Debemos cambiar el presente

La Fundación Vicente Ferrer ha presentado una campaña, “El poder de cambiar el presente”, a la que me quiero sumar a través de este cuaderno digital, porque considero que el presente en la India es todavía una isla desconocida. El detalle de la campaña se puede conocer a través del portal específico que la Fundación ha creado a tal fin. En síntesis, el resultado pretendido es superar cuatro situaciones especialmente preocupantes para asegurar el desarrollo de la India rural:

– En la India, la discriminación por motivo de castas afecta a 165 millones de personas.
– El 47% del total de niñas se casan, sin su consentimiento, antes de cumplir los 18 años de edad.
– 13 millones de niñas y niños se ven obligados a trabajar para subsistir en medio de la pobreza extrema.
– Casi 62 millones de niños y niñas sufren desnutrición crónica y retraso del crecimiento entre los 0 y 6 años.

En la zona donde trabaja la Fundación, el Estado de Anda Pradesh, no tienen casi nada millones de personas. Aquí, en España, en Andalucía, tenemos todavía la oportunidad de atender las situaciones difíciles de nuestro país, pero nada comparable con la realidad de millones de niñas y niños de la India que viven en la precariedad más absoluta. Debemos estar atentos este fin de semana a la petición puntual del Banco de Alimentos para nuestro país, para nuestra Comunidad Autónoma, claro que sí. Pero en India esperan también nuestra solidaridad, constante no sólo puntual, hecha magia a través del bindi (el círculo rojo pintado en la frente), un símbolo enraizado en la comunidad india para expresar que la vida sigue teniendo interés cuando va hacia adelante…, un símbolo de sabiduría, energía y positivismo, porque no solo podemos sino que debemos cambiar el presente, muchos presentes por cierto, incluso más cerca de lo que creemos.

Agradecería que si has llegado hasta aquí, te comprometas a seguir divulgando esta campaña por el medio que puedas, así como la del Banco de Alimentos de este fin de semana, hoy y mañana, para poder atender un presente de pobreza muy duro en Andalucía. No las olvides, por favor, aunque sea a través de la palabra, un poder extraordinario que debemos controlar para no convertirla en pura mercancía, en mano de los mayores opinadores y tertulianos del Reino, porque la necesitamos para alzar la voz y cambiar también con ella nuestros numerosos presentes.

Sevilla, 28/XI/2014

Juan se fue a su Cielo

CAMINANDO

Nos dicen: Sed alegres.
Que no escuchen los hombres rodar en vuestros cantos
ni el más leve ruido de una lágrima.
Está bien. Yo quisiera, diariamente lo quiero,
más hay horas, hay días, hasta meses y años
en que se carga el alma de una justa tristeza
y por tantos motivos que luchan silenciosos
rompe a llorar, abiertas las llaves de los ríos.

Rafael Alberti, Retornos del otoño

Se nos ha muerto como del rayo, Juan, a quien tanto queríamos, un amigo de sus amigos, persona a la que conocí antes de que me la presentaran, porque era muy especial. Todos me hablaban muy bien de él porque era diferente, sobre todo bueno en el buen sentido de la palabra bueno. Estos momentos son muy dados a panegíricos de la persona que se fue de este mundo, pero solo pretendo hacer un alto en el camino y reflexionar sobre la muerte humana, la muerte de Juan.

Las personas que quiero saben que siempre comento la muerte como una pregunta en vida de muy difícil respuesta, como a otras cuestiones que nos ocupan y pre-ocupan [sic] todos los días. Ante esta situación siempre recuerdo la voz de la experiencia histórica de una persona de comunidad, de nombre Eclesiastés, que tuvo que enfrentarse al auténtico problema de la muerte, que en el fondo es un problema de cómo comprendemos y valoramos el tiempo. Y he encontrado en él una sabia respuesta.

En la vida hay tiempo para casi todo, porque todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, matar, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra, y paz.

Ante este panorama complejo, cuando se aproxima la realidad de la muerte, todo se encierra en tres preguntas fundamentales sobre el factor tiempo en vida:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? o en otra variación sobre el mismo tema: ¿Qué saca cualquier persona de todo su fatigoso afán bajo el sol?
– ¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida de los animales desciende hacia abajo, a la tierra?
– ¿Quién le guiará a contemplar lo que ha de suceder después de él?

