Ardiente impaciencia

Sigo trabajando, con ardiente impaciencia (Neruda dixit), en las tareas preparatorias de la publicación digital de mi libro Inteligencia digital. Las cosas del “palacio” cultural van despacio porque obtener el ISBN tarda mes y medio según datos oficiales del Ministerio. Hasta allí no llega la revolución digital. Después vendrá el depósito legal y otras cuitas necesarias para dignificar la publicación con garantías para todas y todos. Pero adelanto algunas características del mismo. Las 371 páginas comprenden 1900 párrafos, 12967 líneas, 111319 palabras y 608644 caracteres. El índice recoge quince capítulos, con epígrafes sugerentes para la comprensión de su hilo conductor, entre los que destaco: cerebro humano y cerebro digital, inteligencia individual, inteligencia conectiva, inteligencia digital y habilidades sociales: la inteligencia social, ¿digitalizar la inteligencia?, inteligencia digital en el siglo XXI: Noosfera, inteligencia digital, gestación y nacimiento, inteligencia digital y escuela, inteligencia digital y sociedad, inteligencia digital y Administración Pública, y ética digital de la Noosfera.

Como la espera puede hacerse tediosa, avanzo hoy la continuación del Prólogo que ya figuraba en el post anterior (¿recuerdan: ¡continuará…!?). Acababa aquella transcripción abordando la comprensión del constructo “inteligencia digital”, con la definición del concepto “inteligencia” en el marco de su primera “aparición” en 1734, con el siguiente detalle:

inteligencia-drae-marzo2007.jpg
Real Academia Española (1990). Diccionario de Autoridades (Ed. facsímil). Madrid: Gredos (Orig. 1726-1739).

“y posteriormente recogidas en todas las versiones tuteladas por la Real Academia Española, hasta llegar a la última edición del Diccionario de la Lengua Española (1), del que nos interesa rescatar también las siete primeras acepciones del vocablo: capacidad de entender o comprender; capacidad de resolver problemas; conocimiento, comprensión, acto de entender; sentido en que se puede tomar una sentencia, un dicho o una expresión; habilidad, destreza y experiencia; trato y correspondencia secreta de dos o más personas o naciones entre sí y sustancia puramente espiritual, destacando sobremanera la quinta acepción en correlación con la habilidad, destreza y experiencia (también recogida en el Diccionario Académico de Autoridades como tercera acepción, de forma excelente: inteligencia significa también destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que se manejan y tratan, nacida de haberse hecho muy capaz de ella), que se desarrolla más adelante de forma extensa (Capítulo 5) y que supone la visión que fundamenta el objeto de este libro.

La palabra “digital” es la más novedosa en la realidad social actual y en el esquema de la teoría de Negroponte. Según el Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española, 2001), el adjetivo “digital” (incorporado por primera vez en la edición –Manual- de 1983) también tiene una marcada importancia en el citado constructo, dado que es una cualidad referente a los números dígitos y en particular a los instrumentos de medida que la expresan con ellos. Hasta esta edición, figuraba la siguiente definición en el Diccionario de 1992: cualidad mediante la que todas las magnitudes se traducen a números con los que una máquina –computadora electrónica- opera para realizar cálculos (2). En la acepción de Nicholas Negroponte (3), el mundo digital se concibe como el cambio de la materia por energía y del átomo por el BIT (unidad mínima de información digital que puede ser tratada por un ordenador; proviene de la contracción de la expresión binary digit (dígito binario), es decir, ancho de banda ilimitado que permita inundar de bits a las personas, fibra óptica a bajo precio, y una emisión de bits independiente de la velocidad a la que los consumamos. Ser digital proporciona mayor facilidad para acceder a la información que se desea y una información de mayor calidad: la digitalización supone una mayor cantidad de información en un espacio mas reducido, lo que se traduce en trabajo más humano, ocio, educación, etc. en contraposición a la dependencia de la burocracia más denostada por el entorno “atómico” en el que nos desenvolvemos.

Pero el autor que desde hace más de cuarenta años sigue aportando frescura a mis pensamientos y sentimientos digitales es, curiosamente, Pierre Teilhard de Chardin, geólogo, paleontólogo y sacerdote jesuita francés, nacido en 1881 en Francia y que finalizó su vida de forma bastante trágica en 1956, en Estados Unidos. En un libro recopilatorio de artículos de Tom Wolfe, El periodismo canalla y otros artículos (4), encontré en 2001 una referencia a Teilhard de Chardin (a quien debo mi interés manifiesto por el cerebro desde 1964), que tiene una actualidad y frescura sorprendentes: “Con la evolución del hombre –escribió-, se ha impuesto una nueva ley de la naturaleza: la convergencia” (…) Gracias a la tecnología, la especie del Homo sapiens, “hasta ahora desperdigada”, empezaba a unirse en un único “sistema nervioso de la humanidad”, una “membrana viva”, una “estupenda máquina pensante”, una conciencia unificada capaz de cubrir la Tierra como una “piel pensante”, o una “noosfera”, por usar el neologismo favorito de Teilhard. Pero ¿cuál era exactamente la tecnología que daría origen a esa convergencia, esa noosfera? En sus últimos años, Teilhard respondió a esta pregunta en términos bastante explícitos: la radio, la televisión, el teléfono y “esos asombrosos ordenadores electrónicos, que emiten centenares de miles de señales por segundo”. La cita es lo suficientemente expresiva de lo que Teilhard intentó transmitir a la humanidad a pesar del maltrato que sufrió por la Autoridad competente del momento, tanto científica, como ética y, por supuesto, religiosa (católica).

Quiero justificar también el subtítulo de este libro: una introducción a la Noosfera digital. Desde 1964 no he cesado en el trabajo subterráneo para descubrir la quintaesencia de la Noosfera que descubrí en la obra completa de Teilhard (del griego “nóos” inteligencia y “sfaíra” (5), esfera: conjunto de los seres inteligentes con el medio en que viven, de acuerdo con la definición de la Real Academia Española, aceptada desde 1984), como tercer nivel o tercera capa envolvente (piel pensante) de las otras dos que consolidan la evolución del ser humano: la geosfera y la biosfera. En esta etapa actual de investigación sobre la inteligencia digital, que deseo compartir con la malla pensante de la sociedad actual, he comprendido muchas claves que la difícil historia de España, en el siglo pasado, no permitían vislumbrar.”

No me resisto a decirlo, al finalizar el post de este día: ¡próximamente en este salón, digital por supuesto…!.

Sevilla, 21/IV/2007

(1) Real Academia Española (2001). Diccionario de la Lengua Española (22ª ed.). Madrid: Espasa.
(2) Para analizar la inclusión de los lemas informáticos, electrónicos y digitales en las sucesivas ediciones del Diccionario de la Lengua Española, es importante conocer el trabajo crítico de sinopsis realizado por José Antonio Millán (2004). Los términos informáticos en el Diccionario de la Academia. Recuperado el 31 de agosto de 2006, de http://jamillan.com/infordra1.htm.
(3) Negroponte, N. (1995). El mundo digital. Barcelona: Ediciones B., 25-35.
(4) Wolfe, T. (2001). El periodismo canalla y otros artículos. Barcelona: Ediciones B, 98s.
(5) Es muy interesante resaltar la quinta acepción de “esfera” aceptada por la Real Academia Española (RAE): “5. fig. Ámbito, espacio a que se extiende o alcanza la virtud de un agente, las facultades y cometido de una persona”, RAE (2001), Diccionario de la Lengua Española (22ª ed.). Madrid: Espasa.

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