Regalo de Reyes / La memoria de Limoges

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Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño. Así suenan hoy estas palabras bíblicas de fondo en mi infancia de Madrid, cuando siendo, hablando, pensando y razonando como un niño, me asombraba del perfecto movimiento rítmico de unas figuras pequeñas de porcelana de Limoges, en una caja de música que teníamos en casa, en la que unos monaguillos simulaban cantar con movimientos articulados de manos, cabezas y brazos, con partituras y batutas minúsculas. Una maravilla.

La razón estriba en que la belleza de la porcelana blanca de Limoges encierra un secreto: tiene una “memoria” especial que debe siempre su belleza a unas manos también especiales que manejan caolín, madera, agua y fuego. Esta mañana me lo explicaba una artesana al enseñarme una paloma en vuelo majestuoso, modelada en porcelana blanca de Limoges. No es frecuente ver este tipo de obras de arte, en tamaño muy reducido, porque según contaba era muy difícil alcanzar el punto exacto de temperatura de cocción para obtener el resultado de cada obra artesana, hecha a mano, sin que se quiebre o rompa la memoria en el proceso.

No soy un experto en esta manifestación artística, pero me ha sugerido un paralelismo con la belleza de la vida. Si determinadas vivencias diarias no alcanzan la temperatura adecuada para ser comprendidas en su sentido más íntimo, se vuelven frágiles, se rompe su magia y desaparecen para siempre sin posibilidad alguna de retorno, porque nadie ni nada se baña dos veces en el mismo río. Es lo que le ocurre a la memoria humana cuando el hipocampo, una estructura compleja que se aloja en el cerebro con forma de caballito de mar, no alcanza un desarrollo adecuado mediante neurotransmisores y hormonas que garanticen su permanencia en el próximo, medio o largo plazo de cada vida, que en sí misma es una maravillosa obra de arte.

Al fin y al cabo, lo mismo que pasa con la “memoria” de aquellos monaguillos de mi infancia o con las palomas de porcelana que se hacen ahora en Sevilla con tanta delicadeza, a mano, con el caolín de Limoges, aun cuando llegando a ser hombre, haya dejado ya las cosas de niño, sin perder nunca la maravillosa memoria del que todavía llevo dentro.

Sevilla, 5/I/2017

NOTA: la imagen, de vetas de caolín y arcilla en Riodeva (Teruel), se ha recuperado hoy de https://www.flickr.com/photos/jm_anton/4887648628/

La perfección imperfecta

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Exactamente es lo que busco ahora en mis horas dedicadas al clave, piano y violín. Un sueño legítimo, como todos…, cuando estudio los matices de la última obra que preparo en la actualidad: el Preludio número 20 de Chopin, de escasos compases pero de ejecución compleja, que exige mucha perfección imperfecta. Por esta razón me ha emocionado la lectura de la entrevista con el director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel, publicada hoy en la edición digital del diario El País (1), que tanto añoro en su línea editorial anterior, como antesala de la experiencia extraordinaria que vamos a vivir el próximo 1 de enero en el tradicional concierto de Año Nuevo en Viena, que va a dirigir con solo treinta y cinco años y ante una legendaria orquesta.

Lo he sentido al leer una frase que resume su conducta en la vida, desde que iniciara sus primeros pasos en El Sistema, una organización que se debe conocer como contrapunto, nunca mejor dicho, de la situación social y política en Venezuela. El contexto en el que la pronunció era después de un ensayo de la Suite Escita, opus 20, de Serguéi Prokófiev, con la Filarmónica de Los Ángeles: “No se trata solamente del performance perfecto. Les estaba diciendo que quería una perfección imperfecta. El riesgo, aquel punto donde tú miras y da vértigo, donde tienes el control de todo y al mismo tiempo, no lo tienes. E inspirar a los demás. Porque, fíjate, tú técnicamente puedes conocerlo todo, pero si no inspiras al grupo no vas a hacer nada especial. Nadie quiere escuchar algo completamente limpio, perfecto, pero que no tenga ningún tipo de alma”.

