El punto omega (V)

Vamos a intentar aproximarnos al análisis que Teilhard llevó a cabo sobre el nacimiento de la vida, su gran dilema con la presión ambiental gracias a los descubrimientos de Darwin. Su investigación estaba limitada por el estado del arte de su época. Su referencia permanente a la incapacidad del científico de descifrar cómo había “brotado” la vida desde lo físico, químico ó lo estrictamente orgánico no era viable simplemente porque los sedimentos sobre los que se podía investigar estaban transformados. Hoy la realidad es muy diferente. Las investigaciones recientes sobre los orígenes de la materia orgánica nos permiten descifrar con exactitud matemática, de reloj suizo, cómo se produjo la evolución de la materia. Siguen estando presentes muchos interrogantes y la razón de Aristóteles planea sobre los grandes laboratorios ultramodernos:  la razón de ser del “primer motor inmóvil”,  es decir, cómo se puso en movimiento el universo en todas sus manifestaciones. La verdad es que la conclusión de Teilhard está sobrepasada. La ciencia ha ganado esta partida. Pero quedan muchas por jugar, aunque nos suene como algo muy chocante su desafío en la fe del dueño del carbón que no del carbonero: el misterio está oculto en Dios para siempre.

Pero él mismo deja una puerta abierta llena de esplendor: solo si se lograran reproducir estos procesos en el laboratorio se resolvería parcialmente el enigma. Aunque otra vez da un paso atrás dejando entrever que el nacimiento de la vida, en todas y cada una de sus manifestaciones, es algo indescifrable. Este movimiento de contrarios, pendular, es algo  muy asentado en la ciencia aunque en Teilhard solo tenía interés si el avance de la investigación era una realidad y no una quimera.

El llamado salto a la complejidad, la evolución de la materia en estado puro a lo que se llama vida, es una evolución lógica hacia la consciencia, la interioridad que analizábamos en la “entrega” anterior: vida es la explosión de la energía interior bajo una tensión biológica hacia el próximo estadio de la existencia que, a todas luces, está por llegar permanentemente. Y todo obedece a un plan. Esta era la visión intrínseca de la evolución cósmica según Teilhard: todo está perfectamente determinado por Dios, aunque el plan lo revele paulatinamente. El hecho de que el libro de instrucciones de cada ser viviente ó carnet genético se esté develando en la actualidad a través de la genómica, es una manifestación de este plan develado, por llamarlo de alguna forma, de la “hoja de ruta” de Dios sobre la vida. Es una interpretación “permitida” por el ser superior, por el llamado también “primer motor inmóvil”, al que hacíamos referencia anteriormente, en homenaje a los más escépticos.

Y la teoría del árbol de la vida, tantas veces glosado por artistas del renacimiento e incluso contemporáneos, en pinturas y escritos memorables, se manifiesta en todo su esplendor: todos los seres vivos siguen brotando como ramas, porque la biosfera es una realidad. Y los últimos descubrimientos de “islas” paleontológicas, humanas, de plantas y animales desconocidos, son una manifestación palpable de que son manifestaciones de un tronco común disperso por todos los continentes actualmente identificados. No son descubrimientos en el pleno sentido del término: son meros alumbramientos de unas especies que se han desarrollado de un tronco común, salidas a la superficie de la biosfera para general conocimiento de la humanidad insaciable de conocer sus orígenes. Teilhard lo llamaba “ilusión óptica” porque lo que aparece hoy tiene su razón de ser en un único origen de la vida, el tronco común. Y queda mucho por descubrir. La gran pregunta es cómo es que lo que se encuentra en la actualidad son solo formas acabadas. Los últimos descubrimientos de nuevas especies en las Montañas de Foja, una remota selva de Papúa-Nueva Guinea (Indonesia) cuestiona estos grandes principios del tronco común: “Allí, los científicos han explorado un área de más de un millón de hectáreas de jungla. Los investigadores dicen haber identificado hasta una veintena de especies nuevas de ranas, cuatro de mariposas y cinco de palmeras, aunque todavía no existe una confirmación independiente de que esto sea así. “No hay ni una sola senda, ni un signo de civilización, ni un rastro de una comunidad humana que haya vivido nunca ahí”, ha explicado Beehler (miembro del equipo descubridor). Incluso dos indígenas de la zona que acompañaban a los investigadores se quedaron sorprendidos por el aislamiento de la zona” (1). ¿Todo evolucionó allí?. Las formas acabadas así lo atestiguan. Por ahora. Se decía en los tiempos de Teilhard que no llevaba razón en su forma de exponer su teoría científica porque en el gran archivo de la tierra no se encuentran transiciones.

Teilhard se hacía las siguientes preguntas ante esta crítica rotunda: si nos ponemos así (científicamente hablando) ¿dónde está el primer sumerio, el primer griego, el primer romano, el primer coche, la primera lanzadera para tejer? Todo lo primitivo se pierde y hoy no tenemos la perspicacia de los cuentos de Pulgarcito para seguir la senda de las piedras blancas que nos lleven al tesoro. Las formas primigenias se han perdido definitivamente. Y a esto se podría responder ¿es que se han perdido las primeras pruebas para demostrar que Dios existe? Teilhard reaccionaba rápidamente: descubramos, poco a poco el libro de instrucciones de la existencia. Algo parecido a lo que hace Craig Vanter con la genómica, por ejemplo. O la nave que fotografía Venus en un streeptease cósmico.

Y la gran lección de este ascenso cósmico lo simboliza y demuestra Teilhard con la asunción de la realidad del sistema nervioso humano. Y sobre todo el cerebro, el gran rey de la selva por descubrir, cada vez más voluminoso y sinuoso, del tamaño de una servilleta mediana, extendida, en su córtex pensante. Y si la razón de ser de la existencia es “anímica”, para Teilhard, el gran antecedente de la biogénesis no podía ser otro que la psicogénesis, porque lo anímico era el gran proyecto ya que la gran explosión de la evolución, para conocerse a sí misma, fue el cerebro. Teilhard lo simplificaba en un ejemplo muy gráfico: el tigre no es fiero porque tiene las garras, sino al revés: tiene garras porque en su evolución natural se desarrolló en él el instinto de fiereza. Por decirlo de alguna forma, las garras vinieron después. La evolución entera es la consecuencia de la ramificación de lo psíquico. El eje de avance es una línea delgada roja anímica, no material.

