Cambio de hora

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La próxima madrugada va a producirse un fenómeno que afectará no solo a los relojes convencionales, sino también a los relojes biológicos y cerebrales. Me he planteado muchas veces qué ocurriría si haciendo caso a Groucho Marx, se parase el mundo una hora y comenzara a funcionar la moviola personal, contemplándola desde algún sitio privilegiado al haberme bajado a tiempo de mirar hacia atrás en sesenta minutos privilegiados. Es una experiencia muy singular y que todos podemos intentar reproducir. Si en este momento, cuando está leyendo estas líneas, que puede ser el de cada uno en particular, parásemos la vida ordinaria y reconstruyéramos lo que ha pasado en los últimos sesenta minutos, es decir, atrasáramos los relojes vitales personales e intransferibles, nos asombraríamos de los comportamientos ejecutados y pondríamos en el circuito cinematográfico de la vida nuestra película corta jamás contada.

Quizá es el momento en el que el deseo de trasladar al mundo digital el comportamiento cerebral se puede hacer más visible. Veamos por qué. Hace una hora el cerebro grababa sin parar, en la función “rec” (en rojo) que traen todos los aparatos grabadores convencionales, lo que estaba ocurriendo fuera y dentro de nuestra masa corpórea y de la inconfundible corteza cerebral. Millones de conexiones mediante el cableado neuronal estaban transmitiendo captación de señales de todo tipo, guardando con mayor o menor calidad (según el comportamiento de los neurotransmisores)  lo que sucedía en los alrededores y en el centro de mi vida particular, con consciencia o sin ella, elaborando respuestas, atenazado por el principio de realidad de la experiencia. Algunas grabaciones pasaban todos los controles cerebrales y emocionales sin toma de conciencia real de lo que estaba pasando en la última hora fugaz. Así millones de veces. Las dendritas, esas ramas de árbol de las células cerebrales estaban trabajando sin parar cumpliendo múltiples funciones: distinguiendo imágenes, colores, siluetas, alertas de peligro, acudiendo a toda prisa a mi biblioteca particular (nooteca) para comparar comportamientos con situaciones anteriores y preparar las respuestas, cargando de glutamato y serotonina mi pensamiento y mis emociones hasta llegar a configurar sentimientos, esos estados placenteros de duración determinada pero constante que configuran mi manera de ser, especialmente cuando recuerdo.

Y así durante sesenta minutos. Y la memoria haciendo su trabajo para retener el corto plazo vivido, viajando hacia el hipocampo, ese pequeño caballo trotón encorvado, celoso cuidador de la existencia guardada y evocada, cuidando la consolidación de lo ocurrido, de lo que ya no tiene remedio, de lo que quedará guardado para siempre, para el largo plazo, para cuando se evoque lo vivido lejano. Aquí nace la paradoja del símil que planteaba al principio. Mientras que en mi aparato grabador particular, de música, de vídeo o de cualquier imagen, puedo reproducir lo que ha ocurrido en la última hora, tantas veces sea necesario, me guste o me lo permita la calidad de la grabación, de forma puramente mecánica porque siempre se tienen que dar las mismas condiciones técnicas para que se lleve a cabo la reproducción, en el cerebro no ocurre igual. Lo ocurrido en la última hora ha podido salir reforzado o destrozado por experiencias vitales remotas ó próximas, dependiendo de mi física y química temporal, pero tengo la patente de corso como ser humano de que la grabación no ha sido una experiencia en balde o de puro mercado, como la de mi grabador de marca comercial. Todo lo que ha ocurrido, mejor dicho casi todo, queda en lo más profundo del cerebro, para cuando haga falta recordarlo o sea estrictamente necesario o mi memoria esté disponible. El hipocampo de nuevo.

Cien mil millones de posibilidades, tantas como neuronas, existen de promedio en la corteza cerebral, alcanzando una cifra extraordinaria que da para muchas grabaciones en cada historia particular. Sin embargo, no se pueden borrar tan fácilmente. Esa es la gran tragedia o el gran éxito de la vida. Plasticidad y conectividad, dos llaves maestras para acceder al “cableado de la memoria”, a la caja negra de los recuerdos. Depende de lo que haya ocurrido en esta última hora, con millones de componentes interactuando, para que pueda recordarlo o borrarlo para siempre. Pero la función de borrado no se traduce en el cerebro a una tecla que desencadene esa función. Al creador del ser humano, cualquiera que fuera o fuese, se le olvidó esta pieza. Por eso, hacer este tipo de experiencias nos puede ayudar a separar lo que ha sido de lo que es y será. Aunque acaricio la idea de que algún día de retraso de hora, no muy lejano, pueda parar mi reloj cerebral y ordenar sus funciones. Con la libertad de grabar, reproducir y borrar, si la experiencia traumática de los últimos sesenta minutos no ha sido algo feliz o deseable en mi corta vida. O copiar lo mejor de mi vida para regalarlo sin nada a cambio. Todo llegará cuando sepamos mucho más de lo que ocurre en mi hipocampo particular, cuando cabalgando sobre él en los laboratorios de la neurociencia sepamos algún día por qué grabamos la vida a pesar de nosotros mismos y de los derechos adquiridos sobre nuestra asombrosa y paradójica “propiedad intelectual”.

Sevilla, 28 de octubre de 2006, unas horas antes de intentar retrasar una hora mi reloj cerebral…

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