Cosas de estío / 7. Podemos compartir lo que es nuestro empeño

Propongo compartir lo que es mi empeño
Y el empeño de muchos que se afanan
Propongo, en fin, tu entrega apasionada
Cual si fuera a cumplir mi último sueño

Pablo Milanés, Proposiciones

Sevilla, 15/VII/2020 / 2ª edición

He dado un pequeño salto en la publicación de esta serie porque hoy correspondía la 6ª, que en 2018 dediqué a las noticias que hieren nuestra sensibilidad, refiriéndome en concreto a unas imágenes que había facilitado la ONG Proactiva Open Arms, acerca de un rescate doloroso en el Mediterráneo, en el que se reflejaba el espanto en el rostro de una mujer salvada en alta mar, junto a los cadáveres de otra mujer y un niño, dejados a su suerte, presuntamente, por un guardacostas libio. No quiero volver a reproducirlas porque la situación ahora es diferente y no quiero volver a transmitir tanto dolor en una época en la que estamos recuperándonos de un estado de alarma que ha dejado bastantes daños colaterales en todos y en cada uno. Ahora, hay que trabajar en la esperanza de que podemos vivir en un mundo nuevo. Si me permiten, hoy he sentido de nuevo mucho dolor al conocer que 7.100 trabajadoras temporeras marroquíes, que han recogido la fresa en Huelva, esperan pacientemente que su Gobierno abra las fronteras para poder volver a su país, viviendo una situación muy difícil y siendo víctimas una vez más de la precariedad en la que viven y las consecuencias del coronavirus.

Con este telón de fondo, vuelvo a tratar hoy un tema recurrente en este cuaderno digital: necesitamos hacer proposiciones que nos llenen el alma para vivir dignamente, fuera de toda duda, para ser felices, instalados en la utilidad de lo que muchos llaman vida inútil: soñar despiertos, amar con locura y ser dignos con la disponibilidad de los bienes naturales y públicos de los que cada uno disponga.

Pablo Milanés, que me acompaña en muchas ocasiones en mi rincón de pensar, nos ofrece unas palabras breves y buenas, Proposiciones, porque no hacen falta ya muchas palabras para compartir este empeño de compartir ilusión por cambiar aquello que no nos hace felices, por mucho que el mercado se empeñe en convencernos de que la felicidad es tener y no ser. Seguir su canción al pie de la letra y contextualizándola en nuestras vidas, nos puede ayudar a estar atentos a disfrutar esta jornada, sin ir más lejos, inquietando el gusto de los demás a través de los sentidos, compartir mensajes que entusiasmen a los demás, sobre todo a los que están más cerca, lanzándonos por caminos y veredas anunciando que otro mundo es posible, porque el verano llega siempre, de forma puntual y con sus cosas, haciendo nuestro el crisol de esta morada.

Cosas de estío / 7. Podemos compartir lo que es nuestro empeño

Decía Mario Benedetti que “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Ocurre casi a diario porque nacemos sin una guía de cómo ser curiosos y saber hacer proposiciones que nos llenen el alma para vivir dignamente, fuera de toda duda, para ser felices, instalados en la utilidad de lo que muchos llaman vida inútil: soñar despiertos, amar con locura y ser dignos con la disponibilidad de los bienes naturales y públicos.

El estío es un tiempo propicio para las proposiciones dignas y honestas, ante un mundo que pregunta tanto y sin cesar, en un síndrome de los porqué de un Peter Pan siempre redivivo. Creo que la disponibilidad de un tiempo para pensar nos permite recurrir a algo que olvidamos a diario y que puede ser un incentivo para ser más felices: olvidarnos de las respuestas que no nos gustan en la forma de ser y estar en el mundo, proponiendo ideas y cosas útiles para todos e instalarnos por una vez en el terreno de las proposiciones. Según la Real Academia Española, proponer es “manifestar con razones algo para conocimiento de alguien, o para inducirle a adoptarlo”, aunque el Diccionario de Autoridades da un sentido al lema «proponer» de especial relevancia: «representar o hacer presente con razones a uno alguna cosa, para que llegue a su noticia, o para inducirle a hacer lo que desea». Impecable propuesta cuando deseamos que el bien se haga difusivo de sí mismo para todos.

Recuerdo que Pablo Milanés lo sintetizó muy bien en una canción muy corta, Proposiciones, porque lo bueno, si breve, dos veces bueno. Pensando en la letra de aquella canción, no hacen falta ya muchas palabras para compartir este empeño de compartir ilusión por cambiar aquello que no nos hace felices, por mucho que el mercado se empeñe en convencernos que la felicidad es tener y no ser. Es más fácil estar atentos a disfrutar esta jornada, sin ir más lejos, inquietando el gusto de los demás a través de los sentidos, compartir mensajes que entusiasmen a los demás, sobre todo a los que están más cerca, lanzándonos por caminos y veredas anunciando que otro mundo es posible, porque el verano llega siempre, de forma puntual y con sus cosas, haciendo nuestro el crisol de esta morada.

Lo he manifestado varias veces en hojas sueltas de este cuaderno digital: necesitamos declarar las proposiciones decentes para avanzar en una sociedad más justa para todos. Ese es mi empeño. Escuchamos todos los días noticias que reflejan un mundo hecho polvo en búsqueda permanente de paz política e interior. Faltan proposiciones compartidas para aunar esfuerzos y voluntades a través del amor y el sufrimiento, como aquellos habitantes ejemplares de Santa María de Iquique, de los que aprendí tanto al escuchar atentamente su proposición a unos mensajeros de nombre araucano, Quilapayún, que no olvido.

Cosas de estío, de las proposiciones dignas. Como si fuéramos a cumplir el último sueño, a pesar de las preguntas cambiadas.

Sevilla, 21/VII/2018

Cosas de estío / 5. Tener tiempo, sin atrapar vientos

HAROLD LLOYD

Sevilla, 14/VII/2020 / 2ª edición

El tiempo suele ser calificado como un bien escaso y lo más curioso es que, a veces, cuando lo tenemos a raudales en nuestras manos y en nuestra mente, no sabemos qué hacer con él, porque una realidad tan próxima y sin estar en el mercado (ni se compra ni se vende en Amazon), acaba muchas veces por desbordarnos debido al mal uso que hacemos a diario de un bien que no es escaso si lo administramos bien.

