Los alicientes de Manuel Rivas

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Manuel Rivas / MJ Morián

Anoche tuvimos la oportunidad de escuchar atentamente al escritor Manuel Rivas, en su intervención programada en formato de conferencia-diálogo organizada por la Consejería de Cultura, a través del Centro Andaluz de las Letras (CAL), en la Biblioteca Municipal Infanta Elena, en Sevilla, al que ya había precedido otros actos similares la semana anterior en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), en el marco de los Diálogos Literarios en conmemoración de la primera circunnavegación de la Tierra, la Vuelta al Mundo de la expedición de Magallanes que completó Juan Sebastián Elcano.

Si hubiera que destacar el hilo conductor de la singladura literaria de ayer se podría reducir a dos palabras: psicogeografía íntima. Su identidad gallega. Nos llevó, navegando en un mar de palabras cargadas de sentimientos y emociones, junto a su persona de secreto, por mares diversos de la vida para explicarnos de forma muy didáctica en qué consiste viajar y cómo Magallanes hizo lo que hizo. Dedicó mucho tiempo a su forma de comprender la citada psicogeografía, leyendo directamente unas páginas del último capítulo, para mí inédito, de su hermoso libro: Los libros arden mal, contando lo que debemos realmente a las personas que nos acompañan en el viaje de la vida, como le ocurrió a Magallanes con Enrique de Malaca o de Molucca, también conocido como Enrique el Negro.

Conozco bien a Manuel Rivas y creo que sé cómo comenzó su andadura por el mundo con el objetivo de que lo que hiciera de mayor le permitiera “no mojarse”, tal y como le había aconsejado su madre, de profesión lechera, aunque su realidad es que desde entonces siempre vive a la intemperie para conocer qué pasa en la vida, comprometiéndose con los demás, con los que menos tienen, “mojándose” en el mejor sentido de la palabra a través de su persona de todos y de secreto. Conozco una situación muy querida por él de su infancia, cuando no tenía más de dos años y su hermana María, apenas uno más. Él insistía en pasear una cucaracha en su camión de juguete y ella miraba. Cuando su madre llegó, algo más tarde, se los encontró abrazados en el baño con la puerta cerrada, aterrorizados. Al asomarse a la ventana, seducidos por la algarabía, se habían dado de bruces con la imagen misma del horror: dos cabezudos disfrazados de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos.

Esta historia íntima la leí en el diario El País, hace ya muchos años y él la cuenta siempre como el comienzo de una andadura para enhebrar voces y lugares en una especie de “psicogeografía íntima”. Es lo que hizo anoche, enhebrando historias diversas de sus viajes, comenzando por la línea del horizonte en la que teóricamente se separa el mar del cielo, pero donde está el secreto de lo que hay debajo y detrás de ella, de navegar por el mundo diariamente, de sus recientes viajes a Méjico y Argentina y su paso por Haití, en la que como lector empedernido ya conocía de antemano muchas vivencias que le aportaban seguridad en aquél sitio tan azotado por la naturaleza. La maleta como símbolo psicogeográfico, primer asiento que tuvo cuando asistía a la escuela. Todo lo había encontrado en la lectura antecedente de los sitios donde vamos, por próximos o lejanos que sean.

Quizá fue la anécdota de Méjico la que traducía de forma muy sencilla la forma de ser en el mundo de Manuel Rivas. Contó que, en un acto de presentación de su último libro, comenzó a firmar ejemplares y que a él le gusta dibujar en las dedicatorias símbolos junto a palabras con sentido. Escuchó por primera vez cómo una mujer mejicana llamaba a esos símbolos, alicientes, y al final, con su gracejo habitual haciendo gala de un humor proverbial, nos dijo que con las prisas del dueño de la librería donde se celebraba el acto había tenido que imprimir gran velocidad a las dedicatorias y al final le pedía – ¡no más! – que solo fueran frases rutinarias del tipo “con cariño” o cosas así, incluso al final solo la firma. De tal forma, que al salir de aquél acto se encontró en la acera a un prototipo de hombre mejicano muy serio, de bigote pronunciado y caído y con gesto avieso, que mirándole con cara de pocos amigos le soltó: “usted no me ha dibujado el alisiente…”.

Es verdad. Manuel Rivas nos dejó anoche de forma nítida el aliciente de vivir navegando, respetando la psicogeografía en la que somos y vivimos a diario. En los lugares que nos permiten hacer el gran viaje de la vida y recordarlos cuando fermenta la memoria, pero respetando que sintamos a veces deslugares [sic] que no logramos identificar a pesar de que estemos rodeados de personas o cosas que se han movido e incluso viajan con nosotros hacia ninguna parte.

