El verano de Platero

Este año se celebra el centenario de la publicación de “Platero y yo”, libro que hay que leer en muchas ocasiones respetando la advertencia de su autor a quienes lo hagan, porque hay que recordar que se escribió para ¿niños?:

Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién! …para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien!

Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca.

¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!

Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.

El verano suele ser una estación propicia para leer todo aquello que acumulamos a lo largo del año con la excusa de no disponer de tiempo suficiente en otras estaciones… Volver a leer libros que marcan nuestras vidas, como puede ser “Platero y yo”. Estoy muy de acuerdo con Alberto Manguel en su reflexión acerca de la ocasión que nos brinda el verano para leer sin reloj, para reencontrarnos con situaciones especiales que podemos rememorarlas después: “los libros de nuestras vacaciones llevan consigo, quizás más que cualquier otro, trazas de memoria: de amistades perdidas, de juegos extraños, de adultos que en el recuerdo son inconcebiblemente jóvenes, de habitaciones que no eran nuestras. Sobre todo, memorias de olores y perfumes: de hierba recién cortada, helado de vainilla, loción a leche coco, aire salado, sudor limpio en sábanas recién planchadas, fresas silvestres tibias, cloro, salchichas asadas, zumo de limón, juguetes de caucho que han estado demasiado tiempo al sol. Y sobre todo, el olor del papel barato de los libros de bolsillo, leídos al sol y salpicados de agua de mar”.

He abierto “Platero y yo” por la página dedicada al verano y me he dejado llevar por una narración que nos transporta a Moguer, tal y como lo hemos conocido con la gran ausencia de ese burro “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”:

El verano

Platero va chorreando sangre, una sangre espesa y morada, de las picaduras de los tábanos. La chicharra sierra un pino, que nunca llega… Al abrir los ojos, después de un inmenso sueño instantáneo, el paisaje de arena se me torna blanco, frío en su ardor, como fósil espectral.

Están los jarales bajos constelados de sus grandes flores vagas, rosas de humo, de gasa, de papel de seda, con las cuatro lágrimas de carmín; y una calina que asfixia, enyesa los pinos chatos. Un pájaro nunca visto, amarillo con lunares negros, se eterniza, mudo, en una rama.

Los guardas de los huertos suenan el latón para asustar a los rabúos, que vienen, en grandes bandos celestes, por naranjas… Cuando llegamos a la sombra del nogal grande rajo dos sandías, que abren su escarcha grana y rosa en un largo crujido fresco. Yo me como la mía lentamente, oyendo, a lo lejos, las vísperas del pueblo. Platero se bebe la carne de azúcar de la suya como si fuese agua.

No le quito ni pongo una coma, porque así es Juan Ramón Jiménez. Y Moguer, la luz con el tiempo dentro.

Sevilla, 13/VII/2014

No es bueno que el hombre esté solo

hombre pensando

Así lo aprendió mi generación desde que tuvimos uso de razón. Dios lo tuvo claro desde el principio de los tiempos, porque frente a la creación de los cielos y la tierra, de los mares, que ya eran buenos por sí mismos, la del hombre vio que era muy buena, así como la de la mujer. Pero había un motivo que pesó mucho en la tradición oral de los pueblos ribereños, cerca del Tigres y del Éufrates y tenía que ver con una sospecha de ese Dios creador acerca de los problemas que podría tener el hombre si se quedaba solo cuando comenzaba a vivir. Y esa situación tan llamativa llevó a Dios a la creación de la mujer.

El problema vino después, cuando se quedaron solos los dos. Ahí comenzó la historia tan difícil del ser humano, la del dolor del mal hasta nuestros días. Al fin y al cabo, todo tiene que ver con la soledad cuando nos enfrentamos ante el bien y el mal: “por culpa de una serpiente comimos de la fruta prohibida y desde entonces hemos elaborado una macrohistoria de culpa y rescate que no nos deja vivir en paz. Y hemos grabado a fuego la responsabilidad transcultural de la mujer, del animal hembra en forma de serpiente, que echó a perder la vida tranquila en el paraíso: ¡mujer tenía que ser! El relato de la creación, en Génesis 3,1, deja bien claro el rol que iba a jugar en la historia de la humanidad la famosa serpiente porque “era el más astuto de los animales del campo que Dios había hecho. Y dijo a la mujer: “¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles el jardín?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.” Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiéreis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. Y la mujer comió el fruto de este árbol del medio del jardín y dio también a su marido. Y lo que descubrieron es que estaban desnudos ante la vida sin entender nada” (1).

El relato anterior corresponde a la tradición cananea acerca de la creación del mundo. El evolucionismo no entra en estos detalles, porque su punto de partida es otro, pero he querido comenzar con este relato tan clásico porque coincide en su base de constatación histórica con lo que pasaba hace millones de años con la situación de los hombres solos.

