Futuro imperfecto / y 10. ¡Venceremos!

Sevilla, 10/VII/2021

No debía finalizar, de otra forma, esta serie sobre el futuro imperfecto en nuestras vidas. La palabra ¡Venceremos! resuena en mis oídos como un himno a la resistencia ante acontecimientos no deseados, que podemos modular en cada tiempo presente y futuro, con una misión posible: vencer al enemigo que acecha en cada momento y lugar, representado por injusticias, miedos, pobreza, paro, represión de todo tipo y, ahora, un virus mortífero que ha sido un aviso para navegantes confiados de cuyo nombre ahora no quiero acordarme.

Cincuenta y un años después de conocerse la primera versión de ¡Venceremos!, en 1970, compuesta por Sergio Ortega, que fue interpretada por la Orquesta Sinfónica Popular de Chile, dirigida por Eduardo Moubarak, junto a Quilapayún en la formación en la que figuraban en ese momento Eduardo Carrasco, Carlos Quezada, Willy Oddó, Hernán Gómez, Rodolfo Parada y Rubén Escudero, deseo rescatarla hoy para reinterpretarla en un momento delicado para nuestro país. He consultado la carátula de aquél disco prohibido en una España que tenía una parte con el corazón helado, que me ha vuelto a emocionar, fundamentalmente por su significado en los años siguientes y porque en el rostro del niño que figura como reclamo del contenido revolucionario que había en la música y letra anunciada en esta grabación de estudio, se notaba un rictus de futuro imperfecto aunque acompañado de verde esperanza, que desembocaría sólo unos años después en el golpe de estado que sumió a Chile en un destino muy triste y desolador.  Además, he elegido hoy en este pequeño homenaje a una palabra que me conmueve siempre que la recuerdo, la versión 2ª con letra de Víctor Jara, a quien tampoco olvido, porque frente a la primera versión de Claudio Iturra, incorpora matices inolvidables que envuelven palabras que la engrandecen todavía más cuando lo recordamos cincuenta años después, con un respeto intacto a su trayectoria vital: campesinos, estudiantes, obreros, compañeros, mujeres que se unen a la causa o cómo “el pueblo” se sabrá levantar.

Con el respeto profundo que deseo manifestar una y mil veces al contenido de estas letras, ajustadas en el caso de la versión de la letra de Víctor Jara a la situación contextual de Chile a través de la Unidad Popular, hoy quiero resaltar el hilo conductor de la primera versión, porque creo que es necesario rescatar el hondo crisol de lo que entendemos por patria para que no se manipule por intereses bastardos y torticeros, el sentido del clamor popular que tan necesario es en sus manifestaciones de calle y la imperiosa necesidad de creer en una nueva alborada donde toda España pueda cantar. Recordando a las personas dignas y valientes, con ejemplos que las hacen imborrables en nuestra mente, motivándonos para no traicionar nunca lo que es lo mejor y bueno para todos, desterrando la idea de que cuanto peor sea la situación para todos, mejor.

Entonces, surgirá la necesidad de recordar, cantando, como personas nuevas, al estilo de Alberti (creemos el hombre nuevo cantando, el hombre nuevo de España cantando, el hombre nuevo del mundo cantando), el estribillo que nos unirá a todos, porque estará grabado en nuestra mente y en nuestros corazones: venceremos, venceremos, mil cadenas habrá que romper, venceremos, venceremos, la miseria sabremos vencer. Cada uno sabrá qué nombre poner a su actual miseria y a la de todos, coronavirus, pobreza severa, miedo, paro, desencanto total, desafección política, fracaso social, violencias gratuitas de género y de convivencia diaria, gobierno de mediocres, política impresentable y el terrible olvido de los nadies de Galeano, los hijos de nadie, los dueños de nada. / Los nadies: los ningunos, los ninguneados, / corriendo la liebre, muriendo la vida.

Me retiro ahora a mi clínica del alma, mi biblioteca, donde guardo también las banda sonora de mi vida, con una elección para este momento muy clara, la versión de Quilapayún de ¡Venceremos! en su verdadero sentido de cuerpo y alma, la que siempre recuerdo como si fuera ayer en mi permanente futuro imperfecto.

NOTA: la imagen de cabecera se ha obtenido de la página oficial de Quilapayún, a quienes profeso respeto y agradecimiento por su trayectoria histórica y compromiso político a lo largo de los años: Quilapayún – Sitio oficial (quilapayun.com). El gráfico con las dos versiones de la letra de ¡Venceremos!, se ha realizado con las letras publicadas en el sitio web anterior. Reitero mi agradecimiento por esta disponibilidad pública.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 9. ¿Qué será, será…?

[…] sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos.

Mario Benedetti, en Testigo de uno mismo

Sevilla, 8/VII/2021

Como se decía antiguamente en los programas de radio al escuchar los discos solicitados, las palabras que siguen están “dedicadas” especialmente a una persona que me lee a diario…, que me estará “leyendo”. También, a los miembros del Club Virtual de las Personas Dignas, porque necesitamos reconocernos en estos momentos. Aunando voluntades, sabemos que el futuro es nuestro.

Cuando era niño acudía con frecuencia al cine, porque era una de mis pasiones infantiles. Había uno en Madrid, el Vergara, local refrigerado por más señas, que estrenaba una película que no he olvidado a lo largo de los años, El hombre que sabía demasiado (1956), protagonizada por dos grandes maestros del cine americano, Doris Day y James Stewart. Tampoco, la canción de su banda sonora, ¿Qué será, será…?, cantada por Doris Day y que contenía una clave de “suspense”, que se decía entonces, junto a un estribillo que no comparto como persona de mente y alma inquietas, “Qué será, será / Lo que tenga que ser será / El futuro no es nuestro para que podamos ver / Qué será, será / Lo que tenga que ser será”. Un fatalismo dulce de los redomados pesimistas, es decir, optimistas bien informados.

En esta búsqueda de futuros imperfectos que he iniciado hace unos días, hoy quiero hacer referencia expresa a algo que ya figura en este cuaderno digital, en artículos anteriores en su fondo y forma: no acepto el conformismo, ni me conformo con la respuesta de Doris Day a qué será, será de nuestro futuro como personas, en un país tan dual y cainita como el nuestro, porque no es verdad que lo que tenga que ser, será, porque el futuro es nuestro para ver lo que queremos que sea España, que lleva dentro nuestras vida propia y familiar, sin más espera, con ardiente impaciencia. Dice Mario Benedetti más adelante en el soneto que cito en el encabezamiento de estas palabras que “la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío”. Es verdad, porque el conformismo lleva a un electroencefalograma plano de la inteligencia que inhibe para tomar conciencia de que el Sur también existe, como nos pasa con el conformismo en esta tierra de maría santísima, donde nos acaba dando igual el calor que el frío. Lo que ocurre es que cuando se decide salir del conformismo que nos invade, el pensamiento, acostumbrado al vacío, huye de ángeles y tahúres y busca desesperadamente la noche, para pensar en esta tierra…, a troche y moche, porque […] sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos.

Hoy, recordando la famosa canción de Doris Day, no me conformo con aceptar el fatalismo del mundo en general que se anuncia casi a diario, con la desafección asociada de miles de personas a todo lo que se mueve en cualquier orden de la vida. Como ocurre en la película con su hijo en la ficción, escucho ahora atentamente un silbido de las personas que quiero, como llamándome la atención para no quedarme quieto ante esta situación extraordinaria en este país, derivada de la pandemia y sus daños colaterales, instalándome en el conformismo más absoluto.