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Cuando finalizó el encuentro, me acerqué para agradecerle lo aprendido a lo largo de los años de su lectura de compromiso activo. Le enseñé el libro que llevaba y que tanto quiero, ¿Qué me quieres, amor? Y nos lo dedicó con la maestría de los alicientes que tan bien conoce: la línea del horizonte que separa el mar del cielo, la luz que necesitamos siempre para iluminar cualquier viaje, con dos peces que van a en ambas direcciones porque suministran ideas en las idas y venidas de la vida, el libro abierto que escribimos a diario si nos comprometemos a defender el derecho a soñar y la unión íntima de humor y libertad, como mensaje explícito de su forma de ser en el mundo. Por cierto, libro editado por Bolboreta, mariposa en gallego, de quién aprendí el sentido de su alargada lengua, en un cuento suyo precioso que no he olvidado nunca, La lengua de las mariposas. Sobre todo, para no participar en silencios cómplices en momentos cruciales de la vida, de este país, como ante la cordada de presos en los planos finales su película homónima que tanto aprecio.

Sevilla, 15/XII/2016

Preludio de la Navidad

Se aproximan fechas en las que el mercado se apropia de ellas de forma escandalosa, mientras que la nave del mundo real va… Hoy he conocido este anuncio de Educo y tengo que reconocer que cuando te recuerdan que uno de cada tres niños de este país pasa hambre, se remueve la conciencia personal de todos y la de secreto. Viene bien aplicar ya, en este aquí y ahora, el principio de realidad tal y como nos lo recordaba el villancico final de Plácido: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá, que también cantábamos en mi colegio como si a nuestro alrededor no pasara nada. Fue una película de Berlanga inolvidable, en la que destacaba aquél protagonista entrañable de la cara menos amable de la Navidad, que Educo nos recuerda ahora de otra forma en una campaña para no olvidar la realidad que nos muestra en imágenes impecables.

Creo que junto a la labor encomiable de las Organizaciones No Gubernamentales y afines, el Estado y las Comunidades Autónomas deberían tomar nota y priorizar las políticas adecuadas para que esto no ocurriera, siendo de urgencia vital la aprobación de Leyes que permitan acelerar la creación de empleo para dignificar la vida de millones de personas en este país que carecen del mínimo sustento vital y que nos lo recuerdan anuncios como los de Educo, entre otros de especial interés público.

Sevilla, 14/XII/2016

España Inteligente (Smart Spain)

He leído y analizado con atención preferente la experiencia Smart Nation implantada en Singapur en 2014 y con tres áreas de actuación de importancia extrema: la atención a los mayores, la movilidad urbana y la seguridad de los datos. Creo que es un ejemplo a seguir -salvando lo que haya que salvar- en la implantación de políticas digitales a nivel de Estado para convertir a España en una nación inteligente y, por extensión, en Comunidades Autónomas Inteligentes, perfectamente conectadas entre sí a través de ecosistemas digitales de amplio espectro. Es una oportunidad histórica que no debe esperar más tiempo para ser considerada cuestión o problema de Estado en nuestro país, sin fisura alguna y, probablemente, donde se podría mostrar que la cohesión territorial es más posible partiendo de esta concepción de inteligencia conectada y auspiciada por el Gobierno digital correspondiente.

Es asombroso constatar cómo lo que aquí se vive como un auténtico problema, en Singapur se considera una oportunidad. Me refiero por ejemplo al envejecimiento de la población, porque son conscientes con este programa de Smart Nation que las tecnologías van a ser el gran aliado para atender la demanda imparable de servicios de salud y dependencia que esta realidad mundial inexorable necesita atender con carácter de urgencia. Y esta realidad se hace patente, obviamente, si se atiende también de forma intensiva y por inmersión digital a su contrario existencial, a la educación en todos sus niveles, dotándola de medios digitales y programas curriculares donde la programación informática sea materia troncal desde la enseñanza primaria. Razón digital: la preparación masiva en ingeniería informática y ramas afines como la bioingeniería serán piezas clave en el tratamiento del envejecimiento poblacional y en sus antecedentes laborales y profesionales, porque se podrá intervenir digitalmente de forma antecedente y no solo consecuente, como hacemos habitualmente y solo con medios atómicos.

