Luar na Galiza / y 7. Santiago, abre España

Iniciamos el viaje a Santiago de Compostela en tren, abandonando por un día el papel de “volantista” que aclaraba en el primer post de esta serie, para contemplar por la ventanilla de nuestras vidas, en un viaje plácido, la quintaesencia de esta tierra conservadora de su tradición, de su cultura, de su amplio conocimiento del mundo, de sus viajeros hacia muchas partes. En el trayecto pensé muchas veces en una frase que a lo largo de su historia ha sufrido interpretaciones contrapuestas dependiendo de dónde se situaban las comas: Santiago, cierra, España, que casi siempre la hemos conocido tal y cómo lo escribieron e interpretaron Cervantes en el Quijote o el mismo Valle-Inclán en Luces de Bohemia.

La traducción correcta de la frase es la que justifica su origen, rememorando a Santiago Matamoros, en la Reconquista, como grito de guerra: Santiago (él ayuda a exterminar a los musulmanes), cierra (forma de interpretar que el ejército o las tropas están preparadas para atacar) y, por último, España, todas por separado, siendo la defensa e integridad de España la razón que justificaba la acción contra el mundo musulmán.

Sinceramente, no me gusta nada esta versión que muchos dan por auténtica, aunque es verdad que la he simplificado mucho para que se entienda bien lo que quiere decir. Me quedo hoy día con la que figura en el Quijote y la que nos aportó Valle-Inclán en Luces de Bohemia. El primero porque el diálogo entre el bueno de Sancho Panza y el Quijote no tiene desperdicio:

—Yo así lo creo —respondió Sancho— y querría que vuestra merced me dijese qué es la causa porque dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: «¡Santiago, y cierra España!». ¿Está por ventura España abierta y de modo que es menester cerrarla, o qué ceremonia es esta?

—Simplicísimo eres, Sancho —respondió don Quijote—, y mira que este gran caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han tenido, y, así, le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las verdaderas historias españolas se cuentan» (1).

La segunda versión, porque la ideología estaba detrás de lo que quería decir un protagonista de la obra citada de don Ramón, Dório de Gádex (andaluz, por más señas), defendiendo el modernismo ante el integrismo del país: “Voy a escribir el artículo de fondo, glosando el discurso de nuestro jefe: “¡Todas las fuerzas vivas del país están muertas!”, exclamaba aun ayer en un magnífico arranque oratorio nuestro amigo el ilustre Marqués de Alhucemas. Y la Cámara, completamente subyugada, aplaudía la profundidad del concepto, no más profundo que aquel otro: “Ya se van alejando los escollos”. Todos los cuales se resumen en el supremo apostrofe: “Santiago y abre España, a la libertad y al progreso”.

En estas estábamos cuando llegó el tren a Santiago, ciudad asaltada por peregrinos de toda clase y color, que nos acompañaron en todo momento por la calle del Hórreo, hasta las calles Vilar y Franco que desembocan en la plaza del Obradoiro. Tremendo desencanto: el Pórtico de la Gloria no se puede ver por ningún sitio. Todo está en obras de restauración y limpieza. Andamios por allá y por acullá. Sólo se puede acceder a la catedral por dos sitios, con colas interminables: una para abrazar al santo y otra para visitar la catedral. Indescriptible las aglomeraciones, desconcierto y filas que me recordaban (con el debido respeto a los peregrinos de corazón y razón) a lo que llamaba Rafael Alberti, “anónimos tropeles de gente que en todo ven una lección de arte, pero a ti (Dios) no te ven por ningún sitio”. Desistimos de guardar las colas, porque nos gusta más bajar al río, que es lo que suplicaba San Pedro, sentado y en bronce inmovilizado, cuando preguntaba a Jesucristo por qué le besaban tanto los pies en la Basílica de su nombre (según Alberti).