Es verdad. Debemos buscar apasionadamente la perfección imperfecta de lo que hacemos a diario en todas las manifestaciones posibles de la vida. Es lo que creo que le ocurrió al Dios del Génesis, cuando sintió vértigo al crear al hombre y a la mujer, al expresar que aquello era muy bueno, porque todo lo que les antecedió en el fascinante relato de la creación, incluso la de los cielos y la tierra, solo era bueno. Exactamente, la perfección imperfecta, porque el secreto estaba en el alma con la que creó al ser humano antes de que la pareja más famosa del mundo se perdiera para siempre en el Paraíso terrenal.

Sevilla, 29/XII/2016

(1) Moreno, Javier (2016, 29 de diciembre), Gustavo Dudamel: “Incluso en el desenfreno tiene que haber precisión”. El País.com.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.solkes.com/gustavo-dudamel-the-orchestra-director-that-makes-berlin-talk/

Los alicientes de Manuel Rivas

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Manuel Rivas / MJ Morián

Anoche tuvimos la oportunidad de escuchar atentamente al escritor Manuel Rivas, en su intervención programada en formato de conferencia-diálogo organizada por la Consejería de Cultura, a través del Centro Andaluz de las Letras (CAL), en la Biblioteca Municipal Infanta Elena, en Sevilla, al que ya había precedido otros actos similares la semana anterior en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), en el marco de los Diálogos Literarios en conmemoración de la primera circunnavegación de la Tierra, la Vuelta al Mundo de la expedición de Magallanes que completó Juan Sebastián Elcano.

Si hubiera que destacar el hilo conductor de la singladura literaria de ayer se podría reducir a dos palabras: psicogeografía íntima. Su identidad gallega. Nos llevó, navegando en un mar de palabras cargadas de sentimientos y emociones, junto a su persona de secreto, por mares diversos de la vida para explicarnos de forma muy didáctica en qué consiste viajar y cómo Magallanes hizo lo que hizo. Dedicó mucho tiempo a su forma de comprender la citada psicogeografía, leyendo directamente unas páginas del último capítulo, para mí inédito, de su hermoso libro: Los libros arden mal, contando lo que debemos realmente a las personas que nos acompañan en el viaje de la vida, como le ocurrió a Magallanes con Enrique de Malaca o de Molucca, también conocido como Enrique el Negro.

Conozco bien a Manuel Rivas y creo que sé cómo comenzó su andadura por el mundo con el objetivo de que lo que hiciera de mayor le permitiera “no mojarse”, tal y como le había aconsejado su madre, de profesión lechera, aunque su realidad es que desde entonces siempre vive a la intemperie para conocer qué pasa en la vida, comprometiéndose con los demás, con los que menos tienen, “mojándose” en el mejor sentido de la palabra a través de su persona de todos y de secreto. Conozco una situación muy querida por él de su infancia, cuando no tenía más de dos años y su hermana María, apenas uno más. Él insistía en pasear una cucaracha en su camión de juguete y ella miraba. Cuando su madre llegó, algo más tarde, se los encontró abrazados en el baño con la puerta cerrada, aterrorizados. Al asomarse a la ventana, seducidos por la algarabía, se habían dado de bruces con la imagen misma del horror: dos cabezudos disfrazados de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos.

Esta historia íntima la leí en el diario El País, hace ya muchos años y él la cuenta siempre como el comienzo de una andadura para enhebrar voces y lugares en una especie de “psicogeografía íntima”. Es lo que hizo anoche, enhebrando historias diversas de sus viajes, comenzando por la línea del horizonte en la que teóricamente se separa el mar del cielo, pero donde está el secreto de lo que hay debajo y detrás de ella, de navegar por el mundo diariamente, de sus recientes viajes a Méjico y Argentina y su paso por Haití, en la que como lector empedernido ya conocía de antemano muchas vivencias que le aportaban seguridad en aquél sitio tan azotado por la naturaleza. La maleta como símbolo psicogeográfico, primer asiento que tuvo cuando asistía a la escuela. Todo lo había encontrado en la lectura antecedente de los sitios donde vamos, por próximos o lejanos que sean.