Es curioso saber que las personas no quieren estar solas consigo mismas. Un artículo publicado recientemente en la revista Science, viene a confirmarlo: ““Nuestra investigación”, dicen Wilson y sus colegas de Virginia y Harvard, “muestra que la mayor parte de la gente prefiere estar haciendo algo —incluso dañarse a sí mismos— que no hacer nada o sentarse en soledad con sus pensamientos” (2). Los 11 experimentos muestran de distintas formas que los participantes, antes de quedarse solos consigo mismos, prefieren escuchar música, navegar por la Red o mandar mensajes de móvil. Incluso recibir una desagradable descarga eléctrica y largarse a su casa antes de que pasen los 10 minutos”. Se supone que nuestros antepasados preferían seguir cazando ininterrumpidamente, andar por caminos angostos y agotarse en nuevas experiencias guerreras y artesanales, antes que quedarse parados y solos, aunque la investigación actual confirma que a los chimpancés les gusta estar solos. Un contradiós científico para los creacionistas: “por mucho que nos empeñemos, no les gusta conversar. Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios o deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo” (3).

El problema actual radica en que nos da miedo quedarnos con la mente en blanco, necesitando continuamente cine, televisión, telefonía móvil videojuegos, salir de compras, trabajo frenético, etc., algo que el cerebro no puede controlar fácilmente, es decir, se necesita estar haciendo siempre algo ante el miedo de encontrarnos con nosotros mismos, el horror del vacío existencial: “El primer autor del estudio no cree que ese horror al vacío sea una consecuencia del ritmo frenético de la sociedad actual o la seducción incesante de las novedades tecnológicas. Más bien piensa que esa interminable sucesión de innovaciones técnicas son una consecuencia de nuestra sed natural de actividad. Primero fue el horror al vacío, y después vino Whatsapp a paliarlo. Antes había libros y punto de cruz para la misma función”.

El verano es una oportunidad para experimentar estos resultados de soledad odiada. La estadística es muy terca y muchas parejas suelen llegar a su final en esta estación, porque se encuentran en una situación de desocupación que las deja temporalmente solas ante su propio peligro, que cada uno conoce bien. También, para encontrar sentido ante la mente en blanco, una experiencia inolvidable cuando nos ayuda a ser mejores, porque iniciamos probablemente un viaje interior sobre una bicicleta imaginaria para ir a alguna parte en este verano. Y no hay que confundir hacer algo con estar con alguien. Ahí está la diferencia en el miedo a la soledad, a pesar del Génesis, porque es muy bueno que las personas, a veces, estén solas…

Sevilla, 8/VII/2014

(1) http://www.joseantoniocobena.com/?p=290
(2) Sampedro, Javier (2014, 3 de julio). A solas con sus pensamientos. El País.
(3) http://www.joseantoniocobena.com/?p=66

La segunda transición

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Mercedes Sosa, Todo cambia (letra de Julio Numhauser)

La generación en la que algunos de sus miembros pusieron en su momento sus sucias manos sobre Mozart (1), está viviendo momentos muy difíciles en este país. Crecieron en las mieles de la primera transición, donde sus padres pusieron mucho empeño en cambiar las cosas para que cambiaran de verdad y pudiéramos vivir en democracia. Algunos ya se lavaron las manos y decidieron comprometerse en la búsqueda de futuro marcado por el bienestar común, propiciado por la aprobación de la Constitución en 1978 y por las llamadas políticas de izquierdas a partir de 1982, con la entrada triunfal del Partido socialista en el Gobierno. Otros, siguieron tocando pianos irreales y así va la cosa.

El problema se centra ahora en los hijos de aquellos músicos de la buena vida, porque junto a los que se comprometieron de verdad en mantener viva la democracia auténtica, han confluido en una situación exasperante por el primer problema que acusa hoy este país: el desencanto democrático llamado entre otras acepciones “paro” y, sobre todo, el paro juvenil. La generación mejor formada, en una frase hecha que nos escuece a todos, no tiene quien les llame y les escriba un contrato de trabajo. Y se van del país, porque en los pianos de sus padres ya no se pueden tocar composiciones para distraerles en el “dolce far niente” de muchos de sus progenitores. No digamos nada de la gran mayoría de padres y madres comprometidos sin límite que ven frustrados los sueños propios y los de sus hijos. Es decir, la eterna dialéctica cernudiana de realidad y deseo.

Soy consciente de que no existe el bálsamo de Fierabrás cervantino, autor tan de moda desde hace unos días por imperativo real (no es un hombre más que otros si no hace más que otros…), para solucionar de una vez este problema larvado durante tantos años, pero estoy convencido de que ante la situación actual solo es viable plantear una segunda transición para vislumbrar nuevos caminos políticos que encaucen la situación insostenible que estamos viviendo.

