Olga Smirnova, Variación de Odette (Acto II de El lago de los cisnes)
Sevilla, 20/III/2022
Hemos conocido en los días pasados dos noticias que simbolizan el dolor y llanto en Ucrania en relación con la cultura en general y con el ballet clásico, en particular. Por un lado, la salida de Rusia de la gran bailarina del ballet Bolshoi, Olga Smirnova, hacia otro escenario de vida mejor, en este caso Holanda, abandonando su querida compañía por coherencia con sus principios, tras declarar que está en “contra de esta guerra con cada fibra de su alma […] Nunca pensé que me avergonzaría de Rusia. Siempre me he sentido orgullosa de la gran cantidad de talento que tiene nuestro país y de nuestros logros culturales y atléticos, pero ahora siento que se ha trazado una línea que separa el antes y el después. Me duele que la gente se esté muriendo, que la gente esté perdiendo sus casas o se vean obligadas a abandonar sus hogares”. El abuelo de Smirnova, nacida en San Petersburgo en 1991, era ucraniano. Por otro, el fallecimiento de Artem Datsishin, primer bailarín de la Ópera Nacional de Ucrania, a los 43 años de edad, reconocido a nivel internacional, a consecuencia de las heridas provocadas por un bombardeo ruso sobre la capital de su país, Kiev, en los primeros días de la invasión el país por Rusia.
Olga Smirnova y Artem Datsishin
Tchaikovsky, El lago de los cisnes, Escena Final / Herbert von Karajan. Filarmónica de Berlín
En estos días se ha presentado para su proyección en los cines de este país, la película sobre “El lago de los cisnes” con la participación estelar de Olga Smirnova y con el escenario majestuoso del Bolshoi, como una metáfora de lo que está sucediendo con la invasión de Ucrania. Mientras escribo esta palabras escucho con atención casi reverencial la escena final de El lago de los cisnes, una bella obra bajo la batuta de Herbert Von Karajan dirigiendo la Filarmónica de Berlín y con el violín de Michel Schwalbé, intentando comprender a través de la partitura los mensajes del triunfo del amor a pesar de todo, simbolizado en la petición de perdón de Sigfrido a Odette, que finalmente muere en sus brazos, aunque las aguas crecen y acogen a los dos amantes que desaparecen entre el oleaje, todo ello acompañado del crescendo de los metales y de la percusión. Las cuerdas y posteriormente la fanfarria de los metales se esfuerzan en demostrar que el bien vence siempre al mal, a los cisnes negros de la vida que también existen. Finalmente los cines blancos recobran su libertad. La coda final se encarga de enunciarlo y dar acogida a este solemne triunfo sobre las fuerzas del mal.
Karajan vuelve a dar vida hoy a una obra sublime sintetizada en estos extraordinarios cinco minutos inolvidables. Se lo agradezco, al recordarme el mensaje principal de la obra de Tchaikovsky, con mi respeto, atención y admiración a su dilatada obra artística: el bien puede acabar venciendo al mal. Lo sucedido con dos estrellas del ballet ucraniano y ruso nos deben ayudar hoy a reflexionar sobre lo que está pasando en este mundo al revés. Mantengo la esperanza de que finalmente triunfen los cisnes blancos sobre el imperio del mal. Mientras, con profundo respeto y silencio, lloro con el pueblo ucraniano en la orilla del lago de sus cisnes.
UCRANIA, ¡Paz y Libertad!
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN:José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Sevilla, 19 de marzo de 2022, festividad de San José
Llevo un nombre no inocente en la España que nací, una fusión de José y Antonio, de feliz memoria por sus orígenes, los nombres de mi padre y padrino, respectivamente. No supe, hasta que dejé de hacer las cosas de niño, que esa fusión se pretendía justificar en la época de la dictadura con un falangista de pro, José Antonio Primo de Rivera, pero eso es harina de otro costal en el discreto encanto de la burguesía madrileña en el que crecí. Hoy, festividad de San José, según el santoral católico, apostólico y romano, tomo conciencia de que este hoy es siempre si atendemos al hecho de la celebración del recuerdo de una persona que tuvo un papel muy importante en los relatos ancestrales de la humanidad y que varias veces he hablado de él en este cuaderno digital, porque -la verdad sea dicha- es un personaje muy curioso.
Personalmente, cada año me aproximo a su realidad humana para intentar comprender este relato que, humanamente hablando, es difícil de entender y explicar. De ahí haber elegido hoy este proverbio de Antonio Machado, Hoy es siempre todavía, tan escueto, tan profundo, porque la historia de mi nombre y su celebración durante setenta y cuatro años me demuestra que cada hoy es un paso más en el camino de siempre, en el cada día de mi vida. Desde aquel edulcorado San José con su vara de nardo en la mano derecha, de mi niñez rediviva, estático y mudo, al que ahora muestro en mi alma de secreto como un ayo –más o menos con mi edad, como lo representa Georges de la Tour– o tal y como lo sintió y escribió Teresa de Jesús en su Libro de la Vida (6, 6-8): “a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas [las peticiones], y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra -que como tenía nombre de padre siendo ayo, le podía mandar-, así en el Cielo hace cuanto le pide”. José, el carpintero de Nazareth, siempre ocupó una segunda fila en la historia más sorprendente y jamás contada bien. Era la pareja oficial de María, asunto que me ha emocionado en muchas ocasiones al describirlo así, a pesar de que la historia lo ha encumbrado siempre a los altares.
Lo he sentido así contemplando una vez más tres óleos de Georges de La Tour, El pensamiento o sueño de San José, El recién nacidoySan José carpintero, atendiendo a la trayectoria vital del protagonista del relato histórico sobre José. En el primer óleo, aparece maravillosamente reflejada la humanidad plena de José, su desconcierto existencial. En el segundo, en pleno nacimiento de Jesús, no aparece José por ningún sitio porque realmente nunca fue protagonista presencial de esta historia mágica, probablemente porque asumió como nadie el papel de “ayo”, tal y como se recoge en el tercer óleo, enseñándole a su “hijo” el trabajo de carpintero. En estos cuadros sobrecoge el silencio y la austeridad tan bellamente retratadas por el pintor: “Sus célebres “noches”, de aparente simplicidad, silenciosas y conmovedoras, dan vida a personajes que surgen con magia en espacios sumidos en el silencio, de colorido casi monocromo y formas geometrizadas. La total inexistencia de halos u otros atributos sacros, así como los tipos populares empleados, justifican la lectura laica que a veces se ha hecho de sus nocturnos en obras como La Adoración de los pastores del Louvre o El recién nacido de Rennes” (1). Sin medallas, sin atributos laicos ni sacros. Sin collares o anillos. Sin nada, solo con el regalo precioso del silencio sonoro de la noche y contemplando a un niño que José intentaba querer como suyo, siendo sólo ayo, rodeado de confusión y misterio.
La palabra “ayo” ha evolucionado también con el paso de los tiempos, aunque su significado profundo se ha mantenido siempre en el terreno de la responsabilidad en el ámbito de la educación: persona encargada en las casas principales de custodiar niños o jóvenes y de cuidar de su crianza y educación. José se transforma así en un educador nato, aunque desde el principio sólo correspondía su estatus a las clases sociales altas, hasta que Teresa de Jesús lo apea de su santa peana. Su papel en la historia sempiterna, de siempre, en el santoral, me parece sorprendente, como lo era para Teresa de Jesús, porque como cuidador de una mujer y de un niño de nombre Jesús, de una prudencia benedictina, un compañero de vida, un artesano carpintero, era tenido en cuenta por Dios ya que le atendía siempre en todas sus peticiones, con especial relevancia en el espectro de su santoral querido, que era amplio: “Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía, más llena de vanidad que de espíritu, queriendo se hiciese muy curiosamente y bien, aunque con buen intento. […] Paréceme, ha algunos años, que cada año en su día le pido una cosa y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío. […] Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas, que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los Ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a san José por lo bien que les ayudó en ello. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y no errará en el camino” (6,7).