Quizá fue la anécdota de Méjico la que traducía de forma muy sencilla la forma de ser en el mundo de Manuel Rivas. Contó que, en un acto de presentación de su último libro, comenzó a firmar ejemplares y que a él le gusta dibujar en las dedicatorias símbolos junto a palabras con sentido. Escuchó por primera vez cómo una mujer mejicana llamaba a esos símbolos, alicientes, y al final, con su gracejo habitual haciendo gala de un humor proverbial, nos dijo que con las prisas del dueño de la librería donde se celebraba el acto había tenido que imprimir gran velocidad a las dedicatorias y al final le pedía – ¡no más! – que solo fueran frases rutinarias del tipo “con cariño” o cosas así, incluso al final solo la firma. De tal forma, que al salir de aquél acto se encontró en la acera a un prototipo de hombre mejicano muy serio, de bigote pronunciado y caído y con gesto avieso, que mirándole con cara de pocos amigos le soltó: “usted no me ha dibujado el alisiente…”.

Es verdad. Manuel Rivas nos dejó anoche de forma nítida el aliciente de vivir navegando, respetando la psicogeografía en la que somos y vivimos a diario. En los lugares que nos permiten hacer el gran viaje de la vida y recordarlos cuando fermenta la memoria, pero respetando que sintamos a veces deslugares [sic] que no logramos identificar a pesar de que estemos rodeados de personas o cosas que se han movido e incluso viajan con nosotros hacia ninguna parte.

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Cuando finalizó el encuentro, me acerqué para agradecerle lo aprendido a lo largo de los años de su lectura de compromiso activo. Le enseñé el libro que llevaba y que tanto quiero, ¿Qué me quieres, amor? Y nos lo dedicó con la maestría de los alicientes que tan bien conoce: la línea del horizonte que separa el mar del cielo, la luz que necesitamos siempre para iluminar cualquier viaje, con dos peces que van a en ambas direcciones porque suministran ideas en las idas y venidas de la vida, el libro abierto que escribimos a diario si nos comprometemos a defender el derecho a soñar y la unión íntima de humor y libertad, como mensaje explícito de su forma de ser en el mundo. Por cierto, libro editado por Bolboreta, mariposa en gallego, de quién aprendí el sentido de su alargada lengua, en un cuento suyo precioso que no he olvidado nunca, La lengua de las mariposas. Sobre todo, para no participar en silencios cómplices en momentos cruciales de la vida, de este país, como ante la cordada de presos en los planos finales su película homónima que tanto aprecio.

Sevilla, 15/XII/2016

Nos queda la Constitución

Guardo en mi caja de sueños el poema de Blas de Otero dedicado a la palabra. Hoy, lo recuerdo de forma especial en la celebración del Día de la Constitución, que es de las pocas cosas que nos quedan como articulación garantista de la democracia en este país, aunque se haya convertido desgraciadamente en una fiesta más de guardar, sin relevancia alguna para millones de personas. Han pasado treinta y ocho años desde su proclamación y gracias a ella vamos sorteando con más éxitos que fracasos los ataques continuados a su esencia, en un país tan cainita y dual como el nuestro.

A pesar de esta visión optimista, como pesimista bien informado que soy, creo que ha llegado el momento de tocarla, aunque hagamos lo contrario de lo que Juan Ramón Jiménez nos recomendaba hacer con la rosa, tan frágil como ella. Desde hace años, hemos constatado que se ha hecho mayor y que necesita una revisión en artículos esenciales para garantizar la convivencia en un país tan alterado históricamente y que, de vez en cuando, se convierte al menos en dos. Podrían ser más, si no se actúa ya, helándonos el corazón a los que la defendemos con uñas y dientes desde la ética aplicada en momentos tan transcendentales como los que estamos atravesando en la actualidad.

Conocemos de sobra las razones para afrontar este reto y un día como hoy debería ser una plataforma de lanzamiento institucional para abordar esta aventura que se cuenta en tantos foros y a la que tenemos un miedo casi reverencial. Recuerdo en tal sentido un comentario de Aristóteles sobre una experiencia del modelo constitucional, muy atrevido, propuesto por Hipódamo de Mileto (siglo V a.C.), el creador de las calles tal y como las conocemos hoy, algo tan democrático y que entusiasmaba de forma especial a Jane Jacobs: “[…] las recompensas que se conceden a los que hacen algunos descubrimientos útiles para la ciudad, es una ley seductora en la apariencia, pero peligrosa. Será origen de muchas intrigas y quizá causa de revoluciones. Hipódamo toca aquí una cuestión sobre un objeto bien diferente: ¿están o no interesados los Estados en cambiar sus instituciones antiguas en el caso de poderlas reemplazar con otras mejores? Si se decide que tienen interés en no cambiarlas, no podría admitirse sin un maduro examen el proyecto de Hipódamo, porque un ciudadano podría proponer el trastorno de las leyes y de la constitución como un beneficio público”. Es verdad, pero estamos asistiendo a un espectáculo de agotamiento político por las fórmulas encorsetadas en las que transcurren los debates y la forma de abordarlos en el Palacio de la verdad democrática, el Congreso, así como de la propia representación política con el sistema electoral actual, que urge introducir cambios territoriales y de derechos fundamentales, sobre todo y a marchas forzadas, maximis itineribus, volviendo a Aristóteles.