Tener tiempo es uno de los regalos más preciados que nos ofrece la vida y lo hemos podido comprobar con la experiencia reciente del confinamiento domiciliario por el estado de alarma, que lo planteé en su momento como una oportunidad y fortaleza ante el coronavirus llamándolo por su nombre, tiempo, en la línea que tantas veces he justificado en este cuaderno digital: tenemos el tiempo dentro de nosotros, siendo uno de mis principios que, si no gusta, no tengo otro que lo sustituya en su fondo y forma.

En este estío tan especial y rodeado de limitaciones, podemos regalarnos tiempo otra vez y regalarlo a los demás, en cualquier formato, para reflexionar sobre momentos cruciales del ciclo vital de cualquier persona y su entorno, tal y como lo expuse en el post que sigue de esta serie: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz.

Son veintisiete posibilidades de repasar qué es el tiempo en nuestras vidas y cómo nos agarramos a él como al clásico minutero de Harold Lloyd, haciendo malabarismos para comprenderlo y compartirlo con los demás en momentos difíciles. También, en los placenteros.

Cosas de estío / 5. Tener tiempo, sin atrapar vientos

El estío atesora aparentemente tiempo, un regalo muy preciado en estos tiempos tan modernos, en los que acusamos su falta proverbial. Recuerdo que el Eclesiastés (Qohélet) no pensaba así, porque nos dice que tenemos hasta 27 oportunidades para disfrutar de él a lo largo de la vida: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Casi nada, pero administrar esta carga vital, en su tiempo específico, es harina de otro costal.

Excepto dos muy concretas, nacer y morir, que compartimos todos los seres vivos en el ciclo vital natural y evolutivo, las demás oportunidades compartidas por la experiencia de Qohélet (persona educada en la Asamblea), dependen de nuestra forma de vivir el tiempo en el que nos ha tocado desarrollarnos como seres humanos. Cada uno, cada una, con sus cadaunadas, puede repasar en su particular estío esta lista tan sabia, para comprobar qué experiencia de las citadas hemos vivido o nos gustaría experimentar mediante esta oportunidad que nos ofrece el solsticio de verano. Es la ocasión para tachar algunas ya vividas y pasadas o resaltar con fosforescencia las que se pueden jerarquizar como más atractivas. Podemos probar para ver qué nos queda por vivir según el guion del Eclesiastés (Qohélet).

Si señalo las positivas, plantar, edificar, reír, danzar, abrazarse, buscar, guardar, coser, callar, hablar, amar y vivir en paz, comprobamos que la historia de las experiencias vitales humanas obedece a la búsqueda de un sano equilibrio con los tiempos difíciles de las restantes experiencias que podríamos calificar como negativas (con matices). Quizá sea la ocasión en este estío, con sus cosas, de primar esta búsqueda de razones positivas para vivir, porque hay que sacar tiempo para disfrutar lo que dice Qohélet que es la experiencia de sus antepasados a lo largo de los siglos, aunque para que no se nos suban los humos a la cabeza (todos podemos ser histéricos, según la palabra griega -hísteris- que explica que los humos se nos suben a la cabeza y así nos va…), él nos dice que seamos prudentes a la hora de valorar las 27 experiencias y entender qué significado tiene vivir, aunque sea apasionadamente.

Al final, tengo que repasar la lista de las 27 oportunidades para aprovechar el tiempo en vida, siendo una tarea muy compleja cuando olvidamos el momento presente, el carpe diem de cada uno, de cada una, y se piensa en el futuro que trasciende este estío, por ejemplo, porque hay tres preguntas del Eclesiastés (Qohélet), que no dejan indiferente a nadie: ¿qué gana el que trabaja con fatiga, si se demuestra antes o después que todo es vanidad de vanidades, solo vanidad, algo así como intentar atrapar el viento?, ¿qué diferencia hay entre el hombre y el animal si ambos vuelven siempre al polvo? Y, por último, ¿quién guiará al hombre a contemplar lo que hay después de él?

No hay muchas respuestas, mejor dicho, ninguna en ese capítulo premonitorio. En el capítulo siguiente, Qohélet, tras su maravillosa descripción de los 27 tiempos y una vanidad imposible, nos orienta en tiempos difíciles después de su tremendo aviso para navegantes: lo mejor que te puede pasar en este estío es que tengas un amigo, ya que, si te caes, siempre estará ahí para levantarte, porque la experiencia de siglos dice que la amistad es como la cuerda de tres hilos que jamás se puede romper. Él si sabía qué hacer con el tiempo de estío que a cada uno, cada una, le toca vivir, caminando juntos, casi siempre atrapando vientos.

Sevilla, 12/VII/2018

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.elbotedelosdeseos.es/tag/hermano-mayor/

Cosas de estío / 4. Días largos, sol quieto

Sevilla, 13/VII/2020 / 2ª. edición

Todos los veranos me refugio unos días en la obra de Pablo Neruda. Este año vuelvo a leer la publicación que el verano pasado dediqué a los juguetes grandes más queridos del autor chileno, sus mascarones y mascaronas de proa y popa, que de todo hay en su casa de Isla Negra. En aquella ocasión recordaba en el Prólogo de Mascarones de proa, que los sabios del lugar y del tiempo marítimo suelen decir que «los mascarones de proa pretendían siempre calmar la ira divina a través de figuras amables que estaban autorizadas a romper continuamente las olas sin descanso alguno. Iban por delante, sin complejos, abriendo surcos marítimos en viajes apasionantes cuando, sobre todo, buscaban islas desconocidas. Voy a surcar también diversos mares de vida a través de ríos que buscan siempre el mar para culminar viajes fascinantes. Para mí, el más importante de todos: el de la palabra que nos queda a través del tiempo».

En estos días largos y de sol quieto, conviene recordar también que todos llevamos un niño o una niña dentro. Neruda sabía que sus mascarones, los juguetes más grandes de su casa, le acompañaban siempre para seguir contándoles historias increíbles vividas durante sus singladuras azarosas: “El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche”.

Entremos en su casa de Isla Negra, saludando hoy a María Celeste, a quien tanto quería y que no podía verla llorar. Neruda nos espera siempre con ardiente paciencia para comprender sus lágrimas.

