Si el Salvador del Mundo levantara la cabeza…

Leonardo da Vinci [?], Salvator Mundi

Sevilla, 9/IV/2021

La historia del arte está llena de sorpresas y polémicas. Se ha conocido ahora con más detalle lo que ha ocurrido con el cuadro atribuido a Leonardo da Vinci, Salvator Mundi, pero que para los expertos del Museo del Louvre no es tal la autoría aunque sí reconocen la posible intervención profesional de su taller. La historia es breve pero rocambolesca. El cuadro se subastó en la galería Christie´s de New York, el 15 de noviembre de 2017 por 380 millones de euros, convirtiéndose en ese acto en el cuadro más caro de la historia del arte, siendo la única obra del pintor que se mantenía hasta esa fecha en manos privadas. Se ha sabido posteriormente que fue adquirido por el príncipe heredero saudí Mohamed Bin Salmán (MBS), que ha mantenido una disputa de Estados, simbolizada entre Riad y París, al haber sido excluido a última hora de la exposición sobre Leonardo que organizó en 2019 el Museo del Louvre con motivo del 500º aniversario de la muerte del gran pintor renacentista. Sorprende también conocer que este cuadro, fechado con aproximación entre 1490-1500, se había redescubierto en 2005 en muy mal estado, siendo adquirido por 1.175 dólares (unos 986 euros) por un marchante de arte de Nueva York que lo restauró en Estados Unidos.

En un interesante artículo publicado por el diario El País, La autoría del “Salvator Mundi”, un secreto de Estado, se analiza con detalle la intrahistoria de esta disputa que tiene matices geopolíticos de gran envergadura. El Salvator Mundi estaba dentro de una macrooperación de lavado histórico de culturas, salvando lo que haya que salvar, que es poco, al intentar Riad aproximar la cultura árabe y la occidental con la inclusión de esta pintura en la exposición anteriormente citada, pero a cambio de dádivas no muy claras: “Al comprar ese cuadro, un cuadro europeo, una imagen de Cristo, quería enviar [MBS] también un mensaje a Occidente demostrando su modernidad y occidentalización”, según Antoine Vitkine [periodista y autor del documental Da Vinci a subasta: la historia del Salvator Mundi]”, documental que se estrenará en Francia el próximo martes 13 de abril. ¿Qué hay detrás de esta operación? Parece ser que sólo el presidente francés Emmanuel Macron y el príncipe heredero saudí Mohamed Bin Salmán, tienen la respuesta que algún día se sabrá, pero que hoy permanece oculta. La principal es la más que dudosa autoría del cuadro que los expertos del Louvre, como se manifiesta anteriormente, no se la atribuyen a Leonardo da Vinci, aunque reconocen que la técnica utilizada procede de su taller.

Vídeo promocional de la Galería Christie´s, de la venta del Salvator Mundi

Este relato de película vuelve a plantearme la amarga historia de las religiones y las culturas que les son propias y agregadas a lo largo de los siglos. El “Salvador del Mundo”, que tiene nombre propio, Jesús de Nazareth, está inmerso de nuevo en una guerra política y económica de fondo, aunque oculta tras la magnificencia del gran pintor renacentista y su grandiosa obra, muy lejos de lo que significa la vida del personaje representado, al que recordamos todos los años en dos acontecimientos cruciales de su vida, el nacimiento y la muerte, para “salvar al mundo”. Es lo que comprendió un día su amigo Pedro, que le conocía bien y que Rafael Alberti lo sintetiza de forma magistral en un poema precioso que no olvido, Basílica de San Pedro (1), palabra a palabra, que nos ayuda a no confundir en momento alguno el valor y precio de Su mensaje:

Di, Jesucristo, ¿Por qué
me besan tanto los pies?

Soy San Pedro aquí sentado,
en bronce inmovilizado,
no puedo mirar de lado
ni pegar un puntapié,
pues tengo los pies gastados,
como ves.

Haz un milagro, Señor.
Déjame bajar al río;
volver a ser pescador,
que es lo mío.

Leonardo da Vinci [?], Salvator Mundi (detalle), hacia 1500, óleo sobre madera, 65,6 x 45,4 cm ©Wikimedia Commons/Getty Images / Léonard de Vinci

Si el Salvador del Mundo levantara la cabeza, observándonos cara a cara con la mirada que he recortado como precioso detalle del famoso cuadro, con lo que está pasando ahora en el mundo y con su precio de 380 millones de euros por su representación y efectos colaterales de su compraventa al mejor postor, en el Gran Mercado del Mundo, sentiría sin duda alguna lo que le sugería al oído el mismo Alberti en otras palabras inolvidables del libro citado: Confiésalo, Señor, solo tus fieles / hoy son esos anónimos tropeles / que en todo ven una lección de arte. / Miran acá, miran allá, asombrados, / ángeles, puertas, cúpulas, dorados… / y no te encuentran por ninguna parte (de Entro, Señor, en tus iglesias).

(1) Alberti, Rafael (1968). Roma, peligro para caminantes. México: Joaquín Mortiz.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Van Gogh siempre es un vecino especial

Sevilla, 8/IV/2021

Esta mañana me he cruzado con la mirada inquietante de Van Gogh, en un retrato realizado sobre un cierre metálico de una cafetería y bar de copas en Sevilla, en un barrio próximo al mío. Inmediatamente, lo he recordado una vez más en este cuaderno digital porque su presencia siempre da un valor especial a estas páginas. Repaso algunas de las palabras que escribí en su momento y me reafirmo en todas ellas. Decía en 2015 que “siempre me ha sorprendido la pintura de Van Gogh, sus trazos finos y gruesos. En enero de 2005 finalicé la copia de un cuadro suyo, La cosecha (en La Crau), como primer trabajo del taller municipal de pintura en el que estaba inscrito ese año, pintado a propuesta mía por el recuerdo vivo de un libro precioso que tenía en mi biblioteca sobre el autor y publicado en 1990, año en el que se cumplía el centenario de su muerte y porque creí que era importante copiarlo en trazos que consideré siempre fáciles para un principiante. Craso error. Aquella sobrecubierta del libro, en la que figuraba también el cuadro, había sido clave para comprender mejor a este complejo artista, al que conocí a través del trigo cosechado en Arlés, el pajar, las escaleras, el carro central que tanto cuidé, un hombre con una horca y el fondo de montañas de colores púrpura y azul, el Montmajour, con un fondo turquesa de cielo bastante sobrecogedor”.