MUSEO POVO GALEGO

Decidimos adentrarnos en el caso urbano, pasear por sus calles, peregrinos por allá y acullá siempre, tiendas de azabaches y plata, vieiras pintadas por doquier, hasta llegar al Museo del pueblo gallego, porque teníamos interés en cumplir un objetivo del viaje: conocer Galicia en su origen. Está ubicado en el antiguo convento de San Domingos de Bonaval, cerca de la Puerta del Camino por la que los peregrinos del camino francés acceden a la ciudad. Hicimos el recorrido completo por sus salas, subiendo y bajando por la preciosa escalera helicoidal de Domingo de Andrade, leímos cualquier rótulo siempre en gallego, porque la institución privada que lo sostiene desea que con este símbolo de la lengua única se comprenda bien cómo el idioma construye también la realidad de un pueblo, así como la relación que tiene con el resto de las lenguas romances. Nos llamó la atención que fuera una institución privada la titular del Museo, que no fuera público, pero así se escribe la historia de la cultura tantas veces en este país. Si se tiene en cuenta su objeto fundacional, el beneficio de la duda es más amplio todavía: estudio, promoción y difusión del patrimonio histórico-antropológico y de la cultura gallega en todos sus ámbitos. Diversidad, elementos que definen al pueblo gallego y objetos que los caracterizan, fueron tres ejes a contemplar en lo que allí se exponía. El mar, el campo, los oficios, su vinculación con la imprenta y la encuadernación a través de libros y prensa, los oficios urbanos, los otros oficios: cesteros y alfareros), sus trajes regionales, la música, la conformación de la sociedad gallega, su memoria y tradición, su hábitat y arquitectura urbana y rural. Completaba la exposición, detalles de su pintura representativa y muestras del arte religioso gallego.

De allí, pasando por el túnel del tiempo, nos trasladamos al Centro Gallego de Arte Contemporáneo, que ocupa un solar adjunto al Museo do Povo Galego, construido con un proyecto del arquitecto portugués Álvaro Siza Vieira, habiéndose recuperado también la huerta del convento para parque público de Santiago. Al entrar, nos encontramos con una grata sorpresa, porque era un artista andaluz, sevillano por más señas, Luis Gordillo, quien nos esperaba para mostrarnos su obra, bajo el título de Confesión General. Quisimos escucharlo en el audiovisual introductorio a la exposición y comprendimos bien el fondo y forma de su dilatada obra pictórica. Curiosamente, no la visité en Sevilla y ha sido Galicia la que me ha devuelto esta posibilidad.

LUIS GORDILLO

La confesión general de Gordillo es una retrospectiva, “comisariada por Juan Antonio Álvarez Reyes, director del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla y Santiago Olmo, director del CGAC. Me pareció paradójico que la exposición es la primera muestra de Gordillo en Galicia y “permite realizar un recorrido por su trabajo desde las series de dibujos de raíz informalista de finales de los años cincuenta hasta las obras fotográficas y pictóricas en las que se emplea las lonas como soporte y las infografías como herramientas. Se trata de una retrospectiva clásica con numerosas obras inéditas o poco conocidas, especialmente dibujos, así como algunas obras en proceso que recrean el clima de su estudio”.

Recorrimos sus salas con detenimiento reverencial, intentando comprender la física y química de su obra, sus innumerables cabezas y caras, hilo conductor de su producción pictórica, su ciencia visual de las cosas, tal y como él las ve y las entrega, así como las anti-cosas, como el las denomina. Nos asombró su relación en las últimas décadas con la fotografía, a través de procesos que él denomina esquizofrenización del color, hasta la obra de nuestros días con utilización plena de base digital.

Volvimos a la Puerta del Camino, rodeados de peregrinos y peregrinas, pasamos de nuevo por colas interminables junto a la Catedral, nos abrimos paso a duras penas por la calle Vilar, llegamos a la Plaza de Galicia, donde el café Derby recordaba en sus sillas los rincones más sobrios los sueños de Valle-Inclán, enfilando finalmente la calle del Hórreo para tomar el tren de regreso a Cambados.

Regresamos unos días después a Sevilla no sin antes pasear unas horas por Pontevedra para conocer un espacio encantador como ciudad acogedora y cargada de historia reciente en la que la ciudad ha sufrido el proceso de industrialización de empresas contaminantes vinculadas con la madera y la celulosa, proceso reivindicativo que ha alcanzado logros importantes al lograr el desmantelamiento de la fábrica de maderas y el cese de actividad de la de celulosa programado para los primeros meses del año próximo.