Cosas de estío / 4. Días largos, sol quieto

El estío tiene estas cosas: disponemos de más luz porque el sol se queda quieto a mediodía (solsticio, sol quieto) y nos entrega más luminosidad para contemplar la vida de otras formas. El pasado 3 de julio, fue el día en el que la Tierra estuvo este año más lejos del Sol, como una contradicción astrológica que impresiona, cuando tanto tenemos que agradecerle por su quietud. Es el día del afelio, que nos recuerda la recurrencia de otro fenómeno, el perihelio, que nos acerca con sigilo al Sol, en momentos del invierno en los que tanto necesitamos disponer de luz.

Más o menos es lo que nos ocurre en la vida ordinaria, cuando hay días que lo vemos todo más claro y, otros, solo vemos la oscuridad del túnel, con un problema añadido: todo es aleatorio y no responde a la sincronización orbital y científica del fenómeno astrológico. Ésta es la razón principal para valorar en términos de oportunidad vital disponer de días más largos por el regalo de un astro quieto.

Decía Neruda que “A plena luz de sol sucede el día, / el día sol, el silencioso sello / extendido en los campos del camino. / Yo soy un hombre luz, con tanta rosa, / con tanta claridad destinada / que llegaré a morirme de fulgor”.  Este precioso poema, El Sol, me recuerda en este estío tan especial para el país que hay que agregar luz a la patria en tiempos revueltos, como ciudadano de a pie que solo camina a veces en la más profunda oscuridad: “Otra vez, ya se sabe, y para siempre / sumo y agrego luz al patriotismo: / mis deberes son duramente diurnos: / debo entregar y abrir nuevas ventanas, / establecer la claridad invicta / y aunque no me comprendan, continuar / mi propaganda de cristalería”.

¡Qué tarea política tan hermosa para un ciudadano que ama su ciudad, cumplir con sus deberes diurnos, a plena luz del día, aprovechando el estío, tiempo de luz porque el sol se queda quieto durante mucho tiempo, abriendo ventanas para la libertad, muy comprometido con la propaganda de cristalería por donde pasan rayos de luz teñidos de colores! Es verdad que a veces nos encarga la vida tareas casi imposibles, a personas que aparecemos en el mundo como “enlutados de origen”, sin luz, según Neruda: “A veces pienso imitar la humildad / y pedir que perdonen mi alegría / pero no tengo tiempo: es necesario / llegar temprano y correr a otra parte / sin más motivo que la luz de hoy, / mi propia luz o la luz de la noche: / y cuando ya extendí la claridad / en ese punto o en otro cualquiera / me dicen que está oscuro en el Perú, / que no salió la luz en Patagonia”.

Comprendo a Neruda, mucho más cuando sé que le gustaba contemplar los ojos de María Celeste, su mascarón de proa preferido, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal. Que sonreía siempre cuando llegaba el sol. Hoy, en un día largo y con un sol quieto, no quiero que los tristes y tibios de siempre perdonen mis sueños y mi utopía, porque no tengo tiempo. La luz de este solsticio, con el sol quieto pero generoso, me ofrece la posibilidad de llegar temprano y correr a otra parte sin más motivo que aprovechar la claridad del día, sabiendo que se rumorea que está oscuro en este país, que no sale la luz en Andalucía.

Le pido a Neruda que me acompañe con sus versos, porque “Hoy, este abierto mediodía vuela / con todas las abejas de la luz: / es una sola copa la distancia, / al territorio claro de mi vida”.  Es verdad: son las cosas del estío, en días largos gracias a un sol que se queda quieto para que podamos disfrutar de los territorios claros de nuestra vida.

Sevilla, 11/VII/2018

Mozart podría haber sido cubano

Sevilla, 12/VII/2020

Sarah Willis lo dice en el vídeo que preside estas líneas: “Mozart podría perfectamente haber sido cubano, por sus melodías, sus ritmos, su amor por la vida…”. Me ha impresionado conocer esta bonita historia musical, nacida en Cuba y que hoy se presenta al mundo bajo la denominación de “Mozart y Mambo”, una conjunción que hay que escucharla e intentar comprenderla en su fondo y forma.

Sarah Willis toca un instrumento bastante desconocido, la trompa francesa, formando parte de la Orquesta Filarmónica de Berlín desde 2001, siendo la creadora en 2014 de un programa de televisión en Alemania, “Sarah’s Music”, para Deutsche Welle, en el que ha entrevistado a grandes músicos como Gustavo Dudamel o Wynton Marsalis. Pero lo que verdaderamente revolucionó su concepción de la música como medio de comunicación social fue su llegada a Cuba para dar una clase magistral de trompa. Aquella forma de vivir la música por el pueblo cubano en general, la llevó a fundar un conjunto cubano de trompas, Trompas de La Habana, que formaron parte del programa de televisión citado anteriormente.

WILLIS Y MOZART EN LA HABANA

El pasado 10 de julio se publicó a nivel internacional “Mozart y Mambo”, un álbum que combina la música del maestro Mozart con una representación de la música cubana tradicional, vivida y sentida por el pueblo cubano. La frase del título de este post inspiró el proyecto de Sarah. De esta forma conoció la Orquesta del Liceo de La Habana, con su director al frente, José Antonio Méndez Padrón, con la que interpreta en el disco obras de Mozart para tropa y orquesta tales como el Concierto número 3 en mi bemol mayo (KV. 447) y el Rondó en mi bemol mayor (KV. 371),  junto a un ‘Rondo alla Mambo’ (inspirado en el Concierto número 3 citado anteriormente), un Mambo ‘Sarahnade’, una versión cubana de “Una pequeña serenata nocturna” (KV. 525) y otras obras muy interesantes de fusión. Se incluyen también tres canciones populares entre las que figura la famosa “Dos gardenias”, de Ibrahim Ferrer y el Buena Vista Social Club, junto a “El manisero” y “¡Qué rico el mambo!”. Escuchar la versión de “Dos gardenias” con los primeros compases de la trompa solista es una delicia.

He querido presentar hoy esta experiencia porque quiero contribuir mediante este post a divulgar una conjunción musical asombrosa mediante la publicación de esta obra, Mozart y Mambo, en homenaje a Cuba, un país que ama la música y la enseña en sus casas y en las escuelas desde que los niños y niñas cubanos nacen en un mundo lleno de dificultades pero con la alegría permanente de vivir, cantar y soñar despiertos. Estoy de acuerdo con su frase de entrada: “Mozart podría perfectamente haber sido cubano, por sus melodías, sus ritmos, su amor por la vida…”.

