La gran lección de los padres de Gabriel

GIRASOLES

El progreso de la condición humana requiere
Inapelablemente que exista gente que se sienta en el fondo feliz
En gastar su vida al servicio del progreso humano

[…]

Tienes en los ojos girasoles
Y cuando me miras soy la estrella que más brilla

Rozalem, Girasoles

Esta canción era una de las preferidas de Gabriel, que había bailado alguna vez con su madre y que anoche nos pedía ella que la cantáramos para comprender que el mundo, a pesar de todo, “está lleno de mujeres y hombres buenos”. Creo que el país llora desde el pasado domingo la muerte trágica de Gabriel, el niño almeriense que desapareció el pasado 27 de febrero y que fue encontrado sin vida el 11 de marzo. Durante doce días hemos podido asistir a una búsqueda real y virtual, en la que sobran ahora descripciones y pormenores que casi todos conocemos. Quiero resaltar hoy la conducta de los padres de Gabriel, Ángel y Patricia, Patricia y Ángel, en sus declaraciones múltiples a los medios de comunicación, en las que han dado lecciones continuas de dignidad humana y de ética de situación ante el fenómeno de la desaparición de un ser tan querido como un hijo.

Han dado una lección magistral de saber ser y estar ante situaciones tan complejas como las que han vivido en días de angustia y zozobra humana. Continuamente, hemos escuchado cómo Patricia ha recurrido a la generosidad y a la comprensión del ser humano, a la recuperación de valores, para contrarrestar tanto dolor y sufrimiento. No ha habido una sola palabra de venganza en los momentos más críticos al conocer la forma en la que ha muerto Gabriel.

“Pescaíto”, como cariñosamente llamaban a su hijo por su inmenso amor a los peces, me ha recordado una fábula recogida en un texto que no olvido de David Foster Wallace, Esto es el agua: algunas reflexiones compartidas en una ocasión señalada sobre la idea de vivir una vida compasiva, un discurso que dirigió a la promoción de graduados del Kenyon College en 2005, comenzando con una pequeña parábola: “Van dos peces nadando por el mar y se encuentran con un pez más viejo que viene nadando en dirección contraria. El pez mayor los saluda y les dice, “Buenos días, chicos. ¿Qué tal está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguen nadando y al cabo de un rato uno de ellos mira al otro y le pregunta, “¿Qué demonios es el agua?”.

Tengo la impresión de que Gabriel sabía qué era el agua y sus padres también. La gran paradoja de esta parábola es que los que hemos asistido a esta desgraciada aventura humana no sabemos apreciar lo que hacemos a diario, olvidando la sencillez de lo que corresponde al carpe diem de cada ser humano. Como decía Foster Wallace, “La enseñanza más urgente de la historia de los peces es, simplemente, que los aspectos de la realidad que resultan más obvios, más ubicuos e importantes, a menudo son los más difíciles de ver y de los que más cuesta hablar”.

Y no quiero olvidar la lección continua de compasión que han dado estos padres al mundo entero. Me quedo con las palabras últimas pronunciadas hoy por la madre de Gabriel antes de iniciar el camino triste al cementerio de Níjar, comentando que había recibido ayer por internet un cuento en el que se narraba que su hijo había ganado a la bruja, porque ya no existe y que “hay que sacarla de nuestras cabezas”: “Mi niño ha ganado. Sabemos que está jugando con sus peces y la bruja ya no existe. Pido a todo el mundo en su nombre que hoy ponga Girasoles [la canción de Rozalén que le gustaba a Gabriel]”. Nos ha recordado lo mismo que quiso transmitir un día ya lejano Foster Wallace a los alumnos de graduación utilizando la parábola de los peces: “Si a la hora de escoger los asuntos sobre los que pensáis, vuestra libertad de elección os parece demasiado evidente como para que merezca la pena perder el tiempo hablando de ello, yo os pediría que pensarais un poco en los peces y el agua y que aparcarais por un momento vuestro escepticismo con respecto al valor de las cosas que parecen muy evidentes”. El agradecimiento, la solidaridad, la cercanía y el amor. Las personas buenas.

Me quedo con el pequeño mundo marino de Gabriel, tan querido por él, porque me permite aparcar el escepticismo humano que vivimos a diario y porque nos permite recuperar el mejor sentido de la vida que, a veces, está tan cerca como el agua que los peces jóvenes ni deparan en ella. Porque es su mundo auténtico, su realidad, tal y como nos recordaba también Foster Wallace: “[…] atentos a lo que de verdad es muy real y fundamental, a lo que está tan escondido, incluso a la vista de todos, que tenemos que seguir recordándonos una y otra vez: esto es el agua, esto es el agua”.

En silencio, vuelvo a escuchar a Rozalem, como nos ha pedido Patricia, la madre de Gabriel, en unas estrofas preciosas:

Y el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos
Así que le canto a los valientes
Que llevan por bandera la verdad
A quienes son capaces de sentirse en la piel de los demás
Los que no participan de las injusticias
No miran a otro lado
Los que no se acomodan

Gracias Patricia, gracias Ángel, por el ejemplo que nos habéis dado. Escucharé muchas veces vuestras palabras para seguir confiando en la bondad humana. Porque, a pesar de todo, existe.

Sevilla, 13/III/2018

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://hdw.eweb4.com/out/37463.html

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