Al finalizar esta lectura comentada de mi descubrimiento iniciático, en su quinta reinterpretación, he recordado al protagonista de “La vida es bella”, Guido Orefice, cuando frecuenta la existencia con su amigo Ferruccio y nos deja un mensaje alentador: ser inteligente es una realidad del Sur, se manifiesta montando una librería y comprendiendo a Schopenhauer, sobre todo si te lo explica un amigo: “soy aquello que quiero ser…”. Esto último en homenaje a la ley del péndulo y al movimiento de contrarios. ¿Porqué no?. En homenaje también a Teilhard de Chardin, tan actual en nuestros días. 

(1) Un equipo científico dice haber hallado un área inexplorada con nuevas especies en Indonesia, El Pais, 7-2-2006

Sevilla, 30/IV/2006

Las aceras de Jane Jacobs (In memoriam)

El pasado 12 de abril, miércoles santo, escribí un artículo, “La semana laica”, que era un homenaje implícito a Jane Jacobs, la autora de uno de los libros que ha supuesto la revolución urbanística más importante en Estados Unidos y que falleció el 25 de abril en Toronto (Canadá), a los 89 años. Ayer leía con cierta desazón la noticia de su muerte que habrá pasado sin pena ni gloria en la vida ordinaria de los planificadores de la vida, sea cual sea su condición, pero que su mención científica era un contrapunto impresionante ante la especulación actual inmobiliaria y urbana a todos los niveles. Su muerte es una noticia amarga porque deja de estar en el mundo una de sus defensoras acérrimas, en clave positiva, que demostraba como acción posible la de la existencia de un urbanismo humanista, defensora del diseño y la construcción de los barrios en las ciudades que obedezca siempre a leyes sociales de convivencia y relación entre personas obligatoriamente obligadas a vivir en común y ser miembros de una entidad que ha cambiado el nombre identificador obligado por el nuevo lenguaje de género: la ciudadanía.

Según las últimas investigaciones sobre sistemas emergentes, Jacobs brindó con sus tesis expuestas en “Muerte y vida en las grandes ciudades americanas” la posibilidad de estudiar la complejidad creciente de las ciudades y cómo la creación de los barrios, antes de que estallara el boom inmobiliario, traducía comportamientos sociales de marcado interés. Basta analizar el comportamiento social de cualquier ciudad, la mía propia, Sevilla, para comprender correctamente las tesis de Jacobs en toda su extensión. La gran paradoja actual es que las agrupaciones de viviendas ó “muriendas”, como las llamaba uno de mis maestros de juventud, ya no se desarrollan como fenómeno social de la complejidad social de unos grupos sociales, sino que se diseñan en gabinetes de estudio, muchas veces de especulación pura y dura, que obedece a otros patrones alejados de las tesis de Jacobs. La nostalgia de las familias sevillanas que solo vuelven a sus barrios de origen con motivo de las procesiones de Semana Santa, traduce muy bien el desencanto que podría producir a esta investigadora natural, sin formación académica especializada, el desmantelamiento de este fenómeno social de la vida en las aceras, habiendo sido defensora a ultranza de esta forma de convivencia: “Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calle y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas” (1).

San Bernardo, Triana, la Macarena, el Tiro de Línea, son ejemplos rotundos del desmantelamiento social de los barrios tradicionales en la década de los sesenta y setenta, donde se vivía bien en el pleno sentido de la palabra. Tener que marcharse al Parque Alcosa, a las afueras de Sevilla, daba la oportunidad de tener una casa “en condiciones”, y además había que aceptar la realidad de una visión valenciana del promotor (todas sus calles llevan actualmente, derivado de las primeras construcciones en los años setenta, el nombre de las poblaciones más importantes de Valencia) y el tipo de construcción rompía definitivamente la distribución de la habitabilidad tradicional de corte árabe, sevillano y la convivencia sureña: patio interior, cancela, zaguán, escalera, pasillo común de acceso a las viviendas (corredores), amplia azotea, paredes encaladas y otras maravillas del lugar. Y sobre todo, las aceras, donde transcurría la vida diaria, durante las veinticuatro horas, con la interpretación no conocida de Jacobs. Todavía recuerdo personalmente cómo por las mañanas, en su casa de Tomás de Ybarra, el cantaor “El Pali”, con su forma característica de sentarse en la silla, te saludaba en el quicio de su casa, en una acera muy estrecha, iniciando conversaciones que podían ser futuras letras de sus famosas sevillanas.

Los barrios de Sevilla deberían sumarse a este homenaje silencioso a Jane Jacobs, una mujer extraordinaria, que solo quiso poner un grano de arena en su territorio americano para que las personas pudieran crecer con mejor calidad de vida. Aunque hoy, pudiéramos pedirle prestada a El Pali, donde quiera que esté, alguna sevillana que pudiéramos ofrecerle en clave de canto a la posibilidad de ser en la ciudad, en sus aceras de siempre: La Alameda no es Alameda // Es un puro desierto… ¿Por qué? Porque la magia de las ciudades, de sus barrios, viene desde abajo, desde las aceras de los encuentros ilusionados de personas que van y vienen alrededor de sus asuntos. 

(1) Jacobs, Jane (1961),  Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, Nueva York: Vintage, pág. 50.

Sevilla, 29/IV/2006

El punto omega (IV)

Es necesario hacer un paréntesis en la presentación de esta publicación “digital” por la propia entidad de su contenido. Es un esfuerzo que “merece la pena” en aras de la divulgación científica de la teoría de Teilhard respecto de la razón de ser de la noogénesis y de su proyección en la noosfera, la malla pensante, la corteza cerebral del mundo, lo más próximo a la realidad de la red de redes. Esta cuarta entrega se va a centrar en el interior de la materia cósmica. Recuerdo que estoy haciendo un comentario de texto actualizado de mi libro iniciático, hace casi cuarenta años, sobre Teilhard. Ayer, en el viaje de vuelta de Madrid, fui descubriendo de manera asombrosa las bases de la corteza cerebral humana, según Jeff Hawkins y su teoría de la inteligencia predictiva. Es un secreto a voces la ignorancia sobre nuestro interior mental, a pesar del esfuerzo espectacular de los últimos años.