Como la cultura es aleccionadora siempre, también a través del cine, he recordado también una película, El conformista, que me marcó mucho durante mi estancia en Italia en los años setenta del siglo pasado, aunque suene ya como muy lejano. Cada vez que escucho o leo algún texto sobre el conformismo, vuelve a mi filmoteca vital esencial aquella película excelente de Bernardo Bertolucci, porque aprendí a luchar -salvando lo que haya que salvar- con el personaje conformista que a veces llevamos todos dentro en el rincón del confort. Leyendo ahora las últimas noticias sobre el coronavirus en este país, he recordado también a Mario Benedetti, porque escribió en Testigo de uno mismo (1) un soneto del pensamiento, precioso, que me ha pre-ocupado (así, con guion), sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa? lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Norte o del Sur, que también existe.

Me preocupa mucho la situación de conformismo activo y desafección de valores universales que se detecta por tierra, mar y aire en este país y que se extiende como una mancha de aceite. El conformismo hace estragos allí donde nace, se desarrolla y muere, anula de un plumazo el futuro, porque se instala en el confort de los tibios y tristes, alejando como por arte de magia a las personas dignas de cualquier movimiento andante. Tengo que reconocer que me dan pánico, pero crecen como por encanto, porque todos coinciden en que la cosa está fatal. Pero ¿qué es la cosa? ¿su cosa o la de casi todos? La cosa es la vida misma, más allá del coronavirus, con su parafernalia personal e intransferible en cada persona que vive rodeada de cosas que cosifican, es decir, a la corta, más que a la larga, reducen a la condición de cosa a las personas. Porque ahí radica su peligro extremo: reducen a las personas a una cosificación inaceptable por medio del conformismo brutal que nos invade y que suele diseñarse muy bien por el enemigo, un artista de la mercancía política en hipermercados de la indignidad y de su economía propia y asociada. Muchas veces he ensalzado la figura de Papageno, el protagonista de la ópera de Mozart, La flauta mágica, porque su profesión es un modelo a seguir en muchas ocasiones para los inconformistas de cuna: encantador de pájaros, aunque no sepamos casi nunca a qué tipo de pájaros, con perdón, tenemos que encantar. Cada uno que lo aplique a quien corresponda.

En el imaginario social de nuestro tiempo moderno, el Club de las Personas Tibias tiene colas para inscribirse en él e incluso están obligando a sus directivos a plantearse crear listas de espera. El problema radica en que un subgénero muy numeroso en la actualidad, el de las Personas Tristes y Mediocres, sin Futuro, están ávidas de formar parte de este Club que se prodiga por doquier. Incluso hacerse con el poder sin escrúpulo alguno. La realidad es que están más cerca de nosotros de lo que a veces pensamos. Siempre he contrapuesto este Club al de las Personas Dignas, que poco a poco va incrementando su número de afiliados, afortunadamente, probablemente porque según el movimiento pendular de la historia, que ya preconizó en su momento Schopenhauer, lo necesitemos más que nunca. El Club de las Personas Tibias ignora que hay una cita memorable y de fácil recuerdo, del libro del Apocalipsis, que coincide con el número pi (3, 14-16), en la que Dios los abomina sin contemplaciones: “conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca”.

Estoy muy preocupado con la perpetuidad de este Club de las Personas Tibias, Tristes y Mediocres, desde tiempos del Apocalipsis. He escrito con frecuencia en este cuaderno sobre esta realidad y un compromiso de los que pertenecemos al Club Virtual de las Personas Dignas es desenmascararlos con prisa existencial y de supervivencia: “Estamos instalados en el reino de la mediocridad. Hay que desenmascarar a los mediocres, dondequiera que estén, porque viven en un carnaval perpetuo. Este país no logra sacar distancia a esta lacra que nos pesa desde hace bastantes años porque ahora, en el país de los tuertos desconcertados, el mediocre es el rey. Es una plaga que se extiende como las de Egipto casi sin darnos cuenta. Los encontramos por doquier, en cualquier sitio: en la política, en las artes, en los medios de comunicación social, en la educación, en los mercados, en las religiones y en las tertulias que proliferan por todas partes en el reino de la opinión” (2).

¿Qué quiere decir esto? Que entre tibios, mediocres y tristes anda el juego mundial de dirigir la vida y el futuro a todos los niveles, nuestro país incluido, con especial afectación en determinados líderes políticos de los que hoy no quiero acordarme, pero que representan la denominada derecha cerril y carpetovetónica de este país, vuelvo a repetir, tan dual y cainita. Cuando se instalan en nuestras vidas, hay que salir corriendo porque no hay nada peor que un mediocre, además sin futuro alguno, triste y tibio. Pero es necesario estar orientados y correr hacia alguna parte, hacia la dignidad en todas y cada una de sus posibles manifestaciones.

No hay duda alguna: el futuro será, será…, lo que nosotros, entre todos, con nuestro amor y sufrimiento, queramos que sea. Aunando voluntades y frecuentándolo con la dignidad necesaria.

(1) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.

(2) https://joseantoniocobena.com/2015/02/17/hay-que-desenmascarar-a-los-mediocres/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 8. Todavía nos quedarán los puentes de Madison

Haced lo que tengáis que hacer para ser felices en esta vida… ¡Hay tanta belleza!

Francesca, a sus hijos, en Los puentes de Madison 

Sevilla, 8/VII/2021

Ayer tuve una cita por la noche, a la luz malva que tanto amaba Gabriel García Márquez, con Francesca Johnson y Robert Kincaid, los protagonistas de Los puentes de Madison, que veintiséis años después del estreno mundial sigue desatando pasiones, sentimientos y emociones humanas, en todos los sentidos imaginables y que nuestro cerebro permite abarcar. Creo que en la singladura en la que me he enrolado en este cálido verano, hay un futuro imperfecto en esta película que deseo explorar de nuevo, como isla desconocida de indudable interés.

Mucho se ha escrito a lo largo de los años sobre esta película, casi siempre en sentido positivo, pero está tan plagada de detalles psicológicos que difícilmente podríamos decir que la conocemos sin entrar en algunos que todavía hoy tienen un sentido pleno y convincente. Desde el punto de vista cinematográfico, es indudable su valor técnico con una dirección impecable de Eastwood, aunque quiero resaltar especialmente la fotografía en todos los encuadres posibles, realizada por un experto y de larga trayectoria cinematográfica, Jack N. Green, donde muchos planos hablan por sí mismos, con la indudable capacidad interpretativa de ambos protagonistas, Meryl Streep y Clint Eastwood. Asimismo, cuenta con una banda sonora excepcional gracias al compositor Lennie Niehaus, con la colaboración musical inestimable del mismo Clint Eastwood.

Empezando por donde hay que empezar, se trata de una historia corta, muy corta, de cuatro días, aunque luego se transforme en una realidad inexorable para toda la vida. Si me apuran, casi de un minuto, el momento álgido y en silencio de la mano de Francesca sobre la manecilla interior de la puerta del coche que, definitivamente, no se abre a una nueva vida. En un plano muy corto, pero rodeado de planos perfectos y secuenciales, se resume la película: abandonamos un camino, aparentemente de libertad, porque en el fondo nos da miedo cogerlo, estando rodeados de mundos muy difíciles de abandonar. Lo que viene después, es harina de otro costal. ¿Cuántas veces nos pasa esto? Lo que ocurre es que por esta vez, cualquier parecido de lo que les ocurre a Francesca y Robert, no es pura coincidencia con la realidad, sino la realidad máxima con su principio asociado. Pasa todos los días y me atrevo a decir que ahora mismo está pasando, pero el imperativo categórico de la moral establecida, que no ética en su sentido primigenio, pesa mucho en nuestras conciencias, sobre todo a los que somos mayores, como nos llama el Estado.

He elegido diversas frases de la película, las que me parecen más representativas de la dialéctica de hacer lo correcto o incorrecto en la vida, lo bueno y lo malo, lo permitido y lo prohibido, lo normal y lo raro, lo natural y lo ficticio, en definitiva la permanente dialéctica de vivir y soñar despiertos. Tienen un recorrido no cronológico con la historia original de Robert James Waller, el autor de la obra que sirvió de base al guion de la misma y de la que compró los derechos para llevarla al cine el recordado Steven Spielberg. Tiene que ser así, porque elegidas al azar no permitiría comprender la evolución de lo sucedido entre Francesca y Robert o lo que es lo mismo, la del ser humano cuando un día se ve afectado por una historia similar en su vida.