La cosecha, Van Gogh, 1888 / copia realizada por JA COBEÑA (octubre 2004-enero 2005)

Aquellas palabras surgieron porque en ese día había arrancado la hoja del almanaque de Taschen (un regalo muy especial) dedicado ese año a su obra pictórica y porque aparecía el 15 de junio ese cuadro, horas antes de que finalizara un día muy especial de homenaje personal a un pintor excepcional, mi maestro en una etapa muy importante de mi vida. Por ese motivo consideré que “debía escribir algunas palabras sobre este “vecino raro”, tal y como lo denominaban los habitantes próximos de Nuenen (Holanda), donde trabajó y vivió durante dos años el pintor y donde se tomó en noviembre de 2014 la iniciativa más cálida en relación con la celebración del 125 aniversario de su muerte, acaecida el 25 de julio de 1890. El cuadro recibe una mirada mía todos los días y recreo en él lo que sentí al pintarlo, resonando en mi persona de secreto lo que él opinó en su día sobre su obra original, pintada en una sola sesión, el 12 de junio de 1888: “El […] lienzo hace que desmerezca absolutamente todo el resto”, porque sabía que era de una complejidad técnica asombrosa y porque el verano, a diferencia de la primavera, no es fácil de representar. Es la primera vez que incorpora también a personas en esta serie y pretendió representar casi todas las fases de la cosecha. En la llanura de la Crau, en Arlés, donde está situada su pintura, decía que “no hay nada más que… infinitud y… eternidad”.

El primer carril bici fluorescente del mundo, en Nuenen. El cielo estrellado de Van Gogh sobre el asfalto.

Comprendí entonces y he comprendido hoy al ver el retrato de Van Gogh, el mensaje del pintor y su «rareza» en un mundo diseñado por el enemigo, a veces infinito y eterno, pero que él siempre intentó hacerlo más habitable y humano. Es lo que en el fondo y forma deseo pintar hoy y siempre, incluso con palabras. De nuevo, he pensado que sus vecinos “normales” han admitido su singularidad, invitándonos a recorrer en bicicleta un carril-bici en ese pueblo adoptivo, en un homenaje diario que simboliza el cielo estrellado al que tanto quiso.

Vincent Van Gogh, quien imaginaba sueños para después pintarlos para los demás en su mundo precioso de cielos estrellados, es recordado todos los días por sus paisanos y vecinos ocasionales de Nuenen (Holanda). También hoy, al pasear por un barrio de Sevilla, ciudad en la que Stefan Zweig afirmó que “se podía ser feliz”, el rostro de un vecino singular y especial , Vincent Van Gogh, me ha sugerido de nuevo que el mundo sólo tiene interés hacia adelante, incluso en plena pandemia, sobre todo si es un camino iluminado por la dignidad de algunas estrellas, las que nos acompañan a diario como a él para pintar nuestros mejores sueños.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Ahora, nos queda una tarea preciosa: tender puentes

Sevilla, 7/IV/2021

En una sociedad tan polarizada, en la que estamos viviendo en el último año de forma muy dura por la pandemia, siempre recuerdo la simbología del puente, desde sus orígenes arquitectónicos, como forma de establecer elementos de comprensión y diálogo entre las partes implicadas, las latentes y manifiestas, para que cualquier separación ideológica, personal, familiar o social atisben su fin inmediato. He escrito ya en este cuaderno digital sobre esta realidad de la función pontonera en la vida de cada uno y hoy me la ha recordado el cantor Miguel Poveda en una entrevista que recomiendo leer porque la cultura nos enseña todos los días aspectos muy interesantes en el escenario de cada teatro del mundo que es, al final, nuestra propia vida: “Me han enriquecido muchas músicas y lugares, y no me parece mala idea esto de tender puentes en un mundo en el que todo se está radicalizando tanto”, cuestión que está cuidando mucho ante el lanzamiento de su nuevo disco “Diverso”.

Por eso he vuelto a pensar hoy en los puentes, con una idea que aprendí un día de un ingeniero romano excelente, Cayo Julio Lácer, el autor material del puente de Alcántara (Al-Qantara, el puente), en Cáceres, al expresar de forma rotunda que “la grandeza misma del arte es superada por la grandeza de la obra (ars ubi materia vincitur ipsa sua). Sería una gran lección en estos días difíciles en los que la unión mundial es la fuerza principal contra el coronavirus, donde deberíamos todos, cada uno en su sitio y con su cadaunada, demostrar que la grandeza misma del diálogo, que también es arte, es superada por la grandeza del diálogo sincero y comprometido con lo diverso en el amplio sentido de la palabra, con lo singular, que también es apasionante. Empezando por la política profesional y la que cada uno practica como ciudadano, en su leal saber y entender, según nos enseñó Aristóteles y la cultura griega a la que tanto debemos.

Junto con el diálogo en la nueva normalidad, me gustaría hoy poner énfasis en la singularidad, porque creo que más que normalidad, habría que hablar de nueva singularidad. Cuando pretendemos ajustarnos a patrones, la experiencia suele ser nefasta, porque dejamos a un lado la inteligencia, como primer distintivo humano que nos hace ser personas y de identidad intransferible y porque no existen dos iguales, por mucho que se empeñe la sociedad de mercado en pasarnos a todos por la máquina de conversión en personas-patrón-para-triunfar-en-el-mundo, empaquetándonos como producto expuesto para que lo compre el mejor postor en todos los ámbitos posibles, sin aceptar nunca la diversidad de todos y de cada uno. Pura mercancía. Al final, se trata de dialogar con la vida desde nuestra singularidad y respetando la de los otros, tendiendo puentes, tal como ya definía el lema singularidad el Diccionario de Autoridades en 1739, con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o lo que recibimos de nuestros padres y antepasados en la preciosa evolución de nuestra propia vida.

