En memoria de Ennio Morricone

ENNIO MORRICONE

Sevilla, 6/VII/2020

Ha fallecido hoy Ennio Morricone en Roma, su ciudad natal, a los 91 años. He citado muchas veces en este blog a este maravilloso compositor, recientemente el pasado 7 de junio, como homenaje a una película inolvidable, Cinema Paradiso, así como a su banda sonora compuesta por Morricone, por lo que significan ambas para la historia del cine. En el post de referencia, Cinema Ideal, que vuelvo a publicar de nuevo, canto su excelencia, así como el reconocimiento en este país al compositor italiano por la entrega, junto a John Williams, del Premio Princesa de Asturias de las Artes 2020.

El acta del jurado decía textualmente que “[…] Dotados de una inconfundible personalidad, entre sus obras se encuentran algunas de las composiciones musicales más icónicas del séptimo arte, que ya forman parte del imaginario colectivo. Williams y Morricone muestran un dominio absoluto tanto de la composición como de la narrativa, aunando emoción, tensión y lirismo al servicio de las imágenes cinematográficas. Sus creaciones llegan incluso a transformarlas y trascenderlas, sosteniéndose por sí mismas como magníficas obras sinfónicas que se encuentran entre el repertorio habitual de las grandes orquestas. Todo ello los convierte en dos de los compositores vivos más venerados en todo el mundo”.

En el hilo conductor de las palabras que siguen se guarda el aprecio y admiración hacia Ennio Morricone. Sus obras mantuvieron y expresaron siempre su dignidad personal y profesional. Ahora, podrá poner música inolvidable a su cielo particular.

CINEMA IDEAL

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Dedicado especialmente a todas las personas que hoy se acordarán de mí. A los que me siguen en este desfiladero digital. A los que aman el cine y sus bandas sonoras, incorporándolas a la vida.

Sevilla, 7/VI/2020

Mi infancia son recuerdos de mi nacimiento, tal día como hoy, hace setenta y tres años, en una calle de Sevilla, Jesús del Gran Poder, en un edificio cargado de historia porque se construyó en el siglo XIX sobre el solar que quedó al derribarse, después de la desamortización de Mendizábal, el Colegio de la Purísima Concepción regentado por los Jesuitas y que hacía esquina con la calle Becas, edificio en el que se alojaba también un cine de verano con nombre programático: Ideal.

Tengo solo vagos recuerdos de aquellos primeros años, antes de viajar a Madrid como niño del Sur, para quedarme allí durante bastante tiempo y sin volver más a esta tierra que me vio nacer. Así empezaban unos apuntes de la autobiografía que comencé a escribir en 2014, que abandoné unos meses después porque sentí el vértigo del rabino jasidista, Bunam de Przysucha, que intuyó la dificultad de escribir algo sobre el hombre que fuera convincente y tuviera fronteras: al calibrar la «locura» de su empresa dijo: «Pensaba escribir un libro cuyo título seria «Adán», que habría de tratar del hombre entero. Pero luego reflexioné y decidí no escribirlo». Calibré mi locura y decidí no escribirla.

Hago esta reflexión hoy porque el título que escribí en aquellos días era, en el fondo, un homenaje a una película que me ha marcado para siempre: Cinema Paradiso. Mi vida ha sido también una película sin fin, de muchos géneros en uno solo: vivir apasionadamente. Me sentí reflejado en la misma de principio a fin, por el amor al cine, porque siendo muy niño hacía mis propias películas con dibujos animados, impregnándolos en aceite que, una vez secos, los unía y pasaba por rodillos laterales de un escenario, también hecho a mano, para imprimirles movimiento a demanda. Más o menos, observando aquel descubrimiento mágico con la cara de Totó, mi querido protagonista de la película de verdad, que he recogido en la imagen que preside estas líneas. También, porque seguí siempre el consejo de su gran amigo Alfredo cuando decía al niño que amaba tanto el cine, que debía salir de sí mismo para buscar islas desconocidas, las que describía extraordinariamente Jose Saramago en su cuento “La isla desconocida”. En aquella escena memorable de la estación, Alfredo, ya ciego por el incendio del cine, le dice en un susurro inolvidable a Totó: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”. Le ayudó a salir de su zona de confort y nunca he olvidado aquellas escenas ni aquellas palabras. Todo un símbolo: hagas lo que hagas, ámalo.

