación no contributiva que garantiza un nivel mínimo de renta a quienes se encuentren en situación de vulnerabilidad, como son los casos que trata de forma objetiva y veraz este informe. Es muy importante resaltar una vez más en este cuaderno digital, cuando se trata el IMV que se crea como un derecho subjetivo, avalado constitucionalmente (artículo 41), que se convierte a su vez en una prestación más dentro del Sistema de Garantía de Ingresos y en una medida complementaria de la política de lucha contra la pobreza y la desigualdad.

En este contexto y como de lo que se trata no es de radiografiar solo la realidad, que también hay que hacerlo, sino de transformarla, recojo textualmente los datos recogidos en el informe en tal sentido: “Desde que se puso en marcha el Ingreso Mínimo Vital, en junio de 2020, la evolución de las prestaciones que han sido tramitadas muestra una eficacia muy relativa tomando como referencia la provisión inicial de potenciales beneficiarios/as. En su presentación oficial por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, la cifra de potenciales beneficiarios/as ascendía a 2,3 millones de personas, procedentes de 850.000 hogares, que cumplían con los requisitos de acceso preestablecidos. Desde entonces esta cobertura prevista está aún lejos de su cumplimiento. En total se ha recibido, hasta septiembre 2021, según últimos datos oficiales disponibles, un total de 1.322.904 millones de solicitudes válidas (91,0%), de las que 1.244.029 millones han sido tramitadas (el 94,0%). Del total de expedientes tramitados, tan solo el 27,1% de las solicitudes han sido aprobadas (336.933), frente a siete de cada diez que han sido denegadas (888.458). El 1,5% restante está en proceso de subsanación pendiente de completar alguna información (18.638). Con estos antecedentes, “El total de prestaciones concedidas, según nómina de septiembre de 2021, asciende a 799.203 personas, beneficiando a 315.913 hogares, el 37,2% de los previstos inicialmente, llegando la cuantía media a los 436€ por hogar. La ratio de beneficiarios por prestación es de 2,53 personas”.

Como una imagen vale más que mil palabras, reproduzco a continuación el gráfico que indica la proporción de personas beneficiarias del IMV sobre la población en pobreza severa según comunidad autónoma, donde se puede comprobar que la Comunidad Autónoma a la que pertenezco, Andalucía, sólo alcanza en la actualidad la obtención del IMV a un 20% del total de prestaciones solicitadas en relación con la pobreza severa, porcentaje que se comenta por sí sólo y que debería llevar a al Gobierno a una reflexión sobre las condiciones de solicitud de las mismas, cuestión que aborda el informe en el apartado dedicado al análisis de IMV en la actualidad, al constatarse una cobertura insuficiente y con lagunas específicas entre perfiles, tipos de hogares y situaciones de exclusión social, un desconocimiento muy alto de la existencia de este derecho subjetivo, como bien lo trata el informe: “A la vista de los datos de solicitantes, podemos afirmar que la respuesta social a la medida es, efectivamente, mayor desde el público al que estaba destinada, si bien, por desinformación, frenados por no cumplir los requisitos tan específicos a priori, o por otras cuestiones relacionadas con las dificultades burocráticas y tramitación, solo una cuarta parte de las familias en pobreza severa son solicitantes”.

Por último, se abordan unas conclusiones de las que destaco sobre todo las siguientes:

  • Después de un año y medio, un primer impacto de esta crisis es un empeoramiento generalizado de los niveles de integración para el conjunto de la población. Se está produciendo un deslizamiento de los diferentes estratos de la sociedad hacia situaciones de mayor precariedad y exclusión social. Podríamos describir la situación actual del eje integración-exclusión como una sucesión de estanques y cascadas donde ha habido un trasvase desde la integración plena, que pierde caudal, a la integración precaria, de ahí a la exclusión moderada y, por último, a la exclusión severa, que es el que más crece en volumen. La consecuencia directa de esto es que 11 millones de personas en nuestro país viven en situaciones de exclusión social; son 2,5 millones más que en 2018. Una primera factura en forma de exclusión social y de empeoramiento de las condiciones de vida que están pagando muchas personas con las que convivimos a diario (familiares, vecinos y vecinas) y con las que compartimos sociedad y futuro.
  • El espacio de exclusión social se ha incrementado, donde lo que más ha crecido es el último estanque, el de aquellas situaciones más críticas. Una realidad de exclusión severa que, fruto de la pandemia, ha pasado de afectar a 4 millones de personas en 2018 a los más de 6 millones de la actualidad.
  • El empleo y la de la vivienda, se evidencian como dolencias estructurales de nuestra sociedad y como derechos vulnerados para un gran número de personas independientemente de que el contexto económico sea de crecimiento o de crisis.
  • La dimensión de la salud también ha empeorado tanto en el bienestar y en la exposición a la dependencia, como en la falta de capacidad económica para afrontar las necesidades médica.
  • Si bien el nivel de estudios continúa siendo un elemento protector contra la exclusión cada vez lo es menos, tal y como demuestra el hecho de que la exclusión que más crece es la que se da entre los hogares encabezados por una persona con estudios universitarios.
  • La pandemia sí está erosionando con fuerza la calidad de las relaciones en los hogares, duplicándose el número de aquellos cuyo clima de convivencia presenta dificultades serias.
  • La brecha digital está suponiendo una pérdida de oportunidades en diversos ámbitos como el empleo, la educación, las ayudas de la administración pública o las propias relaciones sociales. Esta situación de desigualdad conlleva la perpetuación y profundización de situaciones de desventaja preexistentes, pero, además se ha impuesto como un nuevo factor de exclusión social causando incluso el alejamiento la posibilidad de una participación plena en la sociedad para las personas y familias que la sufren.
  • La pandemia ha intensificado unas situaciones de exclusión críticas para la población de origen inmigrante, cronificando una clara posición de desventaja que se evidencia en una clara sobrerrepresentación de este grupo en el espacio de la exclusión (38%), y que es aún más marcada en el de la exclusión severa (65%).
  • Más de dos tercios de los hogares en pobreza severa no lo han solicitado (el 67,8%). Es importante resaltar también que un 6,2% de hogares lo han intentado, pero han encontrado barreras para realizar el trámite de forma presencial o telemáticamente. Finalmente, tan solo el 25,9% de los hogares en pobreza severa han conseguido realizar el trámite con éxito. Un 15,6% lo ha solicitado telemáticamente y un 10,3% de forma presencial.
  • Es preciso y urgente corregir las principales trabas del acceso al Ingreso Mínimo Vital, que excluye a determinados hogares y personas que mejorarían sus condiciones de vida si tuviesen esta prestación, siendo introducidas algunas modificaciones en su normativa actual, y reconociendo que este instrumento de protección social constituía una necesidad y una demanda previa a la llegada de la crisis sanitaria.

Creo que desde este cuaderno digital se puede expresar lo que significa el compromiso intelectual escribiendo sobre estas realidades sociales como la desarrollada hoy en este artículo, algo necesario e imprescindible. El citado compromiso al escribir hoy lo entiendo como el cuestionamiento de la existencia de uno mismo al servicio de lo estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, para romper moldes y preguntarnos si lo importante es salir del pequeño mundo de confort que nos rodea y mirar alrededor, como signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces, desgraciadamente, no está al alcance de cualquiera. La pre-programación de la preconcepción, en clave aprendida del profesor Ronald Laing, es una tábula rasa sobre la que se elabora y encuaderna el libro de instrucciones de la vida. Y por lo poco que se sabe al respecto, quedan muchos años para descifrar el código vital, el llamado código genético de cada cual, personal e intransferible, mejor que el carnet de identidad al que lo hemos asociado culturalmente por la legislación vigente, mucho más atractivo que el de da Vinci, aunque ahora sea menos comercial. Afortunadamente. La conclusión es que estamos mediatizados por nuestro programa genético y por nuestro medio social en el que crecemos. Todos somos “militantes” en potencia, con y sin carnet, dependiendo de sus aprendizajes para comprometernos con la vida. Militar en vida, esa es la cuestión.

La segunda vertiente a analizar es la del compromiso. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretándola como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tanta veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que llamo uso de razón científica, nos pasamos toda la vida decidiendo. Por eso nos equivocamos, a mayor gracia de Dios, como personas que habitualmente tenemos miedo a la libertad, acudiendo al Fromm que asimilé en mi adolescencia, pero que es la mejor posibilidad que tenemos de ser nosotros mismos. Esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre. Compromiso o diversión, en clave pascaliana. Y mi punto de vista es claro y contundente. Cuando tienes la “suerte” de conocer el dilema ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada. Por eso me aproximé siempre a ella, porque me dejaban estar sin preguntarme nada. Intuían la importancia del descubrimiento de la respuestabilidad. Había inteligencia y compromiso activo. Seguro. Pero con un concepto equivocado como paso previo: la militancia de carnet. Craso error. Antes las personas, después la militancia. No al revés, que después vienen las sorpresas y las llamadas traiciones como crónicas anunciadas.