Puentes, puentes, puentes. Sería una buena forma de completar una nueva inscripción mundial para los derechos y deberes humanos compartidos ante una pandemia que ha hecho tantos estragos, donde se recogiera también las palabras que seguían al primer aserto comentado: “El ilustre Lácer, con divino arte, hizo el puente para que durase por los siglos en la perpetuidad del mundo”. O lo que sería lo mismo: los ilustres mandatarios mundiales, desde Oriente a Occidente, desde el Norte al Sur del Mundo, una vez demostrado que el diálogo supera el arte de hablar y callar, construyen la paz entre los pueblos para que dure por los siglos en la perpetuidad del pequeño mundo de cada uno y de la singularidad de todos. Ahora, para enfrenarnos de la forma más digna y efectiva posible, mediante el diálogo, a la pandemia que tanto nos está haciendo sufrir y que nos separa de la vida día a día.

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Algo “chocante” en la vacunación

Gobierno de España – Objetivos de la estrategia de vacunación

Sevilla, 6/IV/2021

Lo ha dicho Amós García Rojas, presidente de la Asociación Española de Vacunología y representante canario en la elaboración de la estrategia nacional, en relación con el retraso en la vacunación de la población entre 65 y 79 años, rango en el que me encuentro: «Desde luego, hay que proteger en primer lugar a la población mayor», […] «Pero teníamos dosis de AstraZeneca que no se podían quedar en la nevera, había que avanzar en el proceso vacunal. El resultado es así, chocante», admite”. Es verdad que en la primera impresión resulta bastante sorpresivo y extraño, “chocante” en una palabra, que la vacunación nos adelante por la derecha y la izquierda, a pesar de las explicaciones que se dan desde fuentes oficiales y profesionales, pero parece bastante injusto que este rango de edad que siempre se ha calificado de riesgo, se haya quedado atrás por culpa de casi todos: laboratorios, estrategias improvisadas, disparidad de criterios epidemiológicos, etc.


María y Federico, ¿Quién tiene la culpa?

Esta situación me recuerda siempre el estribillo de una canción de mi juventud, ¿Quién tiene la culpa?, de María y Federico: Ni yo ni usted ni el vecino, ni siquiera sus parientes, la culpa de todo esto, la tiene la gente, porque al final las responsabilidades se diluyen mientras nuestra generación ve cómo se llenan los vacunódromos -¡vaya neologismo!- de personas más jóvenes y muchas también del rango superior que quedaron rezagadas. No es por ellos, no, que bienvenidos sean al formar parte del club de los vacunados, sino que algo no ha funcionado bien para esta discriminación que se tilda, de forma eufemística, de “chocante”, como se puede comprobar en el gráfico siguiente:

Fuente: La vacunación, por franjas de edad, en cada Comunidad

En esta ardiente impaciencia sigo repasando las estrofas de aquella hermosa canción, para ver si la culpa de este retraso es porque las palomas sueñan ser águilas, las flores se mueren de espaldas o por la indiferencia que cierra los ojos ante la decencia y los abre grandes ante las apariencias. Quizá, la pregunta se pueda hacer también a quienes son responsables de que muchas veces perdamos la fe y las creencias por los días sucios y mentiras, por los grandes silencios cómplices en el hecho de que todavía no estemos vacunados. El problema es que, de nuevo, la respuesta está en el viento, que diría Bob Dylan, porque lo que suele pasar casi siempre es que ni yo, ni usted ni el vecino, ni siquiera sus parientes, somos responsables de este retraso. Y como siempre, la culpa de todo esto, la tiene la gente.

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Por si acaso

EVER GIVEN

Sevilla, 5/IV/2021

Si algo hemos aprendido a lo largo de esta larga y compleja pandemia es a utilizar con frecuencia la locución adverbial “por si acaso”, es decir, a actuar “en previsión de una contingencia”, con un ejemplo de la propia Real Academia Española de la Lengua: “hay que salir con tiempo, por si acaso”, que también se utiliza como locución conjuntiva: “fíjate bien en lo que dicen, por si acaso hay que replicarles”. Ha nacido un nuevo paradigma que se aplica a la vida ordinaria, cuando se analiza la dialéctica actual entre el célebre “just in time” (justo a tiempo) y el actual “just in cas” (por si acaso).

Recuerdo perfectamente cómo he explicado a mis alumnos, durante muchos años y en relación con la organización empresarial, el paradigma Just in Time (J.I.T.), nacido en Japón, en la fábrica Toyota exactamente, en el que lo primordial era atender la necesidad de suministro con la disponibilidad del mismo huyendo de los almacenamientos innecesarios como stock de suministros. Todo llega a tiempo para fabricar los productos o para entregarlos al cliente en el momento que se necesite hacerlo. Este paradigma se extendió de forma universal y su aplicación se ha llevado a cualquier terreno de la economía e incluso a todo tipo de actividades profesionales. He simplificado mucho esta breve introducción, pero hoy cobra especial relevancia por la aparición explosiva del nuevo paradigma Just in Case (J.I.C.), por si acaso, es decir, hay que tener en cuenta cualquier contingencia en cualquier terreno de la vida ordinaria, con especial relevancia en la economía.