He querido hoy resaltar la figura de José de Nazareth de nuevo, como protagonista de un relato multisecular, dueño de sus silencios, aunque fuera un secreto a voces la asunción de su papel en la historia difícil de María y en la suya propia. Como he manifestado en otras ocasiones, me gusta recordarlo despojado de su santidad, ocupando su sitio en la historia, básicamente como un hombre humilde, trabajador y bueno, con un profundo respeto a María, una persona que la historia ha colocado en un sitio muy especial difícilmente entendible si te falta la fe que nos enseñaron nuestros mayores, como le gustaba decir a Antonio Machado. Creo, sinceramente, que fue un buen compañero. Hoy, comprendo mejor que nunca las palabras de Teresa de Jesús en el libro de su vida dedicadas a las personas que deberían ser “aficionadas” a San José: “no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos”.
Michel Corrette (1709-1795), José es un buen compañero (Seis sinfonías de Navidad, Sinfonía III, Allegro), interpretado por La Fantasía.
Hoy, festividad de San José, es siempre todavía. Para mí, queda demostrado que José fue un buen compañero de María. Como a Santa Teresa, a mí eso me basta.
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Hoy comparto el hallazgo de otra isla desconocida, que es la misión principal de este cuaderno digital, una obra que deberíamos escuchar y ensalzar en este tiempo tan complejo y lleno de sobresaltos del alma humana. Se trata de una publicación musical llevada a cabo por el cantor Antonio Orozco (cantante es el que puede y cantor, el que debe hacerlo, que no es lo mismo, según Facundo Cabral), gestada a lo largo de dos largos años, que narra la vida de otro cantor José Mercé, con un título en caló, El Oripandó, el sol, el amanecer de cada día, que el propio Mercé interpreta de forma muy sentida, con una canción que sobresale sobre las demás y con un título siempre sugerente: Jamás desaparece lo que nunca parte, dedicada a su hijo, que falleció cuando tenía tan solo 14 años, por un problema congénito de corazón. Según Orozco, verdadero artífice del proyecto, esta obra llega a nosotros “Como el resultado de una vida basada literalmente en la búsqueda, porque desde lo más profundo de la fragua se desafía a la vanguardia mediando única y exclusivamente con la sabia liturgia del flamenco: así vive, así ama y así respira Jose Mercé”. A la canción guía citada anteriormente sigue inmediatamente Cuando todo empieza, un martinete, un palo considerado como flamenco puro, el cante más primario, lo más auténtico, con el sonido de un yunque de fondo, que Mercé expresa con palabras preciosas: Ay, yo sigo siendo aquel / Yo sigo siendo aquel quien fuera / También quien yo debiera / Soy un, un hombrecito viejo / Y por mi padre yo me encontré // Allá en el barrio, oh-oh, del consuelo / Encontré a la fortuna / Pa’ contarle yo a mis niños / Que mi padre es lo que yo más quiero // Ahí está mi verdad / Y esto que yo vivo / Y esta es mi verdad / Que Dios me guarde a mi padrecito / Porque sin él no hay nadita que contar.
Esta obra musical se compone de ocho canciones que son trazos importantes, capítulos inolvidables en la vida del cantor Mercé. Sus títulos son un aviso para navegantes que se aproximan a su isla desconocida, su persona de secreto: Preludio de un nuevo día, con la colaboración de Pablo López al piano, Jamás desaparece lo que nunca parte, Cuando todo empieza, junto a la voz de Mala Rodríguez y Tomatito a la guitarra, Tengo cosas que contarte, Si tú me lo pides, volvería a empezar, con Dorantes al piano, Cincuenta primaveras y otras mil que yo quisiera, El Caminante, acompañado por el pianista chino Lang Lang, al que ya he dedicado artículos en este cuaderno digital y, finalmente, Alegría.
Nos quedamos con la letra y música de la canción guía de este proyecto de vida, Jamás desaparece lo que nunca parte, porque estoy de acuerdo con algo muy importante para caminar despiertos en este mundo tan desabrido y lleno de sobresaltos cada día: jamás desaparece lo que nunca se olvida:
Día y noche rugía El fuego encendido de un sol que no mira Del cielo el desprecio de un fin que avecina La siembra y la ruina de un Dios que no afina
Duelo y enjambre de espinas Cruzando el umbral de la puerta encendida Haciendo del aire una amarga salida Regando de nardos la calle sin vida
El juez cerró lo nuestro La sala se apagó No queda nadie
El baile se termina Y el dragón se lo llevó Y ahora arde
Y ahora arde El tímido consuelo ahora arde Ahora arde La fe destartalada y el recuerdo arde
Un despertar bajo nía Y un rumbo trenzado con almas vacías Las niñas los palios que aguantan la rima Y el mundo despierta con cruel letanía
Sentencia sostenida Y el ángel susurró: ¡Que empiece el baile! Lánguida sonrisa emocionada por saber que a veces aire
Y ahora aire Sabiendo que mi todo está en el aire Ahora aire Jamás desaparece lo que nunca parte Ahora aire
Si anuncio este hallazgo de una isla desconocida llamada El Oripandó, es porque los que vivimos en Andalucía respetamos su identidad flamenca y a sus cantoras y cantores. Antonio Orozco y José Mercé lo son de origen y de cuna. Llevamos la luz con el tiempo dentro, como Juan Ramón Jiménez entendía su pueblo y las personas que vivían en él, aprendiendo cada día a escuchar la vida de nuestro alrededor y llevarla al cante. Luis Cernuda hizo un retrato precioso del andaluz porque somos un enigma a pesar de la luz interior que el dolor de nuestra historia no olvida, siempre con el tiempo dentro, amor desbordante, pasión en nuestra música que acompaña siempre la alegría y calma el dolor, que compartimos hasta buscar la luz con el tiempo fuera, como escuchaores y escuchaoras de todo lo que se canta con el dolor de esta tierra. Nos tratamos como hermanos, cuando a veces no sabemos si somos amigos o seres lejanos, aunque lo único que sabemos, en tiempos políticos, es que unos de otros -no inocentes- lejos estamos.
El quejío del flamenco, como escuchaor, no resbala por mi piel, sino que la modifica para siempre. Escuchar ahora a Mercé me ayuda una vez más a comprender el dolor actual de esta tierra como un elogio de la caricia o, si quieren, una exaltación de su impacto en mi alma de secreto, para honra de Andalucía y sus gentes, tal y como lo aprendí de las palabras de García Lorca pronunciadas en Granada hace tan solo cien años, en el primer concurso de cante jondo celebrado en 1922: «A todos los que a través de su vida se han emocionado con la copla lejana que viene por el camino, a todos los que la paloma blanca del amor haya picado en su corazón maduro, a todos los amantes de la tradición engarzada con el porvenir, al que estudia en el libro como al que ara la tierra, les suplico respetuosamente que no dejen morir las apreciables joyas vivas de la raza, el inmenso tesoro milenario que cubre la superficie espiritual de Andalucía y que mediten bajo la noche de Granada la trascendencia patriótica del proyecto que unos artistas españoles presentamos». O el que han presentado recientemente bajo el nombre de El Oripandó, dos artistas de alma andaluza, Antonio Orozco y José Mercé, de cuyos nombres, ahora, quiero expresamente acordarme.
UCRANIA, ¡Paz y Libertad!
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Adagietto de la Sinfonía nº 5 de Gustav Mahler, en la Banda Sonora Original de Muerte en Venecia, 1971
Sevilla, 13/III/2022 – 13:00h CET
Para no ser mudos, hay que empezar por no ser sordos.
Eduardo Galeano
Esta noche, cuando el reloj marque las veinticuatro horas, se cumplirán dos años exactos de la entrada en vigor del confinamiento por la declaración del estado de alarma en el país, debido a la pandemia de la COVID-19. Hemos recorrido dos años muy difíciles y estamos constatando a diario que queda todavía mucho por reconstruir en el Estado y en el mundo en general, como consecuencia de la pandemia, agravado ahora todo por la invasión de Ucrania por si nos faltaba algo en este mundo al revés.
