Mientras que todo el país está pendiente hoy de la controvertida llegada a Madrid del sacerdote infectado de ébola, un grupo de voluntarios españoles ha viajado el martes pasado en sentido contrario hacia Sierra Leona, con el objetivo de levantar un hospital en Kenema, al constituirse como un centro de referencia en el tratamiento de esta enfermedad “pues buena parte de los contagios se producen en esta zona, conocida como “el triángulo del ébola”, situada muy cerca de la frontera con Guinea y Liberia” (1).
Lo he conocido por el reportaje excelente publicado ayer en El País, Mamá, me voy a luchar contra el ébola, que sobrecoge por la calidad humana que transmite a través de doce personas (delegados especialistas) que componen la Unidad de Respuesta de Emergencia de Cruz Roja Española, dispuestas a entregar días de su vida en beneficio de los que menos tienen y además sufren enfermedades como ésta, tan desconocida y de efectos tan letales cuando no se atiende en su primer estadio.
Laura López, enfermera de Mislata (Valencia), una persona anónima más -entre otras- hasta ayer, sintetiza muy bien esa entrega desinteresada, cargada de responsabilidad e incertidumbre: “No es miedo, tengo respeto. Bueno, en realidad sí tengo miedo, pero es más bien miedo a perder la concentración. Somos humanos y aquí no hay margen de error”.
En pleno debate sobre la oportunidad del traslado a España del sacerdote Miguel Pajares, creo que es justo destacar esta acción llena de encomio protagonizada por un grupo de personas que han dejado atrás su situación personal en España infinitamente más cómoda y viajan en este mes de agosto al corazón del ébola, desafiando situaciones complejas en cualquier vertiente que se analice. Una gran lección, digna de amplificarse mediante todos los medios en momentos en los que necesitamos identificar acciones ejemplarizantes ante tanta corrupción institucional y personal.
Podemos hacer un agosto personal e intransferible diferente, simbolizado por el respeto que manifiesta Laura López a realidades tan duras como las que van a atender en Kenema. Con su silencio activo, motivador y ejemplarizante, junto al de sus compañeros –sin dejar a nadie atrás- en este viaje hacia alguna parte. Nada más.
Comienzo una serie dedicada a este mes que invita a pensar, hacer un alto en el camino, mirar a nuestro alrededor y preguntarnos muchas cosas. Hacer algo diferente. Crecer en el conocimiento creativo y esperanzador también es posible en el verano, concretamente en este mes. Espero recoger testimonios de inteligencia creadora para aportar ilusión de vivir. Mejor, para vivir dignamente.
«Cuando muere una persona joven, la mayor parte de esa tragedia radica en su promesa: lo que habría conseguido. Pero Marina dejó lo que ya había hecho: un trabajo literario mucho mayor de lo que pueden abrazar estas dos tapas»
Extracto del Prólogo de Anne Fadiman, en el libro póstumo de Marina Keegan: The opposite of loneliness (Lo opuesto de la soledad).
No conocía a esta joven escritora americana (1), que falleció en 2012, a los 22 años, en un accidente de automóvil en Massachusetts. Me ha sobrecogido su mensaje proactivo recogido en una publicación reciente, The Opposite of Loneliness (Lo contrario a la soledad), basada en un escrito sobre el inicio del Curso en 2012 que llevaba el citado título publicado por la Universidad de Yale, con mensajes que pueden ser muy beneficiosos en este periodo estival.
He recogido algunos párrafos esenciales de este escrito en los momentos que atravesamos de desencanto generalizado, porque suponen un revulsivo para los jóvenes que toman el relevo de nuestro país, así como para todos los que buscamos diariamente vivir en un mundo diferente, ya no tan jóvenes, aunque sea el microcosmos de todos los días. Como María pretendía transmitirnos, porque le preocupaba mucho qué iba a hacer cada día de su vida al finalizar su etapa en Yale.
«No tenemos una palabra para lo contrario a la soledad, pero si la tuviéramos, la usaría para decir que eso es lo que quiero en mi vida» […] «No es amor ni tampoco es una comunidad. Es la sensación de que hay gente, mucha gente, que está junta en esto. Que están en tu equipo. Se paga la cuenta y nadie se levanta de la mesa. Son las cuatro de la mañana y nadie se va a la cama. La noche aquélla de la guitarra. Esa noche que no recordamos. Esa vez que hicimos, que fuimos, que vimos, que nos reímos, que sentimos».
Hace una referencia explícita a ese concepto de que los mejores años de nuestra vida es el resultado del arrepentimiento. Del debería haber hecho…, del si hubiera hecho…, del ojalá hubiera hecho… Porque el arrepentimiento está ahí. «Somos nuestros peores críticos y siempre nos decepcionamos. Dormimos demasiado. Procrastinamos [dejamos de hacer cosas en el momento oportuno y las dejamos para después]. Vagueamos». «Pero lo que tenemos que recordar es que todavía podemos hacer cualquier cosa. Podemos cambiar de rumbo. Podemos empezar de nuevo. Hacer un máster o empezar a escribir. Nos estamos graduando. Somos tan jóvenes. No podemos, no debemos perder esta sensación de que todo es posible. Porque, al fin y al cabo, es todo lo que tenemos».
