Sevilla, a debate / II. Hace falta construir teoría crítica sobre esta ciudad

sevila111

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E la nave va… Ya han pasado dos lunes y el debate sobre Sevilla está siendo una realidad incuestionable en esta actividad cultural tan necesaria para el presente y futuro de la ciudad. Tenemos el deber de construir teoría crítica sobre la realidad actual de Sevilla y su provincia, con apertura de miras y grandeza de visión no cateta sobre lo que de verdad nos pasa, aunque a veces tengamos que reconocer que no sabemos bien lo que nos pasa, ¿o sí? Contestar a estas preguntas del ciclo… es la cuestión, porque las respuestas no están en el viento.

El lunes 6 de febrero comenzó en esta ciudad un ciclo, “Sevilla, a debate’, organizado por la asociación Iniciativa Sevilla Abierta. El próximo lunes 20 de febrero, a las 20:00 horas, participo en la Sesión 3 del Ciclo, que lleva por título: ¿EL PESO DE LAS ADMINISTRACIONES PÚBLICAS LASTRA EL DINAMISMO DE LA CIUDAD?, en el Salón de actos de la Fundación Cruzcampo, en Sevilla. Agradezco especialmente, una vez más, a Juan Luis Pavón Herrera, Fundador y Director en Sevilla World, la invitación para intervenir en este ciclo, que me ha ofrecido en nombre de Iniciativa Sevilla Abierta.

Es una pregunta muy sugerente y sobre la que sigo reflexionando en estos días preparatorios para mi intervención. Animo a quien lea esta convocatoria y esté interesado en asistir, que la entrada es libre hasta completar aforo. La organización del Ciclo desea que se confirme previamente la asistencia a cualquier sesión a la que deseen acudir, con el fin de que se pueda reservar asiento, escribiendo a la dirección de correo electrónico sevillaabierta@gmail.com. Recuerdan que el aforo es de 160 sillas.

La participación en este ciclo la considero como una forma de compromiso intelectual y social con todas las personas que pensamos que Sevilla tenemos que definirla más allá de su color especial y de su estereotipo de ciudad diferente, porque todos los días debemos buscar su mejor forma de ser y estar en el mundo y que de forma tan sabia dejó abierta Manuel Machado al cantar a Andalucía y caracterizar cada provincia, excepto Sevilla.

Lo escribí en 2006 en este cuaderno digital y sigo manteniendo viva la llama de la dignidad del compromiso intelectual, sobre todo porque no quiero participar en los silencios cómplices que nos rodean por todas partes en Sevilla, Andalucía, España y más allá de nuestro país. Reproduzco y comparto a continuación aquella reflexión, para que no se me olvide… ni siquiera un momento

El compromiso intelectual

Desde que tengo uso de razón científica me he preguntado muchas veces cómo puede poner uno su inteligencia al servicio de la humanidad, de las personas y situaciones sociales que necesitan atención humana en el pleno sentido de la palabra. También me he preguntado muchas veces en qué consiste el compromiso de los intelectuales con esta misma sociedad, no optando por posiciones políticas de partido, con militancia expresa. La verdad es que no he encontrado mucha literatura sobre el particular y, normalmente, son discursos muy elaborados que no están al alcance de todos los españoles, como diría el título de crédito del NODO al que recuerdo siempre en mis tardes de Madrid, pensando en Andalucía, de la que me sacaron sin muchas contemplaciones cuando solo tenía cuatro años.

