Crónicas de Viena (II): La omnipresencia de Mozart

Ya lo había leído en un libro muy curioso sobre Mozart: “La Tierra es un gran almacén giratorio, con retazos de Mozart en cada planta” (1). Pero la realidad supera la ficción y una de las impresiones que me he traído de Austria, en general, es que allí ya no se escribirá al revés, nunca más, el nombre de Mozart: Trazom. Todo en Viena gira alrededor de su marca al derecho: bombones, licores, cafeterías, camisetas, plumieres, jabones y figurantes de época por todos los sitios, pero a Mozart no se le ve por ningún sitio. El dios Mozart me recuerda, salvando las distancias (mutatis mutandi), aquel poema rotundo de Rafael Alberti que aprendí de memoria entrando en las iglesias de Roma (2):

Entro, Señor, en tus iglesias… Dime,
si tienes voz, ¿por qué siempre vacías?
Te lo pregunto por si no sabías
que ya a muy pocos tu pasión redime.

Respóndeme, Señor, si te deprime
decirme lo que a nadie le dirías:
si entre las sombras de esas naves frías
tu corazón anonadado gime.

Confiésalo, Señor. Sólo tus fieles
hoy son esos anónimos tropeles
que en todo ven una lección de arte.

Miran acá, miran allá, asombrados,
ángeles, puertas, cúpulas, dorados…
Y no te encuentran por ninguna parte.

Igual me ha ocurrido en muchas ocasiones al entrar en los sitios teóricamente más queridos para él, sus dos casas convertidas actualmente en Museos: la Mozarthaus, en Viena y su casa natal en Salzburgo (Mozart Geburtshaus), sobre todo en esta última, en las que no se podían hacer fotografías. Daba igual. Por mucho que me esforcé, percibí que allí no estaba Mozart por ningún sitio, mucho menos en la mercadería de las omnipresentes tiendas de recuerdos, algo que hoy despreciaría Trazom –conociéndole- con todas sus consecuencias. Aunque en las konditorei (confiterías), por mucho que lleven las dos K reales (kaiserlich königlich = imperial-real), a nadie le amargue un dulce con la efigie de Mozart en chocolate fondant.

Confiésalo, Mozart. Sólo tus fieles
hoy son esos anónimos tropeles
que en todo ven una lección de arte.

Miran acá, miran allá, asombrados,
ángeles, puertas, cúpulas, dorados…
Y no te encuentran por ninguna parte.

Aunque sus 626 composiciones, paradójicamente, declaradas así por el catálogo Köchel, sigan encantando a la humanidad. Aunque a Mozart no lo conozcan en su verdadera dimensión, en su vida de secreto, en sus encontronazos permanentes con el poder establecido, en su durísima vida como compositor de encargo, en su soledad sonora. Aunque Papageno siga impertérrito tocando la flauta mágica a los cuatro vientos, ensalzando la inteligencia humilde que te hace ser más libre, encantando las palabras de Shikaneder. Aunque a él [TRAZOM], no se le encuentre [hoy] por ninguna parte, excepto en su fascinante catálogo musical recopilado con paciencia benedictina por el inspector de enseñanza media salzburgués Ludwig Alois Friedrich Ritter von Köchel.

Sevilla, 13/VIII/2007

(1) Sollers, Ph. (2003). Misterioso Mozart. Barcelona: Alba-Editorial, p. 12.
(2) Alberti, R. (1968). Roma, peligro para caminantes. México: Joaquín Mortiz, p. 91.

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