Una tercera cuestión en discusión se centra en el adjetivo del compromiso: intelectual y, hablando del grupo organizado o no, de los “intelectuales”. De este último grupo, líbrenos el Señor, porque suele ser el grupo humano más lejano de la sociedad sintiente, no la de papel cuché o la del destrozo personal televisivo. Un intelectual es concebido como un ser alejado de la realidad que se suele pasar muchas horas en cualquier laboratorio de la vida y de vez en cuando se asoma a la ventana del mundo para gritar eureka a los cuatro vientos, palabra que no suele afectar a muchos porque nace del egoísmo de la idolatría científica. Por eso hay que rescatar la auténtica figura de las personas inteligentes que ponen al servicio de la humanidad lejana y, sobre todo, próxima su conocimiento compartido, su capacidad para resolver problemas de todos los días, los que verdaderamente preocupan en el quehacer y quesentir diario. Cada intelectual, hemos quedado en “cada persona”, que toma conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo que dignificar. Si esa militancia es independiente, otra cuestión a debatir, es solo un problema más a resolver pero no el primero. No equivoquemos los términos, en lenguaje partidista. Porque así nos luce el pelo sobre la corteza cerebral, sede de la inteligencia, nuestro domicilio de la libertad personal, de la que afortunadamente podemos presumir todos. Todavía no es mercancía clasificada, aunque todo se andará porque ya está en el mercado mundial. Al tiempo.

Las razones de mi razón y de mi corazón, expuestas anteriormente, son las que me llevan a hablar hoy de sociedad expulsada y derecho a ingresos en mi ámbito de compromiso intelectual, entre otros, que también existe. . No me deja tranquilo el Informe citado y por ese motivo lo comparto.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Los papeles de Pandora: vicios privados, públicas virtudes

Sevilla, 5/X/2021

¡Dios mío, si tuviéramos un poco de honradez!

Bernardo de Mandeville (1670 (?)-1733), El panal rumoroso: o la redención de los bribones

Se está convirtiendo en un clásico popular la recurrencia de trabajos periodísticos de ámbito internacional, llevados a cabo con rigor, en los que saltan a la luz pública los desmanes de los “poderosos” en relación con la evasión de impuestos, socavando continuamente los cimientos del estado de bienestar sostenido con los impuestos de la ciudadanía. Es el caso ahora de lo que ya se conocen como los papeles de Pandora, en los que se destapan los negocios opacos de 600 españoles y 35 mandatarios internacionales. Hace tanto daño público la corrupción fiscal de reyes desnudos, gobernantes, políticos, deportistas, artistas y la ejercida por personas conocidas y anónimas, más cerca de nosotros de lo que a primera vista parece, que acusamos cansancio ético porque estamos rodeados. Hace más de diez años que escribí el post que sigue, con un título aparentemente cinematográfico, Vicios privados, públicas virtudes, aunque ya advierto que en este caso cualquier parecido con la realidad de lo allí expuesto y hoy vivido y sentido, incluidos los papeles de Pandora, no es pura coincidencia. Cuando vivía en Roma, ciudad que siempre es un peligro para caminantes sensatos, vi durante muchos meses el cartel de la película con este título y no lo he olvidado: Vizi Privati, Pubbliche Virtú. Tal cual.

El hartazgo de determinadas actitudes políticas y de líderes sociales de todo tipo hace estragos en democracia y no me resisto a seguir defendiendo a capa y espada la honradez de miles de personas que ejercen la política y sus profesiones dignamente, aunque la condición humana, que no me es ajena, se aproxima con demasiada frecuencia a estos precipicios de indignidad. Todas las personas que ejercen la política o profesiones que les proporcionan mucho dinero, no son iguales. No hace falta dar nombres, porque nos hemos quedado con la cara de los que ocupan el desgraciado ranking de la indignidad. Pero necesitamos protegernos de este maremoto político, deportivo, artístico y literario, con olas de corrupción, que nos sobrepasan en el acontecer diario.

Vuelvo a publicar aquellas palabras, a las que no quito punto o coma de la época en que se escribió, porque es también lo que sucede en la actual, salvando lo que haya que salvar. La última frase, mezcla de enigma y desasosiego social, sigue teniendo gran valor en el momento actual: «Es probable que el conocimiento nos permita comprender entonces que los vicios son públicos cuando personalmente ya no sabemos vivir con nosotros mismos, porque hemos perdido el espacio privado y necesario de la virtud en un panal social que nos desborda, aceptando desgraciadamente el principio del conformismo cómplice e impresentable del manual ético de Bernardo de Mandeville: “Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado«.

Al fin y al cabo, mientras que el mundo siga por los derroteros actuales, muchas personas acaban mirando sin pestañear a la mujer del César: ¿hay que ser honestos o sólo parecerlo? Esa es la cuestión, aunque personalmente defiendo, con ardor guerrero, que entre todos nos debemos esforzar en hacer de este mundo un gran panal honrado. Aunque siempre tenemos a Benedetti y Luis Pastor para recordarnos que podemos hacer muchas cosas con el “tu puedo y mi quiero” de todos los días. Sobre todo, si vamos juntos, compañeras, compañeros.

Audio de Mario Benedetti recitando Vamos juntos

Luis Pastor, Vamos juntos

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VICIOS PRIVADOS, PÚBLICAS VIRTUDES

Para los que pertenecemos a la generación en la que sabemos que todavía, en tiempo de crisis, nos queda la palabra, escribo este post como micro acto solidario para romper silencios cómplices, conformistas, acerca de personas y situaciones que sufren en democracia: niños amenazados por la larga sombra de la pederastia en la Iglesia y fuera de ella, personas que ejercen la política y son honrados, porque no todos son iguales, jueces dignos como Garzón y otros muchos como él preocupados para que no que pase sin pena ni gloria el dolor que perdura por los efectos de la Guerra Civil, y mujeres al borde de la muerte física, psíquica y social porque existen hombres e instituciones que no aceptan que desarrollen su inteligencia en libertad.

Un gran panal, atiborrado de abejas
que vivían con lujo y comodidad,
más que gozaba fama por sus leyes
y numerosos enjambres precoces,
estaba considerado el gran vivero
de las ciencias y la industria.

Bernardo de Mandeville (1670 (?)-1733), El panal rumoroso: o la redención de los bribones

Desde la ventana del autobús 881, en Roma, veía en 1976 el cartel de la película de Miklós Jancsó que llevaba este título. El cine que la proyectaba estaba a solo unos metros de la Ciudad del Vaticano (¡qué paradoja!) y, una y otra vez, la he recuperado en mi memoria de hipocampo en estos últimos días de desasosiego ético nacional e internacional, con las noticias de la pederastia en la Iglesia, la trama de corrupción Gürtel, el proceso abierto contra el juez Garzón y el azote de la violencia de género, por poner ejemplos reales. La tentación inmediata es agregarnos inmediatamente al grupo de opinión mayoritaria de este país alejado de la teoría crítica constructiva y ver siempre en los otros lo que no somos capaces de integrar como una realidad de la condición humana que hay que saber enjuiciar con frialdad para no cometer errores dogmáticos e inquisidores, y para no caer, obviamente, en el determinismo cruel del mal y del bien necesarios, propugnado ya en el siglo XVIII por Bernardo de Mandeville, en un poema “anónimo” que publicó en 1714 (1), que formaba parte de un libro titulado The Fable of the Bees: or Private Vices, Public Benefits (La fábula de las abejas: Vicios Privados, Públicos Beneficios):

… empeñados por millones en satisfacerse
mutuamente la lujuria y vanidad.
… Los abogados, cuyo arte se basa
en crear litigios y discordar los casos,
… Deliberadamente demoraban las audiencias,
para echar mano a los honorarios;
… Los médicos valoraban la riqueza y la fama
más que la salud del paciente marchito
… Y la misma Justicia, célebre por su equidad,
aunque ciega, no carecía de tacto;
su mano izquierda, que debía sostener la balanza,
a menudo la dejaba caer, sobornada con oro
… El curioso resultado es que mientras
cada parte estaba llena de vicios,
sin embargo todo el conjunto era un Paraíso.

Este espectáculo, al que asistimos como testigos de cargo casi siempre, al grito de los tahúres de Mandeville, «¡Dios mío, si tuviéramos un poco de honradez!», traduce la realidad cruel de una sociedad que está tocada en su alma. No nos engañemos. Mientras que la preocupación social más extendida del triunfo a toda costa y la exigencia de la felicidad como derecho constitucional siga campando en el terreno de la violencia reactiva, porque la llamada crisis de valores, de la que todo el mundo habla pero que casi nadie concreta (le verdad es que no interesa resolverla), no acaba de analizarse con el rigor y urgencia que necesita, es muy difícil exigir de los demás la ejemplaridad, sin que empiece la auténtica conversión por uno mismo.