Todo empieza en los silencios que sufre Francesca como mujer, esposa y madre, excepcionalmente interpretados por Meryl Streep en planos inolvidables. Su expresión lleva dentro el silencio de una vida anodina, reiterativa, frustrante, rota en definitiva, para una persona que antes de la emigración a América era una mujer italiana, nacida en Bari, culta y llena de proyectos. Su vida es un guion preestablecido e impuesto por la sociedad, del que no te puedes evadir, asunto tratado muy bien en el guion a través de la mujer rodeada de murmuración popular en el Condado. Francesca es el prototipo de mujer americana, rodeada de un supuesto bienestar económico y familiar pero que no coincide con su realidad anímica.

Quizá sea una frase de su diario, la que resume bien lo dicho anteriormente: “Cuando una se hace mayor, los temores se apaciguan y lo que realmente se hace cada vez más importante es que te conozcan. Que te conozcan por todo lo que has sido durante esta breve estancia. ¡Qué triste me parece abandonar este mundo sin que aquellos a quienes más quieres sepan realmente quién eras!”. Efectivamente, suele pasar esto en muchos casos. Volvamos al camino de las frases escogidas por mí, a partir de un momento aparentemente trivial, la parada de una camioneta en la puerta de su casa, conducida por un fotógrafo de National Geographic, aparentemente “perdido”, tal y como lo afirma, preguntando por un puente, Roseman, que va a ser el que necesariamente tendrán que cruzar en sus vidas. Futuro imperfecto en estado puro y todo un símbolo.

Un matiz que no aparece en la película, pero sí en la obra homónima original, es que Robert, en su trabajo profesional “hace fotos, no las saca”, estableciendo una diferencia que deseo rescatar en estas palabras, a tenor de una pregunta de Francesca: “¿Tú “haces” fotos, no las “sacas”? Así es. Al menos así es como me gusta pensarlo. Esa es la diferencia entre los que sacan instantáneas los domingos y los fotógrafos profesionales. Cuando haya terminado con el puente que vimos hoy, no tendrá el aspecto que tú piensas. Lo habré convertido en algo mío, por la elección de la lente, o el ángulo de la cámara, o la composición general, o probablemente por la combinación de todo eso. Yo no me limito a tomar las cosas como se presentan; trato de convertirlas en algo que refleje mi conciencia personal, mi espíritu. Trato de encontrar la poesía en la imagen. La revista [National Geographic] tiene su propio estilo y sus exigencias, y yo no siempre estoy de acuerdo con el gusto del editor; en realidad, casi nunca lo estoy. Y eso les molesta, aunque ellos deciden lo que guardan y lo que suprimen. Supongo que conocen a sus lectores, pero a mí me gustaría que, de vez en cuando, se arriesgaran un poco. Se lo digo y les molesta. Ese es el problema de ganarse la vida con el arte. Siempre se trabaja con mercados, y los mercados, los mercados masivos, están diseñados para satisfacer un gusto intermedio. Ahí están los números. Supongo que es la realidad. Pero, como te dije, eso puede limitar mucho”.

Con esta interesante aclaración de fondo, que no figura en el guion de la película, Francesca lo acompaña para facilitarle la localización del puente Roseman, donde se producen escenas extraordinarias de acercamiento sentimental de Francesca al fotógrafo, a través de las maderas del desvencijado puente, con regalo de flores silvestres por parte de él, consideradas “venenosas” por Francesca en una broma perfecta y todo se acelera con la invitación a una cena dejada por ella, ese mismo día, en un papel escrito a mano y pegado en la entrada del puente visitado, que descubre Robert al encuadrar una imagen del mismo al día siguiente. A partir de aquí sucede lo esperado, a través de diálogos que quiero resaltar especialmente:

Robert (R): “Las cosas cambian. Siempre lo hacen, es una de las cosas de la naturaleza. La mayoría de las personas le tiene miedo al cambio, pero si lo ves como algo con lo que siempre puedes contar, se vuelve reconfortante”.

Francesca (F): “Mi vida aquí [en la granja] no es lo que soñé cuando era niña”.

R. Y no se engañe Francesca, es de todo menos una mujer simple.

R. Francesca, ¿crees que lo que nos ha pasado le pasa a cualquiera, lo que sentimos el uno por el otro? Ahora puede decirse que no somos dos personas, sino una sola. Y algunas personas se pasan la vida buscando eso sin encontrarlo, otras ni siquiera creen que exista. ¿Vas a decirme que lo que vamos a hacer es lo correcto? ¿Vamos a perderlo?

F. Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me alegro de haberlos tenido.

R. Verás, cuando pienso en porqué hago fotos, la única razón que se me ocurre es que me parece que he estado viajando hacia aquí.

F. Y vuelves a atrapar mi tristeza para esconderla en tu bolsillo, para alejarla de mí. De nuevo has sembrado el jardín de mis pesadillas con nuevos sueños, con otras esperanzas. Y yo sigo llena de amor por todo aquello que te pertenece, llena de celos por todo lo que te roza y me quita un trocito de ti Y tú sigues aquí, entregándome la vida en cada suspiro, suplicando por mis besos sin saber que ni siquiera tienes que pedirlos. Porque son tuyos, porque yo ya no soy mía, sino tuya.

R. No quiero necesitarte, porque no puedo tenerte.

F. Empezaré a culpar el quererte por lo mucho que duele.

F. Dime porqué me debo quedar. Convénceme una vez más de porqué debo irme, Robert.

F. Quiero amarte de esta manera por el resto de mi vida. ¿Me entiendes? Perderemos si nos vamos. No puedo hacer que toda mi vida desaparezca para empezar una nueva. Todo lo que puedo hacer es aferrarme a ambas. Ayúdame a no dejar de amarte.

F. Robert, por favor. No lo entiendes, nadie lo hace. Cuando una mujer toma la decisión de casarse, de tener hijos, de cierta manera su vida comienza, pero en otro aspecto termina. Construyes una vida de detalles.

F. Sólo quiero conocer la rutina, el procedimiento para no perturbar tu vida ¿sabes?

F. Te conviertes en una madre, una esposa, y en ese momento te detienes y te quedas quieta para que tus hijos se puedan mover. Y cuando ellos se van, se llevan tu vida de detalles con ellos.

F. ¿Y qué significaría algo así para alguien que no necesita significados y sólo se deja llevar por el misterio, que finge no estar muerto de miedo?

F. Tenía pensamientos acerca de él, con los que no sabía muy bien qué hacer. Y él leía cada uno de ellos. Todo cuanto yo sentía, todo lo que deseaba, él me lo daba; y en ese momento, todo cuanto había sabido con certeza acerca de mí misma hasta entonces desaparecía. Me comportaba como otra mujer, sin embargo, era más yo misma de lo que había sido jamás.

F. Pues no lo sé. Es posible que yo no esté hecha para ser una ciudadana del mundo que lo experimenta todo y nada a la vez.

R. Sólo lo diré una vez. No lo había dicho nunca antes, pero esta clase de certeza sólo se presenta una vez en la vida.

F. El amor no obedece a nuestras esperanzas, su misterio es puro y absoluto.

F. Cuando la muerte acecha y el miedo a lo terreno deja paso a la incertidumbre de lo que hay después, lo que realmente importa es que aquellas personas a las que quise y quiero, lleguen a conocerme realmente.

