Apagón y escasez, dos realidades ya presentes en el mundo al revés

Siempre hacia adelante / DAR YASIN (AP) | 25-11-2011 / El ciclista, en medio de una espesa niebla, mira a cámara mientras no detiene su avance por una de las calles de Srinagar (India)

Sevilla, 6/XI/2021

Por las noches, para no ver, enciendo la luz (escuchado por Mercedes Ramírez)

Eduardo Galeano, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

Los agoreros mayores del Reino vienen anunciando desde hace unas semanas que estamos muy cerca de un gran apagón mundial y de una escasez de productos galopante, incluidos los básicos de alimentación y de todo tipo. Dicen que los primeros avisos los podremos constatar en el próximo Viernes Negro (Black Friday), en el que faltarán productos electrónicos y de consumo por la escasez de semiconductores que les permitan funcionar, porque hay escasez de sus componentes básicos. Además, la electricidad está por las nubes, nunca mejor dicho, porque no llueve y la producción de este bien básico depende de este líquido elemento también, entre otras fuentes de generación más sofisticadas. En resumen, no salimos de una encrucijada mortal como ha sido la pandemia y ya nos tenemos que enfrentar a otras dos que son un órdago a la responsabilidad humana en relación con el consumo como determinante común, un hábito que se instaló con el capitalismo y que el desarrollo industrial y las ideologías practicadas en política universal no han logrado combatir en su justo sentido, inmersos en una espiral del mundo al revés, que demuestra que algo hay que hacer urgentemente para contener este loco mundo del que cada vez cuesta más bajarse, a pesar de las recomendaciones de Groucho Marx, hace ya muchos años, cuando lo intentó y no pudo hacerlo para desesperación de sus seguidores.

Creo que estas dos realidades que se avecinan, el apagón mundial por zonas geográficas, así como la escasez progresiva de bienes de primera necesidad y de consumo, tienen una raíz única que consiste en la sobreexplotación de la naturaleza y sus recursos puestos al servicio de las personas. Los gobiernos de la Gran Aldea Mundial tienen la obligación de encarar con visión de Estado estas dos realidades y no alentarlas haciendo de coros nada angelicales de los poderosos de esta tierra, que deciden desde un ordenador portátil en el Este y en el Oeste, ya por este orden que hasta ahora no era así, es decir, desde China, Rusia y hasta Estados Unidos, que el mundo sufra por alguna de sus veleidades: cierre a discreción de suministro de gas y elección no inocente de sus rutas de distribución por parte de los países productores, al igual que con las fuentes de energías diversas, entre las que no puede faltar la electricidad y el petróleo, hasta llegar a los semiconductores para controlar la electrónica en general, como dueña silente del mundo al revés, no a demanda del consumidor sino del productor que tiene la sartén por el mango y el mango también.

El primer carril bici fluorescente del mundo, en Nuenen. El cielo estrellado de Van Gogh sobre el asfalto.

En un libro de Eduardo Galeano, Patas arriba. La escuela del mundo al revés, al abordar el autor el problema de la pedagogía de la soledad en la que nos encontramos los que descubrimos la situación real del mundo tal y como se presenta en la actualidad, plantea en el programa de estudios dos cuestiones a cual más importante: lecciones de la sociedad de consumo y curso intensivo de incomunicación. En la primera dice textualmente: “El suplicio de Tántalo atormenta a los pobres. Condenados a la sed y al hambre, están también condenados a contemplar los manjares que la publicidad ofrece. Cuando acerca la boca o estiran la mano, esas maravillas se alejan. Y si alguna atrapan, lanzándose al asalto, van a parar a la cárcel o al cementerio. Manjares de plástico, sueños de plástico. Es de plástico el paraíso que la televisión promete a todos y a pocos otorga. A su servicio estamos. En esta civilización, donde las cosas importan cada vez más y las personas cada vez menos, los fines han sido secuestrados por los medios: las cosas te compran, el automóvil te maneja, la computadora te programa, la TV te ve. Globalización, bobalización Hasta hace algunos años, el hombre que no debía nada a nadie era un virtuoso ejemplo de honestidad y vida laboriosa. Hoy, es un extraterrestre. Quien no debe, no es. Debo, luego existo. Quien no es digno de crédito, no merece nombre ni rostro: la tarjeta de crédito prueba el derecho a la existencia. Deudas: eso tiene quien nada tiene; alguna pata metida en esa trampa ha de tener cualquier persona o país que pertenezca a este mundo. El sistema productivo, convertido en sistema financiero, multiplica a los deudores para multiplicar a los consumidores. Don Carlos Marx, que hace más de un siglo se la vio venir, advirtió que la tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la tendencia a la superproducción obligaban al sistema a crecer sin límites, y a extender hasta la locura el poder de los parásitos de la «moderna bancocracia», a la que definió como «una pandilla que no sabe nada de producción ni tiene nada que ver con ella». La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura del consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos, esta aventura empieza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo”.

Para abrir boca no esta mal y para abrir los ojos de una vez por todas tampoco. Lo que Galeano nos quiere decir ahora ante los dos enemigos públicos que nos presenta el capitalismo actual y tal como lo han estructurado, es que pobres somos todos ante estas realidades, según las categorías que él mismo explicó: “Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio, ni pueden comprarlo. Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas se han olvidado de volar. Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida. Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen más libertad que la libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión. Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas. Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos. Pobres, lo que se dicen pobres, son los que no saben que son pobres”.

Quizás ha llegado el momento de anunciar al mundo mundial que todos somos pobres según los designios de los poderes fácticos del mundo y que la mayor pobreza es la incomunicación que el capitalismo genera a través del dios consumo. Los avisos programados ya para el Black Friday son eso, sólo avisos de que siendo ricos somos pobres, que para ver de día vamos a tener que encender la luz del alma y que para no ver la noche que viene tendremos que encender la mejor luz que dispongamos, sobre todo la que tiene el tiempo dentro. Que el calor humano no se resuelve comprando de forma compulsiva cocinas de gas porque basta el enfado de Argelia para amargarnos la Navidad a poco que nos descuidemos. Es que, como Galeano nos enseña en su escuela del mundo al revés, ¿no tenemos en cuenta todavía que somos los más pobres del mundo, porque no sabemos el gran caleidoscopio de lo pobres que somos? Porque pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos ante los apagones mundiales de todo y ante la escasez de lo que la naturaleza nos entrega a veces a cambio de nada. La incomunicación total por definición.

Galeano finaliza sus clases sobre lecciones de la sociedad de consumo y curso intensivo de incomunicación, con una reflexión impecable, que leo una y mil veces en esta ardiente impaciencia ante el gran apagón mundial que se avecina y la escasez de todo que nos rodea por las esquinas del consumo: “Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los oídos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta. Los presidentes de los países del sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, un acto de magia que nos convertía a todos en prósperos miembros del reino del despilfarro, deberían ser procesados por estafa y por apología del crimen. Por estafa, porque prometen lo imposible. Si todos consumiéramos como consumen los exprimidores del mundo, nos quedaríamos sin mundo. Y por apología del crimen: este modelo de vida que se nos ofrece como un gran orgasmo de la vida, estos delirios del consumo que dicen ser la contraseña de la felicidad, nos están enfermando el alma y nos están dejando sin casa: aquella casa que el mundo quiso ser cuando todavía no era”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.