Pescadores de lápices


‘Pescadores de lápices’, de Yeiner Vargas Barlis y Kelly Reyes. Rodado en Colombia.

El pasado 12 de junio se celebró el día internacional contra el trabajo infantil. Cuando se vive en el primer mundo es difícil tomar conciencia de esta situación que afecta a más de 215 millones de niños de este planeta tan convulso. Es probable que alguna prenda de vestir o calzado que llevamos hoy en el llamado primer mundo esté realizado por manos infantiles, expertas en dolor personal y familiar, porque no hay otro medio para subsistir.

Hoy he publicado en Facebook un reportaje que me ha golpeado en mi persona de secreto: La infancia del revés. Lo leí el jueves, el día internacional citado, pero no me ha dejado tranquilo, recordándolo continuamente por su dureza intrínseca. Es verdad que vamos del timbo al tambo y este niño protagonista, Juan, se habrá levantado a las tres de la madrugada, como todos los días, para fabricar ladrillos junto a su familia, mientras que los demás creemos vivir del derecho. Es importante leerlo varias veces y tomar conciencia de que cada persona puede hacer algo por transmitir solidaridad con acciones de atención directa a estos niños que viven del revés. Creo que este medio, el blog, puede ser un altavoz para despertar conciencias dormidas por el trasiego diario. Es difícil permanecer tranquilos, como si no pasara nada.

Por ello, estoy de acuerdo en divulgar a partir de hoy y durante los próximos días, las experiencias más relevantes que he conocido al respecto, a lo largo de una semana dedicada a llamar la atención sobre la necesaria erradicación del trabajo infantil. Y de estas lecturas interesadas e interesantes, he localizado un documento que ha sido premiado por la Fundación Telefónica Documenta el pasado 12 de junio, que lleva un título muy sugerente: <a href="”Pescadores de lápices”. El pequeño mundo que se retrata está situado en Colombia, en Santa Marta, no lejos de Coveñas, en el Caribe que recuerdo siempre por mi apellido en su auténtica grafía, lugar de mis antepasados. Es curiosa la sencillez del premio a los niños ganadores: ver una película con gafas 3D.

Me ha recordado mi infancia difícil en Madrid, cuando me premiaban por sacar buenas notas a mis seis años y así en adelante, con una entrada para el Circo Price y escuchar al director de pista anunciar números cada vez más difíciles, donde la palabra “miedo” era sustituida por “intrepidez”… Pero yo era un niño del barrio de Salamanca, del discreto encanto de la burguesía, que lo tenía aparentemente todo, pero que me unía con estos niños colombianos la ilusión de escribir bien para obtener al final un reconocimiento importante de mi maestra, soñar con su cariño, no tanto con la entrada del circo, porque me motivaba a escribir con lápices de colores que no necesitaba pescar para tenerlos todos los días a mano.

Ahí estaba la diferencia: no tenía miedo y era posible conocer la intrepidez que muchos niños latinoamericanos nos ofrecen todos los días desconociendo el miedo terrible e injusto de vivir del revés.

Sevilla, 14/VI/2014

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