Sobran interpretaciones, porque nada es perfecto en un futuro que no lo es. Todo acabó donde había empezado, en el puente Roseman, cumpliéndose el deseo de Francesca al esparcir sus hijos sus cenizas en sus alrededores. Es una historia breve pero al ser buena será siempre dos veces buena. Un poema de Lord Byron, muy querido por Robert, estaba “dentro” de la vasija funeraria y se quedó con ella volando hacia el aire que quisieron respirar juntos en aquellos cuatro días mágicos, inolvidables:

Hay un placer en los bosques sin senderos,
hay un éxtasis en la costa solitaria,
hay compañía, allí donde nadie se hace presente,
al lado del mar profundo, y música en su rugido.
No amo menos al hombre, sino más a la naturaleza,
a partir de nuestros encuentros,
a los que asisto sigiloso,
a partir de todo lo que puedo ser,
o que he visto antes,
para fundirme con el universo y sentir,
lo que nunca puedo expresar
aunque me sea imposible ocultar
.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 7. Todo será un paréntesis

Sevilla, 7/VII/2021

La situación que estamos atravesando después de quince meses de pandemia, nos lleva hoy a reflexionar sobre lo que deberíamos vivir a parir de ahora como un paréntesis, que es la vida misma, tal y como lo aprendí de Mario Benedetti en un poema precioso, La vida, ese paréntesis (1), si la analizamos desde su perspectiva creadora:

Cuando el no ser queda en suspenso
se abre la vida ese paréntesis
con un vagido universal de hambre

somos hambrientos desde el vamos
y lo seremos hasta el vámonos
después de mucho descubrir
y brevemente amar y acostumbrarnos
a la fallida eternidad

la vida se clausura en vida
la vida ese paréntesis
también se cierra incurre
en un vagido universal
el último

y entonces sólo entonces
el no ser sigue para siempre

Es el nuevo momento de la nueva normalidad, de la nueva vida, después de uno de sus paréntesis más dolorosos, esta pandemia que nos ha atenazado durante un tiempo que nos ha parecido una eternidad. Al fin y al cabo, para demostrarnos que deberemos estar hambrientos de la vida, como el gemido y el llanto de un recién nacido (así somos ahora en la nueva normalidad), intentando descubrir a diario sus islas desconocidas, que existen, con la experiencia de amar breve o extensamente y acostumbrarnos a que la vida, si no miramos hacia adelante, se clausura en vida.

Lo que nos deberá preocupar a partir de ahora, en un mágico futuro imperfecto, es que sólo merecerá la pena vivirla con dignidad plena para que nuestro ser siga existiendo para siempre, junto a las personas que más queremos, para salvarnos el mayor número de personas posible, cada uno, cada una, con su compromiso vital activo. Eso sí, con las condiciones que también nos señaló Benedetti en un poema necesario e imprescindible, No te salves (2), que ahora, precisamente ahora, no olvido con la voz del poeta:

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

(1) Benedetti, Mario, Preguntas al azar, 1986. Madrid: Visor.

(2) Benedetti, Mario, Poemas de otros, 1998. Madrid: Visor.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 6. Lo moderno será clásico

Sevilla, 6/VII/2021

Tenemos una oportunidad en estos días de futuro imperfecto de aprender lo aportado por la humanidad a lo largo de su historia, en las diferentes vertientes clásicas que nos enseña el Diccionario de la Lengua Española (RAE) en su lema “clásico”, como adjetivo, de las que he escogido las cinco primeras acepciones porque cada una de ellas es un compendio de aprendizaje multisecular: “Dicho de un período de tiempo: de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, de una manifestación artística o cultural, etc.; dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece al período clásico. Aplicado a un autor o a una obra: “esa película es un clásico del cine”; dicho de un autor o de una obra: que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia; perteneciente o relativo al momento histórico de una ciencia en el que se establecen teorías y modelos que son la base de su desarrollo posterior y dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece a la literatura o al arte de la Antigüedad griega y romana.

Admiro la cultura clásica desde todas las perspectivas posibles, para lo bueno y para lo malo, porque estoy convencido de que nada humano me es ajeno, aunque tengo que reconocer una debilidad clásica: los autores denominados presocráticos, tales como Pitágoras, Parménides, Tales de Mileto, Heráclito, Diógenes, Demócrito y Anaximandro, entre otros menos conocidos, constituyen mi pensamiento armado en lo clásico que sigue siendo moderno. Una publicación reciente que trata esta realidad inexorable, El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy (1), de David Hernández de la Fuente, nos confirma esta imperiosa necesidad de admirarnos, en el sentido aristotélico más profundo, de las aportaciones de los clásicos cada vez más populares, según afirma el propio autor en su introducción: “Y es que lo clásico tiene futuro, parafraseando el título de un conocido libro de Salvatore Settis, y lo sigue mostrando generación tras generación. Incluso hoy, pese al aparente descrédito y postergación que sufren las humanidades en nuestra sociedad y en nuestros planes de estudios, si tuviésemos que juzgar por las novedades que, año tras año, se siguen publicando sobre las antiguas Grecia y Roma, constataríamos el interés que sigue suscitando el mundo clásico, en el que reconocemos invariablemente el origen de nuestra cultura. Es un eterno retorno: desde la idea de ciudadanía a las artes o los géneros literarios, seguimos mirándonos en los modelos clásicos como en un espejo familiar. Su vigencia se constata cada día, incluso en nuestras actuales circunstancias excepcionales: son textos casi oraculares, de consulta siempre pertinente. Merece la pena detenerse a pensar en los clásicos como aquellos textos que nunca nos terminan de decir lo que tienen que decir, como escribía Ítalo Calvino en Por qué leer los clásicos”

Hojear este cuaderno digital en el que escribo casi a diario como cavando un pozo con una aguja, demuestra mi admiración por Calvino, del que ya no me he separado y del que sigo aprendiendo a diario, cuando me enfrento al fenómeno de la página en blanco, sabiendo el aprecio que él tenía por los clásicos, demostrado en una obra preciosa que recomiendo leer una y mil veces:  Por qué leer los clásicos (2), en el que ofrece catorce razones para leer a estos autores, que deben ser leídas sin dejar ninguna atrás. Lo recomiendo encarecidamente como se decía en mi casa ante misiones culturales aparentemente imposibles e inútiles, entre las que destaco hoy la tercera, una vez llegado este momento de frecuentar el futuro imperfecto de nuestra vida: “Debe haber, por tanto, un momento en la vida adulta dedicada a revisar los libros más importantes de nuestra juventud. Hay grandes clásicos que ejercen una influencia tan particular en nosotros que se niegan a ser erradicados de la mente escondiéndose en los pliegues de la memoria, camuflándose como el inconsciente colectivo o individual. Es por ello por lo que deben releerse una vez alcanzamos la madurez. Incluso si los libros siguen siendo los mismos (aunque ellos no cambian, a la luz de una perspectiva histórica alterada), sin duda nosotros sí hemos cambiado, y nuestro encuentro con esa misma lectura será una cosa totalmente nueva. En realidad podríamos decir: 4 [cuarta razón]. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”. Traigo a colación esta reflexión porque frecuento mucho la lectura de los clásicos en la literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, la religión y otras artes y creencias clásicas dignas de guardar. Se lo debo a profesores y profesoras que he tenido a lo largo de mi vida, auténticos maestros y maestras, que me enseñaron la forma de aprehender la belleza de su pensamiento, de su pintura, de su capacidad de representación escénica de la vida, de su forma de componer obras musicales inolvidables, de sus creencias. Clásicos a veces no populares, por supuesto.

Creo que el futuro imperfecto se ennoblecerá si acudimos a los clásicos, en un alarde de modernidad, aunque parezca un oxímoron (3) al uso. ¿Les ha gustado la propuesta de Calvino para frecuentar el futuro? Recuerdo que faltan trece razones para completar esta guía de lectura elaborada por Calvino, que pueden leer aquí facilitada por la editorial Siruela. No les va a defraudar y comprenderán por qué hay que leer a quienes tanto han aportado a la humanidad a través de sus textos y contextos. Nuccio Ordine, en Clásicos para la vida (4), hace una introducción extraordinaria al respecto en su pequeña pero densa obra, que me conmueve en su justo sentido: Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos. Aviso para navegantes virtuales en busca de futuros más sutiles y perfectos, sobre todo en la educación integral e integrada que tanto necesita este país, que serán modernos pero muy clásicos al mismo tiempo.