Como el compromiso intelectual también existe, voy a proponer seis reflexiones acerca de lo que llamo la segunda transición, a modo de urdimbre de un tejido crítico que podemos tejer entre todos, sobre todo creando un estado de teoría crítica frente a la opinión generalizada de que ya no se puede hacer casi nada, porque la política no sirve para nada ya que los políticos son todos iguales, sin excepción.

1ª. Ante las próximas elecciones, los partidos tienen que hacer una reflexión profunda de cómo están, políticamente hablando, es decir, hechos trizas, en lenguaje muy cercano. Y ¿cómo se combate esta situación? Barriendo de una vez por todas, todos los rincones de suciedad que hay en los mismos, no permitiendo una sola muestra de corrupción de cualquier tipo, ni siquiera corruptelas. Estamos todos ante la cuenta atrás de las elecciones municipales, como primer test para mostrar cambios radicales. Ya no valen paños calientes sino toma de decisiones también radicales, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. No debemos esperar todos a que los jueces digan la primera y última palabra sobre esta cuestión, porque se debería declarar con ejemplaridad manifiesta dónde está cada uno en su estado de corrupción interna. Así de claro, con transparencia plena, sin recovecos. Deberíamos tomar el relevo de la judicialización de todo, para tomar la primera palabra: honestidad por encima de todo.

2ª. Regenerar los principios éticos de la política en cada partido, porque es legítimo que pensemos y actuemos de forma diferente. Lo difícil es el arte de la política de hacer viable el diálogo entre todos a pesar de defender idearios y postulados diferentes, con una actitud constructiva, pero no con ladrillos sino con valores que respeten el bienestar social con tres pilares de atención prioritaria sobre las demás: educación, salud y atención social a quien menos tiene de todo, incluida la salud. Y eso se traduce en programas que no sean un canto al sol y en no comprometer aquello que desde que se escriben los compromisos electorales en el papel en blanco se sabe que es inviable hacerlo. Valen más las palabras de respeto al bienestar social que las políticas expansivas de construcciones que mejoran situaciones de unos cuantos en perjuicio de todos. Véase la situación de autopistas y aeropuertos cerrados en la actualidad, que han distraído tanto dinero público. Es decir, basar estos programas en el interés general, no en el del partido, porque cuando se cuida al máximo el interés público, los partidos ganan en confianza ciudadana.

3ª. Priorizar las políticas de empleo para regenerar situaciones insostenibles en el país, con atención especial a los jóvenes y a aquellos que por razón de edad forman parte del pelotón de parados hasta que la muerte los separe o de la jubilación mental y real, indeseada, porque falla todo tipo de sustento, tanto económico como social. Las cifras de paro son asfixiantes se las mire por donde se las mire. Aquí hay un frente a acometer sin dilación alguna y estoy convencido que todas las políticas de empleo no son iguales, mirando hacia adelante y no vivir permanentemente en un “y tú más” o “esto es consecuencia de la política del partido que estaba en el Gobierno anterior”. Ahora más que nunca hay que elegir y exigir.

4ª. Hay que cambiar la Constitución para reforzar, sobre todo, los derechos fundamentales actuales, dando una vuelta de tuerca al reconocimiento de los mismos con acciones programáticas, constitucionales, que avalen las políticas a ejecutar. Me refiero concretamente a los marcos presupuestarios macroeconómicos que deben declarar de forma contundente las prioridades de Estado: educación, salud y atención social a los más desprotegidos de derechos fundamentales y a poner a cada poder en su sitio. Creo en el federalismo estatal, que abriría muchas posibilidades para asumir realidades tan complejas como la de Cataluña y País Vasco. Por tanto, se debería abrir un debate al respecto que culminara en el Congreso de los Diputados.

5ª. De una vez por todas, hay que declarar la laicidad del Estado. España arrastra todavía muchos tics religiosos que aunque sean respetados, deben salir del marco constitucional. Ahorraría muchos quebraderos de cabeza a todos, tanto en el terreno educativo como en el de las problemáticas de trasfondo religioso como puede ser el aborto o los privilegios recogidos en los acuerdos actuales con la Santa Sede.