¿Qué es el interior de la materia cósmica? Nadie duda a la altura de la investigación actual, del estado del arte accesible a la mente humana, que la historia hacia atrás está todavía por escribir. Solo sabemos lo que aparece, sin que pertenezca a la escuela fenomenológica. Pero lo comprobado en laboratorio es mucho. Cualquier científico sabe abordar con celeridad extrema la frontera de los límites de la investigación física y química de la humanidad. Es maravilloso constatar cómo la genómica nos está brindando, segundo a segundo, el conocimiento del interior de la vida, incluida la del ser humano. Y está demostrando, no sin cierta desazón, que la composición de la maravillosa fórmula que hace posible las cadenas genéticas, el libro de instrucciones de la especie humana, no separa mucho la realidad del ratón, de la del ser humano. Y esto no ha hecho nada más que empezar. A la hora de enseñar el carnet genético, como persona, quizá estoy obligado a mirar al lado por si algún ratón nos está imitando. Existe una diferencia mínima, en poco más del 1%, entre la secuencia genética del ser humano y del chimpancé, y el mismo número aproximado de genes, lo que nos confunde respecto de las notables diferencias observables a primera vista entre seres humanos y chimpancés.  “Lo que nos hace humanos no es la aparición de nuevos genes”, subrayó en 2001 Carlos Ortín, de la Universidad de Oviedo, miembro del equipo que secuenció el chimpancé. ¿Sigue vigente, por tanto, la problemática derivada del interior de la materia cósmica?.

La realidad constatable es que el Universo, macro o micro, da igual, está en continua transformación. El famoso “pánta rei”, todo fluye, nada permanece, es una de las mayores expresiones de inteligencia conectiva multisecular. Este relativismo científico permite seguir avanzando en cualquier estadio en que se encuentre la persona que habita un pequeño territorio del Universo: e pur si muove. Y Teilhard comienza su exposición sobre el “lado interior” de las cosas. El ser humano solo toma conciencia de este movimiento continuo cuando la intensidad del mismo aparece. Ese es el momento álgido de la demostración de las hipótesis. Cuando se ejecutan. Lo latente se hace manifiesto. El ya pero todavía no de Bloch. La física y la química demuestran cada segundo que pasa la humanidad en su existencia, en su “calendario” en términos gregorianos, su permanente evolución basada en la intensidad. Por analogía, la aceleración de partículas hace más viable la investigación del cambio de dirección de las partículas cargadas, cualquiera que sean, pero de interés para los investigadores. Ahí está el éxito del electrón, en su intensidad.

El interior de las cosas en la consciencia de las mismas. Y aquí se reproduce de nuevo el debate ético, para Teilhard, entre creacionismo y evolucionismo. La creación, según Teilhard, supuso la aparición del hombre sobre la Tierra. Pero su gran visión crítica (de acuerdo con López Aranguren: sometida a crisis como juicio) se vislumbra al hacer partícipe de este salto consciente a los animales y plantas: el comportamiento de los insectos y de los celentéreos (invertebrados eumetazoos diblásticos) es inexplicable sin esta visión interior. En el caso de las plantas es más difícil de explicar. Quizá, más difícil de captar. Y nace el debate entre la dialéctica de lo que interesa a la ciencia: el interior y/ó el exterior de las cosas, de los seres humanos, animales y plantas. Antes lo decía: Hawkins, en su incipiente teoría de la inteligencia como expresión de la memoria-predicción, se interesa por el interior de la corteza cerebral. Durante mucho tiempo se ha trabajado en superficie. Ahora toca trabajar desde el interior mismo de la conectividad cerebral para descubrir, por ejemplo, por qué nos emocionamos. Fascinante. Pasen y vean.

Y Teilhard se hace fuerte en un argumento muy sólido: el interior o consciencia es una dimensión equitativa y saludable del Universo, sin distinción, que corresponde a la materia entera del mismo, “aunque con intensidad muy variada”. Su gran limitación vino de la prohibición científica a la hora de “excavar” las entrañas de la Tierra con su martillo de geólogo. Más difícil era admitir que también se podía excavar el interior cósmico que afecta por igual al ser humano que al celentéreo tan complicado que citábamos anteriormente, pero que es una forma de ser animal muy diferente (sin ir más lejos el moho de fango que narra de forma fascinante Steven Johnson en su obra “Sistemas emergentes”, al justificar su teoría de la agregación social).

Avanzando en esta reflexión crítica, me he encontrado con una anotación mía, de hace treinta y ocho años, sobre esta frase de corte teilhardiano: “Así en el cosmos entero, el lado exterior material, el único que la ciencia suele tomar en consideración, está acompañado de un lado interior consciente, las más de las veces oculto”. Y escribo asÍ: “esta frase resume todo lo dicho anteriormente”. Es verdad, porque lo oculto es lo que apasiona menos en la verdad científica. Aunque a mi me supuso poner en crisis la razón de la razón y la del corazón en una dialéctica pascaliana que permite hoy la realidad de una enorme pre-ocupación (así escrito) sobre el lado interior del cerebro y de su máxima expresión comprensiva y de aprehensión a través de la inteligencia. Y culmina esta teoría en una definición apasionante, también subrayada: la consciencia es una propiedad cósmica de intensidad variable, que podemos seguir a través de todos los grados ascendentes de crecimiento de la vida, hasta el pensar reflejo del hombre.

Y donde quiebra esta grandiosa teoría por construir todavía, si acudimos solo al campo de la investigación cerebral como máxima expresión de lo que interesa saber acerca de la vida humana, de su salud y enfermedad (mental, por ejemplo), es la permanente voluntad de conciliación de materia y espíritu en Teilhard, aunque de forma velada: nada puede aparecer en el mundo que desde un principio no existiera ya oscuramente. La evolución hacia la complejidad está servida. Es lo que ha demostrado la lectura de los poco más de 3.000 millones de letras (pares de bases químicas) que resultó tener el libro de instrucciones de la especie humana, leído en 2005.