(1) Hernández de la Fuente, David, El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy, 2021. Barcelona: Ariel.

(2) Calvino, Ítalo, ¿Por qué leer los clásicos?, 2012. Madrid: Siruela.

(3) Oxímoron (RAE. (Diccionario de la lengua española, RAE, 2020): “combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador”.

(4) Ordine, Nuccio, Clásicos para la vida, 2017. Barcelona: Acantilado-Quaderns Crema.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Futuro imperfecto / 5. Superaremos el miedo

Sevilla, 5/VII/2021

El coronavirus nos da miedo y la vacuna nos está ayudando a superarlo, aunque las noticias diarias nos recuerdan que los jóvenes de este país lo están desafiando como en una huida hacia atrás, nunca hacia adelante, sin respetar los principios de coexistencia humana actual ante una realidad inexorablemente en modo pandemia. En este contexto, he acudido de nuevo a un consultor de cabecera, Eduardo Galeano, a través de un poema dirigido a almas inquietas, El miedo global (1):

Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo a caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares. Los militares tienen miedo a la falta de armas.
Las armas tienen miedo a la falta de guerra.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones y miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura.
Al tiempo sin relojes.
Al niño sin televisión.
Miedo a la noche sin pastillas para dormir y a la mañana sin pastillas para despertar.
Miedo a la soledad y miedo a la multitud.
Miedo a lo que fue.
Miedo a lo que será.
Miedo de morir.
Miedo de vivir.

En este tiempo de miedo existencial, a lo que fue, a lo que será, creo que Galeano lo resume todo en un futuro imperfecto que supone asumir el miedo a la libertad de asumir o no lo que será después de esta pandemia y a lo que será de y en nuestras vidas. En el fondo, es el miedo legítimo a la libertad del día después de un acontecimiento de la magnitud que nos está tocando vivir. He vuelto a buscar en la clínica del alma cercana a mí y he leído palabras que tengo grabadas en mi persona de secreto, escritas el año pasado cuando hablábamos de la nueva normalidad. Cuando leí por primera vez El miedo a la libertad, de Erich Fromm, recuerdo que lo que más me impactó fue su página de presentación anterior al prefacio, que me ha acompañado a lo largo de mi vida, siendo uno de los libros que llevo siempre en mi búsqueda permanente de islas desconocidas viajando en patera, en mar abierto, como tantas veces he descrito en este cuaderno de derrota, en el lenguaje del mar:

“No te di, Adán, ni un puesto determinado ni un aspecto propio ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto, aquella función por los que te decidieras, los obtengas y conserves según tu deseo y designio. La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por las leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que —casi libre y soberano artífice de ti mismo— te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido. Podrás degenerar hacia las cosas inferiores que son los brutos; podrás —de acuerdo con la decisión de tu voluntad— regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas”.

Este texto, presentado bajo el epígrafe de “El discurso de Dios al hombre”, corresponde a la Oratio de hominis dignitate, un texto introductorio de Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494) a las 900 Tesis (Conclusiones Filosóficas Cabalistas y Teológicas) que presentó a la Iglesia de Roma en 1486, en las que buscaba una confluencia sincrética entre diversas creencias y postulados religiosos de la época, con una trazabilidad importante de filósofos y teólogos latinos y árabes. Es importante conocer este contexto histórico, que le costó finalmente la excomunión al poner al hombre (como ser humano primigenio) en un puesto muy importante en la vida humana gracias a su libertad. Tras este breve análisis, comprendo mucho mejor por qué Fromm lo eligió como texto introductorio de su libro, de su miedo personal a la libertad y por qué ha pasado a la posteridad como el Manifiesto del Renacimiento.

Seguimos teniendo miedo porque la Covid-19 sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Repasar palabra a palabra el texto expuesto nos puede dar una idea de lo que se llegó a pensar de la libertad humana en tiempos en los que lo más importante que había que hacer, visto cómo estaba la sociedad en general, era reforzar al ser humano por encima de todas las cosas: Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que —casi libre y soberano artífice de ti mismo— te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido.

Se comprende perfectamente que el miedo a la libertad estriba en la decisión de abordar el futuro imperfecto actual como brutos (no hacen falta muchas explicaciones) o hacer “cosas superiores” que nos devuelvan la alegría de vivir despiertos y libres en el nuevo Renacimiento del Mundo, que algunos llaman ahora “Reconstrucción Mundial”. Ese es el gran reto para saber qué significa tener miedo a la libertad de querer vivir con dignidad en un mundo que el coronavirus ha puesto al revés.

(1) Eduardo Galeano (1998). Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

NOTA: la imagen es del autor

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Futuro imperfecto / 4. Iremos juntos, con el futuro detrás y el presente delante

Sevilla, 4/VII/2021

Hace un año hacía estragos de esperanza un constructo, nueva normalidad, que era difícil de descifrar porque ignoraba entonces (y me sigue pasando ahora), quién tenía y tiene la patente de corso para definir qué es lo normal en el futuro de un mundo tan desconcertado, confundido y variopinto como es el que nos da cobijo en estos momentos. Estando en estas cuitas de nuevo, he vuelto a recordar una realidad cultural que tiene más de diecisiete mil años, la aimara, que todavía hoy no tiene esta preocupación. He escrito con anterioridad sobre ella en este cuaderno y abro la página digital en la que vuelve a sorprenderme esta respuesta ante cuestiones transcendentales de la vida y de respeto a la madre naturaleza que nos enseña a diario la generación de vida y el progreso sin tanto sobresalto, es decir, visualizar rasgos de futuro que estamos obligatoriamente obligados a frecuentar. Siempre recuerdo a tal efecto algo que leí hace años y que no olvido, la recomendación del Dr. Cardoso al Sr. Pereira en “Sostiene Pereira”, una obra maestra de Tabucchi, situada en el contexto de una estancia del protagonista en la clínica talasoterápica de Parede, cerca de Lisboa: “… deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. “¡Qué expresión más hermosa!”, dijo Pereira”. Hoy, un futuro simple, imperfecto.

Estando en estos vuelos tan necesarios en tiempos de coronavirus, desescalada y búsqueda de futuro, leo de nuevo que la cultura aimara, población del altiplano andino radicada en Bolivia, Perú, Argentina y Chile, tiene una característica antropológica que todavía se sigue investigando por su peculiar forma de comprender el futuro, que siempre está detrás de cada persona, entre otras manifestaciones sociales, así como el pasado, que siempre está delante. Nada que ver con nuestra forma de entender y expresar el futuro, que siempre lo comprendemos como situado delante de nosotros, nunca detrás. Igual que el pasado, que siempre está detrás de nuestras vidas. Me llama la atención esta forma de proceder en la vida que mantiene el pueblo aimara después de miles de años, cuestión que me apasiona porque nada es inocente en las acciones humanas. Los aimaras no comprenden el futuro porque sólo saben lo que está ocurriendo, que es presente y los sucesivos presentes conforman el pasado, que se sabe cómo se desarrolló, pero nunca pueden hablar de futuro, sencillamente porque es algo que no existe, no ha llegado todavía y no se sabe lo que es porque permanece oculto según su experiencia multisecular.

El futuro aimara no existe, porque sus creencias están basadas alrededor del sol, que todos los días sale o no, sin que necesiten predecir que saldrá. El sol no falla nunca porque, aunque no salga algún día, saben todos que está oculto por alguna razón, pero allí está, no necesita futuro. Además, en Bolivia se han recogido en su Constitución estos principios porque cada año que nace es para entregar prosperidad al pueblo aimara. Ese es su futuro. Saben que el Tata-Inti (dios sol) o la Pachamama (la madre tierra), son los núcleos existenciales de la vida aimara, su presente que se forja en un pasado milenario. Todas las ceremonias se inician siempre mirando hacia arriba, hacia el sol, nunca a un futuro desconocido sino a lo que alumbra la vida encadenada de presentes y para ser todos los días más felices.