Su escrito finalizaba con estas palabras: «Estamos en esto juntos, en 2012. Vamos a hacer que pase algo en el mundo».
Y un accidente segó su discurso personal y, afortunadamente, transferible. Gracias, Marina, por haber descubierto tus palabras en un agosto que pretendo que sea diferente, recordando también aquellas palabras de Steve Jobs, pronunciadas en un famoso discurso de graduación: “seguid hambrientos, seguid alocados”, buscando la palabra contraria a soledad, individualismo y egoísmo.
«Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.»
Antoine de Saint Exupéry, Terre des Hommes, 1939 (1)
Es necesario hablar de lo sublime. Me lo ha recordado la lectura de un magnífico artículo de opinión, Atrévete a sentir, publicado en el diario El País, el pasado 19 de julio. Todo es tan lineal y superficial que hablar de personas y realidades sublimes “provoca escepticismo o sarcasmo”. Pero existen.
La ramplonería manifiesta que nos invade hace muy difícil hacer sitio a lo sublime, entendido como lo define excelentemente la Real Academia Española: “Se dice especialmente de las concepciones mentales y de las producciones literarias y artísticas o de lo que en ellas tiene por caracteres distintivos grandeza y sencillez admirables. Se aplica también a las personas. Orador, escritor, pintor sublime”. Personas sublimes son aquellas que tienen una forma de pensar llena de grandeza y sencillez, admirables para los demás, que necesitamos encontrar a pesar de la dificultad simbolizada en Diógenes: buscamos personas sublimes, es más, las necesitamos localizar con urgencia ante tanta mediocridad.
Nos sobran objetos sublimes, frente a cualidades de personas con sublimidad ética sobre todo. Tanta noticia de la peor factura humana que podemos conocer, tanta guerra, corrupción política y la ausencia sistemática de valores en todos los órdenes de la vida, hacen que proclamemos la necesidad urgente de encontrar personas con perfiles sublimes.
¿Cómo podemos rescatar esta búsqueda urgente de grandeza y sencillez admirables? Creo que sólo existe un camino: los ideales, las ideologías, como marco que posibilita el desarrollo de personas sublimes, que hacen que el mundo sea más respirable para todos, porque engrandecen cada segundo humano. Un gesto de educación ciudadana hoy lo consideramos como algo excepcional, que nos llama la atención, porque traduce una posibilidad de ser sublimes. Lo refleja muy bien el autor de esta reflexión que comento: “Una sociedad sin ideal –y lo sublime es una forma de ideal- está condenada fatalmente a no progresar, a repetirse y a la postre a retroceder”.
Estamos viviendo momentos muy difíciles en nuestro país. Necesitamos hoy más que nunca, sin esperar a que terminen las “vacaciones” (metafóricamente hablando), ordenar y organizar la búsqueda de lo sublime en política, por este orden, legitimando mediante ordenamiento jurídico en todos los frentes necesarios, básicamente los que protegen derechos fundamentales, la nueva forma de organizarse el Estado aunque haya que “tocar” la Constitución, única vía para solucionar los graves problemas actuales de la forma de organizarse territorialmente y financieramente en España, con los desajustes clamorosos que existen en la atención urgente a los citados derechos fundamentales, entre los que se encuentra inexcusablemente el del empleo remunerado dignamente.
Sublime no es una palabra más del diccionario, difícil de entender en sí misma. Lo sublime se encuentra en aquellas personas que creen en la verdad, en que la vida es bella y se comprometen a hacerla bella todos los días, para sí mismos y para los demás. Además, porque lo sienten así, ante tantos aguafiestas de turno que se jactan en gritar a los cuatro vientos, sin hacer nada en este ámbito, que “eso es puro idealismo”. Pero ¿qué es lo auténtico?, ¿lo que tenemos y vivimos a diario, lo que leemos tristemente en las portadas de los periódicos, lo que nos transmiten tertulianos de tres al cuarto en las televisiones existentes en el país?
Necesitamos trabajar en esta línea de búsqueda de lo sublime, descubrir que existen personas en nuestro país que elaboran y transmiten conceptos y conductas que tienen por caracteres distintivos grandeza y sencillez admirables, no inocentes por supuesto: “En suma, grandes pensamientos (nobleza) y grandes sentimientos (entusiasmo)». Y anunciar a los cuatro vientos, que otro mundo es posible, incluso el microcosmos en el que vivimos todos los días, porque podemos pensar y sentir, afortunadamente, sin que tengamos que entrar en grandes superficies a comprarlo. Porque no es una mercancía, sino un derecho y un deber: “Kant dio el lema a la modernidad, ese “atrévete a pensar” (sapere aude) que todavía nos guía. Ahora nos convendría una exhortación pareja a dejarnos conmover, con entusiasmo crítico y bienhumorado, por todo lo grande, noble y hermoso de este mundo. El nuevo lema saldría de una ligera modificación del anterior, que no deroga sino complementa. Y sería sencillamente: “Atrévete a sentir”. Quizá, también, «atrévete a soñar».