Vicios privados y públicas virtudes, es una expresión que va más allá del título de una película, porque la trasciende y recoge una realidad notoria en la sociedad actual. En un Estado de derecho debemos confiar siempre en la Justicia para abordar los delitos privados y públicos. Pero la solución está también y, básicamente, en otro ámbito: en la generación de responsabilidades públicas y privadas, individuales y colectivas, basadas en dos grandes principios, el del conocimiento y el de la libertad. Conocimiento, para saber por qué ocurren las cosas, por qué debemos recurrir siempre a la inteligencia para resolver conflictos, con su gran carga de sentimientos y emociones a la que siempre está ligada. Y, por supuesto, la libertad para educarla en el sentido más pleno del término. Educación y saber ser y estar en clave de ciudadanía, son dos grandes principios que necesitan ser reforzados y blindados a marchas forzadas en nuestro país, en todos los niveles sociales posibles. De esta forma, sabremos analizar mejor, con humildad, por qué el ser humano es capaz de practicar la violencia con los niños, robar dinero público, quitar legitimidad a un juez o hacer daño a una mujer, de muchas formas, sin caer tampoco en el diseño de un mundo feliz que no existe de forma global, aunque sí individual para quien se lo propone, sin necesidad de dioses o de la fatal aceptación del mal como “semilla” necesaria del bien, volviendo a Mandeville, al intervenir esos dioses salvadores (de cualquier tipología) que citaba anteriormente, para poner orden en un mundo tan enloquecido:

Pero, ¡oh, dioses, qué consternación!
¡Cuán grande y súbito ha sido el cambio!
Los tribunales quedaron ya aquel día en silencio,
porque ya muy a gusto pagaban los deudores.
… Quienes no tenían razón enmudecieron,
… con lo cual nada podía medrar menos
que los abogados en un panal honrado.
… La Justicia, no siendo ya requerida su presencia,
con su séquito y pompa se marchó.
Abrían el séquito los herreros con cerrojos y rejas,
luego los carceleros, torneros y guardianes.
… Todos los ineptos, o quienes sabían
que sus servicios no eran indispensables se marcharon;
no había ya ocupación para tantos.
… ¡Contemplad ahora el glorioso panal, y ved
cómo concuerdan honradez y comercio!

Es probable que el conocimiento nos permita comprender entonces que los vicios son públicos cuando personalmente ya no sabemos vivir con nosotros mismos, porque hemos perdido el espacio privado y necesario de la virtud en un panal social que nos desborda, aceptando desgraciadamente el principio del conformismo cómplice e impresentable del manual ético de Mandeville: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado.

Sevilla, 11/IV/2010

(1) García-Trevijano, Carmen (1994). El reverso de la utopía. Actualidad de «la fábula de las abejas» de Bernardo de Mandeville. Psicología Política, 9, 7-20.

NOTA: La imagen utilizada en este post fue recuperada el 10 de abril de 2010 de: http://www.infoagro.com/noticias/2008/5/1458_agricultura_abre_plazo_solicitar_ayudas_al_fomento.asp

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cuando la meditación es un consuelo

Sevilla, 4/X/2021

Anoche se entregaron en Madrid los premios Platino del Cine y el Audiovisual Iberoamericano, en su VIII edición, recibiendo la película El olvido que seremos, dirigida por Fernando Trueba, los premios a la mejor película iberoamericana de ficción, mejor dirección (Fernando Trueba), mejor interpretación masculina (Javier Cámara), mejor guion (David Trueba) y mejor dirección de arte (Diego López). Estos premios se suman al recibido el pasado mes de marzo, el Goya a la mejor película iberoamericana, como reconocimiento al excelente trabajo del cine iberoamericano, en este caso con la fusión de Colombia y España. Con este motivo, vuelvo a publicar el artículo que publiqué en el mes de junio de 2020, Cuando guardamos el alma en un bolsillo, en plena pandemia, una reseña envuelta en palabras de Antonio Machado y Jorge Luis Borges, que siguen teniendo actualidad plena en un mundo de desencantos por la corrupción en los poderes públicos y privados, donde afloran siempre los vicios privados y las públicas virtudes que tanto daño hacen a la Humanidad. Véase como botón de muestra la noticia aparecida hoy en los medios de comunicación de países que comparten el periodismo científico, sobre los papeles de Pandora, en la que se destapan los negocios opacos de 600 españoles y 35 mandatarios internacionales y en la que aparece también la cara más triste y de desencanto social de los ciudadanos de Colombia y España, cuando el fraude tributario campa a sus anchas en paraísos fiscales, haciendo añicos el estado del bienestar y el interés general de la ciudadanía.

He leído el libro varias veces, cumpliendo un compromiso adquirido el día que escribí el artículo que sigue, lectura que recomiendo una y mil veces, con un título que es todo un símbolo para no olvidar, siendo y estando en un mundo tan conflictivo como el actual, pero que sigue posibilitando que todos podamos guardar nuestra alma en el bolsillo más querido de nuestra vida. En aquél momento no había leído el libro, aunque días después lo compré y devoré en un abrir y cerrar de ojos. También del alma. El soneto de Borges, Aquí. Hoy, lo le leído también en bastantes ocasiones de mudanzas de cuerpo y alma, porque la meditación sobre su fondo y forma es un consuelo en estos tiempos tan revueltos.

Cuando guardamos el alma en un bolsillo

Ha sido una experiencia especial, de las que estremece la vida, porque he vuelto a descubrir el alma de una persona en su bolsillo. Me ocurrió por primera vez el día que supe que en un viejo abrigo de Antonio Machado, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, unos días antes de su triste fallecimiento en el exilio, guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz: “Ser o no ser…”, una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: “Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”) y un verso suelto: “Estos días azules y este sol de la infancia…”. Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna.

La segunda experiencia y que motiva estas palabras escritas hoy con el vértigo que siento siempre ante la página en blanco, es el descubrimiento de una historia que merece ser leída con detalle a través de un extenso artículo del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, protagonizada por una nota encontrada en el bolsillo de la chaqueta de su padre, el doctor y activista de derechos humanos Héctor Abad Gómez, el día que lo asesinaron (probablemente a manos de paramilitares), el 25 de agosto de 1987, en la calle Argentina de Medellín (Colombia), donde figuraba un poema de Borges, tal y como lo describió meses después en el Magazín Dominical de El Espectador. Fue el momento en el que dijo que el poema era de Borges. Lo que sucedió después, a lo largo de los años, es una historia muy larga de contar que propició la publicación de un libro, El olvido que seremos (1), que a su vez ha sido la base del guion de una película dirigida por Fernando Trueba y que ha sido seleccionada en la 73ª edición del Festival de Cannes, aunque no ha podido celebrarse el pasado mes de mayo por la pandemia mundial. Esta concatenación de hechos es muy sugerente, a modo de una novela no de ficción, sino de realismo mágico y trágico colombiano que tan bien trató siempre Gabriel García Márquez, aunque en esta ocasión con visión plena y triste de una gran realidad vivida y sentida en primera persona por Héctor Abad Faciolince.

EL OLVIDO QUE SEREMOS

El poema atribuido desde el primer momento a Borges, lo tiene grabado el autor del artículo en su mente y muestra de su creencia en la auténtica autoría, tan controvertida después, es que sirvió como epitafio en la tumba de su padre, recogiendo las iniciales JLB que recordaba haber visto en aquella nota que encontró en el bolsillo de su padre: “[…]el poema ahora también está impreso en mi memoria y espero recordarlo hasta que mis neuronas se desconfiguren con la vejez o con la muerte”:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no “.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso, con esperanza, en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Primero, le puso un título, Epitafio, hasta que con el paso de los años en el largo camino por demostrar la autoría de Jorge Luis Borges, apasionante, supo que su verdadero título era “Aquí. Hoy”. No he leído el libro que narra estos acontecimientos a modo de autobiografía novelada en tiempos de aquel suceso, solo algunas reseñas, entre las que escojo la de mi maestro, Manuel Rivas: “No sé si un libro puede cambiar la vida, pero sí que puede alterar tu reloj biológico. […] Me mantuvo en vigilia toda la noche. Es un libro con boca. La boca inolvidable de la gran literatura que ha sobrevivido a la extinción de las palabras”. Tampoco he visto la película, obviamente. Pero siento como si leyera hoy los versos de Machado y Borges, en primera persona y en directo, comprendiendo que el alma puede quedarse en el bolsillo de una chaqueta como si fuera el mejor lugar para una gran compañera en el camino de la vida: la dignidad del olvido. En el caso del padre de Héctor Abad Faciolince, muriendo también como Machado en soledad sonora, pero sin abandonar el precioso retrato de la dignidad: Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.

Porque es verdad: desde hoy mismo ya somos el olvido que seremos y podemos guardarlo dignamente, como el alma, en nuestro bolsillo más querido.

(1) Abad Faciolince, H. (2017). El olvido que seremos. Madrid: Alfaguara.

NOTA: la imagen en la que aparece Fernando Trueba, se recuperó el 6 de junio de 2020 de https://www.las2orillas.co/el-olvido-que-seremos-llega-a-cannes/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Francisco sólo habla de fortalecer las raíces y reafirmar los valores del Pueblo de México

Francisco

Sevilla, 2/X/2021

Leo con sorpresa e indignación el ataque furibundo al Papa Francisco por lo manifestado en la carta que ha dirigido a Monseñor Rogelio Cabrera López, Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el pasado 24 de septiembre, con motivo del Bicentenario de la declaración de la Independencia del Pueblo Mexicano. La derecha cavernícola de este país, junto a la ultraderecha, se han unido en un ataque sin piedad a Francisco por lo expresado en la citada carta, que reproduzco a continuación para no mezclar a priori una sola opinión en su texto y contexto, donde lo único que se explica con detalle son los hilos conductores de la misma: fortalecer las raíces y reafirmar los valores de México como nación:

Querido hermano: 

Con motivo del Bicentenario de la declaración de la Independencia, quiero hacerte llegar un cordial saludo, a ti y a los demás hermanos obispos, a las autoridades nacionales y a todo el Pueblo de México. Celebrar la independencia es afirmar la libertad, y la libertad es un don y una conquista permanente. Por eso, me uno a la alegría de esta celebración y, al mismo tiempo, deseo que este aniversario tan especial sea una ocasión propicia para fortalecer las raíces y reafirmar los valores que los construyen como nación. 