A esta realidad cósmica la llamaba Teilhard embriogénesis. Cuando ayer, a la altura de Despeñaperros, se abría mi mente a la teoría de la corteza cerebral como generadora de la inteligencia creadora porque soy capaz de mantener en la memoria las experiencias anteriores que he vivido (¿quizá que han vivido mis antepasados, incluidos los ratones y los chimpancés?) y, además, realizando predicciones sobre algo “ya experimentado”, se llega a demostrar que puedo conseguir que el lado interno de las cosas tenga una significación especial, vislumbraba la razón de la razón de Teilhard y su rabiosa actualidad. Aunque como muy bien decía Rafael Alberti en un poema revelador aplicable a esta crisis temporal en las iglesias de la ciencia, que fueron también las que ocasionaron la crisis de Teilhard, la crisis está servida: “Confiésalo, Señor, solo tus fieles hoy son esos anónimos tropeles que en todo ven una lección de arte. Miran acá, miran allá, asombrados, ángeles, puertas, cúpulas, dorados… y no te encuentran por ninguna parte” (Roma, peligro para caminantes).

Sevilla, 26/IV/2006

La ciencia en al-Andalus

Ayer recibí una cura de humildad histórica de gran alcance. Estuve visitando la exposición “La ciencia en el mundo Andalusí”, patrocinada por la Obra Social de la Fundación “La Caixa”, con el comisariado y patrocinio de la Fundación de Cultura Islámica y del Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla. Está diseñada en conmemoración del VI Centenario de la muerte de Ibn Jaldún (1.406-2006), filósofo e historiador tunecino (Túnez 1332- El Cairo 1406/732-808 de la H.) que pertenecía a una familia árabe que se había establecido en la provincia de Sevilla. Sus antepasados jugaron un papel relevante en la historia de la Sevilla árabe, y él mismo en su Autobiografía se enorgullece de su pasado andalusí: “Mi antepasado [Jaldún b. Uzmán] al llegar a al-Andalus, se estableció en Carmona con un grupo de gente del Hadramawt, alzando allí la casa de sus descendientes, que luego se trasladaron a Sevilla, formando parte del ejército regular de los yemeníes.” Según Arnold Toynbee (Estudio de la Historia) “concibió y formuló una filosofía de la historia que es sin duda el trabajo más grande que jamás haya sido creado por una inteligencia en ningún tiempo y en ningún país”.

La primera sensación de limitación y esperanza en el respeto a la memoria histórica la vislumbré al estar enclavada a pocos metros del monumento de Chillida, en el Muelle de la Sal, dedicado a la tolerancia. Cerca también del río grande, en árabe, del Guadalquivir. Era un buen ejemplo de integración y de muestra de respeto a una cultura que durante más de siete siglos vivió y creció en territorio andaluz y aportó grandes descubrimientos en el mundo de la astronomía, alquimia, medicina, farmacopea, matemáticas, técnicas y mecanismos hidráulicos, botánica, agricultura y construcción.

Desde la reproducción del Salón Rico de Madinat-al-Zahra, hasta la recreación de la Alhambra, se puede constatar de forma sencilla la gran aportación del conocimiento (diraya) islámico a la actual Andalucía, por sus vestigios que aún mantienen el colorido y la belleza de las formas simbólicas, dado que ninguna representación era inocente.

Las diferentes salas, con sonidos y olores adaptados a cada secuencia temporal y escénica, muestran la sabiduría de nuestros antepasados, con una presencia indeleble en frases, ritos y costumbres. Me sorprendieron mucho las muestras del trabajo realizado por artesanos contemporáneos que recordaban las bóvedas desnudas de oro, con la decoración de ataurique, presente en la Mezquita de Córdoba, en el Alcázar de Sevilla o en la Alhambra de Granada.

Es un viaje muy corto a la Andalucía de casi ocho siglos de deslumbramiento andalusí. Sencilla exposición de la ciencia construida con el legado del conocimiento islámico. Sin grandes pretensiones. Con topónimos donde permanentemente se nos recuerda que tenemos una deuda permanente con una cultura que nos hizo mucho bien para seguir trabajando en el descubrimiento de la verdad científica.

Al fin y al cabo, porque debemos seguir siendo fieles al axioma islámico (hadit) que nos ofrecieron y que legaron a la posteridad: “Busca la ciencia desde la cuna hasta la sepultura”. Ayer, en el muelle de la sal, junto a Chillida, me sentí más cerca de la cuna y de la cultura musulmana, en el año 1427 de la hégira. 

Isbiliya (Sevilla), 23/IV/2006

El punto omega (III)

Estoy inmerso en el proceso de construir el constructo “inteligencia digital”, valga la redundancia y con el compromiso en red de hacer un comentario de texto, actualizado, de los orígenes científicos de Teilhard de Chardin para llevarlo a nuestros días. El tercer capítulo del libro iniciático de Vital Kopp llevaba un título muy sugerente “Volver a reunir lo separado”. Es una frase programática, hilo conductor de una dialéctica que mantiene vigente toda su actualidad. Y la pregunta, que parece una obviedad para muchos, se hace muy interesante en los tiempos que corren, porque ¿qué es lo que se separó? Vamos a intentar reinterpretarlo en el lenguaje de nuestros días.

En el principio existió la creación o el comienzo de la vida celular. En el terreno de las creencias cualquier hipótesis es posible y, por tanto, respetable. En el terreno científico no hay vuelta de hoja: en el principio fue la evolución de la vida, la evolución de las especies. Y Teilhard vivió sumido en esta contradicción in término: el hombre de la Biblia, del primer relato de la creación, era el mismo hombre que el pitecántropus erectus pekinensis, un “eslabón perdido” descubierto por él en la China y, denominado, a partir de ese momento “punto alfa del universo”. Pero ahí es donde se centra el gran problema de fe, de creencia, de laboratorio, de la geología, de la biología y de la neurociencia actual: saber dónde se produjo el salto real para la estructuración del cerebro y de su proyección más humana: la inteligencia. La gran preocupación de Teilhard radicaba en la “fusión” de la naturaleza humana con la estrictamente biológica, hasta tal punto que la distinción se hace ininteligible atendiendo a sus orígenes: “a su parecer, el hombre, como fenómeno integral, forma parte de la naturaleza. Está por consiguiente sujeto, incluso en cuanto forma un todo, a las exigencias y a los métodos de las ciencias naturales”, en frase de Vital Kopp.

