La media luna negra

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La lección difícil, William-Adolphe Bouguereau.

Sigo trabajando en la tarea de divulgación científica de las estructuras del cerebro con objeto de comprender mejor el mayor fondo de riqueza que poseemos los seres humanos, como recurso que está -todavía- libre de precio en el mercado de la vida (no es mercancía), en el acontecer diario de cada una, de cada uno, desde la concepción. Hoy quiero adentrarme en una lámina de sustancia gris que contiene melanina, responsable del característico color oscuro de las neuronas que forman parte de ella, denominada “sustancia negra”, con forma de media luna y que desarrolla funciones trascendentales para la inteligencia humana. ¿La conocías?

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Sustancia negra: sección coronal (recuperado de http://es.brainexplorer.org/glossary/substantia_nigra.shtml, el 8 de junio de 2008).

Está situada en la base de los hemisferios cerebrales, interconectada con grupos de neuronas ó ganglios, basales, determinantes para el movimiento de las personas y la memorización del mismo. Básicamente, con el complejo estriado, formado por los núcleos caudado y putamen. Y lo verdaderamente maravilloso radica en su poder de transformación de las órdenes que transmite y recibe de la corteza cerebral y del sistema límbico para llevar a cabo la representación motora y ejecutiva de lo que elaboramos como pensamiento y como sentimiento ó emoción. Es su brazo ejecutor, habiéndose objetivado en la investigación clínica y radiológica de última generación que la disminución de sustancia negra es una de las manifestaciones claras del mal de Parkinson.

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Sustancia negra y mal de Parkinson (recuperado de http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/esp_imagepages/19515.htm, el 8 de junio de 2008).

Pero existe una correlación clara de la profusión o no de las sustancia negra, que se investiga en la actualidad con la realidad del aprendizaje y de los fracasos y/ó recompensas que se reciben del mismo, como resultado de la presencia de esta estructura durante millones de años en el cerebro reptiliano de los seres humanos, alcanzando su cénit filogenético por el impacto de la sustancia negra en la corteza prefrontal, donde se produce el control exhaustivo del aprendizaje de las conductas a observar en el desarrollo ontogenético del ser humano, incidiendo sobremanera en las llamadas “funciones ejecutivas” (1), cuando se trata desde la integración en los ganglios basales, entre las que se pueden señalar las siguientes:

Regulación cognitiva: Memoria de trabajo, regulación de la atención (incluyendo detección, vigilancia, control de la distraibilidad), planificación, establecimiento de objetivos y monitorización, estimación del tiempo, manejo del tiempo, organización de estrategias, flexibilidad mental, habilidad para cambiar los supuestos (set) cognitivos, fluencia y eficiencia del procesamiento, pensamiento abstracto y formación de conceptos, resolución de problemas novedosos y juicio, mantener el auto-conocimiento e identidad a lo largo del tiempo y el espacio, integración de la información socio-emocional en planes de futuro y conductas (incluye la sensibilidad hacia las emociones y estados cognitivos de los demás).

Regulación conductual: iniciación del movimiento y de la conducta, inhibición de las respuestas motoras automáticas, mantenimiento del rendimiento motor a lo largo del tiempo, parar la respuesta motora cuando sea apropiado, habilidad para post-poner la gratificación inmediata (control del impulso), anticipación y sensibilidad hacia las consecuencias futuras de las acciones presentes.

Regulación emocional: modulación del arousal [estado de alerta] emocional, modulación del humor, estrategias de auto-alivio”.

Todo ello relacionado íntimamente con la retroalimentación que se produce con áreas en las que la sustancia negra juega un papel esencial: “Los ganglios basales está formados por el estriado (caudado y putamen y acumbens), pálido y la parte reticulada de la sustancia negra. Son ricos en neurotransmisores excitatorios e inhibitorios (glutamato, dopamina, serotonina, acetilcolina y gamma-aminobutírico (GABA). El tálamo es un núcleo subcortical que integra los inputs sensoriales, motores e información emocional-cognitiva, enviando esta información al córtex. Juega un importante papel en el mantenimiento del arousal” (2).

Solo quería introducir el principio aristotélico de la admiración de todas las cosas como definición de la cualidad humana por excelencia: “capacidad que tiene el ser humano (él, decía el hombre y por eso no nos debemos enfadar…) de admirarse de todas las cosas. Aseguro que en griego suena precioso (inténtelo conmigo leyéndolo tal cual): jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic) o lo que es lo mismo: el hombre es el único ser capaz de admirarse de todas las cosas” (3). Una mancha negra sobre una estructura de forma de mariposa que como ellas también pasea sus vestidos de colores por el mundo. A mayor color, más vida cerebral. Cuando se pierde este color negro, la vida desaparece con él y las enfermedades debilitan el cerebro hasta límites exasperantes. Sobre todo porque dejamos de aprender y admirar la vida, por mucho que la niña que simboliza la lección difícil nos recuerde que la sustancia negra es imprescindible que esté perfectamente integrada en la base del cerebro humano para seguir aprendiendo…

Sevilla, 10/VI/2008

(1) Díaz Atienza, J. (s/d). Tema 8. Funciones ejecutivas y aprendizaje: I) Neuroanatomía y Evaluación. (recuperado de http://www.tdah-andalucia.es/TDAH/funcionesejecutivas1.pdf, el 8 de junio de 2008).
(2) Díaz Atienza, J. Ibídem, p. 82.
(3) Cobeña Fernández, J. A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (edición digital), p. 48.

¿Existe un gen facilitador de las creencias religiosas?

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El gen de Dios (TIME, 17 de octubre de 2004, recuperado de http://www.time.com/time/covers/1101041025/, el 1 de junio de 2008)

En el post anterior presenté el denominado “gen de Dios” ó VMAT2 a las personas, como tú, que leen habitual o esporádicamente este cuaderno. Comprendo que es un atrevimiento científico hablar en estos términos, pero el asunto que nos ocupa ha ocupado siglos de encuentros y desencuentros entre la fe y la razón, incluso guerras importantes, para intentar responder a las cuestiones que en etapas de la vida como la actual, donde la economía hace crisis, el mercado paradójico de los valores hace su agosto. Mejor dicho, su año. ¿Participa el cerebro en estas situaciones a través del gen de Dios? Creo sinceramente que no, porque la ciencia no podrá despejar nunca el aserto de la existencia o no de Dios. No es su campo de acción y/ó experimentación, a pesar de los esfuerzos que ha llevado a cabo en tal sentido el neurólogo canadiense Mario Beauregard en 2006, en una investigación sobre la actividad cerebral en 15 monjas carmelitas, proyectado en la búsqueda del llamado “cerebro espiritual”. Nunca lo sabremos, porque lo que no se puede experimentar objetivamente con los recursos actuales no puede demostrar su existencia actual. Por ello, me han fascinado siempre las teorías teilhardianas del alfa y omega, porque por deformación científica, el ya pero todavía no, es muy sugerente como hipótesis científica para el punto de partida de la cuestión que planteo hoy, sin pronunciamientos sacados de contexto (1):

“Vamos a intentar aproximarnos al análisis que Teilhard llevó a cabo sobre el nacimiento de la vida, su gran dilema con la presión ambiental gracias a los descubrimientos de Darwin. Su investigación estaba limitada por el estado del arte de su época. Su referencia permanente a la incapacidad del científico de descifrar cómo había “brotado” la vida desde lo físico, químico ó lo estrictamente orgánico no era viable simplemente porque los sedimentos sobre los que se podía investigar estaban transformados. Hoy la realidad es muy diferente. Las investigaciones recientes sobre los orígenes de la materia orgánica nos permiten descifrar con exactitud matemática, de reloj suizo, cómo se produjo la evolución de la materia. Siguen estando presentes muchos interrogantes y la razón de Aristóteles planea sobre los grandes laboratorios ultramodernos: la razón de ser del “primer motor inmóvil”, es decir, cómo se puso en movimiento el universo en todas sus manifestaciones. La verdad es que la conclusión de Teilhard está sobrepasada. La ciencia ha ganado esta partida. Pero quedan muchas por jugar, aunque nos suene como algo muy chocante su desafío en la fe del dueño del carbón que no del carbonero: el misterio está oculto en Dios para siempre.

Pero él mismo deja una puerta abierta llena de esplendor: solo si se lograran reproducir estos procesos en el laboratorio se resolvería parcialmente el enigma. Aunque otra vez da un paso atrás dejando entrever que el nacimiento de la vida, en todas y cada una de sus manifestaciones, es algo indescifrable. Este movimiento de contrarios, pendular, es algo muy asentado en la ciencia aunque en Teilhard solo tenía interés si el avance de la investigación era una realidad y no una quimera.

