El síndrome de la última versión

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La Keynote de Apple celebrada ayer en San Francisco, me recuerda siempre el síndrome de la última versión, como rasgo patológico que preocupa cada día más a la sociedad científica. No está catalogado como tal todavía en la Clasificación Internacional de Enfermedades, pero estaría muy cerca de un cuadro de frustración que podríamos definirlo como “sentimiento displacentero de incompletud que surge como consecuencia de un conflicto psicológico no resuelto en relación con la no posesión de la última tecnología de la información y comunicación, el último gadget tecnológico en sus múltiples manifestaciones”.

¿Quién duda del éxito de Apple en el mundo actual? Las cifras que maneja son abrumadoras: como empresa líder en el mercado de la telefonía inteligente, tabletas, ordenadores, equipos reproductores de música, etc. Igualmente podríamos hablar del éxito irrefutable de su gran adversario Samsung. Más de lo mismo, con Google, Android, Amazon, etc. El problema estriba en que sus mercancías nunca son inocentes y junto al indudable beneficio social que han supuesto y suponen para la humanidad, nos llevan inexorablemente a integrarnos en el mercado puro y duro si queremos estar a la última en todo lo que producen y presentan con periodicidad cada vez más corta y que la sociedad actual, tan lastrada por la situación económica y ética, no es capaz de digerir .

El problema radica en el enfoque ético de lo que realmente se necesita consumir, no en la bondad de los servicios que nos prestan, es decir, el denominado sentido de la medida. Pero el mercado no es inocente y cada vez se excita más la intrusión en nuestras vidas para plantearnos que ahí están las novedades y que sin ellas la vida no es tan completa y feliz. Con ocasión de la navidad de 2010, época en la que siempre se excitan las necesidades de tener lo último de lo último, escribí por primera vez sobre este síndrome de la última versión, aunque ya lo había citado en múltiples intervenciones profesionales: “Mañana es Nochebuena y pasado mañana, Navidad. Pero con la presión del mercado no sé si tengo la última versión de la Navidad perpetua, porque creo que la del iPad ya me la he bajado, del iTunes, también; igual la del móvil, de mi Notebook, no sé, si lo sé de mi Smartphone, la del procesador de texto no lo sé bien porque no depende de mí, mi televisor no sé si es Full o Ready (siempre HD), ¿Ultra Slim?, y si el TDT es HD; del teléfono fijo no sé cómo anda, mi coche ya va por dos versiones más, y mi microondas, lavadora, plancha y horno, ya van también por no sé qué versión. ¿Y mis trajes y corbatas, cinturones, abrigo, gabardina, gafas, etc. etc…? Y la última versión del menú de la cena de Navidad, ¿por dónde va? Esto es un no parar”.

Ayer vi a Tim Cook sin el encanto ensoñador de Steve Jobs, anunciando últimas versiones de todo lo que se mueve en la empresa de la manzana mordida. Pensé en el impacto sobre el síndrome que presento en estas palabras de desasosiego, digital por supuesto, acordándome también de lo que escribí aquella Navidad 1.0, que en este momento es de rabiosa actualidad: “Lo más grave es que la versión de la inteligencia no sé tampoco por cual versión va. La del alma, ni te cuento. La del corazón, creo que ya va por una versión inalcanzable. Y mientras salgo a comprar lo último de lo último que indican los gurús de la mercadotecnia, en la tarde previa a la Nochebuena, porque la versión última de la Navidad, la del año pasado y anteriores, ya no sirve, me encuentro que para muchas personas la ultimísima ya está agotada. Y la frustración es enorme, porque “el sentimiento displacentero de incompletud” de las personas que se frustran porque no tienen la última versión de todo lo que está quieto o se mueve a nuestro alrededor, es una realidad que no está versionada. Por eso me acuerdo de Rafael Alberti tantas veces en la Navidad, cuando siendo un adolescente leí aquél poema precioso recogido en El Alba del alhelí, “El Platero”:

– A la Virgen, un collar
y al niño Dios, un anillo,
– Platerillo no te los podré pagar,
– ¡Si yo no quiero dinero!
– ¿Y entonces qué? di.
– Besar al niño es lo que yo quiero.
– Besa, sí

Y una cosa más, que diría Steve Jobs en sus Keynotes para recordar: hoy día me doy cuenta que no necesito versiones de casi nada porque tengo cerca unas personas que esperan como el platerillo de veinte siglos atrás que no confunda nunca, como todo necio, valor y precio.

Low Todo, para entendernos… es la etiqueta que busco hoy, la que deseamos encontrar, en definitiva, los que deseamos vivir ligeros de equipaje, lejos de las últimas versiones de todo, para no frustrarnos, porque hoy, afortunadamente, me basta con lo tengo y necesito si soy capaz de actualizar todos los días el sentido de la medida y de los sueños que me permiten ser feliz cada día.

Sevilla, 8/IX/2016

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de: http://www.zonamovilidad.es/fotos/2/tim-cook-apple_1_thumb_1280.jpg

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