Por este motivo, vuelvo a compartir el artículo que publiqué ese día, 14 de marzo de 2020, El músico de Venecia y el coronavirus, cuando iniciábamos un camino hacia ninguna parte por el desconcierto mundial en el que nos movíamos a diario. Fue el comienzo de una larga serie de artículos que más adelante recopilé en una publicación transida de esperanza, La ventana discreta, en la que me asomaba a un mundo nuevo, lo que se dio en llamar “la nueva normalidad” y que justificaba así en el Prólogo: “Estamos viviendo momentos difíciles con la expansión del coronavirus y los blogueros también tenemos una responsabilidad social ante esta situación. Es un aviso para navegantes actuales la importancia que tiene estar bien informados, con una responsabilidad transcendental de los poderes públicos en este caso. Necesitamos disponer de un plan de comunicación a nivel de Estado mediante el que se pueda disponer de la información exacta, veraz y objetiva hasta los límites que sea necesario conocer sin mezcla de mentira alguna. ¡Es el interés general!, tan cuidado por nuestra Constitución. Es la mejor vacuna en estos momentos porque la proliferación de noticias, algunas de ellas falsas e interesadas, está creando un tejido crítico de alta preocupación y desasosiego”. Era un auténtico aviso para navegantes en una situación que se avecinaba como muy conflictiva y preocupante”
Leo el artículo citado y pienso que la cita de la literatura que figura al principio, sigue siendo una metáfora sobre la realidad de la vida de nuestros antepasados, que intentaron abordar épocas difíciles en las que el mal asolaba la humanidad y en las que se ha dejado para la posteridad un mensaje de la importancia de dar sentido a la vida, que es lo que más importa ante avisos tan importantes para navegantes, a pesar de lo que decía Groucho Marx con su sabiduría mordaz: “¿Por qué debería preocuparme de la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”. De todas formas, en aquella ocasión tan dura y desconocida, planteé la opción de entrar en la clínica del alma de cada casa, la biblioteca, para refugiarnos en la literatura y en la música. Decía en aquella ocasión que “Hoy ya no se habla de ir a lazaretos sino de permanecer en nuestras casas el tiempo que sea necesario hasta que el coronavirus se dé por controlado y se autorice la vuelta a la vida normal, acompañados en el caso de Sevilla por su calor tradicional de primavera y verano, porque “aquí se puede ser feliz”. Así se expresaba Stefan Zweig en su visita a Sevilla en 1905, cuando comenzaba a despertar el siglo XX. Leo también con atención las páginas dedicadas a esta ciudad en un libro suyo muy interesante, De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia (1), escritas por un joven de veinticuatro años, buscando rincones que ya conocía por la obra de Mozart, pensando que la barbería de Fígaro iba a devolverle la comprensión de la relación de Don Juan y Carmen. Aquello se justificaba porque Zweig escribió en aquella ocasión algo sorprendente para el alma de Andalucía y Sevilla: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”. Me acompañó también la música, en un “momento estelar de la humanidad” que sobrecogió a Zweig, la resurrección de Händel a través de su obra magna “El Mesías”, que sigo escuchando siempre con atención reverencial. Quizá me ayuda todos los días a comprender bien y en toda su extensión esa frase rotunda de Zweig, “aquí [en Sevilla] se puede ser feliz”, tras una experiencia de juventud en esta ciudad. Lo hago extensivo a un sueño que persigo como si fuera una realidad: aquí, en el lugar del mundo en que cada uno vive, se puede ser feliz.
Esta noche se cumplen dos años exactos de la entrada en vigor del estado de alarma y, como consecuencia de ello, de los confinamientos más extremos que ha conocido este país desde la guerra civil del siglo pasado. Durante este tiempo me he esforzado en conocer la verdad de lo que ha ocurrido con el objetivo de emitir juicios bien informados, lejos de músicos celestiales, como el de Venecia, que no han reconocido la gravedad de la epidemia en beneficio propio y lejos del interés general. El que quiera entender que entienda, porque hoy pocas palabras bastan.
(1) Zweig, Stefan (2015). De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia. Madrid: Sequitur.
Una pregunta de Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia, la obra inolvidable de Thomas Mann, a un músico que pasa junto a él pidiendo la voluntad, “¿Por qué desinfectan Venecia?” y la respuesta a la misma, “Está indicado por el calor y el siroco”, me han recordado -en este confinamiento legal y preventivo que estamos viviendo- la necesidad de que conozcamos en cada momento la verdad de lo que está pasando con el coronavirus, tal y como lo vengo expresando los últimos días. La insistencia de Aschenbach, que no se cree lo que le ha dicho el músico, traduce la inquietud legítima que tenemos en la sociedad por saber la realidad de lo que nos rodea por muy cruda que sea.
“¿De manera que no hay ninguna epidemia en Venecia?”, pregunta Aschenbach. “¿Una epidemia?”, contesta el músico de manera desafiante. “¿Qué epidemia va a haber? ¿Es epidemia el siroco? ¿Acaso es una epidemia nuestra Policía? ¡Usted bromea! ¡Una epidemia! ¡No diga usted eso! Sólo se trata de una medida de previsión policial. ¿Entiende usted? Una disposición en vista del tiempo bochornoso”.
Salvando lo que haya que salvar hoy, podemos cambiar la palabra siroco por coronavirus o policía por el estado de alarma y el acto de previsión policial como una medida para evitar mayores contagios y de previsión para contener en lo posible males mayores. El escritor Gustav von Aschenbach, uno de los protagonistas de la obra de Thomas Mann, prefirió abrazar el amor cerca de Tadzio desoyendo todas las recomendaciones para preservar su salud en una ciudad donde el cólera indio hacía estragos.
Esta cita de la literatura que tanto nos ha hecho reflexionar, es una metáfora sobre la realidad de la vida de nuestros antepasados que han intentado abordar épocas difíciles en las que el mal ha asolado la humanidad y en las que se ha intentado dejar para la posteridad un mensaje de la importancia de dar sentido a la vida, que es lo que más importa ante avisos tan importantes para navegantes.
El confinamiento en las casas impuesto por el Estado puede ser una buena oportunidad para acudir a la literatura y encontrar en ella un remanso de paz en el rincón de pensar que cada uno elija libremente en su casa. Hoy ya no se habla de ir a lazaretos sino de permanecer en nuestras casas el tiempo que sea necesario hasta que el coronavirus se dé por controlado y se autorice la vuelta a la vida normal, acompañados en el caso de Sevilla por su calor tradicional de primavera y verano, porque “aquí se puede ser feliz”. Así se expresaba Stefan Zweig en su visita a Sevilla en 1905, cuando comenzaba a despertar el siglo XX. Leo también con atención las páginas dedicadas a esta ciudad en un libro suyo muy interesante, De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia (1), escritas por un joven de veinticuatro años, buscando rincones que ya conocía por la obra de Mozart, pensando que la barbería de Fígaro iba a devolverle la comprensión de la relación de Don Juan y Carmen.
En estos días difíciles sigo leyendo a Stefan Zweig en la obra citada y sus palabras se graban en mi cerebro como el mejor bálsamo para tiempos complejos y de turbación: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”. Me acompaña también un “momento estelar de la humanidad” que sobrecogió a Zweig, la resurrección de Händel a través de su obra magna “El Mesías”, que escucho con atención reverencial. Quizá me ayude a comprender bien y en toda su extensión esa frase rotunda de Zweig, “aquí [en Sevilla] se puede ser feliz”, tras una experiencia de juventud en esta ciudad.
Con ella me quedo hoy a pesar de todo y porque necesito conocer la verdad de lo que está ocurriendo, lejos de músicos celestiales como el de Venecia que no la reconocen.