El llamado salto a la complejidad, la evolución de la materia en estado puro a lo que se llama vida, es una evolución lógica hacia la consciencia, la interioridad que analizábamos en la “entrega” anterior: vida es la explosión de la energía interior bajo una tensión biológica hacia el próximo estadio de la existencia que, a todas luces, está por llegar permanentemente. Y todo obedece a un plan. Esta era la visión intrínseca de la evolución cósmica según Teilhard: todo está perfectamente determinado por Dios, aunque el plan lo revele paulatinamente. El hecho de que el libro de instrucciones de cada ser viviente ó carnet genético se esté develando en la actualidad a través de la genómica, es una manifestación de este plan develado, por llamarlo de alguna forma, de la “hoja de ruta” de Dios sobre la vida. Es una interpretación “permitida” por el ser superior, por el llamado también “primer motor inmóvil”, al que hacíamos referencia anteriormente, en homenaje a los más escépticos”.

Definitivamente, el denominado “gen de Dios” no existe, es un mero antropomorfismo para describir la causalidad genética de la predisposición facilitadora de determinadas estructuras cerebrales para comprender entornos sociales y personales en los que la realidad de Dios y de sus cosas se hace presente. Para demostrarlo voy a entrar en el análisis actualizado del VMAT2, porque la auténtica competencia humana se adquiere cuando el conocimiento, las habilidades y las actitudes nos hacen libres de prejuicios y nos encontramos con nuestra soledad sonora, bien entendida, y nada más, en la incesante búsqueda de la verdad de la vida personal e intransferible.

Hasta donde la neurociencia llega hoy, se sabe que los transportadores vesiculares de monoaminas tipo 2, denominados VMAT2, en el cerebro, “… están localizados en las terminales presinápticas de las neuronas dopaminérgicas, serotoninérgicas y noradrenérgicas y son los encargados del transporte de serotonina, dopamina, norepinefrina e histamina” (2). Las terminales presinápticas son millones de centrales preparatorias que garantizan la mejor predisposición para los receptores postsinápticos más próximos, estableciéndose una danza maravillosa en el funcionamiento de la neurotransmisión (NT), que recomiendo conocer básicamente para comprender mejor por qué, por mera estimulación eléctrica y química de determinadas neuronas y solo en determinadas ocasiones, se busca el bienestar al que algunas personas llaman “Dios” ó “las cosas de Dios”, ó la llamada a acciones vinculadas con una determinada religión: “El cuerpo neuronal produce ciertas enzimas que están implicadas en la síntesis de la mayoría de los NT. Estas enzimas actúan sobre determinadas moléculas precursoras captadas por la neurona para formar el correspondiente NT. Éste se almacena en la terminación nerviosa dentro de vesículas (…). El contenido de NT en cada vesícula (generalmente varios millares de moléculas) es cuántico. Algunas moléculas neurotransmisoras se liberan de forma constante en la terminación, pero en cantidad insuficiente para producir una respuesta fisiológica significativa. Un PA [potencial de acción ó descarga eléctrica] que alcanza la terminación puede activar una corriente de calcio y precipitar simultáneamente la liberación del NT desde las vesículas mediante la fusión de la membrana de las mismas a la de la terminación neuronal. Así, las moléculas del NT son expulsadas a la hendidura sináptica mediante exocitosis” (3). Además, es importante saber que “un neurotransmisor (NT) es una sustancia química liberada selectivamente de una terminación nerviosa por la acción de un PA, que interacciona con un receptor específico en una estructura adyacente y que, si se recibe en cantidad suficiente, produce una determinada respuesta fisiológica. Para constituir un NT, una sustancia química debe estar presente en la terminación nerviosa, ser liberada por un PA y, cuando se une al receptor, producir siempre el mismo efecto. Existen muchas moléculas que actúan como NT y se conocen al menos 18 NT mayores, varios de los cuales actúan de formas ligeramente distintas”.

La clave en el proceso que analizamos radica en que las neuronas dopaminérgicas, serotoninérgicas y noradrenérgicas, con neurotransmisores encargados del transporte de serotonina, dopamina, norepinefrina e histamina, transportan proteínas, cuya composición depende exclusivamente del ADN de cada persona. El ADN está compuesto de cuatro bases, adenina (A), guanina (G), citosina (C) y timina (T) y su información se deriva del orden de las bases. Tres bases constituyen un aminoácido que dan lugar a una proteína respetando un orden preciso: “Los aminoácidos son importantes porque determinan las estructuras de las proteínas, que a su vez son elementos determinantes de la actividad biológica. Las proteínas son los armazones, las estructuras, que hacen cada célula y cada órgano distinto. Las enzimas, los catalizadores que dirigen las reacciones de las células vivas, son proteínas. Las hormonas, las moléculas que nos hacen hombre ó mujer, altos ó bajos, están compuestas de proteínas. Los neurotransmisores, las señales que les dicen a las células del cerebro qué es lo que está sucediendo, son proteínas. Nosotros somos proteínas, y su composición depende exactamente de nuestro ADN” (4).

Y en este marco de investigación surge VMAT2, en una conferencia del Dr. Hamer sobre la adicción en la que participaba junto al neurólogo George Uhl, al manifestarle éste que había encontrado algunas variantes de un gen llamado VMAT2. De allí surgió la posibilidad de investigar en el laboratorio una variación genética ó polimorfismo: la A33050C. Este nombre fija su posición exacta en la secuencia del cromosoma 10 del genoma humano donde está ubicado el gen (a título orientativo y con objeto de relativizar este hallazgo es importante saber que este cromosoma contiene 1.357 genes y se compone de 131.666.441 pares de bases (el material constitutivo del ADN) y representa entre el 4 y 4,5% del total de ADN en las células). De allí surgieron una serie de correlaciones entre los genotipos que contemplaban este marcador y las respuestas dadas en determinados test de personalidad. Se deducía en la mayor parte de las ocasiones que había una clara asociación entre el polimorfismo VMAT y la autotrascendencia: “los individuos con una C [citosina] en su ADN –en uno de los cromosomas o en ambos- puntuaban más alto que los que tenían una A [adenina]” (5). Y de aquí se sacaron conclusiones: el análisis confirmó que mediante métodos estadísticos, las mujeres son más autotrascendentes que los hombres, aunque el gen VMAT2 siempre es el mismo con independencia de la persona. Igualmente, no existía una correlación específica en razón de la edad: a cualquier edad puede “expresarse”. Tampoco se podía establecer una desigualdad por razón de etnia ó raza. Y la última tuvo que ver son los resultados sorprendentes que se obtuvieron de una muestra de 1.001 hermanos, de los que 106 parejas tenían un VMAT2 diferente: “los hermanos y hermanas con una C puntuaron por término medio 1,5 unidades más que sus hermanos y hermanas con A”.

Esta realidad del VMAT2 tiene que convivir en laboratorio con casi 35.000 genes que codifican permanentemente proteínas y cuyas funciones solo las conocemos en una tercera parte de ellos. Y que continuamente están procesando señales en el cerebro que interactúan entre sí. Además, se conoce también en el laboratorio que existe una correlación perfecta entre las monoaminas, las catecolaminas, desarrollando una neurotransmisión a través de la dopamina, la noradrenalina, la adrenalina, la serotonina y la histamina, atendiendo a la función del VMAT2, sin descartar nunca las múltiples expresiones e interacciones que también producen estas aminas. Y, lógicamente, las estructuras cerebrales afectadas por esta neurotransmisión, centros neurales tales como el sistema límbico, ganglios basales, hipotálamo y cerebelo, entre otros (recomiendo la lectura de los post de este cuaderno en los que trato estas estructuras cerebrales).

Desde hace más de cuarenta años llevo tratando, con conocimiento expreso de lo que significaban, estas dialécticas como experiencia personal: razón-ciencia, cuerpo-espíritu, hombre-Dios, creencia-agnosticismo, y teísmo y ateísmo. Y desde ese tiempo, he encontrado siempre una base de investigación que no cierra puertas del campo del alma científica en la razón que emana de las estructuras cerebrales, con el diseño que aprendí de Teilhard de Chardin, aunque la vida me obligara posteriormente a olvidarlo en los procesos de búsqueda tantas veces reiniciados en el laboratorio de la vida. Fundamentalmente, porque aprendí de Teilhard en la adolescencia, gracias a la predisposición genética de aminoácidos y catecolaminas, así como al encanto y desencanto que aprendí de personas y situaciones cercanas y muy concretas, que “el mundo sólo tienes interés hacia adelante”:

“el avance hacia el punto omega se concebía en tres direcciones. La primera, de una actualidad clamorosa, se refería a la investigación como motor imprescindible y necesario para el progreso de la humanidad. Teilhard estaba enamorado de la investigación científica y lo demostró con su aportación a la historia de la paleontología, geología y antropología. Creía que la investigación sería un acicate permanente para entender la vida. Cuando escuchaba el viernes pasado al profesor Juan Pérez Mercader, comprendí de forma exacta lo que Teilhard preconizaba hace muchos años: la necesidad de la ciencia, en definitiva, la perentoriedad del descubrimiento de la primera razón de la vida, de su primer vestigio, para entender la evolución de la humanidad: “todo se debe profundizar y todo se debe intentar”.