Cuando nació el Justo a Tiempo no existía Amazon, por ejemplo y Toyota buscó una solución al Just in Case que estaba extendido por el mundo. Como hablamos mucho del mundo al revés, vuelve esta modalidad, porque al haberse incorporado el ciudadano normal al proceso de distribución, rivalizando con las grandes empresas que requieren suministro continuo de material, más allá de las automovilísticas, la realidad de los stocks y disponibilidad inmediata de cualquier producto cobra hoy especial relevancia. El ejemplo que hemos vivido recientemente con el buque portacontenedores Ever Given encallado en el canal de Suez, con 20.388 contenedores, nos ha permitido comprobar que el mundo ha temblado porque se ha roto tanto el Just in Time como el Just in Case, reforzando de forma espectacular este último paradigma, que ha entrado por la puerta grande de la economía durante la pandemia. Las consecuencias de esta contingencia marítima han llevado a una catástrofe mundial porque millones de suministros se han demorado para su entrega y disponibilidad inmediata, acarreando gravísimas consecuencias económicas a escala mundial, con una subida casi instantánea del precio del petróleo y sus derivados, como un ejemplo claro y contundente del efecto dominó que ha ocasionado.

Con lo expuesto anteriormente podemos imaginarnos que este mundo al revés debe ser la gran oportunidad de cambio de paradigma social que se oriente más a las necesidades básicas de la población, una vez visto lo visto, que nos obligó a mirar hacia China casi implorando que nos sirviera suministros sanitarios de primera necesidad dado que no disponíamos de ellos en nuestros almacenes, porque las prioridades habían sido otras y el Estado había descuidado el “por si acaso” (J.I.T.) de un mundo atacado por pandemias. ¿Desglobalización? Quizás sea el momento de ordenar la vida social y su malla productiva para poder declarar los productos de primera necesidad individual y colectiva y, por si acaso, preparar la producción y el tejido productivo declarando determinados bienes y servicios como Bienes de Interés General (B.I.G.), desarrollando por tanto el aparato legislativo y productivo que corresponda para garantizarlos ante cualquier contingencia social que surja, estando de acuerdo en que todo no se puede prever “por si acaso”, pero la gestión pública de riesgos debe cobrar protagonismo inmediato ante lo que está ocurriendo con la pandemia actual y su impacto económico y social en cadena.

Ya surgen voces de historiadores, científicos y autoridades económicas mundiales, que empiezan a reflexionar sobre este cambio de paradigma: «El historiador canadiense Quinn Slobodian, profesor del Wellesley College de Massachussets, que acaba de publicar en España su obra Globalistas. El fin de los imperios y el nacimiento del neoliberalismo (Capitán Swing) ve positivo un cambio hacia la producción just in case (por si acaso) en lugar del modelo actual de importación just in time (justo a tiempo), carente de almacenaje, seguido por industrias como la automovilística. El académico estadounidense cita como ejemplo el intento de la UE de crear una batería para coches eléctricos totalmente europea. “También podemos ver una versión de chovinismo económico en la resistencia a que empresas chinas como Huawei construyan redes 5G. Hay potencialmente algo bueno en estos desarrollos en el sentido de que el libre comercio ya no aparece como la única opción posible”, opina”.

Por si acaso, hay que reaccionar inmediatamente en todos los órdenes de la vida en lo que se llama la “nueva normalidad”. La geopolítica del coronavirus COVID-19 (porque hay que recordar que ya nos hemos enfrentado a otros), nos demuestra que casi ocho mil millones de personas que hoy poblamos el planeta Tierra, con un crecimiento demostrado cada 0,38 segundos, tenemos que abordar la nueva normalidad e integrarla sin un manual claro de supervivencia mientras no ganemos esta batalla por vivir la normalidad que siempre es cambiante. El principal problema está en nosotros, en ese conjunto de conocimiento de qué es lo que va a cambiar, la disciplina de adquirir nuevas formas de comportamiento ante los cambios de escenarios para vivir que se ordenen y, lo mejor de todo, educar la actitud para enfrentarnos a una nueva forma de ser y estar en el mundo. Sobre todo, porque ha nacido una estrella: la cultura del por si acaso en todos los órdenes de la vida.

Los 20.388 contenedores del buque Ever Given, que quedó encallado en el Canal de Suez durante bastantes días en la semanas pasadas, nos muestra al mundo que dentro de cada contenedor y sumándolos todos, llevaba millones de productos para entregarlos, just in time, a miles de fabricantes y millones de ciudadanos, españoles también por supuesto, que sin saberlo a ciencia cierta veían todo los días a un barco de nombre en inglés, sin traducir al español, que llevaba dentro determinados productos para cubrir sus necesidades diarias sin mentalidad por si acaso. Creo que esta experiencia nos demuestra que en Argentina y Venezuela fueron muy inteligentes cuando decidieron, hace ya muchos años, unir las tres palabras, por si acaso, en una sola porsiacaso, explicándonos el Diccionario de la Lengua Española en su última edición (2020), que es una alforja o saco pequeño en que se llevan las provisiones de viaje, aunque también es válida su utilización como «cualquier objeto u elemento que puede llegar a ser necesario en una circunstancia concreta o ante un imprevisto». A partir de ahora, como metáfora, tendríamos que pensar en proveernos de porsiacasos para llevar en ellos las provisiones necesarias para el largo viaje de la vida. El Estado también, para atender inmediatamente el interés general de la ciudadanía.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Darse con un canto en los dientes

Sevilla, 4/IV/2021

Me cuenta un amigo que en un día santo de esta semana, en la consulta de un especialista del sistema sanitario público de su Comunidad y al finalizar la misma, le dijo de forma sorprendente el galeno: “puede usted darse con un canto en los dientes”. La verdad es que la primera reacción de mi amigo fue de desconcierto, seguida de reflexión al salir de aquél espacio público, porque es cierto que tomando conciencia de su matusalénica edad, de acuerdo con la expresión acuñada por Benedetti, no sabía si entenderla con el vaso medio lleno o medio vacío de palabras y hechos vitales propios y asociados, cronológicamente hablando.

Hay que decir que como persona mayor, al igual que mi amigo, estamos acostumbrados a escuchar expresiones del tipo “no aparentas la edad que tienes”, “te encuentro mejor que nunca”, «por ti no pasan los años», “estás como una rosa” o la tan denostada “qué bien te conservas”, pero al escuchar eso de “puede usted darse con un canto en los dientes”, me dejó mi amigo con el alma inquieta porque siempre he vinculado esa locución a tener suerte ante determinados envites difíciles de la vida, porque si no la tenemos la cosa hubiera ido a peor. ¿Suerte u obstinación? Aun así, me puse a investigar qué quieren decir exactamente esas palabras, porque a priori es algo como desagradable y estoy seguro de que ese texto debe tener un contexto, como pasa en los mejores aforismos que recuerdo.