(1) Zweig, Stefan (2015). De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia. Madrid: Sequitur.
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Allí la guerra, aquí la paz, es la frase que pronuncia continuamente el pianista alemán Davide Martello (aunque en su presentación artística es Klavierkunst, arte pianístico), que desde el jueves pasado está tocando un piano rudimentario, artesanal, en Medyca, un pueblo polaco cercano a la frontera con Ucrania. Su historia es una representación de la generosidad humana porque lleva muchos años trasladándose a zonas de conflicto para acompañar con la música a los que huyen o están sufriendo el azote de las guerras. Afganistán, campos de refugiados en Turquía o durante los atentados de París, han sido zonas que ha frecuentado para seguir lanzando al mundo el auténtico lema de la música, que preside mi clave y que tantas veces he citado en este cuaderno digital: la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor (musica laetitiae comes, medicina dolorum). Él manifiesta que va «donde haya un conflicto para intentar calmar los ánimos y repartir paz entre quien me quiera escuchar».
Leyenda en la tapa de mi clave
Una de sus canciones preferidas es Angels, de Robbie Williams, que interpreta a menudo, como un canto de esperanza a algo tan importante en la vida como es el amor, cuando todo lo demás falla: De nuevo tú te cuelas en mis huesos, / dejándome tu beso junto al corazón, / y otra vez tú abriéndome tus alas, / me sacas de las malas, rachas de dolor, / porque tú eres el ángel que quiero yo. ¿Representarán los ángeles los sueños para despertarnos en un mundo diferente? También, Yesterday, la inolvidable canción de Los Beatles: Ayer todos mis problemas parecían tan lejos / ahora es como si estuvieran aquí para quedarse / oh, creo en el ayer […] Ayer el amor era un juego tan fácil / ahora necesito un lugar donde esconderme / oh, creo en él ayer. El ayer de paz que se vivía en Ucrania a pesar de su último tiempo tan convulso.
Cada uno tiene que posicionarse ante esta invasión absurda, que no guerra, porque Ucrania no la ha querido nunca. Por mi parte, creo en el compromiso intelectual y artístico, como es este ejemplo del pianista alemán, para estar cerca de los que están sufriéndola en proporciones ciclópeas, con un desgarro humano que se contempla a través de las noticias que nos llegan, porque la realidad es que lo que está pasando lo estamos viendo, nunca mejor dicho en lenguaje periodístico. Davide Martello lo hace de la mejor forma que puede y debe, porque su saber ser y estar en el mundo contribuye ahora a mitigar, aunque sea tan sólo unos minutos, el dolor por el daño que sufren los miles de refugiados que cada segundo entran en Polonia. Me solidarizo con él y con el símbolo de la paz que ha pintado con tiza en su piano. Él sabe que su música es ahora, para los ucranianos que huyen de la invasión rusa, compañera en la alegría y medicina para el dolor. A los principales afectados por la invasión, eso les basta.
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Mozart, Das Veilchen (La violeta), K 476. Ruth Ziesak (Soprano), Ulrich Eisenlohr (Piano)
Sevilla, 1/III/2022
La Fundación Juan March hace un gran esfuerzo cultural por acercarnos a la música de Mozart y esta semana, en el Ciclo de los Miércoles y bajo el título La obra maestra desconocida, le dedica una parte del concierto en el que se interpretarán obras quizás poco conocidas, pero no por ello menos importantes, de autores junto a él que nos aproximarán a una realidad que estimo que se debe conocer por su mensaje intrínseco: la música popular puede ser una obra de arte. Serán diversas obras de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791): Der Zauberer (El Mago), K 472, con letra de un poema de Christian Felix Weiße; Das Veilchen (La violeta), K 476, con letra de Goethe; Abendempfindung (Sensación vespertina), K 523, con un texto de Joachim Heinrich Campe y An Chloë (A Cloe), K 524, con letra de Johann Georg Jacobi; Johannes Brahms (1833-1897), Benjamin Britten (1913-1976); Joaquín Rodrigo (1901-1999): Cuatro madrigales amatorios: ¿Con qué la lavaré?, Vos me matasteis, ¿De dónde venís, amore? y De los álamos vengo; Erik Satie (1866-1925), Poldowski (Régine Wieniawski, 1879-1932) y, finalmente, William Walton (1902-1983). Recomiendo, sobre todo, la lectura de la presentación del programa, porque ayuda a comprender en sus palabras finales el objetivo de este concierto, en el que se presentan “[…] una serie de obras maestras infrecuentes en las salas de conciertos, escritas tanto por maestros reconocidos como por otros maestros desconocidos. Hemos seleccionado tres tipos de obras […]. En segundo lugar, se han programado obras maestras que derivan de la cultura popular, sea esta tradicional o de la cultura de masas […]”, como es el que se presenta mañana en Madrid.
Entre las obras que se interpretarán según el programa oficial del concierto, he escogido una, La Violeta (Das Veilchen, K 476), compuesta por Mozart, por su significado y porque fue la única obra de Goethe a la que puso música para canto y piano el genio de Salzburgo, a pesar de que, como se dice en el programa, a Mozart nunca le interesó sobremanera este género (Lied), de cuna germánica. De alguna forma, por su actitud en la vida, quiso acercar la literatura al pueblo, como en este caso y a través de un texto de apariencia sencilla, aunque con una reflexión final muy amarga, ¡La pobre violeta! Era una alegre violeta!, que incorporó como complemento del original de Goethe: “Mozart, a la hora de escribir música para una voz solista, se mantuvo siempre fiel al modelo del aria de ópera. Incluso Das Veilchen, su canción más conocida, y el único poema de Goethe al que puso música Mozart, puede considerarse una escena lírica, como afirmó Alfred Einstein. Lejos del entusiasmo de An Chloë (presidido por un único tema literario y musical, el amoroso), Abendempfindung es una reflexión sobre la muerte, que siempre es la propia. El poema tiene todos los tópicos románticos y, de hecho, en algunos momentos la música parece de Schubert, aunque la tristeza nunca se desborda. De nuevo a modo de contraste, Der Zauberer es una música tan encantadora como el joven aludido en el título, que hechiza a la muchacha como un mago”.
La violeta
Una violeta vivía en el prado, ensimismada y olvidada; era una violeta adorable. Llegó entonces una joven pastorcilla con paso ligero y espíritu alegre por aquí y por allá, paseando por el prado y cantando.
¡Ay!, pensó la violeta, si yo fuera la más bella flor de la naturaleza, ay, y no una pequeña violeta, la amada vendría a mí, me arrancaría y me apretaría contra su pecho, ¡ay, sólo, ay, sólo un cuartito de hora!
Pero ¡ay!, llegó la muchacha y como no reparó en la violeta, pisó a la pobre violeta. Aplastada y muerta, pero contenta: ¡Me muero, más voy a morir por ella, por ella, bajo sus pies.
[¡La pobre violeta! Era una alegre violeta!] (1)
Lo he manifestado muchas veces en este cuaderno digital: Mozart siempre quiso estar cerca de las clases populares y alejarse del poder que detentaban en su época la Corona y la iglesia, lo que le supuso muchos quebraderos de cabeza e incluso la ruina personal. Con pequeños gestos como el de la composición de La Violeta, demostró que la llamada música culta también podría tener aire popular. Él, mejor que nadie, lo simbolizó en las notas finales de esta canción: ¡La pobre violeta! Era una alegre violeta!, completando el poema de Goethe, poniéndolo al alcance de cualquiera. Al buen entendedor del pueblo, con pocas palabras bastaba para seguir viviendo a pesar de la indiferencia de la sociedad hacia los más débiles, a pesar de todo.
(1) Estas palabras finales fueron agregadas por Mozart en la partitura, en una coda de dos compases.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Sombra hecha de luz, / que templando repele, / es fuego con nieve / el andaluz. / Enigma al trasluz, / pues va entre gente solo, / es amor con odio / el andaluz. / Oh hermano mío, tú. / Dios, que te crea, / será quién comprenda / al andaluz.