Este año se celebra el centenario de la publicación de “Platero y yo”, libro que hay que leer en muchas ocasiones respetando la advertencia de su autor a quienes lo hagan, porque hay que recordar que se escribió para ¿niños?:
Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién! …para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien!
Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca.
¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!
Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.
El verano suele ser una estación propicia para leer todo aquello que acumulamos a lo largo del año con la excusa de no disponer de tiempo suficiente en otras estaciones… Volver a leer libros que marcan nuestras vidas, como puede ser “Platero y yo”. Estoy muy de acuerdo con Alberto Manguel en su reflexión acerca de la ocasión que nos brinda el verano para leer sin reloj, para reencontrarnos con situaciones especiales que podemos rememorarlas después: “los libros de nuestras vacaciones llevan consigo, quizás más que cualquier otro, trazas de memoria: de amistades perdidas, de juegos extraños, de adultos que en el recuerdo son inconcebiblemente jóvenes, de habitaciones que no eran nuestras. Sobre todo, memorias de olores y perfumes: de hierba recién cortada, helado de vainilla, loción a leche coco, aire salado, sudor limpio en sábanas recién planchadas, fresas silvestres tibias, cloro, salchichas asadas, zumo de limón, juguetes de caucho que han estado demasiado tiempo al sol. Y sobre todo, el olor del papel barato de los libros de bolsillo, leídos al sol y salpicados de agua de mar”.
He abierto “Platero y yo” por la página dedicada al verano y me he dejado llevar por una narración que nos transporta a Moguer, tal y como lo hemos conocido con la gran ausencia de ese burro “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”:
Platero va chorreando sangre, una sangre espesa y morada, de las picaduras de los tábanos. La chicharra sierra un pino, que nunca llega… Al abrir los ojos, después de un inmenso sueño instantáneo, el paisaje de arena se me torna blanco, frío en su ardor, como fósil espectral.
Están los jarales bajos constelados de sus grandes flores vagas, rosas de humo, de gasa, de papel de seda, con las cuatro lágrimas de carmín; y una calina que asfixia, enyesa los pinos chatos. Un pájaro nunca visto, amarillo con lunares negros, se eterniza, mudo, en una rama.
Los guardas de los huertos suenan el latón para asustar a los rabúos, que vienen, en grandes bandos celestes, por naranjas… Cuando llegamos a la sombra del nogal grande rajo dos sandías, que abren su escarcha grana y rosa en un largo crujido fresco. Yo me como la mía lentamente, oyendo, a lo lejos, las vísperas del pueblo. Platero se bebe la carne de azúcar de la suya como si fuese agua.
Así lo aprendió mi generación desde que tuvimos uso de razón. Dios lo tuvo claro desde el principio de los tiempos, porque frente a la creación de los cielos y la tierra, de los mares, que ya eran buenos por sí mismos, la del hombre vio que era muy buena, así como la de la mujer. Pero había un motivo que pesó mucho en la tradición oral de los pueblos ribereños, cerca del Tigres y del Éufrates y tenía que ver con una sospecha de ese Dios creador acerca de los problemas que podría tener el hombre si se quedaba solo cuando comenzaba a vivir. Y esa situación tan llamativa llevó a Dios a la creación de la mujer.
El problema vino después, cuando se quedaron solos los dos. Ahí comenzó la historia tan difícil del ser humano, la del dolor del mal hasta nuestros días. Al fin y al cabo, todo tiene que ver con la soledad cuando nos enfrentamos ante el bien y el mal: “por culpa de una serpiente comimos de la fruta prohibida y desde entonces hemos elaborado una macrohistoria de culpa y rescate que no nos deja vivir en paz. Y hemos grabado a fuego la responsabilidad transcultural de la mujer, del animal hembra en forma de serpiente, que echó a perder la vida tranquila en el paraíso: ¡mujer tenía que ser! El relato de la creación, en Génesis 3,1, deja bien claro el rol que iba a jugar en la historia de la humanidad la famosa serpiente porque “era el más astuto de los animales del campo que Dios había hecho. Y dijo a la mujer: “¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles el jardín?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.” Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiéreis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. Y la mujer comió el fruto de este árbol del medio del jardín y dio también a su marido. Y lo que descubrieron es que estaban desnudos ante la vida sin entender nada” (1).