Lo que se separó está claro. Dos formas de interpretar el comienzo del mundo, de la vida, que Teilhard intentó conciliar con escaso éxito, llamemos las cosas por su nombre. Su mente de geólogo estuvo en contradicción permanente con su razón del corazón católico, en puro esquema pascaliano. Su destierro último, por mucho que queramos revestirlo de diplomacia vaticana, en el hotel Fourteen, en la calle setenta y tres Este de Manhattan, en “un cuartucho con una sola ventana con vistas a un mugriento patio de luces y al muro trasero del club nocturno Copacabana”, tal y como lo describe Tom Wolfe en “El periodismo canalla y otros artículos”, traduce de forma muy evidente que este tipo de personas hay que alejarlas de la sede central del conocimiento dogmático de base científica: Roma. Y quizá sea esta situación irreconciliable desde la perspectiva católica la que propició que Teilhard dedicara ya toda su vida intelectual a “reunir lo separado”, buscar la “convergencia de la humanidad”, simbolizada en el descubrimiento de los eslabones perdidos (pitecántropus) a través de su martillo de geólogo. Se entiende así, desde la perspectiva digital de Negroponte, que la convergencia comprensiva, creada por la mano de Dios (según Teilhard), permitía ahora unir la especie humana como un único sistema nervioso, una “membrana viva”, una “máquina pensante”, una conciencia unificada por la piel pensante o noosfera, concepto que se analiza más hoy como cooptado por Teilhard que creado por él mismo, como ya expliqué en “La esfera de la inteligencia (Noosfera)”.

Es precisamente la convergencia de las personas el gran atractivo de su teoría científica hoy en plena operación rescate del pecio teilhardiano en el mar del olvido científico. Y la pregunta se nos hace algo obligado: ¿se estaría refiriendo Teilhard a la aparición de la gran red mundial de conocimiento y comunicación llamada Internet?. Creo que nos vamos aproximando al punto omega de su teoría noosférica, apoyada indefectiblemente por una nueva teoría científica denominada neurociencia, que es apasionante. Lo iremos viendo.

Sevilla, 22/IV/2006

El punto omega (II)

El vuelo de la inteligencia es el que nos enseña a aprender a aprender (1). En este análisis sobre Teilhard, hay un segundo rumbo del vuelo que nos propone siempre el profesor Marina, que nos permite conocer mejor lo que sucede, para romper la rutina y el tedio de muchas vidas anónimas. Lo importante es valorar lo que dejamos más que lo que vamos a conocer. Dejamos confusión, prejuicios, error, ignorancia, la persistencia de lo histórico, de lo inamovible, de la tradición. Adquirimos conocimiento. Cuando trabajaba en el proyecto de historia de salud digital, en el Sistema Sanitario Público de Andalucía, nos propusimos darle un nombre nuevo. Así nació “Diraya”, que en árabe quiere decir “conocimiento”, porque en una interesante lectura sobre Averroes, descubrí el valor de la dialéctica en el vuelo de su inteligencia: es más importante trabajar en el conocimiento (diraya) que progresa, que estar viviendo permanentemente de la tradición (riwaya). Así lo expresaba Dominique Urvoy, en su libro “Averroes”: ”bajo la estabilidad social del cuerpo de los ulemas se manifestaban tensiones, crujidos, que explican la insatisfacción de Averroes ante la orientación ideológica predominante en al-Andalus durante su juventud, y su opción decisiva a favor de una reforma que, ante todo, se concibe como el resultado del uso de la razón. Tanto más cuanto  que, nos dice su biógrafo más próximo a él en el tiempo,  Ibn al-Abb¬ar, se sentía más inclinado hacia el conocimiento (diraya) que hacia la simple transmisión (riwaya)” (2).

Mucho se ha escrito sobre la personalidad controvertida de Teilhard. De acuerdo con la postura de Averroes, el “nómada de la ciencia”, como es descrito por Josef Vital Kopp, en el libro sobre el que iniciaba el comentario de texto, actualizado, en el artículo de 16/IV/2006, cubrió una vida de 74 años (1881-1955) plagada de sobresaltos, en la búsqueda del probable punto omega, en el Universo en el que tenía que migrar constantemente por el imperativo categórico de la rigidez dogmática de la Iglesia romana, que acabó desterrándolo a una habitación de un hotel, en Nueva York, donde muere en soledad, víctima de su trabajo incansable por aunar esfuerzos en la dialéctica creacionismo-evolucionismo. Crisis nacida en el terreno de las preguntas que preconizaban hipótesis de trabajo científico, auxiliado por su martillo de geólogo: ¿de dónde viene y adónde va el hombre y cuál es el puesto y destino del hombre dentro del cosmos?. El ejemplo más contundente se encuentra en el fracaso intelectual de Teilhard al conocer que su obra principal “El fenómeno humano” (1948) no era aprobada por la censura de Roma, aunque ¡paradojas de la vida!, la Academia francesa de Ciencias lo elige como miembro de la misma dos años después del duro golpe romano.

Con la misma pasión subrayé página a página, a mis dieciocho años, la obra prohibida en una España que helaba el corazón. Preparé trabajos de investigación, escribí un ensayo en francés sobre la evolución creadora de Maurice Blondel y dibujé hasta la saciedad los círculos concéntricos de la nueva forma de ser la persona y el cerebro en el mundo: la geosfera, la biosfera y la noosfera, cruzados por una línea delgada roja de la nueva interpretación de la continuidad alfa y omega, asimilados al principio y fin de la vida, en el terreno de la creación y/ó en el de la evolución. Esa era la cuestión a dilucidar, pero había que tener el valor científico de plantear la cuestión en el terreno de las hipótesis que en sucesivos artículos iremos desentrañando.

Queda claro para los amantes de la ciencia e investigación-acción que Teilhard fue un ejemplo de constancia en la creencia. Sin calificarla, en principio. Diraya, mejor que riwaya.

Sevilla, 20/IV/2006

(1) Marina, José Antonio (2000), El vuelo de la inteligencia. Barcelona: Plaza & Janés Editores, págs. 15 y 187.