Aproximarse a una definición de libro es imposible. Cualquier definición solo recoge la forma de establecer defensas innatas para protegerse de los ataques del enemigo, que desgraciadamente suele verse en todas partes sin que realmente existan. Como llevo tiempo pensando en esta realidad, el compromiso intelectual, ahí van unas cuantas reflexiones. La primera nace de la suerte de que una persona pueda plantearse el dilema en sí mismo, sin calificar esta “suerte” como lujo afrodisíaco: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera. Desgraciadamente. La pre-programación de la preconcepción, en clave aprendida del profesor Ronald Laing, es una tabula rasa sobre la que se elabora y encuaderna el libro de instrucciones de la vida. Y por lo poco que se sabe al respecto, quedan muchos años para descifrar el código vital, el llamado código genético de cada cual, personal e intransferible, mejor que el carnet de identidad al que lo hemos asociado culturalmente por la legislación vigente, mucho más atractivo que el de da Vinci, aunque ahora sea menos comercial. Afortunadamente. La niña que ayer corría despavorida por las playas palestinas, temblándole los labios, horrorizada con lo que había pasado con familiares y amigos, acababa de grabar imágenes para toda la vida. Su compromiso intelectual será siempre un interrogante y una dialéctica entre odio y perdón. A esto nos referíamos. La conclusión es que estamos mediatizados por nuestro programa genético y por nuestro medio social en el que crecemos. Todos somos “militantes” en potencia, con y sin carnet, dependiendo de sus aprendizajes para comprometernos con la vida. Militar en vida, esa es la cuestión.

La segunda vertiente a analizar es la del compromiso. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretándola como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que llamaba uso de razón científica, nos pasamos toda la vida decidiendo. Por eso nos equivocamos, a mayor gracia de Dios, como personas que habitualmente tenemos miedo a la libertad, acudiendo al Fromm que asimilé en mi adolescencia, pero que es la mejor posibilidad que tenemos de ser nosotros mismos. Esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre. Compromiso o diversión, en clave pascaliana. Y mi punto de vista es claro y contundente. Cuando tienes la “suerte” de conocer el dilema ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada. Por eso me aproximé siempre a ella, porque me dejaban estar sin preguntarme nada. Intuían la importancia del descubrimiento de la respuestabilidad. Había inteligencia y compromiso activo. Seguro. Pero con un concepto equivocado como paso previo: la militancia de carnet. Craso error. Antes las personas, después la militancia. No al revés, que después vienen las sorpresas y las llamadas traiciones como crónicas anunciadas.

Una tercera cuestión en discusión se centra en el adjetivo del compromiso: intelectual y, hablando del grupo organizado o no, de los “intelectuales”. De este último grupo, líbrenos el Señor, porque suele ser el grupo humano más lejano de la sociedad sintiente, no la de papel cuché o la del destrozo personal televisivo. Un intelectual es concebido como un ser alejado de la realidad que se suele pasar muchas horas en cualquier laboratorio de la vida y de vez en cuando se asoma a la ventana del mundo para gritar eureka a los cuatro vientos, palabra que no suele afectar a muchos porque nace del egoísmo de la idolatría científica. Por eso hay que rescatar la auténtica figura de las personas inteligentes que ponen al servicio de la humanidad lejana y, sobre todo, próxima su conocimiento compartido, su capacidad para resolver problemas de todos los días, los que verdaderamente preocupan en el quehacer y “quesentir” diario (perdón por el neologismo). Cada intelectual, hemos quedado en “cada persona”, que toma conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo que dignificar. Si esa militancia es independiente, otra cuestión a debatir, es solo un problema más a resolver, pero no el primero. No equivoquemos los términos, en lenguaje partidista. Porque así nos luce el pelo sobre la corteza cerebral, sede de la inteligencia, nuestro domicilio de la libertad personal, de la que afortunadamente podemos presumir todos. Todavía no es mercancía clasificada, aunque todo se andará porque ya está en el mercado mundial. Al tiempo.

Sevilla, 14/II/2017, enamorado de esta ciudad

NOTA: la imagen recuperada hoy de http://sevilla111.com/default.htm, a pesar del tiempo transcurrido desde su realización, es un símbolo de las muchas formas de ver Sevilla. Canal Sur daba la noticia en 2010, año de realización del proyecto, en los siguientes términos: “Meses de trabajo han dado como fruto la fotografía más grande del mundo. Una súper fotografía de 111 mil millones de píxeles, formada por 9.750 imágenes, tomadas a unos 60 metros de altura, desde el punto más alto de la famosa Torre Schindler en la Isla de la Cartuja. Como curiosidad, si imprimiéramos esta imagen ocuparía nada más y nada menos que 13.800 metros cuadrados, algo más que la superficie de dos campos de fútbol”.

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