Según el diccionario de la lengua española (DLE-RAE, edición del Tricentenario, actualización de 2020), “darse con un canto en los dientes, en los nudillos [referenciado por primera vez en el diccionario usual de 1970], o en los pechos”, son locuciones verbales coloquiales, que significan “darse por contento cuando lo que ocurre es más favorable o menos adverso de lo que podía esperarse”, expresión que se ha mantenido a lo largo de los siglos, comenzando por darse con un canto “en los pechos”, con el significado de “con mucho gusto y complacencia”, siguiendo “en la frente” y acabando “en los nudillos y los dientes”, con citas de la literatura que muestran sus usos y costumbres en el lenguaje culto y usual, comenzando por Calderón de la Barca en 1852, en el Gran Diccionario de la Lengua Española (Tomo I), de Adolfo Castro y Rossi, donde la locución “con un canto en los pechos”, que se utiliza con los verbos darse, tomar o recibir, “denota satisfacción o el contento”: Y no tiene / que cuidar del hospedaje; / que es tan cortesano huésped, / que con un canto en los pechos / tomará lo que le dieren”(Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), El sacro Parnaso).

Donde he encontrado una de las mejores explicaciones de la expresión que ocupa hoy este artículo, es en la edición del Diccionario histórico de la Lengua Española. Tomo II.- B-Cevilla (Real Academia Española, 1936): “darse por contento, cuando lo que ocurre es más favorable o menos adverso de lo que podía esperarse”, por la profusión de citas de la literatura que recoge para comprender mejor su significado como frase figurada y familiar: “¿Mamarracho?… Ya te dieras / en el pecho / con un canto / si te mirara” (Duque de Rivas, 1854); “pasaba por un guapo mozo, y la menos puesta se daría con un canto en la frente por llevarlo a la iglesia” (Selgas, Nov. 1887, t. 3, p. 227). En el proceso de búsqueda de sentido a esta frase, creo que he localizado la mejor contextualización de esta locución verbal coloquial, en  un texto del reformador de los trinitarios descalzos, Juan Bautista de la Concepción (1561-1613), canonizado por Pablo VI en 1975: “Algunas veces se ha hecho en nuestro refectorio y fuera de él una mortificación de darse con un canto en los pechos, y ésta me parece muy justo que no se consienta más, por el daño que puede hacer a la tal persona; y los que lo ven no se edifican, sino reciben pena y notable disgusto”.

Quizá sea el cuadro de Caravaggio, San Jerónimo escribiendo, el que mejor represente el símbolo de la piedra cerca para golpearse el pecho como símbolo de arrepentimiento y penitencia. Dejando al canto de lado, la Iglesia Católica siempre tuvo en su canon de perfección este símbolo de golpearse el pecho (con canto, antiguamente, o con el puño cerrado ahora) y así lo mantiene en la actualidad cuando se refiere a la culpa, “a nuestra grandísima culpa” que, siendo sincero, siempre me ha costado mucho entender como irresponsabilidad personal a secas. Casi siempre he mirado de reojo la incomprensión de la soledad humana, la miseri-cordia ([sic] el corazón cerca de los nadies, que también somos cualquiera de nosotros) y el perdón hacia los otros, porque aprendí hace muchos años que perdonar es comprender y, a veces, comprendemos tanto a los demás que, finalmente, no hay nada que perdonar.

Sea cual fuere el origen de esta frase tan desconcertante, me ha quedado claro que tengo que darme por satisfecho con lo que soy y tengo en la actualidad, que puedo calificar como bueno, aunque pensemos muchas veces a priori que no es así, según lo escuchado del galeno de mi amigo en esta semana santa, que de todo hay en la viña del Señor. Incluso el dolor que supone hipotéticamente y en sentido figurado “darse con un canto en los dientes, en los nudillos o en la frente”, sería infinitamente inferior al beneficio que obtenemos ante situaciones difíciles. Me agrada mucho más que el sentido dado en el siglo XVI citado anteriormente, porque los demás, los que nos rodean, lo que pueden recibir ahora es alegría y satisfacción ante algo que a priori a todos nos podía preocupar mucho, empezando por nosotros mismos. En plena pandemia lo entendemos mejor. Hace tan sólo tres meses, nos hubiéramos dado todos con un canto en los dientes, aun soportando ese hipotético dolor, sabiendo que estando en la tercera ola, también teníamos derecho a soñar que se podía encontrar un gran beneficio en la vacunación masiva. Creo que, al final, es la mejor interpretación actual, porque no estamos hablando de suerte, sino de obstinación, en el sentido que siempre aprecié de Herman Hesse cuando afirmaba que hay una virtud, a la que quería mucho, una sola, que se llama “obstinación”, es decir, obediencia a una sola ley que lleva a encontrar el auténtico “sentido” de la vida. A pesar de los tropiezos con los cantos que encontramos, a veces, haciendo camino al andar.

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Marcelino y su cara de santo

Sevilla, 2/IV/2021

Corría el año 1953 cuando en una tarde fría de invierno en el Madrid del discreto encanto de la burguesía, fui con mi abuela a los estudios Chamartín, a probar suerte en el casting que se iba a llevar a cabo para elegir al protagonista de una película que forma parte de la crónica sentimental de este país: Marcelino, pan y vino, dirigida por Ladislao Vajda. Se anunciaba que sólo fueran los niños que tuvieran “cara de santo”, algo que no supe en aquél momento qué significaba pero que mi familia creyó que yo la tenía así. Lo que sí sabía es que tenía sólo seis años y allí acudí en esa tarde de invierno con un abrigo de solapas generosas de la época y con mi sempiterna bufanda amarilla de cuadros, que perdí en el bullicio de las abuelas con nietos empujando cuando pasó la comitiva que realizaba el casting, queriendo que sus nietos ocuparan todos la primera fila.