6ª. Hace falta también una regeneración ética ciudadana, básicamente en el respeto a la participación política desde el rol de ciudadanos. Votando, en primer lugar, porque desde la política es desde donde se pueden hacer cambios, dado que todos los idearios de partidos, convertidos en programas, no son iguales. Desde el sillón de casa, opinando solo sobre lo mal que está el país, no se soluciona nada. En segundo lugar, ejerciendo una autocrítica sobre ese rol de ciudadano con el pago de impuestos, por ejemplo. Hay que erradicar la economía sumergida institucionalizada (no la de subsistencia elemental) y el fraude del IVA, porque necesitamos facturarlo y pagarlo. Ya está bien de creernos los más listos del lugar porque somos los más pícaros ante Hacienda, escaqueándonos del pago que nos corresponde con una facilidad asombrosa. En tercer lugar, asumiendo el rol de ciudadanos con una formación permanente al respecto, pero insertándola en el currículum educativo de los niños y adolescentes., porque es imprescindible. Educar en ciudadanía no es adoctrinar. Hay que respetar a los demás en las cosas más sencillas: los vecinos, el tráfico diario, en las compras (con IVA), en los ascensores, en la calle, en la eliminación de ruidos, en las bolsas de basura clasificada, en el transporte público, en la utilización de las urgencias y los servicios de salud en general, en el respeto a los profesionales públicos que cuidan del interés general.

Las reflexiones expuestas anteriormente no son recetas para cocinar comida rápida. Son acciones no inocentes que se deberían acometer y que yo contribuiré con mi vida de secreto y con la todos a hacerlo viable, desde el rol que me corresponda en cada momento, celular por supuesto, pero saliendo del letargo del “no se puede hacer nada”, porque estoy convencido de que otro mundo, en España, es posible. No con silencios cómplices, a los que estamos tan acostumbrados, sino trabajando de forma activa en el Club de las Personas Dignas, al que tengo el honor de pertenecer.

Sevilla, 2/VII/2014

(1) Vicent, Manuel (1980, 22 de marzo). No pongas tus sucias manos sobre Mozart. Triunfo, p. 28 (Triunfo Digital).

El alma del cerebro

DICK SWAAB
Dick Swaab

Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)

Este cuaderno de inteligencia digital tiene un hilo conductor claro: aproximarnos al conocimiento del cerebro, divulgar sus estructuras y la raíz de muchos comportamientos humanos, por complejos que sean. Sin lugar a dudas, gracias a este siglo esperanzador, al que he llamado “el siglo del cerebro”, que ya presentaba como tal en 2006 en un post dedicado a esta realidad tan próxima, acabaremos descubriéndolo en su sentido más profundo: “Por eso insisto en que este siglo va a ser muy importante para la historia de la humanidad. La inteligencia se va a abrir paso en un mundo hostil que, por ahora, no le interesa mucho descubrir la magia del cerebro, porque dejaría al descubierto la gran mentira de los desajustes sociales, de la indecencia de la pobreza sublime que, por mucho que lo neguemos, la tenemos más cerca de lo que parece. Pobreza mental, sin ir más lejos”.

El siglo XX dedicó todos sus esfuerzos científicos a descubrir el corazón hasta terrenos insospechados, como mantenerlo vivo fuera del cuerpo en intervenciones quirúrgicas específicas, pero en la actualidad estamos muy cerca de conocer la quintaesencia del funcionamiento de las estructuras del cerebro, grandes desconocidas todavía. He recopilado recientemente en una publicación electrónica, Origen y futuro de la ética cerebral, la razón de ser del cerebro, basada en la configuración de las estructuras cerebrales que nos permiten adquirir conocimiento y proyectarlo mediante sentimientos y emociones que justifican todos los actos humanos, la ética real y objetiva.

Hoy he leído un reportaje, Esculpir el propio cerebro (1), centrado en ese “órgano de pensar”, que suscita tanto interés científico, en el que me ha impresionado la síntesis que presenta sobre una publicación reciente de Dick Swaab (2): “La mente es el resultado del funcionamiento de nuestros cien mil millones de neuronas, y el alma, un malentendido. El uso universal del concepto de alma parece estar basado solamente en el temor que el ser humano tiene a la muerte, el deseo de volver a ver a los seres queridos y la errónea y arrogante idea de que somos tan importantes que algo de nosotros debe quedar a nuestra muerte”.

Creo que estamos ante una situación excepcional para descubrir día a día cómo funciona el cerebro, el nuestro y el de las personas más próximas a nosotros, para que un día no muy lejano podamos comprender cómo hemos montado poco a poco el suelo firme (la ética) de nuestra vida, la raíz de la que brotan todos los actos humanos y los justifica. En el cerebro, ya sin lugar a duda alguna, porque como dice Dick Swaab, el alma es solo un malentendido. Y lo dice una persona como yo, que intenta todos los días poner el alma en su sitio, no sobrenatural por supuesto, sobre todo cuando escribo: “Me he enamorado de mis libros y estoy viviendo esos momentos en los que mi alma está pendiente de todo, para que no falte nada a las personas que quieres y, a las desconocidas que van a captar esos sentimientos y emociones que adornan siempre la inteligencia conectiva que escribe, que se expresa desde dentro de cada autor, siendo Internet un medio poderoso y lleno de recursos para difundir este momento mágico, dando la razón a San Agustín cuando escribía en un perfecto latín un constructo que me ha acompañado siempre: bonum est diffusivum sui (el bien, se difunde a sí mismo). O lo que es lo mismo: la buena literatura, escrita con alma, se difunde a sí misma. Todavía más, con la ayuda de las tecnologías y sistemas de información, porque se construye y difunde con la inteligencia digital, cada día más al alcance de muchas personas que saben qué es escribir con el alma de la pasión” (3).