Por último, una observación importante: el dinero que se obtenga por la venta del disco, se destinará a la compra de instrumentos nuevos para la Orquesta del Liceo que interviene en la obra. Lo merecen por su pasión por la música.

NOTA: la imagen de Sarah Willis contemplando una estatua de Mozart en La Habana, se ha recuperado hoy de https://www.dw.com/en/mozart-y-mambo-sarah-willis-in-cuba/av-53956483

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Las postales eran para el verano

PRIMERA POSTAL

Sevilla, 12/VII/2020

No es por pura nostalgia, que también (siendo sincero), sino porque en este verano tan especial es necesario recordar aquellas pequeñas cosas que hicieron felices, por definición, a millones de personas a partir del 1 de octubre de 1869, día en la que consta fehacientemente que se envió “la que se considera la primera postal de la historia. Viajó de la localidad austríaca de Perg a la de Kirchdorf, y tardó solo un día en llegar. El mensaje era breve y de carácter personal: el emisor preguntaba al receptor si le gustaría visitarlo”.

He leído con atención reverencial un artículo sorprendente sobre la historia de las tarjetas postales, Las postales no se inventaron para mandar saludos, sino para ahorrar costes, muy ilustrativo para conocer cómo y cuándo comenzaron a enviarse millones de tarjetas postales a lo largo de ciento cincuenta años de su historia. Si alguna palabra puede resumir qué es lo que reflejaba esta nueva forma de relacionarse las personas, era la concisión. Cuando se concibió como medio de comunicación, la economía global estaba presente en su formato: pequeña, formato homogéneo porque era impresa por el Estado, incluido el sello, no llevaba sobre y era de formato abierto que cualquiera podía leer, es decir, una auténtica revolución para la época que se podía resumir en una frase publicitaria: todo en uno. Se compraba, se escribía con brevedad obligada y se enviaba, tres pasos obligados pero que simplificaban de forma sorprendente el rito de escribir cartas, cada día más complejo en su fondo y forma.

Las tarjetas postales han formado parte de nuestras vidas. Recuerdo ahora cuando vivía en Roma y enviaba postales a mi familia y amigos, porque descubrí otra realidad que con el paso del tiempo ha evolucionado: la compra de los sellos. En Italia se rotulaban los estancos como “Sali, Francobolli e Valori Bollati”, sales, sello y papel timbrado, porque la sal fue un monopolio del Estado hasta 1973, con una larga historia desde el Imperio Romano. Sorpresas que me daba la vida en el viaje de una postal hacia alguna parte. De todas formas, nada cómo las postales que cuando era un niño escribía a la empleada de hogar que trabajaba en mi casa de Madrid, Marina, que me dictaba lo que quería decir, con palabras de amor, a su querido Juanito, que trabajaba como emigrante en Suiza, concretamente en Biel-Bienne. Eran textos imposibles, clásicos populares, con la entradilla clásica: “Espero que al recibo de ésta estés bien, nosotros bien gracias a Dios”. Yo avisaba a Marina que no me quedaba espacio para lo fundamental, pero ella se conformaba con que su novio supiera interpretar lo que una pareja en posturas imposibles y con el texto que figuraba en el anverso de aquella postal en blanco y negro, tan edulcorada, quería transmitir al receptor de la misma: “Tú eres mi destino y mi estrella, yo por ti todo lo cambiara” [sic], que no lograba entender en el tiempo verbal que utilizaba, pero que hacía todavía más imposible su comprensión. Lo de menos era lo que escribía con tanto primor y en letra inglesa en nombre de Marina a su novio, sino lo que ella quería que entendiera en palabras de toda la vida. Así, muchas veces durante años de la dura emigración española y que ahora olvidamos con tanta insensatez.  Las tarjetas postales fueron un salvoconducto para expresar sentimientos y emociones de lo que se veía y se quería teletransportar al receptor de turno, en “color por technicolor” y con pocas palabras, en una España que abusaba mucho del blanco y negro, como el de la postal imposible de Marina.

Las tarjetas postales han caído en desuso y han sido sustituidas por las redes sociales. Tenían su estación por excelencia, el verano. Ahora, en cualquier época del año existen mil formas de enviar imágenes y palabras que dejan atrás a un medio que fue revolucionario en su época y que tenía su encanto y su factor sorpresa. Su concisión, llena casi siempre de sentimientos y emociones, lo decía todo, con un secreto a voces que se esperaba con la ilusión de lo desconocido: alguien se había acordado de nosotros y se había molestado en dar varios pasos por mí, por nosotros: elegir la tarjeta, escribirla, ponerle el sello (con lengua o esponja mojada) y echarla al buzón.

Para no olvidarlo hoy, en tiempos difíciles, porque el texto era casi lo de menos. Yo sabía que la persona que me la envió en alguna ocasión, al escogerla entre miles de postales posibles,  pensaba de mí que yo era su destino y su estrella y que por mí, todo lo cambiaría.

NOTA: la imagen, que recoge el anverso y reverso de la primera tarjeta postal de la historia, se ha recuperado hoy de: https://www.ausstellung-postkarte.de/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada. 

Cosas de estío / 3. ¡Atiende a la música!

Sevilla, 11/VII/2020 / 2ª. edición

¡Atiende la música! Durante los últimos años he seguido de cerca esta recomendación, aprendiendo a tocar el violín, el piano y el clavecín, compañeros inseparables en cada curso académico, intentando aprender la técnica depurada que hay detrás de cada instrumento. Repasando con atención este cuaderno digital, se puede comprobar que en numerosas ocasiones hago referencia a la música como una proyección de la inteligencia que cuida, sobre todo, el alma humana.

Cuando escribí hace dos años el post que sigue a estas líneas, acababa de leer un libro muy didáctico de Nuccio Ordine, Clásicos para la vida, que venía a reforzar mi admiración aristotélica por los autores clásicos, presocráticos incluidos, en un arco temporal que alcanza bastantes siglos. Siguiendo a Shakespeare, soy un hombre que tengo música, que he ordenado a lo largo de la vida mi banda sonora, compuesta para una película jamás filmada aunque siempre se ha grabado en directo. Lo que tengo que reconocer es que la música que escuché por primera vez en determinados momentos de mi existencia, cuando la recupero, es posible que ya no suene igual, porque nadie se baña dos veces en el mismo río y la  música que estaba presente en aquél río que me hizo feliz o me entristeció. de todo hay en la viña del Señor, no suena siempre igual.