El progreso actual es maravilloso desde esta perspectiva. Cuando leía en el año 1966 que “un día, mediante el perfeccionamiento de las síntesis albuminoideas acaso el ser humano consiga producir vida”, vivía aquello como una profecía ilusoria que después se ha ido fraguando en el conocimiento profundo de los procesos vitales. La genómica está facilitando la lectura y comprensión del libro de instrucciones que cada ser humano lleva grabado en su existencia concreta. Y estamos cerca de descubrirnos tal y como somos, tal y como nos proyectamos para ser en la preconcepción y posiblemente se podrán enderezar las existencias torcidas por una programación genética “defectuosa”, que hoy denominamos enfermedad, locura, discapacidad u otras etiquetas sociales que nacen como metáforas del dolor. Teilhard lo intuyó en sus investigaciones: el ser humano llegará a tener un gran dominio sobre la vida psíquica, sobre el cerebro, sobre su razón de ser como es. Pero esta misma capacidad se proyecta a veces en inventar cosas peligrosas. Teilhard conocía la guerra, el frente en su sentido más primigenio, y la capacidad del ser humano para destruir en una contradicción sin límites. Actualidad pura.

La segunda dirección del progreso está en la investigación sobre la propia existencia del ser humano. Es la clave del Universo. Hoy se sabe que desde hace “solo” tres mil seiscientos millones de años hay vida en la Tierra y que también es posible que hubiera vida antes en otros planetas, sobre todo en el planeta rojo, Marte. También existe consenso sobre la datación de nuestros antepasados más próximos, en unos 30.000 años, bajo la figura de hombre de Cromagnon. Y la debilidad de Teilhard estriba en su antropocentrismo terráqueo como meta de la evolución, algo que se discute hoy ampliamente. Por ello es apasionante conocer cómo comenzó la vida y saber en un futuro próximo si ya hubo vida en otros planetas al margen o antes que en el planeta que actualmente habitamos. Descifrar al ser humano es probablemente el “código de vida” que puede dar parte de la solución, porque la vida ya estaba antes. Incluso los creacionistas más radicales y las revelaciones cosmogónicas más arraigadas aceptan el principio antecedente de la vida: los cielos, el suelo o tierra, la haz de las aguas, etcétera, fueron antes que el ser humano (berechit bará elohim at achamayim uet aarest”: “en el principio (alfa) creó Dios los cielos y la tierra”, decían los pueblos ribereños del Tigris y Eúfrates, en el actual Iraq).

La tercera dirección era propicia en el terreno en el que se desenvolvía Teilhard: la unión entre ciencia y religión. No se debe sacar de contexto su realidad católica (era sacerdote jesuita) y la explosión de la Iglesia jerárquica contemporánea (años de posguerra mundial), porque traducía el sentir de la época: después de tres siglos de lucha entre ciencia y fe, ninguna de las dos ha dejado a la otra fuera de combate. La ciencia sigue sin tener todas las claves de la existencia. Se sabe cada día más, pero el factor sorpresa es continuo. Y genera un discurso muy denso en todas sus publicaciones científicas, donde siempre hay un homenaje a la dialéctica ciencia-religión, encrucijada que estudié contemporáneamente hace cuarenta años y que era terreno propicio para deserciones o abrazos teologales.

El punto omega sigue construyéndose. Esa era la gran aportación de la creencia en el ser humano. Algunos científicos trabajan sobre el punto alfa, el origen de la vida, y así lo entendí en la exposición del profesor Juan Pérez Mercader. Solo queda que el siglo del cerebro nos depare descubrimientos importantes sobre las claves de la inteligencia. Nos aproximará a la referencia de omega como fin simbólico de la existencia humana. Entenderemos por qué nos preocupa saber el origen y final de nuestras vidas” (6).

Sevilla, 1/VI/2008

(1) http://www.joseantoniocobena.com/?p=90
(2) Quincoces, G., Collantes, M. Catalán, R. et allii (2008). Síntesis rápida y simplificada de 11C-(+)-_-dihidrotetrabenazina para su utilización como radioligando PET de los transportadores. Rev Esp Med Nucl. 2008;27(1):13-21.
(3) Rozado, R. (2007). Los neurotransmisores en general (recuperado de http://www.psicomag.com/neurobiologia/LOS%20NEUROTRANSMISORES%20EN%20GENERAL.php, el 31 de mayo de 2008).
(4) Hamer, D. (2006). El gen de Dios. Madrid: La Esfera de los Libros, p. 83.
(5) Hamer, D., ibídem, p. 102-106.
(6) http://www.joseantoniocobena.com/?p=105

Estructuras cerebrales y Dios

Existen circunstancias en la vida humana, como la muerte, que obligan a parar el mundo, bajarse de él un momento y hacer preguntas existenciales que, en mi caso, siempre se encierran en tres, a modo de mandamientos de creencia necesaria y que se podría denominar en términos neuroteológicos síndrome de Qohélet, extraordinariamente presentado en el libro del Eclesiastés, 3, 1-22:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? ó en otra variación sobre el mismo tema: ¿Qué saca el hombre de todo su fatigoso afán bajo el sol?
– ¿Quién sabe si el aliento de la vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de la bestia desciende hacia abajo, hacia la tierra?
– ¿Quién guiará al hombre a contemplar lo que ha de suceder después de él?

Estas preguntas demandan respuestas que se elaboran en el cerebro a lo largo de la vida, habiendo ocupado las religiones diversas que existen en el mundo, dominadas por dos monoteístas, cristianismo e islamismo (3.400 millones de personas), un papel estelar en el prontuario de soluciones, orientando a millones de seres humanos hacia una creencia específica alojada en el “alma”: la de la existencia de Dios y sus diversas manifestaciones como solución integral e integrada a la lógica ilógica de la existencia humana resumida en las tres preguntas anteriores. Y curiosamente ya estábamos advertidos por Qohélet: la respuesta no la vamos a saber nunca porque “[Dios] también ha puesto el afán en sus corazones, sin que el hombre llegue [nunca] a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (Eclesiastés 3, 11).

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Aceptando esta realidad incuestionable sobre las creencias, por mera constatación histórica y estadística, se ha producido un acontecimiento científico que deseo profundizar como un capítulo de sumo interés en este cuaderno de inteligencia digital y que se abre a partir de hoy para sucesivas entregas. Se trata de un proyecto que se va a llevar a cabo en la Universidad de Oxford (fiel a su lema desde hace ocho siglos: Dominus illuminatio mea, “El Señor me ilumina”), “para investigar durante tres años “cómo las estructuras de la mente humana determinan la expresión religiosa”, en palabras de uno de los directores del proyecto, el psicólogo evolucionista Justin Barrett, del Centro para la Antropología y la Mente de la Universidad de Oxford y autor del libro ¿Por qué alguien creería en Dios?, para el que acaba de recibir 2,5 millones de euros de la fundación privada John Templeton (1), porque se constata hoy que “A sociólogos, antropólogos o filósofos, que tradicionalmente han estudiado el fenómeno de la religión o la religiosidad, se unen ahora biólogos, paleoantropólogos, psicólogos y neurocientíficos. Incluso hay quienes usan un nuevo término: neuroteología, o neurociencia de la espiritualidad”. Se podría comprender también en este enfoque la teoría del “descubrimiento del gen de Dios [VMAT2]”, discutida hasta la saciedad y preconizada desde 1998 por el genetista Dean Hammer, al descubrir una mutación genética de los transportadores vesiculares de monoaminas tipo 2 VMAT2 en el cerebro y sobre los que hablaremos en los siguientes post. Su fundamento científico radica en la importancia de esta proteína de membrana dado que “los VMAT2 están localizados en las terminales presinápticas de las neuronas dopaminérgicas, serotoninérgicas y noradrenérgicas y son los encargados del transporte de serotonina, dopamina, norepinefrina e histamina” (2). Y todas estas neuronas “predisponen” y “son facilitadoras” del “bien-ser” y “bien-estar” personal, en determinadas estructuras cerebrales y gracias a ellas. ¿Predisponen, por tanto, en un acto personal e intransferible de base química a tener fe y determinadas creencias?.