Cambiemos la Constitución entre todos, mediante un referéndum sosegado, sin preguntas trampa, con transparencia total, donde vuelva a tener todo su sentido democrático el interés general, que es su verdadera razón de ser, comparándola con la verdad de la palabra, aunque cada día se convierta ya en un conjunto de signos que cada vez simbolizan menos, algo residual que les queda a algunos si han perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiran, como un anillo, al agua (Blas de Otero). También, porque la Constitución, a través de sus palabras, es lo que les queda a algunos si han sufrido la sed, el hambre, todo lo que era propio y resultó ser nada, incluso si han segado las sombras en silencio; si abren los labios para ver el rostro puro y terrible de nuestra patria hoy, incluso hasta desgarrárselos.

Todo ello es verdad, porque nos queda…, la Constitución, esa gran palabra que nos recuerda hoy que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. El pueblo, solo el pueblo.

Sevilla, 6/XII/2016, Día de la Constitución

Nada hay más indigno que la posverdad

Los atenienses contemporáneos de Platón corrían todos los días hacia el areópago, ávidos siempre de la última noticia, aunque tenían un principio de confianza, envidiable hoy, que consistía en que sabían a ciencia cierta que todo lo que allí se anunciaba y comentaba era verdad (alétheia, en estado puro). Habían aprendido de Parménides, a distinguir la verdad de la simple opinión. Recuerdo esta lección histórica y de corte presocrático en los momentos actuales, en los que cualquier noticia se propaga de forma viral, aunque sea el mayor de los bulos o la mayor de las mentiras jamás contada. Basta que se programe en los robots de Facebook o Twitter el seguimiento jerárquico de determinadas tendencias en rabioso tiempo real, trending topics, para convertirlas en el mantra de credibilidad mundial para un mundo descreído, que se manifiesta incluso en solo 140 caracteres que pueden hundir el mundo si seguimos por estos derroteros.

Es lo que se conoce actualmente como la posverdad, palabra que ya figura en el Diccionario de Oxford bajo el lema Post-truth y que ya ha anunciado el pasado 16 de noviembre como la palabra del año: relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. Es verdad, aunque nos cueste trabajo reconocerlo. Basta que cualquier persona lance a la red social correspondiente una afirmación exenta de todo rigor objetivo para que millones de personas comiencen a divulgarla y a elevarla a los altares, aunque haya víctimas detrás que pueden ser personas, instituciones, gobiernos, políticos o cualquier cosa que se mueva y que ya no saldrán más en la foto fija de la verdad.

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Atravesamos momentos de desconcierto mundial, verdaderamente lamentables, porque quienes propagan estas noticias, a diferencia de los atenienses que comentaba al principio, están convencidos de antemano que poseen la verdad absoluta desde su móvil inteligente y les importa un bledo el gran aserto de Machado sobre la búsqueda ávida de la misma en el areópago de la vida: ¿Tú verdad? No, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela. No digamos el de Parménides: Es justo que lo aprendas todo, tanto el corazón imperturbable de la persuasiva verdad como las opiniones de los mortales, en las cuales no hay creencia verdadera (Sobre la Naturaleza).

Sevilla, 29/XI/2016

Alma de colibrí

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Dirige tu camino a través de las ruinas del altar y el centro comercial, dirige tu camino a través de las fábulas de la Creación y la Caída, dirige tu camino más allá de los Palacios y elévate por encima de la podredumbre, año tras año, mes a mes, día a día, pensamiento a pensamiento.