Lo verdaderamente importante es estar atento a ella, porque es compañera en los momentos de felicidad y amiga inseparable en la tristeza. De eso no tengo la menor duda. 

Cosas de estío / 3. ¡Atiende la música!

He finalizado la lectura de un libro de Nuccio Ordine, Clásicos para la vida, en este estío tan especial. En general es una propuesta para configurar una pequeña biblioteca ideal que no deja indiferente a nadie. Hoy, vuelvo a leer un clásico para no olvidar, El mercader de Venecia, de William Shakespeare, en un pasaje seleccionado por el autor, que me parece útil en cualquier estación del año: ¡Atiende a la música!: “El hombre que no tiene música en sí mismo y no se mueve por la concordia de dulces sonidos está inclinado a traiciones, estratagemas y robos; las emociones de su espíritu son oscuras como la noche, y sus afectos, tan sombríos como el Érebo: no hay que fiarse de tal hombre. ¡Atiende a la música!”. La obra de Shakespeare es un tratado contra la usura y la defensa de los valores humanos. Venecia representa hoy al mercado controlado por los hombres de negro, incapaces de poner música en vida alguna.

En cualquier estío tenemos la oportunidad de disponer de más tiempo libre que en los restantes meses del año. Son sus “cosas”. La música es una oportunidad para reencontrarnos con nosotros mismos y disfrutar de los placeres del alma que nos proporciona cuando pertenecemos al Club de las Personas Dignas. Este país no se caracteriza por el amor a la música porque no se educa para conocerla y amarla. Si, además, es clásica, hay muchas posibilidades de que la ignoremos por mero desconocimiento o desprecio, con una gran responsabilidad pública al respecto por su silencio institucional cómplice. Tener música es disponer de un bagaje diferente para ser y estar en el mundo.

Lo he manifestado en varias ocasiones en este cuaderno digital: admiro el simbolismo de la música. Cada día descubro un mundo nuevo al aproximarme al teclado o al arco y mástil del violín, para conocer mejor su alma. Es una experiencia única que me regala la vida y en la que estoy inmerso por los sentimientos y emociones que me ofrece. He descubierto la riqueza sonora del clave, el instrumento tan querido por Bach y Mozart en sus años de éxito sonoro, asimilando a diario algo que ha perdurado a través de los siglos: Musica laetitiae comes, medicina dolorum, es decir, la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor.

Ordine termina este breve pasaje de Shakespeare citando obras que le conmueven el alma, porque atendiendo la música se puede buscar “la esencia de la vida en aquellas actividades que pueden ennoblecer el espíritu, que pueden ayudarnos a hacernos mejores, que privilegian la esencia sobre la apariencia, el ser sobre el tener”, citando finalmente a Franco Battiato, que figura curiosamente en un puesto especial de la banda sonora de mi vida, cuando buscaba comprender qué nos quería decir en aquella enigmática canción que llevaba un título programático “Centro de gravedad permanente” y que cantábamos en casa cuando nuestro hijo apenas sabía hablar pero sí cantar su estribillo famoso. Para que no cambie, con el aprendizaje de mi vida, atento a la música, lo que ahora pienso sobre la dignidad de la vida, de las cosas de estío, de la gente…, defendiendo el anhelado centro de gravedad permanente.

Sevilla, 8/VII/2018

Egeria, una viajera muy curiosa

FRESCO POMPEYA

Fresco de Pompeya de una mujer romana antes de escribir

 

Sevilla, 10/VII/2020

Les presento a Egeria, una gran desconocida en nuestro país. No se conservan piezas teselares ni pinturas que nos permitan reconocerla y me ha parecido interesante rescatar la imagen que preside estas palabras para representarla de la mejor forma posible, que corresponde a un fresco precioso de la ciudad de Pompeya, en el que aparece una mujer romana en una posición reflexiva e inquietante antes de escribir. En tiempos de coronavirus y cuando estamos dando los primeros pasos en la nueva normalidad veraniega, puede ser reconfortante conocer una historia apasionante, la de una mujer viajera muy curiosa, de origen gallego (de la Gallaecia), que nació y vivió en el siglo IV (d. C.) en esta provincia, una de las cinco en las que el Imperio había dividido Hispania en tiempo del emperador Diocleciano (a. 298): Lusitania, Tarraconense, Cartaginense, Bética y la propia Gallaecia.

Su espíritu aventurero lo reconocía ella misma en las primeras páginas que se han encontrado de su obra, Itinerarium ad Loco Sancta, que se descubrió en 1884 por el investigador italiano Gian Francesco Gamurrini en la Biblioteca della Confraternitá dei Laici (o de Santa María) en Arezzo (Italia), un códice en pergamino de 37 folios y escrito en latín popular tardío: “Como soy un tanto curiosa, quiero verlo todo”, a modo de declaración de intenciones dirigida en formato de carta a sus compañeras, en las que detalla hasta la saciedad todas sus andanzas: “Al parecer, la redactora escribía a unas lejanas dominae et sorores (“señoras y hermanas”) que habrían quedado muy lejos, en la patria común, a la cual ella confiaba en volver, según indicaba al final de su relato. La autora había realizado un largo periplo, desde «tierras extremas» hasta los lugares bíblicos, y describía estos a sus remotas destinatarias con una frescura y candor de lenguaje que cautivaban desde el primer momento: aquella era una obra singular” (1).

Egeria inició su viaje en Gallaecia, “[…] y tras recorrer el Sur de la Galia y el Norte de Italia, llegó a Constantinopla en el año 381 después de cruzar en barco el mar Adriático. De Constantinopla se trasladó a Jerusalén, visitando también Jericó, Belén, Nazaret y Cafarnaúm. Viajó a Egipto en el 382, donde visitó Alejandría, Tebas, el mar Rojo y el monte Sinaí. Posteriormente Egeria se desplazó a Antioquía, Edesa, Mesopotamia y Siria antes de volver a Constantinopla, donde se pierde su pista” (2).

Es una historia apasionante que recomiendo como libro iniciático de viajes en estos días especiales de estío. Es interesante conocer que «El de Egeria es el primer viaje de sacrificio y peregrinación de la historia. Antes había habido otros viajes literarios o de recreo, pero no de peregrinación». Así lo ha afirmado el catedrático de Filología Latina e investigador José Eduardo López Pereira, uno de los mayores especialistas en la figura de la peregrina gallega y traductor de su Itinerarium, que se puede conocer con detalle en la presentación que hizo de esta viajera en el I Fórum del Camino de Santiago, celebrado en Santiago de Compostela en octubre de 2015.