Luis Cernuda, El andaluz, en Como quien espera el alba, 1947
Sevilla, 28/II/2022, en el Día de Andalucía, como homenaje a cada persona de bien que vive en esta tierra, como «escuchaores» del dolor y quejío de los que menos tienen, pero más son, simbolizado en un abuelo andaluz que con su cante sigue transmitiendo lo que muchos andaluces sufrieron y sufren debajo de su piel.
Se llama Pepe, es de Pozoblanco (Córdoba) y es el abuelo de la cantora María José Llergo, porque de acuerdo con Facundo Cabral, no es lo mismo que cantaora, ya que no sólo tiene el oficio de cantaora, porque puede hacerlo, sino que también debe cantar y no callar lo que le transmitió su abuelo. Él no tuvo la oportunidad de aprender a leer y escribir en la España que tenía helado su corazón en el siglo pasado, pero según su nieta tiene más sabiduría que muchos eruditos, porque “tiene corazón”. Reproduce lo que tantas veces he señalado en este cuaderno digital, al referirme a la tradición oral, cuando en los pueblos ribereños del Tigris y el Éufrates, en la actual Iraq, se transmitía la sabiduría y la cultura ancestral a las nuevas generaciones, de padres a hijos y, sobre todo, de abuelos a nietos, hasta que llegó la palabra. Así durante muchos siglos, hasta descubrir una experiencia relatada recientemente por María José Llergo, cantora andaluza, en una entrevista realizada por María Casado en el programa “Las tres puertas”, en RTVE, el pasado miércoles 22 de febrero.
María José Llergo ha ganado recientemente el Goya a la Mejor canción por Te espera el mar, en la banda sonora de Mediterráneo. Ha sido la oportunidad de que el gran público la conozca por sus señas de identidad reflejadas en su manera de cantar ante la sombra de su abuelo, tal y como lo ha contado a María Casado: “Yo aprendí a hablar con sus canciones, es una persona que ríe todos los días de su vida y para mí es un ejemplo; canta por tangos, serranas, livianas, por peteneras, por soleá y se sabe un montón de cantes que no sabe ni cómo se llaman”; “yo lo único que quiero es ser libre, no canto por ambición o un afán de protagonismo: canto porque si no me muero de pena, es una necesidad, es como si a un pajarillo le quitas su canto, es mi manera de conversar con el momento en el que vivo, con la sociedad en la que vivo, es decir, lo que siento, lo que me duele y lo que me gusta, lo que me hace feliz; a veces parece que si hablas de algo que no te gusta pero que no haces nada por arreglarlo no sirve de nada. Entonces, yo canto para ver si así, entre todos, nos damos cuenta de lo que nos duele y nos sanamos”. A continuación, casi sin respiro después de estas profundas palabras, explicó el contenido de su canción “Tu piel”, que interpretó en directo: la canción “habla de que lo que hay debajo de tu piel no es simple, que las apariencias pueden decir lo que quieran pero que lo que importa en tu esencia, lo que tienes aquí dentro, que las pertenencias van y vienen, pero que lo que hay aquí dentro (señalándose la frente) nadie te lo puede arrebatar”:
Lo quе hay debajo de tu piel no еs simple Lo quе hay debajo de tu piel no еs simple Lo que hay debajo Lo que hay debajo Lo quе hay debajo de tu piel no еs simple
No No es simple
Tu corazón vacío y tus bolsillos llenos Todo el mundo quiere ser rico, nadie quiere ser bueno No existe nada que compre un corazón sincero Me da lástima del pobre que solo tiene dinero
Ella confiesa que quiere poner de moda “ser buenos”, porque “al final es lo único que te hace vivir y morir tranquilo”. Su abuelo, sus padres y Andalucía son su inspiración: “mi Andalucía”, a través de la luz y el agua que son «mi vida». Todo ello se llama respeto, gracia, dignidad, “se llama Andalucía”. Ha soñado bonito desde que era niña y se imagina que de aquí en adelante va a cantar siendo feliz junto a los suyos, que le han dado tanto. Quiere llenar el mundo de sensibilidad y alegría y dice algo extraordinario: “que no se nos olvide: el amor es lo que importa al final, porque es lo que queda cuando nos vamos”. Ella lo ejemplifica con un fandango de Pepe, su abuelo: Toda la vida trabajando / trabajando para guardar / pero cuando yo me muera / no me voy a llevar ná.
María José se ha pasado la vida escuchando a su abuelo, porque aprovecha cada segundo cuando lo tiene cerca, porque él tiene cuatro columnas bien alineadas: lo que piensas, lo que dices, lo que sientes y lo que haces: “es la persona más coherente que conozco”. María José nos ha hablado de una esencia del ser andaluz, ser escuchaores de la vida. Un abuelo de Andalucía, Pepe, nos lo ha enseñado a todos y Federico García Lorca lo argumentó de forma especial en la presentación oficial en Granada del Primer Concurso del Cante Jondo, que se celebró el 19 de febrero de 1922, en nombre del Centro Artístico, al que la prensa conocía también como la “Simpática Sociedad”, mediante una Conferencia que llevaba por título “Importancia histórica y artística del primitivo canto andaluz llamado cante jondo”, cuyas palabras finales no olvido: “A todos los que a través de su vida se han emocionado con la copla lejana que viene por el camino, a todos los que la paloma blanca del amor haya picado en su corazón maduro, a todos los amantes de la tradición engarzada con el porvenir, al que estudia en el libro como al que ara la tierra, les suplico respetuosamente que no dejen morir las apreciables joyas vivas de la raza, el inmenso tesoro milenario que cubre la superficie espiritual de Andalucía y que mediten bajo la noche de Granada la trascendencia patriótica del proyecto que unos artistas españoles presentamos”. Sé que mi deber como andaluz es convertirme en “escuchaor” de lo que Andalucía canta a través de su dolor, de su quejío.
He comprendido bien que escuchar el dolor actual de esta tierra es un elogio de la caricia o, si quieren, una exaltación de su impacto en mi alma de secreto, para honra de Andalucía y sus gentes, tal y como lo aprendí de las palabras de García Lorca pronunciadas en Granada hace tan solo cien años. O de las que el miércoles pasado expresó María José Llergo, con el alma de su abuelo dentro: “yo lo único que quiero es ser libre, no canto por ambición o un afán de protagonismo: canto porque si no me muero de pena, es una necesidad, es como si a un pajarillo le quitas su canto, es mi manera de conversar con el momento en el que vivo, con la sociedad en la que vivo, es decir, lo que siento, lo que me duele y lo que me gusta, lo que me hace feliz; a veces parece que si hablas de algo que no te gusta, pero no haces nada por arreglarlo, no sirve de nada. Entonces, yo canto para ver si así, entre todos, nos damos cuenta de lo que nos duele y nos sanamos”.
Sigo viviendo con la esperanza de que el dios que corresponda comprenda qué significa hoy ser andaluz o andaluza en Andalucía, más allá de los que nos llevan al diccionario de uso del andaluz corriente como una sola palabra, cuando lo que necesitamos es una definición urgente como personas con luz interior, pero con un enigma de fuego y nieve dentro, escuchaores y escuchaoras por definición cuando el pueblo canta y clama a través de sus “palos”, como palabras hilvanadas en la melodía del dolor diario. Como Cernuda soñó un día esperando el alba de su tierra que, muchos años después, seguimos esperando para todos, sobre todo para los que menos tienen y no pueden salir a día de hoy de las jaulas de pobreza en que viven. Con una realidad exasperante, casi un millón de parados y otro millón de pensionistas en el umbral de pobreza, junto con miles de niños viviendo en pobreza severa, sin ir más lejos, que están entre los andaluces que llevan la soledad dentro, tal y como lo expresó Cernuda, nuestro paisano, que siempre soñó con el despertar del alba de la libertad y dignidad en Andalucía: “Sombra hecha de luz, / que templando repele, / es fuego con nieve / el andaluz. // Enigma al trasluz, / pues va entre gente solo, / es amor con odio / el andaluz. // Oh hermano mío, tú. / Dios, que te crea, / será quién comprenda / al andaluz. Con las letras de su cante jondo, desgarrado, al que escucho hoy con atención reverencial para seguir luchando y viviendo en pleno siglo XXI: no te creas si te dicen que ya no sufre [Andalucía], mi pueblo, porque aunque los pobres reímos y algunas veces cantamos, la procesión va por dentro (Ricardo Cantalapiedra), porque el quejío del flamenco, como escuchaor, no resbala por mi piel, ni debajo de ella, sino que la modifica para siempre.