Leonard Cohen, Steer Your Way

Mucho se ha escrito sobre el viaje final de Leonard Cohen, buscando la mano tendida de la mujer a la que quiso tanto, Marianne: “Bueno, Marianne, somos realmente viejos y nuestros cuerpos se están deshaciendo. Creo que te seguiré pronto. Has de saber que estoy tan cerca de ti que, si estiras la mano, podrás coger la mía. Sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría, pero no hace falta que añada nada porque tú de sobras lo sabes. Ahora solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Te envío mi amor infinito. Nos veremos pronto en el camino”.

Leonard Cohen amaba este país. Lo contó de forma magistral en el discurso que pronunció en el acto de entrega del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2011. Unas palabras sobrecogedoras, porque seis acordes de guitarra, aprendidos en años de juventud de un joven español anónimo, han servido para que Cohen siga entusiasmando al mundo con sus canciones, volando con alma de colibrí.

La lectura de un artículo precioso en el suplemento Babelia, del diario El País (1), me ha recordado la belleza del colibrí, un pájaro muy pequeño que se localiza en Sudamérica (ha sabido elegir una sabia cuna…), con una especial presencia en Colombia, como nos lo demuestra un lugar asombroso, El jardín encantado, aunque viajan sin cesar porque saben que su vida es muy corta: “El lunes 7 de noviembre, el alma de Leonard ascendió hacia los brazos de Marianne. En el disco, vemos un colibrí que sale volando desde una luminosa ventana hacia la oscuridad: “Escucha al colibrí / Cuyas alas no ves / Escucha al colibrí / No a mí”.

El colibrí es el ave más pequeña del mundo. ¡Qué maravilla de la naturaleza! Mueve sus alas entre 60 y 90 veces por segundo y su gran corazón late entre 500 y 1.200 veces por minuto, aunque por la noche sus latidos son mucho más lentos. En proporción a su tamaño, posee el cerebro y el corazón más grande del mundo. No puede caminar, solo posarse. De su alma sabemos poco, pero nos da señales de ella todos los días, volando siempre, que para él es su caminar diario.

Leonard Cohen ha acompañado durante muchos años a los que valoramos la belleza de las palabras cantadas, incluso cundo suenan a testamento vital que se declara a los cuatro vientos, llevadas en las alas del pequeño colibrí para quien lo quiera leer o contar, porque lo importante es saber disfrutar de los viajes cortos como a veces son los momentos bellos de la vida, en los que disfrutamos tanto. Seguirlo…, volando por encima de la podredumbre, es otra cosa, porque nos falta su alma, su preciosa vida. La del colibrí, la de Cohen.

Sevilla, 28/XI/2016

NOTA: la imagen ha sido recuperada hoy de: http://www.jardinencantado.net/#fotos

(1) Manzano, Alberto (2016, 22 de noviembre). Escucha al colibrí. Babelia (El País.com).

En el mismo barco

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El pasado 18 de noviembre se estrenó en cines el documental In the same boat (En el mismo barco), que resume en su título una idea muy brillante del sociólogo Zygmunt Bauman: “ya estamos todos en el mismo barco, pero lo que nos falta son los remos y los motores que puedan llevar este barco en la dirección correcta”. Se refiere al ecosistema social de escala mundial en el que navegamos en estos momentos casi hacia ninguna parte, con un desconcierto mayúsculo y con decisiones de corte democrático, como las elecciones últimas en Estados Unidos, donde tiembla el mundo al conocerse los resultados.

No he visto todavía la película y es difícil emitir juicios bien informados sobre su hilo conductor, pero me resulta muy atractiva la información que dispongo sobre ella hasta este momento, aunque hay incursiones en el análisis de las aportaciones revolucionarias de la tecnología del último siglo y éste que parecen inquietantes. En tiempo de crisis siempre se ha dicho que no es conveniente hacer mudanzas, pero no estoy de acuerdo con este aserto ignaciano en situaciones tan dramáticas como las que se están experimentando a nivel mundial, con un impacto importante en este país, aunque se quiera ocultar casi a diario. Estamos viviendo en un mundo con una clamorosa ausencia de valores y, sobre todo, de ética, tal y como lo aprendí de un maestro en el pleno sentido de la palabra, el profesor López Aranguren, cuando la definía como el «suelo firme de la existencia o la razón que justifica todos los actos humanos», que tantas veces he abordado en este blog.