Para que se entienda bien esta cuestión, basta un ejemplo en el campo de la salud. Una historia de salud, digitalizada y tratada como dato masivo por el servicio público correspondiente, podría ser programada para ser atendida con medios digitales en ámbitos tan necesarios como dietas, rehabilitación en casa, aviso farmacológico, calendarios vacunales, visitas médicas virtuales, que permitirían desarrollar miles de aplicaciones informáticas para ser usadas mediante el teléfono inteligente y su proyección en televisiones también dotadas de la inteligencia necesaria para interrumpir un programa cuando esté indicado tomar un medicamento o irse a descansar. Una cuestión importante y nada baladí: debería ser una política digital de Estado porque las economías y beneficios de escala serían espectaculares.

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http://www.smartnation.sg/

La tecnología informática es cara cuando solo se desarrolla por y para “exquisitos” digitales, que permite la proliferación descontrolada de chiringuitos digitales de amplio espectro, que suelen crecer como por esporas y, muchas veces, con intereses ocultos y mediocres. Cuando tiene vocación de servicio público, los costes se abaratan espectacularmente y los beneficios son extraordinariamente masivos. Es lo que diferencia una nación inteligente, Smart Nation, de otra que no lo es, porque en definitiva es una cuestión de tener muy clara la diferencia que existe entre políticas de inversión ética digital y las de gasto no controlado ni ético desde una perspectiva digital, como he abordado tantas veces en este cuaderno de inteligencia digital.

En un país tan descreído y autosuficiente como el nuestro, donde rápidamente juzgamos estas experiencias como de ciencia ficción, se debería atender el ejemplo de Singapur para extraer de él aquello que nos puede ser útil, porque “nosotros también podemos inventar” o copiar dignamente lo que hacen bien otros. Puede que con esta actitud entendamos mejor por qué nos deben preocupar los resultados del informe PISA en España y Andalucía. Singapur, es todo un ejemplo y la experiencia tan novedosa de lo que pueden hacer los niños y las niñas allí, mediante el programa Smart Nation, lo confirma. Quizá comprendamos mejor también las palabras de Tan Kok Yam, responsable gubernamental del programa Smart Nation, al querer convertir Singapur en “un lugar donde las ideas se hagan realidad en el menor tiempo posible”. Porque debería haber “prisa digital” atendida por el Gobierno correspondiente, obviamente.

Sevilla, 13/XII/2016

Por el color del Pantone

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Conservo en mi biblioteca, como oro en paño, un libro precioso que recopila un hilo conductor cromático en la obra de Juan Ramón Jiménez, que lleva un título programático: Por el cristal amarillo. Era el color preferido del poeta y casi todo lo que escribió y vivió lo inundó de amarillo en lo que él llamaba sabiamente “barrios de la memoria”. La cancela de su casa en la calle Nueva marcó su elección cromática para siempre: “[…] era de hierro y cristales blancos, azules, granas y amarillos. Por las mañanas. ¡qué alegría de colores pasados de sol en el suelo de mármol, en las paredes, en las hojas de las plantas, en mis manos, en mi cara, en mis ojos! […] Yo miraba sucesivamente todo el espectáculo, el sol, la luna, el cielo, las paredes de cal, las flores -jeranios, hortensias, azucenas, campanillas azules-, por todos los cristales, el azul, el grana, el amarillo, el blanco. El que más me atraía era el amarillo. Por el cristal amarillo todo se me aparecía cálido, vibrante, rejio, infinito […]”.

No olvido estas pálabras entrañables del poeta de Moguer, lugar que tanto quiero -con la luz dentro- y que no olvido por todo lo que me entregó en una época de mi vida. He recordado este libro porque se ha anunciado hace unos días el color oficial del año próximo, el GREENERY, declarado por Pantone (15-0343) y que marcará tendencia en todas las variantes cromáticas de la vida. Me ha llamado la atención cómo se construye todo en el ecosistema de mercado en el que estamos instalados malgré tout (a pesar de todo). Esta declaración internacional inundará de verde Greenery todo lo que se mueve en el mundo y que se ha elegido de forma no inocente, atendiendo las palabras de presentación de Leatrice Eiseman, Directora Ejecutiva del Pantone Color Institute: “Greenery irrumpe con fuerza en 2017 y nos ofrece la confianza que anhelamos en el tumultuoso contexto social y político en el que vivimos. Al satisfacer nuestro deseo creciente por re-juvenecer, re-vitalizar y unir, Greenery simboliza la re-conexión que buscamos con la naturaleza, con nosotros mismos y con un sentido más amplio de nuestras vidas”. El prefijo “re” es el que verdaderamente marcará la tendencia, poniendo color a nuestras vidas, la de todos y la de secreto. Según ellos, utilizando el plural mayestático, una re-volución de mercado en toda regla.