Si animo a conocer a Egeria es porque supone un hallazgo que debemos compartir en la Noosfera, en esta singladura a la que invito a formar parte de su tripulación virtual cada vez que nos subimos a “La Isla desconocida”, tal y como lo explicita el autor de Viaje de Egeria. Sobre todo porque es maravilloso constatar cómo una mujer revolucionó la forma de conocer el mundo en un siglo tan controvertido: “La importancia de estas averiguaciones es evidente. Estaríamos, posiblemente, en presencia de la primera escritora española de nombre conocido cuya obra haya llegado a nuestras manos. Y su relato, el primer libro español de viajes. Porque, aunque fuera redactado con otros propósitos, concretamente desde la piedad religiosa, lo cierto es que el texto de Egeria constituye un auténtico diario de ruta, que anticipa en bastantes siglos lo que algunos exploradores medievales convertirían en género literario, y no digamos los viajeros románticos, mucho después. Incluso el vehículo formal de sus observaciones y anotaciones —la forma epistolar— es un molde adoptado por escritores viajeros de todas las épocas”.

Su personalidad es apasionada y apasionante, esencialmente curiosa en el buen sentido de la palabra “curiosidad”: “cuidado y diligencia que se pone para hacer alguna cosa con perfección y hermosura” (RAE A 1729, 708,2). Lo que Egeria hizo y escribió en su cuaderno de notas sigue aportando sentido a la vida, lo que la hace más hermosa cada día. El placer de la curiosidad sabia no es transmisible automáticamente a los demás, sino que es imprescindible adquirir el conocimiento liberador, trabajarlo internamente a través del esfuerzo de cada persona a la hora de plantearse gozar de los que algunos llaman placeres inútiles para alejarlos del poderoso caballero don dinero. Así lo reconocía hace ya muchos siglos Sócrates en su diálogo Banquete: “Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera del más lleno al más vacío de nosotros. Como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de las más llena a la más vacía”, porque siempre está presente en almas curiosas la dialéctica del valor y precio de lo que se descubre, de lo que se admira y de lo que se goza a cambio de nada. Utilidad de lo inútil en estado puro porque la curiosidad es sólo, a veces, un hilo de lana tratado con perfección y hermosura.

 

(1) Pascual, Carlos. Viaje de Egeria: El primer relato de una viajera hispana, 2017. Madrid: La Línea del Horizonte, p. 14.

(2) https://terraeantiqvae.com/profiles/blogs/egeria-la-primera-peregrina-de-la-historia

 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cosas de estío / 2. Una visita a Dar al-Imara

ESTRELLAS DE OCHO PUNTAS

Sevilla, 9/VII/2020 / 2ª. edición

Por segunda vez acudo a una zona de Sevilla que tiene un encanto especial. Te sumerge en una cultura que te sorprende en el entorno del Alcázar y aunque han pasado dos años desde que escribí las palabras que siguen, las leo de nuevo como si fuera la primera vez. Comprendo mejor que nunca lo que Stefan Zweig pensaba de Sevilla, recordando su paso por la civilización árabe, de la que aprendimos a lo largo de muchos siglos “el arte de vivir” (De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia). Más allá de los grandes edificios, Zweig se detuvo en detallar una realidad del legado árabe: las casas y su distribución exterior e interior, con la incorporación sevillana de ventanas y balcones “rompiendo las paredes cerradas de los árabes”, llenando de luz las estancias. Fachadas de colores claros, puertas (abiertas, a falta de recelo y desconfianza), pasillos con azulejos, patios, flores, fuentes, “incluso en la judería”, cerca de la casa natal de Murillo. Él dejó escrito que en Sevilla «se podía ser feliz». En tiempos de coronavirus, eso me basta.

Cosas de estío / 2. Una visita a Dar al-Imara

El pasado 29 de junio, recién iniciado el estío, se difundió una noticia asombrosa para Sevilla, al haberse confirmado mediante la prueba del carbono 14 que los restos arqueológicos recién descubiertos en el Patio de Banderas, anexo al Alcázar de Sevilla, eran del siglo XI y que pertenecen a la Dar-al-Imara, zona que se creía perdida. Este descubrimiento nos permite comenzar a describir cómo vivía el rey poeta Al-Mutamid. Así lo había soñado hace ya muchos años y este descubrimiento me ha permitido compartir ese sueño hoy, en una “mañanica” del estío en Sevilla, un pueblo que según Mutamid “transmite nobleza”.

Sucedió la semana pasada en la Casa del Gobernador Al-Mutamid, del Palacio de la Bendición (Dar al-Imara) en Sevilla o lo que es lo mismo, los Reales Alcázares. Lo recordaba por la lectura de un libro que me introdujo hace ya muchos años en la cultura árabe, Azafrán (1), que me enseñó a descifrar el lenguaje de los símbolos que se muestran en los azulejos que cubren una faja de la fachada de ese hermoso palacio. La geometría que muestran a la perfección, se encuentra en las estrellas centrales de ocho puntas que figuran por doquier en el citado paño, en octógonos perfectos compuestos por dos cuadrados. Estos, reflejan la importancia de los edificios de base cuadrada que representan la estabilidad tanto terrenal como cósmica: “De la prolongación hacia el infinito de las líneas de esta estrella van surgiendo otras de distintos tamaños que además configuran otros cuerpos que podríamos juzgar de menor importancia, pero sin los cuales no se reproducirían periódicamente los principales”.

Recuerdo que, para apreciar bien esta constelación, había que dar unos pasos atrás para tener una perspectiva más amplia de este maravilloso mensaje de la interdependencia para realzar la unión cósmica. Y había que volver al sitio descrito anteriormente, tan cercano que se podría tocar para creer su mensaje, porque este plano tan cercano de las líneas que se observan en las múltiples estrellas y octógonos, nos ayuda a comprender que son posibles distintos caminos para llegar a cualquier punto del paño de azulejos, simbolizando la realidad de las más variadas interpretaciones para alcanzar la comprensión de la vida. Las preguntas en Azafrán las recuerdo de forma emocionada: “¿Quiere esto decir que se puede alcanzar un objetivo desde muy diversos puntos? ¿O que la verdad se esconde entre diversas perspectivas? Muchos son los senderos”.