No conocemos las respuestas, cuestión que nos deja solos ante el peligro de un mundo diseñado muchas veces por el enemigo. La verdad es que el Eclesiastés ya lo advirtió hace muchos siglos, a las personas que tenían creencias: las respuestas no las vamos a conocer nunca porque “[Dios] también ha puesto el afán en sus corazones, sin que el hombre llegue [nunca] a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (Eclesiastés 3, 11).

Para los que buscamos desesperadamente comprender estas ausencias sin el apoyo de Dios, el Eclesiastés nos dejó una clave maravillosa que enmarca una respuesta posible: caminar juntos buscando la felicidad y hablar de Juan con entusiasmo, de sus cosas, de su alegría contagiosa, de su amor apasionado, de cómo nos enseñó a amar por encima de todo, en su Cielo tan particular, incluso de forma que no todo el mundo comprende: más valen dos personas que una sola, pues obtienen mayor ganancia de su esfuerzo, pues si cayeren, una levantará a la otra; pero ¡ay de la persona sola que se cae!, que no tiene quien la levante. Si dos se acuestan, tienen calor; pero la persona sola ¿cómo se calentará? Todo es más sencillo así, porque la amistad es como la cuerda de tres hilos, que no es fácil romper.

Ni incluso cuando ya sabes que nos falta una persona tan especial, Juan, que comprendía muy bien la necesidad de hacer camino en la vida, juntos…, al andar.

Sevilla, 26/XI/2014

El Club de las Personas Dignas (II)

Llevo tiempo navegando en una patera muy particular, que cuando llueve se moja como las demás, muy frágil, lejos de los cruceros existenciales en los que siempre me quieren meter con la consabida frase: es que al fin y al cabo, José Antonio, todos vamos en el mismo barco… (1)

Me han animado muchas personas a seguir escribiendo sobre este Club, que ya advertí que acepta a personas como yo, a diferencia del que preconizaba Groucho Marx. Lo hago por responsabilidad personal e intransferible en momentos de desasosiego y frustración ante las diferentes variables de crisis que sufre la sociedad, en las que no todos estamos en la misma posición, pero de la que sí participamos de un modo u otro.

El Club de las Personas Dignas, al que pertenezco, pretende construir permanentemente e ir siempre hacia adelante, como esta Isla Desconocida, ante un estado de opinión en el que predomina el todo vale porque, al final, todos son iguales y poco se puede hacer por cambiar las cosas, embargados por la tristeza, conformismo y tibieza que le es consustancial: ¡total, para qué vamos a luchar, si el final ya lo conocemos y da igual, hagas lo que hagas! La indignación que recorre plazas mayores y calles de ciudades y pueblos, por todo el país, es una muestra de que algo está cambiando de nuevo, a través de gritos de protesta que simbolizan muy bien que esto no puede continuar así. ¿Qué está pasando, para que se trate y descalifique por igual a casi todo el mundo al que se considera que está enfrente de la situación real que viven muchas personas, jóvenes sobre todo, con carencias sustanciales para vivir, para no sufrir más allá de lo que parece razonable, para alcanzar una felicidad real y legítima en este primer mundo? Porque todos no somos iguales.

Para empezar a trabajar de forma anónima en el Club, muy respetuoso con este clamor popular del 15M o con la crisis en general, se exige una dosis especial de autoexigencia en el trabajo diario, porque es la gran carencia social en la actualidad y espejo en el que se miran muchas personas paradas, por supuesto. Si somos empleados públicos, como es mi caso, se nos debe exigir más que a nadie una respuesta ética diaria, en los términos que ya escribía en este blog en junio de 2010, sobre “La dignidad de los funcionarios”: “Creo en la dignidad de la función pública, aunque soy consciente de que hay que ganar segundos de credibilidad a diario, porque se pierden con una facilidad inusitada todos los días. Credibilidad que pasa por recuperar ética pública en las pequeñas cosas: puntualidad en los tiempos públicos, sobre todo cuando son de los demás, que están esperando ser atendidos por nosotros, trabajar mucho y bien, de forma impecable, desde dentro, desde la trastienda pública, para mejorar día a día la Administración en el trabajo que nos corresponde, con el denominador común del interés público, sabiendo que nos movemos siempre en un triángulo crítico: tiempo, espacio y dinero, públicos. Credibilidad pública, para quien la trabaja, para quien la recibe. Es una auténtica lástima que solo se produzcan movimientos de denuncia pública de la situación funcionarial cuando nos tocan el bolsillo [o nuevas formas y estilos de ser funcionarios], no preocupándonos a diario cuando nos tocan el alma a muchos funcionarios por culpa de algunos, internos, externos y mediopensionistas, que tiran por tierra el trabajo digno que defendemos muchas personas que ejercemos funciones públicas desde los numerosos puestos de trabajo que nos permiten ofrecer al ciudadano lo mejor de nuestra Casa Pública, de lo que llevamos dentro de la propia Administración, en la que trabajamos día a día y en el puesto que nos corresponde”.