La mercadotecnia sabe introducir sus productos, sabiendo de antemano que nada es inocente. Así nos lo hacen creer. El color elegido para 2017 reconoce la fuerza expresiva del Greenery en todos los aspectos de nuestra vida diaria, “y lo vemos en la planificación urbana, la arquitectura, el estilo de vida y las opciones de diseño en todo el mundo. Greenery siempre ha estado en la periferia, pero ahora pasa al primer plano, y ya es un tono omnipresente en todo el mundo”. Una campaña publicitaria en toda regla que marcará tendencia cromática en el mundo de todos de cada persona.

Vuelvo a leer algunas reflexiones de Juan Ramón Jiménez en torno a su color preferido, el de su persona de secreto, muy cerca de lo que veía por el cristal amarillo de su querida cancela de la calle Nueva en Moguer: “Todo allí acababa bien; era un término como el del beso en el amor, como el de la gloria verdadera e íntima en el arte; después de mirar por el cristal amarillo ya no quería yo más y me quedaba contento”. Nada que ver con lo que será la revolución de Greenery en el supermercado grotesco del primer mundo, porque el negro de la realidad actual de los que sufren es el color predominante, por mucho que le pese a Pantone en su proyecto para 2017. Al final, es verdad: todo depende del color del cristal por el que se contempla la vida.

Sevilla, 12/XII/2016

Nos queda la Constitución

Guardo en mi caja de sueños el poema de Blas de Otero dedicado a la palabra. Hoy, lo recuerdo de forma especial en la celebración del Día de la Constitución, que es de las pocas cosas que nos quedan como articulación garantista de la democracia en este país, aunque se haya convertido desgraciadamente en una fiesta más de guardar, sin relevancia alguna para millones de personas. Han pasado treinta y ocho años desde su proclamación y gracias a ella vamos sorteando con más éxitos que fracasos los ataques continuados a su esencia, en un país tan cainita y dual como el nuestro.

A pesar de esta visión optimista, como pesimista bien informado que soy, creo que ha llegado el momento de tocarla, aunque hagamos lo contrario de lo que Juan Ramón Jiménez nos recomendaba hacer con la rosa, tan frágil como ella. Desde hace años, hemos constatado que se ha hecho mayor y que necesita una revisión en artículos esenciales para garantizar la convivencia en un país tan alterado históricamente y que, de vez en cuando, se convierte al menos en dos. Podrían ser más, si no se actúa ya, helándonos el corazón a los que la defendemos con uñas y dientes desde la ética aplicada en momentos tan transcendentales como los que estamos atravesando en la actualidad.

Conocemos de sobra las razones para afrontar este reto y un día como hoy debería ser una plataforma de lanzamiento institucional para abordar esta aventura que se cuenta en tantos foros y a la que tenemos un miedo casi reverencial. Recuerdo en tal sentido un comentario de Aristóteles sobre una experiencia del modelo constitucional, muy atrevido, propuesto por Hipódamo de Mileto (siglo V a.C.), el creador de las calles tal y como las conocemos hoy, algo tan democrático y que entusiasmaba de forma especial a Jane Jacobs: “[…] las recompensas que se conceden a los que hacen algunos descubrimientos útiles para la ciudad, es una ley seductora en la apariencia, pero peligrosa. Será origen de muchas intrigas y quizá causa de revoluciones. Hipódamo toca aquí una cuestión sobre un objeto bien diferente: ¿están o no interesados los Estados en cambiar sus instituciones antiguas en el caso de poderlas reemplazar con otras mejores? Si se decide que tienen interés en no cambiarlas, no podría admitirse sin un maduro examen el proyecto de Hipódamo, porque un ciudadano podría proponer el trastorno de las leyes y de la constitución como un beneficio público”. Es verdad, pero estamos asistiendo a un espectáculo de agotamiento político por las fórmulas encorsetadas en las que transcurren los debates y la forma de abordarlos en el Palacio de la verdad democrática, el Congreso, así como de la propia representación política con el sistema electoral actual, que urge introducir cambios territoriales y de derechos fundamentales, sobre todo y a marchas forzadas, maximis itineribus, volviendo a Aristóteles.