La faja de azulejos me propuso un mensaje: los seres humanos nos necesitamos con orden y concierto y necesitamos la libertad de estas líneas múltiples de azulejos que podemos dibujar en nuestra vida a la medida de cada uno, de cada una.

Salí de Dar al-Imara con la lección aprendida. Mis antepasados árabes me recuerdan hoy que lo que allí hicieron era una oportunidad para ser más libres, en una representación preciosa de la representación del cosmos. Cosas de este estío en Sevilla, en un palacio de la bendición en el que Mutamid habitó cerca de las estrellas de los azulejos que todavía hoy me emocionan y al que cantó en su destierro en Agmat, cerca de Marrakech:

“El palacio de Al Mubarak (“de la Bendición”) llora sobre las huellas de Ibn Abbad / como llora sobre las de las gacelas y los leones / Su Al Turayyá [sala de las Pléyades] llora y sus estrellas ya no están sumergidas por las lluvias vespertinas y matinales producidas por las Pléyades… Quisiera saber si pasaré todavía otra noche teniendo delante y detrás de mí un jardín y un estanque. Sobre una tierra que hace crecer los olivos, que transmite nobleza y en la que se arrullan las palomas y gorgojean los pájaros…”.

Sevilla, 7/VII/2018

(1) García Marín, José Manuel (2005). Azafrán. Barcelona: Roca Editorial de Libros.

Cosas de estío / 1. Tener un verano en un lugar

Sevilla, 8/VII/2020 / 2ª edición

Hace dos años escribí una serie dedicada al Estío, en el que destacaba la necesidad de un lugar para el recuerdo de veranos mágicos en el que la vida nos cambió la forma de ser y estar en el mundo. Algo así nos pasa este verano lleno de incertidumbres pese a que intentamos todos los días incorporarnos al constructo de la nueva normalidad, sin tener claro si alguna vez llegamos a vivir en situaciones normales. Creo que no ha perdido su valor intrínseco, porque mis principios son los que son y si no gustan siento decir que no tengo otros, a diferencia de Groucho Marx. En algún caso abordaban situaciones de contexto del citado año, 2018, pero no rompen el hilo conductor al publicarlos ahora: “tener estío” tiene que ser siempre, necesariamente en un lugar. Cada uno, cada una, tiene el suyo y ahí está la maravilla de la singularidad humana y de las cadaunadas. Incluso, en un «nuevo estío» tan peculiar como el de este año, para adaptarnos al signo de los tiempos y buscar el auténtico sentido de lo que nos pasa.

Antonio de Nebrija, andaluz universal, recogió por primera vez el vocablo Estío, en su Vocabulario Español-Latino editado en Salamanca en 1495 (c.a.), con dos acepciones de esta palabra exacta con su correspondencia latina: parte del año (estas-estatis) y tener en lugar (estivo). También, una tercera acepción derivada de las anteriores, estival (estivalis): cosas de estío. La riqueza de nuestro lenguaje ya la tenemos fijada y con limpieza y esplendor desde el siglo XV. Seis siglos después, inicio hoy una serie de artículos sobre las cosas del verano, porque es una estación que el Diccionario de Autoridades (que tanto aprecio), en el siglo XVII, reconocía ya en Europa como el “tiempo más apacible y suave”, sobre todo por “las mañanicas”.

Dicho y hecho. Por las mañanicas me pongo a escribir sobre cosas de esta estación, que solo ocurren o se han encontrado en ella y, sobre todo, porque pasan en un determinado lugar, acepción que ha perdurado a lo largo de los siglos porque “tener estío” tenía que ser necesariamente en un lugar. Lo descubrió de forma magistral Antonio Machado en un poema, Noche de verano, en el que une el estío a un lugar querido en su melancólico estío: Es una hermosa noche de verano. / Tienen las altas casas / abiertos los balcones / del viejo pueblo a la anchurosa plaza. / En el amplio rectángulo desierto, / bancos de piedra, evónimos y acacias / simétricos dibujan / sus negras sombras en la arena blanca. / En el cénit, la luna, y en la torre, / la esfera del reloj iluminada. / Yo en este viejo pueblo paseando / solo, como un fantasma.

Sé que hoy tengo noche, que no mañana, balcones abiertos, situación que solo se produce en esta parte del año, evónimos y acacias en todo su esplendor para hacer las sombras más bellas de la luna siempre negras. Y la vida nos lleva a veces a pasear solos en lugares concretos en verano, como fantasmas, buscando cosas que pasan sin saber lo que nos pasa en un lugar próximo y cercano. Y me pongo a pensar en unos ojos que me recuerdan noches de verano, escuchando a Paco Ibáñez en una interpretación de un poema precioso de Machado en la que por una vez se siente acompañado.

Sevilla, 6/VII/2018

En memoria de Ennio Morricone

ENNIO MORRICONE

Sevilla, 6/VII/2020

Ha fallecido hoy Ennio Morricone en Roma, su ciudad natal, a los 91 años. He citado muchas veces en este blog a este maravilloso compositor, recientemente el pasado 7 de junio, como homenaje a una película inolvidable, Cinema Paradiso, así como a su banda sonora compuesta por Morricone, por lo que significan ambas para la historia del cine. En el post de referencia, Cinema Ideal, que vuelvo a publicar de nuevo, canto su excelencia, así como el reconocimiento en este país al compositor italiano por la entrega, junto a John Williams, del Premio Princesa de Asturias de las Artes 2020.

El acta del jurado decía textualmente que “[…] Dotados de una inconfundible personalidad, entre sus obras se encuentran algunas de las composiciones musicales más icónicas del séptimo arte, que ya forman parte del imaginario colectivo. Williams y Morricone muestran un dominio absoluto tanto de la composición como de la narrativa, aunando emoción, tensión y lirismo al servicio de las imágenes cinematográficas. Sus creaciones llegan incluso a transformarlas y trascenderlas, sosteniéndose por sí mismas como magníficas obras sinfónicas que se encuentran entre el repertorio habitual de las grandes orquestas. Todo ello los convierte en dos de los compositores vivos más venerados en todo el mundo”.

En el hilo conductor de las palabras que siguen se guarda el aprecio y admiración hacia Ennio Morricone. Sus obras mantuvieron y expresaron siempre su dignidad personal y profesional. Ahora, podrá poner música inolvidable a su cielo particular.