Es decir, dignidad personal e intransferible, dignidad pública, frente a la tristeza y tibieza, públicas, que también existen.

Sevilla, 30/V/2011
(1) http://www.joseantoniocobena.com/?p=1477

El cerebro digital es digno

En estos días han saltado a la palestra las personas indignadas, a través de la revolución digital, en la que me encuentro ya instalado al pertenecer al club de las personas dignas, no así al de las indiferentes, conformistas y tibias. Las tecnologías de la información y de la comunicación están haciendo su mayo muy particular, como instrumentos de relación, colaboración, cooperación y, sobre todo, de participación activa. Es decir, inteligencia digital en estado puro. Esta es la nueva realidad social, digital por cierto, que tenemos que aceptar de una vez por todas.

Y es incuestionable la posición que juega el cerebro en esta acción, propiciando inteligencia para actuar contra el conformismo establecido, con la ayuda de las tecnologías de la información y comunicación, sabiendo que hay varias proyecciones inteligentes para acudir a plazas públicas y comunicar al mundo mundial que algo se mueve en una sociedad que acusa signos de tristeza, indiferencia, conformismo y tibieza.

¿Qué es un cerebro digital digno, que posibilita la inteligencia digna? Hay muchas formas de abordar esta pregunta, pero ofrezco tres respuestas:

1. Una estructura muy compleja que aporta alma a la sociedad indigna, con su acción celular (noosférica), alternativa y creadora, haciéndose visible mediante teoría y acción crítica, con utilización plena de la inteligencia digital, entendida como la capacidad que tienen las personas de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

2. Una estructura de sentimiento y emociones que permite despertar a las preguntas de la vida, las de la ciencia de la vida, a través de la indignidad que subleva, revisando el porqué de todas las cosas, con utilización plena de la inteligencia digital, entendida como la capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para el contexto comunitario o cultural en el que vive cada persona, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

3. Una estructura que permite la imaginación para dar respuestas eficaces a los problemas diarios de las personas, con utilización plena de la inteligencia digital compartida/conectiva, entendida como factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, cuando están al servicio de la ciudadanía.

Porque cuando falta alma, falta la vida. Da casi todo igual. Y el cerebro digital digno no se conforma con ello, integrándose a partir de ese momento en el Club de la Personas Dignas.

Sevilla, 21/V/2011

El cerebro kluge

KLUGE

La vida diaria me lo viene demostrando con una claridad palmaria: el cerebro no responde siempre tal y como esperamos de él. Menos, cuando vamos del timbo al tambo. Y no he tenido más remedio que rescatar de mi biblioteca un libro que ya cité en su momento en este cuaderno de “derrota”, utilizando el vocabulario de las personas que aman el mar. Y eso pasa porque el cerebro es kluge, es decir, es el resultado final y en constante evolución de una evolución azarosa, un auténtico ingenio biológico, evolutivo, que se va adaptando a tenor de las circunstancias que rodean a cada persona a lo largo de la vida, porque partimos de la base de que es imperfecto. De ahí que tengamos que reconocer que nos equivocamos, es decir, es el cerebro el que se equivoca mediante actos humanos, porque siempre es el que da las órdenes finales para nuestras actuaciones. Y muchos resultados no son los esperados, generando desencanto.