Para fortalecer las raíces es preciso hacer una relectura del pasado, teniendo en cuenta tanto las luces como las sombras que han forjado la historia del país. Esa mirada retrospectiva incluye necesariamente un proceso de purificación de la memoria, es decir, reconocer los errores cometidos en el pasado, que han sido muy dolorosos. Por eso, en diversas ocasiones, tantos mis antecesores como yo mismo, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización. En esa misma perspectiva, tampoco se pueden ignorar las acciones que, en tiempos más recientes, se cometieron contra el sentimiento religioso cristiano de gran parte del Pueblo mexicano, provocando con ello un profundo sufrimiento. Pero no evocamos los dolores del pasado para quedarnos ahí, sino para aprender de ellos y seguir dando pasos, vistas a sanar las heridas, a cultivar un diálogo abierto y respetuoso entre las diferencias, y a construir la tan anhelada fraternidad, priorizando el bien común por encima de los intereses particulares, las tensiones y los conflictos. 

El aniversario que están celebrando invita a mirar no sólo al pasado para fortalecer las raíces, sino también a seguir viviendo el presente y a construir el futuro con gozo y esperanza, reafirmando los valores que los han constituido y los identifican como Pueblo –valores por los que tanto han luchado e incluso han dado la vida muchos de vuestros antecesores– como son la independencia, la unión y la religión. Y en este punto, quisiera destacar otro acontecimiento que marcará sin duda todo un itinerario de fe para la Iglesia mexicana en los próximos años: la celebración, dentro de una década, de los 500 años de las apariciones de Guadalupe. En esta conmemoración, es bello recordar que, como lo expresó la Conferencia del Episcopado Mexicano en ocasión del 175º aniversario de la Independencia nacional, la imagen de la Virgen de Guadalupe tomada por el Padre Hidalgo del Santuario de Atotonilco, simbolizó una lucha y una esperanza que culminó en las “tres garantías” de Iguala impresas para siempre en los colores de la bandera. María de Guadalupe, la Virgen Morenita, dirigiéndose de modo particular a los más pequeños y necesitados, favoreció la hermandad y la libertad, la reconciliación y la inculturación del mensaje cristiano, no sólo en México sino en todas las Américas. Que ella siga siendo para todos ustedes la guía segura que los lleve a la comunión y a la vida plena en su Hijo Jesucristo. 

Que Jesús bendiga a todos los hijos e hijas de México, y la Virgen Santa los cuide y ampare con su manto celestial. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. 

Fraternalmente, 

Roma, San Juan de Letrán, 16 de septiembre de 2021

Como es habitual en la diplomacia vaticana el lenguaje es exquisito y cuidado hasta la saciedad, aunque es bueno reconocer en este tiempo actual que se cometieron errores durante la llamada “conquista de América”, a lo que Francisco llama “purificar la memoria”: “Por eso, en diversas ocasiones, tantos mis antecesores como yo mismo, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización. ¿Es malo y anticristiano o anticatólico, pedir perdón por los errores cometidos? Francisco, además, insiste en que no hay que quedarse en el pasado sino frecuentar el futuro que nos guiará para sanar las heridas, a cultivar un diálogo abierto y respetuoso entre las diferencias, y a construir la tan anhelada fraternidad, priorizando el bien común por encima de los intereses particulares, las tensiones y los conflictos. Para mí, nada que objetar. También, aborda la necesaria reafirmación de valores que identificar al Pueblo mexicano, –valores por los que tanto han luchado e incluso han dado la vida muchos de vuestros antecesores– como son la independencia, la unión y la religión.

No soy un defensor a ultranza de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, porque la deriva que tomó hace ya bastantes siglos, observando su memoria histórica, no es precisamente ejemplar, quedándome sólo -por decirlo de algún modo- con la misión papal de San Pedro, Papa entre los Papas, que reflejó Rafael Alberti, un comunista redomado, en su poema Basílica de San Pedro (1), palabra a palabra, que nos ayuda a no confundir en momento alguno el valor y precio del auténtico mensaje de un Papa actual como Francisco:

Di, Jesucristo, ¿Por qué
me besan tanto los pies?

Soy San Pedro aquí sentado,
en bronce inmovilizado,
no puedo mirar de lado
ni pegar un puntapié,
pues tengo los pies gastados,
como ves.

Haz un milagro, Señor.
Déjame bajar al río;
volver a ser pescador,
que es lo mío.

(1) Alberti, Rafael (1968). Roma, peligro para caminantes. México: Joaquín Mortiz.

Para decirlo en roman paladino, nunca mejor dicho, tan querido por Gonzalo de Berceo (Quiero fer una prosa en román paladino en el qual suele el pueblo fablar a su veçino…), Francisco lo único que pretende ahora es pedir perdón por doquier porque la Iglesia ha cometido muchos errores a lo largo de los siglos, incluso mucho antes que se llegara a América, donde tampoco se hicieron las cosas muy bien, tratando una conversión de culturas que no fue precisamente ejemplar en muchas ocasiones. Creo que Augusto Monterroso lo sintetizó muy bien en su cuento El eclipse, donde se narra una artimaña de sabiduría futurible por parte del protagonista del cuento, bastante laico por cierto:

Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitivamente. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles.

Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de ese conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Los mayas sabían mucho de su pasado presente, igual que los aimaras o los aztecas en México. No les hacía falta la insolencia divina y humana del fraile sabiondo que quiso remedar al sabio sol de aquellas tierras, intentando predecir su futuro personal, cuando los que le rodeaban solo conocían el pasado presente a través de los siglos. Al buen entendedor, pocas palabras bastan, porque la inculturación a la que se refiere Francisco es la que sabemos que ocurrió y no con las mejores artes por parte de la Iglesia del siglo XV y siguientes, es decir, el proceso de integración de México, por ejemplo, en la cultura y en la sociedad de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, con la que entró en contacto desde el descubrimiento de América por los españoles, cuando no se respetaron las culturas y creencias propias que ya estaban allí desde hacía muchos siglos antes de que llegara la evangelización a sus tierras y parentelas.

Francisco merece nuestro respeto. Viene diciendo desde que tomó posesión de su pontificado que sólo quiere ser pescador, como su antecesor, porque es lo suyo. No malinterpretemos sus palabras, porque lo que ha dicho está muy claro en su carta que, con independencia de credos y creencias, deberíamos leer todos con respeto a lo allí expuesto y aplicando el principio de realidad, en su texto y contexto, de lo que sucedió en América hace ya muchos siglos.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Nacho Duato recrea hoy en San Petersburgo el lago de los cisnes

El lago de los cisnes, dirección: Nacho Duato / Ballet del Teatro Mijáilovski (San Petersburgo)
Tchaikovsky, El lago de los cisnes, Escena Final / Herbert von Karajan. Filarmónica de Berlín

Sevilla, 1/X/2021

Hoy se estrena en el Teatro Mijáilovski de San Petersburgo, El lago de los cisnes, con la coreografía y puesta en escena de Nacho Duato, director artístico de la Compañía de Ballet del teatro citado. Debería ser un acontecimiento para nuestro país, por el gran impacto internacional que tiene este evento y que pasará bastante desapercibido en su tierra, sin prestarle la atención que merece, tal y como expresaba Luis Cernuda en sus palabras dirigidas a sus paisanos andaluces, en su caso, por el desencanto que recibía en Andalucía en relación con su vida y obra: el trabajo humano, con amor hecho, merece la atención de los otros. La sinopsis oficial de esta obra expresa que: “La versión del coreógrafo español Nacho Duato del «ballet más importante de la escena rusa» es más fantasía que cuento de hadas. “Nos estamos alejando del romance de los castillos medievales y los rituales de la corte”, dice el coreógrafo. “Quiero crear una historia más contemporánea, profundamente emocional y humana. Estas emociones provienen de la música de Tchaikovsky, pero el escenario será el siglo XX. La artista Angelina Atlagic ha ideado trajes fantásticamente hermosos y un diseño escénico extremadamente elegante». Nacho Duato utiliza fragmentos de la coreografía clásica de Lev Ivanov y Marius Petipa en su producción, pero el acto final será algo completamente nuevo. “La escena final puede sorprender al público”, insinúa el coreógrafo. “No quiero regalarlo, es mejor que todos lo interpreten a su manera. Pero si me preguntan si hay un final feliz, diré esto: tal como yo lo veo, lo hay «.

El lago de los cisnes, Ballet del Teatro Mijáilovski – Coreografía: Nacho Duato

En una entrevista que publicó ayer la Agencia EFE, Duato se atreve con «El lago de los cisnes» en San Petersburgo, el coreógrafo de talla internacional afirma que “Soy el primer extranjero desde (el francés Marius) Petipa que estrena un lago de los cisnes. Es algo bastante inusual”, «Intento hacer un Lago que conecte con la gente. Por eso lo he situado en la época en que acabaron aquí los Románov, a principios de siglo XX» y “Acorto un poco la música, quito todo lo que tenga que ver con la pantomima y trato de explicar la historia siempre a través del movimiento y no a través del mimo. De momento, moverlo cinco siglos hacia aquí», entre otras manifestaciones. Me alegra saber que en enero vuelve a España para un proyecto de la Compañía Nacional de Danza, que dirigió entre 1990 y 2010: “Por fin, después de once años de ausencia, me han invitado a hacer una nueva producción. Voy a hacer un ballet de media hora que empezaré en enero. El estreno será en marzo, pero todavía no sé el teatro”.