Esta realidad aimara me ha recordado un cuento de Augusto Monterroso, El eclipse, donde se narra una artimaña de sabiduría futurible por parte del protagonista del cuento:

Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitivamente. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles.

Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de ese conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Los mayas sabían mucho de su pasado presente, igual que los aimaras. No les hacía falta la insolencia del fraile sabiondo que quiso remedar al sabio sol de aquellas tierras, intentando predecir su futuro personal, cuando los que le rodeaban solo conocían el pasado presente de todos a través de los siglos. Para pensarlo hoy, inexcusablemente, para aprender de errores propios y ajenos. Entre tanta búsqueda de lo desconocido, he encontrado unas palabras sorprendentes en lenguaje aimara: Tanta sarañani. Me ha impresionado su significado en nuestra lengua celtibérica que obligamos a conocerla a los indígenas aimaras, acusando un cansancio multisecular para narrar los desastres presentes: iremos juntos. A buscar el pasado presente que algunos llaman ahora nueva normalidad y que nos lleva al precioso futuro innecesario de los aimaras porque hoy es el tiempo que puede ser mañana, con el futuro detrás y el pasado delante, como cantaba de forma preciosa Víctor Jara, en su Plegaria a un labrador:

Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano.
Juntos iremos unidos en la sangre
hoy es el tiempo que puede ser mañana.

NOTA: la imagen se recuperó el 4 de agosto de 2017 de http://www.elintra.com.ar/salta/2010/10/20/kollas-instan-modificar-nombres-apellidos-espanol-quechua-aymara-39065.html

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Futuro imperfecto / 3. Vendrán tiempos mejores

Charles Chaplin, en El gran dictador (1940)

Sevilla, 3/VII/2021

Todo futuro imperfecto que se precie expresa siempre un deseo. Hoy elijo uno en estos tiempos modernos de coronavirus, vendrán tiempos mejores, porque necesitamos poner letras de oro a aquellas situaciones que deseamos que ocurran más pronto que tarde. Los pesimistas, que se precian de ser optimistas bien informados, suelen ver el horizonte negro casi siempre, aunque el haiku 123 de Benedetti, Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado, escrito en 1999 (1),  tiene una carga de profundidad ética que siempre recuerdo amablemente. Esto nos lleva indefectiblemente a recordar una pintada en un muro de la ciudad de Bogotá, ¡Dejemos el pesimismo para tiempos mejores!, que escribió alguien, quién sabe quién, tal y como lo cuenta Eduardo Galeano en su obra Patas arriba. La escuela del mundo al revés, a la que acudo con frecuencia en este ir del timbo al tambo de la vida.

Vamos despejando incógnitas en esta serie, dos en concreto, el amor es el mejor camino para vivir en el futuro y todo va a depender del color con el que miremos ese futuro simple o imperfecto, porque así lo podemos llamar con profundo respeto a la gramática española, aunque la verdad radica en que tomamos conciencia, cada día que pasa, de que el futuro, por simple o imperfecto que sea, ya no es lo que era, sin que esta reflexión sea negativa en principio, porque sabemos que hay una toma de conciencia popular de que vendrán, efectivamente, tiempos mejores, porque el mundo sólo tiene interés hacia adelante. Así lo comprobamos en el contador mundial de población, que nos facilita la información en tiempo real sobre cada persona que nace o muere en cualquier parte del mundo, siendo conscientes de que a esta hora, constituimos una población mundial de casi siete mil novecientos millones de personas, tantas como deseos tenemos o tendrán, atendiendo a la edad, los que formamos parte del presente y futuro de este loco mundo al derecho y al revés.

En este contexto de recordado una experiencia que conocí en 2013, sobre un constructor de globos terráqueos, Peter Bellerby, que me sugirió en su momento reflexionar sobre un oficio de trasfondo ético muy actual: ¿quién no ha pensado en momentos de intimidad bajarse del mundo presente, en clave marxiana, para crear y construir uno nuevo, un nuevo futuro en definitiva, un tiempo mejor, más acorde con el respeto a los derechos humanos esenciales y con las expectativas para ser y estar en el mundo de la forma más digna, solidaria y humana posible? También, para dibujarlo y pintarlo de forma diferente, como Bellerby y diseñarlo de forma más acorde con la realidad soñada de cada uno, porque pertenezco al Club de los que pensamos que otro mundo es posible, trabajando día a día para pintar otra realidad y otro futuro más amable con todo y todos, en el micromundo donde vivimos, estamos y somos.

Recuerdo siempre aquella imagen de Chaplin, en El gran dictador, con un mundo en sus manos. También, sus palabras finales dirigidas a Hannah en el personaje del entrañable barbero judío/Hynkel: “Hannah, ¿puedes oírme? Donde quiera que estés, mira a lo alto, Hannah! ¡Las nubes se alejan, el sol está apareciendo, vamos saliendo de la tinieblas hacia la luz, caminamos hacia un mundo nuevo, un mundo de bondad, en el que los hombres se elevarán por encima del odio, de la ambición, de la brutalidad! ¡Mira a lo alto, Hannah, al alma del hombre le han sido dadas alas y al fin está empezando a volar, está volando hacia el arco iris, hacia la luz de la esperanza, hacia el futuro, un glorioso futuro, que te pertenece a ti, a mí, a todos! ¡Mira a lo alto, Hannah, mira a lo alto!”.

En 2018, con motivo de la celebración de la exposición ARCO en Madrid, se divulgó el lema de la misma, “El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer”, como declaración programática de lo que tenemos que hacer a diario sobre el futuro imperfecto de todos y cada uno, no inocente, porque es verdad, el futuro, que ya es parte del presente inmediato, depende de lo que queramos hacer en los tres mundos en los que tenemos que hacer deberes todos los días: el mundo de alrededor o ecosistema en el que vivimos, el mundo con los demás y el mundo personal e intransferible con en el que caminamos a diario haciendo camino al andar. Pero, ¿qué es lo que hay que hacer en cada uno de esos mundos de cara al futuro?, o de forma más abreviada (para no andarnos con rodeos): ¿qué hacer? (de trasfondo cultural leninista). Es verdad que cuando solemos acometer respuestas tomamos conciencia de que nos cambian constantemente las preguntas, pero la diferencia planteada por la pregunta citada de la exposición estriba en que cuando esperamos sólo lo que va a pasar, estamos quietos, paralizados en cualquier tipo de respuesta a los interrogantes de la vida, mientras que si pasamos al terreno de la acción escribimos páginas extraordinarias en el libro vital de cada uno. Si lo compartimos así, mejor, porque comprenderemos mejor que nunca que el amor y el sufrimiento es la única fuerza que no se equivoca al construir el futuro propio y el de los demás que lo buscan apasionadamente, porque aúna voluntades, como cantaba Quilapayún en su preciosa “Cantata de Santa María de Iquique”, tantas veces citada en este cuaderno digital y que no olvido. Sin tener que esperar a que el futuro imperfecto nos lo diseñen otros.

Cuando dicen esos otros que estamos saliendo de cualquier crisis, ahora de la pandemia, uno de los eufemismos más duros que hemos conocido en su efecto halo negativo, nos encontramos con la frialdad o bienestar de nuestro suelo firme, el ético, sobre el que se asientan todas nuestras verdades, nuestras respuestas a la vida personal e intransferible, al que le cambian el guion continuamente, porque cambian constantemente las preguntas de la vida: quiénes somos, por qué estamos, por qué vivimos a veces desesperadamente, por otras muy duras: qué somos, qué tenemos, por qué perdemos el norte del futuro que nos corresponde vivir y por qué morimos en vida cuando sufrimos cualquier revés no esperado.