(2) Urvoy, Dominique (1998), Averroes. Madrid: Alianza, pág. 43.

El niño Mozart

He cumplido un sueño histórico: después de muchos años de espera, de búsqueda, de asombro, de ilusiones fraguadas en el descubrimiento de la inteligencia musical, de acuerdo con el profesor Gardner (Howard), he escuchado, vivido, sentido, seis creaciones de Mozart cuando solo tenía cinco años. Son seis manifestaciones de un maestro del clavecín, que suman tan solo tres minutos y cincuenta y cuatro segundos, como introducción a una clase magistral de inteligencia aplicada.

El catálogo Köchel, recoge estas seis piezas como las iniciáticas del ciclo Mozart a lo largo de sus treinta y cinco años de vida, en los que se recopilan 626 obras maestras, a las que se podría calificar así, cualquiera de ellas. Estas pequeñas composiciones son: un andante, dos allegro y tres minuetos. Si alguien me pidiera una elección de las seis obras, me decanto por  el Minueto para piano en fa mayor (K. 1d), que deja una estela de encanto melódico en un tiempo record: un minuto y veintidós segundos, en los que con los ojos cerrados he visualizado al niño Mozart rodeado de su padre y maestro, Leopold y su hermana Nannerl.

La versión que he escuchado es la del maestro Guy Penson, grabada en 1991, utilizando el clavicordio, con un sonido más próximo a la realidad mozartiana del año 1761. Prefiero el sonido del clavecín, mucho más cuando busco comprenderlo después de haber leído, hace muchos años, su diferencia del piano tradicional y próximo a nuestros días. El clavecín o clavicémbalo es, de acuerdo con el DRAE, un “instrumento músico de cuerdas y teclado que se caracteriza por el modo de herir dichas cuerdas desde abajo por picos de pluma (de cuervo…) que hacen el oficio de plectros”. Difícil nos lo ponía el diccionario: herir, picos de pluma, plectros… Estos últimos son “palillos o púas que usaban los antiguos para tocar instrumentos de cuerda”. Su origen griego (pléctron), decanta una especial orientación hacia la sabiduría, así como la segunda acepción de este vocablo cercano a la poesía: inspiración, estilo. La versión que escucho en momentos de búsqueda de la razón de ser de la inteligencia predictiva, es una ejecución sobre clavicordio, una variante de este tipo de instrumentos de la segunda mitad del siglo dieciocho, que se caracteriza también por las cuerdas y teclados, siendo “heridas” estas cuerdas (sic), por debajo, por una palanca que lleva un trozo de latón en la punta.

Esta música del niño Mozart ha llegado a mi vida, a mi investigación actual, como el conjunto de las tres “heridas” por las que clamaba Miguel Hernández, la de la vida, la del amor y la de la muerte, al igual que los plectros del clavecín de Mozart hacían sentirse más cerca de la vida auténtica al mundo cortesano, al mundo real de una persona que demostró en 626 variaciones sobre un mismo tema vital, que se había equivocado de siglo y que estaba herido de muerte por los plectros interesados en la música de encargo.

Es un pequeño homenaje que debía al niño que llevaba dentro Mozart. Eso sí, sin el encanto que él imponía a cada “fuga” de su propia vida, simbolizado en Papageno, con su jaula y carillón ambulantes, el protagonista de “La Flauta Mágica”, sin que haya logrado entender todavía a qué “pájaros” quería encantar en el frenesí impuesto por la Reina de la Noche… 

Sevilla, 18/IV/2006

El punto omega (I)

Era la una y media de la madrugada. Fue un momento sobrecogedor, difícil de explicar. La última frase del libro “Origen y futuro del hombre”, de Josef Vital Kopp, era un homenaje a cuarenta años de permanencia en algún lugar oculto de mi cerebro, después de aquella primera lectura y análisis en 1966, de meses de estudio hasta que la Autoridad competente me recomendó que no investigara tanto sobre Teilhard de Chardin, porque era una persona que había muerto como había vivido: solo, equivocado de siglo, contraviniendo las teorías de la creación, reviviendo las teorías darwinistas en una nueva interpretación de raíces dudosas acerca de la creación y la evolución de las especies.

Desde la portada, pasando por el índice y por mis propias anotaciones, pasaron imágenes y secuencias extraordinarias para un joven de dieciocho años que había descubierto que otro mundo era posible. Y he vuelto a leer página a página al autor que interpretando a Teilhard de Chardin me llevó de la mano (creo que también de la inteligencia) a descubrir una interpretación del mundo que se simboliza en la cabecera de este diario digital: el mundo solo tiene interés hacia adelante (Tientsin, 1923, recogida en sus Lettres de voyage, 1923-1939).

Con la mayor asepsia posible, pasando por el matiz de mi intrahistoria, deseo entregar a la comunidad humana de la red, pre, intra y postcientífica, aquella primera lectura que abrió la posibilidad de que hoy rescatemos lo esencial de aquellas aventuras teilhardianas para beneficio de la noogénesis actual. Es una deuda ética con la inteligencia digital, reinterpretada su tesis principal. Tal y como Vital Kopp arrancaba en su Nota Preliminar, “el análisis científico de su pensamiento requerirá todavía años, sin que, por ahora, pueda preverse cuál será el resultado de tal labor”. Queda mucho por estudiar y analizar en el corpus teórico de Teilhard, pero es indudable que se puede y debe acudir a sus bases científicas para construir el armazón científico de la inteligencia digital, tal y como propugno como nuevo paradigma científico. Es muy ilusionante acometer esta tarea, que será lenta, de riesgo, pero con un hilo conductor (leit motiv) claro y conciso, utilizando las claves de Monterroso para hacerlo más accesible: el mundo, el cerebro, solo tienen interés si miramos hacia adelante, si se hacen transparentes para el conocimiento humano.