María José Llergo, Te espera el mar, Goya 2022 a la mejor canción
Lo que recomiendo hoy, Día de Andalucía, es seguir de cerca a García Lorca, como escuchaores de él y de María José Llergo, acompañados por el alma que entrega ella a su abuelo, a través de cada canto, por el dolor y el quejío que llevan dentro. Un ejemplo de coherencia andaluza por lo que piensa, dice, siente y hace, las cuatro columnas bien alineadas de su abuelo Pepe, de Pozoblanco, en Córdoba, en Andalucía, sin ir más lejos.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ragnar Kjartansson, Desde el Valle del Desencanto del Mundo en British Columbia (VIII), 2011. Acuarela. 30,5 x 40,5. Colección privada.
Sevilla, 24/II/2022 (10:14 CET), horas después de conocer la invasión de Ucrania por parte de Rusia, un hecho que indica una realidad inexorable: caminamos por valles de desencanto mundial en una situación de pandemia en la salud mental, propiciada por nacionalismos exacerbados, autoritarismo, corrupción, limitación de libertades, represión y miedo al daño desconocido.
El pasado 21 de febrero se presentó en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el “museo de todos” según reza su eslogan, en el que se paga anualmente el alquiler de su fondo con “el dinero de todos”, una exposición del artista islandés Ragnar Kjartansson (Reikiavik, 1976), Paisajes emocionales, que muestra “su fascinación por América, por sus paisajes y su música, principalmente el country, el blues y el jazz. En esta nueva colaboración con Thyssen-Bornemisza Art Contemporary se exhiben, por primera vez juntas, cuatro de sus videoinstalaciones más reconocidas internacionalmente: The Visitors (2012), The Man (2010), The End (2009) y God (2007), junto a algunas acuarelas. La exposición, abierta hasta el 26 de junio, cuenta con la colaboración de la Fundación Ecolec”. Precisamente ha sido una de sus performances, The End (2009), la que me ha sugerido una reflexión para compartir en la Noosfera la realidad del desencanto que estamos atravesando al salir titubeantes del túnel de la pandemia. Esta videoinstalación está situada en las Montañas Rocosas canadienses como escenario, un lugar que le sirve a Kjartansson para cuestionar la idea romántica del artista y su conexión con el paisaje. The End contempla “Desde el Valle del Desencanto del Mundo en la Columbia Británica” (From the Valley of World-Weariness in British Columbia (2011), una serie de acuarelas pintadas en el mismo paraje, después de un incendio, que transmite una sensación dramática y de nostalgia desesperanzada. ¿Somos árboles quemados a lo largo de nuestro caminar por los valles de la vida? El autor responde a esta pregunta a través de su obra, contemplando el acontecer diario a través de paisajes emocionales.
Tengo presente en esta reflexión a Max Weber, porque ayudó a sus contemporáneos a comprender qué significaba el desencantamiento del mundo o la sacralización de la razón, tal y como lo analizó en una conferencia paradigmática, La ciencia como vocación, muy actual en su fondo y forma: “La intelectualización y racionalización crecientes no significan, pues, un creciente conocimiento general de las condiciones generales de nuestra vida. Su significado es muy distinto; significan que se sabe o se cree que en cualquier momento en que se quiera se puede llegar a saber que, por tanto, no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos o imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión. Pero esto significa el desencantamiento del mundo. A la inversa del salvaje, aún creyente en la existencia de tales poderes, nosotros no tenemos que valernos de medios que obren efectos mágicos para controlar a los espíritus. O incitarlos a la piedad. Esto es algo que se puede lograr por medio de la técnica y la previsión. He ahí, en esencia, el significado de la intelectualización”. Pero plantea una pregunta de difícil respuesta hoy día: “¿Cuál es el sentido actual de la ciencia como vocación? La respuesta más acertada es la de Tolstoi, contenida en las siguientes palabras: La ciencia carece de sentido, puesto que no tiene respuesta para las únicas cuestiones que nos importan, las de qué debemos hacer y cómo debemos vivir. Sería vano discutir el hecho de que, en realidad, la ciencia no responde a tales cuestiones. El meollo del problema está, sin embargo, en que no ofrece ninguna respuesta y en que no contribuye, en definitiva, a plantear adecuadamente tales cuestiones”.
El desencanto merodea por nuestro cerebro y pretende alojarse en él por mucho tiempo. Frente a ello, hoy nos agarramos como a un clavo ardiendo, a Dios, a la naturaleza, a la sociedad o a las personas (las creencias imprescindibles para todo ser humano, según Ferrater Mora), en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, la sede de la inteligencia, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal, por qué actuamos de una forma u otra y por qué caemos en el desencanto de vivir. Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada, tal como se recogió en las famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva, que son “la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) (1).
Todo lo anterior me ha llevado a recordar a una oboísta nacida también en Islandia, Arngunnur Árnadóttir, sobre la que escribí en los primeros días de la desescalada de la pandemia, en 2020, porque la música me acompañó siempre junto a la palabra, compañera infatigable en tiempos difíciles, a través de la lectura y escritura. También, Mozart. Hoy, junto al mensaje de Ragnar Kjartansson, a través de su performance The End, donde figura la acuarela que preside estas líneas, Desde el Valle del Desencanto del Mundo en la Columbia Británica, vuelvo a reencontrarme con una lectura amable y esperanzadora de la vida desde Islandia, en una orquesta del Norte de Europa, de un país frío, pero con una interpretación impecable del Concierto para clarinete en La mayor, KV 622, de Mozart, en el que el segundo movimiento, Adagio, suena excelentemente bien en el clarinete de una profesora muy joven de la Orquesta Sinfónica de Islandia, Arngunnur Árnadóttir, bajo la dirección de Cornelius Meister. También porque me da el calor humano que tanto necesito, descubriendo una vez más el poder de la inteligencia musical de acuerdo con la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, a quien tanto tiempo de investigación he dedicado en mi vida personal y profesional. Árnadóttir es también escritora y poeta, es decir, a ella también le queda la palabra.
Mozart componía estas partituras como homenaje siempre a una persona. En este caso, fue dedicada a su amigo Anton Stadler (1753-1812), compañero en la logia masónica a la que pertenecía el compositor y gran virtuoso en la orquesta de Viena por la forma de tocar el clarinete tenor (corno di bassetto), cuyo sonido se ha logrado alcanzar en los que se fabrican en la actualidad por la incorporación de llaves adicionales. Si he elegido de nuevo esta obra maravillosa de Mozart para buscar salidas en el actual valle del desencanto social, compuesta el mismo año de su fallecimiento, cuando tenía 35 años, se debe a una razón que conocí hace tiempo por una referencia de Arturo Reverter en una obra que guardo en mi maleta de libros elegidos (2), que siempre tengo preparada por lo que algún día pudiera ocurrir al viajar hacia una isla desconocida: «El corazón de la obra es el sublime Adagio […], aunque para algunos autores -Massin- lo que prevalece en definitiva es el optimismo: el músico ha salido victorioso de una lucha en la que ha debido vencer, en esta última parte de su vida, numerosos peligros de todo tipo». Toda una declaración de principios musicales.