En el estudio de referencia, codirigido por Barrett, no se intentará resolver la cuestión de si Dios existe realmente, sino que se tratará de demostrar sobre todo si la creencia en Dios ha representado una ventaja para la humanidad desde el punto de vista de la evolución. También se analizará la posibilidad de que la fe se haya desarrollado como producto derivado de determinadas características humanas como, por ejemplo, la sociabilidad, utilizando las bases científicas de las ciencias cognitivas, que combinan una serie de disciplinas como la neurociencia, la biología evolutiva o la lingüística para estudiar el comportamiento humano: «Estamos interesados en averiguar exactamente en qué sentido la creencia en Dios es natural. Pensamos que hay más de eso de lo que la gente cree comúnmente», porque Barrett estima que se pueden comparar perfectamente los creyentes con los niños pequeños que creen que los adultos saben todo lo que hay que saber, es decir, esa tendencia a creer en la omnisciencia de los otros y aunque se corrige con la experiencia que dan los años, es necesaria para la cooperación y la socialización, y continúa con la fe en Dios: “normalmente continúa en la vida adulta. Es fácil. Es intuitiva y natural”. También se investigará sobre si los conflictos de índole religiosa son producto de la naturaleza humana o si la creencia en la vida después de la muerte es fruto de la selección natural o es algo que se aprende.

Cuando comenzaba a escribir este post he recordado también la investigación llevada a cabo por el neurólogo canadiense Mario Beauregard en 2006, autor del libro The Spiritual Brain (3), en una investigación sobre la actividad cerebral en 15 monjas carmelitas: “Tras una larga preparación, el cerebro de las carmelitas fue analizado por aparatos de resonancia magnética nuclear con imagen, electroencefalografía y tomografía mediante emisión de positrones, que miden el riego sanguíneo y los procesos celulares bioquímicos y psicopatológicos. Nunca se habían utilizado para este tipo de experimentos. El resultado fue que la actividad eléctrica y el oxígeno en la sangre aumentaron en 12 zonas del cerebro —un número superior al que suele requerir cualquier actividad intelectual—, y éste emitió también ondas theta, asociadas con la creatividad, la meditación y la memoria, y también delta, relacionadas con fases profundas del dormir y sueños que se hacen despierto” (4). Aunque “… las hermanas nos recordaron que Dios no puede ser convocado cuando se les antoje, y menos en el laboratorio de una Universidad, por mucho que esté insonorizado y que hayamos reproducido los colores y la luminosidad de sus celdas de clausura”, tal y como señalaba el doctor Beauregard. Más o menos como Qohélet, cuando recordaba la vanidad del afán en nuestros corazones al buscar la felicidad humana en el laboratorio de la vida, desesperadamente. Porque somos inteligentes, resolvemos los problemas cotidianos de la vida y somos capaces de creer en Dios ó en la Naturaleza, ó en las Personas, ó en la Sociedad (El hombre en la encrucijada, José Ferrater Mora), con carácter conjunto ó exclusivo, gracias a neurotransmisores que facilitan la posibilidad de “fabricar”, guardar y recrear las creencias, en determinadas estructuras del cerebro. Sencillamente, porque el cerebro humano está preparado y programado «naturalmente» para que seamos felices, aunque la felicidad se haya convertido en una mercancía y no en un derecho inalienable para los seres humanos.

Sevilla, 25/V/2008

(1) Salomone, M. (2008, 20 de mayo). ¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios? El País, p. 34.
(2) Quincoces, G., Collantes, M. Catalán, R. et allii (2008). Síntesis rápida y simplificada de 11C-(+)-_-dihidrotetrabenazina para su utilización como radioligando PET de los transportadores. Rev Esp Med Nucl. 2008;27(1):13-21
(3) Cembrero, Ignacio (2006, 24 de septiembre). Cuando Dios pone en ebullición el cerebro. El País, Domingo, p. 8.
(4) Beauregard, M. & Paquette, V. (2006). Neural correlates of a mystical experience in Carmelite nuns. Neuroscience Letters 405: 186-190

Memoria de desván

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Fragmento de El nacimiento de Venus (1482), Sandro Boticelli (1445-1510). Temple sobre lienzo. Medidas: 172,5 x 278,5 cm. Galeria degli Uffizi. Florencia.

Hago un alto en el camino científico del conocimiento del cerebro, como aportación a la deconstrucción de la inteligencia digital, publicando un relato corto, Memoria de desván, que he presentado a un premio de una institución pública andaluza y que no he “ganado” en el sentido más comercial del término, aunque me ha permitido participar y compartir una curiosa y larga espera para el posible reconocimiento público del jurado. Es verdad, mis premios no son de este mundo. Ahora, con esta entrega a la Noosfera, alcanzo mi mejor expectativa de “premio”: compartir pensamiento, sentimiento, conocimiento y momentos que puedan servir para comprender que otro mundo es posible, sobre todo para los que pertenecemos al grupo de los que queremos seguir aprendiendo a ser educados para una ciudadanía mejor.

También voy a entregar una confidencia. El relato responde exactamente a una experiencia personal que viví en noviembre de 1982, en La Punta del Moral (Ayamonte), en una madrugada real, oscura, alumbrada solo por una farola maltrecha y próxima al bar donde nos enrolamos para una experiencia que ahora he podido narrar sobre un pecio de mi cerebro, nunca mejor dicho. Y está escrito «con mil amores» (¡que expresión popular tan excelente…!) en homenaje a una persona a quien quiero segundo a segundo porque su actitud, como siempre, me ayudó a salir de las profundidades de un atlántico nocturno muy particular, que cuando llovía se mojaba no como los demás, sino como el agua cantada por El Lebrijano, según Gabriel García Márquez…

(Puedes bajarte el relato, Memoria de desván, en formato pdf, aunque a continuación puedes leerlo, al menos, con la misma ilusión que te lo entrego)

Memoria de desván

Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos días. Fueron sus ojos los que me devolvieron las fuerzas necesarias para seguir viviendo. Fue su cara la que me devolvió la ilusión de compartir de nuevo la vida con ella. Todo ocurrió en aquel desván del pueblo, cercano a la capital de la sierra. Abrí el pequeño baúl viajero, y todavía estaba allí. Era un grabado de colores desvaídos, en los que todavía se podía vislumbrar el pincel mágico de su autor, porque solo le había preocupado la mirada, dejarla intacta para los que quisieran recrearse en ella, sin importarle espacio ó tiempo.

Los pájaros intentaban entrar una y otra vez por el pequeño tragaluz de la buhardilla. Parecía que quisieran refugiarse allí y posarse en la mirada de aquella mujer pintada por manos expertas. Sin tocarla. Sin mancharla. Solo acompañarla con sus cánticos amables, llenos de frescura serrana, de luz cegadora, de frío casi glaciar, tiritando hasta alcanzar estertores de otro mundo, con aleteo insinuante, como diciendo: te queremos cuando te vemos, porque tu mirada nos conmueve. Los miraba con envidia y con cierto recato porque en cualquier momento podrían transportarla, entre algodones, a sus nidos picofacturados. Y podría perderla para siempre jamás.

Aquel descubrimiento fortuito de una noche de invierno me permitió reconstruir lo vivido lejano a través de una paleta de colores que me recordaban a Botticelli. Ocurrió hace veinticuatro años. Solíamos caminar juntos, en silencios clamorosos, buscando el mejor momento de decirnos palabras de reconocimiento que solo se podían trenzar a través de los sentimientos que habían nacido junto al mar, la mar de la Punta del Moral, cerca de la frontera portuguesa. En masculino, el océano atlántico. Aquella barriada era muy querida para nosotros porque habíamos conocido a un poeta local, siempre perseguido por la autoridad competente porque se resistía en una soledad clamorosa a que la casa de su niñez marinera, la de sus padres, desapareciera por la avanzadilla del turismo irresponsable. Y sigue siendo hoy un símbolo, viviendo en una casa rural rodeada por un campo de golf de última generación.

En aquella madrugada iban a ocurrir cosas que no sospechábamos al tomar el café de despedida para la singladura de fin de semana. Noviembre. Un viaje hacia alguna parte para las personas que nos escuchaban semana a semana en la radio local, en un programa de compromiso social para dar a conocer la dureza del trabajo diario de profesionales desconocidos. Y decidimos embarcar en una patera de aspecto clandestino, camino de la barra, acompañados por marineros avezados y una perra, Cañailla, que ladraba a los cuatro vientos como ahuyentando aquellos espíritus que adivinábamos a babor y estribor. Las instrucciones eran precisas: todos de pie, en fila india, en el centro de la frágil patera y sin movernos. Todos en silencio, excepto la perrilla, en una cáscara de nuez sin quilla.

Nos acercábamos al barco grande. Fue un abrir y cerrar de ojos al querer acariciarlo con las manos abiertas en la noche cerrada, tocando la proa. Aquella nuez enfadada por sobrellevar cuerpos inexpertos, se separó de la proa como si le hubiera dado miedo tanta confianza, bailó una danza inesperada y nos lanzó a la soledad del mar nocturno, de su mar amiga. En la oscuridad perversa de aquella noche estrellada, con una luz tenue que asemejaba un foco de bocacalle antigua, de tulipa, la única luz posible, orientaba a la protagonista de aquella foto del baúl para salvar a los que se habían caído al mar, a los compañeros de aquél trabajo comprometido con el dinero público, para trasladar a los hogares tranquilos de la provincia la realidad del mar de Sorolla, para que pudiéramos gritar a los cuatro vientos que luego decimos que el pescado es caro… Y sin saber cómo, cuándo y por qué, aquella sirena varada junto al barco nodriza de experiencias, El Largo, diecisiete metros de eslora, atenta a los movimientos airados de la vida, comenzó a izar uno a uno a los náufragos de la noche, en una interpretación mítica de un nacimiento propiciado por Venus, aquella mujer de la mirada ovalada y de amplia frente, recogiendo también en lo que quedaba sano de la barquilla las flores que se lanzaban desde el cielo.