Por otra parte, es indiscutible aceptar que el estado del arte de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación hacen viable esta meta, esta “intuición” investigadora en la construcción de un punto omega hacia el que caminamos digitalmente. Teilhard lo afirmó rotundamente: “El misterio del mundo aparece dondequiera que se logra ver transparente el universo” y esta transparencia es una de las grandes preocupaciones de personas, instituciones y Gobiernos actuales. En definitiva, porque necesitamos saber y la gran oportunidad de hoy, para alcanzar este proyecto de existencia, nos la brindan los sistemas y tecnologías de la información y comunicación. Esta realidad la demostraremos hasta la saciedad y veremos con aplicaciones prácticas cómo es una verdad incuestionable, en una búsqueda compartida al estilo machadiano: no tú verdad, ni la mía, sino la verdad tal y como se aparece y siente emocionalmente y a nivel de sentimientos hoy, en los cinco continentes.
En el primer capítulo del libro, “El pleito perdido”, se aborda con objetividad la realidad insondable de la bifurcación del creacionismo y del evolucionismo para justificar el origen del ser humano. Cuarenta años después, se debe aceptar que la convergencia es cada día mayor, pero hay un punto de partida donde “el primer motor inmóvil de Aristóteles” (protón kinún akíneton) sigue siendo una realidad para los creacionistas, mientras que la ciencia ha adelantado que es una barbaridad. La reproducción de seres vivos en laboratorio, la mejora intervenida de la especie, el carnet genético, la genómica en definitiva, van dando la razón a las teorías darwinistas chocando, a veces frontalmente, con la bioética trasnochada en su sentido más primigenio. Subrayé, en su momento esta frase: “Hoy día la evolución, incluso la del hombre, es un hecho indudable. Lo único que se resiste todavía a ser captado en términos científicos, es la fuerza motriz que impulsó la progresión ascendente: en una palabra, el cómo de la evolución”. Y en ese cómo andamos todavía, buscando las líneas delgadas rojas entre la investigación de laboratorio y el respeto a las creencias, donde la pregunta del origen del ser humano puede quedar sin responder ante la magnificencia de Dios.

Se desarrolla la historia de un pleito perdido porque de acuerdo con Vital Kopp, “cuando hoy leemos la apologética que en su tiempo se escribió contra Darwin, tenemos la impresión de leer las actas de un pleito perdido”. Y es una cuestión esencial la posibilidad de construir teoría científica respetando la convivencia entre realidad y creencia.

Estoy leyendo simultáneamente otro libro apasionante: “Sobre la inteligencia”, de Jeff Hawkins y Sandra Blakeslee (Espasa, 2005), donde se reafirma su idea de que su gran momento investigador sobre el cerebro y el rol de la inteligencia fue en 1986, cuando se dio cuenta de que la principal función del córtex no era generar comportamientos, sino hacer predicciones”. La memoria juega un papel muy importante desde la estructura cerebral porque predice los comportamientos y, en definitiva, es la base de la inteligencia. ¿Nos ayudará a comprender la visión del punto omega? Lo iremos analizando.

Javier Sanpedro, en la edición de El País, de 6/VIII/2005, analizaba con cierta ironía y sagacidad la siguiente pregunta: ¿Por qué tenemos los mismos genes que un ratón? “Porque la naturaleza humana no es cosa de genes, responderá el místico. Porque nuestros genes parecen los mismos pero no lo son, protestará el técnico. Porque no somos más que ratones, sonreirá el cínico. Expresadas con más solemnidad, y sobre todo con muchas más palabras, éstas vienen a ser las tres reacciones generales a la más chocante paradoja que la moderna genómica nos ha arrojado a la cara: que sólo tenemos 25.000 genes, pocos más que un gusano y muchos menos que una cebolla, y que encima los compartimos con el ratón. El místico, el técnico y el cínico tienen una brizna de razón, no digo que no, pero les voy a proponer otra respuesta mucho mejor. Un siglo de neurología ha demostrado por encima de toda duda razonable que el córtex cerebral, sede de la mente humana, está hecho de módulos especializados. Una lesión localizada puede eliminar las inflexiones gramaticales, las operaciones aritméticas, el tacto social o la capacidad para tomar decisiones, y las modernas técnicas de imagen confirman cada día la naturaleza modular de nuestra mente. Pese a todo ello, hace casi 30 años que el neurólogo norteamericano Vernon Mountcastle se convenció de que el córtex es casi uniforme por cualquier criterio que se considere -el mismo aspecto, la misma organización en seis capas, los mismos tipos de neuronas en cada capa, la misma arquitectura de circuitos- y, en un brillante salto conceptual, propuso que todas las áreas del córtex, los célebres módulos especializados, ejecutan la misma operación. No precisó cuál”.

Es obligado seguir investigando. Seguiremos abordando con visión de futuro estas cuestiones. Solo se trataba de calentar motores para dejar volar a la inteligencia, digital por supuesto.

Sevilla, 16/IV/2006

La esfera de la inteligencia (Noosfera)

En un libro recopilatorio de artículos de Tom Wolfe, El periodismo canalla y otros artículos, encontré en 2001 una referencia a Teilhard de Chardin (a quien debo mi interés manifiesto por el cerebro desde 1964), que tiene una actualidad y frescura sorprendentes: “Con la evolución del hombre –escribió-, se ha impuesto una nueva ley de la naturaleza: la convergencia”. Gracias a la tecnología, la especie del Homo sapiens, “hasta ahora desperdigada”, empezaba a unirse en un único “sistema nervioso de la humanidad”, una “membrana viva”, una “estupenda máquina pensante”, una conciencia unificada capaz de cubrir la Tierra como una “piel pensante”, o una “noosfera”, por usar el neologismo favorito de Teilhard. Pero ¿cuál era exactamente la tecnología que daría origen a esa convergencia, esa noosfera? En sus últimos años, Teilhard respondió a esta pregunta en términos bastante explícitos: la radio, la televisión, el teléfono y “esos asombrosos ordenadores electrónicos, que emiten centenares de miles de señales por segundo”. La cita es lo suficientemente expresiva de lo que Teilhard intentó transmitir a la humanidad a pesar del maltrato que sufrió por la Autoridad competente del momento, tanto científica, como ética y, por supuesto religiosa.