En definitiva, hablo del alma de mi cerebro, tal como yo lo entiendo y siento mientras lo esculpo cada día…

Sevilla, 29/VI/2014

(1) Calvo Boy, Antonio (2014, 29 de junio). Esculpir el propio cerebro, El País (Babelia), p. 12-13.
(2) Swaab, Dick (2014). Somos nuestro cerebro. Cómo pensamos, sufrimos y amamos. Barcelona: Plataforma.
(3) Escribir con el alma: https://joseantoniocobena.com/2014/03/26/escribir-con-el-alma/.

Preferiría no escucharlo…

OFICINA EN UNA CIUDAD PEQUENA

Despacho en una ciudad pequeña. Edward Hopper, 1953.

Reconozco que la lectura del relato de Herman Melville, Bartleby el escribiente, me marcó durante una etapa de mi vida. Recuerdo en bastantes ocasiones la frase preferida de Bartleby, ante cualquier petición de su patrón: “preferiría no hacerlo”. Es muy difícil en la vida ordinaria tomar este tipo de decisiones, sin llegar al absurdo del protagonista del relato citado, pero en muchas ocasiones habría que copiarle sin temor alguno.

Hoy, debería nacer un nuevo Bartleby, eso sí, lleno de esperanza, que nos ayudara a dar un giro copernicano sobre determinadas realidades hirientes en nuestras vidas y que nos permitiera gritar a los cuatro vientos: ¡preferiría no escucharlo! Y cambiar de canal de vida, si es posible.

Estamos asediados por noticias lamentables desde muchos puntos de vista y de interpretaciones de tertulianos y tertulianas que interpretan la vida como les da la real gana, sin fundamento alguno, en nombre de los demás, intentando sentar cátedra sobre argumentos insostenibles.

He escuchado al fiscal apresurado, Horrach, desacreditando mediante un recurso al juez Castro, instructor del caso Nóos, sobre todo por la imputación de la infanta Cristina, hermana del Rey Felipe VI. Y preferiría no haberlo leído, ni haberle escuchado, porque ofrece una imagen lamentable de la Justicia a secas. Está legitimado para analizar por su oficio y beneficio lo descrito por el juez Castro, después de cuatro años de trabajo incesante en la búsqueda de la verdad, pero no debe prevalecer la suya ni la del juez, sino la que juntos deben buscar, guardándose las suyas en lo que vaya más allá de la técnica jurídica, tal y como nos lo expuso brillantemente Antonio Machado en un poema perdurable en el tiempo que estamos viviendo:

¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.

Esta es la razón de por qué preferiría no escuchar determinadas afirmaciones. Sobre todo, hoy, las del juez Castro, por lo que significan y por el dolor que supone en una persona honesta como él: «Creo que si el Ministerio fiscal cree lo que escribe, y habría que suponer que sí, lo que tiene que hacer es presentar, tenía que haberlo hecho ya, una querella contra mí por prevaricación», porque el escrito del fiscal Horrach «contiene claras imputaciones de que yo he cometido un delito de prevaricación».

Sinceramente, prefiero no comentar nada más y refugiarme junto a una de las ventanas de la vida, la de la lucha por la verdad buscada en común. En mi soledad sonora, porque escuchar y saber determinadas cosas no debería ocupar lugares dignos en el cerebro. Pero el problema radica en que cada vez me queda menos sitio…

Sevilla, 27/VI/2014

Los niños y las niñas siempre llevan una persona dentro…

Finalizo esta “pequeña” serie dedicada a la erradicación del trabajo infantil, en una semana de toma de conciencia especial. En este caso, expongo el contenido del documental rodado en Guatemala, Las voces pequeñas, promovido por la Fundación Telefónica Documenta, que trata sobre la experiencia de los talleres audiovisuales que se han realizado con un grupo de niños del departamento de Sololá, en Guatemala, a manera de retrato coral, en cuya realización han participado los propios niños. Los talleres proporcionan el telón de fondo en el que se desarrollan las historias generadas por sus protagonistas: los niños han llevado a cabo el rodaje y exponen sus inquietudes que comunican al mundo que lo quiera escuchar.