Estas razones nos obligan a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo, que he vislumbrado como hilo conductor del documental que trato hoy de forma especial. Lo contrario es obvio y se ve venir porque navegamos en mares procelosos de corrupción y desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él. Lo expresaba en 2012 en este blog, en un post dedicado a los aforismos, porque en ese momento apreciaba que eran numerosas las deserciones en el barco político de aquella legislatura, siendo testigo directo del abandono apresurado de los que tenían la obligación de mantenerse en el puente de mando de la responsabilidad política que se le había encomendado, arrojándose a un mar repleto de desertores de la dignidad.

Lo que verdaderamente me enerva es contemplar cómo se suelen liquidar estas situaciones tan transcendentales con la consabida frase de que “todos vamos en el mismo barco” y eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: un os van en magníficos yates y otros, la mayoría, en pateras. Por esta situación de fondo y forma estoy interesado en ver este documental, para lograr identificar quien está enrolado en el barco que citan y explican, quizá con la debilidad personal que siento por escuchar las palabras del expresidente José Mujica, a quien tanto admiro.

Es probable que a este barco ético y esperanzador no suban nunca quienes no están interesados en que el mundo mejore, porque los poderes fácticos que dirigen y protegen la maquinaria de la guerra en cualquier lugar del mundo, el terrorismo de cualquier cuño, así como los vestidos de negro, deciden desde hace ya mucho tiempo el funcionamiento y los altibajos del ecosistema económico y financiero mundial, desde una torre en Manhattan, a través de portátiles y teléfonos inteligentes. Ellos viajan en barcos privados, en cruceros del mal, que no surcan nunca estos mares, para ellos procelosos. Lo que detesto también es el abandono de la lucha en situaciones difíciles, como las que estamos atravesando ahora, en las que aquellos que estaban a veces con los que deseamos estos cambios urgentes en las políticas mundiales, europeas y nacionales, se arrojan a un mar en el que cada vez hay menos sitio, porque dicen que esto no tiene remedio. Lo paradójico es que cuando se avance en la búsqueda de soluciones surcando mares diferentes que posibiliten otro mundo mejor, falte ya sitio o barco, según se mire, para recoger a los que en tiempos revueltos se tiraron al mar porque nunca quisieron buscar otras alternativas a este mundo que no nos gusta.

Una muestra de lo que expongo anteriormente, lo he encontrado en los párrafos finales del artículo publicado en El Diario.es al respecto (1): “La intervención de los expertos en el documental se completa con testimonios de gente en mitad de las calles de Rusia, España, Nigeria o Argentina, que teorizan sobre cómo sería el mundo sin trabajar, o trabajando menos. «Seríamos gordos», dicen en el continente africano. «Con dos días de fiesta a la semana, yo estaría contenta», apunta una ciudadana rusa. «Yo estoy ahora mismo en el paro y si te soy sincero, estoy como Dios», sentencia un español”. Sin comentarios.

Estas razones expuestas anteriormente son las que me animan a ver este documental y escuchar atentamente a personas tan interesantes como Zygmunt Bauman, Jose Mujica, Erik Brynjolfsson, Serge Latouche, Mauro Gallegati y Tony Atkinson, que intervienen en él con aportaciones extraordinarias y cargadas de sentido, con la apreciación de que, queramos o no, estamos todos ya en el mismo barco de la dignidad humana, «La Isla Desconocida» de Saramago quizás, en un viaje esencial para vislumbrar el destino universal que pasa por salir alguna vez de nosotros mismos.

Sevilla, 25/XI/2016

(1) Sarabia, David (2016, 11 de noviembre). “In the same boat”: remar para evitar el abismo del sistema actual. El Diario.es.