Cambiemos la Constitución entre todos, mediante un referéndum sosegado, sin preguntas trampa, con transparencia total, donde vuelva a tener todo su sentido democrático el interés general, que es su verdadera razón de ser, comparándola con la verdad de la palabra, aunque cada día se convierta ya en un conjunto de signos que cada vez simbolizan menos, algo residual que les queda a algunos si han perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiran, como un anillo, al agua (Blas de Otero). También, porque la Constitución, a través de sus palabras, es lo que les queda a algunos si han sufrido la sed, el hambre, todo lo que era propio y resultó ser nada, incluso si han segado las sombras en silencio; si abren los labios para ver el rostro puro y terrible de nuestra patria hoy, incluso hasta desgarrárselos.

Todo ello es verdad, porque nos queda…, la Constitución, esa gran palabra que nos recuerda hoy que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. El pueblo, solo el pueblo.

Sevilla, 6/XII/2016, Día de la Constitución

DATOS PÚBLICOS MASIVOS / y 6: Urge la protección del ecosistema público digital

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Finalizo esta serie dedicada a la visión estratégica del tratamiento de los datos públicos masivos que existen en la Administración tanto a nivel estatal como autonómico, centrando hoy este análisis en la reflexión estratégica sobre la auténtica razón de existir de los datos públicos masivos: la salvaguarda del interés general en la generación y tratamiento estratégico integral e integrado de los mismos, como resultado de las políticas digitales llevadas a cabo por el Gobierno correspondiente, protegiendo el ecosistema público digital del país.

¿Qué es el ecosistema público digital? El conjunto de personas atendidas por la Administración mediante sistemas de información que se interrelacionan entre sí en economías de escala, para obtener productos adecuados que salvaguarden el interés general de la ciudadanía y su evaluación continua. Entre estos productos adecuados se encuentra el tratamiento de la información que genera esta interrelación, creando bases de datos públicos masivos, por ejemplo y a título indicativo, que no exhaustivo, en ámbitos públicos de marcado interés general como puede ser la salud, educación, servicios sociales, empleo, entre otros. Siempre con visión de Estado, no solo en localizaciones territoriales concretas, que nunca formarían parte del ecosistema público digital, como ocurre en la actualidad, con ejemplos tan evidentes como los sistemas de información de salud de Comunidades Autónomas, que no pueden interoperar entre sí y con otros sistemas propios por no existir políticas digitales al respecto, generando además un gasto público insoportable y con daños colaterales al citado ecosistema, generando un puzle digital inhumano, al no poder obtenerse información conectada y compartida que redundaría en beneficio del interés general, gran víctima de esta dejación política. Para decirlo claramente, se está incurriendo en una clarísima dejación de cumplimientos constitucionales en el funcionamiento de la Administración al respecto.

Bajando a realidades concretas y próximas, los artículos anteriores de esta serie han abordado diferentes formas de abordar esta oportunidad extraordinaria que tienen tanto el Gobierno central como los Gobiernos de las Comunidades Autónomas en este país, en sus múltiples centros de procesos de datos, donde se trata de consolidar la información derivada de sus múltiples departamentos, sin visión alguna de pertenencia al ecosistema público digital que se debería definir, construir y estructurar con visión de Estado. El problema actual radica en que al no existir política pública digital de amplio espectro, lo que resulta es la proliferación de depósitos de información, digitales por supuesto, pero sin tratamiento profesional de ecosistema público digital, por problemas serios de interoperabilidad al no haberse fijado políticas públicas digitales al respecto.

¿Qué hacer? Ya lo he manifestado por activa y por pasiva en este blog: para empezar, es urgente crear una Secretaría de Estado de Política Digital, dependiente de la Presidencia del Gobierno, que establezca una estructura a nivel de Estado que fijara una estrategia pública digital, más allá de la estrictamente necesaria para el cumplimiento de la Agenda Digital de Europa que, por supuesto, integraría, pero como una responsabilidad pública más y no exclusiva, como ocurre en la actualidad, para llevar a cabo políticas digitales en el corto, medio y largo plazo, con visión más allá de una legislatura. Todo el tiempo que pase sin abordarse esta cuestión significará una pérdida de tiempo lamentable para salvaguardar el interés general de la ciudadanía en el ámbito digital, que es a quien debe servir. Además, porque mantener esta situación es un despilfarro de dinero público que no se debería permitir por más tiempo. Lo grave no es el gasto, que no inversión, en infraestructuras digitales para mantener el desorden digital existente, sino el tiempo perdido y que difícilmente se podrá recuperar, teniendo al alcance de la mano la posibilidad que ofrece una política adecuada en el tratamiento de los datos públicos masivos, que es lo que abordo ahora con carácter especial.

