Ser es ser percibido (en Internet)

 

El mundo digital es inexorable. Solo somos en Internet si somos percibidos por los otros en cualquier soporte digital. He comprendido bien por qué Albert Manguel dice en una obra reciente, Mientras embalo mi biblioteca, que el obispo George Berkeley (1685-1753) es el autor del lema de la era electrónica: esse est percipi, es decir, soy alguien (desde la perspectiva estrictamente digital) si soy percibido. A él se debe la teoría inmaterialista, que explica muy bien en su obra Principios (I, 1-6): “Es ciertamente extraño que haya prevalecido entre los hombres la opinión de que casas, montes, ríos, en una palabra, cualesquiera objetos sensibles, tengan existencia real o natural distinta de la de ser percibidos por el entendimiento. […] Pues, ¿qué son los objetos mencionados sino las cosas que nosotros percibimos por nuestros sentidos, y qué otra cosa percibimos aparte de nuestras propias ideas o sensaciones? Examinando a fondo esta opinión que combatimos, tal vez hallaremos que su origen es, en definitiva, la doctrina de las ideas abstractas. Pues, ¿puede haber más flagrante abuso de la abstracción que el distinguir entre la existencia de los objetos sensibles y el que sean percibidos, concibiéndolos existentes sin ser percibidos? […] Todo el conjunto de los cielos y la innumerable muchedumbre de seres que pueblan la tierra, en una palabra, todos los cuerpos que componen la maravillosa estructura del Universo, sólo tienen substancia en una mente; su ser (esse) consiste en que sean percibidos (percipi) o conocidos”.

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares escribieron un cuento con ese título tan críptico, Esse est percipi, pero tan evidente en los tiempos digitales. He vuelto a leer un fragmento del mismo, ahora que comienza el Campeonato Mundial de Fútbol, en el que siento que no verlo me sitúa fuera del mundo digital, porque solo cuento como espectador de consumo:

[…] -Señor, ¿quién inventó las cosas? -atiné a preguntar.

-Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase, Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos.

– ¿Y la conquista del espacio? -gemí.

-Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética. Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientificista.

– Presidente, usted me mete miedo -mascullé, sin respetar la vía jerárquica-. ¿Entonces en el mundo no pasa nada?

– Muy poco -contestó con su flema inglesa-. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repantigado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone.

– ¿Y si se rompe la ilusión? -dije con un hilo de voz.

-Qué se va a romper -me tranquilizó. Por si acaso, seré una tumba -le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.

-Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer.  […]

EMOTICONES FACEBOOK

La verdad es que cuando acudimos a Facebook, Twitter o Instagram, entre otros recursos de identidad digital, buscamos apasionadamente emoticones sonrientes o con un dedo hacia arriba, cuando menos, para tomar conciencia de que no estamos solos. Porque necesitamos ser percibidos para ser alguien o alguno, que tanto da. En el próximo mundial de fútbol, sobrecogido porque si no lo veo no seré nadie, tomo conciencia de las palabras de Borges-Bioy: “El género humano está en casa, repantigado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone”. Porque, agrega: “No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”.

Es verdad, con una diferencia: ser digital es ser percibido (en Internet) y tomar conciencia de ello.

Sevilla, 11/VI/2018