“No puedo aguantarlo más…”

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http://www.telecinco.es/_87d79eea

La he escuchado en el informativo de las 21:00 horas y no logro borrar estas palabras de mi mente. ¡Qué paradoja, en la celebración hoy del día universal del niño! Reproduzco de forma íntegra la noticia que figura en Informativos Telecinco. Merece leerlas con atención, para que nos sirva en la lucha diaria por defender la vida digna de los demás, en cualquier sitio, porque es urgente recuperar credibilidad en la solidaridad humana todos los días del año, no solo hoy, tan trágicamente irreal:

“Zona este de Alepo. El periodista Amro Halabi, de Al Jazeera, graba un reportaje en este hospital infantil, uno de los pocos que quedan en pie a este lado, aun habiendo sufrido múltiples daños por la guerra. El reportero se centra en los problemas respiratorios de un padre y sus hijos, entre lágrimas, víctimas de un ataque reciente de la aviación del régimen sirio y el ejército ruso. Situación angustiosa, hasta que la oscuridad anuncia lo peor. El centro acaba de ser bombardeado, entre los gritos y el polvo, madres y padres buscan una salida con sus hijos en brazos. A unos metros está la unidad de neonatos. Dos enfermeras tratan de recoger a los bebés de las incubadoras. Rompen en llanto y se funden en un abrazo. Instantes después se improvisa una nueva sala de atención a los prematuros, en el suelo, entre mantas. Ha ocurrido este fin de semana. Lo mismo que este bombardeo este domingo en una escuela al oeste de la ciudad, bajo control de las tropas de Al-Assad. Aquí han muerto al menos siete niños. Entre los menores supervivientes, esta niña, que confiesa ante la cámara que ya no aguanta más porque le han matado a todo el mundo “No puedo aguantarlo más. ¿Cómo podría? Mataron a todo el mundo. Mataron a todo el mundo. ¿No basta con lo que han matado hasta ahora?” En el este, otro ataque con gases tóxicos en las últimas horas, ha matado a otros cuatro niños de una misma familia. Niños conscientes de la tragedia y otros que con dos meses de vida acaban rompiendo una de sus primeras sonrisas ante su padre antes del sobresalto por una bomba cercana. Menores en una guerra, a punto de cumplir seis años, que se ha cobrado ya la vida de casi medio millón de personas, unos 12.000 de ellos niños. Con casi 8 millones y medio de menores afectados por el conflicto, tanto dentro como fuera del país”.

La verdad es que no tengo palabras para comentar algo más. Solo quedarme en el rincón de pensar qué hacer en este sinsentido que necesita atención mundial sin dilación alguna.

Sevilla, 20/XI/2016

 

 

Recital lírico en Sevilla

 

patricia-cayuela-y-jorge-de-la-rosaPatricia Cayuela y Jorge de la Rosa / JA COBEÑA

Anoche asistí a un recital lírico, organizado por la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en Sevilla y la Escuela de Música Qanun, en el que se interpretaron obras de compositores españoles y, sobre todo, de Mozart, protagonista contemporáneo con la intrahistoria de esta organización, con un hilo conductor sobre diferentes aproximaciones a la comprensión de una forma de ser mujer en diferentes épocas, trenzado en la primera parte en torno a la cercanía del gran compositor austriaco con la realidad de ser, vivir y estar en la sociedad aristocrática de Sevilla, en fragmentos de las óperas Las bodas de Fígaro y Don Giovanni, con evidentes guiños bufos por la burla social que se canta y recita en sus arias y dúos. Fue un acto cultural de gran dignidad artística, en un local habilitado como salón de actos de la Sociedad y con un objetivo claro de relanzar su objetivo cultural de amplio espectro, cuestión que es vital para esta ciudad tan anclada en sus orígenes y con dificultad a veces para comprender que su existencia solo tiene interés cuando mira hacia adelante. Es lo que Tabucchi nos dejó como mensaje en su preciosa obra, Sostiene Pereira, tal y como recomendaba el Dr. Cardoso al Sr. Pereira: “… deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira”.

La ejecución fue impecable, por parte de Patricia Cayuela (soprano), Jorge de la Rosa (barítono) y Jaime Malma, al piano, contando la Real Sociedad con medios todavía austeros pero que estoy seguro que ganará calidad con el paso del tiempo. Tres artistas de tres países distintos, España, Cuba y Colombia, nos demostraron cómo la música es una expresión de alianza indestructible entre los seres humanos y me parece fantástico que se procure con estos actos no confundir nunca valor y precio, sino la quintaesencia de vivir la cultura dignamente y saber compartir nuestros dones con los demás. Es un ejemplo de cómo se puede empezar con escasos recursos para ir avanzando poco a poco en la medida que la propia sociedad, con minúscula, responda adecuadamente a estas actividades. Mi reconocimiento ya lo tienen como ciudadano anónimo interesado por la cultura participativa en esta ciudad, en la que Mozart, en la primera parte, se fijó también para componer compases que ayer fueron acompañados de la palabra cantada, con un gusto exquisito y muy bien representada e interpretada, en fragmentos de su obra enmarcada en esta ciudad con dúos memorables: La ci darem la mano (Don Giovanni) y de las Bodas de Fígaro, Dove sono (Condesa), Crudel! Perché finora (dúo Susana y el Conde) y Non più andrai, farfallone amoroso (Fígaro).