Aprendí de Saramago que había que dejarse llevar siempre por el niño que fuimos, un buen consejo de su libro inventado sobre ellos (los consejos…). En este caso, los niños protagonistas de sus propias historias, nos muestran desde su perspectiva de «personas bajitas» cómo es la realidad de su pequeño mundo, nada fácil por cierto en ocasiones y que nunca olvidarán, porque siempre llevan una persona dentro que desea ser feliz en entornos hostiles, porque es un derecho humano que le corresponde. Con el compromiso activo de la sociedad es posible que puedan vivir un mundo mejor que el actual y esa es una obligación solidaria que empieza por la revisión de nuestras actitudes ciudadanas, estando cerca de estas realidades a través de organizaciones que dedican su tiempo a ello.

Ha sido una pequeña experiencia, pero estos documentales pueden ayudarnos a tomar conciencia de un mundo pequeño que necesita hacerse grande, no permitiendo el trabajo infantil, de ninguna manera.

Sevilla, 20/VI/2014

No es una persona más que otra… (2)

Lo ha dicho hoy el Rey Felipe VI en su discurso de proclamación: No es un hombre más que otro, si no hace más que otros. Me ha recordado un post que escribí en 2008 y que reproduzco íntegramente a continuación, acerca del fondo y forma de esta frase del Quijote. Creo que sigue plenamente vigente lo que escribí entonces y he sentido algo especial al escuchar al nuevo Rey, en su discurso programático y traer a colación esta feliz frase. Coincidimos en este hilo conductor de la vida, que para la política puede ser una expresión para grabar a fuego y respetar en las actitudes democráticas de todos, sin excepción alguna.

Sevilla, 19/VI/2014

No es una persona más que otra…

En una época carente de valores, como la actual, el Quijote debe verse como una metáfora relevante. En el mundo en transición en el que vivió, luchó por ideales que consideraba vigentes y nobles. Su idealismo, por distante que estuviese de la realidad, acabó, sin embargo, por transformarlo en una referencia fundamental para la cultura mundial en estos últimos siglos. Don Quijote pone de relieve, con su aparente locura, la importancia de la audacia y de la imaginación en la construcción de otro mundo.

(Fragmento del discurso de agradecimiento pronunciado por el Presidente de Brasil, Lula da Silva, en la ceremonia de entrega del Premio Internacional «Don Quijote de La Mancha”, en Toledo, el 13 de octubre de 2008)

El sábado 11 de octubre leí un texto premonitorio de este post, en un anuncio con motivo de la entrega del Premio Internacional Don Quijote de la Mancha, a dos personas a las que admiro y respeto mucho: Lula da Silva y Carlos Fuentes: no es un hombre más que otro sino [sic] hace mas que otro. Es una frase cervantina, que sugiere muchas reflexiones si no se la saca de su contexto. Veamos. El texto original de Cervantes dice exactamente: “sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro sino [sic] hace mas que otro”, en una expresión llena de sentimiento y esperanza por parte de Don Quijote, en un gesto lleno de ternura hacia Sancho porque “todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo, y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables…”. Extraordinaria construcción de la didáctica humana de la comprensión en el alcance que se expresa con la solidaridad ante situaciones que son personales e intransferibles y que por mucho que se quieran cooptar, en auténtica com-pasión [sic], se demuestra que el sufrimiento no es delegable, ni asumible por los demás en su justa medida, porque las personas no son más que otras si no hacen más que otras.

Reproducción facsímil del libro El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. (2 Volúmenes), Miguel de Cervantes Saavedra. Barcelona: Edicions Universitat, pag. 212 (recuperada de Google, el 12 de octubre de 2008).

Pero es una realidad inquebrantable que sí hay personas que hacen más que otras, yendo más allá del reclamo del anuncio. Y por ello, son más importantes en la sociedad, desde una perspectiva ética, unas determinadas personas que otras. En el caso de los personas premiadas, Lula da Silva y Carlos Fuentes, existen sobradas razones para alinearse tanto con Sancho como con Don Quijote, en el reconocimiento del Premio, porque ante ellos es fácil que nos pudiéramos poner “de pechos” sobre nuestras cabalgaduras vitales “con la mano en la mejilla en guisa de personas pensativas”, intentando solidarizarnos con ellos por tanta tristeza que en algunos momentos nos han trasladado, aunque convengamos con Don Quijote que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas. Así lo aprendí de Lula da Silva cuando leí con pasión el libro de recopilación de sus cinco propuestas para cambiar la historia, con un título que sobrecoge “Lula. Tengo un sueño” (1): “Obstinadamente me digo todo el santo día: tengo que realizar un sueño, que no es sólo mío, sino el sueño de todos vosotros; llegará un día que en este país ninguna criatura se irá a dormir sin un plato e comida, y ninguna criatura se despertará sin ningún desayuno (…) Llegará un día en que la gente tendrá conciencia de que este país que sueño y que vosotros soñáis puede ser construido. Depende de nuestra disposición para realizarlo. Depende de nuestro coraje. Depende de nuestra disposición”.