Y fueron salvados. Un gesto sin precedentes. Una salvación insólita. Los pescadores del lugar decían a voz en grito que pocas veces se salvaban los pescadores que caían junto a las corrientes subterráneas de la barra, pero había bastado la confluencia de intereses divinos y humanos para que el nacimiento de Venus se hiciera extensivo a personas que podían formar parte del mito neoplatónico, porque las fuerzas desatadas del cielo y el mar se conjuraron para ayudar y ensalzar a aquella mujer, cuya mirada, cuando me asomé desesperado al nivel del mar, después de la caída, nunca más se me olvidaría.

No era cuestión de pesca lo que preocupaba al mar, la mar, aquél día. La singladura se hizo a pesar de todo, el mar estaba enfadado y pocos peces quisieron subir a las redes de aquellos hombres atenazados todavía por el disgusto que la propia mar, su mar de todos los días, les había proporcionado. Fueron horas interminables, palanganas de pescado fresco, alcatruces con pulpos pidiendo perdón antes de morir bajo las botas de aquellas personas que solo querían demostrar al mundo entero que otro mar es posible. Un ir y venir desenfrenado por la superficie de manga y eslora. Desencanto compartido porque las redes fondeaban una y otra vez el mar, la mar, en busca de peces imposibles. Silencios inconfesables para lobos de mar que debían ser corderos en tierra para poder seguir viviendo todos los días, todas las horas de una existencia marcada por el destino de las aguas de la mar fronteriza.

El día era espléndido. La emisora costera permitía saber de los demás aventureros de la noche y del día, pero el patrón no se atrevió a contar lo sucedido porque aquello no era posible en un barco de tierra, sin relación con los cielos, con un capitán intrépido hasta la muerte. Nadie lo iba a creer, porque los lobos de mar son dados a contar historias imposibles y aquello no parecía cosa de hombres, aunque el patrón era muy respetado en su círculo de amigos. Los nombres propios en portugués y español salían a la luz para identificar lo que hoy era un secreto a voces: “¡hoy no ha sido buena la singladura!” y por los altavoces corría un mensaje larvado que no se debía gritar a los cuatro vientos de la barra traicionera, aquello ya conocido por los hombres de la mar turquesa, lo que se traían entre manos, entre dientes. Los marineros de El Largo callaban, porque la historia vivida iba a ser la historia jamás contada. No tenían pesca para exhibir, pero llevaban en su mente, en su corazón, una historia de la madrugada que iba a dar mucho que hablar en el pueblo. ¿Cómo lo explico yo?, decía el patrón para sus adentros. Y volvió al puesto de mando para escribir cosas ininteligibles en su soledad sonora, en su cuaderno de bitácora tan particular.

Comimos en alta mar. Todo era compartido en una lección inolvidable. Fuentes, platos, cubiertos, jarrillas de lata, vino, pan, en una cocina muy acogedora, la proa desalojada de artes de pesca, con un mantel de agua salada. Boquerones, chocos, acedías y algunas gambas. Cigalas. Amistad y camaradería. Mareo de grumetes. Sala de máquinas. Experiencias y timidez a los cuatro vientos. Silencios en historias ocultas para algunos. Y una emisora de fondo transmitiendo saludos de localización y seguridad costera como intuyendo que algo había pasado en El Largo, como un secreto a voces que no se debía comentar entre hombres de la mar.

Eran las siete en punto de la tarde. Había que regresar a puerto, a la ría Carreras, y decir la verdad descarnada, aunque tuviéramos que contar muchas veces que se había intentado, que las redes se habían lanzado al mar como era lo habitual, que los alcatruces estaban allí como testigos de cargo de que los pulpos se habían rebelado antes de morir. Que habíamos vivido momentos de tensión inusitada para los aguerridos pescadores de la normalidad. Que habían asistido a una salvación que a lo mejor se podía contar hasta altas horas de la madrugada en el bar de Antonio, echando toda la imaginación que fuera posible para explicar con palabras cercanas lo que solo era posible en las películas de la medianoche, en el cine de las estrellas, en un Cinema Paradiso muy particular.

Llegamos, por fin, a la barra del pequeño puerto salvaje, sin los medios que necesitaría para evitar riesgos de todo tipo. Todo eran recuerdos de una salvación anunciada. Otra vez la mirada, siempre la misma, siempre en la cara ovalada, ligeramente inclinada sobre su hombro derecho, con la mano abierta sobre el pecho, con azul de fondo tomado de la mar cuando la pudimos disfrutar en calma. Prometí que nunca más la olvidaría, siempre sus ojos, siempre su alma, siempre su pudor de los años jóvenes, porque cuando todo era posible para que el mar enterrara definitivamente los sueños de cuentos que podían interesar al mundo de diario, una mano amiga, una posición correcta sobre la popa de aquella maravillosa nuez enfadada, bastó para que nunca más olvidara el poder de aquellos ojos, de aquella mirada que suplicaba a los dioses del mar que no dejara enterrar en sus entrañas a quien podía resucitar para una nueva vida, a pesar de la inexperiencia, a pesar del mar que lo llamaba voz en grito, como desesperadamente, en una noche cualquiera de noviembre.

Salimos a pasear cerca del quejigo que conocíamos como la palma de la mano. Aquella sierra permitía establecer un contacto especial con la madre Naturaleza. Los castaños ofrecían sus frutos turgentes, desafiantes y punzantes. Era una terraza terrenal que permitía adivinar cuadros de puestas de sol que no estaban al alcance de los mercaderes del arte. Y cuando nos dimos cuenta de la Hora, la foto del baúl -el cuadro de Botticelli- se nos apareció en una noche mágica, donde los dos Céfiros gritaban a los cuatro vientos que aquella Venus del mar, nacida en una noche de infierno, era sobrenatural. Era, sencillamente, una diosa.

Sevilla, 10/V/2008

Educación para la ciudadanía XI (a pesar de algunos jueces…)

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Fotograma de Billy Elliot (2000). Recuperado de http://www.billyelliot.com/pages/image3.html, el 29 de septiembre de 2007.

No pensaba volver a escribir sobre la idoneidad ética (suelo firme de la existencia individual y colectiva, según López Aranguren) de la asignatura de “Educación para la ciudadanía”, después de los diez post monográficos, en serie, que escribí a lo largo de 2007 en este cuaderno de inteligencia digital. Pero la última sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (sentencia y voto particular) no me deja tranquilo en el dolce far niente, pensando “que lo solucionen ellos”, a modo de Unamuno redivivo. Y he decidido retomar mi compromiso personal con la implantación de esta asignatura, sobre la que me he pronunciado de forma extensa y que a continuación reproduzco, uno a uno, en todos sus argumentos críticos (etimológicamente, del griego κρίσις, -εως [crisis, criseos], criticar: juzgar de las cosas, fundándose en los principios de la ciencia o en las reglas del arte), en todas sus variaciones sobre el mismo tema, con la ilusión de que quien lo lea los difunda si le parece ético, a modo de revolución activa a través de la inteligencia digital, con objeto de crear teoría crítica (examen y juicio acerca de alguien o algo y, en particular, el que se expresa públicamente sobre un espectáculo, un libro, una obra artística, etc.) ante tanta opinión trasnochada elevada casi siempre al rango de dogma inexpugnable. Sobre todo, porque podemos aprender, con esta asignatura, a ser felices:

Educación para la ciudadanía, para ESO (y X): …para todas, para todos…
Educación para la ciudadanía, para ESO (IX): cómo descubrir el filo cortante de la existencia
Educación para la ciudadanía, para ESO (VIII): la aventura del iceberg social
Educación para la ciudadanía, para ESO (VII): otra felicidad es posible
Educación para la ciudadanía, para ESO (VI): obligatoriamente obligados a resolver conflictos a través de la inteligencia
Educación para la ciudadanía, para ESO (V): aprender a ser feliz
Educación para la ciudadanía, para ESO (IV)
Educación para la ciudadanía, para ESO (III)
Educación para la ciudadanía, para ESO (II)
Educación para la ciudadanía, para ESO (I)
Educación para la educación en ciudadanía y derechos humanos
La educación del ciudadano: el álbum cívico
La educación del ciudadano: el álbum cívico (II)
Gracias, Profesor Marina

“Gracias por haber llegado hasta aquí conmigo. Recuerda: la amistad, la compañía, la ciudadanía responsable, la inteligencia compartida por medios digitales, son como la cuerda de tres hilos, porque difícilmente se pueden romper.