Desde 1964 no he parado de trabajar sobre la Noosfera (del griego “nóos” inteligencia y “sfaíra” (1), esfera: conjunto de los seres inteligentes con el medio en que viven, de acuerdo con la definición de la Real Academia Española, aceptada desde 1984), como tercer nivel o tercera capa envolvente (piel pensante) de las otras dos: la geosfera y la biosfera. Y en esta etapa actual de investigación, que deseo compartir con la malla pensante de la Web, he comprendido muchas claves que la difícil historia de España, en el siglo pasado, no permitían vislumbrar. Teilhard había construido su teoría de la Noosfera, sobre las corrientes científicas de su época. Y era un secreto a voces, desconocido en esta parte de Europa, que su fuente secreta estaba en el científico ruso-ucraniano Vladimir I. Vernadsky: “En mi disertación en la Sorbona de París en 1922–23, acepté la fenomenología biogeoquímica como la base de la biosfera. El contenido de parte de estas disertaciones salió publicado en mi libro Estudios de Geoquímica, que apareció primero en francés en 1924, y luego en una traducción rusa en 1927. El matemático francés y filósofo bergsoniano Le Roy aceptó el fundamento biogeoquímico de la biosfera en tanto punto de partida, y en sus disertaciones en el Collège de Francia en París, introdujo en 1927 el concepto de la noosfera como la fase geológica por la cual atraviesa la biosfera ahora. Él destacaba que llegó a semejante noción en colaboración de su amigo Teilhard de Chardin, un gran geólogo y paleontólogo que ahora trabaja en China. La noosfera es un fenómeno geológico nuevo en nuestro planeta. En él, por primera vez el Hombre deviene en una fuerza geológica a gran escala. Puede y debe reconstruir la esfera de su vida mediante su trabajo y pensamiento, reconstruirla de forma radical en comparación con el pasado. Se abren ante él posibilidades creativas cada vez más amplias. Puede que la generación de nuestros nietos se acercará a su florecimiento.” (fragmento del artículo que escribió Verdnasky en diciembre de 1943. Originalmente lo publicó la revista American Scientist en inglés en enero de 1945, de acuerdo con una investigación recopilada por el Instituto Schiller).

Esta investigación permite deducir que la reinterpretación católica de Teilhard sobre el punto equidistante del creacionismo y evolucionismo, se decantaba por este último avalado por sus descubrimientos del pitecantropus erectus (hombre-mono, erguido) en Pekín. Con una visión deslumbrante acerca de la inmensa tarea que quedaba para descubrir la importancia, por ejemplo, de la revolución digital.

Y esta revolución consiste en agrandar el cerebro de la sociedad, de la humanidad, en clave Teilhardiana. Por ello la inteligencia digital tiene un futuro muy prometedor: “¿No podrían los cerebros individuales conectarse unos con otros, en este caso a través del lenguaje digital de la Web, y formar algo mayor que la suma de las partes, lo que el filósofo y sacerdote Teilhard de Chardin llamó la “noosfera”? Wright no está convencido de que la respuesta sea sí, pero sostiene que la pregunta no es disparatada: “Hablar hoy de la existencia de un cerebro global gigante sigue siendo un disparate. Pero hay una diferencia. Actualmente las personas que hablan del tema lo hacen libremente. Tim Berners-Lee, el inventor de la World Wide Web, ha señalado paralelismos entre la Web y la estructura del cerebro, pero insiste en que el cerebro global no es más que una metáfora. Teilhard de Chardin, por el contrario, afirmó que la humanidad está constituyendo un cerebro real, como el de nuestras cabezas, pero de mayor tamaño” (2).

Se abre una esperanza nueva para la investigación. En las claves de Vernadsky (¿el primer ecologista?), Le Roy, Bergson y Teilhard, hay mucho que investigar. Lo que parece innegable es la capacidad del ser humano actual para constituir una malla humana excelente para intercambiar las grandes preguntas sobre la vida y la muerte, eso sí, mirando solo hacia adelante y extendiendo las redes neuronales desde la emergencia del ser humano al comienzo de cada vida.

Sevilla, 15/IV/2006

(1) Es muy interesante la quinta acepción de “esfera” aceptada por la Real Academia Española: “5. fig. Ámbito, espacio a que se extiende o alcanza la virtud de un agente, las facultades y cometido de una persona”, RAE, Diccionario de la Lengua española, 2001.
(2) Johnson, S. (2003).Sistemas emergentes, Madrid: Turner-FCE, 103s.

Soleá de la ciencia

Esta mañana, cuando preparaba un artículo sobre la esfera de la inteligencia, para publicarlo dentro de una horas, me acordé de una soleá preciosa, Soleá de la ciencia, cantada por Enrique Morente, que forma parte de su disco “Morente sueña la Alambra”, que te transcribo como homenaje a un poeta de vida, padre de Estrella, cantaora sublime en los atardeceres de Granada, y … para bajar nuestros humos. Sus palabras son fiel reflejo de lo que supone la dialéctica del conocimiento de base y el de laboratorio.

Dicen los estudiosos que este palo debió originarse durante el primer tercio del siglo XIX, para acompañar el baile por jaleos, aunque con posterioridad se convirtió en cante para escuchar, hasta llegar a ser considerado uno de los pilares básicos del flamenco. ¿Soleá: soledad o poner al sol? Las letras tocan muchos temas, desde lo intranscendente a lo trágico. Destacan las alusiones a la vida, el amor y la muerte. En rigor, no debe hablarse de la soleá, sino del cante por soleá, o por soleares, dada la cantidad de variantes y matices que posee. Si esta prueba digital te convence, podemos seguir avanzando en nuestra aventura particular de cerebros pensantes, ilusionándonos con el saber compartido sobre la esencia de esta palo: interpretar los puntos cardinales de la existencia: la vida, el amor y la muerte, desde la inteligencia del Sur:

Presumes que eres la ciencia
Yo no lo comprendo así
Cómo siendo tú la ciencia
No me has comprendido a mí

Sale el sol y da en el cristal
Cuando no quebranta el vidrio
¿Qué es lo que va a quebrantar?

Los pajarillos y yo
Nos levantábamos a un tiempo
Ellos le cantan al alba
Y yo alegro mis sentimientos

Para que tanto llover
Mis ojitos tengo secos
De sembrar y no coger

Letra y Música: Popular adaptadas por Enrique Morente
Voz: Enrique Morente
Guitarra: Tomatito
Producido por: Enrique Morente
Tomatito aparece por cortesía de Universal Music Spain, SL.

Sevilla, 14/IV/2006