Unos días de verano en Mallorca / 4. El encuentro con Chopin en Valldemossa

PIANO PAIK

Concierto de Kun-Woo Paik en La Cartuja de Valldemossa – 7 de agosto de 2016 / JA Cobeña

Alcanzaba ese día el principal objetivo cultural del viaje: asistir al concierto programado en Valldemossa, en homenaje a Chopin y estar cerca del lugar donde vivió días muy difíciles. Aquella noche, el protagonista era un pianista coreano de fama internacional, Kung-Woo Paik (Seúl, 1946), reconocido intérprete de la obra de Chopin y que pude corroborarlo durante el concierto que ofreció en la Cartuja, junto a la celda donde el compositor polaco escribió diversas obras ya citadas en mi primer post dedicado a esta partida hacia una isla desconocida para mí. El ambiente para componer el maravilloso Scherzo número 3, entre otras obras suyas, que interpretó Paik con manos maestras de setenta años, lo imaginé en el contexto de su duro invierno de 1883-1884 en aquella Cartuja tan fría, desamortizada, que le prestó acogida después de haber sido expulsado de mala manera de su residencia anterior.

Se produjo una situación, minutos antes de comenzar el concierto, que George Sand hubiera comentado sin compasión alguna, con la dureza que escribió sobre su estancia en Valldemossa. Paik salió de la celda de Chopin, convertida en un camerino muy especial con motivo del concierto, para subir al pequeño estrado que habían habilitado junto a ella y después de los aplausos de bienvenida se situó a duras penas ante el piano Steinway & Sons preparado para la ocasión, que tocaría maravillosamente segundos después, con una iluminación muy doméstica, porque a petición del intérprete tuvieron que localizar en la casa aledaña a la Cartuja unas lámparas de pie para iluminar su teclado, en una imagen que se comenta por sí sola y que Paik no entendía por mucho que los organizadores del concierto se esforzaran en solucionarlo de forma artesanal y doméstica, poco profesional. Aquí en este país, resolvemos siempre estas situaciones diciendo que “son cosas del directo” o “caprichos de artistas” [literal, aquél día], pero fue una situación lamentable. Sobre todo, porque conservaba en mi mente el relato de George Sand, la pareja sentimental de Chopin, sobre la celda que habitaron y donde “el enfermo”, que nunca fue citado por su nombre, buscaba en la composición diaria la comprensión de su mundo de secreto tan singular, donde unas gotas de lluvia podía elevarlas a los cielos de la música, como ocurrió en un Preludio muy conocido, homónimo (op. 28, 15). Sentí la soledad en aquel ambiente monástico y comprendí cómo Frédéric y George podían considerar la compañía que les ofrecieron desde el primer momento el boticario, el sacristán y María Antonia, una especie de ama de llaves que solo quería reconocimiento por su asistencia, sin interés económico alguno.

LA CARTUJA  COLL BARDOLET

Josep Coll Bardolet, Claustre de Cartoixa. 1947. Óleo sobre tela. 81×100 cm.

Valldemossa es un pueblo con encanto, una antigua alquería en el Valle de Muza (de ahí su nombre), muy volcado hoy al turismo y que sacrifica su silencio de día para recibir el ruido del mundo, tan contradictorio con el espíritu monástico del que hacen gala a través de Chopin. Entramos en la sede de la Fundación Cultural Coll Bardolet, donde se exponen pinturas del pintor catalán Josep Coll Bardolet, que cedió a Valldemossa, lugar donde vivió más de 60 años. Su obra es un canto permanente a la naturaleza, la tradición y el amor a la vida.

Paseamos aquella tarde por el pueblo-alquería, acompañados en cada puerta por un azulejo distinto dedicado a Santa María Thomàs, con textos que exaltan siempre la protección de cada casa y de cada familia. Asistimos al concierto y al salir de aquella Cartuja tan lúgubre pero con el buen sabor de boca de las obras interpretadas por Paik, nos encontramos con una experiencia desoladora, porque el pueblo entero estaba cerrado, solo había calles solas y en completo silencio, sin posibilidad alguna de poder comentar en algún sitio acogedor la gran interpretación de Paik, con el que me hubiera gustado compartir su estancia en la celda de Chopin, más allá del actual reclamo turístico, sobre todo en un lugar que le ofreció una digna estancia en tiempos revueltos y cómo se había sentido al tocar los aspergios continuos del Scherzo 3, que según todas las fuentes oficiales fue compuesto en 1839 por Chopin en el “pianino” Pleyel [sic, en el libro original de Sand] que tanto trabajo había costado trasladar desde París hasta aquél lugar tan inhóspito. En aquél año y … en éste.

Sevilla, 17/VIII/2016

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