Ya estoy leyendo el libro sobre el que he pensado siempre que me puede aclarar muchas cosas sobre este planteamiento introductorio. Lleva por título, Kluge (1), a secas, escrito por Gary Marcus, al que tantas veces he citado en este blog, sabiendo que no es Cooper, es decir, que no está en los cielos, sino en el terco día a día: “Y llegó Gary Marcus, que está en los cielos de la investigación actual más solvente, mi autor de los últimos meses, citado en los post más recientes por su interesante aportación a la investigación del cerebro desde la genética, con una reflexión impresionante: “lo que hace interesantes a los humanos no es el hecho de las palabras en sí mismas, sino poder aprender y crear nuevas palabras”. Y revolucionó el auditorio con una sentencia espectacular: el lenguaje es un parche similar a la columna vertebral, un mal diseño de la evolución para soportar el peso del cuerpo. Y lo que señalaba anteriormente como anécdota también es una preocupación para Marcus: el rol de la memoria en los procesos lingüísticos y del habla, sobre todo en los bebés y en la primera infancia, como presunta contaminante de estos maravillosos procesos, aunque el equipo fonador de la niña de Dikika (su pequeño hueso hioides) nos demuestre de forma terca que el punto alfa de la inteligencia que se expresa mediante el gen FoxP2 ya estaba allí” (2).

Empiezo por aclarar el vocablo Kluge, cuya traducción más acertada la encontramos en la lengua alemana: ingenioso, pero en un contexto que nos hace tocarnos la ropa: el ingenio que hay que desarrollar para que una máquina funcione, como sobre la que el autor demuestra el origen del vocablo, un alimentador de papel, de la marca Kluge, “inventado” en 1935, como complemento de las impresoras mecánicas: “…era un mecanismo de lo más caprichoso, sujeto a frecuentes averías y endemoniadamente difícil de reparar, pero ¡qué ingenioso!» [¡qué kluge!].

La tarea que tengo por delante es asombrosa: descubrir por qué falla el cerebro, sabiendo que la naturaleza lo ha predispuesto en clave de kluge. La sabiduría popular lo traduce en saber “agudizar el ingenio”. Porque es difícil aceptar que vengamos así de fábrica, con defectos, con taras que ha propiciado la propia evolución, preparándonos a lo largo de existencia de cada persona para tomar conciencia de esta situación, reflejada en los fallos de la memoria, en los sentimientos y emociones que no somos capaces de controlar y, lo que es verdaderamente abrumador, saber que enferma en el momento en el que la maquinaria que creíamos perfecta del organismo, no le presta verdadera atención. Vuelvo a repetirlo: la maquinaria corporal, no nosotros, ni el alma humana.

En la contraportada del libro se dibuja un horizonte complicado, pero muy valiente, porque Gary Marcus sí que agudiza su ingenio para demostrarnos que merece la pena tomar conciencia de la debilidad del cerebro kluge: “Nuestro cerebro, lejos de ser un órgano perfecto, es un kluge, un apaño, o más bien, un conjunto de apaños improvisados por la evolución para resolver diversos problemas de adaptación. En todos los ámbitos de la experiencia humana, la memoria, el lenguaje, el placer o la capacidad d elección, podemos reconocer indicios de una mente construida en gran medida a través de la superposición progresiva de parches sobre estructuras anteriores de la evolución. De ahí la fiabilidad del cerebro a pesar, paradójicamente, de su maravillosa capacidad intelectual: podemos resolver problemas de física o matemáticas de una complejidad inmensa y al mismo tiempo ser incapaces de solucionar de manera lógica un conflicto, recordar dónde hemos dejado las llaves del coche o qué hemos desayunado esta mañana”.

Y en un jueves santo, en el que mi cerebro lleva trabajando 23494 santos días (incluyendo los de gestación), no dejo de admirarme, como buen animal que soy capaz de admirarme de todas las cosas, en la clave aristotélica, cómo es posible que haya llegado hasta este aquí y ahora, resolviendo básicamente problemas…, a través de un cerebro imperfecto pero ingenioso, un auténtico kluge.

Sevilla, 21/IV/2011

(1) Marcus, G. (2010). KLUGE. La azarosa construcción de la mente humana. Barcelona: Ariel.
(2) ¿Por qué hablan las personas?: http://www.joseantoniocobena.com/?p=447

Los cerebros ciegos al color

CEREBROS CIEGOS

El día de salida. Ammar Awad (REUTERS) – 25-03-2011. Una mujer usa su teléfono móvil para filmar a manifestantes durante una concentración que exige la destitución del Presidente Ali Abdullah Saleh, de Yemen (Fotografía recuperada de El País, el 27 de marzo de 2011)

La foto que antecede estas líneas me ha recordado una enfermedad que estudié hace años, la acromatopsia [ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color], atraído por la lectura de un libro excelente, La isla de los ciegos al color, de Oliver Sacks, que ya presenté en noviembre de 2009, con motivo de la experiencia sentida por una foto de Erick Lessing, que comenté en un post: Nuevas sonrisas, nuevas lágrimas.