No hubo suerte y fue elegido Pablito Calvo, al que volví a ver el día del estreno de la película en el cine Coliseum, con la suerte de que sortearon un ejemplar del cuento homónimo en el que se basaba la película, escrito por José María Sánchez Silva, que me tocó y que me permitió subir al escenario donde Pablo y yo nos dimos un beso, entregándome también el autor del libro un ejemplar dedicado, junto con un muñeco de Marcelino con una tostada en la mano, recordando una escena de la película. Fue inenarrable la emoción que sentí a los seis años por aquél cúmulo de sentimientos y emociones.

Una de las últimas veces que he recordado a Marcelino y a su amigo imaginario Manuel fue en un acto al que asistí en diciembre de 2018 en el Consulado General de Portugal en esta ciudad, con motivo de la celebración del día de la lectura en Andalucía, por una anécdota que contó Pilar del Río sobre el origen del libro más polémico de su compañero de vida, José Saramago. Contó que paseando los dos en Sevilla por la calle Sierpes, se volvió Saramago hacia el célebre quiosco de Curro situado en la zona de La Campana y allí vio escritas unas palabras que luego dieron el título a una obra preciosa: El evangelio según Jesucristo. Bendito momento para Sevilla, justo es recordarlo, para recordarnos que lo que ayer fue duda hoy se convierte en certeza, intentando comprender el final de aquella obra nacida curiosamente en esta tierra cuando Dios decía: “[…]: Hombres, perdonadle [a Jesús], porque él no sabe lo que hizo. Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazareth y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”.

En viernes santo o laico, salvando cada uno lo que quiera salvar en sus creencias, he vuelto a recordar a aquél niñodios, Marcelino, y a su amigo Manuel, porque cuando salí del Consulado aquella tarde de invierno, en silencio, pensando en las palabras citadas anteriormente en esta ciudad iluminada para la Navidad, recordé al niño Jesús proletario que Saramago describía en sus pequeñas memorias, porque él estaba conmigo, al igual que me acompañaba durante muchos años Manuel, el amigo imaginario de Marcelino, Pan y Vino: “En ese tiempo, los Reyes Magos todavía no existían (o soy yo quien no se acuerda de ellos), ni existía la costumbre de montar belenes con la vaca, el buey y el resto de la compañía. Por lo menos en nuestra casa. Se dejaba por la noche el zapato (“el zapatinho”) en la chimenea, al lado de los hornillos de petróleo, y a la mañana siguiente se iba a ver lo que el Niño Jesús habría dejado. Sí, en aquel tiempo era el Niño Jesús quien bajaba por la chimenea, no se quedaba acostado en la paja, con el ombligo al aire, a la espera de que los pastores le llevasen leche y queso, porque de esto, sí, iba a necesitar para vivir, no del-oro-incienso-y-mirra de los magos, que, como se sabe, solo le trajeron amargores para la boca. El Niño Jesús de aquella época era un niño Jesús que trabajaba, que se esforzaba por ser útil a la sociedad, en fin, un proletario como tantos otros”.

Hoy, viernes santo, quiero recordar al ciudadano Jesús del que tantas veces he hablado en este cuaderno digital y que lo descubrí con mis seis años en Madrid, viendo aquella película del régimen que me enseñó muchas cosas, entre ellas admirar a ese Jesús del madero que fue antes un niño proletario y cómo Marcelino me animó a decir en mi casa que conocía a alguien que se llamaba dios y que sabía que tenía un amigo imaginario de nombre Manuel, que siempre tuvo un sitio en mi alma de niño. En este mundo tan complejo, siento la ausencia de esos amigos de la infancia, de ese líder de juventud, Jesús, comprendiendo mejor que nunca lo que Saramago quería transmitir en su atrevida lectura laica del evangelio, cuando nos recordaba que su padre le decía a Jesús aquello de “ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”. Inolvidable, porque a mí hoy me sigue pasando lo mismo.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Judas, traidor y mediocre

Leonardo da Vinci, fragmento de La última cena (1495-1498)

Sevilla, 1/IV/2021

Hoy es un día para no recordar en ciertos relatos históricos sobre la vida apasionante de un líder carismático, Jesús de Nazareth, al que profeso admiración, al visualizarse también la de un traidor de nombre Judas, un enemigo contemporáneo suyo, amante de silencios cómplices como personaje miserable y mediocre de libro. Hoy he vuelto a identificarlo para quedarme con su cara, por lo que simboliza, en una obra maestra que no olvido, La Última Cena (Il Cenacolo), pintada de forma magistral por Leonardo da Vinci, obra que se conserva con celo reverencial en la iglesia de Santa María delle Grazie en Milán desde el siglo XV.

Jesús lo dijo de forma directa y escueta, según nos lo cuenta el joven periodista Marcos (Mc. 14, 17-21) en aquellas horas previas a su detención y muerte: “Y al atardecer, llega él con los Doce. Y mientras comían recostados, Jesús dijo: “Yo os aseguro que me entregará uno de vosotros, que come conmigo”. Ellos empezaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: “¿Acaso soy yo?”. Él les dijo: “Uno de los Doce que moja conmigo en el plato. Porque el Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!”.

Leonardo da Vinci captó aquellas palabras de forma magistral, pintando a dos de los apóstoles que ya habían demostrado su lealtad, Simón Pedro y Juan junto a Judas, el tesorero del grupo, que no soltaba la bolsa con el dinero por el que vendería a Jesús, teóricamente su amigo, con un gesto de cierta sorpresa, algo muy clásico en los miserables y mediocres. Lo refrendaría poco tiempo después el beso a Jesús como señal para su detención, que el joven Marcos lo narró con alma periodística (Mc. 14, 43-46): “Todavía estaba hablando, cuando de pronto se presenta Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos. El que le iba a entregar, les había dado esta contraseña: “Aquél a quien yo dé un beso, ése es, préndedle y llevadle con cautela”. Nada más llegar, se acerca a él y le dice: “¡Rabbí (Maestro)!”, y le besó. Ellos le echaron mano y le prendieron”.