Pásalo(s), si crees que merecen la pena. ¡Perdón!, si merecen la felicidad propia y asociada…, porque te recuerdo también que a través de esta “asignatura” podemos aprender, todas y todos, a ser felices.”

Gracias anticipadas, también, por embarcarte en esta “Isla Conocida”. Será un placer hacer contigo esta singladura ética…

Sevilla, 3/V/2008

Retorno de lo vivo cercano

Este fin de semana no he podido cumplir, como quisiera, con mi cita semanal en este cuaderno de inteligencia digital. Pero he estado cerca de varios acontecimientos que he guardado en mi hipocampo personal e intransferible, en la búsqueda de la mejor ocasión para tratarlos:

1. Las tres preguntas del Eclesiastés, cada vez que salgo de una experiencia de lo vivo cercano:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga, si se demuestra antes ó después que todo es vanidad de vanidades, solo vanidad, algo así como intentar atrapar el viento?
– ¿Qué diferencia hay entre el hombre y el animal si ambos vuelven siempre al polvo?
– ¿Quien guiará al hombre a contemplar lo que hay después de él?

2. El retorno de lo vivo lejano, en palabras de Rafael Alberti:

Nos dicen: Sed alegres.
Que no escuchen los hombres rodar en vuestros cantos
ni el más leve ruido de una lágrima.
Está bien. Yo quisiera, diariamente lo quiero,
mas hay horas, hay días, hasta meses y años
en que se carga el alma de una justa tristeza
y por tantos motivos que luchan silenciosos
rompe a llorar, abiertas las llaves de los ríos.

3. Los ojos de María Celeste, el mascarón de proa preferido de Neruda, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal.

4. Un fotograma, que recupero a continuación del diario El País, de la película Buda explotó por vergüenza, como mensaje subliminal de un artículo excelente de Carlos Boyero, Exotismo con alma, que recomiendo en atenta lectura.

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5. Una frase de Arthur C. Clarke, que me ha hecho pensar de nuevo en mi pre-ocupación actual sobre el cerebro: “En sus artículos profesionales, un científico no puede confesar sus emociones, ni soltarse con simples intuiciones, ni limitarse a especular, soñar, sugerir, opinar… El científico tiene esa servidumbre; el escritor, no”.

Y cuando volví a casa, este cuaderno todavía estaba aquí. Tal y como me lo recuerda en muchas ocasiones el dinosaurio ¿despierto, dormido? de Tito Monterroso.

Sevilla, 27/IV/2008

Los pecios del cerebro

Ayer estuve leyendo detenidamente las últimas odiseas del Odyssey, valga el juego de palabras: “Odyssey confirmó ayer la hipótesis más probable sobre la identidad del pecio hallado en mayo de 2007 con un botín de 500.000 monedas de plata. El llamado Cisne Negro, el barco con el que la compañía mantiene desde entonces una dura pugna con España por sus derechos, es en realidad el Nuestra Señora de La Mercedes, un barco español hundido en 1804 por los ingleses frente a las costas del Algarve”.

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Lema pecio, en el Diccionario de la Academia Usual, (1803), p. 634 (2).

Su lectura me sugirió una metáfora acertada en relación con una estructura cerebral ya presentada en este cuaderno, el hipocampo ó caballo encorvado, porque -valga la expresión- en el cerebro también se pueden descubrir pecios. Los de nuestros antepasados, con el ejemplo sublime de Selam, la niña de Dikika, ó mediante la memoria a largo plazo, aquella que siempre está -como pecio durmiente y viviente-, aunque a veces no se manifiesta en un sabio control de la epifanía de la ética ó suelo firme de cada persona: “Y aparece así la estructura básica de la memoria a largo plazo, la razón de la razón (que no del corazón) en términos pascalianos. La información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. También puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes: “cuando el nivel emocional es elevado, las señales límbicas, vía septum,(la pared delgada que separa dos tejidos) alcanzan el hipocampo induciendo la síntesis de nuevas proteínas y de ese modo consolidar el trazo de memoria. De ese modo la huella débil y efímera se convierte en una memoria más robusta y duradera”. Y se avanza en esta investigación con afirmaciones rotundas que dejan entrever el papel primordial del hipocampo en esta tarea de grabación histórica: “el hipocampo recibe de la corteza grandes volúmenes de información multimodal, la asocia, la retiene durante el procesamiento, la amplifica, probablemente la compara con la ya existente y contribuye a su consolidación en la corteza cerebral. El hipocampo y la amígdala participan simultáneamente, tanto en los estados iniciales de la formación de la memoria, como en la recuperación”.

De acuerdo con la definición del DRAE, pecio (Del b. lat. pecium), tiene tres acepciones: fragmento de la nave que ha naufragado, porción de lo que ella contiene ó los derechos que el señor del puerto de mar exigía de las naves que naufragaban en sus marinas y costas. Y si por algo me ha interesado utilizar y desarrollar esta metáfora es porque los pecios del cerebro son aquellos fragmentos vitales de experiencias que no fueron aceptadas personalmente, de los fracasos, de aquellas frustraciones que se han mantenido como sentimientos displacenteros de incompletud que surgen y surgieron como consecuencia de conflictos psicológicos no resueltos, de las represiones múltiples que nos infligen o nos infligimos en la vida diaria, entendidas como rechazos hacia el inconsciente o hacia la memoria a largo plazo, de cualquier tendencia inaceptable que se mantienen también como conflictos psicológicos no resueltos. Fragmentos del hundimiento ético, personal e intransferible, en definitiva. Producidos por muchas causas, personales e intransferibles también, pero casi siempre construidas y elaboradas por temporales vitales en los que el abordaje ó asalto por los demás a mi propia experiencia era siempre posible por mi debilidad cerebral extrema.

Por eso me ha interesado esta experiencia marina, con ocasión del compromiso con los navegantes solidarios en la búsqueda de “Islas Desconocidas” o de pecios cerebrales a través de este cuaderno. Porque sí se sabe ya que el conocimiento del hipocampo personal puede ayudarnos a explorar nuestros pecios durmientes, con un objetivo claro, construir el cerebro feliz, es decir, que la inteligencia me permita conocer profundamente la ordenación y organización de mi cerebro, porque la inteligencia, apoyada muchas veces por la memoria a largo plazo, ayuda a resolver problemas con una finalidad confesada y confesable: ser feliz, porque es una finalidad de los lobos marinos de la vida, que somos todas y todos, sin que haya que atribuirle solo este título a los amantes y profesionales del mar.

De esta forma, la segunda acepción de pecio que se recogió por escrito, por primera vez en el Diccionario de la Academia Usual, en 1803, justifica metafóricamente y sin fisura alguna que la propiedad de los pecios cerebrales de cada persona, son solo de ella, sin que se deba reconocerse nunca algún derecho de las demás personas intervinientes en las vidas de cada una y de cada uno en la “localización” ó “recuperación” de los mismos, porque tanto “el navío que naufragase en ellos [en los puertos de mar de estos reynos] y lo que dentro de él hubiere, sean del dueño a quien antes pertenecían [las naves que naufragaban en sus marinas y costas]”. Se abre así un mundo de investigaciones basadas en el respeto de la propiedad de lo que queda después de cada hundimiento personal, aunque a veces se pongan algunos pecios personales en el gran mercado de la compraventa de las miserias humanas.

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Vuelvo a mi laboratorio de neurociencias y descubro que hoy, por medios digitales, puedo adquirir un real de a ocho procedente del bergantín español “El Cazador”, hundido en 1784 frente a las costas de Luisiana, en su último viaje desde Veracruz a Nueva Orleáns, llevando un importante cargamento de Reales a ocho de plata acuñados en las cecas de Méjico. Su pecio se descubrió el 2 de agosto de 1993 y ahora se puede adquirir cada real con la garantía de que “no hay dos iguales, ya que el paso del tiempo y el mar han dejado su huella en cada uno de ellos, embelleciéndolos de manera diferente”. Hoy sabemos también que si quiero recuperar algunos pecios cerebrales, fruto de hundimientos personales e intransferibles, no se sabe si por tormentas psicológicas o por piratas sedientos de lo ajeno (los ejemplos pueden ser múltiples, a “disgusto” del autor ó aurora…), las posibilidades de recuperación o de embellecimiento de cada experiencia vivida y guardada (tampoco hay dos iguales), con el paso del tiempo, no son tan simples como la compra de ese real de a ocho, del pecio “El Cazador”, a 59 euros la pieza, más 4 euros de gastos de envío.

Porque, en los pecios del cerebro, tampoco hay que confundir valor y precio.

Sevilla, 20/IV/2008

¿Por qué hablan las personas?