La verdad es que Nacho Duato debería volver a nuestro país para que se le ofreciera el proyecto que merece: dirigir, al igual que está haciendo en la actualidad en San Petersburgo, una Compañía de ballet de un Teatro Nacional que fuera un escaparate mundial de lo que él sabe hacer de forma extraordinaria. Se lo merece, porque su sentimiento es muy triste en relación con la cultura en nuestro país, en el sentido de que si España “[…] no apoya a sus artistas y no ama el arte y desde el colegio no le enseña la belleza a los niños (…) es un zombi”, como acaba afirmando en la citada entrevista.

Mientras, en el después de este estreno mundial, me quedaré con la incógnita de qué ha querido transmitir Nacho Duato con la escena final de su lago de los cisnes, porque ahora no lo ha querido contar en beneficio de que, como la vida misma, cada uno lo viva como mejor sepa hacerlo. Él nos garantiza que es un final feliz y con eso me quedo en estos tiempos tan convulsos. Con eso me basta, acompañado siempre por la maravillosa música del maestro Tchaikovsky. Escucho con atención casi reverencial la escena final de esta bella obra, bajo la batuta de Herbert Von Karajan dirigiendo la Filarmónica de Berlín y con el violín de Michel Schwalbé, intentando comprender a través de la partitura los mensajes del triunfo del amor a pesar de todo, simbolizado en la petición de perdón de Sigfrido a Odette, que finalmente muere en sus brazos, aunque las aguas crecen y acogen a los dos amantes que desaparecen entre el oleaje, todo ello acompañado del crescendo e los metales y de la percusión. Las cuerdas y posteriormente la fanfarria de los metales se esfuerzan en demostrar que el bien vence siempre al mal, a los cisnes negros de la vida que también existen. Finalmente los cines blancos recobran su libertad. La coda final se encarga de enunciarlo y dar acogida a este solemne triunfo sobre las fuerzas del mal. Karajan ha vuelto a dar vida hoy a una obra sublime sintetizada en estos extraordinarios cinco minutos inolvidables. Se lo agradezco, al igual que a Nacho Duato, que volverá a recordarnos esta tarde en San Petersburgo el mensaje principal de la obra de Tchaikovsky, con mi respeto, atención y admiración a su dilatada obra artística.

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La ley de Crosby, más actual que nunca

John Crosby / Cabecera de “el Correo de Andalucía”, 9 de agosto de 1977

Sevilla, 30/IX/2021

En tiempos de mentiras por doquier, posverdades y falsas noticias, la ley de Crosby adquiere hoy día una dimensión especial, agrandándose su fundamento, aunque nos parezca paradójico en tiempos tan modernos y en los que desgraciadamente estamos instalados en el principio de desconfianza hacia todo lo que se anuncia y se mueve. En tal sentido, publiqué hace cuarenta y cuatro años un artículo en la página de opinión de un diario muy querido en la Transición en Andalucía, el Correo de Andalucía, editado en Sevilla y con un compromiso encomiable de su dirección y profesionales, más allá de toda sospecha, que recupero hoy, en el que sólo cambio la palabra “hombre”, que utilicé en su sentido filosófico más puro, por persona (en cursiva), para adaptarlo a la nueva concepción del ser humano en la historia. Juzgue usted, como lector o lectora, su actualidad. Lo que si deja claro es que la verdad, como hilo conductor de la vida personal y profesional, hay que construirla entre todos, siguiendo al pie de la letra la recomendación que aprendí hace ya muchos años de Antonio Machado: “¿Tu verdad? No la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

Han pasado muchos siglos desde que los atenienses contemporáneos de Platón corrían todos los días hacia el areópago, ávidos siempre de la última noticia, aunque tenían un principio de confianza, envidiable hoy, que consistía en que sabían a ciencia cierta que todo lo que allí se anunciaba y comentaba era verdad (alétheia, en estado puro). Habían aprendido de Parménides, a distinguir la verdad de la simple opinión. Recuerdo esta lección histórica y de corte presocrático en los momentos actuales, en los que cualquier noticia se propaga de forma viral, aunque sea el mayor de los bulos o la mayor de las mentiras jamás contada. Basta que se programe en los robots de Facebook o Twitter el seguimiento jerárquico de determinadas tendencias en rabioso tiempo real, trending topics, para convertirlas en el mantra de credibilidad mundial para un mundo descreído, que se manifiesta incluso en solo 140 caracteres que pueden hundir el mundo si seguimos por estos derroteros.

Comparto de nuevo aquél artículo, cuarenta y cuatro años después, porque sigue vigente en cada palabra. Lamentablemente, tengo que asumir que después del tiempo transcurrido, la ley de Crosby sigue vigente. Por tanto, estamos obligatoriamente obligados a derogarla, entre todos, a la mayor brevedad posible, hasta que al igual que los atenienses citados, acudamos ávidos de conocimiento a las noticias de cada día con el convencimiento de que no nos engañan. Porque todos los medios de comunicación no son iguales, ni tampoco todas las personas que publican o comentan a diario lo que pasa, en las redes sociales, aunque ninguno sea inocente. Lo he manifestado en muchas ocasiones en este cuaderno digital: no existen ideologías inocentes, siguiendo de cerca el pensamiento de Georgy Lukács. Lo importante es saber distinguir las que defienden y luchan por la verdad y la dignidad del ser humano y las que no lo hacen, mintiendo con una desvergüenza proverbial. Ahí está la diferencia, porque todos los voceros no son iguales. John Crosby lo sabía y lo elevó a rango de ley.

La ley de Crosby

Cuando comunico y emito ideas, recuerdo siempre la denominada «ley de Crosby», elaborada por John Crosby, crítico televisivo del «New York Herald Tribune»: «cuanto más importante sea el argumento de un periodista o locutor micrófono en mano, tanto menor es la influencia que se ejerce sobre el individuo lector o telespectador».

Es verdad. Desde un punto de vista social, la saturación de mensajes que provocan a las personas implicando su yo, ha tocado techo en determinados ambientes, siendo muy bajo el nivel de respuesta en la audiencia. De hecho, la noticia más trivial alcanza, a veces, un ámbito mucho más amplio que la «noticia comprometedora».

¿Inhibición, evasión o diversión? No, más bien saturación y erosión de vida auténtica por fraude en la comunicación. Una prensa, radio y televisión que durante muchos años ha utilizado argumentos huecos e intrascendentes, ha preparado un camino difícil para un nuevo rostro de seriedad y autenticidad en la noticia, en el artículo o en el mensaje.

La imagen y la lectura fácil han entrado hasta ahora en los hogares «como Pedro por su casa». Era la cotidianidad. Es lógico pensar que en esta «nueva época», necesitamos de una transformación urgente de los medios de comunicación social, para imprimir a las rotativas, micrófonos e imágenes, un espíritu de lucha y autenticidad labrado en argumentos importantes que refuten la ley de Crosby.

La renovación requiere elección, donde siempre se prescinde de algo. Una época de crisis como la nuestra, que sitúa a las personas en continuas encrucijadas, necesita hilos conductores claves para llevar a esas personas a una existencia auténtica prescindiendo de los famosos cortocircuitos de la mentira hecha noticia. Y estos hilos conductores podrían ser prolongación de mensajes emitidos y transmitidos en una constante de libertad, claridad y honradez.

Quizá esta continuidad de la noticia seria y veraz podría influir positivamente sobre la masa. Además, el momento histórico que atravesamos es el más propicio para la verdad. El agotamiento y la saturación del ser humano occidental, manifestado en su cansancio existencial, reclaman urgentemente argumentos importantes que den sentido a su vida. Por ello, ojalá se pudiera proclamar pronto a los cuatro vientos esta noticia: «para general conocimiento de cada persona actual, la ley de Crosby ha quedado derogada».

El Correo de Andalucía, 9/VIII/1977, pág. 3

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¿Coleccionamos gente?

Judith Joy Ross, Sin título, Eurana Park, Weatherly, Pensilvania, 1982


Sevilla, 29/IX/2021

La idea no es mía sino de la fotógrafa estadounidense Judith Joy Ross, que en una entrevista en el diario El País bajo el título La retratista del lado más humano de la gente corriente, ha manifestado recientemente lo siguiente: “Soy como un radar, una coleccionista de gente”. Esta afirmación tiene su aquél, que se diría en roman paladino, porque en su sentido más profundo y ético es verdad que podemos repasar los álbumes de fotos de nuestra vida, a modo de fototeca de personas que suelen ser miles cuando cruzamos el ecuador de la vida. En el sentido en que lo manifiesta Joy Ross se entiende que gracias a su intuición de captar las instantáneas de gente corriente podemos escoger grandes maravillas de expresiones y gestos humanos de personas anónimas pero que transmiten vida. En sentido contrario, en la interpretación menos amable de esta artista, a veces nos convertimos en coleccionistas de gente que pasan por nuestra vida sin pena ni gloria, como si fueran cromos o seguidores en redes sociales, que se pueden cambiar u olvidar en cualquier momento. No es el caso paradigmático de Judith Joy Ross.

