Elecciones generales 2019 / 3. El Partido Abstencionista prepara ya su campaña. Estamos avisados.

Es una evidencia preocupante la abstención que asoló las últimas elecciones generales en 2016 y las de Andalucía, el pasado 2 de diciembre. Los datos son irrefutables y la izquierda debería hacer una reflexión muy seria, con carácter urgente, de esta situación objetiva y tan reciente en el poder decisorio de la ciudadanía.

ELECCIONES GENERALES 1 2016

En las elecciones generales de 2016 triunfó la abstención desde un análisis meramente cuantitativo, no digamos cualitativo, que sigue planteando muchas preguntas que deberían haber tenido ya una respuesta científica y cargada del principio de realidad. Los números son tercos y se pueden contrastar todavía en los resultados de las elecciones generales de 2016, en las que la abstención supuso que más de diez millones de presuntos votantes implicados no lo hicieran (exactamente 10.435.955), habiéndose convertido así en el “primer partido” triunfante en relación con las urnas, ya que del censo total supuso un 30,16 %.

Algo parecido ocurrió en Andalucía el pasado 2 de diciembre de 2018, cuando calló con una abstención clamorosa, 2.602.456 electores, ganando también las elecciones el Partido Abstencionista. Surge de nuevo la gran pregunta democrática en esta última cita electoral: ¿qué pasa en Andalucía para que más de dos millones y medio de andaluces no hablaran ese día si suyo es también el mañana, si con su silencio permiten que otros sean los que intenten solucionar sus problemas o agravarlos, según se mire; si cientos de miles pueden apagar la voz de sus deseos legítimos pero no expresados mediante el voto, porque se guarda silencio de cuatro años, porque al final varios millones de andaluces y andaluzas deciden por ellos?.

ELECCIONES ANDALUCIA 2018

Como en otras ocasiones que me he acercado a esta realidad, vuelvo a hacerme las siguientes preguntas: ¿desencanto, pasotismo, irresponsabilidad, hartazgo?, que deberíamos hacerlas por parte de todos, empezando por los círculos familiares, laborales y de amigos más próximos, porque la realidad es muy terca y la abstención está más cerca de todos de lo que parece y pensamos. Contra hechos no valen argumentos y la realidad es que en las pasadas elecciones generales y en Andalucía, en diciembre pasado, quien ha perdido es la democracia como cultura política inherente a la ciudadanía. Algo grave está pasando en este país y en esta Comunidad Autónoma, entre otras, cuando se está dando este espectáculo antidemocrático, en el sentido etimológico del término “democracia”, que conlleva siempre la participación en las cosas de la ciudad, porque los que alardean de que “no son políticos” y no están de acuerdo con la política tal y como está y se ejerce, tienen la posibilidad de hacerlo en blanco, pero no renunciar a un derecho fundamental, constitucional (Art.23.1), de “participar en los asuntos públicos, directamente o por medio de representantes, libremente elegidos en elecciones periódicas por sufragio universal” y a un deber inherente a todo ciudadano responsable.

¿Qué pasa en la izquierda de Andalucía? Hablo en presente porque creo que es necesario hacer un examen profundo de la situación actual de la denominada “izquierda” (para entendernos) y no quedarnos solo en lanzar ataques furibundos sobre todo el espectro del centro y de las derechas, como una mal entendida defensa para justificar lo ocurrido el pasado 2 de diciembre. La democracia nos enseña que hay que respetar de forma casi reverencial el resultado de las urnas. Otra cosa es conformarnos con lo ocurrido y dejar que todo siga igual. Decían los clásicos que evaluar es emitir juicios bien informados. Salvo error por mi parte en el rastreo técnico que he efectuado para evaluar lo ocurrido con la izquierda, creo que todavía no se ha hecho un examen a fondo de las circunstancias de texto y contexto en torno a las pasadas elecciones. La crisis de la izquierda data ya de hace varios años, quizá demasiados, donde se han ignorado continuamente las señales de falta de identidad de la militancia activa y pasiva en torno al espectro de la denominada izquierda. Lo ocurrido el día 2 de diciembre de 2018 en las pasadas elecciones al Parlamento de Andalucía ha sido la crónica de un desastre anunciado por el rebosamiento de la grave fractura de la izquierda. ¿Por qué un absentismo de la izquierda tan abrumador y lejano del derecho a votar?

De nuevo, acudo a mi suelo firme, a la solería ética de mi vida, a mis principios políticos aprendidos de la didáctica de la izquierda ideológica, no inocente, según Lukács, a quien profeso un gran respeto desde mis años jóvenes: “no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (1).

Creo que estamos obligatoriamente obligados a votar, por diversas razones. La primera, porque la democracia se construye entre todos y la traducción inmediata para vivir en ella es formar parte activa de su configuración que, hoy por hoy, pasa por participar en procesos electorales y ser consecuentes con lo que cada uno vota. La segunda razón estriba en ejercer la responsabilidad activa de ciudadanía, porque ser responsable es la conjunción de conocimiento y libertad. Conocimiento, porque la inteligencia es el bien más preciado para vivir dignamente, entendida como la capacidad de resolver problemas en el día a día, considerando siempre que es lo más bello que tiene el ser humano. Guido Orefice o Roberto Benigni, tanto monta-monta tanto, el protagonista de La vida es bella, explicaba bien cómo podíamos ser inteligentes al soñar en proyectos: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y sabiendo distinguir el norte del sur. También, porque cuidaba de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta. Hasta el último momento. Y la libertad, sin ira, libertad, para dar respuestas a las cuestiones cotidianas en las que estamos inmersos en el acontecer diario. Esa es la dialéctica de la responsabilidad, conocimiento más libertad, entendida como respuestabilidad (perdón por el neologismo), quedando probado que se puede librar de convertirse en mercancía cuando se sabe distinguir valor y precio.

En tercer lugar, porque hay que pensar en el día después de las elecciones, porque detrás del voto debe haber siempre un compromiso activo con mi voto fiado a terceros que probablemente ni conozco, a través de un papel de color blanco, alargado como la sombra ética y decente que lo protege. Es decir, tengo que mantener activo el compromiso diario de mi opción a través de la participación activa, como ciudadano o ciudadana que vive en un ámbito local concreto, en la consecución de aquellos objetivos que me han llevado a elegir una determinada opción política volcada en un programa, que nunca se debe entender como flor de un día. El éxito político, como el campo, es para quien lo trabaja y no hay que olvidar que cuando la política se entiende así podemos ser protagonistas de la misma en mi casa, mi barrio, mi trabajo, mi ciudad, mi país o, simplemente, entre mis amigos o familia del alma. Somos, como bien decía Aristóteles, animales políticos queramos o no.

Lo que no se comprende es la abstención masiva, dejar pasar una ocasión mágica de la democracia, no depositando el voto, dejando que el país viaje posiblemente, de nuevo, hacia ninguna parte, como si la cosa política, la res pública, no fuera cosa de todos. El Parido Abstencionista prepara ya estas elecciones generales. Estamos avisados.

#IzquierdaJamásVencida

Sevilla, 13/III/2019

(1) Lukács, G. (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.