Seguimos buscando las mejores respuestas para preparar a diario el futuro con lo que hacemos todos los días. Las que nos proporciona la inteligencia personal e intransferible, aquella que nos reconduce permanentemente a la búsqueda de la felicidad, porque intentamos solucionar los problemas que nos invaden. Aquella que supone aceptar que la infelicidad también existe, aunque traduce algo muy claro en la dialéctica derivada del uso de la razón y del corazón, porque debería figurar en el catálogo humano de las mejores respuestas al genérico qué hacer: la respuestabilidad (perdón por el neologismo) en estado puro, entendida como la capacidad para responder a las preguntas de la vida, presentes y futuras, con inteligencia y libertad, sabiendo que el mal y los hijos e hijas de las tinieblas también existen. Aunque nos las cambien constantemente.

Es curioso, pero es verdad: el futuro sigue siendo muchas veces lo que era porque no nos empeñamos en comprender que todo depende de lo que queramos hacer y en pensar que debemos salir del encierro cultural en una frase popular que nos deja inmóviles: cualquier tiempo pasado fue mejor. No es eso, no es eso. Está demostrado que el mundo sólo tiene interés cuando va hacia adelante, compartiendo entre todos tiempos mejores y posibles. Futuro imperfecto y simple, como deseos legítimos y necesarios en estado puro. Ante las sofisticadas dictaduras que todavía existen y se propagan en la política, en la mala y aviesa educación, en determinados trabajos, en las guerras, en el mercado y sus mercancías, en el poderoso caballero de negro «don dinero», Chaplin nos ofreció la mejor visión del futuro imperfecto: «¡al alma del hombre le han sido dadas alas y al fin está empezando a volar, está volando hacia el arco iris, hacia la luz de la esperanza, hacia el futuro, un glorioso futuro, que te pertenece a ti, a mí, a todos!

(1) Benedetti, Mario (2001). Haiku 123 en Rincón de haikus. Madrid: Visor Libros.

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Futuro imperfecto / 2. Todo dependerá de las Kas con que se contemple la vida

Sevilla, 2/VII/2021

La afirmación ha hecho estragos con el campeonato europeo de fútbol, porque la propaganda para contemplar los partidos ha supuesto un problema en muchos hogares por el famoso síndrome de la última versión. ¿Cómo ver un partido, con inmersión garantizada incluida, si no tengo un televisor inteligente de 8K? Y la publicidad ha hecho estragos económicos en bolsillos maltrechos muchas veces, porque lo que dicen que ofrece esta tecnología es el no va más de lo que se puede contemplar cómodamente desde el sofá de casa. Mucho más después de lo que hemos pasado con la pandemia, sobre todo por la ausencia humana de los campos de fútbol, aunque a mí esta música cuasi militar nunca me supo levantar, dicho sea de paso y con todos los respetos.

He repasado la citada propaganda y verán que no tiene desperdicio. Comencemos.

1. ¿Qué es 8K? Algo muy “sencillo y asequible”, una tecnología de la imagen en los televisores, por ejemplo, que permite contemplar la transmisión de cualquier evento con una pantalla con 7.680 píxeles horizontales y 4.320 píxeles verticales para un total de aproximadamente 33 millones de píxeles. La «K» en 8K significa Kilo (1000), lo que significa que un televisor ha alcanzado un horizonte de resolución de aproximadamente 8.000 píxeles. Me imagino un concierto dirigido por Gustavo Dudamel con esta tecnología de grabación y reproducción, porque tengo que confesar de nuevo que el fútbol no es mi pasión actual. Más tarde hablaremos de ese deporte “rey” (aunque a veces vaya desnudo…), porque tengo que reconocer también que ahora es su momento.

2. La frustración está servida porque esta tecnología mejora nuestra percepción cerebral cuatro veces, es decir, hablando de imágenes tiene cuatro veces más píxeles que un televisor 4K, otro tipo de resolución UHD, fundamentalmente porque los píxeles son tan pequeños que no se pueden distinguir ni siquiera de cerca. El síndrome de la última versión se afianza poco a poco y toda la publicidad intenta demostrar que lo que tenemos en casa no es igual, es decir, se ha quedado obsoleto. Para que lo tengamos claro de una vez como consumidores probablemente irresponsables: la resolución en televisores 8K es 4 veces mayor que la de los televisores 4K UHD y 16 veces mayor que la de los televisores Full HD. Para que nos vayamos enterando.

3. Dicen que con esta tecnología se ve sudar a los delanteros que aprecian los seguidores más apasionados, con la garantía de que son los más famosos porque son los que más veces aparecen en pantalla: “Ver sudar al delantero a la hora de ejecutar un penalti o seguir al milímetro la curva del balón en el aire. La altísima resolución de los televisores 8K hace sentir al espectador que está mirando a través de la pantalla, no a ella. Es la gran experiencia audiovisual inmersiva”. ¿Cómo nos vamos a perder eso? Estar o no inmersos en lo que está pasando, esa es la cuestión.

4. La necesidad está creada y este campeonato europeo está siendo la ocasión para no perdernos nada de lo que nos dicen que se ve, se siente y está pasando. Me imagino qué pasaría si se hiciera esta publicidad con un concierto de música. Veríamos a Dudamel, por ejemplo, atusándose su alocada cabellera en pleno concierto, sudando también y no descomponiendo su figura. Pero eso es harina de otro costal: “Un 43% de los europeos planea comprar una televisión para estar entretenido en el hogar, según un estudio realizado por Ipsos. Buscar la forma de que los aficionados vivan los goles de su equipo desde casa como si estuvieran en el estadio se ha convertido en una prioridad para ingenieros, diseñadores, realizadores y organizaciones deportivas. La calidad de imagen 8K, con cuatro veces más píxeles que el 4K, y la capacidad de los televisores “X” de mostrar el 100% del volumen de color, lo que les permite alcanzar el máximo detalle de la imagen en movimiento, es la experiencia televisiva por excelencia. “Si el contenido está bien capturado y enviado a un televisor 8K, uno debería quedar impresionado con la claridad y nitidez general de la imagen”, comenta Chris Chinnock, director ejecutivo de la Asociación 8K”. ¿Se diría esto de un acto cultural, de un concierto de música clásica, por ejemplo?

5. La publicidad no es inocente, una vez más, y la ciencia viene a demostrarnos que la pregunta está servida en este contexto: ¿cómo nos vamos a perder ese avance científico si dicen que el cerebro es el que decide con qué imagen quedarse de todo lo que estamos viendo: “Las imágenes se crean en el cerebro, por lo que cuando vemos una que es más realista, resulta más fácil para el cerebro aceptarla. En otras palabras, con 8K puedes sentirte como si estuvieras realmente en el campo”, señala Chinnock. Ahí queríamos llegar: con esta tecnología todo pasa como si estuviéramos físicamente, realmente, emocionalmente, donde están pasando las cosas. Y esa decisión tan importante la toma exclusivamente mi cerebro (y las multinacionales del sector).

6. Esta tecnología K nos abre, además, múltiples posibilidades de contacto y de relación con los demás, incluso aunque estén a miles de kilómetros de distancia, sabiendo que yo no me muevo y que sigo en mi casa solo como la una: “La forma en la que se consume la televisión ha cambiado en los últimos años. Antes, se comentaban los programas o los partidos con los colegas de al lado. Hoy, además, se ven las estadísticas del juego y las noticias sobre el programa en tiempo real y se debate sobre ellos en las redes sociales. En ocasiones, a la vez que se juega un partido de fútbol en el campo, se disputa otro simultáneo en plataformas como Twitter. A veces los usuarios teclean a toda velocidad. Solo desde España en un único partido se han llegado a publicar más de un millón de tuits, según datos de Kantar Media. O lo que es lo mismo, unos 10.000 por minuto”. Alucinante.