Mujeres, vestidas de negro, en actitud de oración y sumisión. Todas menos una, con una gorra blanca, teléfono con cámara digital en mano, que se levanta simbólicamente, captando un mensaje de necesidad de progreso en el conocimiento, en la libertad: manifestantes contra la tiranía en Yemen. También aparece un niño, con camiseta azul, buscando algo perdido: ¿libertad? Es una imagen que sugiere muchas interpretaciones, sobre todo la que representa la necesidad de integrar la vida en todas sus capacidades cromáticas. Porque en el mundo árabe, el color siempre fue interpretado con matices de belleza, con policromías que hemos heredado en este país, por ejemplo, por las cerámicas tan maravillosamente trabajadas con las manos.

La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises. Porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida en libertad, sin dejar ninguno atrás, como reflexionaba en el post citado: la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y las lágrimas, permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. O para protestar, en clave religiosa, como el símbolo fotográfico de esta mujer de Yemen. Toda una lección.

Sevilla, 26/III/2011

La inteligencia es bella

Ayer celebré el día de mi santo. Suena como algo muy antiguo, pero tengo que reconocer que me despierta sentimientos y emociones de mi niñez madrileña y de la reniñez andaluza. Y con este motivo, un amigo entrañable que me conoce muy bien me regaló un video de Roberto Benigni, en una intervención memorable en el último Festival de San Remo, cantando a capella, sin más, el himno italiano (1), en momentos tan difíciles para Italia en búsqueda de su dignidad humana y política. Pasen y vean…, e intenten comprender su mensaje:

Contesté a este regalo, que deja su estela, recordando mensajes que aprendí del guión de la película interpretada por Benigni, La vida es bella, leído por mí en bastantes ocasiones. Me ayudó a comprender también que la inteligencia es bella, cuando ayuda a resolver problemas del día a día. Guido Orefice o Roberto Benigni, tanto monta-monta tanto, el protagonista, explicaba bien cómo podíamos ser inteligentes al soñar en proyectos: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y sabiendo distinguir el norte del sur. También, porque cuidaba de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta. Hasta el último momento.

Gracias a los que me recordaron. Os devuelvo a todos estas palabras de afecto a través de la Noosfera, como muestra del respeto que me produce el hecho de que un personaje histórico, José, hace muchísimos años, ocupara un papel tan destacado en la historia de la humanidad: respetar a una mujer que era diferente, de nombre María. Nada más, porque no podía entender por qué ocurren determinadas cosas en la vida bella.

Sevilla, 20/III/2011

(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Il_Canto_degli_Italiani

Hambrientos y alocados

Hace mucho tiempo, mi hijo Marcos me hizo un regalo precioso: una dirección en Internet que me permitió aproximarme a la persona de secreto de Steve Jobs, el fundador de Apple. Era una conferencia que Steve Jobs pronunció el 12 de Junio de 2005 en la Ceremonia de Graduación —Commencement— de la Universidad de Stanford (1). Nunca la he olvidado. Ahora, con ocasión de la lectura de un reportaje en la revista dominical Magazine, el domingo 13 de febrero de 2011, que se distribuye conjuntamente con 25 diarios de toda España, con una tirada de un millón de ejemplares, donde se volvía a citar esta referencia histórica de Jobs, escribí esta carta. En agradecimiento especial a Marcos, a la Noosfera. Obviamente, a Steve Jobs, porque sigo hambriento y alocado.

El reportaje sobre las creencias de Steve Jobs (Magazine, 13/II/2011), finaliza con un mensaje sorprendente que lleva años dando vueltas en internet: «Seguid hambrientos, seguid alocados». Que las personas jóvenes de espíritu sigan este aserto es una forma noble de emular a personas como Jobs, que ha demostrado que se puede triunfar siendo diferentes, teniendo creencias firmes a pesar de los fracasos.

El hambre y la locura recomendadas por Jobs deben ser entendidas como la capacidad de alternar la crudeza de la vida diaria con el bienestar personal, mediante “lecturas especiales/ideales” de lo que está ocurriendo. Necesitamos contar con una base: creer en la naturaleza o en la sociedad, en las personas o en un Dios. Como Jobs, que siempre creyó en Apple.