El relato anterior corresponde a la tradición cananea acerca de la creación del mundo. El evolucionismo no entra en estos detalles, porque su punto de partida es otro, pero he querido comenzar con este relato tan clásico porque coincide en su base de constatación histórica con lo que pasaba hace millones de años con la situación de los hombres solos.
Es curioso saber que las personas no quieren estar solas consigo mismas. Un artículo publicado recientemente en la revista Science, viene a confirmarlo: ““Nuestra investigación”, dicen Wilson y sus colegas de Virginia y Harvard, “muestra que la mayor parte de la gente prefiere estar haciendo algo —incluso dañarse a sí mismos— que no hacer nada o sentarse en soledad con sus pensamientos” (2). Los 11 experimentos muestran de distintas formas que los participantes, antes de quedarse solos consigo mismos, prefieren escuchar música, navegar por la Red o mandar mensajes de móvil. Incluso recibir una desagradable descarga eléctrica y largarse a su casa antes de que pasen los 10 minutos”. Se supone que nuestros antepasados preferían seguir cazando ininterrumpidamente, andar por caminos angostos y agotarse en nuevas experiencias guerreras y artesanales, antes que quedarse parados y solos, aunque la investigación actual confirma que a los chimpancés les gusta estar solos. Un contradiós científico para los creacionistas: “por mucho que nos empeñemos, no les gusta conversar. Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios o deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo” (3).
El problema actual radica en que nos da miedo quedarnos con la mente en blanco, necesitando continuamente cine, televisión, telefonía móvil videojuegos, salir de compras, trabajo frenético, etc., algo que el cerebro no puede controlar fácilmente, es decir, se necesita estar haciendo siempre algo ante el miedo de encontrarnos con nosotros mismos, el horror del vacío existencial: “El primer autor del estudio no cree que ese horror al vacío sea una consecuencia del ritmo frenético de la sociedad actual o la seducción incesante de las novedades tecnológicas. Más bien piensa que esa interminable sucesión de innovaciones técnicas son una consecuencia de nuestra sed natural de actividad. Primero fue el horror al vacío, y después vino Whatsapp a paliarlo. Antes había libros y punto de cruz para la misma función”.
El verano es una oportunidad para experimentar estos resultados de soledad odiada. La estadística es muy terca y muchas parejas suelen llegar a su final en esta estación, porque se encuentran en una situación de desocupación que las deja temporalmente solas ante su propio peligro, que cada uno conoce bien. También, para encontrar sentido ante la mente en blanco, una experiencia inolvidable cuando nos ayuda a ser mejores, porque iniciamos probablemente un viaje interior sobre una bicicleta imaginaria para ir a alguna parte en este verano. Y no hay que confundir hacer algo con estar con alguien. Ahí está la diferencia en el miedo a la soledad, a pesar del Génesis, porque es muy bueno que las personas, a veces, estén solas…
Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo
Mercedes Sosa, Todo cambia (letra de Julio Numhauser)
La generación en la que algunos de sus miembros pusieron en su momento sus sucias manos sobre Mozart (1), está viviendo momentos muy difíciles en este país. Crecieron en las mieles de la primera transición, donde sus padres pusieron mucho empeño en cambiar las cosas para que cambiaran de verdad y pudiéramos vivir en democracia. Algunos ya se lavaron las manos y decidieron comprometerse en la búsqueda de futuro marcado por el bienestar común, propiciado por la aprobación de la Constitución en 1978 y por las llamadas políticas de izquierdas a partir de 1982, con la entrada triunfal del Partido socialista en el Gobierno. Otros, siguieron tocando pianos irreales y así va la cosa.
El problema se centra ahora en los hijos de aquellos músicos de la buena vida, porque junto a los que se comprometieron de verdad en mantener viva la democracia auténtica, han confluido en una situación exasperante por el primer problema que acusa hoy este país: el desencanto democrático llamado entre otras acepciones “paro” y, sobre todo, el paro juvenil. La generación mejor formada, en una frase hecha que nos escuece a todos, no tiene quien les llame y les escriba un contrato de trabajo. Y se van del país, porque en los pianos de sus padres ya no se pueden tocar composiciones para distraerles en el “dolce far niente” de muchos de sus progenitores. No digamos nada de la gran mayoría de padres y madres comprometidos sin límite que ven frustrados los sueños propios y los de sus hijos. Es decir, la eterna dialéctica cernudiana de realidad y deseo.
Soy consciente de que no existe el bálsamo de Fierabrás cervantino, autor tan de moda desde hace unos días por imperativo real (no es un hombre más que otros si no hace más que otros…), para solucionar de una vez este problema larvado durante tantos años, pero estoy convencido de que ante la situación actual solo es viable plantear una segunda transición para vislumbrar nuevos caminos políticos que encaucen la situación insostenible que estamos viviendo.