Si quieren desconectar de la información tóxica que nos invade, aunque tengamos que adentrarnos a veces por los valles del desencanto de la vida, escuchen conmigo el Adagio según la guía de audición que figura más adelante porque creo que comprenderán mejor que nunca que la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor:
Guía de audición del Concierto de Clarinete en La mayor, KV 622 – Harpa Concert Hall, Reykjavík, 10 de septiembre de 2015
Es difícil añadir palabras a estos momentos mágicos. Solo el consuelo de que en el momento después, el de Benedetti cuando decía «[…] de todos modos preparamos / la boca por si vuela un beso / y si no vuela siempre queda / uno que emerge del olvido» (3), me queda otro guion que hoy quiero seguir al pie de la letra, unas palabras preciosas de Blas de Otero en su poema «En el principio», para pensar en quienes han perdido la vida en la pandemia y hoy sólo son número de las estadísticas. Y en quienes pierden a diario la voz en la maleza, quedándose en la cunetas de los diferentes valles del desencanto que existe en la actualidad, porque me permite comprender mejor a los que sufren la sed, el hambre; también, en lo duro que es pensar que lo que creemos que es nuestro luego resulta ser nada, porque se siegan a menudo las sombras en silencio cuando en estos días de escándalo político casi a diario he abierto muchas veces los ojos para ver el rostro puro y terrible de mi patria, abriendo al mismo tiempo los labioshasta desgarrármelos pidiendo unión y donde confieso que solo he tenido el consuelo de saber que solo me queda la palabra. Y Mozart. Hoy, desde la lejana Islandia, Ragnar Kjartansson y Arngunnur Árnadóttir, localizados en islas desconocidas del consuelo humano a través del arte, que también existen.
(2) Reverter, A. Mozart (discografía recomendada y obra completa comentada (2ªed.), (1999). Barcelona: Península, p. 91.
(3) Benedetti, Mario, El Después, en Biografía para encontrarme, 2011. Madrid: Alfaguara.
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Al alba de la mañana / campanea la giralda / y el giraldillo despierta / oliendo a olivo y a palma, / oliendo a olivo y a palma.
Huele a pasión y devoción / de primavera, / huele a azahar y a chicotá / campanillera, / huele a Sevilla.
Cantores de Híspalis, Aromas de Sevilla
Sevilla, 7/II/2022
En memoria de Pascual González, compositor y fundador del grupo musical Cantores de Híspalis, que ayer subió a su cielo particular.
Quienes amamos la música en todas y cada una de sus manifestaciones, sabemos valorar lo que ha hecho Pascual González (Sevilla, 1950) por promocionar la música andaluza y su expresión genuina a través de las sevillanas y de otras canciones que han dado la vuelta al mundo, llevando siempre un mensaje de alegría y una forma de entender la vida con un sabor amable para caminar a diario por senderos complejos. Ese es el motivo que me lleva hoy a expresar la necesidad de que creemos en la forma de ser nuevas personas en España cantando, como decía Rafael Alberti: Creemos el hombre nuevo cantando, / el hombre nuevo de España cantando, / el hombre nuevo del mundo cantando. / Canto esta noche de estrellas / en que estoy solo y desterrado. / Pero en la tierra no hay nadie / que esté solo si está cantando. […] Nada hay solitario en la tierra / creemos el hombre nuevo cantando. También, porque la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor (Musica laetitiae comes, medicina dolorum).
Pascual González tenía una última ilusión, mostrar al mundo junto a su grupo Cantores de Híspalis, el valor de la cultura andaluza a través de un nuevo espectáculo, Cristo, Pasión y Esperanza, un concierto-ópera que narra la vida de Jesucristo en un lenguaje musical, audiovisual y lírico, mediante un libreto “realizado a través de la suma o fusión de drama litúrgico, música sacra procesional, cultura popular, folclore y tradición”. Me ha recordado a tal efecto el que en 1982 presentaron Manolo Sanlúcar, Juan Peña “El Lebrijano” y Rocío Jurado, Ven y Sígueme, con un subtítulo sugerente: Un gitano llamado Mateo, del que recojo la última composición, Mandato para el Nuevo Hombre, porque vuelve a insistir en la importancia de creer en nuevas personas, cantando, respetando la cultura popular del cante flamenco en una fusión posible, como quería mostrar al mundo entero Pascual González, por la conjunción de creencias, cultura popular y expresión de la necesaria transformación de la sociedad, con especial atención a los nadies:
El Señor decía, el Señor decía: “Vosotros sois testigos de estas cosas, vosotros id por el mundo dando estas noticias y quitarles las espinas a las rosas”.
¡Alegría, alegría! Que todos se enteren que ya viene el día.
Como amanece cada vez que Dios te sonríe, no le niegues tu amor a quien ruega de Dios, caridad, dale amor.
Tú tienes que ser pan de amor para el pobre mendigo, libertad para el triste cautivo, tú tienes que ser.
Tú tienes que ser agua fresca para el peregrino, luz que al ciego le marque el camino, tú tienes que ser.
Como amanece cada vez que Dios te sonríe, no le niegues calor a quien viene a nacer, protección, dale amor.
Tú tienes que ser esa frase de amor que no llega, y el perdón de una larga condena, tú tienes que ser.
Tú tienes que ser la caricia que valga una pena, el abrazo que rompe cadenas, tú tienes que ser.
Mandato para un Hombre Nuevo. Ven y Sígueme. Un gitano llamado Mateo. El Lebrijano, Rocío Jurado y Manolo Sanlúcar
Gracias, Pascual González, gracias, donde quiera que estés, porque hiciste siempre un esfuerzo por presentar al mundo el folklore andaluz, como bien explicó un día ya lejano, un paisano de los dos, Luis Cernuda, cuando también mostró al mundo qué significa ser andaluz, un enigma al trasluz: Sombra hecha de luz, / que templando repele, / es fuego con nieve el andaluz. / Enigma al trasluz, / pues va entre gente solo, / es amor con odio / el andaluz. // Oh hermano mío, tú. / Dios, que te crea, / será quién comprenda al andaluz (Luis Cernuda, El andaluz, en Como quien espera el alba, 1947).
Sé que Pascual González, junto a su inseparable grupo Cantores de Híspalis, sabía que si se calla el cantor calla la vida, como escribió un día Horacio Guaraní, porque la vida, la vida misma es todo un canto. Que muere de espanto la esperanza, la luz y la alegría, también la rosa sin el canto. De qué sirve la rosa sin el canto, porque debe ser luz sobre los campos, iluminando siempre a los nadies, a los de abajo. Si se callaba Pascual González, callaba la vida… que siempre es un canto.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Hoy he tenido la oportunidad de regresar a la levedad profunda de mi violín, recordando una obra fantástica, El trino del diablo (Sonata para violín en sol menor), compuesta por Giuseppe Tartini (Piran, República de Venecia, 1692-Padua, 1770), probablemente una de las que exija mayor virtuosismo en su interpretación. La versión que más aprecio es la de la violinista Anne-Sophie Mutter, junto a la Filarmónica de Viena dirigida por James Levine, por su forma de atacar cada movimiento de esta Sonata no inocente. La historia que hay detrás de esta composición la detalla el astrónomo francés Joseph Jérôme Le Français de Lalande (1770) en su obra Voyage d’un françois en Italie, de acuerdo con el contenido de una carta que Tartini le había enviado en cierta ocasión: “Una noche, en el año 1713 soñé que había hecho un pacto con el diablo a cambio de mi alma. Todo salió como yo deseaba: mi nuevo sirviente anticipó todos mis deseos. Entre otras cosas, le di mi violín para ver si podía tocar. ¡Cuán grande fue mi asombro al oír una sonata tan maravillosa y tan hermosa, interpretada con tanto arte e inteligencia, como nunca había pensado ni en mis más intrépidos sueños! Me sentí extasiado, transportado, encantado: mi respiración falló, y desperté. Inmediatamente tomé mi violín con el fin de retener, al menos una parte, la impresión de mi sueño. ¡En vano! La música que yo en ese momento compuse es sin duda la mejor que he escrito, y todavía la llamo el Trino del diablo, pero la diferencia entre ella y aquella que me conmovió es tan grande que habría destruido mi instrumento y habría dicho adiós a la música para siempre si hubiera tenido que vivir sin el goce que me ofrece”.