La grandeza del ser humano radica en demostrar a través de la inteligencia que lo biológico (la biosfera) solo tiene sentido cuando va hacia adelante y se completa en la malla pensante de la humanidad, en la malla de la inteligencia (la Noosfera). En definitiva, su tesis [la de Teilhard] radicaba en llevar al ánimo de los seres humanos la siguiente investigación: estamos “programados” para ser inteligentes. Para los investigadores y personas con fe, la posibilidad de conocer el cerebro es una posibilidad ya prevista por Dios y que se “manifiesta” en estos acontecimientos científicos. Para los agnósticos y escépticos, la posibilidad de descubrir la funcionalidad última del cerebro no es más que el grado de avance del conocimiento humano debido a su propio esfuerzo, a su autosuficiencia programada.

Del post, El punto omega (VII), publicado el 6 de mayo de 2006.

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Niño neandertal (Fotografía de PH. PLAILLY / ATELIER DAYNES, recuperada de El País, el 13 de abril de 2008: http://www.elpais.com/articulo/portada/cerca/elpepusoceps/20080413elpepspor_8/Tes

Sin lugar a dudas, entre otras razones entrelazadas entre sí, por culpa de FoxP2, el gen que, con un juego de palabras más o menos acertado, mejor se expresa. El cerebro vuelve a maravillarnos de nuevo hoy, a través del conocimiento científico del gen FoxP2, que me permite volver a centrar el foco de interés cerebral en la génesis y desarrollo de la habilidad del lenguaje humano, gracias a la expresión correcta y ordenada de este gen.

Además, en el proceso científico del ya pero todavía no, se ha celebrado en Cosmocaixa (Barcelona) una actividad científica, el pasado 11 de marzo, que intentaba dar respuesta a las siguientes preguntas, “algunas de ellas todavía abiertas”, [según el avance del programa], sobre la “realidad humana”, estrictamente humana, del lenguaje: “¿Qué otras especies tienen lenguaje aparte de los humanos? ¿Qué provocó la aparición del lenguaje? ¿Cuándo y cómo puede haber aparecido el lenguaje? ¿Cómo era el lenguaje de los primeros homínidos? ¿Se parecía al de los niños? ¿Cómo ha evolucionado el cerebro a causa del lenguaje?”, vinculadas con el título de la misma: Enigmas en torno a los orígenes del lenguaje, una Jornada Científica celebrada en el marco del 7º Congreso Internacional de Evolución del Lenguaje: Evolang 2008, en la que participaron tres autoridades mundiales en los orígenes y la evolución del lenguaje humano: Francesco d’Errico, Director de investigación del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Francia e investigador de la Universidad George Washington (EEUU); Friedemann Pulvermüller, de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), autor de The neuroscience of language. On brain circuits of words and serial order, y Gary Marcus, director del Centro de investigación de aprendizaje en niños de la Universidad de Nueva York (E.E.U.U.), autor de El nacimiento de la mente (1).

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La presencia de tres científicos de muy alto nivel, un arqueólogo, un neurobiólogo y un neuropsicólogo cognitivo, ha vuelto a traer a colación interrogantes de un calado excepcional, con tres variaciones interpretativas sobre el mismo tema, en todas sus manifestaciones posibles, pero en la búsqueda de un nexo común: demostrar el origen del lenguaje en los seres humanos. Y aquí es donde adquiere protagonismo especial el gen hablador, el FoxP2, por caracterizarlo de una forma muy amable con el proceso actual de investigación. En 2001 (2) se descubrió por primera vez la vinculación de este gen con trastornos del lenguaje y el habla en seres humanos, con una precisión muy importante: el FOXP2 no es específicamente un gen que permita el habla pero, a través de una mutación del mismo, se sabe que tiene la responsabilidad de expresarse mediante una proteína que permite el funcionamiento del circuito del lenguaje en el cerebro. Estos descubrimientos, junto con los que recientemente han tenido lugar sobre fósiles que datan de millones de años atrás (hay que recordar el hándicap principal en esta investigación sobre el lenguaje y el habla: el lenguaje no se fosiliza…), sugieren las preguntas con las que iniciaba este post y que se han abordado en la Conferencia de Barcelona.

Todavía me sobrecoge el descubrimiento de Selam (paz), la niña de Dikika, al que dediqué un post específico, cuando se valoró la localización de su hueso hioides como un hallazgo trascendental para conocer el origen del lenguaje en el “equipo” de fonación pre-programado en los seres humanos, a diferencia de los chimpancés y macacos más próximos en nuestros antepasados (siempre se ha dicho -desde el punto de vista científico y hasta con cierto desdén- que los monos no hablan): “Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides [Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe], que es el auténtico protagonista, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopitecus afarensis”. Nunca sabremos si Selam, que cumpliría hoy tres mil millones, trescientos mil años, dijo alguna vez ¡mamá!, aunque su hueso hioides nos permite vislumbrar que sí habló.

Se han planteado respuestas a todas las preguntas del encuentro y solo entresaco las que valoro de mayor interés para realzar el origen de las palabras en sí mismas y articuladas para formar la base del lenguaje. Por orden de intervención, Francesco d´Errico partió de un aserto irrefutable y ya introducido anteriormente: el idioma no se fosiliza en los yacimientos. Es una dificultad muy seria, pero se sabe que los comportamientos simbólicos eran una forma de expresarse, que los adornos corporales también formaban parte de una forma de comunicarse en las primeras experiencias para compartir territorios domésticos, naturales y de supervivencia. La expresión concreta, hablada, es otra cosa. Siempre he recordado mi aprendizaje de las primeras lenguas de los llamados pueblos ribereños, el arameo, caldeo y hebreo, de los territorios bañados por el Tigris y el Éufrates, cuando supe que la grafía de casa (bet) y espíritu (rúaj) estaba precedida de la experiencia de acogida y soplo divino con ese sonido gutural profundo tan sugerente y que ya explicaba en el post “El punto omega (VII)”.

Friedemann Pulvermüller defendió una tesis apasionante: el cerebro está preparado para captar señales, procesarlas en sus estructuras internas y expresar ese proceso interior mediante palabras más o menos afortunadas. ¡Cuántas veces habremos dicho: no me sale y lo tengo en la punta en la lengua! Los exámenes orales siempre fueron un gran test para legitimar los procesos de los aprendizajes y de la memoria como grandes protagonistas de la inteligencia, aunque históricamente también se olvidaba una estructura nuclear en estos procesos, el sistema límbico, regulador de los sentimientos y de las emociones, grandes facilitadores o inhibidores de las palabras habladas, del lenguaje en todas sus manifestaciones posibles, la gestual incluida. Demostró que con medios tan espectaculares como la resonancia magnética funcional se sabe que las redes neuronales interactúan entre sí en una sinfonía extraordinaria, donde bastan solo 20 milisegundos para que la secuencia percepción-palabra sea una realidad. Segundos vitales para los cerebros humanos, sanos o enfermos, donde se acaba de procesar una señal trascendental -casi siempre- para la vida ordinaria. Y también aplicó el llamado “principio de realidad” en las preguntas nucleares de la Jornada: «Desde la ciencia podemos describir las diferencias entre las capacidades de comportamiento de los animales y los humanos, como, por ejemplo, que las personas tenemos un vocabulario ingente, de más de 10.000 palabras, y que los monos apenas pueden aprender 300 símbolos. Que somos capaces de hacer sintagmas, frases complejas, combinar palabras casi hasta el infinito, de crear nuevos vocablos, y los animales no. No obstante, no sabemos por qué sucede así ni entendemos las diferencias de funcionamiento entre los cerebros de los animales y el de los humanos».

Y llegó Gary Marcus, que está en los cielos de la investigación actual más solvente, mi autor de los últimos meses, citado en los post más recientes (3) por su interesante aportación a la investigación del cerebro desde la genética, con una reflexión impresionante: “lo que hace interesantes a los humanos no es el hecho de las palabras en sí mismas, sino poder aprender y crear nuevas palabras”. Y revolucionó el auditorio con una sentencia espectacular: el lenguaje es un parche similar a la columna vertebral, un mal diseño de la evolución para soportar el peso del cuerpo. Y lo que señalaba anteriormente como anécdota también es una preocupación para Marcus: el rol de la memoria en los procesos lingüísticos y del habla, sobre todo en los bebés y en la primera infancia, como presunta contaminante de estos maravillosos procesos, aunque el equipo fonador de la niña de Dikika (su pequeño hueso hioides) nos demuestre de forma terca que el punto alfa de la inteligencia que se expresa mediante el gen FoxP2 ya estaba allí.

Sevilla, 13/IV/2008

(1) Marcus, G. (2005). El nacimiento de la mente. Barcelona: Ariel.
(2) Lai CS, Fisher SE, Hurst JA, Vargha-Khadem F, Monaco AP. (2001). A forkhead-domain gene is mutated in a severe speech and language disorder. Nature. Oct 4;413(6855):519-23.
(3) El cerebro del escribano añil, Los cerebros del plateliminto: nou-darake y Las mudanzas del cerebro.