Como el compromiso intelectual también existe, voy a proponer seis reflexiones acerca de lo que llamo la segunda transición, a modo de urdimbre de un tejido crítico que podemos tejer entre todos, sobre todo creando un estado de teoría crítica frente a la opinión generalizada de que ya no se puede hacer casi nada, porque la política no sirve para nada ya que los políticos son todos iguales, sin excepción.
1ª. Ante las próximas elecciones, los partidos tienen que hacer una reflexión profunda de cómo están, políticamente hablando, es decir, hechos trizas, en lenguaje muy cercano. Y ¿cómo se combate esta situación? Barriendo de una vez por todas, todos los rincones de suciedad que hay en los mismos, no permitiendo una sola muestra de corrupción de cualquier tipo, ni siquiera corruptelas. Estamos todos ante la cuenta atrás de las elecciones municipales, como primer test para mostrar cambios radicales. Ya no valen paños calientes sino toma de decisiones también radicales, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. No debemos esperar todos a que los jueces digan la primera y última palabra sobre esta cuestión, porque se debería declarar con ejemplaridad manifiesta dónde está cada uno en su estado de corrupción interna. Así de claro, con transparencia plena, sin recovecos. Deberíamos tomar el relevo de la judicialización de todo, para tomar la primera palabra: honestidad por encima de todo.
2ª. Regenerar los principios éticos de la política en cada partido, porque es legítimo que pensemos y actuemos de forma diferente. Lo difícil es el arte de la política de hacer viable el diálogo entre todos a pesar de defender idearios y postulados diferentes, con una actitud constructiva, pero no con ladrillos sino con valores que respeten el bienestar social con tres pilares de atención prioritaria sobre las demás: educación, salud y atención social a quien menos tiene de todo, incluida la salud. Y eso se traduce en programas que no sean un canto al sol y en no comprometer aquello que desde que se escriben los compromisos electorales en el papel en blanco se sabe que es inviable hacerlo. Valen más las palabras de respeto al bienestar social que las políticas expansivas de construcciones que mejoran situaciones de unos cuantos en perjuicio de todos. Véase la situación de autopistas y aeropuertos cerrados en la actualidad, que han distraído tanto dinero público. Es decir, basar estos programas en el interés general, no en el del partido, porque cuando se cuida al máximo el interés público, los partidos ganan en confianza ciudadana.
3ª. Priorizar las políticas de empleo para regenerar situaciones insostenibles en el país, con atención especial a los jóvenes y a aquellos que por razón de edad forman parte del pelotón de parados hasta que la muerte los separe o de la jubilación mental y real, indeseada, porque falla todo tipo de sustento, tanto económico como social. Las cifras de paro son asfixiantes se las mire por donde se las mire. Aquí hay un frente a acometer sin dilación alguna y estoy convencido que todas las políticas de empleo no son iguales, mirando hacia adelante y no vivir permanentemente en un “y tú más” o “esto es consecuencia de la política del partido que estaba en el Gobierno anterior”. Ahora más que nunca hay que elegir y exigir.
4ª. Hay que cambiar la Constitución para reforzar, sobre todo, los derechos fundamentales actuales, dando una vuelta de tuerca al reconocimiento de los mismos con acciones programáticas, constitucionales, que avalen las políticas a ejecutar. Me refiero concretamente a los marcos presupuestarios macroeconómicos que deben declarar de forma contundente las prioridades de Estado: educación, salud y atención social a los más desprotegidos de derechos fundamentales y a poner a cada poder en su sitio. Creo en el federalismo estatal, que abriría muchas posibilidades para asumir realidades tan complejas como la de Cataluña y País Vasco. Por tanto, se debería abrir un debate al respecto que culminara en el Congreso de los Diputados.
5ª. De una vez por todas, hay que declarar la laicidad del Estado. España arrastra todavía muchos tics religiosos que aunque sean respetados, deben salir del marco constitucional. Ahorraría muchos quebraderos de cabeza a todos, tanto en el terreno educativo como en el de las problemáticas de trasfondo religioso como puede ser el aborto o los privilegios recogidos en los acuerdos actuales con la Santa Sede.
6ª. Hace falta también una regeneración ética ciudadana, básicamente en el respeto a la participación política desde el rol de ciudadanos. Votando, en primer lugar, porque desde la política es desde donde se pueden hacer cambios, dado que todos los idearios de partidos, convertidos en programas, no son iguales. Desde el sillón de casa, opinando solo sobre lo mal que está el país, no se soluciona nada. En segundo lugar, ejerciendo una autocrítica sobre ese rol de ciudadano con el pago de impuestos, por ejemplo. Hay que erradicar la economía sumergida institucionalizada (no la de subsistencia elemental) y el fraude del IVA, porque necesitamos facturarlo y pagarlo. Ya está bien de creernos los más listos del lugar porque somos los más pícaros ante Hacienda, escaqueándonos del pago que nos corresponde con una facilidad asombrosa. En tercer lugar, asumiendo el rol de ciudadanos con una formación permanente al respecto, pero insertándola en el currículum educativo de los niños y adolescentes., porque es imprescindible. Educar en ciudadanía no es adoctrinar. Hay que respetar a los demás en las cosas más sencillas: los vecinos, el tráfico diario, en las compras (con IVA), en los ascensores, en la calle, en la eliminación de ruidos, en las bolsas de basura clasificada, en el transporte público, en la utilización de las urgencias y los servicios de salud en general, en el respeto a los profesionales públicos que cuidan del interés general.