En el camino de regreso, pasando por Tuy (Vigo), no he olvidado las últimas páginas del libro de Manuel Rivas que me ha servido de guía temporal para adentrarme en Galicia, dedicadas como símbolo de respeto a la memoria histórica de este pueblo. Lleva por título programático, Oración fúnebre por la orquesta del viento, que encontré un día en ese libro tan querido que me ha acompañado durante todo el viaje, muy interesante, sobre la tierra que vio nacer a Manuel Rivas y como un ejercicio entre lo local y lo universal. Es un texto que leyó el 22 de junio de 1999, en un acto de homenaje a los republicanos asesinados [sic, en el libro] en la villa de Tui en 1936, en el lugar donde los fusilaron y donde ese día se inauguró el monumento que figura al comienzo de este post. Lo leo con el respeto que me causa siempre cualquier referencia a lo sucedido en la guerra civil española, que no la comprendo, pero sobre la que busco interpretaciones históricas de gran valor y rigor científico. Todavía me siguen sobrecogiendo estas palabras de Rivas, que vuelvo a teclear ahora con nerviosismo y cierto dolor íntimo, para entregarlas a la Noosfera digna. Volviendo al Sur, que también existió en esos días tan dolorosos y que todavía existe hermanado mediante esta serie con Galicia, con su historia y con su memoria, deseando siempre que España se abra a la libertad, sin ira, libertad. Al progreso.

Oración fúnebre por la orquesta del viento

“Benditos los muertos
sobre los que cae la lluvia.”

Scott Fitzgerald, El Gran Gastby

Éste es un acto de justicia, de reparación histórica y también de valerosa inteligencia.
No podemos recuperar el tiempo.
No podemos volver atrás con la flecha del tiempo y reconstruir lo destruido, la realidad aterradora y maravillosa de las vidas rotas por la más terrible maquinaria del odio que asoló estas tierras.
Pero a la manera de los remos del arca, podemos avanzar proyectándonos hacia atrás.
Podemos imaginar las vidas cuando vivían antes de la tragedia.
El paisaje, incluso la luz de aquellos días está definido por el horror que vino.
Día sombríos, sórdidos, tenebrosos.
Pero en realidad eran días de verano.
Días luminosos del bajo Miño.
La bajada del río como un cine de color y hermosísimo.
Habría tensiones, conflictos, pero ellos y ellas conformaban una comunidad de esperanza, una república de sueños acumulados en años, siglos, de luchas y sacrificios.
Podemos imaginarlos construyendo el frágil sentido de la vida.
Levantándose, saludándose – ¡hola, buenos días! -, trabajando, enamorándose, haciéndose bromas o burlas, contándoles algún cuento a los hijos, acaso reflejando sus rostros felices de domingo en la orilla del río.
En esos momentos en los que la mirada humana, de la vida, es más hermosa que el mismísimo cielo.
Esa república de los sueños acumulados con luchas y sacrificios de siglos.
El frágil tejido de la vida.
Esa comunidad de esperanza.
Esa mirada.
Todo fue destruido.
Y hasta se destruyó el silencio que siguió porque en el silencio se escuchan los muertos y lo llenaron de calumnia, mentira, falsedad y miedo.
Hay una historia de una mujer que deja un instrumento de música en el ataúd de su hombre muerto, con un mensaje: Si quieres algo, llama.
Hoy podemos escuchar la orquesta de los muertos, de los asesinados, de los huidos, de los exiliados, de aquellos a los que secaron la vida por dentro aunque siguiesen vivos.
Esa tenaz orquesta, como viento que emana del corazón de la tierra, persistió así con la melodía de la libertad.
Si estamos aquí es porque la terrible maquinaria del odio y del miedo no pudo con la orquesta de viento de los muertos.
Y hoy, cuando se rehace laboriosamente la comunidad de la esperanza, debemos hacer un solemne llamamiento desde Tui: que desaparezcan de Galicia, de la nomenclatura de las calles, plazas e incluso colegios públicos los nombres de los verdugos de la historia. Y lo hacemos no por ninguna clase de revancha sino en nombre de la justicia y de la inteligencia.
Porque lo que debe honrar una democracia, una comunidad libre, es, en primer lugar, a aquellos que dieran su vida por la libertad.
Este monumento de Tui tiene el valor de los que los canteros llaman la piedra maestra.
Porque hay que cimentar la casa del futuro sobre el valor, sobre la decencia, sobre los mejores sueños de la humanidad, sobre la aristocracia del alma que fue lo que ellos representaban.
Hoy, delante de la escultura de Silverio, delante de esa piedra que hace vida, podemos decir que se cumplió la profecía: “Enterraron semilla”.
Sean mil veces benditos los muertos, bendita la tierra y bendita la lluvia y benditos vosotros que los hacéis florecer.

Sevilla, 3/IX/2017

(1) Cervantes, Miguel de (2004). Don Quijote de la Mancha. Edición del IV Centenario. Madrid: Real Academia Española, 2ª Parte, Capítulo LVIII, pág. 988s.

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