No he olvidado, nunca, el Cinema Ideal de mi infancia, del que solo escuchaba las bandas sonoras de las películas desde el balcón que daba a la calle Becas, en el que, entre barrotes, imaginaba historias preciosas de cuatro años. Pasado este tiempo, he comprendido muy bien el consejo de Alfredo, porque siempre he procurado amar todo lo que he hecho. Ahora, pienso también en los momentos difíciles que he vivido en esta larga vida, quizá por la especial sensibilidad que se ha creado por la pandemia creando anticuerpos para el dolor y la aflicción. Mi amor al cine me devuelve también a mi Cinema Ideal tan particular, un recuerdo de películas inolvidables de Spielberg, entre las que destaco por su lección histórica nacida en su corazón y en su alma judía, La lista de Schindler. Aunque parezca mentira, no me quiero quedar con el dolor de su argumento de fondo, sino con el tema principal de la banda sonora de la misma, compuesta por John Williams, de la que inserto hoy en este post una interpretación memorable, al violín, de su gran amigo de vida y creencias, Itzhak Perlman, uno de los mejores violinistas de la historia de la música que aún comparte vida con nosotros. Escucharlo y sentirlo al mismo tiempo nos permite comprender que, efectivamente, el hombre, si quiere, no es un lobo para el hombre, porque todo lo humano no nos es ajeno, es más, nos pertenece.

Se acerca el “The End” de estas líneas. Les confieso que hablar de Cinema Paradiso y La lista de Schindler ha sido, en el fondo de estas palabras, un homenaje a su obra musical en el mundo del cine, a través de dos bandas sonoras memorables compuestas por Ennio Morricone y John Williams, respectivamente. El pasado viernes recibieron el Premio Princesa de Asturias de las Artes. El acta del jurado dice textualmente que “[…] Dotados de una inconfundible personalidad, entre sus obras se encuentran algunas de las composiciones musicales más icónicas del séptimo arte, que ya forman parte del imaginario colectivo. Williams y Morricone muestran un dominio absoluto tanto de la composición como de la narrativa, aunando emoción, tensión y lirismo al servicio de las imágenes cinematográficas. Sus creaciones llegan incluso a transformarlas y trascenderlas, sosteniéndose por sí mismas como magníficas obras sinfónicas que se encuentran entre el repertorio habitual de las grandes orquestas. Todo ello los convierte en dos de los compositores vivos más venerados en todo el mundo”.

En este momento tan crucial, cuando he tenido la oportunidad de decir todo o nada de mis 73 años recién estrenados, me van a permitir una debilidad cinematográfica también. Me refiero al síndrome de Errol Flynn, un gran actor de mi infancia madrileña, que me ha acompañado a lo largo de mi azarosa vida. He avanzado muchas veces por desfiladeros existenciales que están situados en zona comanche permanente, pero sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse, con la botonadura reluciente y sin una mota de polvo en su traje y botas de montar, avanzaba este último con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto), sabiendo, eso sí, que al final del desfiladero podía estar siempre Olivia de Havilland (Beth) para fundirse en un abrazo eterno y casto, como si no pasara nada, que arrancaba aplausos eternos en el patio de butacas del Cinema Paradiso de mi infancia. Lo de menos era ya el final desastroso de la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un país que estaba necesitado de escenas edulcoradas y de cartón piedra.

Sinceramente, les confieso que, a diferencia del clásico aviso en los títulos de crédito de antes, cualquier parecido de lo aquí contado con la realidad de lo que he visto y vivido en la película de mi vida, no ha sido una pura coincidencia.

THE END

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.