Estaban avisados y ya lo comentó Juan con detalle en su evangelio (Jn 12,1-8), cuando afirmó que Judas se quedaba con el oro destinado a los pobres: «Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde se encontraba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le ofrecieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?”. -No decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella-. Jesús dijo: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».

Judas es un prototipo de persona que perdura a día de hoy. Era todo un clásico, tradicional por antonomasia, conocido como Iscariote, nacido en Kariot, un entorno conservador al sur de Judea, lo que no le supuso problema alguno de conciencia en la traición a Jesús, que ya lo conocía bien por alguna que otra fechoría económica durante el tiempo que pasaron juntos y porque no supo apreciar nunca el valor de la amistad honrada y verdadera. La historia de la literatura en relación con Judas no ha perdido tampoco el tiempo, incluso para buscar una posible justificación a su infamia. Es lo que propuso Jorge Luis Borges con un cuento inquietante y metafórico, Tres versiones de Judas, donde expone lo que un autor de principio de siglo, Nils Runeberg, intentó desarrollar en una publicación de 1904, Cristo y Judas, con un epígrafe inquietante: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas. No acabó bien su autor a pesar de su esfuerzo por justificar lo que no había por donde cogerlo. Creo que el papel de Judas en la historia no merece muchas explicaciones. No supo apreciar lo que le ofreció un gran amigo y, además, no aprendió nada con él. Sólo quería mantener su puesto de tesorero del grupo de Jesús y traicionarle por treinta monedas entregadas por la Autoridad Competente de su tierra, religiosa por supuesto, confundiendo una vez -como todo necio- valor y precio. Nada más y nada menos, porque como tantas veces ha ocurrido en la historia, ocurre hoy y ocurrirá en el futuro, están más cerca de nosotros de lo que creemos. Ante las situaciones difíciles de la vida, los nuevos Judas, como salvadores mayores del Reino del Mundo y de este País, harán como el protagonista del cuento de Borges: intentar justificar lo injustificable, argumentando que no una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a los traidores integrales, son falsas.

Para que todo lo anterior no se nos olvide en este jueves santo y laico a la vez, cuando la dura realidad es que, a pesar de esos nuevos Judas que pululan por el mundo, seguimos teniendo muchos pobres y nadies entre nosotros, a las que personas anónimas, como casi siempre, les ofrecen en vida todo lo que tienen, sin nada a cambio, aunque sabemos que incluso llegan a entregarles sus vidas. Las palabras en clave de Jesús en Betania, ante Judas, nos lo recuerda con la calidad que siempre han protegido en la tradición oral nuestros mayores.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Miércoles santo y mercurial

Ítalo Calvino

Sevilla, 31/III/2021

Cada “miércoles” hay una oportunidad de recordar el significado de la palabra, día dedicado a Mercurio, día laico por excelencia, que el mercado se apoderó de él hace ya muchos siglos, convirtiéndolo en mercancía, cosa lógica por otra parte porque la etimología de miércoles deriva del latín “merx”, mercancía. También, el canon católico arrebató su sentido primigenio, al declararlo “santo” en esta semana especial. Respetando el arte de empezar a escribir en la página en blanco de hoy y como me considero muy lejos de las veleidades mercantilistas, quiero centrarme ahora en unas palabras escritas sobre Mercurio por uno de mis maestros, Ítalo Calvino, que figuran en una obra que me acompaña desde hace ya muchos años, Seis propuestas para el próximo milenio (1). Me refiero concretamente a una de las seis conferencias, Rapidez, que se publicó de forma póstuma al haber fallecido el autor una semana antes de trasladarse a la Universidad de Harvard donde iba a pronunciarlas en diciembre de 1985.

En Rapidez aborda Calvino una cuestión llena de interés, al menos para los que andamos en dialéctica saturnial y mercurial en el caminar diario del timbo al tambo, no sólo los miércoles sino todos los días de la semana. Lo explico ahora con detalle, porque a los que amamos la literatura, el autor italiano consideró a Mercurio el mejor patrono. En la conferencia citada, formando parte de otras seis, él quiso explicar la importancia de la rapidez en la comunicación escrita: “[…] en una época en que triunfan otros media velocísimos y de amplísimo alcance, y en que corremos el riesgo de achatar toda comunicación convirtiéndola en una costra uniforme y homogénea, la función de la literatura es la de establecer una comunicación entre lo que es diferente en tanto es diferente, sin atenuar la diferencia sino exaltándola, según la vocación propia del lenguaje escrito. El siglo de la motorización ha impuesto la velocidad como un valor mensurable, cuyos récords marcan la historia del progreso de las máquinas y de los hombres. Pero la velocidad mental no se puede medir y no permite confrontaciones o competencias, ni puede disponer los propios resultados en una perspectiva histórica. La velocidad mental vale por sí misma, por el placer que provoca en quien es sensible a este placer, no por la utilidad práctica que de ella se pueda obtener. Un razonamiento veloz no es necesariamente mejor que un razonamiento ponderado, todo lo contrario; pero comunica algo especial que reside justamente en su rapidez”.

Calvino tiene presente al dios Mercurio por sus pies alados, por su vinculación histórica y multisecular al tiempo: “En la vida práctica el tiempo es una riqueza de la que somos avaros; en la literatura es una riqueza de la que se dispone con comodidad y desprendimiento: no se trata de llegar antes a una meta preestablecida: al contrario, la economía de tiempo es cosa buena porque cuanto más tiempo economicemos, más tiempo podremos perder. Rapidez de estilo y de pensamiento quiere decir sobre todo agilidad, movilidad, desenvoltura, cualidades todas que se avienen con una escritura dispuesta a las divagaciones, a saltar de un argumento a otro, a perder el hilo cien veces y a encontrarlo al cabo de cien vericuetos”.