CINEMA IDEAL

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Dedicado especialmente a todas las personas que hoy se acordarán de mí. A los que me siguen en este desfiladero digital. A los que aman el cine y sus bandas sonoras, incorporándolas a la vida.

Sevilla, 7/VI/2020

Mi infancia son recuerdos de mi nacimiento, tal día como hoy, hace setenta y tres años, en una calle de Sevilla, Jesús del Gran Poder, en un edificio cargado de historia porque se construyó en el siglo XIX sobre el solar que quedó al derribarse, después de la desamortización de Mendizábal, el Colegio de la Purísima Concepción regentado por los Jesuitas y que hacía esquina con la calle Becas, edificio en el que se alojaba también un cine de verano con nombre programático: Ideal.

Tengo solo vagos recuerdos de aquellos primeros años, antes de viajar a Madrid como niño del Sur, para quedarme allí durante bastante tiempo y sin volver más a esta tierra que me vio nacer. Así empezaban unos apuntes de la autobiografía que comencé a escribir en 2014, que abandoné unos meses después porque sentí el vértigo del rabino jasidista, Bunam de Przysucha, que intuyó la dificultad de escribir algo sobre el hombre que fuera convincente y tuviera fronteras: al calibrar la «locura» de su empresa dijo: «Pensaba escribir un libro cuyo título seria «Adán», que habría de tratar del hombre entero. Pero luego reflexioné y decidí no escribirlo». Calibré mi locura y decidí no escribirla.

Hago esta reflexión hoy porque el título que escribí en aquellos días era, en el fondo, un homenaje a una película que me ha marcado para siempre: Cinema Paradiso. Mi vida ha sido también una película sin fin, de muchos géneros en uno solo: vivir apasionadamente. Me sentí reflejado en la misma de principio a fin, por el amor al cine, porque siendo muy niño hacía mis propias películas con dibujos animados, impregnándolos en aceite que, una vez secos, los unía y pasaba por rodillos laterales de un escenario, también hecho a mano, para imprimirles movimiento a demanda. Más o menos, observando aquel descubrimiento mágico con la cara de Totó, mi querido protagonista de la película de verdad, que he recogido en la imagen que preside estas líneas. También, porque seguí siempre el consejo de su gran amigo Alfredo cuando decía al niño que amaba tanto el cine, que debía salir de sí mismo para buscar islas desconocidas, las que describía extraordinariamente Jose Saramago en su cuento “La isla desconocida”. En aquella escena memorable de la estación, Alfredo, ya ciego por el incendio del cine, le dice en un susurro inolvidable a Totó: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”. Le ayudó a salir de su zona de confort y nunca he olvidado aquellas escenas ni aquellas palabras. Todo un símbolo: hagas lo que hagas, ámalo.

No he olvidado, nunca, el Cinema Ideal de mi infancia, del que solo escuchaba las bandas sonoras de las películas desde el balcón que daba a la calle Becas, en el que, entre barrotes, imaginaba historias preciosas de cuatro años. Pasado este tiempo, he comprendido muy bien el consejo de Alfredo, porque siempre he procurado amar todo lo que he hecho. Ahora, pienso también en los momentos difíciles que he vivido en esta larga vida, quizá por la especial sensibilidad que se ha creado por la pandemia creando anticuerpos para el dolor y la aflicción. Mi amor al cine me devuelve también a mi Cinema Ideal tan particular, un recuerdo de películas inolvidables de Spielberg, entre las que destaco por su lección histórica nacida en su corazón y en su alma judía, La lista de Schindler. Aunque parezca mentira, no me quiero quedar con el dolor de su argumento de fondo, sino con el tema principal de la banda sonora de la misma, compuesta por John Williams, de la que inserto hoy en este post una interpretación memorable, al violín, de su gran amigo de vida y creencias, Itzhak Perlman, uno de los mejores violinistas de la historia de la música que aún comparte vida con nosotros. Escucharlo y sentirlo al mismo tiempo nos permite comprender que, efectivamente, el hombre, si quiere, no es un lobo para el hombre, porque todo lo humano no nos es ajeno, es más, nos pertenece.

Se acerca el “The End” de estas líneas. Les confieso que hablar de Cinema Paradiso y La lista de Schindler ha sido, en el fondo de estas palabras, un homenaje a su obra musical en el mundo del cine, a través de dos bandas sonoras memorables compuestas por Ennio Morricone y John Williams, respectivamente. El pasado viernes recibieron el Premio Princesa de Asturias de las Artes. El acta del jurado dice textualmente que “[…] Dotados de una inconfundible personalidad, entre sus obras se encuentran algunas de las composiciones musicales más icónicas del séptimo arte, que ya forman parte del imaginario colectivo. Williams y Morricone muestran un dominio absoluto tanto de la composición como de la narrativa, aunando emoción, tensión y lirismo al servicio de las imágenes cinematográficas. Sus creaciones llegan incluso a transformarlas y trascenderlas, sosteniéndose por sí mismas como magníficas obras sinfónicas que se encuentran entre el repertorio habitual de las grandes orquestas. Todo ello los convierte en dos de los compositores vivos más venerados en todo el mundo”.

En este momento tan crucial, cuando he tenido la oportunidad de decir todo o nada de mis 73 años recién estrenados, me van a permitir una debilidad cinematográfica también. Me refiero al síndrome de Errol Flynn, un gran actor de mi infancia madrileña, que me ha acompañado a lo largo de mi azarosa vida. He avanzado muchas veces por desfiladeros existenciales que están situados en zona comanche permanente, pero sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse, con la botonadura reluciente y sin una mota de polvo en su traje y botas de montar, avanzaba este último con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto), sabiendo, eso sí, que al final del desfiladero podía estar siempre Olivia de Havilland (Beth) para fundirse en un abrazo eterno y casto, como si no pasara nada, que arrancaba aplausos eternos en el patio de butacas del Cinema Paradiso de mi infancia. Lo de menos era ya el final desastroso de la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un país que estaba necesitado de escenas edulcoradas y de cartón piedra.

Sinceramente, les confieso que, a diferencia del clásico aviso en los títulos de crédito de antes, cualquier parecido de lo aquí contado con la realidad de lo que he visto y vivido en la película de mi vida, no ha sido una pura coincidencia.

THE END

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.