Siente un pobre (o un allegado) a su mesa

Sevilla, 19/XII/2020

Creo que soy una de las personas de este país que comprenden perfectamente el sentido profundo de la palabra allegado, reconocida ampliamente por la Real Academia Española a lo largo de los últimos siglos, tal y como expliqué hace unos días en unas páginas de este cuaderno digital y porque la he experimentado en primera persona. En estas fechas, todavía más, perteneciendo a una generación donde la burguesía, con su discreto encanto, prefería sentar a “sus pobres” en “sus mesas” antes que a los allegados, que eran miles en aquella época, en un fariseísmo que clamaba al cielo (nunca mejor dicho). Esta es la razón de por qué vuelvo a traer a colación el mensaje de una película de mi adolescencia, Plácido, que no he olvidado jamás, porque retrataba la España que helaba el corazón de los españolitos que habíamos venido al mundo a los pocos años de finalizar la guerra civil.

Adjunto de nuevo el artículo de referencia, ¡Siente la realidad (o un pobre) a su mesa!, porque en tiempos de COVID-19 y actualizando las fechas y hechos citados (mutatis mutandi, porque los tenemos identificados), creo que no ha perdido su sentido ético de la navidad verdadera. Es una forma de respetar la memoria histórica de este país y, también, la realidad de la pobreza existente en la actualidad, que algunos sabemos dónde están los más pobres, que merecen que los invitemos a sentarse ahora y siempre en nuestras mesas. También, la de los allegados, porque en muchos casos han sido, son y seguirán siendo multitud en su soledad sonora.

Sólo les pido una cosa: presten atención a la letra del villancico, al finalizar la película, en el vídeo que encabeza estas líneas. No lo he olvidado desde que lo cantaba en mi niñez sin comprender que era lo quería decir. Ahora sé que el niño Jesús, proletario, fue un allegado más de esta tierra: ¡Madre, en la puerta hay un niño, tiritando está de frío! ¡Anda, dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá!

¡Siente la realidad (o un pobre) a su mesa!

El 30 de marzo de 2008 escribí un post (Plácido…, Azcona), en homenaje a Rafael Azcona, guionista al que he seguido de cerca por su buen saber y hacer cinematográfico, interpretando la vida real, sin muchas concesiones y que falleció el 23 de marzo de 2008. A punto de finalizar el año, vuelvo a recordar siempre la película que marcó mi infancia en tierras de Castilla, Plácido (Siente un pobre en su mesa, su título original), porque me ayuda a comprender mejor los fastos navideños que nunca me supieron levantar, al igual que la música militar que cantaba Paco Ibáñez.

En aquella película “el guión no tenía desperdicio y Azcona lo sabía. Con motivo de la promoción de las ollas Cocinex, la burguesía -donde reside la clave del dinero y el buen hacer- se puede llevar a casa por una noche a grandes artistas, como el lote de “la más prometedora promesa de nuestro cine, Maruja Collado y el niño cantor Paquito Yepes”. Además, por la buena causa de “cene con un pobre”, la gente de clase media y alta puede elegir entre los ancianos del asilo o los pobres de la calle. Y se retransmite en directo una cena en la casa de la presidenta de la Comisión de Damas que es la que organiza esta campaña “de maravillosa hermandad, de magnífica caridad o de hondo significado, que une a pobres y a ricos en todos los hogares de la ciudad”. Inconmensurable. Tan real como la vida misma”.

Y en aquella ocasión, aprovechando la dolorosa ausencia de un maestro del cine de autor, comprometido con la vida y la muerte, con la auténtica Navidad de cualquier año, reflexionaba que “hoy, pueden cambiar los actores, el decorado, incluso los pobres, y seguro que no habrá problema alguno de patrocinadores. Menos, probablemente, la nueva clase de nuevas ricas y de nuevos ricos que asola el país, en todas las proyecciones de supuesta riqueza posible, dispuestos a sentar a los nuevos pobres en sus mesas, como maravillosa y nueva hermandad, pero sin que cambie un ápice su patrimonio mental, personal, familiar y social, asentado todo en la falta de educación ciudadana y en la mayor de las pobrezas: la autosuficiencia basada en el des-conocimiento [sic]. Pero Rafael Azcona, desde donde quiera que esté, puede volver a escribir un guión utilizando el mismo discurso porque la doble moral sigue campando por sus respetos. Digo moral y no ética, porque esta última sigue, con perdón, sin saberse qué es, como gran desconocida que fundamenta todos los actos humanos, constituyéndose en el suelo firme de la vida, la solería de nuestra existencia. Berlanga y Azcona lo resumieron maravillosamente en la letra desgarradora y trucada (¿dónde estaba el censor de turno?) del villancico final de la película: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá. Y no se puede andar por la vida sin suelo, aunque los Plácidos de turno tengan que escenificar, a veces, que la felicidad está en los plazos interminables que hay que pagar para tener una vida sobre ruedas. Porque, para ser, ¡eso es otra cosa!”.

Ahora, paso la página de mi al-manaque [el clima, en árabe) particular, a pocas horas de finalizar el que llamaban ¡feliz 2008!, hace solo 365 días, para constatar que las imágenes de Gaza, con la muerte y desolación por doquier, la recesión crítica ó el contador incesante de muertes de mujeres por violencia de género, en nuestro educado país para la ciudadanía, solo arrancan, a veces, frases parecidas a las que pronunciaba el matrimonio que en Plácido le había tocado un pobre, además enfermo, “con la sutileza no confesable del cambio de las sábanas “buenas” por las “corrientes” para depositar al pobre enfermo -acogido como rey por un día– que encima se muere y que en aquella corrosiva película arrancaba frases corales de este tenor: «Con lo bien que iba la campaña, ¡qué fatalidad!»”. Puede que se deba al cambio climático, de cada al-manaque [sic] particular, al llegar el 31 de diciembre, en todos los sentidos.

Sevilla, 30/XII/2008

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.