Las reflexiones expuestas anteriormente no son recetas para cocinar comida rápida. Son acciones no inocentes que se deberían acometer y que yo contribuiré con mi vida de secreto y con la todos a hacerlo viable, desde el rol que me corresponda en cada momento, celular por supuesto, pero saliendo del letargo del “no se puede hacer nada”, porque estoy convencido de que otro mundo, en España, es posible. No con silencios cómplices, a los que estamos tan acostumbrados, sino trabajando de forma activa en el Club de las Personas Dignas, al que tengo el honor de pertenecer.
Sevilla, 2/VII/2014
(1) Vicent, Manuel (1980, 22 de marzo). No pongas tus sucias manos sobre Mozart. Triunfo, p. 28 (Triunfo Digital).
Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
Este cuaderno de inteligencia digital tiene un hilo conductor claro: aproximarnos al conocimiento del cerebro, divulgar sus estructuras y la raíz de muchos comportamientos humanos, por complejos que sean. Sin lugar a dudas, gracias a este siglo esperanzador, al que he llamado “el siglo del cerebro”, que ya presentaba como tal en 2006 en un post dedicado a esta realidad tan próxima, acabaremos descubriéndolo en su sentido más profundo: “Por eso insisto en que este siglo va a ser muy importante para la historia de la humanidad. La inteligencia se va a abrir paso en un mundo hostil que, por ahora, no le interesa mucho descubrir la magia del cerebro, porque dejaría al descubierto la gran mentira de los desajustes sociales, de la indecencia de la pobreza sublime que, por mucho que lo neguemos, la tenemos más cerca de lo que parece. Pobreza mental, sin ir más lejos”.
El siglo XX dedicó todos sus esfuerzos científicos a descubrir el corazón hasta terrenos insospechados, como mantenerlo vivo fuera del cuerpo en intervenciones quirúrgicas específicas, pero en la actualidad estamos muy cerca de conocer la quintaesencia del funcionamiento de las estructuras del cerebro, grandes desconocidas todavía. He recopilado recientemente en una publicación electrónica, Origen y futuro de la ética cerebral, la razón de ser del cerebro, basada en la configuración de las estructuras cerebrales que nos permiten adquirir conocimiento y proyectarlo mediante sentimientos y emociones que justifican todos los actos humanos, la ética real y objetiva.
Hoy he leído un reportaje, Esculpir el propio cerebro (1), centrado en ese “órgano de pensar”, que suscita tanto interés científico, en el que me ha impresionado la síntesis que presenta sobre una publicación reciente de Dick Swaab (2): “La mente es el resultado del funcionamiento de nuestros cien mil millones de neuronas, y el alma, un malentendido. El uso universal del concepto de alma parece estar basado solamente en el temor que el ser humano tiene a la muerte, el deseo de volver a ver a los seres queridos y la errónea y arrogante idea de que somos tan importantes que algo de nosotros debe quedar a nuestra muerte”.
Creo que estamos ante una situación excepcional para descubrir día a día cómo funciona el cerebro, el nuestro y el de las personas más próximas a nosotros, para que un día no muy lejano podamos comprender cómo hemos montado poco a poco el suelo firme (la ética) de nuestra vida, la raíz de la que brotan todos los actos humanos y los justifica. En el cerebro, ya sin lugar a duda alguna, porque como dice Dick Swaab, el alma es solo un malentendido. Y lo dice una persona como yo, que intenta todos los días poner el alma en su sitio, no sobrenatural por supuesto, sobre todo cuando escribo: “Me he enamorado de mis libros y estoy viviendo esos momentos en los que mi alma está pendiente de todo, para que no falte nada a las personas que quieres y, a las desconocidas que van a captar esos sentimientos y emociones que adornan siempre la inteligencia conectiva que escribe, que se expresa desde dentro de cada autor, siendo Internet un medio poderoso y lleno de recursos para difundir este momento mágico, dando la razón a San Agustín cuando escribía en un perfecto latín un constructo que me ha acompañado siempre: bonum est diffusivum sui (el bien, se difunde a sí mismo). O lo que es lo mismo: la buena literatura, escrita con alma, se difunde a sí misma. Todavía más, con la ayuda de las tecnologías y sistemas de información, porque se construye y difunde con la inteligencia digital, cada día más al alcance de muchas personas que saben qué es escribir con el alma de la pasión” (3).