El ecosistema público digital está en peligro si no se toman medidas con carácter urgente y sin más dilación. Lo he dicho en múltiples ocasiones: no confundamos gasto con inversión pública al respecto. El problema actual no es que no haya dinero público para abordar estas cuestiones, el problema real es que no hay liderazgo político para coger el toro por los cuernos de una vez y llamar a esta realidad por su nombre: dejación política en un acción tan sentida y percibida por la ciudadanía, como es la realidad digital, al estar viviendo todos en un ecosistema digital que nos ofrece posibilidades extraordinarias para construir un mundo diferente, a pesar de los detractores del mismo, que también existen. Lo que no es tolerable es contemplar que el Estado es el primer artífice de este desastre en el tratamiento de los datos públicos masivos, al no ordenar y organizar política y legalmente esta actividad, teniendo muestras en el ámbito internacional donde ya se han tomado medidas serias al respecto.

Al igual que en el cambio climático, hay que convencer a los descreídos y distraídos que no acaban de convencerse de que el establecimiento de estas políticas digitales es imprescindible para el progreso de este país, donde la economía del conocimiento que puede ofrecer el ecosistema público digital puede ser una fuerza tractora extraordinaria como primer motor inmóvil (que decía Aristóteles) para obtener resultados alentadores para la ciudadanía y empresas emergentes. Porque urge salvar el ecosistema público digital.

Con esta serie, que finaliza hoy, cumplo otro sueño: llegar a ser, en un día no muy lejano, miembro del ecosistema público digital de este país, escribiendo hoy con palabras de compromiso activo que sirvan para los demás, aunque reconozco que ser dueño de las palabras, es el acto humano por excelencia porque es una posibilidad que solo pertenece a mi especie, siendo consciente de que genera en el acto de escribirlas un miedo cerval ante la página en blanco. Pero son solo proposiciones, tal y como lo aprendí un día ya lejano de Pablo Milanés, porque las ideologías digitales, ya saben, tampoco son inocentes: Propongo compartir lo que es mi empeño / Y el empeño de muchos que se afanan / Propongo, en fin, tu entrega apasionada / Cual si fuera a cumplir mi último sueño.

Sevilla, 2/XII/2016

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.mintic.gov.co/portal/604/w3-propertyvalue-634.html

El tiempo, según Eduardo Mendoza

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Ayer se otorgó el Premio Cervantes 2016, máximo galardón de las letras españolas, al escritor Eduardo Mendoza. Me alegró especialmente, porque lo relacioné inmediatamente con una experiencia personal del pasado mes de septiembre, leyendo un artículo suyo de despedida en la colaboración mensual de sus publicaciones en la última página de la revista ICON (Septiembre, 2016), publicada por la editora del diario El País. Lo envié a las personas que quiero, porque estimé que abordaba una cuestión transcendental en la vida que siempre me ha llamado la atención existencial: amar el tiempo propio y el de los demás. Llevaba por título “Tiempo de despedida” (1), una reflexión preciosa sobre la forma de estar en el mundo, sentarse en él (sitz in leben), teniendo en cuenta el factor tiempo, relativizando la forma de ser cada persona en su forma de comprenderlo, sentirlo y expresarlo.

Es verdad que en bastantes ocasiones he tratado en este cuaderno digital la relación humana con el tiempo, porque me preocupa apasionadamente. Decía Mendoza en su artículo que “Si me voy es porque me gusta hacer la mudanza de tanto en tanto, sin ton ni son. Por lo demás, el tiempo es relativo. Es un lugar común, pero en el fondo, no lo creemos. Vivimos pendientes del tiempo y nos cuesta imaginar cómo sería la vida sin un calendario y sin un reloj”. Es lo que aprendí hace ya muchos años del Eclesiastés, en su maravilloso capítulo 3, que nunca olvido, porque leyéndolo con atención siempre podemos reflexionar sobre momentos cruciales del ciclo vital de cualquier persona y su entorno, en cada ecosistema temporal, sabiendo que todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: tiempo de nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Casi sin darnos tiempo para recuperarnos, aborda también una cuestión enigmática de profundo calado: “lo que es, ya antes fue; lo que será, ya es”, resolviéndola con una solución teísta: “Y Dios restaura lo pasado”. ¿Qué Dios, en un mundo descreído?