Gran parte de su obra a lo largo de sus setenta y cinco años de vida, se pueden contemplar en las 200 imágenes que expone la Fundación Mapfre en estos días, en Madrid. En palabras del comisario de la exposición, Joshua Chang, “En 1966 Judith Joy Ross comenzó a fotografiar personas en su ciudad, como un modo de entender el mundo emocional de aquellos que la rodeaban. En la década de 1980 tras distintos viajes a Europa Ross adquiere una cámara de 8 x 10 pulgadas con el fin de retratar a “gente corriente” en lugares públicos. Influida por Lewis Hine, August Sander y Diane Arbus, la artista se ha convertido en una de las artistas más influyentes en el género del retrato demostrando que es capaz de capturar el presente, el pasado y el futuro de los individuos que se topan con su cámara. Ross trabaja en base a un cierto impulso personal hacia la gente que conoce, sensación que luego queda reflejada en sus obras, pues en su mayor parte emanan una transparencia que tiene que ver con la relación que previamente se ha establecido entre artista y modelo. Sus retratos suelen enmarcarse en el contexto de un tema previamente escogido: Eurana Park, los visitantes del Monumento a la Guerra de Vietnam, los miembros del congreso durante el escándalo Irán-Contra (Irangate), los niños de las escuelas de Hazleton y lugares concretos como Easton, en Pensilvania, donde nació, se crio y donde aún hoy vive”. Asimismo, en el folleto informativo se dice que “Su obra, centrada definitivamente en el retrato a partir de 1979, marca un punto de inflexión en el género. «Con una cámara, puedo llegar a ver y entenderlo todo», ha afirmado la artista. Tardó algunos años en entender que la fotografía la ayudaba a hacer más comprensible el mundo en el que vivía, pero, a partir de ese momento, no dejó de utilizar este medio para responder a preguntas de carácter existencial: cómo luchar contra la tristeza, cómo se forma y se desarrolla la identidad de una persona, cuáles son los motivos que hacen que la vida merezca ser vivida, por qué existe la injusticia o la barbarie de la guerra, entre otras cuestiones”.

He escogido para la cabecera de este artículo una obra suya, curiosamente sin título, porque me ha emocionado el contexto en el que realizó este encuadre fotográfico, narrado por la artista: “[… La fotografía me permite adentrarme en la vida de los demás sin que ellos lo sepan”, dice. Esto ocurre con sus “primeras fotos muy buenas”, las que hizo a niños en un parque de Weatherly (Pensilvania), en 1982. “Mi padre había muerto un año antes y estaba triste, así que me fui a ese sitio y vi que la gente que estaba sentada también tenía un gesto triste, excepto los niños, y como necesitaba alegrarme, los fotografié”. Lo hizo con una luz tenue que refleja la inocencia de sus caras”. Recuerdo ahora el diálogo de la película “Los puentes de Madison”, entre los protagonistas, Francesca, una mujer humilde, anónima, “corriente” y Robert, un fotógrafo profesional que “hace fotos, no las saca”, estableciendo una diferencia que deseo rescatar en estas palabras, a tenor de una pregunta de Francesca: “¿Tú “haces” fotos, no las “sacas”? Así es. Al menos así es como me gusta pensarlo. Esa es la diferencia entre los que sacan instantáneas los domingos y los fotógrafos profesionales. Cuando haya terminado con el puente que vimos hoy, no tendrá el aspecto que tú piensas. Lo habré convertido en algo mío, por la elección de la lente, o el ángulo de la cámara, o la composición general, o probablemente por la combinación de todo eso. Yo no me limito a tomar las cosas como se presentan; trato de convertirlas en algo que refleje mi conciencia personal, mi espíritu. Trato de encontrar la poesía en la imagen. La revista [National Geographic] tiene su propio estilo y sus exigencias, y yo no siempre estoy de acuerdo con el gusto del editor; en realidad, casi nunca lo estoy. Y eso les molesta, aunque ellos deciden lo que guardan y lo que suprimen. Supongo que conocen a sus lectores, pero a mí me gustaría que, de vez en cuando, se arriesgaran un poco. Se lo digo y les molesta. Ese es el problema de ganarse la vida con el arte. Siempre se trabaja con mercados, y los mercados, los mercados masivos, están diseñados para satisfacer un gusto intermedio. Ahí están los números. Supongo que es la realidad. Pero, como te dije, eso puede limitar mucho”. Impecable diálogo.

Siempre he destacado en este cuaderno digital la obra artística de determinados fotógrafos y fotógrafas profesionales, como lo expresé con ocasión de escribir sobre la obra fotográfica de Antoni Campañá (1906-1989), al aparecer unas cajas  rotuladas como “copias”, descubiertas por su familia en 2018 al llevar a cabo unas obras en una casa de Sant Cugat del Vallès (Barcelona), a punto de ser derribada, que contenían más de 5.000 fotografías que tomó durante los tres años de la Guerra Civil, porque consideré que era un protagonista de una historia que no deberíamos hoy olvidar ni silenciar. Sus fotografías convierten una vida de testigo excepcional de la guerra civil en un legado para la historia de este país que debemos reconocer y agradecer, para que la memoria se mantenga viva a través de imágenes con un contenido real y conmovedor en muchas ocasiones, que nos ofrecen un testimonio de algo que ocurrió y un profesional de la fotografía inmortalizó para un tiempo posterior de silencio. El Museo Nacional de Arte de Cataluña ofreció desde el pasado 18 de marzo, una exposición de la obra fotográfica de Antoni Campañá, bajo el título La guerra infinita. Antoni Campañá. Las tensiones de una mirada (1906-1989), que expresaba el símbolo de esta obra magna en la fotografía icónica de una miliciana en la mente de muchos demócratas y que durante muchos años se desconocía quién había sido su autor. Su obra se puede asimilar también a la del fotógrafo Robert Capa, a quien dediqué unas palabras en este cuaderno digital en 2018, con una frase sobre él de John Steinbeck que me conmovió al leerla: “Sus fotografías no son accidentes y la emoción que reside en ellas no es azarosa. Capa podía fotografiar el movimiento, la felicidad, el desengaño. Podía fotografiar el pensamiento”. Es verdad en la realidad de estos fotógrafos de la vida, que acabaron amando el color después de haber inundado sus ojos de blanco y negro, tal y como lo expresé en aquél momento: “se puede descubrir el mundo apasionado del color en un fotógrafo que conocíamos en este país como el maestro del blanco y negro en movimiento, por la célebre foto del soldado republicano, imagen tomada por pura casualidad porque estaba en una trinchera con la cámara alzada sin ver exactamente qué estaba fotografiando en ese momento. Le escuché a él, de viva voz, el 13 de abril de 2018, en una exposición aquí en Sevilla, contando cómo tuvo lugar esa secuencia mágica y trágica al mismo tiempo, que ha pasado a la posteridad como una imagen representativa del sinsentido de las guerras”. Robert Capa conocía bien esta trastienda humana porque había estado en casi todas las guerras, pero siempre nos transmitió las secuencias de personas que siempre están detrás de cada acontecimiento vital en momentos penosos como los que nos entregó.

La obra de Judith Joy Ross trae a mi memoria de hipocampo la de Kati Horna (Szilasbalhási, Hungría, 1912 / México, 2000), fotógrafa anarquista,  por su respeto a la gente corriente pero llenando sus imágenes de ideología no inocente, convirtiéndose en una obrera del arte como fotógrafa de una parte compleja de España durante la guerra civil, retratando magistralmente esa realidad y porque gracias a sus trabajos hoy podemos seguir valorando mediante imágenes el sinsentido de una guerra que solo aportó dolor y sufrimiento. Ella cumplió una misión, sus fotos son hoy un instrumento útil y ella misma nos aportó el hilo conductor de su vida, lejos de la realidad del mercado, siendo solo una obrera del arte, porque no le preocupó nunca hacer un agosto especial con su obra gráfica, es decir, no confundió tampoco valor y precio, en un proverbio especial que cantó Antonio Machado por esos campos de Dios como contemporáneo suyo en una de las dos Españas que ella conoció muy bien, a quien estoy seguro que le hubiera gustado hacerle un retrato para la posteridad democrática en un blanco y negro muy especial, tan serio él, utilizando solo gelatino-bromuro de plata seca.

Estoy convencido de que la imagen de cabecera de estas palabras nos quiso transmitir algo muy claro: en medio de tanta tristeza, como hemos vivido durante el año y medio pasado, los niños nos transmiten alegría a raudales. Es el momento de fotografiarlos y coleccionar esas imágenes para que no olvidemos el sentido de la vida y la gran misión de la inteligencia: resolver problemas, día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, para poder ser felices. Es la razón auténtica para subirlos siempre a un pedestal, como auténticos protagonistas de la vida.

Una cosa más. A la pregunta ¿coleccionamos gente?, podemos responder ahora, en estos tiempos modernos: que no, que sólo deseamos guardar en la memoria y en el corazón, en la fototeca del alma humana, las personas que nos han acompañado y que siguen muy cerca de nosotros en nuestras vidas, porque la auténtica compañía y el éxito en la vida no radica en coleccionar «seguidores» en redes sociales, para sentirnos más felices y seguros de nosotros mismos, por mucho que el mercado insista en ello.

