El ejemplo de Amaia Romero Arbizu

Este país necesita recuperar personas modélicas para aprender que es posible rescatar valores éticos ya perdidos. La vencedora de Operación Triunfo, Amaia Romero Arbizu, no “Amaia de España”, una chica de Pamplona de 19 años recién cumplidos, que viene siendo últimamente un ejemplo para millones de jóvenes de este país que encuentran en ella un modelo en el que fijarse, ha triunfado no para  ser reina por  un día sino porque viene trabajando en su sueño desde que era pequeña, con gran esfuerzo y perseverancia en relación con algo que ama por encima de muchas cosas: la música.

Ha demostrado a lo largo de tres meses que nada es fácil en un recorrido serio de competencia legítima concursal, porque el recorrido vital la avala desde el primer día. Es verdad que vive en Pamplona en un ecosistema muy cercano a la música, con varios miembros de la familia que viven dedicados a ella. Pero también es verdad que desde que era pequeña se ha formado día a día para conocer la música desde su esencia más pura y la ha llevado a estudiar mucho para cantar y tocar diversos instrumentos con una cierta predilección por el piano. Oírla cantar es una delicia porque se transforma en su interior para transmitir sentimientos y emociones.

Ha llegado la hora de desembarazarse del producto de Operación Triunfo. Es el momento de que no se convierta en mercancía su forma de ser y estar en el mundo. Leía recientemente que lo más importante para Amaia y para lo que representa para millones de jóvenes en España es el día después de su merecido triunfo y cuando salga definitivamente de la Academia: “Lo mejor que le puede pasar a Amaia es dejar de ser Amaia de España y ser algo mucho más importante: ser Amaia Romero. Es decir, lo mejor que le puede pasar a esa chica de sonrisa inocente y voz con duende es salir de Operación Triunfo. No ahora, que no puede, pero sí después, cuando el negocio quiera exprimirla y hacer de ella un producto. Lo mejor sería que rompiese con el molde y con esa mirada teledirigida del programa y se convirtiese en la artista que se intuye que lleva dentro” (1).

Las redes sociales la han encumbrado hasta lo más alto. Espero que sigan apoyándola para que no pierda su quintaesencia como persona humilde que se ha hecho a sí misma. La revolución digital tiene poderes fácticos que se necesitan para compartir éxitos humanos y porque llegan hasta los lugares más recónditos del país. Amaia merece el respeto de todos y que la ayudemos a triunfar en la vida en lo que más ama: la música, que sigue siendo después de muchos siglos una compañera en la alegría y un bálsamo muy eficaz en el dolor.

Personalmente, me ha servido su ejemplo para coger los autobuses de los lunes y asistir a mi clase de violín como si tuviera ahora, a mis setenta años, la ilusión del primer día. También, cuando aplico lo que he aprendido a la hora de tocar el piano y el clave. Sé que, si imito su perseverancia, llegará el día en que pueda interpretar el minueto de Bach (BWV Anh. 116) que ensayo con dificultad en la actualidad, con el encanto que Amaia es capaz de tocar los preludios de Chopin, que los he escuchado. Mejor todavía, cuando canta la nueva versión de Víctor Jara de su obra tan querida “Te recuerdo Amanda”, que tanto me enseñó el siglo pasado a estar siempre cerca de los más débiles. Porque Amaia, que reconoció en su momento que no conocía la canción, la interpreta como los ángeles porque lleva la revolución ética dentro de su alma. Es lo que hoy le agradezco, su gran ejemplo de vida dedicada por entero a lo que más ama.

Sevilla, 6/II/2018

(1) https://elpais.com/cultura/2018/01/24/television/1516823743_995958.html?rel=mas