Estereotipo machista 6: «¡Buscad la mujer!»

Estoy leyendo en estos días, en los que por razones personales e intransferibles tengo que practicar sobremanera el arte de callar, empezar y acabar, un libro de gran valor historiográfico, Historia general de Al Ándalus, de Emilio González Ferrín. Paso páginas en un entorno muy especial, un hospital comarcal, en el que los silencios son cómplices de una microhistoria de andaluzas y andaluces que luchan por mejorar sus vidas, por estabilizar sus cerebros, por encauzar sus sentimientos y emociones. Y llegando a la página 65 me encuentro con una expresión, cherchez le femme, que constituye un claro exponente de estereotipo machista, a sumar a los cinco que comencé a analizar en julio de 2007 (Estereotipo machista 1: «las mujeres hablan como cotorras») y que animo a leer de nuevo. Esta expresión la utiliza González Ferrín para plantear de forma espléndida que todo está en perpetuo movimiento y que Al Ándalus es “hijo de su tiempo anterior y padre del posterior”, es decir, coincide con el hilo conductor de este cuaderno de derrota: el mundo solo tiene interés hacia adelante: “aquel célebre cherchez le femme -la machista exageración ilustrativa acerca de que en cada delito hay una mujer implicada de alguna forma- debe cambiarse por ¿qué hay más?, cada vez que afrontemos un supuesto conflicto religioso” (1).

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Estando en esta dialéctica de viaje permanente de mi corazón a mis asuntos, he encontrado hoy una razón para escribir en mi cuaderno preferido sobre un estereotipo que aparece siempre detrás de muchas investigaciones sociológicas sobre la violencia de género. Parece que aquella frase de Alejandro Dumas, padre, ¡buscad la mujer!, que pone en boca del jefe de policía por nombre Monsieur Jackal (Il y a une femme dans toute les affaires; aussitôt qu’on me fait un rapport, je dis: “Cherchez la femme”: Hay una mujer en todos los asuntos; tan pronto como se me hace un informe, digo: ”¡Buscad la mujer!”) (2), resuena todavía en muchas cabezas de hombres mal-educados desde la perspectiva de género, dejando sombras de dudas y sospechas en la sórdida acción de cada mujer maltratada, ¡algo habrá hecho!, cada vez que conocemos que una mujer ha muerto a manos de sus parejas, maridos ó cualquier fórmula que se utilice para simbolizar la paradójica convivencia hombre-mujer.

Y es curioso constatar cómo la misma historia también ha elaborado socialmente una expresión de raíces poco claras desde el rol de mujer: detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, con conflictos claros de los diferentes roles a desempeñar por cada una y por cada uno en la vida, sin admitirse todavía la inversión de los términos, es decir, las claras dificultades que existen para admitir socialmente que detrás de una gran mujer siempre hay un gran hombre [sic]. Es más, rizando el rizo genético y de las actuales investigaciones en neurociencias, en el cerebro de hombres y mujeres, se sabe ya a ciencia cierta (nunca mejor dicho) que en cada cerebro de hombre están presentes también las estructuras del cerebro de mujer (con un papel estelar de las hormonas y de los neurotransmisores), y viceversa, y que el desarrollo de las mismas es lo que nos hace inteligentes para resolver los problemas de rol femenino y masculino de todos los días.

Pero mientras que avanzamos en esta demostración científica, es decir, que en el cerebro del hombre también está presente el cerebro de la mujer, y viceversa, cherchez l´homme et le femme dans le cerveau, lo que todavía -por desgracia- parece como más acertado desde la perspectiva de este estereotipo machista por excelencia, es la interpretación que de esta frase nuclear hizo en su día Groucho Marx: “Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer y, detrás de ella, su esposa”. Aunque solo le hubiera faltado decir: ¡que la busquen!…, como a su famoso niño de cuatro años, sabelotodo.

Y continúo con la lectura sobre Al Ándalus, ¿qué hay más?, buscando como Mario, el inteligente cartero de Neruda, la poesía de la vida, porque en este aquí y ahora “no es de quien la escribe, es de quien la necesita«.

Sevilla, 6/IV/2008

(1) González Ferrín, E. (2007). Historia general de Al Ándalus. Córdoba: Almuzara (2ª ed.), p. 63-65.
(2) Dumas, A. (1874). Les Mohicans de Paris (acto tercero, escena VI), en Théatre complet de Alexandre Dumas (Vol XXIV), París: Michel Lévy Frères, p. 103-104.

Plácido…, Azcona

Como pequeño homenaje a Rafael Azcona, a quien tanto admiraba y admiro.

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Fotografía recuperada de http://www.hoytecnologia.com/noticias/Azcona-aventura-cambio-cine/4147, el 30 de marzo de 2008

Me lo contaba un amigo hace unos días. Ya lo había avisado Rafael Azcona al finalizar una entrevista de años atrás: ¡menudo muerto les dejo! Era una premonición sabia de su fallecimiento, el pasado domingo, dejando un vacío en mi memoria de hipocampo, en el recuerdo imborrable de una película de 1961, Plácido (Siente un pobre en su mesa, su título original), asociada siempre a Rafael como coguionista, que marcó mucho mi pasión por el “cine comprometido”, como se decía antes. Porque me devolvió a mis años de infancia y adolescencia en Madrid, en el barrio de Salamanca, donde había Plácidos y familias burguesas dispuestas en Navidad a sentar pobres en su mesa con dosis de neorrealismo celtibérico, no italiano, sin que el pobre de Cesare Zavattini, el guionista italiano de moda, tuviera culpa de ello.

Conocí personalmente el mundo de los isocarros, los fregaos (en palabras de Plácido) para pegar las letras mes a mes, los coordinadores de las campañas para sentar pobres y ancianos en las mesas de los “pudientes”, los urinarios públicos atendidos por mujeres que reflejaban su dignidad mediante delantales blancos rodeados de puntillas, impolutos. Las estrellas gigantes de Navidad de papel de plata con orientación imposible hacia la izquierda (¡qué paradoja!), los repartos por sorteo (te tocaba un pobre al que había que atiborrar -al menos la noche de Nochebuena- para adormecer las conciencias católicas, apostólicas y romanas), para demostrar en ruedas de prensa, también imposibles, con amistades, compañeras y compañeros de trabajo, y vecindad, que “se tenía un pobre en casa”, la sutileza no confesable del cambio de las sábanas “buenas” por las “corrientes” para depositar al pobre enfermo -acogido como rey por un día– que encima se muere y que en aquella corrosiva película arrancaba frases corales de este tenor: «Con lo bien que iba la campaña, ¡qué fatalidad!».

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El guión no tenía desperdicio y Azcona lo sabía. Con motivo de la promoción de las ollas Cocinex, la burguesía -donde reside la clave del dinero y el buen hacer- se puede llevar a casa por una noche a grandes artistas, como el lote de “la más prometedora promesa de nuestro cine, Maruja Collado y el niño cantor Paquito Yepes”. Además, por la buena causa de “cene con un pobre”, la gente de clase media y alta puede elegir entre los ancianos del asilo o los pobres de la calle. Y se retransmite en directo una cena en la casa de la presidenta de la Comisión de Damas que es la que organiza esta campaña “de maravillosa hermandad, de magnífica caridad o de hondo significado, que une a pobres y a ricos en todos los hogares de la ciudad”. Inconmensurable. Tan real como la vida misma.

Hoy, pueden cambiar los actores, el decorado, incluso los pobres, y seguro que no habrá problema alguno de patrocinadores. Menos, probablemente, la nueva clase de nuevas ricas y de nuevos ricos que asola el país, en todas las proyecciones de supuesta riqueza posible, dispuestos a sentar a los nuevos pobres en sus mesas, como maravillosa y nueva hermandad, pero sin que cambie un ápice su patrimonio mental, personal, familiar y social, asentado todo en la falta de educación ciudadana y en la mayor de las pobrezas: la autosuficiencia basada en el des-conocimiento [sic]. Pero Rafael Azcona, desde donde quiera que esté, puede volver a escribir un guión utilizando el mismo discurso porque la doble moral sigue campando por sus respetos. Digo moral y no ética, porque esta última sigue, con perdón, sin saberse qué es, como gran desconocida que fundamenta todos los actos humanos, constituyéndose en el suelo firme de la vida, la solería de nuestra existencia. Berlanga y Azcona lo resumieron maravillosamente en la letra desgarradora y trucada (¿dónde estaba el censor de turno?) del villancico final de la película: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá. Y no se puede andar por la vida sin suelo, aunque los Plácidos de turno tengan que escenificar, a veces, que la felicidad está en los plazos interminables que hay que pagar para tener una vida sobre ruedas. Porque, para ser, ¡eso es otra cosa!

Sevilla, 30/III/2008