Utilizando el símil del idealismo de Don Quijote, ayer nos dejó un mensaje para “cabalgantes”: «Solo con imaginación no cambiamos la realidad, pero sin imaginación corremos el riesgo de quedar presos en el conformismo». Depende de nuestra disposición.

Carlos Fuentes resumió en el acto del Premio un mensaje aleccionador para los que hacen más que otros: «tenemos un porvenir que desear y un pasado que recordar, pero sólo deseamos y recordamos en el presente. Toda gran obra es un llamado a la acción». Depende de nuestra disposición.

Lula Sancho y Carlos Quijano, cabalgaron ayer juntos al recibir el Premio Internacional Don Quijote, sin descomponer sus figuras. Porque son grandes al enfrentarse a molinos de viento que no son imaginarios, cada uno a su estilo, cada uno a su aire cervantino, a través de las palabras que les quedan, porque saben que en sus respectivos compromisos vitales no es posible que el mal ni el bien sean durables…

Evidentemente, todo depende de nuestra disposición, porque las personas no son más que otras si no hacen más que otras. Como Lula, como Carlos.

Sevilla, 14/X/2008

(1) Luiz Inácio Lula da Silva (2003). Tengo un sueño. Barcelona: Península, p. 52s.

Hay niños en Perú que merecen hoy nuestra atención


«Los hijos de Ayllu», una coproducción coordinada por los colectivos PDA (España) y La Combi (Perú), rodado en Perú:

Me comprometí el pasado 14 de junio, cuando publiqué “Pescadores de lápices”, que estaba dispuesto a “divulgar a partir de hoy y durante los próximos días, las experiencias más relevantes que he conocido al respecto, a lo largo de una semana dedicada a llamar la atención sobre la necesaria erradicación del trabajo infantil”.

Soy consciente que en este país de bares, fútbol y abdicación, es difícil abrirse paso hoy mediante este medio, publicando experiencias que nos obligan a reflexionar sobre esta situación mundial insostenible. Pero quiero ser consecuente con mi compromiso al respecto.

Hoy, traigo a colación otro de los documentales premiados en el Certamen Internacional de Creación Documental, promovido por la Fundación Telefónica Documenta, “Los hijos de Ayllu”, que intenta reflejar en esta ocasión la situación de determinados niños en Perú, con sus claroscuros, con un hilo argumental didáctico, explicado por sus protagonistas directos y en clave quechua, para comprender mejor los efectos de un determinado progreso social, nada beneficioso para ellos por los medios que se utilizan. Por ejemplo, contra la “ayllu”, la familia.

Es interesante ver este documento con la ilusión de comprender su trasfondo. Debemos comprender que no hay nada más difícil que escribir un cuento, como afirmaba José Saramago y así lo hice patente en este blog, cuando escribí sobre “El regalo más pequeño del mundo”: “Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón. Si yo tuviera esas cualidades podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé […]”.

El problema real radica en que esta historia sobre los hijos de Ayllu habla de niños del revés: son ellos los que intentan contar historias para adultos, desde su desdichada experiencia como niños trabajadores y la mayor parte de las veces no somos capaces de entenderlas. Esa es la tragedia actual, como se demostraría si quisiéramos escribir un cuento sobre su dura realidad, incluso siguiendo los consejos de Saramago.

Sevilla, 18/VI/2014

El Mundial de Brasil y la Ciudad de Dios

CIDADE DE DEUS
Un niño de la favela de Cidade de Deus calza un solo zapato. / Severita / AFP

He conocido un proyecto que el fotógrafo de la Agencia AFP (Agence France-Presse), Christophe Simon, ha desarrollado durante tres meses y medio antes de la celebración del Mundial de Fútbol, en la favela Cidade de Deus (Ciudad de Dios), en Río de Janeiro, en la que 18 adolescentes de edades comprendidas entre 10 y 15 años, han fotografiado con libertad absoluta, imágenes de su mundo mágico del fútbol en su favela, su microcosmos. El proyecto se compartió con Tony Barros, un antiguo habitante de la favela que llegó a ser educador social en la misma, fotógrafo local y director de la Escuela de Fotografía Lentes dos Sonhos (Lentes de los sueños), en Río, una vez que estos niños recibieron las nociones elementales de manejo de diez cámaras donadas por Nikon Francia para este proyecto.