¿Por qué Mercurio tiene tanto interés para Calvino?: “Mercurio, el de los pies alados, leve y aéreo, hábil y ágil, adaptable y desenvuelto, establece las relaciones de los dioses entre sí y entre los dioses y los hombres, entre las leyes universales y los casos individuales, entre las fuerzas de la naturaleza y las formas de la cultura, entre todos los objetos del mundo y entre todos los sujetos pensantes. ¿Qué mejor patrono podría escoger para mi propuesta de literatura?”. Impecable descripción que complementa con su aproximación a la psicología y la astrología en influencia mutua: “[…] el temperamento influido por Mercurio, inclinado a los intercambios, a los comercios, a la habilidad, se contrapone al temperamento influido por Saturno, melancólico, contemplativo, solitario. Desde la Antigüedad se considera que el temperamento saturnino es justamente el de los artistas, los poetas, los pensadores, y me parece que esta caracterización corresponde a la verdad. Desde luego, la literatura nunca hubiese existido si una parte de los seres humanos no tuviera una tendencia a una fuerte introversión, a un descontento con el mundo tal como es, al olvido de las horas y los días, fija la mirada en la inmovilidad de las palabras mudas. Mi carácter corresponde ciertamente a las peculiaridades tradicionales de la categoría a la que pertenezco: también yo he sido siempre un saturnino, cualquiera que fuese la máscara que tratara de ponerme. Mi culto a Mercurio corresponde quizá sólo a una aspiración, a un querer ser: soy un saturnino que suena con ser mercurial, y todo lo que escribo está marcado por estas dos tensiones”.  

Finalmente, Calvino se decanta por otro dios, Vulcano, que es la síntesis para interpretar de la forma más correcta a Mercurio: “El trabajo del escritor debe tener en cuenta tiempos diferentes: el tiempo de Mercurio y el tiempo de Vulcano, un mensaje de inmediatez obtenido a fuerza de ajustes pacientes y meticulosos; una intuición instantánea que, apenas formulada, asume la definitividad de lo que no podía ser de otra manera; pero también el tiempo que corre sin otra intención que la de dejar que los sentimientos y los pensamientos se sedimenten, maduren, se aparten de toda impaciencia y de toda contingencia efímera”. Festina lente, apresúrate despacio.

Sólo pretendía resaltar hoy, miércoles laico o santo, salvando la creencia o no que haya que salvar, que Mercurio es una buena opción para recordarle una vez a la semana en su día, los miércoles, sobre todo para los que vivimos en una dialéctica permanente saturnino-mercurial, porque los que tenemos “tendencia a una fuerte introversión, a un descontento con el mundo tal como es, al olvido de las horas y los días”, fijamos la mirada en la inmovilidad de las palabras mudas al escribir como saturninos porque, personalmente, de Mercurio no me atrae el comercio, el mercado o las mercancías, en una confusión permanente de valor y precio. Quizá, sólo aprender a volar con él cuando sueño despierto.

(1) Calvino, Italo (1989). Seis propuestas para el próximo milenio. Madrid: Siruela, págs. 45-67.

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Las respuestas están dentro de nosotros

Sevilla, 30/III/2021

Vivimos en un tiempo en el que cuando creemos tener respuestas para casi todo, nos cambian a diario las preguntas. Aprendí esta reflexión de Mario Benedetti, que me enseñó a vivir con dignidad en un territorio de preguntas muy profundas, en el Sur del Mundo. Esta situación nos lleva a buscar sin respiro nuevas respuestas a interrogantes que nos rodean por tierra, mar y aire.

Estando inmerso en esta misión posible, he escuchado una canción de Rozalén, a quien sigo con frecuencia por su compromiso activo desde la cultura en tiempos de coronavirus, con un título sugerente, “Y Busqué’, cuya sinopsis nos la presenta ella misma como aviso afectuoso para navegantes inquietos: “es una subida al templo Tepozteco, en México, una subida a la cima de cualquier montaña. Una metáfora. El camino que nos toca andar… Es un viaje interior, un intento de búsqueda de respuestas al sentido de las cosas, de la Vida, un “porqué estoy yo aquí”. Al final la respuesta se hace clara en soledad. Siempre buscamos fuera lo que nace dentro…”.

Invito a escucharla y seguir la letra, palabra a palabra, porque todas juntas nos dan una solución muy inteligente: las respuestas a lo que está pasando están en nuestro interior, es decir, en nuestra inteligencia individual, emocional y sentimental, porque es la única que nos guía en la resolución de cada problema diario...

Un árbol viejo partido en dos,
las puertas a este viaje interior.
Los senderos tienen forma de serpiente,
tienen piedras curvas y señales que te pierden.

Las primeras dudas las lloraba el cielo.
Debes enfrentarte sola y no tener miedo.
Descargué el exceso de peso,
me quedé con el alma en los huesos,
llené de aire el cuerpo.

Y busqué, y busqué, y busqué
hasta la cima.
Y no hallé, y no hallé, y no hallé
el sentido a mis días.
Y busqué, y busqué, y busqué
hasta el fin.
La respuesta estaba dentro de mí.

Luna plena y llena de agua fría,
ilumina la noche herida.
Como el pájaro, muestro atenta mis alas.
Miro desde arriba:
la que arriesga es la que gana.

Siempre busco fuera lo que nace dentro,
que mis días felices no dependan del deseo ajeno.
Aprender a escuchar el silencio,
regalar movimientos al viento,
yo sola ante este templo.

Y busqué, y busqué, y busqué
hasta la cima.
Y no hallé, y no hallé, y no hallé
el sentido a mis días.
Y busqué, y busqué, y busqué
hasta el fin.
La respuesta estaba dentro de mí.

Y busqué, y busqué, y busqué…

Cada estrofa es una página de vida y del alma. Aplicarlas en nuestra situación concreta es el desafío ante las grandes preguntas de la Vida, con mayúscula, como la canta Rozalén agregando siempre a sus notas las metáforas y el lenguaje de signos, aunque a veces tengamos el alma en los huesos.

Y busqué, y busqué, y busqué
hasta el fin.
La respuesta estaba dentro de mí.

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