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Mozart compartió la música con Mariana von Martínez

Sevilla, 27/IX/2021

Retomo poco a poco mi aproximación al piano, clave y violín, después de un paréntesis sin poder asistir a mis clases habituales, necesarias y aleccionadoras, por la pandemia que tanto nos ha alejado de la ansiada normalidad. En este ir y venir de mi corazón a mis asuntos, he conocido una historia personal muy interesante, la de la compositora de origen español, Mariana von Martínez, con un apellido que la delata, aunque la preposición austriaca “von” la salva de la catetez celtibérica que nos rodea. Martínez, a la que cito por su apellido, igual que si hablara ahora de Mozart, vecino suyo en Viena, era conocida como “la pequeña española”, nombre que utilizaba Haydn para llamarla así reconociendo su ascendencia. Nació en Viena en 1744 y su abuelo era el que ostentaba el apellido Martínez, un soldado español residente en Nápoles: “Su padre, Nicolo Martinez, nacido en Nápoles hacia el año 1689, inició una carrera militar que le llevó a luchar en Alemania a favor de Carlos VI. Una vez se encontraba en territorio alemán conoció a Maria Theresia, madre de Marianna, con quién se casó. Nicolo encontró finalmente un puesto para servir en la Nunciatura de Viena, la embajada papal en el imperio austríaco, como Maestro di Camera. ​ Los padres de Marianna se instalaron en Viena entre los años 1729 y 1732. Hacia 1735 residían en el tercer piso de la Michaelerhaus, un gran edificio en la Michelerplatz de Viena” (1). Allí compartieron vivienda con Pietro Trapassi (Metastasio), gran amigo de Nicolo Martinez desde su juventud, con la familia Esterhàzy, con Nicola Porpora y con Joseph Haydn, que fue asistente y alumno del maestro Porpora.

Su relación con el poeta Metastasio fue muy profunda y fruto de ello fue la composición musical del Oratorio de Santa Elena al Calvario, una composición brillante del poeta. La historia recoge algo importante de la relación de la familia de Metastasio con la familia Martínez: “Tal como constata Andrés Ruiz Tarazona, tras el fallecimiento del poeta en 1782, José Martínez, uno de los hermanos de Mariana, fue nombrado heredero universal de sus bienes, y las tres hermanas también heredaron cantidades importantes, lo cual les permitió mejorar su vida. Al parecer, esa herencia recibida por los Martínez de acuerdo con el testamento del poeta, consistía en cerca de 90.000 florines en muebles y objetos preciosos de oro y diamantes, recibidos de reyes y emperadores” (2).

Su famoso vecino Porpora, fue también maestro de canto de Mariana Martínez. En la reseña de esta compositora de origen español que figura en el Diccionario Biográfico Español, se afirma que “La presencia de Mariana Martínez en la vida musical de Viena fue intensa: así, por ejemplo, participó en las veladas musicales de la casa veraniega de los Ployer hacia 1773, a las que acudían personalidades como Leopoldo Mozart y su hijo, Haydn, Albrechtberger y Josef Weigl; tuvo la oportunidad asimismo de presenciar un concierto de Mozart en casa de la princesa Marie Karoline Tautson en 1762”. Asimismo, en relación con Mozart, sabemos que “Tras el fallecimiento de sus padres y de Metastasio, Mariana y su hermana Antonia convirtieron su casa en lugar de reunión de numerosos músicos y artistas de la época. En su hogar tenían lugar veladas de forma periódica, a las que asistieron Mozart, Haydn y Beethoven. El tenor irlandés Michel Kelly, uno de los participantes en el estreno de Las bodas de Fígaro, fue testigo directo de aquella etapa final de clasicismo vienés y afirma que en cierta ocasión oyó tocar a Mariana una sonata de Mozart a cuatro manos junto al propio Mozart; se refiere a ella como a una mujer de edad madura “aunque posee la alegría y vivacidad de una muchacha”. En 1782 la Tonkünstler Societät ofreció su oratorio Isacco figura del Redentore en el Kärtnertotheater de Viena. Escrito en 1740 por Metastasio, había sido musicalizado anteriormente por Predieri y por Dittersdorf. Se trata de una de las composiciones más ambiciosas y logradas de la compositora vienesa”.

Hace muchos años busqué unas obras de Mozart, sus sonatas para piano a cuatro manos, comenzando por la primera que compuso en Do mayor (K. 19d) en mayo de 1765 cuando sólo tenía nueve años de edad y que he escuchado en bastantes ocasiones por su belleza de composición armónica. He conocido posteriormente que en una ocasión tocó algunas de estas composiciones junto a Mariana Martínez en sus veladas vienesas, algunas a beneficio. Algo importante vería Mozart en como compositora e intérprete para tales actuaciones conjuntas.

Sólo he querido resaltar la figura de una compositora de raíces españolas que probablemente es una gran desconocida para este país. Era obligado en este cuaderno digital que busca islas desconocidas, descubrir la vida y obra de Mariana Martínez, porque el mundo que la rodeaba fue diferente a través de su vida y obras musicales. Mientras, abro la partitura de la sonata citada de Mozart, la primera, también la tapa de mi clave y me imagino por un momento tocando junto a ella o junto a él, en mi capacidad para soñar despierto, porque estoy convencido de que ahora más que nunca la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor (musica laetitiae comes, medicina dolorum), leyenda clásica que figura también en la tapa de mi clave y que no olvido ni siquiera un momento.

(1) Marianne von Martinez – Wikipedia, la enciclopedia libre

(2) Mariana de Martínez | Real Academia de la Historia (rah.es)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Los zapatos de la memoria histórica

Zapatos en una orilla del Danubio (Budapest), en memoria de las víctimas del Holocausto / Can Togay y Gyula Pauer, 2005

Sevilla, 26/IX/2021

Lo he leído esta mañana y me ha removido mi memoria histórica con profundo dolor: La memoria de unos zapatos en una de las fosas con más ajusticiados tras la Guerra Civil, unos zapatos negros de mujer encontrados en la fosa común del cementerio de Hinojosa del Duque (Córdoba). Inmediatamente, he recordado unas palabras que escribí en 2013 en un contexto personal complejo, Retrato con zapatos coherentes, porque salvando ahora lo que haya que salvar, aunque el fascismo siempre tiene la misma condición esté donde esté instalado, los zapatos de una mujer enterrada en ese pueblo cordobés por el mero hecho de ser de izquierdas, que “mereció” el castigo sin piedad, probablemente de sus paisanos de derechas, no me dejan anímicamente como si hubiera leído algo trivial y rutinario, sin más trascendencia. Al igual que comenzaba aquél artículo mío de 2013, No he estado allí, pero lo he sentido como si lo hubiera vivido, hoy, al leerlo de nuevo y pasados ocho años, he vuelto a emocionarme con idénticas palabras al conocer lo que han desenterrado en Hinojosa del Duque, restos de personas fusiladas y sus objetos personales, para recordarnos la imprescindible dignidad del respeto que debemos a su memoria histórica: “no estuve allí, pero lo he sentido como si lo hubiera vivido”.

Estar cerca de la memoria histórica de este país, aunque sea leyendo con atención reverencial el artículo de referencia, es un acto de afirmación de mi respeto a lo ocurrido con la guerra civil, que también sufrimos en mi familia, situación que me obliga a seguir comprometido con la coherencia, como hilo conductor de mi vida y en los términos que expresé aquél día: “quizá sea el retrato de mi paisano y maestro, Antonio Machado (1), el que describe de forma maravillosa el mejor canto a la coherencia que he vivido a lo largo de mi densa experiencia vital, que releyéndolo una y mil veces, me muestran una forma de ser en el mundo muy real, cercana y atractiva para mí, en el nuevo viaje a alguna parte que he iniciado [e inicio cada día]”.

En el después…, hablaré con más frecuencia que antes con la persona de secreto que siempre va conmigo. Y seguiré caminando con los zapatos coherentes que tanto aprecio y respeto cada día.  


Retrato con zapatos coherentes

No he estado allí, pero lo he sentido como si lo hubiera vivido. Esta colección de zapatos en bronce inmovilizados, como lo expresaba Rafael Alberti al pie del pie gastado de San Pedro, que simbolizan la barbarie nazi en Hungría (1944-1945), me sumen en un silencio sepulcral, porque se dice casi todo mediante una representación simbólica de aquellas personas judías, que por el mero hecho de serlo, se les despojaba de sus zapatos y caían fusilados al Danubio. Sus autores lo quieren recordar para que la historia no sea injusta con ellos, con sus antepasados, que fueron coherentes hasta el final.

Estamos viviendo momentos en los que la coherencia está en entredicho, porque lo que predomina es el símbolo marxiano tan excelentemente expresado por Groucho: estos son mis principios y si no te gustan tengo otros. Y quizá sea el retrato de mi paisano y maestro, Antonio Machado (1), el que describe de forma maravillosa el mejor canto a la coherencia que he vivido a lo largo de mi densa experiencia vital, que releyéndolo una y mil veces, me muestran una forma de ser en el mundo muy real, cercana y atractiva para mí, en el nuevo viaje a alguna parte que he iniciado:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Y recordando también al evangelista Marcos (6,11), quizá tenga que sacudir el polvo que quede en mis zapatos de cada día, por coherencia pura: “… les ordenó que nada tomasen para el camino sino un bastón solamente, no pan, no alforja, no calderilla en la faja; sino calzados con sandalias, y que no vistiesen dos túnicas. Y les decía: Dondequiera que entréis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si algún lugar no os acogiera, y no os escucharan, saliendo de allí sacudid el polvo de debajo de vuestros pies como testimonio contra ellos.