Con motivo de la proclamación de este premio, he recordado también un dicho turco que me emocionó al conocer su profundo sentido: “Todo al final es como quien cava un pozo con una aguja”, donde el tiempo marca las diferencias para ser y estar en el mundo. Aprendí su significado en el universo extraordinario de la literatura que libera, leyendo el discurso que leyó Orhan Pamuk en el acto de entrega del Premio Nobel de Literatura en 2006, publicado después con un título muy sugerente, tanto como las palabras escritas en su dilatada vida: La maleta de mi padre. Es verdad que la vida de un escritor se hace poco a poco, como la de Mendoza, horadando la persona de secreto que todos llevamos dentro, aunque no todos lo descubran, es decir, cavando el pozo del alma con una aguja virtual. Esa es la razón de que existan pocos escritores que aporten al mundo sus pozos con agua, porque es su misión, no la de estar secos.

Es lo que a lo largo de su producción literaria nos ha entregado Eduardo Mendoza. Aunque haya ido muchas veces del timbo al tambo, haciendo mudanzas, como él dice, “sin ton ni son”, pero escribiendo con el alma, como lo escuché una vez en una experiencia contada por el escritor portugués António Lobo Antúnes, sobre una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, como si detrás de todo está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque según Lobo Antúnes “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días, los pequeños, escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas… Hoy, sobre la forma en que Eduardo Mendoza escribe para entender su tiempo de recibir premios.

Sevilla, 1/XII/2016

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www-livreshebdo-fr.sargasses.biblio.msh-paris.fr/article/eduardo-mendoza-recoit-le-prix-franz-kafka-2015

(1) Sólo conservo una imagen del artículo, que adjunto, pidiendo disculpas por la dificultad probable de su lectura:

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Nada hay más indigno que la posverdad

Los atenienses contemporáneos de Platón corrían todos los días hacia el areópago, ávidos siempre de la última noticia, aunque tenían un principio de confianza, envidiable hoy, que consistía en que sabían a ciencia cierta que todo lo que allí se anunciaba y comentaba era verdad (alétheia, en estado puro). Habían aprendido de Parménides, a distinguir la verdad de la simple opinión. Recuerdo esta lección histórica y de corte presocrático en los momentos actuales, en los que cualquier noticia se propaga de forma viral, aunque sea el mayor de los bulos o la mayor de las mentiras jamás contada. Basta que se programe en los robots de Facebook o Twitter el seguimiento jerárquico de determinadas tendencias en rabioso tiempo real, trending topics, para convertirlas en el mantra de credibilidad mundial para un mundo descreído, que se manifiesta incluso en solo 140 caracteres que pueden hundir el mundo si seguimos por estos derroteros.

Es lo que se conoce actualmente como la posverdad, palabra que ya figura en el Diccionario de Oxford bajo el lema Post-truth y que ya ha anunciado el pasado 16 de noviembre como la palabra del año: relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. Es verdad, aunque nos cueste trabajo reconocerlo. Basta que cualquier persona lance a la red social correspondiente una afirmación exenta de todo rigor objetivo para que millones de personas comiencen a divulgarla y a elevarla a los altares, aunque haya víctimas detrás que pueden ser personas, instituciones, gobiernos, políticos o cualquier cosa que se mueva y que ya no saldrán más en la foto fija de la verdad.

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Atravesamos momentos de desconcierto mundial, verdaderamente lamentables, porque quienes propagan estas noticias, a diferencia de los atenienses que comentaba al principio, están convencidos de antemano que poseen la verdad absoluta desde su móvil inteligente y les importa un bledo el gran aserto de Machado sobre la búsqueda ávida de la misma en el areópago de la vida: ¿Tú verdad? No, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela. No digamos el de Parménides: Es justo que lo aprendas todo, tanto el corazón imperturbable de la persuasiva verdad como las opiniones de los mortales, en las cuales no hay creencia verdadera (Sobre la Naturaleza).

Sevilla, 29/XI/2016

Alma de colibrí

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Dirige tu camino a través de las ruinas del altar y el centro comercial, dirige tu camino a través de las fábulas de la Creación y la Caída, dirige tu camino más allá de los Palacios y elévate por encima de la podredumbre, año tras año, mes a mes, día a día, pensamiento a pensamiento.

Leonard Cohen, Steer Your Way

Mucho se ha escrito sobre el viaje final de Leonard Cohen, buscando la mano tendida de la mujer a la que quiso tanto, Marianne: “Bueno, Marianne, somos realmente viejos y nuestros cuerpos se están deshaciendo. Creo que te seguiré pronto. Has de saber que estoy tan cerca de ti que, si estiras la mano, podrás coger la mía. Sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría, pero no hace falta que añada nada porque tú de sobras lo sabes. Ahora solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Te envío mi amor infinito. Nos veremos pronto en el camino”.