En la segunda parte, nos llevaron a un viaje imaginario por Rusia y de vuelta a España, con interpretaciones de pasajes de obras de Francisco Asenjo Barbieri, Una mujer que quiere ver a un barbero (El barberillo de Lavapiés) y de Pablo Sorozábal, Calor de nido, paz del hogar (Katiuska) y Hace tiempo que vengo al taller (La del manojo de rosas).

Al final, nos regalaron la interpretación a dúo de O sole mio, una canción napolitana que nos dejó mensajes esperanzadores sobre lo que allí había pasado en una tarde de Sevilla y lo que queda por venir y sentir, recordando algunos fragmentos de esta bella canción napolitana, como puerto final en el que atracamos finalmente anoche en una nave que de acuerdo con Fellini siempre va a alguna parte: Cuando anochece y el sol se pone, / me viene casi una melancolía. / bajo tu ventana me quedaría, / cuando anochece y el sol se pone. / Pero otro sol / que es aún más bello, / Mi Sol, ¡está en tu rostro! / El Sol, mi sol… / está en tu rostro, / está en tu rostro…

Nos quedamos con las voces e imágenes subliminales de Patricia Cayuela y Jorge de la Rosa, por lo que cantaron y representaron, por su expresión siempre alegre y festiva. También, con la del pianista,  Jaime Malma, que acompañó de forma excelente el recital, porque el sol austriaco, español e italiano de una determinada cultura musical quiso ponerse anoche allí, para siempre.

Sevilla, 20/XI/2016

Doble cara, doble todo

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Es una realidad que se puede contemplar en alta disponibilidad, es decir, las veinticuatro horas del día y todos los días del año, en personas y organizaciones de todo tipo, próximas y lejanas. Me lo recordó recientemente la pintura mural que acompaña a estas palabras, que se puede ver a cualquier hora del día y de la noche en el museo al aire libre de pinturas murales que existe en el Polígono de San Pablo, en Sevilla, un barrio humilde que acogió en 2010 una iniciativa maravillosa, Arte para todos. La traigo a colación por las últimas experiencias políticas que hemos vivido tanto a nivel nacional como internacional. Escuchas a Trump en campaña y una vez conseguido el trofeo americano por excelencia, la presidencia de los Estados Unidos de América, como si fuese un Oscar al mejor político americano, al día siguiente ya no es lo mismo y donde dijo digo ahora dice Diego. Aunque nadie crea su doble cara, pero le da igual. ¡Es la economía, idiotas!, como decía el asesor de Bill Clinton.

Igualmente, en la política nacional, donde hemos asistido a un espectáculo vergonzante del Partido Socialista Obrero Español porque, emulando a Groucho Marx, donde decía “no” de forma machacona a la continuidad del Partido Popular, ahora dice que lo que quería decir era abstención “para salvar la gobernabilidad de España”, desoyendo el mensaje explícito de millones de votantes que queríamos diálogo entre diversas fuerzas políticas para gobernar bien este país, no tacticismos de hoy para mañana, siguiendo el método “kleenex”, de usar y tirar. Y el día siguiente, este partido intenta recuperar sus señas de identidad, diciendo en el Congreso no a casi todo, en actitud vergonzante, en busca del tiempo y de la ética política perdida, que también existe. ¡Es la gobernabilidad, idiotas!

Doble cara, doble todo. Doble rasero, doble política, doble gobierno, doble economía, doble educación, doble moral, doble… Lo peor de todo es que de este mundo doble, tu y yo sabemos poco, pero «estamos aquí obligatoriamente obligados a entenderlo» (Rafael Ballesteros, Ni yo tampoco entiendo).

Sevilla, 18/XI/2016