Son dieciséis minutos prodigiosos, que nos acompañan casi en un éxtasis rodeado de melancolía. Para comprender bien la intrahistoria de esta partitura, he recurrido a conocer a fondo al autor, a través de una obra del escritor Ernesto Pérez Zúñiga, La fuga del maestro Tartini, ganadora del XXIV Premio Torrente Ballester. En ella “traslada al lector a los lugares sagrados de la memoria y su incisiva nostalgia a través de la vida de Giuseppe Tartini, uno de los más importantes músicos del siglo XVIII, y autor de la sonata conocida popularmente como El trino del diablo. Una aventura física y espiritual, en busca de una armonía repleta de dificultades, en la que el lector se encontrará con valiosos personajes de aquella época, y otros tantos del mundo mítico, capaces de anular el tiempo y fundir lo clásico con lo contemporáneo. En una entrevista al autor, que recomiendo leer atentamente, se introduce la misma explicando una breve sinopsis de esta obra: “Año 1769, el maestro Tartini rememora su vida cuando presume que el tiempo se le agota. Recuerda su infancia, en la que se forma tanto su sensibilidad musical, como la rebeldía que le acompañará durante toda su existencia al rechazar la educación eclesiástica que su padre le tenía reservada. Tras múltiples aventuras con la espada, encuentra cierto sosiego en el arco del violín, el “instrumento del diablo” del que se convertirá en un virtuoso, y en Elisabetta Premazore, una mujer de clase humilde con la que mantuvo un amor prohibido. Su carrera como músico parecía seguir el camino trazado cuando conoce a un violinista extraordinario. Comienza entonces un viaje a través de los secretos de la naturaleza humana que le llevan a enfrentarse, de manera cruel y destructiva, con su lado más oscuro”. Más adelante justifica Pérez Zúñiga la razón de escribir sobre Tartini: “Me enamoré de su música. Esa música movió los hilos dentro de mí, y los fui siguiendo hacia los lugares donde Tartini vivió en Italia y en Slovenia. Lugares que siguen casi intactos. Algunos han cambiado de nombre, eso es todo, nombres secundarios. Lo importante para mí era ir imaginando ser alguien ya perdido en el tiempo. Resucitarle, prestarle mi cuerpo, mi mente que se iba llenando de lo que iba descubriendo sobre su vida y, sobre todo, de sus sonatas y conciertos. Luego le iba a prestar yo mi escritura y parte de mi propia biografía”.
En esta entrevista, Pérez Zúñiga nos ofrece una clave de su novela, para comprender bien la actualidad de su obra magna, a pesar de los saltos históricos en su narración: “No tiene sentido resucitar a Tartini si no es un personaje del presente. Del pasado me interesa lo que sigue vivo, y Tartini es interesante en cuanto se comunica con la conciencia del lector. Esto vale también para los espacios, para la propia calle donde vivió Tartini, y que decidí mantener con el nombre que tiene hoy. La ventana de su casa es la conciencia que une espacio pasado y presente. Quiero que el lector pueda encontrar esa calle y mire a Tartini en su ventana (en un edificio que hoy no existe). Hay otro intento más: descubrir la interconexión de los tiempos, cómo se afectan entre ellos, como las relaciones cronológicas que nosotros entendemos como causa y efecto pueden tener una relación de simultaneidad, por lo menos desde el punto de vista psicológico. Cómo la mente se mueve en el tiempo. Cómo el tiempo de los sueños puede incluir el futuro. Mi interpretación libre de la ciencia contemporánea planea en distintos pasajes de la novela. Añado algo más: me interesa que la belleza de la música de Tartini anule de alguna manera el hecho irremediable de su muerte. La belleza vence al tiempo, y lo reinterpreta. Es un hecho cotidiano, demostrado una y otra vez en las obras de arte”.
Durante estos últimos años he seguido de cerca la recomendación de Shakespeare, en El mercader de Venecia, ¡Atiende la música!, aprendiendo a tocar el violín, el piano y el clavecín, compañeros inseparables en cada curso académico que he podido seguir hasta la llegada de la pandemia, intentando aprender la técnica depurada que hay detrás de cada instrumento: “El hombre que no tiene música en sí mismo y no se mueve por la concordia de dulces sonidos está inclinado a traiciones, estratagemas y robos; las emociones de su espíritu son oscuras como la noche, y sus afectos, tan sombríos como el Érebo: no hay que fiarse de tal hombre. ¡Atiende a la música!”. La obra de Shakespeare es un tratado contra la usura y una ardiente defensa de los valores humanos. Repasando con atención este cuaderno digital, se puede comprobar que en numerosas ocasiones hago referencia a la música como una proyección de la inteligencia que cuida, sobre todo, el alma humana. También sus sueños, sabiendo que el Diablo siempre está cerca, asumiendo la arrogancia de Lucifer, el ángel caído de determinados cielos, inteligente y necio al mismo tiempo.
Escuchando hoy atentamente El trino del diablo, comprendo perfectamente el simbolismo de la música. Cada día descubro un mundo nuevo al aproximarme al teclado o al arco y mástil del violín, para conocer mejor su alma. Es una experiencia única que me regala la vida y en la que estoy inmerso por los sentimientos y emociones que me ofrece. He descubierto la riqueza sonora del clave, el instrumento tan querido por Bach y Mozart en sus años de éxito sonoro, asimilando a diario algo que ha perdurado a través de los siglos: Musica laetitiae comes, medicina dolorum, es decir, la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor. También la del violín. Ha sido un descubrimiento especial. Mi violín es una maravillosa caja de sorpresas o de sueños, según se contemple, aunque lo que más me llama la atención es su levedad cuando lo tengo en mis manos. La historia le ha sustraído peso, sabiamente, en la clave que aprendí un día de Ítalo Calvino: “he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado, sobre todo, de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje” . Como él, doy un gran valor a la levedad, aunque junto a Kundera, en su obra “La insoportable levedad del ser”, tenga que admitir la realidad de la Ineluctable Pesadez del Vivir, como condición humana que nos es común, porque estamos rodeados de constricciones públicas y privadas que terminan por envolver toda existencia. Incluso cuando el diablo tiene algo que hacer y se aproxima en los sueños tocando una obra muy hermosa, lejos de la figura que conocí de niño, porque me decían que cuando se aburría y no tenía nada que hacer, sólo sabía matar moscas con el rabo. Cuando el sueño se despierta, soy consciente de que la belleza sólo corresponde a la inteligencia humana y que sabe vencer al tiempo y a la sabiduría de los enemigos del alma.
Voy ahora a mi rincón de pensar, rodeado de música, donde comienzo a escuchar también una obra de la excelente violinista canadiense Angèle Dubeau, con un título premonitorio, Violines Infernales, que interpreta obras inspiradas en el diablo, junto al grupo La Pietá, formado exclusivamente por mujeres violinistas, tomando el nombre de la orquesta y coro del Convento-Orfanato de la Pietá, en Venecia, de los que era el director, donde se recogían “niñas y mujeres descarriadas”. Podemos escuchar obras asombrosas tales como Los trinos del diablo, de Tartini, hasta los torbellinos infernales de la Danza Macabra de Saint-Saëns y Las Bellezas del Diablo, de François Dompierre. Sobre todo, hoy, escucho varias veces esta última porque me parece una interpretación que sobrecoge por el virtuosismo de los violines, que me devuelve paz para comprender la belleza de la vida y me aleja de los diablos aburridos que siempre están al acecho.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.