Leonard Cohen amaba este país. Lo contó de forma magistral en el discurso que pronunció en el acto de entrega del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2011. Unas palabras sobrecogedoras, porque seis acordes de guitarra, aprendidos en años de juventud de un joven español anónimo, han servido para que Cohen siga entusiasmando al mundo con sus canciones, volando con alma de colibrí.

La lectura de un artículo precioso en el suplemento Babelia, del diario El País (1), me ha recordado la belleza del colibrí, un pájaro muy pequeño que se localiza en Sudamérica (ha sabido elegir una sabia cuna…), con una especial presencia en Colombia, como nos lo demuestra un lugar asombroso, El jardín encantado, aunque viajan sin cesar porque saben que su vida es muy corta: “El lunes 7 de noviembre, el alma de Leonard ascendió hacia los brazos de Marianne. En el disco, vemos un colibrí que sale volando desde una luminosa ventana hacia la oscuridad: “Escucha al colibrí / Cuyas alas no ves / Escucha al colibrí / No a mí”.

El colibrí es el ave más pequeña del mundo. ¡Qué maravilla de la naturaleza! Mueve sus alas entre 60 y 90 veces por segundo y su gran corazón late entre 500 y 1.200 veces por minuto, aunque por la noche sus latidos son mucho más lentos. En proporción a su tamaño, posee el cerebro y el corazón más grande del mundo. No puede caminar, solo posarse. De su alma sabemos poco, pero nos da señales de ella todos los días, volando siempre, que para él es su caminar diario.

Leonard Cohen ha acompañado durante muchos años a los que valoramos la belleza de las palabras cantadas, incluso cundo suenan a testamento vital que se declara a los cuatro vientos, llevadas en las alas del pequeño colibrí para quien lo quiera leer o contar, porque lo importante es saber disfrutar de los viajes cortos como a veces son los momentos bellos de la vida, en los que disfrutamos tanto. Seguirlo…, volando por encima de la podredumbre, es otra cosa, porque nos falta su alma, su preciosa vida. La del colibrí, la de Cohen.

Sevilla, 28/XI/2016

NOTA: la imagen ha sido recuperada hoy de: http://www.jardinencantado.net/#fotos

(1) Manzano, Alberto (2016, 22 de noviembre). Escucha al colibrí. Babelia (El País.com).

Casi todo es preludio en la vida

Estoy ensayando en el piano el Preludio número 7 del conjunto que escribió Chopin en el periodo transcurrido entre 1835 y 1839, probablemente compuesto durante su estancia en Valldemossa (Islas Baleares) y que hoy figura en su catálogo como Opus 28, 7. Es una partitura preciosa de escasos compases, 16 exactamente, pero que muestra la maestría del compositor polaco en toda su extensión. El andantino, primera parte de esta partitura que se ejecuta con movimiento lento pero vivo, ayuda a introducir sentimiento en esta obra, equiparada en su conjunto con la que Bach publicó bajo el título de El clave bien temperado.

¿Por qué traigo a colación esta reflexión sobre este preludio? Básicamente porque casi todo en la vida es una introducción, un preludio, a situaciones que se desconocen cómo transcurrirán con el tiempo por derroteros insospechados, porque todo tiene su tiempo y su momento. Pero tienen una belleza especial, sobre todo cuando lo concebimos con el arte de empezar algo en la vida, el momento mágico de la página en blanco en la realidad de cada día, en la que puede ocurrir de todo pero en la que tenemos la gran oportunidad de darle un sentido especial. En definitiva, es la combinación histórica del lema preludio en sus dos acepciones principales según la Real Academia Española de la Lengua: aquello que precede y sirve de entrada, preparación o principio a algo y también, por analogía en este caso, la composición musical de corto desarrollo y libertad de forma, generalmente destinada a preceder la ejecución de otras obras.

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Chopin, F, Preludio, Op.28,7 (fragmento)

Lo breve, si bueno, dos veces bueno. Chopin lo sabía y así lo dejó escrito en esta obra magna, Preludios, de la música clásica. Vuelvo a tocar el número 7 con su pasión característica, cuidando el andantino para dar sentido a la entrada tranquila que merece toda experiencia que comienza cada día para vivir dignamente y a la que, en esta ocasión, pongo música para enriquecer la banda sonora de mi vida.

Sevilla, 27/XI/2016