En definitiva, hablo del alma de mi cerebro, tal como yo lo entiendo y siento mientras lo esculpo cada día…
Reconozco que la lectura del relato de Herman Melville, Bartleby el escribiente, me marcó durante una etapa de mi vida. Recuerdo en bastantes ocasiones la frase preferida de Bartleby, ante cualquier petición de su patrón: “preferiría no hacerlo”. Es muy difícil en la vida ordinaria tomar este tipo de decisiones, sin llegar al absurdo del protagonista del relato citado, pero en muchas ocasiones habría que copiarle sin temor alguno.
Hoy, debería nacer un nuevo Bartleby, eso sí, lleno de esperanza, que nos ayudara a dar un giro copernicano sobre determinadas realidades hirientes en nuestras vidas y que nos permitiera gritar a los cuatro vientos: ¡preferiría no escucharlo! Y cambiar de canal de vida, si es posible.
Estamos asediados por noticias lamentables desde muchos puntos de vista y de interpretaciones de tertulianos y tertulianas que interpretan la vida como les da la real gana, sin fundamento alguno, en nombre de los demás, intentando sentar cátedra sobre argumentos insostenibles.
He escuchado al fiscal apresurado, Horrach, desacreditando mediante un recurso al juez Castro, instructor del caso Nóos, sobre todo por la imputación de la infanta Cristina, hermana del Rey Felipe VI. Y preferiría no haberlo leído, ni haberle escuchado, porque ofrece una imagen lamentable de la Justicia a secas. Está legitimado para analizar por su oficio y beneficio lo descrito por el juez Castro, después de cuatro años de trabajo incesante en la búsqueda de la verdad, pero no debe prevalecer la suya ni la del juez, sino la que juntos deben buscar, guardándose las suyas en lo que vaya más allá de la técnica jurídica, tal y como nos lo expuso brillantemente Antonio Machado en un poema perdurable en el tiempo que estamos viviendo:
¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.
Esta es la razón de por qué preferiría no escuchar determinadas afirmaciones. Sobre todo, hoy, las del juez Castro, por lo que significan y por el dolor que supone en una persona honesta como él: «Creo que si el Ministerio fiscal cree lo que escribe, y habría que suponer que sí, lo que tiene que hacer es presentar, tenía que haberlo hecho ya, una querella contra mí por prevaricación», porque el escrito del fiscal Horrach «contiene claras imputaciones de que yo he cometido un delito de prevaricación».
Sinceramente, prefiero no comentar nada más y refugiarme junto a una de las ventanas de la vida, la de la lucha por la verdad buscada en común. En mi soledad sonora, porque escuchar y saber determinadas cosas no debería ocupar lugares dignos en el cerebro. Pero el problema radica en que cada vez me queda menos sitio…
Finalizo esta “pequeña” serie dedicada a la erradicación del trabajo infantil, en una semana de toma de conciencia especial. En este caso, expongo el contenido del documental rodado en Guatemala, Las voces pequeñas, promovido por la Fundación Telefónica Documenta, que trata sobre la experiencia de los talleres audiovisuales que se han realizado con un grupo de niños del departamento de Sololá, en Guatemala, a manera de retrato coral, en cuya realización han participado los propios niños. Los talleres proporcionan el telón de fondo en el que se desarrollan las historias generadas por sus protagonistas: los niños han llevado a cabo el rodaje y exponen sus inquietudes que comunican al mundo que lo quiera escuchar.
Aprendí de Saramago que había que dejarse llevar siempre por el niño que fuimos, un buen consejo de su libro inventado sobre ellos (los consejos…). En este caso, los niños protagonistas de sus propias historias, nos muestran desde su perspectiva de «personas bajitas» cómo es la realidad de su pequeño mundo, nada fácil por cierto en ocasiones y que nunca olvidarán, porque siempre llevan una persona dentro que desea ser feliz en entornos hostiles, porque es un derecho humano que le corresponde. Con el compromiso activo de la sociedad es posible que puedan vivir un mundo mejor que el actual y esa es una obligación solidaria que empieza por la revisión de nuestras actitudes ciudadanas, estando cerca de estas realidades a través de organizaciones que dedican su tiempo a ello.
Ha sido una pequeña experiencia, pero estos documentales pueden ayudarnos a tomar conciencia de un mundo pequeño que necesita hacerse grande, no permitiendo el trabajo infantil, de ninguna manera.
Lo ha dicho hoy el Rey Felipe VI en su discurso de proclamación: No es un hombre más que otro, si no hace más que otros. Me ha recordado un post que escribí en 2008 y que reproduzco íntegramente a continuación, acerca del fondo y forma de esta frase del Quijote. Creo que sigue plenamente vigente lo que escribí entonces y he sentido algo especial al escuchar al nuevo Rey, en su discurso programático y traer a colación esta feliz frase. Coincidimos en este hilo conductor de la vida, que para la política puede ser una expresión para grabar a fuego y respetar en las actitudes democráticas de todos, sin excepción alguna.
