Zenobia Camprubí

ZENOBIA 

Puede ser una paradoja que muchas personas no entiendan. El próximo 25 de octubre se celebra la conmemoración del 50 aniversario de la concesión del Premio Nóbel a Juan Ramón Jiménez. Y es verdad que en este año se han preparado múltiples eventos para celebrar este gran acontecimiento. Pero me gustaría rescatar en este día a una persona que empecé a conocer por sus excelentes traducciones de Rabrindanath Tagore cuando era niño (Pájaros perdidos) y también en la adolescencia inquieta: Zenobia Camprubí, la excelente compañera de vida de Juan Ramón, la enamorada impenitente de una persona extraordinaria en su realidad existencial, difícil, desaforada, extraña, alejada de un siglo en el que estaban obligatoriamente obligados a vivir y entenderse.

Zenobia Camprubí Aymar, mujer ejemplar en etapas de la vida “nacional” que nunca se tendrían que haber escrito, ha representado a la inteligencia creadora y comprometida de las mujeres del segundo plano, de aquellas que han dejado todo, en el pleno sentido de la palabra, para acompañar el éxito de sus parejas masculinas, en el que la retroalimentación ha sido en el mayor número de ocasiones un auténtico calvario de vaciamiento existencial. Y creo que la conocí mucho mejor en mis múltiples visitas a la Casa Municipal de Cultura “Zenobia y Juan Ramón”, en Moguer (Huelva), pueblo en el que viví algunos años (1976-1978) por temporadas, en el Hotel Fuentepiña, edificio desaparecido hoy en su función hotelera y recuperado para el pueblo, afortunadamente. En aquella Casa de Zenobia y Juan Ramón, el guía que la atendía con dedicación y primor, Pepito, siempre repetía las mismas frases de ternura hacia Zenobia, cuando subíamos a la primera planta y entrábamos en su habitación dormitorio: “qué guapa, verdad, siempre se dedicó a atender a Juan Ramón, porque él creía que siempre estaba enfermo”. Allí había un cuadro, con una fotografía de esta excelente mujer y para ella eran las palabras más cálidas de la visita. Tengo que reconocer que allí empezó mi interés por conocer su apasionante vida. Gracias a Pepito, enamorado de la obra y vida del matrimonio Jiménez-Camprubí, que en una de mis últimas visitas a Moguer, me enseñó con gran orgullo el perejil de plata que le habían entregado en la excelente Fundación Juan Ramón Jiménez, y que muchas veces me había sellado los libros que compraba en ediciones que casi nadie quería, pero de un valor incalculable por ser primeras ediciones, con las firmas autógrafas de Zenobia Camprubí de Jiménez y Juan Ramón Jiménez.

Zenobia vivió con dedicación plena a Juan Ramón. Recientemente, se ha publicado el tercer tomo de su Diario, y tal como manifestaba Andrés Trapiello, en el suplemento Babelia de El País, de 7/X/2006: “estamos ante una obra donde no cabe mayor seriedad: han sido dictados por la consciencia y por la paciencia, es decir, por un pensar y un padecer únicos y muy hondos”. Es una gran desconocida para el gran público porque todos los honores se los llevó siempre Juan Ramón, pero la lectura de su obra diaria permitirá recuperar la autenticidad y grandiosidad de esta mujer culta, inteligente, sensible, compañera, amiga y enfermera sempiterna de “su único hijo, Juan Ramón”, en un amor correspondido a su manera y que se traduce con exactitud existencial en su dedicatoria a los diarios: “A Zenobia de mi alma, que la adoró como la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz”. Ahí está la clave de su éxito.

Sevilla, 13/X/2006

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