El sueño de abrir una librería

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No olvido los tres sueños de Guido Orefici, el protagonista de La vida es bella: distinguir el norte del sur (que también existe); leer a Schopenhauer, por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica pendular de la vida y, en tercer lugar, abrir una librería. De todo hizo un arte para vivir, para enseñar a leer las señales de la vida, porque hablar es solo cosa de personas. Leer, igual de bello. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones en relación con lo que nuestro cerebro lee.

Hoy he vivido una experiencia que deseo compartir en este espacio digital, porque me ha sorprendido en una ciudad que es de bares: el pasado jueves, 29 de diciembre, abrieron en Sevilla una nueva librería perteneciente a la red de La Casa del Libro (Hernando del Pulgar, 2), en el mismo lugar que hace tan solo unos meses habían cerrado otra que pertenecía a la cadena Beta. He entrado en el nuevo local decorado con los colores corporativos que la identifican rápidamente y he paseado por ella, con sensaciones mezcladas de sorpresa y gratitud. En Mayo de 2015, en mis paseos del amanecer, escribí sobre mi experiencia de aquél día al entrar en la antigua librería Beta, que traducía en palabras cargadas de sentimiento y dolor lo que experimenté como crónica de un cierre anunciado: “Esta mañana lo he comprobado de nuevo: Sevilla no es de librerías, sino de bares. Mi camino del amanecer tenía hoy un objetivo concreto: entrar en las benditas librerías de la ruta escogida que, al igual que las iglesias vacías del poema Entro Señor en tus iglesias, de Rafael Alberti, estaban llenas del arte de enhebrar palabras, pero a los presuntos compradores no se les veía por ningún sitio. Y mi corazón anonadado ha gemido durante unos minutos, en una auténtica soledad sonora”.

En este contexto, he vuelto a leer una entrevista realizada por Javier Rodríguez Marcos en 2015 a mi maestro Manuel Rivas y publicada en Babelia, recordando la primera vez que el escritor entró en una librería: “Sí, se llamaba La Poesía. Luego nos acercamos por allí. Está cerrada, pero conserva algo. Cada vez que paso por ahí pienso: “¿Por qué no me hago librero?, ¿por qué no abro La Poesía?”. Tengo una especie de culpa. En casa no había libros y le compramos uno a mi madre. Siempre se le regalaba algo para la casa —una fregona, una cafetera— y mi hermana María, que era la vanguardia, dijo que le compráramos uno porque en la niñez mi madre había leído mucho. Por casualidad. Murió mi abuela y mi abuelo se quedó con 10 hijos. Era campesino, vivía al lado de la casa rectoral y una sobrina del cura medio adoptó a mi madre, que subía al desván y se pasaba el día leyendo vidas de santos, que es lo que había, pero también estaban los poemas de Rosalía [de Castro]. El primer libro de mi vida fue oír a mi madre recitar a Rosalía. Ella era la boca de la literatura. Total, que nos fuimos a La Poesía y vimos un libro que coincidía bien con el presupuesto. Era un tocho; mucho mejor, un regalo más grande. Se titulaba Cinco mil años de historia. Mi madre lo abrió y, bueno, asomó una lágrima. Nunca tuve miedo de entrar en las librerías. Si vamos es porque hay gente con la que nos gusta estar, no solo por los libros, aunque los libros también son gente”.

Es fantástico comprobar que Sevilla puede ser algún día una ciudad “de librerías”, mejor que de bares, por mucho que la multinacional Coca-Cola se empeñe en anunciar a los cuatro vientos que España es un país de bares: “Qué haríamos nosotros sin nuestros bares…? / ¡Si son los mejores del mundo! / Cada vez que se cierra un bar, / se pierden para siempre 100 canciones. / Se desvanecen mil “te quieros”… / y los goles por la escuadra salen / lamiendo el palo”.

Y es que no solo somos de bares. Lo he experimentado hoy con esta grata noticia hecha realidad: en Sevilla, también se abren librerías. Ahora tengo que seguir los otros dos pasos soñados por Guido Orefici, luchando por ganar tiempo al tiempo de defender la identidad del Sur frente al acoso del Norte y, finalmente, estudiar a fondo a Schopenhauer, en su famosa teoría del péndulo, que es lo que nos enseña la historia cuando queremos aprender de ella a través de los libros, cuando casi todo va y viene, como si todos los días fuéramos del timbo al tambo de la lectura que siempre, como la vida, es bella.

Sevilla, 2/I/2017

NOTA: la imagen, fotograma de La vida es bella, se ha recuperado hoy de http://cinema22.canal22.org.mx/imagenes/vita_bella.jpg

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