Y hablaré, con más frecuencia que antes, con la persona de secreto que siempre va conmigo. Y caminaré con los zapatos coherentes que tanto aprecio.

(1) Machado, Antonio (1912). El Liberal (1 de febrero de 1908, sin título). En Campos de Castilla. Retrato. Madrid: Renacimiento.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Como la telebasura perdura, debemos cuidar la televisión pública

Gustavo Bueno / Telebasura y democracia

Sevilla, 25/IX/2021

Estamos asistiendo estos días a un auténtico espectáculo televisivo en torno a la erupción del volcán Cumbre Vieja en la isla de La Palma. Igualmente, veo con bastante desasosiego cómo diversas cadenas están salpicadas de programas que intentan interpretar lo que está ocurriendo, pero sobrepasando en bastantes ocasiones las barreras éticas que se deberían respetar por encima de todo. Creo sinceramente que la filosofía del todo vale en favor de ofrecer un espectáculo de la realidad de lo que está pasando, debería cuidarse en aras de respetar hasta la saciedad la intimidad de personas que atraviesan unas circunstancias verdaderamente desoladoras.

Ante esta situación, recuerdo una publicación del filósofo Gustavo Bueno, a quien he dedicado ya algunas palabras de reconocimiento explícito en este cuaderno digital, en la que hacía un análisis muy fino de la relación de la telebasura con la democracia (1) (Telebasura y democracia, 2002), aunque quizás algunos desconozcan que ya se había aproximado a la realidad de la televisión con un ensayo anterior, sobre televisión que se plasmó en un primer ensayo (Televisión: apariencia y verdad, 2000). Le llamaban de todos los platós que existían en este país en el año de la publicación y Gustavo Bueno se esforzaba por explicar la dialéctica de las tesis desarrolladas en su libro, de la mejor forma que era posible para él, un filósofo que se zambullía con la metafísica con una facilidad pasmosa, diciendo cosas tan interesantes como que “Sin basura no podríamos vivir”, algo que se constata hoy más que nunca cuando vemos el comportamiento humano con las famosas toallitas húmedas, por ejemplo, que tanto daño hacen a la naturaleza y, finalmente, a nuestros propios bolsillos por lo que se paga por el concepto genérico de “residuos y su tratamiento” que suena mejor. Más preocupante era la afirmación rotunda de que o “Cada pueblo tiene la televisión que se merece”, porque al final la televisión, salvo raras excepciones, transmite lo que está ocurriendo en un país y la política nunca es ajeno a ello, porque la televisión y la política nunca son inocentes. De ahí el inmenso valor que se debería dar a la televisión pública que debería ser única y exclusivamente una televisión de servicios veraces y objetivos.

Pero, ¿qué se entiende por basura? La palabra “basura”, a la que se refería el profesor Bueno, “…viene de barrer, que es una apelación que consiste en separar de unas texturas dadas lo que sobra. Ahora bien, estas texturas pueden ser adventicias, polvo o lo que sea, o segregadas por ello mismo, las heces o la descomposición del objeto”. Cuando vemos la basura en el mar de plásticos que casi forman islas flotantes de centenares de kilómetros, podemos asociarlo fácilmente con las horas que se dedican en televisión a reproducir lo peor de lo peor del ser humano en sus múltiples manifestaciones: cine, espectáculo en vivo, realities, concursos, telerrealidad, telenovelas, anuncios de apuestas y juego, entrevistas despiadadas, docuseries, etc., etc. Atendiendo a nuestra lengua española, “basura” viene del latín vulgar versūra acción de barrer, derivado del latín verrĕre “barrer” (RAE, Edición del Tricentenario).

La sinopsis del libro de Bueno era rotunda: “Partiendo de la premisa «sin basura no podríamos vivir», Gustavo Bueno analiza el concepto de telebasura teniendo presente que «la basura muchas veces está en el que ve la televisión» y no en el propio medio. Para ello, ha seguido la experiencia de Gran Hermano con la mentalidad de un antropólogo, sabiendo que se trataba de un observatorio de la realidad española. Telebasura y democracia recoge el brillante análisis de este filósofo sobre las razones del éxito de un programa que ha llegado a convocar antes sus televisores a once millones de españoles. En su nueva obra, Gustavo Bueno define la basura para después profundizar en los espacios televisivos, al tiempo que repasa la programación de la televisión española de las últimas décadas con el fin de recordarnos que en una sociedad democrática la audiencia siempre debe tener la última palabra.  “La audiencia en la sociedad democrática, es la que manda y la televisión basura tiene que obedecer a esta demanda. Y no ya por razones éticas o morales, sino por razones de simple supervivencia democrática. Lope de Vega, hombre de teatro, conocía las leyes del mercado siglos antes de la televisión: «Si el vulgo es necio, es justo hablarle en necio para darle gusto”.

A través de cinco capítulos, Gustavo Bueno analizaba de forma exhaustiva la expresión “telebasura” en sí misma, con una intencionalidad meramente “clasificatoria” y no inculpatoria, distinguiendo entre televisión basura “fabricada” y “desvelada”, también la relación de la misma con la “intimidad”, la democracia y la realidad en España en la década de los setenta, incorporando el fenómeno de la televisión de la Transición. Salvando lo que haya que salvar hoy día, no ha perdido actualidad, porque con independencia de que el libro estuviera muy centrado en el programa Gran Hermano, por el impacto que supuso desde su estreno en 1980 en el país, la realidad que recoge sobre la “basura” como concepto que nos engulle como seres humanos y que acabamos viviendo desde hace centenares de siglos con ella, nos hace pensar que algo tenemos que hacer para aprender a convivir con ella. Porque existir a día de hoy, existe. Además, en la televisión perdura de una forma especial.

Hay programas en la actualidad, entre los que se encuentran algunos dedicados a la erupción del volcán Cumbre Vieja, que mezclan lo divino con lo humano y saltan de una realidad a otra, con unos fundidos que pasan, sin inmutarse, de la risa al llanto o espanto por las consecuencias de la erupción del volcán palmero. Creo que todo no vale y que ahora más que nunca se debería cuidar esta entrega de información a la ciudadanía. No vale cualquier opinión de tertulianos sin preparación alguna o conductores de programas que no tienen sentido del límite en sus afirmaciones, sin medida alguna en la interpretación de lo que está pasando.

Si es verdad el aserto de Gustavo Bueno expuesto anteriormente de que “Cada pueblo tiene la televisión que se merece”, es decir, si queremos que la telebasura desaparezca de nuestras vidas, lo primero que tenemos que hacer es cambiar como sociedad y propugnar un cambio urgente de valores. A título de ejemplo y visto lo visto, merecemos una televisión diferente, empezando por la televisión pública, cuyo Código Ético (28 de agosto de 2019) deberíamos conocer todos los ciudadanos de este país, con una misión, visión y unos valores que deberíamos conocer y defender hasta sus últimas consecuencias las personas que no queremos aceptar los principios de la telebasura, ni los que dicta la dictadura de Mercado en determinadas televisiones privadas:

Misión

RTVE responde al carácter de empresa de servicio público, por lo que debe ofrecer una información rigurosa, independiente y plural, así como un entretenimiento de calidad; fomentar el debate, la innovación y la creación; y apoyar la difusión de las artes, la ciencia y la cultura. Todo ello bajo las premisas de cohesionar y dar cauce a la participación.

Visión

Desde su función de servicio público, RTVE tiene siempre como horizonte ser el medio de comunicación de referencia en España. Para ello, acerca las identidades nacional y autonómica a todos y cada uno de los españoles. Desde una visión global, realiza el trabajo con un criterio estrictamente profesional y difunde los valores constitucionales.

Valores

RTVE defiende y promueve en su programación los valores constitucionales, especialmente los de libertad, igualdad, pluralismo y tolerancia, sobre los que se asienta la convivencia democrática. Sus valores los marca la Ley y se reflejan en su actividad.

A lo anterior hay que agregar los “principios de conducta” porque ante lo que está pasando en la realidad, “RTVE considera que la confianza de los ciudadanos, clientes, proveedores y colaboradores externos, así como del entorno social en el que desarrolla su actividad, se fundamenta en la integridad y responsabilidad en el desempeño profesional de cada uno de sus empleados. La integridad se entiende como la actuación ética, honrada y de buena fe. La responsabilidad profesional se entiende como la actuación proactiva, eficiente y enfocada a la excelencia, la calidad y la voluntad de servicio”. Excelente reflexión televisiva de carácter público.

Estoy convencido de que Gustavo Bueno, recogería sin problema alguno una reinterpretación más amable de las palabras de Lope de Vega expuestas anteriormente, porque hoy, con una televisión publica y digna, respetando los principios de conducta enumerados más arriba, podríamos afirmar que «Si el vulgo es digno, es justo hablarle y contarle cosas sobre lo que está pasando de forma digna para darle gusto”.

(1) Bueno, Gustavo, Telebasura y democracia, 2002. Barcelona: Ediciones B.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.