La sede de la inteligencia: dos metros de curvas maravillosas

Me ha sorprendido siempre la morfología de la estructura básica que interconecta en millones de ocasiones la corteza cerebral. Ya la he abordado desde múltiples perspectivas en este blog, pero nunca me había detenido en profundizar su anatomía real. Y me produce una sensación especial saber que si desplegáramos sobre una mesa los pliegues sinuosos que la conforman, podríamos encontrarnos con una superficie, un mantel, de dos metros cuadrados, aproximadamente. Por eso, he decidido investigar las razones científicas que “aconsejan” esta forma de presentarse en sociedad, aunque al final la representación más feliz de su estructura visible solo alcanza el tamaño de una servilleta de 50×50 cm. Mantel y servilleta, un conjunto armónico para conocer mejor la sede de la inteligencia. Y con un volumen, jarra, de 600 cm3.

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Figura 1: Imagen del cerebro humano que utiliza colores y forma para demostrar diferencias neurológicas entre dos personas. Foto cortesía de Arturo Toga, neurólogo en la Universidad de California, de Los Ángeles (LONI), y director del Centro para la biología computacional (Se puede consultar una referencia completa de la misma en mi libro “Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital”, pág. 71 ss.).

El planteamiento anterior no deja de ser una metáfora preciosa, pero ¿a qué es debida su morfología actual? Si no es posible comprender bien la sede de la inteligencia entre manteles, servilletas y jarras, acudimos necesariamente al análisis anatómico y obtenemos algunas conclusiones verificadas de forma experimental. En la observación del laboratorio de piezas de la corteza cerebral, se detectan unos pliegues en forma de circunvoluciones (del latín, circum, en derredor y volutio, vuelta; también conocido como gyrus, círculo), y surcos (del latín surcus, surco) entre ellas. Estos pliegues se forman de acuerdo con la hipótesis de la tensión neuronal, es decir, las áreas corticales interconectadas a través de las fibras nerviosas se atraen mutuamente y se abomban hacia fuera creando una circunvolución. De forma contraria, las áreas con pocas interconexiones aparecen separadas por los surcos. El cerebro prefiere adoptar, por necesidad, la forma de la servilleta, que ya expliqué en el post Las islas de Reil o en Cerebro y género: una cuestión de amígdalas.

Muchas veces he insistido en la importancia de la pre-concepción del ser humano, sobre todo en la fase de neurulación en el vientre materno, es decir, en el proceso de formación del tubo neural: “El sistema nervioso humano se desarrolla a partir de una capa pequeña y especializada de células ubicadas en la superficie del embrión. En las primeras etapas del desarrollo, esta capa de células forma el tubo neural, una envoltura estrecha que se cierra entre la tercera y cuarta semana del embarazo para formar el cerebro y la médula espinal del embrión. Cuatro procesos principales son responsables del desarrollo del sistema nervioso: la proliferación celular, un proceso en el cual las células nerviosas se dividen para formar nuevas generaciones de células; la migración celular, un proceso en el cual las células nerviosas se mueven desde su lugar de origen hasta el lugar donde estarán el resto de la vida; la diferenciación celular, un proceso durante la cual las células adquieren características individuales; y la muerte celular, un proceso natural en el cual las células mueren” (1).

En el desarrollo embrionario del ser humano, los pliegues y surcos a los que hemos hecho alusión anteriormente, ya aparecen en el quinto mes de gestación. Todas las células corticales se van “acomodando” en el lugar adecuado de la corteza donde a lo largo de la vida cumplirán funciones exactas, determinadas por la evolución de la especie natural o interpretadas por relatos creacionistas, solo alteradas a veces por razones que todavía la ciencia no puede explicar en numerosas ocasiones. Otras sí. Y se van acostumbrando a trabajar en condiciones extremas, en pliegues y surcos, cuya misión fundamental es acortar distancias para garantizar la calidad de la comunicación física y química que ya viene programada en el carné genético. Verdaderamente fascinante.

Es de tan vital importancia el viaje iniciático de las neuronas durante el embarazo, que las investigaciones actuales de alteraciones en este recorrido embrionario no dejan lugar a dudas sobre la formación adecuada de los pliegues y cursos. Una enfermedad ya conocida, la esquizencefalia, nos aproxima a la realidad enferma de esta estructuras: en un “trastorno del desarrollo poco común caracterizado por surcos o hendiduras anormales en los hemisferios cerebrales (…) Los individuos con hendiduras en ambos hemisferios, o hendiduras bilaterales, a menudo presentan retrasos en el desarrollo y en las capacidades del habla y del idioma y disfunciones córticoespinales. Los individuos con hendiduras más pequeñas, unilaterales (hendiduras en un hemisferio) pueden presentar debilidad en un lado del cuerpo y poseer inteligencia promedio o casi promedio. Los pacientes con esquizencefalia también pueden tener grados variables de microcefalia, retraso mental, hemiparesia (debilidad o parálisis que afecta a un lado del cuerpo) o cuadriparesia (debilidad o parálisis que afecta las cuatro extremidades) y una reducción del tono muscular (hipotonía). La mayoría de los pacientes sufre convulsiones y algunos pueden presentar hidrocefalia” (2).

Ya sabemos una razón de la circunvolución: es necesaria para acortar distancias. Y los surcos determinan aún más la necesidad de la proximidad. Una paradoja que aplicada a la vida ordinaria puede llevarnos a interpretaciones poderosas de la necesidad de religación. A la inteligencia humana, también. No por azar, sino por necesidad. Porque alimentar constantemente a la corteza cerebral para que “decida” cómo actuar cada milésima de segundo necesita siempre del camino mas corto entre dos puntos. Con independencia del respeto que se deben en los cruces de camino y en la intervención necesaria, que ya he analizado a lo largo de estos últimos meses, de estructuras tan importantes como el sistema límbico, el cerebelo, el giro cingulado, el hipotálamo, las amígdalas, el NSQ, etc. Las inhibiciones y cortocircuitos neuronales son aprendizajes y patrones que a modo de señales de tráfico adquiridas se van elaborando a lo largo de la vida, en paralelo, a veces, con las pre-programadas por el mero hecho de ser persona.

Al final, se trata de “poner bien la mesa”, con mantel, servilleta y jarra apropiada para tal evento, ordenarla y servirla de forma adecuada a las necesidades de cada una, de cada uno, sabiendo en este caso y a partir de ahora que la arruga, en el cerebro, es bella, con permiso actualizado de Adolfo Domínguez. Es más, imprescindible y necesaria.

Sevilla, 17/VI/2007

(1) http://www.ninds.nih.gov/disorders/spanish/los_trastornos_encefalicos.htm

(2) ibídem.

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