Carta publicada en Magazine, 27/II/2011

(1) http://socrates.ieem.edu.uy/articulos/archivos/323_sigan_hambrientos.pdf

Las coacciones de la electrónica: no hay personas de repuesto

TIEMPOS MODERNOS
Fotograma de Tiempos Modernos (Charles Chaplin, 1936)

En mi trabajo diario tengo oportunidades evidentes de comprobar cómo la tecnología en informática plantea siempre el dilema ético de situación, en la aplicación y uso racional de la misma, es decir, la dialéctica del doble uso de los grandes progresos científicos en el ámbito digital. Ya he tratado esta cuestión en discusión a lo largo de páginas concretas en este blog, sobre todo al abordar la ética digital, pero en esta ocasión lo hago al tener conocimiento de la publicación de dos libros extraordinarios del escritor polaco Günther Anders (1) que giran sobre un hilo conductor común y muy sugerente: La obsolescencia del hombre: Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (volumen I) y Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial (volumen II).

El autor centra su ensayo, desde el principio, en esta idea “del hombre que se experimenta a sí mismo como “anticuado” y pequeño frente a los aparatos técnicos, que se presentan como los auténticamente “bien dotados” y que le hacen avergonzarse de su humanidad: “No hay hombres de repuesto”, escuchamos decir a un enfermo terminal en un asilo para desahuciados, y se lo escuchamos decir como sonrojado porque en la era de la técnica no se haya inventado aún nada definitivo contra la caducidad de la existencia humana. Este sentimiento de vergüenza, dado que no podemos sentir vergüenza sino ante una mirada ajena, nos indica que ahora son las cosas, las máquinas, quienes nos miran. El hombre moderno desearía ser sólo un engranaje, debería ser sólo eso, pero misteriosa y trágicamente aún no está del todo adaptado a la explotación mecánica, y eso es lo que le abochorna, su propia humanidad residual” (2). Ante esta perspectiva apocalíptica, en algún sentido, sigo construyendo teoría crítica digital sobre cómo la tecnología permite conocer mejor el cerebro, por qué es feliz, por qué enferma, por qué nos emocionamos, por qué expresamos sentimientos, por qué resolvemos problemas día a día, con el auxilio de las tecnologías de la información y comunicación.

Voy a leer los dos libros porque estoy preocupado con el desplazamiento de la inteligencia digital como derecho de realización personal, por el poder de la mercancía digital, que simbolizaba recientemente en mi post sobre el síndrome de la última versión: “Lo más grave es que la versión de la inteligencia no sé tampoco por cual versión va. La del alma, ni te cuento. La del corazón, creo que ya va por una versión inalcanzable. Y mientras salgo a comprar lo último de lo último que indican los gurús de la mercadotecnia, en la tarde previa a la Nochebuena, porque la versión última de la Navidad, la del año pasado y anteriores, ya no sirve, me encuentro que para muchas personas la ultimísima ya está agotada. Y la frustración es enorme, porque “el sentimiento displacentero de incompletud” de las personas que se frustran porque no tienen la última versión de todo lo que está quieto o se mueve a nuestro alrededor, es una realidad que no está versionada”. En definitiva, como comenta José Luis Pardo: “Por eso, amedrentado y fascinado por el mundo de la producción, el hombre “decide” pasarse a la condición de producto, y la llamada “ingeniería humana” (human engineering), fisiotécnica y robótica, le suministra el modo de fragmentar su conocimiento en habilidades subhumanas que subsisten mecánicamente con independencia de la totalidad de la que proceden”. Una reflexión para seguir construyendo teoría crítica digital, positiva, racional, al servicio de la inteligencia de las personas.

Sevilla, 20/II/2011

(1) Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre. Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (volumen I). Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial (volumen II). Valencia: Pre-Textos.
(2) Pardo, José Luis (2011, 19 de febrero), “No hay hombres de repuesto”, El País, Babelia, 9.

CONGRESO NACIONAL DE INTEROPERABILIDAD Y SEGURIDAD

CNIS

La sede de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, en Madrid, acogerá los días 22 y 23 de febrero 2011, el “CONGRESO NACIONAL DE INTEROPERABILIDAD Y SEGURIDAD – CNIS”, organizado por el Club de Innovación, especialista en la divulgación y el fomento de la innovación y la modernización de las Administraciones Públicas, con el apoyo del Ministerio de Política Territorial y Administración Pública y de la Federación Española de Municipios y Provincias – FEMP, siendo el principal foro de debate sobre los Esquemas Nacionales de Interoperabilidad y Seguridad al año de su aprobación.

Sevilla, 12/II/2011