7. Para rematar, nos insisten en que el tamaño sí que importa. Me lo temía: “La experiencia del espectador también cambia según el tamaño de la pantalla del televisor. Desde la asociación UHD SPAIN indican que el tamaño es un elemento fundamental, “a tener en cuenta cuando, además de información, se quieren comunicar y transmitir sensaciones”. “Hay producciones audiovisuales que están concebidas para ser vistas en pantallas que ofrezcan un ángulo de visión grande. Para transmitir sensaciones de inmersión, transportando al espectador a la escena, es más fácil en pantallas grandes que en pequeñas”, señalan”. ¡Qué hago yo con el televisor de toda la vida, que parecía grande hace un año y ahora me dicen que de inmersión nada, que lo que tengo no sirve y que me olvide de las sensaciones extraordinarias que sólo me garantizan muchas K! La frustración está servida con una definición de libro: sentimiento displacentero de incompletud que surge como consecuencia de un conflicto psicológico no resuelto. Encima eso, porque… ¿no estábamos hablando sólo de “Kas”?

El futuro imperfecto está servido con esta tecnología, aunque es verdad que como toda tecnología de doble uso, abre unas posibilidades extraordinarias en campos de la ciencia, como por ejemplo la medicina, que serán una auténtica revolución. Cada cosa en su sitio. La verdad es que prefiero apagar el televisor que tengo ahora con muchas menos K y salir a la calle para disfrutar de lo que mis ojos ven y contemplan en una inmersión continua con la vida. Sigo a pies juntillas lo que un día ya lejano aprendí de Antonio Machado, porque tengo que confesar que me ha ido muy bien en la vida: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Además, en ese paseo voluntario por lo que me apetece ver, vuelvo en este mes de julio a mi caja de sueños no teledirigidos, que contiene centenares de negativos para repasar una vida llena de blanco y negro en mi infancia y de un inmenso color después, fundamentalmente porque nunca quise ser ciego al color, como pasaba a los habitantes de las dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, que nos dio a conocer Oliver Sacks en un libro precioso, La isla de los ciegos al color.

La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises, que las Kas de las nuevas tecnologías sin más, porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida sin dejar ninguno atrás, la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a veces a una fotografía o película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, mucho más presente que nunca en este tiempo de coronavirus, recuperando esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Hasta que un día revelamos los negativos de nuestra vida, guardados con esmero en una caja de sueños, devolviéndoles la vida real que contienen en su discreto encanto del color o del blanco y negro, según la luz del momento, con todos sus matices (píxeles) sabiendo que a veces, en nuestra persona de secreto, tienen el tiempo dentro y con un color especial. Algo que nunca me ofrecerán millones de píxeles ordenados en Kas, tanto en el presente como en el futuro imperfecto actual.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada. 

Futuro imperfecto / 1. ¿Será el amor el mejor camino?

Sevilla, 1/VII/2021

Comienza el mes de julio y el afianzamiento de la desescalada de todas las medidas tomadas en relación con la pandemia que nos ha envuelto la vida durante quince meses. Está claro que podemos frecuentar ya el futuro, que se me antoja imperfecto o simple, entendido según la Real Academia Española de la Lengua como “tiempo absoluto que expresa que algo existirá o tendrá lugar en un momento posterior al momento del habla”, pero indudablemente incierto. Este será el hilo conductor de esta serie en la que estableceré siempre una dialéctica en cada artículo sobre lo que ha sido y lo que será, tomando conciencia clara de que el futuro ya no será lo que era, porque nadie se baña dos veces en el mismo río y porque tampoco deseo que vuelva con sus errores históricos. La memoria ayuda a resolver sus muchos enigmas y fracasos, de los que deberíamos aprender para no volver a tropezar con la misma piedra.

Se ha atribuido durante mucho a tiempo a Groucho Marx la frase “el futuro ya no es lo que era”, cuando todo apunta a que su autor fue el poeta Paul Valéry, exactamente con esta expresión: “El problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era”, junto a otra que me parece de un contenido similar y didáctico en este tiempo de coronavirus: “El futuro es preparar al hombre para lo que no ha sido nunca”. Cualquiera de las dos aborda de forma breve lo que verdaderamente nos está pasando, aunque también debo afirmar sin ambages que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa y, mucho menos, lo que nos pasará a partir de ahora. Sea de quien sea la autoría, estoy seguro de que Groucho lo pensó siempre por su problemático devenir existencial, aunque él resolvió este dilema amando profundamente el presente: ¿Por qué debería preocuparme de la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?

En esta primera entrega, planteo una pregunta en torno al amor, un clásico popular donde los haya, pero que hoy tiene un sentido especial al haber encontrado una isla desconocida en el cine francés, una película que se estrena esta semana en este país, “Las cosas que decimos, las cosas que hacemos”, una película de factura francesa pura, dirigida por Emmanuel Mouret, ampliamente conocido por su trayectoria de cine existencial, durante la última década, en torno a una palabra, amor, de base contradictoria en sí misma. Hechos son amores y no buenas razones, se dice en este país y sobre el amor, no digamos. Lo he leído en una crítica cinematográfica de esta película y me ha parecido una reflexión extraordinaria: “La historia arranca cuando un joven escritor viaja, tras un cataclismo sentimental, a casa de su primo en el campo. El familiar no está, pero sí su joven prometida, embarazada, y la pareja de desconocidos entabla una relación de confianza en la que se cuentan sus penas amorosas. Pronto la narración se ramifica y retuerce, según avanza el relato y crecen los personajes. “Cuando hablamos de amor”, cuenta Mouret por videoconferencia, “todo el mundo parece estar de acuerdo en qué es, aunque si intentamos definir ese sentimiento y sus reglas, empiezan las confrontaciones”. Y apunta: “San Agustín decía: ‘¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé’. A mí con el amor me pasa lo mismo”. Y por eso puede que vuelva a él una y otra vez: “Las cosas que me parecen más interesantes son las que no se pueden aprehender”.

Admiro el cine francés y recientemente lo expresaba a raíz de la muerte de otro gran director, Bertrand Tavernier, del que he sido un seguidor fiel de sus obras. De su filmografía excelente y didáctica siempre, destaco una película preciosa, Hoy empieza todo, sobre un guion de Dominique Sampiero que leí completo para comprender bien su hilo argumental. El cine de calidad nunca es inocente, porque es la interpretación de una realidad más próxima de lo que parece. Cuando vemos una película contenemos la respiración. Todos nos enfrentamos a este momento en un cuerpo a cuerpo. Cuando encontramos las mejores historias, un gran corazón late, se alarma, va más despacio, sale de la sala cinematográfica con el deseo de seguir creyendo en un mundo diferente que todavía es posible. Todos los rostros miran en la misma dirección. Este impulso es el que aspiramos a que nos acompañe siempre, porque es el que nos permite descubrir y alimentar cualquier microhistoria saludable. ¿Saben por qué? Porque como decía el autor de la obra sobre la que está basada la película de Tavernier, aunque hoy comience todo, en verdad, todo se parece al amor digno que nos conmueve, es decir, que nos perturba, inquieta, altera, que nos provoca situaciones placenteras que consuelan a nuestra persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones. Al fin y al cabo, porque aspiramos siempre a descubrir nuestra mejor historia.

Para empezar a aprehender estas cuestiones tan serias y profundas, ¿se podría concluir que el amor será el mejor camino para este verano? No se sabe, porque cada uno, con su cadaunada, responderá a la pregunta de San Agustín que contaba Mouret con el correlato del amor, ¿qué es el amor? y ahí empezará el problema, contarlo cada uno como mejor lo entiende y, sobre todo, lo vive, aunque la pregunta de la película siempre será nuestra sombra que no cesa: ¡cuidado con las cosas que decimos, porque probablemente no son las que hacemos! O al revés. El éxito está garantizado para el director francés porque ha puesto el dedo en la llaga del amor. Futuro imperfecto de este verano y en estado puro.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.