Sevilla, 19/VI/2014
No es una persona más que otra…
En una época carente de valores, como la actual, el Quijote debe verse como una metáfora relevante. En el mundo en transición en el que vivió, luchó por ideales que consideraba vigentes y nobles. Su idealismo, por distante que estuviese de la realidad, acabó, sin embargo, por transformarlo en una referencia fundamental para la cultura mundial en estos últimos siglos. Don Quijote pone de relieve, con su aparente locura, la importancia de la audacia y de la imaginación en la construcción de otro mundo.
(Fragmento del discurso de agradecimiento pronunciado por el Presidente de Brasil, Lula da Silva, en la ceremonia de entrega del Premio Internacional «Don Quijote de La Mancha”, en Toledo, el 13 de octubre de 2008)
El sábado 11 de octubre leí un texto premonitorio de este post, en un anuncio con motivo de la entrega del Premio Internacional Don Quijote de la Mancha, a dos personas a las que admiro y respeto mucho: Lula da Silva y Carlos Fuentes: no es un hombre más que otro sino [sic] hace mas que otro. Es una frase cervantina, que sugiere muchas reflexiones si no se la saca de su contexto. Veamos. El texto original de Cervantes dice exactamente: “sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro sino [sic] hace mas que otro”, en una expresión llena de sentimiento y esperanza por parte de Don Quijote, en un gesto lleno de ternura hacia Sancho porque “todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo, y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables…”. Extraordinaria construcción de la didáctica humana de la comprensión en el alcance que se expresa con la solidaridad ante situaciones que son personales e intransferibles y que por mucho que se quieran cooptar, en auténtica com-pasión [sic], se demuestra que el sufrimiento no es delegable, ni asumible por los demás en su justa medida, porque las personas no son más que otras si no hacen más que otras.
Reproducción facsímil del libro El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. (2 Volúmenes), Miguel de Cervantes Saavedra. Barcelona: Edicions Universitat, pag. 212 (recuperada de Google, el 12 de octubre de 2008).
Pero es una realidad inquebrantable que sí hay personas que hacen más que otras, yendo más allá del reclamo del anuncio. Y por ello, son más importantes en la sociedad, desde una perspectiva ética, unas determinadas personas que otras. En el caso de los personas premiadas, Lula da Silva y Carlos Fuentes, existen sobradas razones para alinearse tanto con Sancho como con Don Quijote, en el reconocimiento del Premio, porque ante ellos es fácil que nos pudiéramos poner “de pechos” sobre nuestras cabalgaduras vitales “con la mano en la mejilla en guisa de personas pensativas”, intentando solidarizarnos con ellos por tanta tristeza que en algunos momentos nos han trasladado, aunque convengamos con Don Quijote que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas. Así lo aprendí de Lula da Silva cuando leí con pasión el libro de recopilación de sus cinco propuestas para cambiar la historia, con un título que sobrecoge “Lula. Tengo un sueño” (1): “Obstinadamente me digo todo el santo día: tengo que realizar un sueño, que no es sólo mío, sino el sueño de todos vosotros; llegará un día que en este país ninguna criatura se irá a dormir sin un plato e comida, y ninguna criatura se despertará sin ningún desayuno (…) Llegará un día en que la gente tendrá conciencia de que este país que sueño y que vosotros soñáis puede ser construido. Depende de nuestra disposición para realizarlo. Depende de nuestro coraje. Depende de nuestra disposición”.
Utilizando el símil del idealismo de Don Quijote, ayer nos dejó un mensaje para “cabalgantes”: «Solo con imaginación no cambiamos la realidad, pero sin imaginación corremos el riesgo de quedar presos en el conformismo». Depende de nuestra disposición.
Carlos Fuentes resumió en el acto del Premio un mensaje aleccionador para los que hacen más que otros: «tenemos un porvenir que desear y un pasado que recordar, pero sólo deseamos y recordamos en el presente. Toda gran obra es un llamado a la acción». Depende de nuestra disposición.
Lula Sancho y Carlos Quijano, cabalgaron ayer juntos al recibir el Premio Internacional Don Quijote, sin descomponer sus figuras. Porque son grandes al enfrentarse a molinos de viento que no son imaginarios, cada uno a su estilo, cada uno a su aire cervantino, a través de las palabras que les quedan, porque saben que en sus respectivos compromisos vitales no es posible que el mal ni el bien sean durables…
Evidentemente, todo depende de nuestra disposición, porque las personas no son más que otras si no hacen más que otras. Como Lula, como Carlos.
Sevilla, 14/X/2008
(1) Luiz Inácio Lula da Silva (2003). Tengo un sueño. Barcelona: Península, p. 52s.