Es testimonio digno de ser analizado en profundidad, en un momento álgido del Mundial. Cuando el sentimiento de derrumbe anímico sacude a todos los amantes de la Roja, viene bien tomar conciencia de cómo viven a unos metros de los magníficos estadios que han exigido una financiación astronómica, los adolescentes que sueñan todos los días con sus ídolos, en un medio hostil marcado por la pobreza y por la tristeza de tener que vivir a pesar de todo. Con sus rostros sorprendentemente alegres…

Christophe Simon ha manifestado que “los jóvenes contaron con la posibilidad de mostrar los lugares donde viven y el origen de su pasión por el fútbol. El resultado no puede ser más sincero”. De todas las fotografías obtenidas se seleccionaron setenta, que se pueden visualizar en la plataforma de difusión fotográfica de AFP, ImageForum. Las fotografías se tienen que comprar y el dinero que se obtenga de estas ventas se entregará a la asociación casa Geração, con el objetivo de que estos jóvenes se formen en el mundo de la moda, en grupos de veinte, para ofrecerles una profesión digna que responda a sus inquietudes llenas de vida y color.

Creo que es una forma diferente de estar presentes en el Mundial de Brasil. He intentado comprar la foto que figura en la cabecera de este post, para contribuir al proyecto de casa Geração, pero no ha sido posible todavía porque me exigía la página oficial ofrecer datos de empresa a la que pertenezco que no puedo facilitar en mi situación actual. Estoy a la espera de respuesta. Hoy, he obtenido la fotografía del informe oficial de prensa de la AFP. Pero he pensado que escribir este post puede ser una forma de que se conozca el proyecto. Lo de siempre, he pretendido no confundir valor y precio. Tony Barros y Christophe Simon lo comprenderán. Igual que los niños protagonistas de esta historia preciosa.

Sevilla, 15/VI/2014

Pescadores de lápices


‘Pescadores de lápices’, de Yeiner Vargas Barlis y Kelly Reyes. Rodado en Colombia.

El pasado 12 de junio se celebró el día internacional contra el trabajo infantil. Cuando se vive en el primer mundo es difícil tomar conciencia de esta situación que afecta a más de 215 millones de niños de este planeta tan convulso. Es probable que alguna prenda de vestir o calzado que llevamos hoy en el llamado primer mundo esté realizado por manos infantiles, expertas en dolor personal y familiar, porque no hay otro medio para subsistir.

Hoy he publicado en Facebook un reportaje que me ha golpeado en mi persona de secreto: La infancia del revés. Lo leí el jueves, el día internacional citado, pero no me ha dejado tranquilo, recordándolo continuamente por su dureza intrínseca. Es verdad que vamos del timbo al tambo y este niño protagonista, Juan, se habrá levantado a las tres de la madrugada, como todos los días, para fabricar ladrillos junto a su familia, mientras que los demás creemos vivir del derecho. Es importante leerlo varias veces y tomar conciencia de que cada persona puede hacer algo por transmitir solidaridad con acciones de atención directa a estos niños que viven del revés. Creo que este medio, el blog, puede ser un altavoz para despertar conciencias dormidas por el trasiego diario. Es difícil permanecer tranquilos, como si no pasara nada.

Por ello, estoy de acuerdo en divulgar a partir de hoy y durante los próximos días, las experiencias más relevantes que he conocido al respecto, a lo largo de una semana dedicada a llamar la atención sobre la necesaria erradicación del trabajo infantil. Y de estas lecturas interesadas e interesantes, he localizado un documento que ha sido premiado por la Fundación Telefónica Documenta el pasado 12 de junio, que lleva un título muy sugerente: <a href="»Pescadores de lápices». El pequeño mundo que se retrata está situado en Colombia, en Santa Marta, no lejos de Coveñas, en el Caribe que recuerdo siempre por mi apellido en su auténtica grafía, lugar de mis antepasados. Es curiosa la sencillez del premio a los niños ganadores: ver una película con gafas 3D.

Me ha recordado mi infancia difícil en Madrid, cuando me premiaban por sacar buenas notas a mis seis años y así en adelante, con una entrada para el Circo Price y escuchar al director de pista anunciar números cada vez más difíciles, donde la palabra “miedo” era sustituida por “intrepidez”… Pero yo era un niño del barrio de Salamanca, del discreto encanto de la burguesía, que lo tenía aparentemente todo, pero que me unía con estos niños colombianos la ilusión de escribir bien para obtener al final un reconocimiento importante de mi maestra, soñar con su cariño, no tanto con la entrada del circo, porque me motivaba a escribir con lápices de colores que no necesitaba pescar para tenerlos todos los días a mano.

Ahí estaba la diferencia: no tenía miedo y era posible conocer la intrepidez que muchos niños latinoamericanos nos ofrecen todos los días desconociendo el miedo terrible e injusto de vivir del revés.

Sevilla, 14/VI/2014